Juan F. Rodríguez / Sauce
Cuando leí el libro Seres Fantásticos del Perú (Ed. Pasacalle, 2014) no imaginé la existencia de tantos seres míticos arraigados en los pueblos del Perú. Convivimos con ellos, y aunque no lo proponemos, estamos expuestos a su influencia.
A través de mis trabajos se me han presentado bajo determinadas formas, como aparecidos o tunchis, doncellas mágicas o demonios que habitan la selva.
Tal vez los cuentos con que nos adormilaban nuestros abuelos se han quedado en nuestro subconsciente y lo transmitimos a través de nuestros actos y creencias.
El libro Las trampas del Chusalongo (Ediciones Míticas 2014) de Ricardo Vírhuez nos transporta hacia uno de esos seres fantásticos, liberado de su enclaustramiento por unos niños mediante un huaqueo en la zona de Huaral, y empieza a crear zozobra en la población femenina gracias a su enorme falo de la fertilidad.
Ronin Cosme es el joven periodista que se ve involucrado en la historia al ser encomendado para investigar y escribir sobre este fenómeno de embarazo que amenaza con extenderse en todo el valle. Es así que de pronto, en su afán por cubrir la noticia, acude a una pollada donde el Chusalongo captaba a sus víctimas. Al descubrirlo, el ser fantástico le causa sorpresa y repulsión al mismo tiempo.
En su huida o persecución se topa con otro ser fantástico: el Apallimay, quien transformado en un niño le obliga a cargarlo para aminorar sus fuerzas y eliminarlo. Se salva de milagro y entonces descubre la causa del fenómeno: el Chusalongo es el dios de la fertilidad en las siembras y cosechas, pero que ahora, en Huaral, se transforma en un padrillo, embarazando a todas las mujeres que puede.
No existe mayor explicación, porque el autor quiere dejarnos con el sabor misterioso de descubrir por qué el color de los ojos se pone de un rojo intenso al ver al Chusalongo y qué hace posible que los embarazos desaparezcan y vuelvan felices a los maridos, no así a las mujeres, que ven esfumarse la felicidad de contemplar al Chusalongo en toda su actividad.
Desaparece el ser y desaparecen sus consecuencias.
Un libro ameno y de fácil lectura, con una historia entretenida, por momentos jugando con el misterio como cuando Yadira le pide a Ronin quitarse los lentes y sentirse atemorizada. ¿La trampa del Chusalongo envuelta en la vestidura de Ronin?
El mismo periodista siente que es perseguido y cree observarlo escondido en los salones de la biblioteca, confundido con los alumnos, mirando con sus ojos rojos, intensos…
Ronin Cosme, con esta investigación resuelta, se convertirá en el próximo héroe que dará vida a una nueva saga para seguir hundiéndonos en sus dudas y misterios.
miércoles, diciembre 03, 2014
"Sanguaza" de Juan F. Rodríguez
Ricardo Virhuez / Lima
He terminado de leer Sanguaza con la emoción de haber asistido a un acontecimiento.
Porque los cuentos que pueblan este libro de Juan F. Rodríguez son de factura impecable y arrastran consigo lo más terrenal y temible de los personajes.
Todas son historias sublevantes y conminatorias: la pobreza extrema, la vida cotidiana de quienes no tienen nada que perder e invaden terrenos para luego ser desalojados violentamente, el crimen, la prostitución, la venganza y la muerte son temas entrecruzados con el amor que otorga breves momentos de luz a estas historias tenebrosas.
Se trata de lo mejor en narrativa realista, o neorrealista, que viene desde Enrique Congrains, atraviesa Francisco Izquierdo Ríos en Días oscuros y casi toda la narrativa urbana del 50, y llega hasta Urteaga Cabrera, Augusto Higa, Oswaldo Reynoso, Roberto Reyes, Cronwell Jara y Arturo Bolívar, autor del inolvidable Gotita.
Pero los cuentos de Sanguaza apenas orillan el recurso de la oralidad discursiva y se sustentan en un lenguaje equilibrado, que otorga dimensiones más profundas a las historias. Y al estilo más caro de la literatura, los cuentos tienen mucho de fatum, de lo ineluctable, esa fuerza desconocida que guía los pasos de los personajes hasta perderlos en la maraña del aplastamiento social y personal. No hay salvación.
La miseria es un estado del que solo se sale viajando con los muertos, como en el cuento "El casillero 34", el más ajeno al grupo, con cuya imagen fantástica se metaforiza la muerte.
Un libro enorme, sin ninguna duda, para una de las voces más importantes no solo de la narrativa amazónica, ya demostrado en el libro La viejita que hacía temblar a la lluvia (Pasacalle, 2013), sino también de la literatura peruana contemporánea.
He terminado de leer Sanguaza con la emoción de haber asistido a un acontecimiento.
Porque los cuentos que pueblan este libro de Juan F. Rodríguez son de factura impecable y arrastran consigo lo más terrenal y temible de los personajes.
Todas son historias sublevantes y conminatorias: la pobreza extrema, la vida cotidiana de quienes no tienen nada que perder e invaden terrenos para luego ser desalojados violentamente, el crimen, la prostitución, la venganza y la muerte son temas entrecruzados con el amor que otorga breves momentos de luz a estas historias tenebrosas.
Se trata de lo mejor en narrativa realista, o neorrealista, que viene desde Enrique Congrains, atraviesa Francisco Izquierdo Ríos en Días oscuros y casi toda la narrativa urbana del 50, y llega hasta Urteaga Cabrera, Augusto Higa, Oswaldo Reynoso, Roberto Reyes, Cronwell Jara y Arturo Bolívar, autor del inolvidable Gotita.
Pero los cuentos de Sanguaza apenas orillan el recurso de la oralidad discursiva y se sustentan en un lenguaje equilibrado, que otorga dimensiones más profundas a las historias. Y al estilo más caro de la literatura, los cuentos tienen mucho de fatum, de lo ineluctable, esa fuerza desconocida que guía los pasos de los personajes hasta perderlos en la maraña del aplastamiento social y personal. No hay salvación.
La miseria es un estado del que solo se sale viajando con los muertos, como en el cuento "El casillero 34", el más ajeno al grupo, con cuya imagen fantástica se metaforiza la muerte.
Un libro enorme, sin ninguna duda, para una de las voces más importantes no solo de la narrativa amazónica, ya demostrado en el libro La viejita que hacía temblar a la lluvia (Pasacalle, 2013), sino también de la literatura peruana contemporánea.
domingo, noviembre 30, 2014
Otra vez Urteaga
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| Luis Urteaga Cabrera. |
Pocas veces la literatura peruana ha sido testigo del encuentro entre la destacada creación verbal y la conducta coherente del autor. Los nombres de César Vallejo o José María Arguedas son solo puntas de un breve pero respetable abanico de escritores que vivieron al filo del ejemplo. Un caso parecido es el del escritor Luis Urteaga Cabrera (nacido en Cajamarca en 1940), quien en medio de los acomodos inverosímiles de la mayoría de escritores peruanos opta por la marginalidad auténtica que se desentiende de los fuegos artificiales de la fama y de la promoción personal.
Su comportamiento le viene del carácter y de la experiencia. Al arribar a Lima, joven y lleno de esperanzas, de esas que son capaces de remover el mundo, estudió medicina en la universidad de San Marcos sin sospechar que la vida le depararía otro tipo de desafíos. Nada menos que los de la pasión literaria. Pero antes de caer en las bellas garras de la palabra creadora, sobrevivió a las penalidades que la vida le enrostró en esos años de formación juvenil y adolescente.
Durante una clase en la universidad, mientras el profesor exponía sobre medicina humana, Lucho Urteaga sintió vahídos, sueño. El cansancio y la debilidad le vencían. El profesor advirtió la presencia del hambre en esos ojos agotados y la mirada ausente del estudiante, le recomendó descanso y lo mandó a casa. Lucho Urteaga subió al micro mientras las piernas se le doblaban. Miró los breves edificios y la gente que parecían desdibujarse, y finalmente bajó poco antes de llegar a casa. No aguantaba más. El mareo iba en aumento. La visión se le iba. Se arrinconó contra las paredes y caminó pegado a ellas. Finalmente, cayó derrumbado sobre el suelo.
Despertó tres días después. No recordaba nada. Una niebla parecía abrirse ante su mirada sorprendida. Solo veía a los amigos que le rodeaban y los tubos de plástico del suero que lo había alimentado durante esos días de ausencia y abandono. Pensó entonces en la vida difícil de esa Lima injusta que quería condenarlo solamente a sobrevivir, a arañar los días y las noches con migajas de solidaridad. Si el dolor hace humanos a los hombres, a Lucho Urteaga le hizo comprender su inmenso poder frente a los espíritus generosos.
Años después obtendría el primer lugar en el concurso internacional de novelas Primera Plana-Sudamericana (l969), en Argentina, por su extraordinaria obra Los Hijos del Orden. Sin embargo, la suerte del libro parecía condenarlo a la batalla. El golpe de Estado que los militares propinaron al pueblo argentino impidió que el premio se hiciese efectivo. Pero la novela no se quedó tan sola y tan callada. Además de provocar la protesta y el juicio legal de algunos intelectuales, se ganó limpiamente el premio nacional de novela ‘José María Arguedas’ 1973, y Los Hijos del Orden fue inmediatamente publicada por Mosca Azul y más tarde reeditada por Arteidea en 1994.
Mientras tanto, Lucho Urteaga siguió construyendo esos hermosos universos de palabras a través de cuentos vigorosos y obras para teatro (había ganado el premio nacional de teatro Telecentro 1975 por la obra Danza de las ataduras, y el premio nacional de cuento Visión del Perú 1968 por La justicia no cae del cielo). Trabajó para algunas organizaciones populares y conoció de cerca los encuentros y desencuentros entre la amistad compartida y los abandonos y traiciones de compañeros de ruta.
Viajaba a provincias cada cierto tiempo, viviendo y padeciendo los sinsabores y alegrías de los trabajadores a quienes reflejaba en sus obras. Hasta que de pronto algunos shipibos le pidieron trabajar al interior de sus organizaciones para dotarles de orientación y sentido.
Entre la vida familiar y el servicio a aquellos pobladores indígenas que lo requerían, contando con la inigualable comprensión de su compañera, Lucho Urteaga eligió el largo itinerario y se internó en la selva ucayalina. Conoció en carne propia aquellos universos que más tarde retrataría en sus cuentos maravillosos, aprendió la lengua nativa e intentó compartir la vida –que luego se haría entrañable– de los legendarios shipibos.
Al comienzo fue difícil. Para hablarles, ¿cómo llamarlos, cómo reunirlos? Sus intentos de invitación verbal resultaron divertidamente recibidos, pero nadie acudía a las asambleas ni por curiosidad. Habría como una mirada de impotencia en sus ojos acostumbrados a dar todo de sí. Pero un compañero suyo, shipibo y mejor conocedor de las costumbres caseras, encontró la llave maestra. Los convocó a través de la magia de la palabra. Los juntó con la complicidad de un narrador oral, de un hablador que de un momento a otro dejó fluir ese magma de historias que entretejían la vida shipiba y pronto, enseguida, la maloca que les servía de auditorio se encontraba llena, repleta de atentos y maravillados oyentes, niños y jóvenes, hombres y mujeres embrujados por la voz imponente del contador de fábulas.
Esta escena es muy parecida a la contada por Mario Vargas en su novela El hablador, con la diferencia que los machiguengas, según el narrador arequipeño, cuentan en secreto sus historias, mientras que los shipibos de Lucho Urteaga hablan públicamente, se regodean con la representación teatralizada del relato y, antes de simplemente oír, viven una experiencia. De este modo pudo hablarles de la necesidad de organización y los shipibos pronto asumieron la responsabilidad y el reto. No podía ser de otra manera. Otros pueblos indígenas también habían comenzado a organizarse, como el aguaruna, que más tarde se haría poderoso, y los organismos del gobierno de entonces habían empezado a agruparlos con fines proselitistas.
Cerca de diez años en la selva (entre 1979 y 1988) hicieron de Lucho Urteaga un hombre enamorado de su pueblo. Se había acostumbrado a no permitir las injusticias. Enarbolaba en su conducta la firme conciencia de que la amistad y la solidaridad son, más que conceptos, realidades palpables que pueden guiar verdaderamente nuestros pasos.
No había pertenecido a grupos literarios ni probablemente su espíritu independiente se lo hubiera permitido. Tal vez por ello no se hizo tan conocido. Tal vez por ello no fue objeto de falsos homenajes ni menciones artificiosas. En cambio permaneció en la conciencia de los lectores que veían en él al hombre y al escritor por cuya conducta coherente se sentían tocados, conminados. Si algún lector ingenuo creía que Ribeyro era el escritor querido y Mario Vargas el admirado, Lucho Urteaga era, además de querido y admirado, respetado.
