domingo, noviembre 30, 2014

Otra vez Urteaga

Luis Urteaga Cabrera.
Ricardo Vírhuez Villafane / Lima 

Pocas veces la literatura peruana ha sido testigo del encuentro entre la destacada creación verbal y la conducta coherente del autor. Los nombres de César Vallejo o José María Arguedas son solo puntas de un breve pero respetable abanico de escritores que vivieron al filo del ejemplo. Un caso parecido es el del escritor Luis Urteaga Cabrera (nacido en Cajamarca en 1940), quien en medio de los acomodos inverosímiles de la mayoría de escritores peruanos opta por la marginalidad auténtica que se desentiende de los fuegos artificiales de la fama y de la promoción personal.

Su comportamiento le viene del carácter y de la experiencia. Al arribar a Lima, joven y lleno de esperanzas, de esas que son capaces de remover el mundo, estudió medicina en la universidad de San Marcos sin sospechar que la vida le depararía otro tipo de desafíos. Nada menos que los de la pasión literaria. Pero antes de caer en las bellas garras de la palabra creadora, sobrevivió a las penalidades que la vida le enrostró en esos años de formación juvenil y adolescente.

Durante una clase en la universidad, mientras el profesor exponía sobre medicina humana, Lucho Urteaga sintió vahídos, sueño. El cansancio y la debilidad le vencían. El profesor advirtió la presencia del hambre en esos ojos agotados y la mirada ausente del estudiante, le recomendó descanso y lo mandó a casa. Lucho Urteaga subió al micro mientras las piernas se le doblaban. Miró los breves edificios y la gente que parecían desdibujarse, y finalmente bajó poco antes de llegar a casa. No aguantaba más. El mareo iba en aumento. La visión se le iba. Se arrinconó contra las paredes y caminó pegado a ellas. Finalmente, cayó derrumbado sobre el suelo.

Despertó tres días después. No recordaba nada. Una niebla parecía abrirse ante su mirada sorprendida. Solo veía a los amigos que le rodeaban y los tubos de plástico del suero que lo había alimentado durante esos días de ausencia y abandono. Pensó entonces en la vida difícil de esa Lima injusta que quería condenarlo solamente a sobrevivir, a arañar los días y las noches con migajas de solidaridad. Si el dolor hace humanos a los hombres, a Lucho Urteaga le hizo comprender su inmenso poder frente a los espíritus generosos.

Años después obtendría el primer lugar en el concurso internacional de novelas Primera Plana-Sudamericana (l969), en Argentina, por su extraordinaria obra Los Hijos del Orden. Sin embargo, la suerte del libro parecía condenarlo a la batalla. El golpe de Estado que los militares propinaron al pueblo argentino impidió que el premio se hiciese efectivo. Pero la novela no se quedó tan sola y tan callada. Además de provocar la protesta y el juicio legal de algunos intelectuales, se ganó limpiamente el premio nacional de novela ‘José María Arguedas’ 1973, y Los Hijos del Orden fue inmediatamente publicada por Mosca Azul y más tarde reeditada por Arteidea en 1994.

Mientras tanto, Lucho Urteaga siguió construyendo esos hermosos universos de palabras a través de cuentos vigorosos y obras para teatro (había ganado el premio nacional de teatro Telecentro 1975 por la obra Danza de las ataduras, y el premio nacional de cuento Visión del Perú 1968 por La justicia no cae del cielo). Trabajó para algunas organizaciones populares y conoció de cerca los encuentros y desencuentros entre la amistad compartida y los abandonos y traiciones de compañeros de ruta. 

Viajaba a provincias cada cierto tiempo, viviendo y padeciendo los sinsabores y alegrías de los trabajadores a quienes reflejaba en sus obras. Hasta que de pronto algunos shipibos le pidieron trabajar al interior de sus organizaciones para dotarles de orientación y sentido.

Entre la vida familiar y el servicio a aquellos pobladores indígenas que lo requerían, contando con la inigualable comprensión de su compañera, Lucho Urteaga eligió el largo itinerario y se internó en la selva ucayalina. Conoció en carne propia aquellos universos que más tarde retrataría en sus cuentos maravillosos, aprendió la lengua nativa e intentó compartir la vida –que luego se haría entrañable– de los legendarios shipibos.

