miércoles, septiembre 10, 2014

El habla de Santiago de Chuco y la poesía vallejiana

Angel Gavidia Ruiz.
Ángel Gavidia Ruiz / Trujillo

El lingüista español nacionalizado argentino Amado Alonso señala que en el mundo poético de todo escritor se tiene que distinguir lo que se debe a su personal potencia creadora y lo que se debe a los modos de conciencia comunales de su idioma: lo que él ofrece a la lengua, y lo que la lengua le ofrece ya hecho al escritor. Lo creado y lo dado, lo personal y lo cultural, el  estilo y la lengua (1).

 Un compatriota y colega suyo, Tomás  Navarro , por otra parte,  hace notar que la historia de cada región ha ido dejando en las formas peculiares de su habla local, huellas de las diversas situaciones  por las que  han pasado sus habitantes  incluyendo  las instituciones, costumbres, actividades, ideas y sentimientos bajo los cuales dicha gente ha vivido. La lengua -dice- puede considerarse como el registro más auténtico y fiel de la tradición de cada lugar. No hay entre los habitantes de cualquier pueblo, comarca o región,  particularidad de modo de hablar en cuanto a la denominación de objetos, a la pronunciación de las palabras o las cadencias e inflexiones del acento que no responda al efecto de la historia de estos lugares. Al lado de la lengua literaria, instrumento esencial de la cultura común, escribe Navarro,  las formas de las hablas locales, en sus modalidades más populares y espontáneas (que algunos injustificadamente desdeñan   como si se tratase de    meros errores fonéticos o gramaticales), revelan influencias y relaciones de valiosa significación histórica. Manifiesta a continuación:   cada una de esas maneras de pronunciar un sonido o de denominar  un objeto ocupa una determinada zona geográfica. Los nombres de las cosas, el sentido de las palabras, la pronunciación de los sonidos y los dejos del acento tienen su geografía propia dentro de las fronteras de cada región o país. Una  de las tareas más importantes en el estudio de la lengua hablada es señalar el área correspondiente a cada una de esas diferencias… (2)

En este punto no resisto la tentación (aun cuando el habla,  de ser algo físico,  tendría más la consistencia del viento)  de compararla con  esos bloques de hielo de  la Cordillera de los Andes en cuyo corazón se halla, de acuerdo a  la calidad y ubicación  de las partículas que alberga, la huella de   las sequías y los fenómenos El Niño que sufrió el país a través de los siglos (3).

La lengua  es el conjunto de signos y de reglas que están a disposición  de todos los hablantes de un mismo idioma,  y el habla es el uso de la lengua que un hablante hace en un mensaje determinado. Por extensión, llamamos habla a la manera de usar la lengua que tiene una determinada comunidad. Martha Hildebrandt escribe que Habla local  es la manera peculiar como se realiza o practica una lengua en un lugar determinado: es igualmente habla local la de Madrid o la de Burgos, la de Lima o la del Cuzco, dice (4).  Ese es el sentido en el que  nos referimos en este ensayo al habla de  Santiago de Chuco: a ese cuerpo de   giros idiomáticos propios, a la mayor frecuencia con la que se recurre a determinadas locuciones, a la presencia a veces muy sutil a veces no tanto de una especial ironía*,  a palabras que denotan influencia del quechua o de culle o de ambos, como rebeldes rezagos del ancestro, en fin, a las inflexiones y al acento con el cual se habla en esta área geográfica.             


-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------   *Hace algunos lustros, cuando hacía un trabajo de investigación sobre la presión arterial en ancianos de Santiago de Chuco, me encontré en una de las calles de la ciudad con un octogenario pueblerino. Le dije que quería tomarle la presión. “Vamos a esa casita de puerta verde” me dijo amablemente, señalándome una casa próxima. “¿Es su casa?”- pregunté. No -me dijo-, es mi posada. Mi casa está allá – volvió a decirme apuntando con su dedo índice el cementerio.