Por eso cuando surgieron sus libros de cuentos de tema indígena El universo sagrado (1991) y, especialmente, El arco y la flecha (1996), advertimos en ellos un mundo inédito que tomaba forma, que adquiría una voz particular y se imponía en las letras peruanas por mérito propio. Sus cuentos eran perfectos. Miguel Gutiérrez no dudó en llamarlos clásicos, y los comparó con las creaciones de Joyce, Rulfo, Babel, Guimaraes Rosa. Sin embargo, la crítica oficial se hizo la sorda, muda, bizca y ciega.
Algo parecido había ocurrido cuando en la década del 70 publicara Los hijos del orden. Se dijo anecdóticamente que era una novela que retrataba la vida carcelaria en el reformatorio de Maranga, como una obra social más en la literatura peruana, pero se acallaba su alto valor literario, su modo maestro como daba vida y voz mediante el lenguaje accidentado y emotivo a diversos sectores de la sociedad peruana que, curiosamente, hasta nuestros días no la tienen. Se habló de su deuda con Mario Vargas por el uso de contrapuntos, ocultando que dicho recurso debe más en las letras peruanas a Joyce, Faulkner y Onetti, que a Vargas.
También publicó breves libros para niños. Fábulas del otorongo y otros animales de la amazonía (1994, premio IBBY–International Board on Books for Young People) y Fábulas de la tortuga, el otorongo negro y otros... (1996) nos acercaban a una sensibilidad curiosa, no exenta de preocupación por la formación de los niños ni ternura por ellos. Si ya desde antes, desde aquella entrevista setentera realizada por una revista con la foto inmensa de un Lucho Urteaga de anteojos y ropas negras, vislumbrábamos al escritor consciente de su proceso literario, no nos sorprende luego arremetiera con una obra polémica: Más allá de la escuela. Una educación para el cambio (1999). En ella destaca la minimizada relación entre sociedad y educación, disecciona las fuerzas sociales en pugna y, nada ingenuo, plantea las bases de una educación que realmente devuelva la dignidad a los hombres, demasiado alejados de su propia naturaleza debido a una educación abiertamente inhumana.
Aún no se ha dicho una sola palabra sobre este texto, y probablemente Lucho Urteaga espera con humor que el silencio continúe. Escribe para debatir ideas, para aportar dentro de ese ámbito importante que es la educación y la literatura, y no para soñar con catálogos y reseñas pasajeras. Se cuida bien de todas ellas, aunque a veces los amigos lo traicionemos con algunas públicas palabras.
En su cálida casa de Pueblo Libre, un vaso de vino tinto tiene el viejo sabor de la esperanza. El mundo de la banalidad cultural hoy en moda no le pertenece. El mundo vivo sí, aquel de los cambios y contradicciones, el de la coherencia y la amistad ejemplares.
viernes, noviembre 28, 2014
'El llanto del ayaymama', de Welmer Cárdenas
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| Welmer Cárdenas Díaz. |
No conocía a Welmer Cárdenas hasta que leí Libélulas rumorosas de la noche (2006), un libro que me sorprendió por la sencillez en el tratamiento de los temas y por la delicadeza que aborda cada uno de ellas. Tuve noticas de su libro cuando se le mencionó en el I Coloquio Internacional de Literaturas Amazónicas, y me interesó sobremanera porque abordaba un tema que estoy trabajando y que, de alguna manera, sería de gran ayuda para mí. La ocasión de conocerlo se me presentó en la VII Feria del libro en Tarapoto, donde departimos algunas ideas, entablamos amistad e intercambiamos libros como suele suceder entre los escritores.
Uno de esos libros es El llanto del ayaymama (2014) que lo disfruté de la misma manera con que disfruté su libro anterior. En ella Welmer nos vuelve a introducir en su mundo de nostalgia, que nos lastima, que nos destroza y nos hace voltear los ojos para recorrer los caminos que cruzamos mucho tiempo atrás. Si bien el primer libro aborda una temática sexual que duele, realista y sobrecogedora, no deja de estremecernos al volvernos cómplices del sufrimiento del narrador por cada una de las protagonistas. En El llanto del ayaymama Welmer reconstruye algunos momentos de la tragedia que llenó de luto a la cumbia amazónica por la caída de la avioneta donde fallecieron 5 integrantes de la agrupación musical “Juaneco y su combo”.
Con un estilo que aborda momentos mágicos, mezclando romance y ternura, tratando en todo momento que el lector participe de la historia de Juan Wong, nos va llevando de la mano para contarnos su vida hasta empequeñecernos con su tragedia en dos momentos dramáticos: la pérdida de sus hijos en la caída del avión de Lansa y ahora la muerte de sus músicos. Juaneco es el pueblo amazónico hecho música, es el hombre de trabajo hecho canción, es la leyenda popular inmersa en los corazones de los amazonenses. No tenían comparación a pesar de la existencia de grupos mejor equipados (el autor se olvida de mencionar a la Séptima Región que por aquel entonces era otro de los grupos que la rompía). Su calidad se amparaba en la facilidad para componer canciones que hablaban de la magia y los duendes selváticos. Su compositor principal Noé Fachín era el brujo encargado de darle forma musical a estas visiones, embrujos, duendes, caballitos nocturnos y demás fenómenos que vivían en la imaginación popular.
Welmer Cárdenas reconstruye con olfato periodístico los momentos trágicos que vivió Juan Wong y se auxilia de las parejas que van contando sus historias de amor que vivieron al ritmo de la música de Juaneco y su combo, mezclando misterio, tragedia, júbilo y magia en cada interpretación que hacían durante sus presentaciones. El llanto del ayaymama nos envuelve en cada uno de los veintitrés capítulos que el autor va narrando y nos desgarra cuando al final nos muestra a los cinco músicos siendo despedidos por la población.
Con este libro Welmer Cárdenas Díaz no hace más que demostrar que es una de las voces privilegiadas de la nueva narrativa amazónica.
Welmer Cárdenas reconstruye con olfato periodístico los momentos trágicos que vivió Juan Wong y se auxilia de las parejas que van contando sus historias de amor que vivieron al ritmo de la música de Juaneco y su combo, mezclando misterio, tragedia, júbilo y magia en cada interpretación que hacían durante sus presentaciones. El llanto del ayaymama nos envuelve en cada uno de los veintitrés capítulos que el autor va narrando y nos desgarra cuando al final nos muestra a los cinco músicos siendo despedidos por la población.
Con este libro Welmer Cárdenas Díaz no hace más que demostrar que es una de las voces privilegiadas de la nueva narrativa amazónica.
viernes, noviembre 21, 2014
'Raquel y Alexander', de Melissa Mendieta
Juan F. Rodríguez / Lima
Las historias de amor siempre tienen un público cautivo de todas las edades. Todavía recordamos Love story de Erich Segal (llevada a la pantalla grande con gran éxito de taquilla) que significó derramar muchas lágrimas al término de leer o ver la obra. Son gratas, románticas, sencillas, y algunas dramáticas como María de Jorge Isaacs o Teresa Raquín de Émile Zola, donde los protagonistas encadenan al lector a sus propios sufrimientos: María deja a Efraín con el alma desesperada tras su partida. Teresa, vislumbra, en complicidad con su amante, la forma de dar fin a su esposo; al final se ven envueltos en sus propios torbellinos, sin salida, atormentados por su conciencia.
Las historias de amor siempre tienen un público cautivo de todas las edades. Todavía recordamos Love story de Erich Segal (llevada a la pantalla grande con gran éxito de taquilla) que significó derramar muchas lágrimas al término de leer o ver la obra. Son gratas, románticas, sencillas, y algunas dramáticas como María de Jorge Isaacs o Teresa Raquín de Émile Zola, donde los protagonistas encadenan al lector a sus propios sufrimientos: María deja a Efraín con el alma desesperada tras su partida. Teresa, vislumbra, en complicidad con su amante, la forma de dar fin a su esposo; al final se ven envueltos en sus propios torbellinos, sin salida, atormentados por su conciencia.
Sin embargo, son pocas las novelas juveniles que abordan de manera dramática las relaciones de amor, tal vez Marianela de Benito Pérez Galdós sea la excepción porque Pablo, el joven ciego a quien la muchacha sirve de lazarillo, se enfrenta a una realidad que no esperaba dada su propia condición.
En la nueva narrativa amazónica no podía faltar el tratamiento del tema romántico visto desde ópticas diferentes. En muchos de los trabajos que he tenido la suerte de leer pude comprobar la existencia del amor en sus diversas facetas; así tenemos el cuento "El mejorero" de Elí Caruzo, imágenes que se van desencadenando hasta dejarnos desarmados, porque el autor juega con el lector en cada una de sus historias. Libélulas rumorosas de la noche de Welmer Cárdenas, desde una perspectiva diferente, nos habla de amores imposibles, románticos, ausentes y trágicos.
Melissa Mendieta se une a este grupo de narradores amazónicos que tratan historias de amor contándonos en su primer libro Raquel y Alexander (chataro editores, 2014), de una manera sencilla, una historia cotidiana, coloquial, amena y divertida, el sufrimiento de Raquel y Alexander por entrelazar sus vidas sentimentales.
Dos jóvenes de clase media alta se ven envueltos en sus propios mundos con sus preocupaciones que no atañen a los adultos y que solo esperan ser comprendidos. Dividida en dos partes y contada en forma paralela por los protagonistas, desde el momento de la llegada de Raquel a un colegio de Iquitos, conocer a Elisa, a los amigos y tratar de adaptarse al nuevo colegio, son los principales ingredientes que se dan en el libro.
A eso se unen los elementos modernos tanto en el vocabulario (amix, whatsapp, T xtraño muxo, shoping, etc) como el empleo de BB (celulares de última generación), definiéndola como una novela destinada a un público juvenil.
Sin embargo, a pesar de las situaciones comunes que se dan en toda la historia, no deja de cautivarnos el sufrimiento de Raquel en su intento por acercarse al guapo de Alexander. Tal vez el mejor momento sea cuando se da la situación del traslado de Raquel hacia otro colegio y otro barrio. Es ahí donde empieza el verdadero drama juvenil, la angustia de los protagonistas, el no saber hacia qué enfrentarse y cómo vislumbrar la relación entre Raquel y Alexander.
La autora ha querido dejarnos con la miel en los labios, para dejarnos preguntando ¿y ahora, qué sigue?
sábado, noviembre 01, 2014
Las guerras secretas: un espejo de la Amazonía
Julio Nelson / Iquitos
La muerte en el mes de agosto de cuatro nativos amazónicos a manos de madereros trajo nuevamente a colación la precaria situación de los indígenas de la selva en materia de derechos humanos. Tradicionalmente pareciera que solo los indígenas andinos han sido víctimas de los poderosos y del Estado. La denuncia de los agravios que padecieron, y padecen, se remonta a los tiempos de Manuel González Prada, pero no ha sucedido lo mismo con las tragedias de los selváticos. Sus catástrofes sociales han sido ignoradas en el resto del país. Muy pocos intelectuales las han denunciado y examinado. La abrumadora mayoría de los estudios sobre las comunidades nativas amazónicas versan sólo sobre su cultura o sus carencias materiales.
Lo que se sabe de las tragedias del nativo amazónico se reduce a la experiencia del caucho, particularmente en la zona del Putumayo, pero la experiencia en su conjunto fue de tal magnitud que aún existen comunidades que viven huyendo de la llamada Civilización. Cálculos conservadores estiman en cien mil los indígenas muertos por la fiebre del caucho. Pero no se detuvo ahí la masacre. El escritor Ricardo Vírhuez nos cuenta en su novela Las guerras secretas (Lima: Pasacalle, 2012) el drama de la comunidad Mayoruna, situada en la cuenca del Ucayali y próxima a la ciudad de Requena. Virhuez ha vivido años en la Amazonía y su trabajo se funda en una minuciosa investigación, pero realiza el relato en la persona de un inquieto periodista y escritor, Arturo Ramírez
La novela principia a comienzos de los años sesenta y tiene como hilo conductor la vida azarosa de Chidó Dapá, una mujer mayoruna que experimentó en carne propia los estropicios de que fue presa su comunidad. Ramírez no la conocía, sino que supo de ella por un antropólogo de quien le habían dicho que poseía una vasta biblioteca sobre la Amazonía. Ramírez es un apasionado de las literaturas orales y quería conocer textos sobre las literaturas nativas de la Amazonía. Pero el antropólogo no abordó el tema que le interesaba sino que centró su relato en Chidó Dapá, una mujer que lo fascinó desde que la vio.