Al comienzo fue difícil. Para hablarles, ¿cómo llamarlos, cómo reunirlos? Sus intentos de invitación verbal resultaron divertidamente recibidos, pero nadie acudía a las asambleas ni por curiosidad. Habría como una mirada de impotencia en sus ojos acostumbrados a dar todo de sí. Pero un compañero suyo, shipibo y mejor conocedor de las costumbres caseras, encontró la llave maestra. Los convocó a través de la magia de la palabra. Los juntó con la complicidad de un narrador oral, de un hablador que de un momento a otro dejó fluir ese magma de historias que entretejían la vida shipiba y pronto, enseguida, la maloca que les servía de auditorio se encontraba llena, repleta de atentos y maravillados oyentes, niños y jóvenes, hombres y mujeres embrujados por la voz imponente del contador de fábulas.

Esta escena es muy parecida a la contada por Mario Vargas en su novela El hablador, con la diferencia que los machiguengas, según el narrador arequipeño, cuentan en secreto sus historias, mientras que los shipibos de Lucho Urteaga hablan públicamente, se regodean con la representación teatralizada del relato y, antes de simplemente oír, viven una experiencia. De este modo pudo hablarles de la necesidad de organización y los shipibos pronto asumieron la responsabilidad y el reto. No podía ser de otra manera. Otros pueblos indígenas también habían comenzado a organizarse, como el aguaruna, que más tarde se haría poderoso, y los organismos del gobierno de entonces habían empezado a agruparlos con fines proselitistas.

Cerca de diez años en la selva (entre 1979 y 1988) hicieron de Lucho Urteaga un hombre enamorado de su pueblo. Se había acostumbrado a no permitir las injusticias. Enarbolaba en su conducta la firme conciencia de que la amistad y la solidaridad son, más que conceptos, realidades palpables que pueden guiar verdaderamente nuestros pasos.

No había pertenecido a grupos literarios ni probablemente su espíritu independiente se lo hubiera permitido. Tal vez por ello no se hizo tan conocido. Tal vez por ello no fue objeto de falsos homenajes ni menciones artificiosas. En cambio permaneció en la conciencia de los lectores que veían en él al hombre y al escritor por cuya conducta coherente se sentían tocados, conminados. Si algún lector ingenuo creía que Ribeyro era el escritor querido y Mario Vargas el admirado, Lucho Urteaga era, además de querido y admirado, respetado.

Por eso cuando surgieron sus libros de cuentos de tema indígena El universo sagrado (1991) y, especialmente, El arco y la flecha (1996), advertimos en ellos un mundo inédito que tomaba forma, que adquiría una voz particular y se imponía en las letras peruanas por mérito propio. Sus cuentos eran perfectos. Miguel Gutiérrez no dudó en llamarlos clásicos, y los comparó con las creaciones de Joyce, Rulfo, Babel, Guimaraes Rosa. Sin embargo, la crítica oficial se hizo la sorda, muda, bizca y ciega.

Algo parecido había ocurrido cuando en la década del 70 publicara Los hijos del orden. Se dijo anecdóticamente que era una novela que retrataba la vida carcelaria en el reformatorio de Maranga, como una obra social más en la literatura peruana, pero se acallaba su alto valor literario, su modo maestro como daba vida y voz mediante el lenguaje accidentado y emotivo a diversos sectores de la sociedad peruana que, curiosamente, hasta nuestros días no la tienen. Se habló de su deuda con Mario Vargas por el uso de contrapuntos, ocultando que dicho recurso debe más en las letras peruanas a Joyce, Faulkner y Onetti, que a Vargas.

También publicó breves libros para niños. Fábulas del otorongo y otros animales de la amazonía (1994, premio IBBY–International Board on Books for Young People) y Fábulas de la tortuga, el otorongo negro y otros... (1996) nos acercaban a una sensibilidad curiosa, no exenta de preocupación por la formación de los niños ni ternura por ellos. Si ya desde antes, desde aquella entrevista setentera realizada por una revista con la foto inmensa de un Lucho Urteaga de anteojos y ropas negras, vislumbrábamos al escritor consciente de su proceso literario, no nos sorprende luego arremetiera con una obra polémica: Más allá de la escuela. Una educación para el cambio (1999). En ella destaca la minimizada relación entre sociedad y educación, disecciona las fuerzas sociales en pugna y, nada ingenuo, plantea las bases de una educación que realmente devuelva la dignidad a los hombres, demasiado alejados de su propia naturaleza debido a una educación abiertamente inhumana.