 Pero, como es obvio, la historia de Santiago de Chuco extravasa sus linderos políticos y geográficos. Está emparentada con un área más o menos extensa que abarca Cajamarca, Sánchez Carrión, Julcán,  Otuzco y  el norte de Ancash. Por consiguiente, su habla se extiende difusamente más allá de sus fronteras geográficas.  El poeta pallasquino  Bernardo Rafael  Álvarez  ilustra muy bien la laxitud de los confines: Alguien diría que un río nos separa (dice el vate, refiriéndose al límite entre la provincia de Santiago de Chuco con Pallasca): el Tablachaca más que un tajo (límite o frontera natural le dicen) es, en verdad,  una costura que nos junta. Debemos admitir que, además,  nos vinculan otras cosas; el idioma con su idéntico dejo y sus modismo comunes (zote, alaláu,  adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas del día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos; el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el saludo de dos colosos: el Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce, que hablaba como  nosotros y cuyo abuelo (cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la iglesia de San Juan Bautista de Pallasca (5).

  Santiago de Chuco es una provincia de la zona norandina del Perú  asentada  en el departamento de La Libertad. Tiene   una accidentada geografía  llena de montañas elevadas y quebradas profundas  y tiene, también,   una historia larga y escabrosa que incluye su antigua  pertenencia  al señorío de Cuismanco con su capital Marcahuamachuco , su idioma  conformado por palabras con acento en la última sílaba y con la frecuente presencia del fonema sh*, el  culle , su conquista en la segunda mitad del siglo XVI  por los incas que llegaron trayendo el quechua y, luego,   cuando el  idioma de los incas   se estaban consolidando, vino la  conquista española que introdujo el idioma que ahora se habla, pero que no ha podido eliminar del todo los vocablos aborígenes (6).