Su padre era un próspero maderero de Requena y un día, con otros poderosos del lugar y algunos peones, todos armados, se dispusieron a asaltar a los mayorunas, pues éstos no permitían que los madereros talaran los árboles de su comunidad. Y porque querían secuestrar a algunos niños y adolescentes que sirvieran en sus casas como criados. La agresión tuvo lugar y aunque los mayorunas se defendieron, los patrones lograron capturar a algunos jóvenes y niños y retornaron a Requena. Entre los prisioneros de su padre estaba Chidó Dapá, una adolescente de mirada fuerte y voz resuelta que sabía palabras de español. Chidó Dapá –a quien sus patrones llamaron Carmen– con el paso del tiempo aprendió bien el español y se convirtió en una agraciada joven. Y su patrón no tardó en pretender abusar de ella en la cocina. El futuro antropólogo, todavía un niño entonces, entró en ese momento a la casa y oyó ruidos de pelea en la cocina. Encontró a su padre degollado y a Carmen iracunda y con el cuchillo ensangrentado en la mano temblorosa. Huyó, y no se supo más de ella. Este relato conmovió a Arturo Ramírez, quien se propuso averiguar el destino de la mayoruna.
Una tarde, por azar, encontrándose Ramírez en el mercado iquitino de Belén, oyó a una mujer, hablándole a otra, noticias de Chidó Dapá. La mujer era del caserío de Ricopa y conoció a la joven como criada y a la vez alumna de la profesora del lugar. Era alumna aplicada y dominaba cuanto le enseñaban. La profesora era mujer de un comerciante que recorría los caseríos ribereños. El hombre se llegó un día a Ricopa y celebró una fiesta por su retorno. Era gordo, dicharachero y con aires de mandón. Chidó Dapá se fue a dormir antes del fin de la fiesta, al igual que la profesora. Cuando la jarana terminó, el hombre, medio borracho, se fue al dormitorio de la joven para desflorarla y al fin lo logró luego de un encarnizado combate. La esposa despertó por el ruido, y fue a ver. Entonces cogió un leño y golpeó en la espalda a su marido, que le quitó el leño y le descargó un tremendo golpe en la cabeza. La mujer cayó muerta. Chidó Dapá huyó, sabiendo que sería acusada del hecho y que las autoridades no creerían su versión. Ya sabía cómo son las cosas en este mundo. Y por eso mismo, en la noche cerrada, antes de desaparecer pegó fuego al bote con mercancías del comerciante.
Arturo Ramírez presintió que Chidó Dapá había vuelto al caserío mayoruna, de modo que se dirigió a Requena para averiguar. La charla de un viejo del pueblo le confirmó su presunción y le informó de un hecho terrible.
Chidó Dapá, en efecto, había vuelto al caserío y al cabo de un tiempo se casó con un joven de la comunidad. La vida transcurría apacible, hasta que en 1964 el alcalde de Requena y otros poderosos organizaron una expedición compuesta por dos curas, nueve militares, dos policías y treinta y dos civiles, todos armados, que pasaría por territorio mayoruna pues su propósito oficial y aparente era trazar la ruta para una carretera al Alto Yavarí, en territorio brasileño, con el fin de facilitar el comercio con ese país. La llamaron por eso expedición científica –el viejo informante formaba parte de ella-, pero el objetivo real era explorar de forma certera los recursos maderables del territorio mayoruna. Sabían que chocarían con la fiera oposición de la comunidad: por eso iban armados y hasta llevaban una radio para comunicarse con Iquitos. El otro propósito era exterminar a los varones de la comunidad, para así explotar a su antojo el bosque.
Al cabo de varios días de caminata se dieron con la primera choza mayoruna y le prendieron fuego para atraer la presencia de la inerme población. Pero los nativos se acercaron sigilosamente y amparados en la espesa vegetación descubrieron a los cuarenta hombres armados hasta los dientes. Se retiraron y discutieron lo que debían hacer. Era evidente que el conglomerado de hombres venía en son de guerra; por eso habían pegado fuego a la primera vivienda que encontraron. No había otra alternativa que presentar batalla con sus escasas escopetas y abundantes flechas. Rodearon al grupo y descargaron sus armas desde la espesura. L a expedición se vio sorprendida y respondió con sus armas. Se entabló la batalla y los hombres de ambos bandos sufrieron muertos y heridos. Pero los nativos, en base de su conocimiento del lugar llevaban las de ganar. Chidó Dapá era uno de los combatientes Llegó la noche y los mayorunas se retiraron, pero era evidente que volverían al amanecer. Como los expedicionarios perdían la batalla, los militares activaron la radio y se comunicaron con Iquitos presentándose como víctimas de los nativos. Los uniformados de Iquitos comunicaron el hecho a Lima.
El año anterior, 1963, en el mes de mayo, había aparecido una guerrilla en la selva de Madre de Dios; de la que formaba parte Javier Heraud. La guerrilla fue delatada antes de actuar y se desbandó al ser atacada. Pero el presidente de entonces, Fernando Belaunde, al igual que los militares de Lima pensaron que lo que sucedía por la selva de Requena era la presencia de otra guerrilla como la de Heraud y ordenaron a la Fuerza Aérea acantonada en Chiclayo prestar auxilio a los expedicionarios. Los militares que integraban la agrupación informaron por la radio la ubicación exacta de la expedición y de los nativos. Belaunde solicitó, además, el apoyo de la embajada norteamericana, y Washigton dispuso la intervención de un escuadrón aéreo acantonado en Panamá. Estaba allí precisamente para combatir a las guerrillas de Latinoamérica.
A la mañana siguiente se reanudó el combate, y se presentó el escuadrón de Chiclayo acompañado de helicópteros artillados y descargaron sus bombas y proyectiles sobre los mayorunas, que sufrieron muchas bajas. Luego llegó la escuadrilla de Panamá y las bajas crecieron. Pero los mayorunas eran muchos y no se amilanaron, prosiguieron combatiendo, hasta que los expedicionarios resolvieron retirarse.
El viejo informante de Arturo Ramírez le contó además que de todas las regalías que el alcalde prometió a los civiles que participaron en la aventura, por servicios distinguidos a la patria, no cumplió ninguna y que a él lo despidió entregándoles siete soles. Y terminó diciendo que probablemente Chidó Dapá había sobrevivido. Fue la gran satisfacción de Ramírez. En la pobre biblioteca municipal de Requena encontró un maltratado informe sobre la expedición, escrito por un cura. El único propósito del documento era justificar la matanza, “de modo que su lectura moralizadora me produjo un malestar muy parecido a la rabia”, dice Arturo Ramirez. Y más adelante añade, refiriéndose al bombardeo desatado contra los mayorunas: “Casi todos los peruanos ignorábamos que de alguna manera el Perú había sido bombardeado por Estados Unidos. ¿No eran los mayorunas el rostro profundo de nuestro castigado país?”.
Con su conmovedora novela Ricardo Vírhuez nos entrega, ciertamente, un espejo de la vida de los nativos de la Amazonía.
La muerte en el mes de agosto de cuatro nativos amazónicos a manos de madereros trajo nuevamente a colación la precaria situación de los indígenas de la selva en materia de derechos humanos. Tradicionalmente pareciera que solo los indígenas andinos han sido víctimas de los poderosos y del Estado. La denuncia de los agravios que padecieron, y padecen, se remonta a los tiempos de Manuel González Prada, pero no ha sucedido lo mismo con las tragedias de los selváticos. Sus catástrofes sociales han sido ignoradas en el resto del país. Muy pocos intelectuales las han denunciado y examinado. La abrumadora mayoría de los estudios sobre las comunidades nativas amazónicas versan sólo sobre su cultura o sus carencias materiales.
Lo que se sabe de las tragedias del nativo amazónico se reduce a la experiencia del caucho, particularmente en la zona del Putumayo, pero la experiencia en su conjunto fue de tal magnitud que aún existen comunidades que viven huyendo de la llamada Civilización. Cálculos conservadores estiman en cien mil los indígenas muertos por la fiebre del caucho. Pero no se detuvo ahí la masacre. El escritor Ricardo Vírhuez nos cuenta en su novela Las guerras secretas (Lima: Pasacalle, 2012) el drama de la comunidad Mayoruna, situada en la cuenca del Ucayali y próxima a la ciudad de Requena. Virhuez ha vivido años en la Amazonía y su trabajo se funda en una minuciosa investigación, pero realiza el relato en la persona de un inquieto periodista y escritor, Arturo Ramírez
La novela principia a comienzos de los años sesenta y tiene como hilo conductor la vida azarosa de Chidó Dapá, una mujer mayoruna que experimentó en carne propia los estropicios de que fue presa su comunidad. Ramírez no la conocía, sino que supo de ella por un antropólogo de quien le habían dicho que poseía una vasta biblioteca sobre la Amazonía. Ramírez es un apasionado de las literaturas orales y quería conocer textos sobre las literaturas nativas de la Amazonía. Pero el antropólogo no abordó el tema que le interesaba sino que centró su relato en Chidó Dapá, una mujer que lo fascinó desde que la vio.
Su padre era un próspero maderero de Requena y un día, con otros poderosos del lugar y algunos peones, todos armados, se dispusieron a asaltar a los mayorunas, pues éstos no permitían que los madereros talaran los árboles de su comunidad. Y porque querían secuestrar a algunos niños y adolescentes que sirvieran en sus casas como criados. La agresión tuvo lugar y aunque los mayorunas se defendieron, los patrones lograron capturar a algunos jóvenes y niños y retornaron a Requena. Entre los prisioneros de su padre estaba Chidó Dapá, una adolescente de mirada fuerte y voz resuelta que sabía palabras de español. Chidó Dapá –a quien sus patrones llamaron Carmen– con el paso del tiempo aprendió bien el español y se convirtió en una agraciada joven. Y su patrón no tardó en pretender abusar de ella en la cocina. El futuro antropólogo, todavía un niño entonces, entró en ese momento a la casa y oyó ruidos de pelea en la cocina. Encontró a su padre degollado y a Carmen iracunda y con el cuchillo ensangrentado en la mano temblorosa. Huyó, y no se supo más de ella. Este relato conmovió a Arturo Ramírez, quien se propuso averiguar el destino de la mayoruna.
Una tarde, por azar, encontrándose Ramírez en el mercado iquitino de Belén, oyó a una mujer, hablándole a otra, noticias de Chidó Dapá. La mujer era del caserío de Ricopa y conoció a la joven como criada y a la vez alumna de la profesora del lugar. Era alumna aplicada y dominaba cuanto le enseñaban. La profesora era mujer de un comerciante que recorría los caseríos ribereños. El hombre se llegó un día a Ricopa y celebró una fiesta por su retorno. Era gordo, dicharachero y con aires de mandón. Chidó Dapá se fue a dormir antes del fin de la fiesta, al igual que la profesora. Cuando la jarana terminó, el hombre, medio borracho, se fue al dormitorio de la joven para desflorarla y al fin lo logró luego de un encarnizado combate. La esposa despertó por el ruido, y fue a ver. Entonces cogió un leño y golpeó en la espalda a su marido, que le quitó el leño y le descargó un tremendo golpe en la cabeza. La mujer cayó muerta. Chidó Dapá huyó, sabiendo que sería acusada del hecho y que las autoridades no creerían su versión. Ya sabía cómo son las cosas en este mundo. Y por eso mismo, en la noche cerrada, antes de desaparecer pegó fuego al bote con mercancías del comerciante.
Arturo Ramírez presintió que Chidó Dapá había vuelto al caserío mayoruna, de modo que se dirigió a Requena para averiguar. La charla de un viejo del pueblo le confirmó su presunción y le informó de un hecho terrible.
Chidó Dapá, en efecto, había vuelto al caserío y al cabo de un tiempo se casó con un joven de la comunidad. La vida transcurría apacible, hasta que en 1964 el alcalde de Requena y otros poderosos organizaron una expedición compuesta por dos curas, nueve militares, dos policías y treinta y dos civiles, todos armados, que pasaría por territorio mayoruna pues su propósito oficial y aparente era trazar la ruta para una carretera al Alto Yavarí, en territorio brasileño, con el fin de facilitar el comercio con ese país. La llamaron por eso expedición científica –el viejo informante formaba parte de ella-, pero el objetivo real era explorar de forma certera los recursos maderables del territorio mayoruna. Sabían que chocarían con la fiera oposición de la comunidad: por eso iban armados y hasta llevaban una radio para comunicarse con Iquitos. El otro propósito era exterminar a los varones de la comunidad, para así explotar a su antojo el bosque.
Al cabo de varios días de caminata se dieron con la primera choza mayoruna y le prendieron fuego para atraer la presencia de la inerme población. Pero los nativos se acercaron sigilosamente y amparados en la espesa vegetación descubrieron a los cuarenta hombres armados hasta los dientes. Se retiraron y discutieron lo que debían hacer. Era evidente que el conglomerado de hombres venía en son de guerra; por eso habían pegado fuego a la primera vivienda que encontraron. No había otra alternativa que presentar batalla con sus escasas escopetas y abundantes flechas. Rodearon al grupo y descargaron sus armas desde la espesura. L a expedición se vio sorprendida y respondió con sus armas. Se entabló la batalla y los hombres de ambos bandos sufrieron muertos y heridos. Pero los nativos, en base de su conocimiento del lugar llevaban las de ganar. Chidó Dapá era uno de los combatientes Llegó la noche y los mayorunas se retiraron, pero era evidente que volverían al amanecer. Como los expedicionarios perdían la batalla, los militares activaron la radio y se comunicaron con Iquitos presentándose como víctimas de los nativos. Los uniformados de Iquitos comunicaron el hecho a Lima.