Aún no se ha dicho una sola palabra sobre este texto, y probablemente Lucho Urteaga espera con humor que el silencio continúe. Escribe para debatir ideas, para aportar dentro de ese ámbito importante que es la educación y la literatura, y no para soñar con catálogos y reseñas pasajeras. Se cuida bien de todas ellas, aunque a veces los amigos lo traicionemos con algunas públicas palabras. 

En su cálida casa de Pueblo Libre, un vaso de vino tinto tiene el viejo sabor de la esperanza. El mundo de la banalidad cultural hoy en moda no le pertenece. El mundo vivo sí, aquel de los cambios y contradicciones, el de la coherencia y la amistad ejemplares.

viernes, noviembre 28, 2014

'El llanto del ayaymama', de Welmer Cárdenas

Welmer Cárdenas Díaz.
Juan F. Rodríguez

No conocía a Welmer Cárdenas hasta que leí Libélulas rumorosas de la noche (2006), un libro que me sorprendió por la sencillez en el tratamiento de los temas y por la delicadeza que aborda cada uno de ellas. Tuve noticas de su libro cuando se le mencionó en el I Coloquio Internacional de Literaturas Amazónicas, y me interesó sobremanera porque abordaba un tema que estoy trabajando y que, de alguna manera, sería de gran ayuda para mí. La ocasión de conocerlo se me presentó en la VII Feria del libro en Tarapoto, donde departimos algunas ideas, entablamos amistad e intercambiamos libros como suele suceder entre los escritores.

Uno de esos libros es El llanto del ayaymama (2014) que lo disfruté de la misma manera con que disfruté su libro anterior. En ella Welmer nos vuelve a introducir en su mundo de nostalgia, que nos lastima, que nos destroza y nos hace voltear los ojos para recorrer los caminos que cruzamos mucho tiempo atrás. Si bien el primer libro aborda una temática sexual que duele, realista y sobrecogedora, no deja de estremecernos al volvernos cómplices del sufrimiento del narrador por cada una de las protagonistas. En El llanto del ayaymama Welmer reconstruye algunos momentos de la tragedia que llenó de luto a la cumbia amazónica por la caída de la avioneta donde fallecieron 5 integrantes de la agrupación musical “Juaneco y su combo”.

Con un estilo que aborda momentos mágicos, mezclando romance y ternura, tratando en todo momento que el lector participe de la historia de Juan Wong, nos va llevando de la mano para contarnos su vida hasta empequeñecernos con su tragedia en dos momentos dramáticos: la pérdida de sus hijos en la caída del avión de Lansa y ahora la muerte de sus músicos. Juaneco es el pueblo amazónico hecho música, es el hombre de trabajo hecho canción, es la leyenda popular inmersa en los corazones de los amazonenses. No tenían comparación a pesar de la existencia de grupos mejor equipados (el autor se olvida de mencionar a la Séptima Región que por aquel entonces era otro de los grupos que la rompía). Su calidad se amparaba en la facilidad para componer canciones que hablaban de la magia y los duendes selváticos. Su compositor principal Noé Fachín era el brujo encargado de darle forma musical a estas visiones, embrujos, duendes, caballitos nocturnos y demás fenómenos que vivían en la imaginación popular.

Welmer Cárdenas reconstruye con olfato periodístico los momentos trágicos que vivió Juan Wong y se auxilia de las parejas que van contando sus historias de amor que vivieron al ritmo de la música de Juaneco y su combo, mezclando misterio, tragedia, júbilo y magia en cada interpretación que hacían durante sus presentaciones. El llanto del ayaymama nos envuelve en cada uno de los veintitrés capítulos que el autor va narrando y nos desgarra cuando al final nos muestra a los cinco músicos siendo despedidos por la población.