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*El fonema sh acompaña al habla santiaguina  “a todo sitio”: se halla formando nombres de    lugares: Shindol, Shirobal, Shiribal, Tapash, Ushno, Ushnobal. Yahuish; de plantas y frutos: shiraque, shulgomo, shiniganda;  de algas: cushuro;  de platos: shambar, shinde, cashallurto, cushal, tushas, carashpo, ñushco; de partes anatómicas del  cuerpo: shubadal (fontanela de recién nacido), minsho o munsho (ombligo), casharón (persona con dentadura visiblemente incompleta);  de aves: shingo (gallinazo), shullulluc (ave canora de plumaje rojo), chushec (ave de malagüero que viaja en el hombro de la muerte), chahuisho (tordo); de utensilios: mushca  (recipiente  escavado en piedra), shanga (contenedor “suspendido en el aire” ubicado generalmente en la cocina, a buen recaudo de los gatos y perros y hasta roedores), shacra (callana, vasija de barro de boca ancha utilizada para tostar granos u otros menesteres); verbos como: cashcar (morder), tushquir (pellizcar), shingar (“pelar”, decorticar  una caña de maíz), shilcar (cortar árboles, los retoños de estos árboles se llaman shilcas);  hay una miscelánea en algunas de cuyas palabras se ha injertado al castellano o al quechua  el referido fonema: sharco ( zarco, de ojos claros, azules o verdes); shurda (zurdo);  shulca ( del quecha sulka, hermano o hijo menor),  caisha ( niño llorosos, desnutrido, débil),   shapra (cuy shapra, burro shapra,  perro shapra, que tiene abundante pelaje),  huasha (del quechua wasa, columna vertebral), pushgo (probablemente venga del quechua p’osqo,  ácido), shilcar  también se usa para referirse a  la acción de quebrar, de fracturar ( Juan es shilcadito: tiene una fractura o una deformidad en la  columna vertebral); shalpirejo (andrajoso, descachalandrado, de trajes muy pobres); shapingo (diablo); amashango (tarántula); congosh (libélula); ishpe ( verruga vulgar); shimba (niño de sexo masculino de pelo largo; también se llama shimba a cada una de las múltiples trenzas con las que se acicala al muchachito de largos cabellos para la ceremonia del “corte de pelo”);  llushpe (superfice lisa); cabracasha (espina de tuna o de cactus);  quesheste (obviamente viene del castellano ¡que es este! o ¿qué es este?. Bueno el quesheste es una sopa muy humilde color marrón oscuro de trigo tostado, el nombre revela el humor santiaguino brotando hasta de la pobreza).  Pero en donde campea el entrañable dígrafo sh es en la formación de hipocorísticos:  Shanto (Santos), Shanty (Santiago), Shigi (Sigfrido), Shego (Segundo), Shanda (Sandalio) , Shana (Susana), Shunsha (Asunción), Shibe (Ceferino), Shaloma (Salomé), Venshe (Wenceslao), Vishe (Vicente), Meshe (Mercedes), Cunshe (Concepción), Bersha (Betsabé),  Marshe (Marcelino), Shesha (César, Cesáreo), Shava (Salvador), Shiba (Alcibiades).
       Los peruanos de otras tierras, para fastidiar a los santiaguinos les recuerdan al famoso shufishente, un fémur de vacuno que, en las épocas de  hambruna, que las hubo (¡y terribles!), se usaba, supongo,  más como un saborizante que como parte del mito de  dotar al caldo de “sustancia”. Este no debía “gastarse” mucho, entonces permanecía apenas  minutos o quizás segundos en la olla de agua hervida y se retiraba presuroso a la voz de “¡suficiente!, ¡suficiente!”. El hueso, entonces, ascendía, como una bandera en un mástil imaginario a su posición original, probablemente disputándole la ubicación a la shanga. Pero que no se burlen los amigos de otras tierras: el mismísimo nobel de literatura Gabriel García Márquez también tuvo su shufishente. Dice en su libro de memorias  Vivir para contarla  que doña Luisa Santiaga, su madre, por la que guardaba “una admiración pasmosa”  tenía un carácter de leona callada pero feroz ante la adversidad y que en los peores momentos se reía de sus propios recursos providenciales “como la vez en que  compró una rodilla de buey y la hirvió día tras día para el caldo cotidiano cada vez  más aguado, hasta que ya no dio para más”. Antonio Muñoz Monge recuerda en una sabrosa crónica dominical que  en otros lugares de la sierra peruana se llama mocontullo (moqo en quechua es rodilla) y es un “hueso de la rodilla” o de “cabeza de fémur”. Es, entonces, una práctica bastante extendida aquella que se atribuye con cierta maledicencia sólo a los santiaguinos, cuando ha  llegado incluso hasta la señorial Arequipa, aunque, en tiempos mejores,  es posible que el contacto del  hueso y el hirviente líquido  sea más sosegado. Ahora, pienso que es mucho más difícil que, nuestro nobel Mario Vargas Llosa,  aunque vivió parte de su niñez en Arequipa,  haya tomado un caldo con el famoso shufishente o mocontullo  por su  extracción social menos popular.
Hay una palabra que denota una soledad muy cercana a la orfandad:” sholito”. No “ solo”, tampoco ,  su diminutivo, “solito” que ya es bastante tierno y triste, sino sholito: palabra que trae implícita  solidaridad, frente a una, digo, soledad de a de veras, en especial, de los niños.

Esta provincia fue “entregada” a la  Orden Religiosa de los Augustinos para que se ocupara de las cuestiones de la fe o más precisamente para que instruyera en la doctrina católica (6) y consecuentemente combatiera la creencia en los  dioses nativos  como el dios Catequil, en esta línea fue testigo del cambio del nombre de sus cerros- adoratorios como Killa-Hirca  o Mirador de la Luna que pasó a ser el  cerro San Cristóbal*. En este periodo existieron conatos de sublevaciones incluso previos a la rebelión de  Túpac Amaru que fueron sofocados (7).  Más adelante la población santiaguina, fue partícipe de  las luchas por la independencia,  pues por su territorio pasó el libertador Simón Bolívar quien según algunas versiones manejó como   probables escenarios para las batallas finales por la independencia Mollepata (Santiago de Santiago de Chuco) y Corongo (Provincia al norte de Ancash) (8). Más tarde, en 1883,  ya en la República, Santiago de Chuco tuvo que soportar   el oprobioso tránsito  de parte del ejército chileno por su suelo durante  la  Guerra del Pacífico  en la que participa el pueblo  aportando  víveres y organizando un batallón integrado por    200 de sus mejores hijos que van a  engrosar el ejército de  Cáceres que es derrotado en la batalla de Huamachuco (9). Vallejo nacerá 9 años después.