El año anterior, 1963, en el mes de mayo, había aparecido una guerrilla en la selva de Madre de Dios; de la que formaba parte Javier Heraud. La guerrilla fue delatada antes de actuar y se desbandó al ser atacada. Pero el presidente de entonces, Fernando Belaunde, al igual que los militares de Lima pensaron que lo que sucedía por la selva de Requena era la presencia de otra guerrilla como la de Heraud y ordenaron a la Fuerza Aérea acantonada en Chiclayo prestar auxilio a los expedicionarios. Los militares que integraban la agrupación informaron por la radio la ubicación exacta de la expedición y de los nativos. Belaunde solicitó, además, el apoyo de la embajada norteamericana, y Washigton dispuso la intervención de un escuadrón aéreo acantonado en Panamá. Estaba allí precisamente para combatir a las guerrillas de Latinoamérica.
A la mañana siguiente se reanudó el combate, y se presentó el escuadrón de Chiclayo acompañado de helicópteros artillados y descargaron sus bombas y proyectiles sobre los mayorunas, que sufrieron muchas bajas. Luego llegó la escuadrilla de Panamá y las bajas crecieron. Pero los mayorunas eran muchos y no se amilanaron, prosiguieron combatiendo, hasta que los expedicionarios resolvieron retirarse.
El viejo informante de Arturo Ramírez le contó además que de todas las regalías que el alcalde prometió a los civiles que participaron en la aventura, por servicios distinguidos a la patria, no cumplió ninguna y que a él lo despidió entregándoles siete soles. Y terminó diciendo que probablemente Chidó Dapá había sobrevivido. Fue la gran satisfacción de Ramírez. En la pobre biblioteca municipal de Requena encontró un maltratado informe sobre la expedición, escrito por un cura. El único propósito del documento era justificar la matanza, “de modo que su lectura moralizadora me produjo un malestar muy parecido a la rabia”, dice Arturo Ramirez. Y más adelante añade, refiriéndose al bombardeo desatado contra los mayorunas: “Casi todos los peruanos ignorábamos que de alguna manera el Perú había sido bombardeado por Estados Unidos. ¿No eran los mayorunas el rostro profundo de nuestro castigado país?”.
Con su conmovedora novela Ricardo Vírhuez nos entrega, ciertamente, un espejo de la vida de los nativos de la Amazonía.
domingo, octubre 19, 2014
Andrés Cloud y sus historias De tres en tres
Mario A. Malpartida Besada
marineroensierra@hotmail.com
De tres en tres. Cuentos en familia (Lima, Editorial San Marcos, 2013) es el nuevo libro de cuentos con el que el narrador huanuqueño Andrés Cloud recientemente ha incrementado su producción bibliográfica. Fiel a su estilo la obra tiene un texto introductorio, en el presente caso eminentemente lúdico, que marcará la atmósfera del libro. Una sucesión de proposiciones aliterativas y onomatopéyicas se van enlazando unas después de la otra usando como eslabón al último sustantivo que, al mismo tiempo, dará inicio a otra en la que la sonoridad será la constante. En este sentido, cada proposición surge de la anterior y su lectura da la sensación de algo que podría ser interminable, como un cuento después del otro en Las mil y una noches. Es un directo guiño a su compañero del grupo Narración Gregorio Martínez quien en Tierra de Caléndula usa similar estrategia. Pero más allá del ejercicio escriturario los sonidos adquieren categorías semánticas porque las expresiones se alargan significativamente a medida que avanzan y terminan en lo que se presume será el libro: un diluvio de emociones.
El libro está estructurado simétricamente marcado por el número tres (la numerología, otra adicción de nuestro autor): tres historias narradas por mamá Dolores, tres a cargo de Toribio Noria (Tulli) y tres referidos por Donald Cortez Sucre, estos últimos con un epílogo a manera de coda. Cada trilogía da lugar a una sección del libro: Mamá Dolores, El tío Toribio y Yo mismo soy.
En la “Apostilla” dedicada a la primera sección el narrador rinde tributo a la madre, simiente de la tradición literaria familiar: “Nadie como ella para narrar historias supuestas o reales y contar cuentos con puntos y comas” (: 16). Se instaura entonces un binomio de narradores en el que uno traslada la narración de la otra a través del estilo indirecto libre. En medio de esa alternancia disimulada de roles, se relatan las tres historias que siguen en las que se rescata la belleza y espontaneidad de la oralidad en el lenguaje.
En el “Avispón Negro” se refiere al origen de los nombres de Limompampa y Suncharragra; asimismo al destino y la formas de vida que habrán de tener el gorrión y el avispón, cado uno de ellos marcados por sus propias conductas. La toponimia y el señalamiento predictivo de la suerte de algunos animales es otra recurrencia en la obra cloudiana. Cabe señalar que en medio de los protagonistas se mueve con perfil bajo el borriquito Chupete. Es casi otro rasgo distintivo en el autor destacar la presencia de animales vinculados al mundo de la naturaleza.
Se incide en el detalle en “El Chivo Cerezo”. Pero en este caso será este cabrito propiamente quien asume el rol protagónico a través de la animización mítico-legendaria. La evolución de Cerezo hasta alcanzar la madurez y derrotar a su rival lo convierte en modelo de perseverancia. Aquí cabe resaltar la alegoría fraseológica: “Desesperado, con las patas abiertas y el rabo entre las piernas, el puma grito clamando auxilio (…) en las turbulentas aguas del río que a causa de las torrenciales lluvias (…) ahora formaban un desbordado mar que bajaba encabritado (:29). Nótese la relación entrelíneas cabrito-encabritado, para señalar la actitud victoriosa del chivo Cerezo frente el abusivo puma que fungía de guardián del puente que siempre quiso atravesar Cerezo.
Completa la sección “Chachita Centurión, la memoriosa”, cuya protagonista, Cecilia Centurión, convertida luego en Chachita Centurión, es una suerte de Mamá Grande cuya muerte, dejando como legado su propio nombre a la primera hija de su tataranieta para la continuidad del árbol genealógico, le pone punto final a esta primera parte con relatos atribuidos a mama Llolla, rememorados por un narrador en primera persona.
La Apostilla 2 que abre la segunda sección del libro, “El tío Toribio”, retrata la imagen del que será el nuevo narrador, guiado de la mano por el narrador del texto: el tío Toribio, familiarmente conocido como el tío Tulli, otro juego de palabras porque Tulli bien podría ser el hipocorístico de Toribio a través de la reducción y cambio fonológico, o hacer referencia a la ausencia de uno de sus brazos (tullido): “(…) era uno de los grandes conversadores y fabuladores de la zona, atributo que los académicos y hombres de letras consideran propio de los narradores orales natos” (:42). Pero, por su temperamento tremendista, será ironizado líneas abajo con el término “badulaque”, cuyas connotaciones propias de nuestra región lo pintan de cuerpo entero.
Las tres historias referidas por este otro miembro de la familia son hiperbólicas y sirven para el lucimiento del propio protagonista. Tulli hace bailar interminablemente un trompo y establece un nuevo récord Guinnes, es testigo de hechos extraordinarios al estilo macondiano ocurridos en Shanshamarca y, finalmente, manco y todo, marca los goles más sensacionales para hacer ganar a su equipo, lesionando gravemente en cada uno de ellos al arquero del equipo contrario.
Los hechos narrados con fina ironía retratan al típico badulaque, cuyo desborde imaginativo no tiene límites. En “Un nuevo récord Guinnes” contrapone las debilidades del presente frente a las fortalezas del pasado: “Es una lástima que los muchachos de ahora sean flojos y débiles como el maíz blanco que se apolilla en un dos por tres. (…) Los de antes, en cambio éramos fuertes y resistentes como el maíz amarillo, de pura fibra con dinamita en los brazos” (:43).
En “Los gentiles de Shanshamarca” su imaginación lo lleva a describir como si hubiera sido testigo la desaparición de su pueblo: “Todo era paz, orden, tranquilidad, y nadie podía imaginar que en solo una noche, toda la población de Shanshamarca se quedaría cubierta de ceniza, muerta en vida” (:52). Y, en el más fluido y ocurrente de ellos, “Un memorable partido de fútbol”, narra cómo fue que anotó sus goles para salvar al equipo, empezando por el primero: “El arquero cerró los ojos y quiso contener la bola con el cuerpo, pero el pobre terminó al fondo del arco, enredado en las piolas, sin aliento, desmayado” (65).
La última sección, “Yo mismo soy” incluye relatos a cargo de Donald Cortez Sucre, apodado Tres Cruces, hijo de mama Llolla y sobrino de Toribio (Tulli) Noria, por tanto fiel heredero de la tradición familiar de narradores orales. Sin embargo, en la apostilla correspondiente se sugiere el traslado del uso de la lengua oral a la lengua escrita: “Desde muy joven mantuve encendida la llamita de la ilusión de que algún día escribiría y publicaría un libro” (:72), reafirmada posteriormente: “(…) y cuando por fin el cielo se pintó de azul, a mí se me dio por escribir” (72). No hace falta comentarios sobre la relación entre el autor y los narradores de cada cuento.
En definitiva se trata de un libro sabroso ya sea por la ternura de mama Llolla, la presencia del habladorcillo y querendón tío Tulli o las nostálgicas reminiscencias de Donald Cortez Sucre.
marineroensierra@hotmail.com
De tres en tres. Cuentos en familia (Lima, Editorial San Marcos, 2013) es el nuevo libro de cuentos con el que el narrador huanuqueño Andrés Cloud recientemente ha incrementado su producción bibliográfica. Fiel a su estilo la obra tiene un texto introductorio, en el presente caso eminentemente lúdico, que marcará la atmósfera del libro. Una sucesión de proposiciones aliterativas y onomatopéyicas se van enlazando unas después de la otra usando como eslabón al último sustantivo que, al mismo tiempo, dará inicio a otra en la que la sonoridad será la constante. En este sentido, cada proposición surge de la anterior y su lectura da la sensación de algo que podría ser interminable, como un cuento después del otro en Las mil y una noches. Es un directo guiño a su compañero del grupo Narración Gregorio Martínez quien en Tierra de Caléndula usa similar estrategia. Pero más allá del ejercicio escriturario los sonidos adquieren categorías semánticas porque las expresiones se alargan significativamente a medida que avanzan y terminan en lo que se presume será el libro: un diluvio de emociones.
El libro está estructurado simétricamente marcado por el número tres (la numerología, otra adicción de nuestro autor): tres historias narradas por mamá Dolores, tres a cargo de Toribio Noria (Tulli) y tres referidos por Donald Cortez Sucre, estos últimos con un epílogo a manera de coda. Cada trilogía da lugar a una sección del libro: Mamá Dolores, El tío Toribio y Yo mismo soy.
En la “Apostilla” dedicada a la primera sección el narrador rinde tributo a la madre, simiente de la tradición literaria familiar: “Nadie como ella para narrar historias supuestas o reales y contar cuentos con puntos y comas” (: 16). Se instaura entonces un binomio de narradores en el que uno traslada la narración de la otra a través del estilo indirecto libre. En medio de esa alternancia disimulada de roles, se relatan las tres historias que siguen en las que se rescata la belleza y espontaneidad de la oralidad en el lenguaje.
En el “Avispón Negro” se refiere al origen de los nombres de Limompampa y Suncharragra; asimismo al destino y la formas de vida que habrán de tener el gorrión y el avispón, cado uno de ellos marcados por sus propias conductas. La toponimia y el señalamiento predictivo de la suerte de algunos animales es otra recurrencia en la obra cloudiana. Cabe señalar que en medio de los protagonistas se mueve con perfil bajo el borriquito Chupete. Es casi otro rasgo distintivo en el autor destacar la presencia de animales vinculados al mundo de la naturaleza.
Se incide en el detalle en “El Chivo Cerezo”. Pero en este caso será este cabrito propiamente quien asume el rol protagónico a través de la animización mítico-legendaria. La evolución de Cerezo hasta alcanzar la madurez y derrotar a su rival lo convierte en modelo de perseverancia. Aquí cabe resaltar la alegoría fraseológica: “Desesperado, con las patas abiertas y el rabo entre las piernas, el puma grito clamando auxilio (…) en las turbulentas aguas del río que a causa de las torrenciales lluvias (…) ahora formaban un desbordado mar que bajaba encabritado (:29). Nótese la relación entrelíneas cabrito-encabritado, para señalar la actitud victoriosa del chivo Cerezo frente el abusivo puma que fungía de guardián del puente que siempre quiso atravesar Cerezo.