Con este libro Welmer Cárdenas Díaz no hace más que demostrar que es una de las voces privilegiadas de la nueva narrativa amazónica.

viernes, noviembre 21, 2014

'Raquel y Alexander', de Melissa Mendieta

Juan F. Rodríguez / Lima

Las historias de amor siempre tienen un público cautivo de todas las edades. Todavía recordamos Love story de Erich Segal (llevada a la pantalla grande con gran éxito de taquilla) que significó derramar muchas lágrimas al término de leer o ver la obra. Son gratas, románticas, sencillas, y algunas dramáticas como María de Jorge Isaacs o Teresa Raquín de Émile Zola, donde los protagonistas encadenan al lector a sus propios sufrimientos: María deja a Efraín con el alma desesperada tras su partida. Teresa, vislumbra, en complicidad con su amante, la forma de dar fin a su esposo; al final se ven envueltos en sus propios torbellinos, sin salida, atormentados por su conciencia. 

Sin embargo, son pocas las novelas juveniles que abordan de manera dramática las relaciones de amor, tal vez Marianela de Benito Pérez Galdós sea la excepción porque Pablo, el joven ciego a quien la muchacha sirve de lazarillo, se enfrenta a una realidad que no esperaba dada su propia condición. 

En la nueva narrativa amazónica no podía faltar el tratamiento del tema romántico visto desde ópticas diferentes. En muchos de los trabajos que he tenido la suerte de leer pude comprobar la existencia del amor en sus diversas facetas; así tenemos el cuento "El mejorero" de Elí Caruzo, imágenes que se van desencadenando hasta dejarnos desarmados, porque el autor juega con el lector en cada una de sus historias. Libélulas rumorosas de la noche de Welmer Cárdenas, desde una perspectiva diferente, nos habla de amores imposibles, románticos, ausentes y trágicos. 

Melissa Mendieta se une a este grupo de narradores amazónicos que tratan historias de amor contándonos en su primer libro Raquel y Alexander (chataro editores, 2014), de una manera sencilla, una historia cotidiana, coloquial, amena y divertida, el sufrimiento de Raquel y Alexander por entrelazar sus vidas sentimentales. 

Dos jóvenes de clase media alta se ven envueltos en sus propios mundos con sus preocupaciones que no atañen a los adultos y que solo esperan ser comprendidos. Dividida en dos partes y contada en forma paralela por los protagonistas, desde el momento de la llegada de Raquel a un colegio de Iquitos, conocer a Elisa, a los amigos y tratar de adaptarse al nuevo colegio, son los principales ingredientes que se dan en el libro. 

A eso se unen los elementos modernos tanto en el vocabulario (amix, whatsapp, T xtraño muxo, shoping, etc) como el empleo de BB (celulares de última generación), definiéndola como una novela destinada a un público juvenil. 

Sin embargo, a pesar de las situaciones comunes que se dan en toda la historia, no deja de cautivarnos el sufrimiento de Raquel en su intento por acercarse al guapo de Alexander. Tal vez el mejor momento sea cuando se da la situación del traslado de Raquel hacia otro colegio y otro barrio. Es ahí donde empieza el verdadero drama juvenil, la angustia de los protagonistas, el no saber hacia qué enfrentarse y cómo vislumbrar la relación entre Raquel y Alexander. 

La autora ha querido dejarnos con la miel en los labios, para dejarnos preguntando ¿y ahora, qué sigue? 

sábado, noviembre 01, 2014

Las guerras secretas: un espejo de la Amazonía

Julio Nelson / Iquitos


La muerte en el mes de agosto de cuatro nativos amazónicos a manos de madereros trajo nuevamente a colación la precaria situación de los indígenas de la selva en materia de derechos humanos. Tradicionalmente pareciera que solo los indígenas andinos han sido víctimas de los poderosos y del Estado. La denuncia de los agravios que padecieron, y padecen, se remonta a los tiempos de Manuel González Prada, pero no ha sucedido lo mismo con las tragedias de los selváticos. Sus catástrofes sociales han sido ignoradas en el resto del país. Muy pocos intelectuales las han denunciado y examinado. La abrumadora mayoría de los estudios sobre las comunidades nativas amazónicas versan sólo sobre su cultura o sus carencias materiales.