*Indudablemente algo tiene que ver esta circunstancia histórico-religiosa con estos versos de “Terceto autóctono” de Los heraldos negros: Luce el Apóstol en su trono, luego/ y es, entre inciensos, cirios y cantares, / el moderno dios-sol para el labriego.

  Aún queda, de la civilización preincaica,  las esculturas en piedra que retratan a los viejos habitantes de estas tierras tocados por unos gorros de un diseño especial confeccionados de lana,  por los que se les llamó “los chucos”, y queda en uno de los versos de Vallejo una misteriosa palabra, tahuashando,  que podría sintetizar este apretado recorrido  histórico. Existe la hipótesis que tauhuashando viene de dos voces ancestrales, la primera, quechua, tahua que significa cuatro, la segunda sha, probablemente culle, que significaría  en fila y la terminación ando con la que,  en  idioma castellano,  se construye el gerundio(10).
      Quizá sería bueno repasar aquí  la primera impresión que  le produjo al escritor Francisco Izquierdo su  encuentro con la cuna de Vallejo: Santiago de Chuco, dice,  –conjunción maravillosa de hombre y de tierra, de paisaje y espíritu-, ejerce en el visitante una poderosa influencia: aflora de sus entrañas una rara y potente fuerza que todo lo envuelve, lo rebasa. Hay en él de fino, de delicado, como de bravo, de hosco. Árboles y pájaros, rocas y abismos. Madrigal y emoción heroica. Realidad cósmica que explica el brote, la existencia de un genio como Vallejo. Sólo una tierra así ha podido dar un hombre de esa dimensión (11).

    Maupassant, en un párrafo del cuento El Horla,  describe la relación del hombre con la tierra, con su pueblo (obviamente se trata  de otra tierra y otro pueblo, sin embargo, el nexo  que lo une es igual de entrañable  y total), el personaje de Maupassant se expresa  en estos términos:  Me gusta esta región, y me gusta vivir en ella  porque aquí tengo mis raíces, esas profundas y delicadas raíces que ligan a un hombre a la tierra, donde sus abuelos han nacido y han muerto, que lo ligan a lo que allí se piensa y se come, lo mismo a las costumbres que a los alimentos, a las locuciones locales, las entonaciones de los campesinos, los olores del suelo, de los pueblos y del propio aire (12).

Cómo no recordar en esta parte y al amparo de este texto esos diminutivos tan frecuentemente utilizados por Vallejo: pocito, vaporcito, pedacito, hombrecito, matita; y cómo no evocar también esos poemas poblados de apetitosas comidas y bebidas: pan fresco, caldo, cuy o cuya para comerlos fritos con los bravos rocotos de los temples, manteca,  chicha, vino, coñac (dirán que el coñac es francés y que  qué tiene que ver con el habla santiaguina, les contesto que habría que rastrear como llegó esta bebida a ser un asentativo frecuente en las familias más acomodadas), queso, jamón, y el  escenario respectivo como el ruido aperital de platos, los alegres tiroriros, que, entiendo, son los sonidos que provocan los cubiertos al “poner la mesa” y ya más allá o fuera del ámbito de las comidas y bebidas pero siguiendo en el espacio familiar, esa frase : linda cólera cantora de la madre ( esa suerte de letanía tan santiaguina e inofensiva aun cuando molesta y que se da generalmente en las mañanas); luego las procesiones, la gobernación, los caminos, las piedras, Irichugo, Menocucho; pero en donde más se percibe la influencia del habla santiaguina no es en palabras aisladas si no en frases  tales como: Yo no sé;  yo no sé qué me da ; quién nos hubiera dicho; cuál llorarás;  como todo un hombrecito; ¡Caballísimo de mí!; quiero desgraciarme; digo, es un decir; qué gracia; porque están en su casa; dulzura corazona;   no hay noticias de los hijos hoy; con el cantar del gallo; ¡Cosa buena!; de barriga; echar una cana al aire;    vamos a ver; en pelo; a pelo; ya ni sé qué hacer con él;  mi cosa; no seas así; qué frío hay…Jesús, ¿Di, mamá?;  aguaita, aguaita, aguaita; no vaya ser que lo haces porque yo te lo ruego;   no me vayas a hacer cosas; hasta las cachas *.