Completa la sección “Chachita Centurión, la memoriosa”, cuya protagonista, Cecilia Centurión, convertida luego en Chachita Centurión, es una suerte de Mamá Grande cuya muerte, dejando como legado su propio nombre a la primera hija de su tataranieta para la continuidad del árbol genealógico, le pone punto final a esta primera parte con relatos atribuidos a mama Llolla, rememorados por un narrador en primera persona.
La Apostilla 2 que abre la segunda sección del libro, “El tío Toribio”, retrata la imagen del que será el nuevo narrador, guiado de la mano por el narrador del texto: el tío Toribio, familiarmente conocido como el tío Tulli, otro juego de palabras porque Tulli bien podría ser el hipocorístico de Toribio a través de la reducción y cambio fonológico, o hacer referencia a la ausencia de uno de sus brazos (tullido): “(…) era uno de los grandes conversadores y fabuladores de la zona, atributo que los académicos y hombres de letras consideran propio de los narradores orales natos” (:42). Pero, por su temperamento tremendista, será ironizado líneas abajo con el término “badulaque”, cuyas connotaciones propias de nuestra región lo pintan de cuerpo entero.
Las tres historias referidas por este otro miembro de la familia son hiperbólicas y sirven para el lucimiento del propio protagonista. Tulli hace bailar interminablemente un trompo y establece un nuevo récord Guinnes, es testigo de hechos extraordinarios al estilo macondiano ocurridos en Shanshamarca y, finalmente, manco y todo, marca los goles más sensacionales para hacer ganar a su equipo, lesionando gravemente en cada uno de ellos al arquero del equipo contrario.
Los hechos narrados con fina ironía retratan al típico badulaque, cuyo desborde imaginativo no tiene límites. En “Un nuevo récord Guinnes” contrapone las debilidades del presente frente a las fortalezas del pasado: “Es una lástima que los muchachos de ahora sean flojos y débiles como el maíz blanco que se apolilla en un dos por tres. (…) Los de antes, en cambio éramos fuertes y resistentes como el maíz amarillo, de pura fibra con dinamita en los brazos” (:43).
En “Los gentiles de Shanshamarca” su imaginación lo lleva a describir como si hubiera sido testigo la desaparición de su pueblo: “Todo era paz, orden, tranquilidad, y nadie podía imaginar que en solo una noche, toda la población de Shanshamarca se quedaría cubierta de ceniza, muerta en vida” (:52). Y, en el más fluido y ocurrente de ellos, “Un memorable partido de fútbol”, narra cómo fue que anotó sus goles para salvar al equipo, empezando por el primero: “El arquero cerró los ojos y quiso contener la bola con el cuerpo, pero el pobre terminó al fondo del arco, enredado en las piolas, sin aliento, desmayado” (65).
La última sección, “Yo mismo soy” incluye relatos a cargo de Donald Cortez Sucre, apodado Tres Cruces, hijo de mama Llolla y sobrino de Toribio (Tulli) Noria, por tanto fiel heredero de la tradición familiar de narradores orales. Sin embargo, en la apostilla correspondiente se sugiere el traslado del uso de la lengua oral a la lengua escrita: “Desde muy joven mantuve encendida la llamita de la ilusión de que algún día escribiría y publicaría un libro” (:72), reafirmada posteriormente: “(…) y cuando por fin el cielo se pintó de azul, a mí se me dio por escribir” (72). No hace falta comentarios sobre la relación entre el autor y los narradores de cada cuento.
En definitiva se trata de un libro sabroso ya sea por la ternura de mama Llolla, la presencia del habladorcillo y querendón tío Tulli o las nostálgicas reminiscencias de Donald Cortez Sucre.
sábado, octubre 18, 2014
La magia cuentística de Juan Rodríguez Pérez
Jack Flores Vega
Leer literatura de la selva es una delicia. Para la gran mayoría de peruanos, la selva representa ese paraíso mítico del que uno ha sido fatalmente expulsado o impedido de entrar, un mundo al que uno quisiera ingresar para no volver a salir nunca. Y es que hablar de la selva del Perú, de la inmensa selva que abarca gran parte del territorio del país, es hablar de un mundo misterioso, placentero, escuchado solo de oídas y transmitido de boca en boca; un mundo donde la tradición del relato oral se mantiene vigente y cobra más fuerza con la imaginación personal que cada transmisor le va agregando. Un mundo que muestra el colorido de su ambiente, la gracia y el amor de su gente… y sus conflictos, también; conflictos de relaciones familiares, de dolor, muerte, amor, misterio y hasta de situaciones sencillas como las disputas intrascendentes de muchachos.
A doña Francisca se le vinieron los años encima. Había cumplido setenta, de los cuales 50 los pasó entre la chacra y los cuidados de sus hijos. Poco a poco vio morir a la gente de su entorno, a sus amigos de generación; y se dio cuenta que iba quedándose sola en un pueblo que, para ella, había perdido su encanto desde que se aparecieron unos jóvenes extraños armados hasta los dientes, buscando refugio montañas adentro, huyendo de los militares que los perseguían día y noche, sin tener en consideración a la población que no sabía en qué lado colocarse.
Su arte narrativo despliega toda la sencillez para contarnos un drama social e individual: la de una mujer que había visto desaparecer a su esposo y luego a sus hijos, y que en su casa, balbuceando y delirando, solo espera y llama a la muerte.
A pesar que en el pueblo se había dejado la tristeza y el miedo y los militares dejaran de aparecerse, ella notó que la tristeza y soledad empezaban a buscar un espacio en sus huesos y en cada uno de sus poros. Prefería quedarse en casa, cantando canciones tristes, llorando cuando el perro se acercaba a lamerle los pies.
Al final, la mujer encuentra la muerte, pero no del modo como ella lo deseaba. Un relato impresionante, propio de un notable narrador. Juan Rodríguez Pérez es el narrador de la selva, uno de sus mejores cultores. Su libro La viejita que hacía temblar a la lluvia así lo demuestra.
Otro relato notable es ¿Pasos? Un hombre va de regreso a su casa por el camino de la selva, la noche cae y de pronto escucha pasos. Hace uso de su escopeta, pero no logra deshacerse de ese ser que lo persigue. Durante el resto del trayecto va experimentando esa angustia, la de sentirse perseguido, amenazado de muerte. Al final termina salvado por unos cazadores. Pero el misterio del perseguidor no se revela. Pervive aun en la mente del lector.
El cuento La viejita que hacía temblar a la lluvia es otra magia, al igual que los otros cuentos que contienen el libro -18 en total-. Y que el lector, al empezar, no podrá dejar de leer.
A pesar que el sol empezaba a retroceder para dibujar en el cielo estelas brillantes que buscaban refugio entre los árboles, sentía que el calor tomaba posesión del pueblo, obligándome a penetrar en un bar que estaba al costado y era atendido por una señora algo entrada en años, pero que conservaba un cuerpo que debía haber tenido su buena época. Pedí una cerveza. Vi que la señora le hacía seña a una jovencita que limpiaba una de las mesas.
-¿Quiere que le acompañe? –preguntó la muchacha, esbozando una leve sonrisa y mostrándome una silla.
No hay más que decir. La invitación a leer está hecha… y a disfrutar con la magia de la buena narrativa. La viejita que hacía temblar a la lluvia, de Juan Rodríguez Pérez así lo demuestra.
Leer literatura de la selva es una delicia. Para la gran mayoría de peruanos, la selva representa ese paraíso mítico del que uno ha sido fatalmente expulsado o impedido de entrar, un mundo al que uno quisiera ingresar para no volver a salir nunca. Y es que hablar de la selva del Perú, de la inmensa selva que abarca gran parte del territorio del país, es hablar de un mundo misterioso, placentero, escuchado solo de oídas y transmitido de boca en boca; un mundo donde la tradición del relato oral se mantiene vigente y cobra más fuerza con la imaginación personal que cada transmisor le va agregando. Un mundo que muestra el colorido de su ambiente, la gracia y el amor de su gente… y sus conflictos, también; conflictos de relaciones familiares, de dolor, muerte, amor, misterio y hasta de situaciones sencillas como las disputas intrascendentes de muchachos.
La excelente prosa de Juan Rodríguez Pérez lo toca todo, y todo lo transforma en maravilla. No hay en él una pretensión de experimentar ni alardear con estructuras o puntos de vista, no. Su grandeza es distinta: lo mágico, misterioso y simple lo convierte en gran arte narrativo y nos lleva a experimentar ese gozo que por algunos instantes nos permite viajar y alejarnos de lo cotidiano. Claro, su mundo no está poblado de chullachaquis, de runamulas, bufeos colorados, o cualquier otro ser misterioso propio de la literatura de la selva y que algunos narradores o recolectores de leyendas cultivan con poco o buen éxito, no. El de él es de la vida cotidiana, de asuntos de la vida común, que, aunque a veces parezcan extraños, son comunes en ese mundo…y en el nuestro también.
Una muestra:
A doña Francisca se le vinieron los años encima. Había cumplido setenta, de los cuales 50 los pasó entre la chacra y los cuidados de sus hijos. Poco a poco vio morir a la gente de su entorno, a sus amigos de generación; y se dio cuenta que iba quedándose sola en un pueblo que, para ella, había perdido su encanto desde que se aparecieron unos jóvenes extraños armados hasta los dientes, buscando refugio montañas adentro, huyendo de los militares que los perseguían día y noche, sin tener en consideración a la población que no sabía en qué lado colocarse.
Su arte narrativo despliega toda la sencillez para contarnos un drama social e individual: la de una mujer que había visto desaparecer a su esposo y luego a sus hijos, y que en su casa, balbuceando y delirando, solo espera y llama a la muerte.
A pesar que en el pueblo se había dejado la tristeza y el miedo y los militares dejaran de aparecerse, ella notó que la tristeza y soledad empezaban a buscar un espacio en sus huesos y en cada uno de sus poros. Prefería quedarse en casa, cantando canciones tristes, llorando cuando el perro se acercaba a lamerle los pies.
Al final, la mujer encuentra la muerte, pero no del modo como ella lo deseaba. Un relato impresionante, propio de un notable narrador. Juan Rodríguez Pérez es el narrador de la selva, uno de sus mejores cultores. Su libro La viejita que hacía temblar a la lluvia así lo demuestra.
Otro relato notable es ¿Pasos? Un hombre va de regreso a su casa por el camino de la selva, la noche cae y de pronto escucha pasos. Hace uso de su escopeta, pero no logra deshacerse de ese ser que lo persigue. Durante el resto del trayecto va experimentando esa angustia, la de sentirse perseguido, amenazado de muerte. Al final termina salvado por unos cazadores. Pero el misterio del perseguidor no se revela. Pervive aun en la mente del lector.
El cuento La viejita que hacía temblar a la lluvia es otra magia, al igual que los otros cuentos que contienen el libro -18 en total-. Y que el lector, al empezar, no podrá dejar de leer.
A pesar que el sol empezaba a retroceder para dibujar en el cielo estelas brillantes que buscaban refugio entre los árboles, sentía que el calor tomaba posesión del pueblo, obligándome a penetrar en un bar que estaba al costado y era atendido por una señora algo entrada en años, pero que conservaba un cuerpo que debía haber tenido su buena época. Pedí una cerveza. Vi que la señora le hacía seña a una jovencita que limpiaba una de las mesas.
-¿Quiere que le acompañe? –preguntó la muchacha, esbozando una leve sonrisa y mostrándome una silla.
No hay más que decir. La invitación a leer está hecha… y a disfrutar con la magia de la buena narrativa. La viejita que hacía temblar a la lluvia, de Juan Rodríguez Pérez así lo demuestra.
Los relatos amazónicos de Darío Vásquez Saldaña
Arturo Bolívar Barreto
Los
procesos crecientes de urbanización, confluencia social y mestizaje, así como los
avances comunicacionales del mundo de hoy, han producido, en las últimas décadas,
una gran eclosión literaria regional en nuestro país. Fenómeno nuevo en tanto, por primera vez, se
manifiesta un ascendente protagonismo popular, de sectores medios y medios
bajos (muchos docentes de escuela) como creadores y difusores. Si bien, con el
neoliberalismo, la mercantilización ha copado todo el espacio cultural oficial
y canónico, y ha normado una sociedad agreste e individualista, es en esta base
social emergente, el tradicionalmente
marginado y provinciano, en el que se han preservado auspiciosas las expresiones
literarias, las inquietudes culturales.
Por provenir de esa raíz de tradición oral, y mestiza y popular, esta
literatura ha preservado el naturalismo,
el vínculo vital con la realidad -deformados
por el costumbrismo o por indigenismo pasadista- pero, macerado por los nuevos
procesos sociales de cambio, se ha elevado hacia puntos de vista panorámicos y
críticos. Esa textura realista pero no ingenua, le ha distinguido también del
formalismo de la llamada “modernidad literaria” iniciada en la segunda mitad
del siglo XX en Latinoamérica, que a
veces ha sido letal en su influencia.