Lo que se sabe de las tragedias del nativo amazónico se reduce a la experiencia del caucho, particularmente en la zona del Putumayo, pero la experiencia en su conjunto fue de tal magnitud que aún existen comunidades que viven huyendo de la llamada Civilización. Cálculos conservadores estiman en cien mil los indígenas muertos por la fiebre del caucho. Pero no se detuvo ahí la masacre. El escritor Ricardo Vírhuez nos cuenta en su novela Las guerras secretas (Lima: Pasacalle, 2012) el drama de la comunidad Mayoruna, situada en la cuenca del Ucayali y próxima a la ciudad de Requena. Virhuez ha vivido años en la Amazonía y su trabajo se funda en una minuciosa investigación, pero realiza el relato en la persona de un inquieto periodista y escritor, Arturo Ramírez

La novela principia a comienzos de los años sesenta y tiene como hilo conductor la vida azarosa de Chidó Dapá, una mujer mayoruna que experimentó en carne propia los estropicios de que fue presa su comunidad. Ramírez no la conocía, sino que supo de ella por un antropólogo de quien le habían dicho que poseía una vasta biblioteca sobre la Amazonía. Ramírez es un apasionado de las literaturas orales y quería conocer textos sobre las literaturas nativas de la Amazonía. Pero el antropólogo no abordó el tema que le interesaba sino que centró su relato en Chidó Dapá, una mujer que lo fascinó desde que la vio.

Su padre era un próspero maderero de Requena y un día, con otros poderosos del lugar y algunos peones, todos armados, se dispusieron a asaltar a los mayorunas, pues éstos no permitían que los madereros talaran los árboles de su comunidad. Y porque querían secuestrar a algunos niños y adolescentes que sirvieran en sus casas como criados. La agresión tuvo lugar y aunque los mayorunas se defendieron, los patrones lograron capturar a algunos jóvenes y niños y retornaron a Requena. Entre los prisioneros de su padre estaba Chidó Dapá, una adolescente de mirada fuerte y voz resuelta que sabía palabras de español. Chidó Dapá –a quien sus patrones llamaron Carmen– con el paso del tiempo aprendió bien el español y se convirtió en una agraciada joven. Y su patrón no tardó en pretender abusar de ella en la cocina. El futuro antropólogo, todavía un niño entonces, entró en ese momento a la casa y oyó ruidos de pelea en la cocina. Encontró a su padre degollado y a Carmen iracunda y con el cuchillo ensangrentado en la mano temblorosa. Huyó, y no se supo más de ella. Este relato conmovió a Arturo Ramírez, quien se propuso averiguar el destino de la mayoruna.

Una tarde, por azar, encontrándose Ramírez en el mercado iquitino de Belén, oyó a una mujer, hablándole a otra, noticias de Chidó Dapá. La mujer era del caserío de Ricopa y conoció a la joven como criada y a la vez alumna de la profesora del lugar. Era alumna aplicada y dominaba cuanto le enseñaban. La profesora era mujer de un comerciante que recorría los caseríos ribereños. El hombre se llegó un día a Ricopa y celebró una fiesta por su retorno. Era gordo, dicharachero y con aires de mandón. Chidó Dapá se fue a dormir antes del fin de la fiesta, al igual que la profesora. Cuando la jarana terminó, el hombre, medio borracho, se fue al dormitorio de la joven para desflorarla y al fin lo logró luego de un encarnizado combate. La esposa despertó por el ruido, y fue a ver. Entonces cogió un leño y golpeó en la espalda a su marido, que le quitó el leño y le descargó un tremendo golpe en la cabeza. La mujer cayó muerta. Chidó Dapá huyó, sabiendo que sería acusada del hecho y que las autoridades no creerían su versión. Ya sabía cómo son las cosas en este mundo. Y por eso mismo, en la noche cerrada, antes de desaparecer pegó fuego al bote con mercancías del comerciante.

Arturo Ramírez presintió que Chidó Dapá había vuelto al caserío mayoruna, de modo que se dirigió a Requena para averiguar. La charla de un viejo del pueblo le confirmó su presunción y le informó de un hecho terrible.