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*Me pregunto si donkey será la palabra adecuada para trasladar al inglés el asno  de: Fue domingo en las claras orejas de mi burro, / de mi burro peruano en el Perú (perdonen la tristeza). Jaime de Ojeda dice que toda traducción es un naufragio irreparable y doloroso y yo digo que es mucho más cuando se trata de la poesía de Vallejo. De Ojeda se lamenta en un prólogo a Alicia en el país de las maravillas en estos términos: Alicia es uno de esos fenómenos literarios que no admiten trasplantes y pese a todo el cuidado que se ponga en guardar intacto su  significado vernáculo en ese naufragio irreparable y doloroso que es toda traducción, creo que es prácticamente imposible “trasladar” a la mente del lector castellano todo el contenido de vivencias sabrosas, de evocaciones misteriosas y de introspección cultural de que está lleno este precioso libro.

                     
El habla local, como el habla familiar, tienen fueros inalienables: subjetividad, afectividad, intimidad, emotividad, naturalidad, espontaneidad, particularidad, vivacidad, dice  Hildebrandt, y dice también que la poesía, el teatro y, sobre todo, el cuento y la novela, imponen su propio lenguaje que casi siempre incluye – consciente o intuitivamente- una buena porción de expresiones de la correspondiente habla local (4).

En la poesía de Vallejo, como en  el río Chacomas en sus buenos tiempos, se puede  pescar santiaguinismos como si fueran truchas, desde el primer poema de  Los heraldos negros hasta el último de  España, aparta de mí este cáliz, aun cuando ambos poemarios están  cronológicamente en los extremos. En el primer poema de Los heraldos negros, ese “en la puerta del horno se nos quema” viene del refrán tantas veces usado por los santiaguinos,  yo no sé si más como una ausencia de certezas o como una frustración  tanto más dolorosa cuanto más cercano se estaba de la meta. El último poema de España,  aparta de mí este cáliz  aloja ese “digo,  es un decir” reiterativo,   entre otros decires de Santiago de Chuco, expresión que denota una posibilidad muy alejada, una conjetura,  casi una necedad.

Marco Martos, en el poema LXV de Trilce que comienza con “Madre, me voy mañana a Santiago”, al comentar el verso “¿no oyes tascar dianas?”  dice : Diana toque militar al romper el día, para que la tropa se levante. De donde “tascar dianas” equivale a romper el tiempo (13). Diana era en Santiago de Chuco una tonada especial con la que se recibía a los amigos. “Tócale una diana”, “Échale una diana” eran expresiones con las que se “le daba el pase” a los  músicos que acompañaban a la comitiva para iniciar el homenaje de bienvenida. También se tocaban dianas a algunos personajes  distinguidos como parte de los honores de los que eran objeto.

En el repaso biográfico que hace José Miguel Oviedo dice que “por el 1912 hizo el entonces largo y penoso viaje a Lima desde Trujillo que quizás este evocado en el poema Los arrieros: Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor. / La hacienda Menocucho/ cobra mil sinsabores diarios por la vida” (14).En realidad Menocucho es un centro poblado del distrito del Laredo hasta donde llegaba el ferrocarril en los tiempos de Vallejo; entonces los viajeros que venían de la sierra a Trujillo o retornaban a sus pueblos de origen desde esta ciudad costeña paraban allí.