Nacido en el ambiente campesino de Piscoyacu, San Martín, en 1946, y profesor
de escuela, Darío Vásquez Saldaña es un representante digno y audaz de esta reveladora
y emergente literatura. En sus tres
libros publicados hasta ahora, Confesiones
de un caballo (2004), Nuevos relatos
amazónicos (2007) y El Tunchi
enamorado (2010), Vásquez Saldaña recorre, con el humor y la
picaresca popular muy amazónica, las vivencias y afanes cotidianos de los habitantes
de su zona de origen, en la Selva Alta peruana. Como un aplicado discípulo que
ha aprendido el arte de los cuenteros de su pueblo, o de los grandes
conversadores como el personaje don Diofanto Fonseca, Darío Vásquez plasma en
la escritura -y con la aguzada mirada que decíamos de los autores de esta
tendencia- lo que sus antecesores hacían, o aún hacen, oralmente.
Acontecimientos recurrentes de los pueblos son relatados por Darío
Vásquez con la sazón popular y particularidad de nuestros pueblos selváticos,
en los que están implicados los misteriosos y maravillosos mitos y leyendas
tradicionales, el habla de la región que, bajo la predominancia del castellano, se nutre de abundantes y mágicas
expresiones y palabras de origen quechua o de las lenguas nativas de la zona. Pero
además se reflejan las actividades
laborales, las costumbres, la idiosincrasia, los valores de las gentes.
En temas como el adulterio, por ejemplo,
la jocosidad se deriva de las habilidades
o astucias de los amantes para no ser
descubiertos, y en sus chascos. Así, en Shego,
de libro Nuevos relatos amazónicos, el amante, oculto en un árbol, imita a un
gallito madrugador para dar seguro aviso a la infiel, o, como en El Tunchi enamorado, del libro del mismo
título, el personaje se da maña para
imitar el lóbrego grito del Tunchi (un fantasma en la creencia popular) para alertar de su presencia a la
amada. O están atravesados de convicciones o creencias, así un cornudo tolerante
será compensado de fortuna futura, o simplemente superará a la larga ese mal
trance. La percepción del adulterio o de la infidelidad transcurre como la de
un pecado corriente, menor, del que ni mujer ni hombres están libres.
En el tratamiento de los temas siempre está, como aspecto que refleja la
crudeza y la picardía popular, las directas referencias carnales con sus
elementos procaces pero divertidos que se dan en los sonidos corporales, en las
situaciones inesperadas, en el doble sentido, en los malentendidos Nos revelan además, de manera zumbona,
ciertos comportamientos y psicología de las gentes como su inocultable erotismo y sensualidad, la
conducta desenfadada y, de manera subyacente, un machismo internalizado en su
cultura popular y tradicional. Las
festejadas aventuras sexuales puede llegar a su clímax, a veces lindantes con
el humor negro, cuando se abordan
ciertas costumbres de zoofilia (con animales domésticos) de los personajes de
la comunidad, principalmente jóvenes. Así ocurre en los cuentos Caldo de micarahua (del libro
Confesiones de un caballo) y en Los
yegueros (de Nuevos relatos amazónicos).
Con el mismo tono son abordados muchos otros temas pueblerinos, como las
escenas divertidas y sorprendentes a raíz del hurto que se produce entre
vecinos; la sorna y el sarcasmo provocadas por el sentido escatológico que se
da a nombres de raíces quechuas o de lengua nativa que llevan pueblos o personas (así en el relato Pucacaca vs Cacatachi , o en Ismael Isminio, del libro Confesiones
para un caballo); o los relatos que
revelan la fuerza inapelable de lo ancestral, como en Por diez
soles, de Nuevos relatos amazónicos, en el que sólo el brujo es capaz,
apelando a una pócima, asequible y barata, de curar a un enfermo desahuciado
por la medicina moderna.
Otro tema es la entrañable comunión que tiene el hombre de campo con sus animales, hasta humanizarlos, como en
el cuento Confesiones de un caballo
del libro del mismo título, o como el fabuloso y enternecedor relato, narrado
en tono autobiográfico, El Cholo, de Nuevos
relatos amazónicos, inspirado en la
capacidad increíble de fidelidad y sentimiento de amor demostrado por el
caballo hacia su amo. “En la fidelidad de un amigo o hasta en la de un
pariente, siempre cabe alguna duda; en la del animal, nunca”, reflexiona el
protagonista en una parte, y recordando un aserto dice, “el animal no sabe
mentir”. Relato en donde el autor revela una veta de subjetividad, de
nostalgia, de exploración de la sensibilidad humana y, acaso, de la inextricable
e inquietante sensibilidad animal.
Pero sus historias adquieren una dimensión todavía mayor cuando se ven
imbricados, con más proclividad, de un elemento profundo de su región de
origen: los mitos, o las leyendas y creencias, de la tradición nativa o comunal. El
bufeo o los yacurunas son los personajes mitológicos recurrentes, comparecen como beldades irresistibles, sin son hembras, a
la voluptuosidad del hombre de la selva, como en La pusanga (Nuevos
relatos amazónicos), o si son machos, como elegantes conquistadores y
aventureros, como en Al duelo por una morocha (de El Tunchi enamorado). En la
creencia tradicional estos son seres de una dimensión trascendente, la aventura
sexual con éstas, con las “bufeos” o las “ninfas amazónicas”, tienen una
connotación supra humana y de ensoñación. Son una comunidad de seres que viven
en sus palacios en las profundidades del río y que, dadas las circunstancias,
seducen y raptan para perder a sus víctimas en las profundidades del agua. En
el cuento La Reina del Yacuruna, una
adolescente que cae al río es raptada por éstos, uno la pretende para casarla
con su heredero. Cuando la muchacha emerge
del río en hombros de un yacuruna transfigurado en un “neptúneo anciano,
pucacho y calvo”, ella misma anuncia a su familia que no sufran más, que no la
olviden pero que convivirá con ellos para siempre. Sólo el brujo de la
comunidad es el que puede tener algún conocimiento, o un vínculo de
comunicación, con esta misteriosa comunidad yacuruna.
Toda esta mitología nos revela la cosmovisión del hombre selvático, su
relación con la naturaleza, la que por serle pródiga y vital, le merece
profundo amor, pero por serle insondable a la vez, le intriga y le teme; tiene
una profunda comunión con ella y le es indeciblemente atractiva, pero a la vez está
llena de misterios y sorpresas, por lo
que no se puede actuar con temeridad ante ella ni dañarla. El fantástico relato El arpón (Nuevos relatos amazónicos) abona
también en esa dirección, no se puede dañar la naturaleza, en su defecto la
tienes que restañar, que reparar. En
este cuento, los yacurunas, transfigurados en figuras humanas –policías-,
conminan a un nativo –que había herido a un bufeo con un arpón- llevándolo con engaños a que cure a un
policía herido, quien resulta ser el bufeo que éste había dañado.
En ese mismo sentido de la visión de una naturaleza misteriosa pero
viva, capaz de responder y defenderse, se cuenta por ejemplo el de un ser llamado
Chullachaqui, un duende, en la memoria popular, cuya misión es la de liberar o
sanar a animales silvestres heridos o en peligro. Así, en el relato Por ambicioso (de El Tunchi enamorado),
el protagonista, un apremiado profesor que va de caza para compensar su magro
sueldo, no se detiene y va tras una y otra presa, pero descubre, extrañado, que
las piezas cazadas y dejadas cerca, una a una han ido desapareciendo de manera
inexplicable, por lo que regresa espantado al pueblo, sabe que no le han sido
arrebatadas por mano humana, es el Chullachaqui.
En
esta línea, uno de los mejores relatos es
El Piñón (Nuevos relatos amazónicos), por la riqueza –y el hilarante sarcasmo-
con que captura los ritos y creencias populares, esta vez del sustrato mestizo,
de la influencia religiosa hispánica, como son la cantidad recreada e inventada
de santos patrones de los pueblos, hasta para cada inquietud y necesidad popular.
El San Piñón a que alude el cuento se origina de una figurilla de madera
hallada por casualidad debajo de una planta de piñón, que la fe popular
convirtió en un santo milagroso a pedido. Si en los relatos mitológicos o de
las creencias de influencia nativa el autor denota el asombro, la profundidad que
éstas evocan, en lo referente a las creencias religiosas de la herencia
española, el autor deja entrever una inocultable ironía e irreverencia. “Quiere
decir que de habérsele encontrado en un papayo, en un plátano… hoy tendríamos
una Santa Papaya , un San Plátano…”, le
dice el protagonista –un osado muchacho- a su creyente y católica tía, que
estalla en ira.
De los tres libros publicados por Darío Vásquez es en Nuevos relatos
amazónicos donde esta diversidad temática está mejor repartida y quizás este
libro resume mejor su valioso aporte literario.
Una
última temática que autores de esta tendencia narrativa tampoco han evadido –y
donde ponen a prueba su sino crítico y progresista- es cuando abordan el tema
doloroso de la violencia armada sufrida
en las décadas de los 80 en sus regiones. Si esa corriente de la literatura andina
que se había ocupado de la “guerra interna”, la heredera de la llamada
“literatura moderna latinoamericana”, había devenido –con la sutileza de su
estilo- algo ambigua en la visión política de lo acontecido, o mesiánica en el
peor de los casos, la literatura que representa Darío Vásquez Saldaña entona
mejor con la realidad padecida por el pueblo y con sus aspiraciones de cambio y
de progreso. En Revivir (Nuevos
relatos amazónicos), el protagonista, un profesor de origen campesino, que ha
devenido alcalde del pueblo, se niega renunciar a su cargo ante las amenazas
del grupo subversivo a quienes les
responde “he sido elegido por mi pueblo, aquí tengo mis alumnos, mi familia, mi
propiedad…”. En la carta que escribe a un amigo, luego de haber salvado
milagrosamente la vida, dice el personaje “Todas las víctimas del terror de esa zona
eran gente humilde del pueblo cuyo único delito fue negarse a colaborar y ser
partícipes de su ideología. A tal grado había llegado la sevicia que, con el
aberrante mote de justicia popular, hasta los sacavuelterillos de tres al
cuarto, antes de recibir el tiro de gracia, tenían que sufrir la castración…”.
Los personajes que relatan en primera persona estos hechos, a través de
una carta como el protagonista de Revivir,
o por medio del recuerdo, como en Poderoso
Pawá, (de El Tunchi emamorado), no
son de las élites provincianas, sino, al contrario, profesores de la zona muy
ligados a la comunidad donde han ido a trabajar y con un grado de conciencia
social. En Revivir el protagonista
dice “Ninguna idea que pretenda la elevación del hombre puede sustentarse en la
perversidad. Su nefasta ideología y sus abominables métodos me repugnan”. Por eso con igual o más fuerza denuncian la letal
intervención de las fuerzas armadas del Estado tras los hechos subversivos. En Poderoso Pawá, el protagonista, otro
profesor lugareño dice, “Lo que siguió a la instalación del campamento militar
cercano a la localidad de Tambopata, fue aún peor… Las orillas del río y de la
carretera se convirtieron en una macabra exhibición rutinaria de cadáveres
abandonados”.
Si bien en los textos últimos mencionados,
por la complejidad del tema, el relato puede haber discurrido por momentos un
poco expositivo, nunca deviene pobre o maniqueo, pues está protegido raigalmente
por la realidad vivida; puede sí denotar una literatura testimonial y, en ese
sentido, evidencia su riqueza y su verdad; como ocurre, por lo demás, en todos
los relatos de este auténtico representante de la narrativa peruana actual.
miércoles, septiembre 10, 2014
El habla de Santiago de Chuco y la poesía vallejiana
![]() |
| Angel Gavidia Ruiz. |
Ángel Gavidia Ruiz / Trujillo
El lingüista español nacionalizado
argentino Amado Alonso señala que en el
mundo poético de todo escritor se tiene que distinguir lo que se debe a su
personal potencia creadora y lo que se debe a los modos de conciencia comunales
de su idioma: lo que él ofrece a la lengua, y lo que la lengua le ofrece ya
hecho al escritor. Lo creado y lo dado, lo personal y lo cultural, el estilo y la lengua (1).