Chidó Dapá, en efecto, había vuelto al caserío y al cabo de un tiempo se casó con un joven de la comunidad. La vida transcurría apacible, hasta que en 1964 el alcalde de Requena y otros poderosos organizaron una expedición compuesta por dos curas, nueve militares, dos policías y treinta y dos civiles, todos armados, que pasaría por territorio mayoruna pues su propósito oficial y aparente era trazar la ruta para una carretera al Alto Yavarí, en territorio brasileño, con el fin de facilitar el comercio con ese país. La llamaron por eso expedición científica –el viejo informante formaba parte de ella-, pero el objetivo real era explorar de forma certera los recursos maderables del territorio mayoruna. Sabían que chocarían con la fiera oposición de la comunidad: por eso iban armados y hasta llevaban una radio para comunicarse con Iquitos. El otro propósito era exterminar a los varones de la comunidad, para así explotar a su antojo el bosque.

Al cabo de varios días de caminata se dieron con la primera choza mayoruna y le prendieron fuego para atraer la presencia de la inerme población. Pero los nativos se acercaron sigilosamente y amparados en la espesa vegetación descubrieron a los cuarenta hombres armados hasta los dientes. Se retiraron y discutieron lo que debían hacer. Era evidente que el conglomerado de hombres venía en son de guerra; por eso habían pegado fuego a la primera vivienda que encontraron. No había otra alternativa que presentar batalla con sus escasas escopetas y abundantes flechas. Rodearon al grupo y descargaron sus armas desde la espesura. L a expedición se vio sorprendida y respondió con sus armas. Se entabló la batalla y los hombres de ambos bandos sufrieron muertos y heridos. Pero los nativos, en base de su conocimiento del lugar llevaban las de ganar. Chidó Dapá era uno de los combatientes Llegó la noche y los mayorunas se retiraron, pero era evidente que volverían al amanecer. Como los expedicionarios perdían la batalla, los militares activaron la radio y se comunicaron con Iquitos presentándose como víctimas de los nativos. Los uniformados de Iquitos comunicaron el hecho a Lima.

El año anterior, 1963, en el mes de mayo, había aparecido una guerrilla en la selva de Madre de Dios; de la que formaba parte Javier Heraud. La guerrilla fue delatada antes de actuar y se desbandó al ser atacada. Pero el presidente de entonces, Fernando Belaunde, al igual que los militares de Lima pensaron que lo que sucedía por la selva de Requena era la presencia de otra guerrilla como la de Heraud y ordenaron a la Fuerza Aérea acantonada en Chiclayo prestar auxilio a los expedicionarios. Los militares que integraban la agrupación informaron por la radio la ubicación exacta de la expedición y de los nativos. Belaunde solicitó, además, el apoyo de la embajada norteamericana, y Washigton dispuso la intervención de un escuadrón aéreo acantonado en Panamá. Estaba allí precisamente para combatir a las guerrillas de Latinoamérica.

A la mañana siguiente se reanudó el combate, y se presentó el escuadrón de Chiclayo acompañado de helicópteros artillados y descargaron sus bombas y proyectiles sobre los mayorunas, que sufrieron muchas bajas. Luego llegó la escuadrilla de Panamá y las bajas crecieron. Pero los mayorunas eran muchos y no se amilanaron, prosiguieron combatiendo, hasta que los expedicionarios resolvieron retirarse.

El viejo informante de Arturo Ramírez le contó además que de todas las regalías que el alcalde prometió a los civiles que participaron en la aventura, por servicios distinguidos a la patria, no cumplió ninguna y que a él lo despidió entregándoles siete soles. Y terminó diciendo que probablemente Chidó Dapá había sobrevivido. Fue la gran satisfacción de Ramírez. En la pobre biblioteca municipal de Requena encontró un maltratado informe sobre la expedición, escrito por un cura. El único propósito del documento era justificar la matanza, “de modo que su lectura moralizadora me produjo un malestar muy parecido a la rabia”, dice Arturo Ramirez. Y más adelante añade, refiriéndose al bombardeo desatado contra los mayorunas: “Casi todos los peruanos ignorábamos que de alguna manera el Perú había sido bombardeado por Estados Unidos. ¿No eran los mayorunas el rostro profundo de nuestro castigado país?”.

Con su conmovedora novela Ricardo Vírhuez nos entrega, ciertamente, un espejo de la vida de los nativos de la Amazonía.