Un compatriota y
colega suyo, Tomás Navarro , por otra
parte, hace notar que la historia de cada región
ha ido dejando en las formas peculiares de su habla local, huellas de las
diversas situaciones por las que han pasado sus habitantes incluyendo las instituciones, costumbres, actividades,
ideas y sentimientos bajo los cuales dicha gente ha vivido. La lengua -dice-
puede considerarse como el registro más auténtico y fiel de la tradición de
cada lugar. No hay entre los habitantes de cualquier pueblo, comarca o
región, particularidad de modo de hablar
en cuanto a la denominación de objetos, a la pronunciación de las palabras o
las cadencias e inflexiones del acento que no responda al efecto de la historia
de estos lugares. Al lado de la lengua literaria, instrumento esencial de la
cultura común, escribe Navarro, las
formas de las hablas locales, en sus modalidades más populares y espontáneas (que
algunos injustificadamente desdeñan como si se tratase de meros
errores fonéticos o gramaticales), revelan influencias y relaciones de valiosa
significación histórica. Manifiesta a continuación: cada una de esas maneras de pronunciar un
sonido o de denominar un objeto ocupa
una determinada zona geográfica. Los nombres de las cosas, el sentido de las
palabras, la pronunciación de los sonidos y los dejos del acento tienen su
geografía propia dentro de las fronteras de cada región o país. Una de las tareas más importantes en el estudio de
la lengua hablada es señalar el área correspondiente a cada una de esas
diferencias… (2)
En este punto no resisto la tentación (aun cuando el habla, de ser algo físico, tendría más la consistencia del viento) de compararla con esos bloques de hielo de la Cordillera de los Andes en cuyo corazón se
halla, de acuerdo a la calidad y
ubicación de las partículas que alberga,
la huella de las sequías y los
fenómenos El Niño que sufrió el país a través de los siglos (3).
La lengua es el
conjunto de signos y de reglas que están a disposición de todos los hablantes de un mismo idioma, y el habla es el uso de la lengua que un
hablante hace en un mensaje determinado. Por extensión, llamamos habla a la
manera de usar la lengua que tiene una determinada comunidad. Martha
Hildebrandt escribe que Habla local es la manera peculiar como se realiza o
practica una lengua en un lugar determinado: es igualmente habla local la de
Madrid o la de Burgos, la de Lima o la del Cuzco, dice (4). Ese es el sentido en el que nos referimos en este ensayo al habla de Santiago de Chuco: a ese cuerpo de giros idiomáticos
propios, a la mayor frecuencia con la que se recurre a determinadas locuciones,
a la presencia a veces muy sutil a veces no tanto de una especial ironía*, a palabras que denotan influencia del quechua
o de culle o de ambos, como rebeldes rezagos del ancestro, en fin, a las
inflexiones y al acento con el cual se habla en esta área geográfica.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- *Hace algunos lustros, cuando hacía un
trabajo de investigación sobre la presión arterial en ancianos de Santiago de
Chuco, me encontré en una de las calles de la ciudad con un octogenario
pueblerino. Le dije que quería tomarle la presión. “Vamos a esa casita de
puerta verde” me dijo amablemente, señalándome una casa próxima. “¿Es su
casa?”- pregunté. No -me dijo-, es mi posada. Mi casa está allá – volvió a
decirme apuntando con su dedo índice el cementerio.
Pero, como es obvio,
la historia de Santiago de Chuco extravasa sus linderos políticos y geográficos.
Está emparentada con un área más o menos extensa que abarca Cajamarca, Sánchez
Carrión, Julcán, Otuzco y el norte de Ancash. Por consiguiente, su
habla se extiende difusamente más allá de sus fronteras geográficas. El poeta pallasquino Bernardo Rafael Álvarez
ilustra muy bien la laxitud de los confines: Alguien diría que un río
nos separa (dice el vate, refiriéndose al límite entre la provincia de Santiago
de Chuco con Pallasca): el Tablachaca más que un tajo (límite o frontera
natural le dicen) es, en verdad, una
costura que nos junta. Debemos admitir que, además, nos vinculan otras cosas; el idioma con su
idéntico dejo y sus modismo comunes (zote, alaláu, adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas
del día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos;
el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el
saludo de dos colosos: el Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce,
que hablaba como nosotros y cuyo abuelo
(cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la iglesia de
San Juan Bautista de Pallasca (5).
Santiago de Chuco es
una provincia de la zona norandina del Perú asentada
en el departamento de La Libertad. Tiene
una accidentada geografía llena de montañas elevadas y quebradas
profundas y tiene, también, una
historia larga y escabrosa que incluye su antigua pertenencia al señorío de Cuismanco con su capital Marcahuamachuco
, su idioma conformado por palabras con
acento en la última sílaba y con la frecuente presencia del fonema sh*, el culle , su conquista en la segunda mitad del
siglo XVI por los incas que llegaron
trayendo el quechua y, luego, cuando el idioma de los incas se estaban consolidando, vino la conquista española que introdujo el idioma que
ahora se habla, pero que no ha podido eliminar del todo los vocablos aborígenes
(6).
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
*El fonema sh acompaña al habla santiaguina
“a todo sitio”: se halla formando nombres de lugares: Shindol, Shirobal, Shiribal,
Tapash, Ushno, Ushnobal. Yahuish; de plantas y frutos: shiraque, shulgomo,
shiniganda; de algas: cushuro; de platos: shambar, shinde, cashallurto,
cushal, tushas, carashpo, ñushco; de partes anatómicas del cuerpo: shubadal (fontanela de recién nacido),
minsho o munsho (ombligo), casharón (persona con dentadura visiblemente
incompleta); de aves: shingo
(gallinazo), shullulluc (ave canora de plumaje rojo), chushec (ave de malagüero
que viaja en el hombro de la muerte), chahuisho (tordo); de utensilios:
mushca (recipiente escavado en piedra), shanga (contenedor
“suspendido en el aire” ubicado generalmente en la cocina, a buen recaudo de
los gatos y perros y hasta roedores), shacra (callana, vasija de barro de boca
ancha utilizada para tostar granos u otros menesteres); verbos como: cashcar
(morder), tushquir (pellizcar), shingar (“pelar”, decorticar una caña de maíz), shilcar (cortar árboles,
los retoños de estos árboles se llaman shilcas); hay una miscelánea en algunas de cuyas
palabras se ha injertado al castellano o al quechua el referido fonema: sharco ( zarco, de ojos
claros, azules o verdes); shurda (zurdo);
shulca ( del quecha sulka, hermano o hijo menor), caisha ( niño llorosos, desnutrido,
débil), shapra (cuy shapra, burro
shapra, perro shapra, que tiene
abundante pelaje), huasha (del quechua
wasa, columna vertebral), pushgo (probablemente venga del quechua p’osqo, ácido), shilcar también se usa para referirse a la acción de quebrar, de fracturar ( Juan es shilcadito:
tiene una fractura o una deformidad en la
columna vertebral); shalpirejo (andrajoso, descachalandrado, de trajes
muy pobres); shapingo (diablo); amashango (tarántula); congosh (libélula);
ishpe ( verruga vulgar); shimba (niño de sexo masculino de pelo largo; también
se llama shimba a cada una de las múltiples trenzas con las que se acicala al
muchachito de largos cabellos para la ceremonia del “corte de pelo”); llushpe (superfice lisa); cabracasha (espina
de tuna o de cactus); quesheste
(obviamente viene del castellano ¡que es este! o ¿qué es este?. Bueno el
quesheste es una sopa muy humilde color marrón oscuro de trigo tostado, el
nombre revela el humor santiaguino brotando hasta de la pobreza). Pero en donde campea el entrañable dígrafo sh es en la formación de hipocorísticos: Shanto (Santos), Shanty (Santiago), Shigi
(Sigfrido), Shego (Segundo), Shanda (Sandalio) , Shana (Susana), Shunsha
(Asunción), Shibe (Ceferino), Shaloma (Salomé), Venshe (Wenceslao), Vishe
(Vicente), Meshe (Mercedes), Cunshe (Concepción), Bersha (Betsabé), Marshe (Marcelino), Shesha (César, Cesáreo),
Shava (Salvador), Shiba (Alcibiades).
Los
peruanos de otras tierras, para fastidiar a los santiaguinos les recuerdan al
famoso shufishente, un fémur de
vacuno que, en las épocas de hambruna,
que las hubo (¡y terribles!), se usaba, supongo, más como un saborizante que como parte del mito
de dotar al caldo de “sustancia”. Este
no debía “gastarse” mucho, entonces permanecía apenas minutos o quizás segundos en la olla de agua
hervida y se retiraba presuroso a la voz de “¡suficiente!, ¡suficiente!”. El
hueso, entonces, ascendía, como una bandera en un mástil imaginario a su
posición original, probablemente disputándole la ubicación a la shanga. Pero
que no se burlen los amigos de otras tierras: el mismísimo nobel de literatura
Gabriel García Márquez también tuvo su shufishente.
Dice en su libro de memorias Vivir para contarla que doña Luisa Santiaga, su madre, por la que
guardaba “una admiración pasmosa” tenía
un carácter de leona callada pero feroz ante la adversidad y que en los peores
momentos se reía de sus propios recursos providenciales “como la vez en
que compró una rodilla de buey y la
hirvió día tras día para el caldo cotidiano cada vez más aguado, hasta que ya no dio para más”.
Antonio Muñoz Monge recuerda en una sabrosa crónica dominical que en otros lugares de la sierra peruana se
llama mocontullo (moqo en quechua es rodilla) y es un “hueso de la rodilla” o
de “cabeza de fémur”. Es, entonces, una práctica bastante extendida aquella que
se atribuye con cierta maledicencia sólo a los santiaguinos, cuando ha llegado incluso hasta la señorial Arequipa,
aunque, en tiempos mejores, es posible
que el contacto del hueso y el hirviente
líquido sea más sosegado. Ahora, pienso
que es mucho más difícil que, nuestro nobel Mario Vargas Llosa, aunque vivió parte de su niñez en Arequipa, haya tomado un caldo con el famoso
shufishente o mocontullo por su extracción social menos popular.
Hay una palabra que
denota una soledad muy cercana a la orfandad:” sholito”. No “ solo”, tampoco
, su diminutivo, “solito” que ya es
bastante tierno y triste, sino sholito: palabra que trae implícita solidaridad, frente a una, digo, soledad de a
de veras, en especial, de los niños.
Esta provincia fue “entregada” a la Orden Religiosa de los Augustinos para que se
ocupara de las cuestiones de la fe o más precisamente para que instruyera en la
doctrina católica (6) y consecuentemente combatiera la creencia en los dioses nativos
como el dios Catequil, en esta línea fue testigo del cambio del nombre de
sus cerros- adoratorios como Killa-Hirca
o Mirador de la Luna que pasó a ser el
cerro San Cristóbal*. En este periodo existieron conatos de
sublevaciones incluso previos a la rebelión de Túpac Amaru que fueron sofocados (7). Más adelante la población santiaguina, fue
partícipe de las luchas por la
independencia, pues por su territorio
pasó el libertador Simón Bolívar quien según algunas versiones manejó como probables escenarios para las batallas
finales por la independencia Mollepata (Santiago de Santiago de Chuco) y
Corongo (Provincia al norte de Ancash) (8). Más tarde, en 1883, ya en la República, Santiago de Chuco tuvo
que soportar el oprobioso tránsito de parte del ejército chileno por su suelo
durante la Guerra del Pacífico en la que participa el pueblo aportando víveres y organizando un batallón integrado
por 200 de sus mejores hijos que van a engrosar el ejército de Cáceres que es derrotado en la batalla de
Huamachuco (9). Vallejo nacerá 9 años después.
*Indudablemente algo tiene que ver
esta circunstancia histórico-religiosa con estos versos de “Terceto autóctono”
de Los heraldos negros: Luce el Apóstol en su trono, luego/ y es,
entre inciensos, cirios y cantares, / el moderno dios-sol para el labriego.
Aún queda, de la civilización preincaica, las esculturas en piedra que retratan a los
viejos habitantes de estas tierras tocados por unos gorros de un diseño
especial confeccionados de lana, por los
que se les llamó “los chucos”, y queda en uno de los versos de Vallejo una
misteriosa palabra, tahuashando, que podría sintetizar este apretado recorrido histórico. Existe la hipótesis que tauhuashando viene de dos voces
ancestrales, la primera, quechua, tahua
que significa cuatro, la segunda sha,
probablemente culle, que significaría en
fila y la terminación ando con la
que, en idioma castellano, se construye el gerundio(10).
Quizá sería bueno repasar aquí la primera impresión que le produjo al escritor Francisco Izquierdo su
encuentro con la cuna de Vallejo:
Santiago de Chuco, dice, –conjunción
maravillosa de hombre y de tierra, de paisaje y espíritu-, ejerce en el
visitante una poderosa influencia: aflora de sus entrañas una rara y potente
fuerza que todo lo envuelve, lo rebasa. Hay en él de fino, de delicado, como de
bravo, de hosco. Árboles y pájaros, rocas y abismos. Madrigal y emoción
heroica. Realidad cósmica que explica el brote, la existencia de un genio como
Vallejo. Sólo una tierra así ha podido dar un hombre de esa dimensión (11).
Maupassant, en un
párrafo del cuento El Horla, describe la relación del hombre con la
tierra, con su pueblo (obviamente se trata
de otra tierra y otro pueblo, sin embargo, el nexo que lo une es igual de entrañable y total), el personaje de Maupassant se
expresa en estos términos: Me gusta esta región, y me gusta vivir en
ella porque aquí tengo mis raíces, esas
profundas y delicadas raíces que ligan a un hombre a la tierra, donde sus
abuelos han nacido y han muerto, que lo ligan a lo que allí se piensa y se
come, lo mismo a las costumbres que a los alimentos, a las locuciones locales,
las entonaciones de los campesinos, los olores del suelo, de los pueblos y del
propio aire (12).
Cómo no recordar en esta parte y al amparo de este texto esos
diminutivos tan frecuentemente utilizados por Vallejo: pocito, vaporcito,
pedacito, hombrecito, matita; y cómo no evocar también esos poemas poblados de
apetitosas comidas y bebidas: pan fresco, caldo, cuy o cuya para comerlos
fritos con los bravos rocotos de los temples, manteca, chicha, vino, coñac (dirán que el coñac es
francés y que qué tiene que ver con el
habla santiaguina, les contesto que habría que rastrear como llegó esta bebida
a ser un asentativo frecuente en las familias más acomodadas), queso, jamón, y
el escenario respectivo como el ruido
aperital de platos, los alegres tiroriros, que, entiendo, son los sonidos que
provocan los cubiertos al “poner la mesa” y ya más allá o fuera del ámbito de
las comidas y bebidas pero siguiendo en el espacio familiar, esa frase : linda
cólera cantora de la madre ( esa suerte de letanía tan santiaguina e inofensiva
aun cuando molesta y que se da generalmente en las mañanas); luego las
procesiones, la gobernación, los caminos, las piedras, Irichugo, Menocucho;
pero en donde más se percibe la influencia del habla santiaguina no es en
palabras aisladas si no en frases tales
como: Yo no sé; yo no sé qué me da ;
quién nos hubiera dicho; cuál llorarás;
como todo un hombrecito; ¡Caballísimo de mí!; quiero desgraciarme; digo,
es un decir; qué gracia; porque están en su casa; dulzura corazona; no hay noticias de los hijos hoy; con el
cantar del gallo; ¡Cosa buena!; de barriga; echar una cana al aire; vamos a ver; en pelo; a pelo; ya ni sé qué
hacer con él; mi cosa; no seas así; qué
frío hay…Jesús, ¿Di, mamá?; aguaita,
aguaita, aguaita; no vaya ser que lo haces porque yo te lo ruego; no me vayas a hacer cosas; hasta las cachas *.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
*Me pregunto si donkey será la palabra
adecuada para trasladar al inglés el asno
de: Fue domingo en las claras
orejas de mi burro, / de mi burro peruano en el Perú (perdonen la tristeza).
Jaime de Ojeda dice que toda traducción es un naufragio irreparable y doloroso
y yo digo que es mucho más cuando se trata de la poesía de Vallejo. De Ojeda se
lamenta en un prólogo a Alicia en el
país de las maravillas en estos términos: Alicia es uno de esos fenómenos literarios que no admiten
trasplantes y pese a todo el cuidado que se ponga en guardar intacto su significado vernáculo en ese naufragio
irreparable y doloroso que es toda traducción, creo que es prácticamente
imposible “trasladar” a la mente del lector castellano todo el contenido de
vivencias sabrosas, de evocaciones misteriosas y de introspección cultural de
que está lleno este precioso libro.
El habla local, como el habla familiar, tienen fueros
inalienables: subjetividad, afectividad, intimidad, emotividad, naturalidad,
espontaneidad, particularidad, vivacidad, dice
Hildebrandt, y dice también que la poesía, el teatro y, sobre todo, el
cuento y la novela, imponen su propio lenguaje que casi siempre incluye –
consciente o intuitivamente- una buena porción de expresiones de la
correspondiente habla local (4).
En la poesía de Vallejo, como en el río Chacomas en sus buenos tiempos, se puede
pescar santiaguinismos como si fueran
truchas, desde el primer poema de Los heraldos negros hasta el
último de España, aparta de mí este cáliz, aun
cuando ambos poemarios están cronológicamente en los extremos. En el primer poema de Los heraldos negros, ese “en la puerta
del horno se nos quema” viene del refrán tantas veces usado por los santiaguinos,
yo no sé si más como una ausencia de certezas
o como una frustración tanto más
dolorosa cuanto más cercano se estaba de la meta. El último poema de España,
aparta de mí este cáliz aloja
ese “digo, es un decir” reiterativo, entre
otros decires de Santiago de Chuco, expresión que denota una posibilidad muy
alejada, una conjetura, casi una
necedad.
Marco Martos, en el poema LXV de Trilce que comienza con “Madre, me voy mañana a Santiago”, al
comentar el verso “¿no oyes tascar dianas?”
dice : Diana toque militar al romper el día, para que la tropa se
levante. De donde “tascar dianas” equivale a romper el tiempo (13). Diana era
en Santiago de Chuco una tonada especial con la que se recibía a los amigos.
“Tócale una diana”, “Échale una diana” eran expresiones con las que se “le daba
el pase” a los músicos que acompañaban a
la comitiva para iniciar el homenaje de bienvenida. También se tocaban dianas a
algunos personajes distinguidos como
parte de los honores de los que eran objeto.
En el repaso biográfico que hace José Miguel Oviedo dice que
“por el 1912 hizo el entonces largo y penoso viaje a Lima desde Trujillo que
quizás este evocado en el poema Los arrieros:
Arriero, vas fabulosamente vidriado de
sudor. / La hacienda Menocucho/ cobra mil sinsabores diarios por la vida” (14).En realidad Menocucho es un centro poblado del distrito del Laredo hasta donde
llegaba el ferrocarril en los tiempos de Vallejo; entonces los viajeros que
venían de la sierra a Trujillo o retornaban a sus pueblos de origen desde esta
ciudad costeña paraban allí.
Sin embargo, Antonio Melis citado por Jorge Díaz Herrera, es
cribe: Yo creo que puede ser un elemento útil conocer el contexto. Pero también
puede despistar. Una exageración de esto puede llevar a una crítica
contenidista, y a establecer una relación mecánica entre el contexto histórico
y la realización artística. Es útil pero no es suficiente. Lo que queda a lo
largo del tiempo es lo que no está estrictamente vinculado a su tiempo (15).
Pero en el caso de la poesía de Vallejo que tantas veces
torna al habla santiaguina, es un paso indispensable el conocerla. Díaz Herrera
cuenta que ese verso ¡Me friegan los
cóndores! tuvo tantas interpretaciones incluso aquella a mi entender
bastante torpe de que los le cóndores incomodaban al poeta porque no servían
para comerse; pero Natividad, la hermana de Vallejo le dio la clave: condor,
“condorazo” es la clase de tipo adinerado y prepotente que hace lo que quiere
en el pueblo (16). Y cuando comentó con la misma hermana del poeta sobre el verso aquel de confiar en el anteojo y no en el ojo, la santiaguina le dijo sencilla y sabiamente ¿Cómo
va Ud. a confiar en un ojo miope, pues señor? (17) Así, por lo
menos también ocupará un anaquel en los
andamios de interpretaciones y
discusiones levantados a propósito de esta “enigmática” línea de uno de los
textos de Poemas Humanos.
En una entrevista a Víctor Raúl Haya de la Torre realizada
por César Lévano y César Hildebradth, el fundador del APRA refiere: “A Vallejo se le achacaba
oscuridad y galimatías. Pero por ejemplo hay un poema que nosotros lo
conocemos mucho en su origen. Cuando
él dice: “Serpentínica u de
bizcochero engirafada al tímpano”. Eso
no tiene explicación posible, ¿no? Y por eso lo han atacado mucho.
Bueno, Vallejo vivía en unos balcones que hasta ahora están, de lo que llamaban
Hotel del Arco. Yo incluso he estudiado con él muchas veces allí. Ese balcón daba
a una calle San Martín, que era una calle entonces soleada, tranquila, a las
dos de la tarde. Había unos bizcocheros que llevaban sus cestas grandes y que
pregonaban su mercadería diciendo: “¡Bizcocheró-uuu!¡ Bizcocheró-uuu!”. Él era
muy goloso…Y entonces, fíjese Ud. cuando
él dice: “Serpentínica u de bizcochero engirafada en tímpano”, él estaba en el
balcón donde él vivía. Corría entonces a alcanzar a los bizcocheros, en cuanto
los escuchaba. Alguna vez yo le decía. “Oye, pero yo no entiendo eso” (18).
Muy similar es la versión que le alcanzó Orrego a Jorge Díaz
Herrera. Sólo cambia en el decir del bizcochero y en el nombre de hotel: “¡bizcuuuuuchos!”
y el hotel, “Carranza” (19).
En la interpretación de estos versos el contexto es
fundamental, y los testimonios de Haya y de Orrego dan luces también de algunos
de los sorprendentes recursos con los que trabajaba el inmenso Cholo.
Puede parecer una caricatura o broma de mal gusto pero en una
ocasión me llegó un fajo de postales con cuadros alusivos a la poesía del autor
de Los heraldos negros. Venían de un
país extranjero y medianamente culto.
Y en una de ellas que, al parecer,
intentaba ilustrar el poema A mi hermano Miguel había un hermoso “bípedo emplumado” y el poyo de la casa brillaba por su ausencia.
Es, por lo tanto, tarea prioritaria continuar abriendo la
trocha que ya han comenzado, entre otros, Francisco Izquierdo, César Ángeles, Carlos
Barbarán Urquizo , Danilo Sánchez Lihón , Javier Delgado Benítez , Jorge Díaz Herrera ,
Ramón Noriega Torero, Hermes Torres Pereda (en su Apuntes y documentos… identifica y estudia y hace seguimiento a varios personajes
vallejianos tales como al cura Santiago,
Santiago Elías Miñano; al ciego Santiago, el campanero Santiago Cribilleros; el
músico Méndez, Raúl Méndez Valderrama). Pero falta aún una pista asfaltada que
nos lleve lo más cercanamente posible al significado de esos decires
santiaguinos, que como cactus o árboles “extraños” se hallan esparcidos en Los heraldos
negros, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Ayudará mucho conocer el habla santiaguina para
leer a Vallejo, aunque al final, como
siempre sucede en poesía, el lector, tomando las palabras de poeta Bernardo
Rafael Álvarez, termine escuchando los alaridos de su propia canción.
Además de ser importante la tarea de estudiar el habla
santiaguina, es urgente por que los que hablaron la lengua de Vallejo, por razón
de los años, son cada vez menos. Y no
sólo por los años, también por la televisión y por el fenómeno de la globalización. Y los viejos santiaguinos facilitarían mucho
este estudio. Recordemos que la lengua no es estática y menos el habla y, con
seguridad, la de estos tiempos no es igual a aquella, de cuyas canteras, como
si se tratara de piedras preciosas, el
poeta sacó una y otra vez parte del material, para muchos enigmático, con el
que construyó su inconmesurable poesía.
BIBLIOGRAFÍA
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lengua. Revista Sur 1932. Argentina, P 137.
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3. Thompson L. Glacialogical Investigations
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1980, P 69-84.
4. Hildebrandt M. Peruanismos. 1ra Ed.
Editorial Planeta Perú S.A. 2,013. Lima,
P 5-15.
5. Álvarez, R. Prólogo. En Gavidia G. El
idilio de Cochapamba. 1ra Edición. Papel de viento Editores.2, 005. Trujillo-
Perú. P 9-12.
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ancestrales. En Gran enciclopedia del Perú. Lexus Editores. 1998. España, p
561-586.
7. Espinoza W. Geografía histórica de Huamachuco.
Creación del corregimiento. En Torres H. Apuntes y documentos para Santiago de
Chuco. 1ra edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p. 149-165.
8. Torres H. Santiago de Chuco en la
estrategia de Bolívar. En Torres H.
Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra Edición a cargo de Hermes
Torres Pereda. Trujillo- Perú p 43-46.
9. Torres H. Santiago de Chuco y la
guerra del Pacífico. En Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra
Edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p 31-35.
10. Ángeles C. César Vallejo. Su obra. Seguda
edición 1993. Lima-Perú p.149.
11. Izquierdo F. César Vallejo y su tierra.
Ediciones SEA/ CONCYTEC. 1989. Trujillo-Perú.p
15
12. Maupassant G. El Horla. Alianza editorial
1994. Madrid. P 5.
13. Martos M. Trilce/ César Vallejo.
Edición anotada con estudio preliminar y glosario de Marco Martos y Elsa
Villanueva. Editorial Peisa 1987. Lima Perú p 160.
14. Oviedo J. César Vallejo. Biblioteca
Visión Peruana. Los que hicieron el Perú. Lima Perú. P 9.
15. Díaz J. El placer de leer a Vallejo
en zapatillas. 1ra Edición. Editorial
San Marcos. Lima Perú. 2009. P 27.
16. Op cit.p 13-14
17. Op.cit p 23-24
18. Hildebrandt C. Cambio de palabras. 2da
edición. Tierra Nueva Editores. Lima –Perú.
2008. P 43-44
19. Díaz J. El placer de leer a Vallejo
en zapatillas. 1ra Edición. Editorial San Marcos. Lima Perú. 2009. P 25.
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