Sin embargo, Antonio Melis citado por Jorge Díaz Herrera, es cribe: Yo creo que puede ser un elemento útil conocer el contexto. Pero también puede despistar. Una exageración de esto puede llevar a una crítica contenidista, y a establecer una relación mecánica entre el contexto histórico y la realización artística. Es útil pero no es suficiente. Lo que queda a lo largo del tiempo es lo que no está estrictamente vinculado a su tiempo (15).

Pero en el caso de la poesía de Vallejo que tantas veces torna al habla santiaguina, es un paso indispensable el conocerla. Díaz Herrera cuenta que ese verso ¡Me friegan los cóndores! tuvo tantas interpretaciones incluso aquella a mi entender bastante torpe de que los le cóndores incomodaban al poeta porque no servían para comerse; pero Natividad, la hermana de Vallejo le dio la clave: condor, “condorazo” es la clase de tipo adinerado y prepotente que hace lo que quiere en el pueblo (16). Y cuando comentó con la misma hermana del poeta sobre  el verso aquel de  confiar en el anteojo  y no en el ojo,  la santiaguina le dijo sencilla y sabiamente ¿Cómo va Ud. a confiar en un ojo miope, pues señor? (17) Así,   por lo menos también  ocupará un anaquel en los andamios  de interpretaciones y discusiones levantados a propósito de esta “enigmática” línea de uno de los textos de Poemas Humanos.

En una entrevista a Víctor Raúl Haya de la Torre realizada por César Lévano y César Hildebradth, el fundador del APRA refiere: “A Vallejo se le  achacaba  oscuridad y galimatías. Pero por ejemplo hay un poema que nosotros lo conocemos mucho en su origen. Cuando él dice: “Serpentínica u de bizcochero engirafada al tímpano”. Eso  no tiene explicación posible, ¿no? Y por eso lo han atacado mucho. Bueno, Vallejo vivía en unos balcones que hasta ahora están, de lo que llamaban Hotel del Arco. Yo incluso he estudiado con él muchas veces allí. Ese balcón daba a una calle San Martín, que era una calle entonces soleada, tranquila, a las dos de la tarde. Había unos bizcocheros que llevaban sus cestas grandes y que pregonaban su mercadería diciendo: “¡Bizcocheró-uuu!¡ Bizcocheró-uuu!”. Él era muy goloso…Y entonces, fíjese Ud.  cuando él dice: “Serpentínica u de bizcochero engirafada en tímpano”, él estaba en el balcón donde él vivía. Corría entonces a alcanzar a los bizcocheros, en cuanto los escuchaba. Alguna vez yo le decía. “Oye, pero yo no entiendo eso” (18).

Muy similar es la versión que le alcanzó Orrego a Jorge Díaz Herrera. Sólo cambia en el decir del bizcochero y en el nombre de hotel: “¡bizcuuuuuchos!” y el hotel,  “Carranza” (19).

En la interpretación de estos versos el contexto es fundamental, y los testimonios de Haya y de Orrego dan luces también de algunos de los sorprendentes recursos con los que trabajaba el inmenso Cholo.

Puede parecer una caricatura o broma de mal gusto pero en una ocasión me llegó un fajo de postales con cuadros alusivos a la poesía del autor de Los heraldos negros. Venían de un país extranjero y medianamente culto. Y en una de ellas que, al parecer,  intentaba ilustrar el poema  A mi hermano Miguel había un hermoso “bípedo emplumado”  y el poyo de la casa brillaba por su ausencia.

Es, por lo tanto, tarea prioritaria continuar abriendo la trocha que ya han comenzado, entre otros,   Francisco Izquierdo, César Ángeles, Carlos Barbarán Urquizo , Danilo Sánchez Lihón ,  Javier Delgado Benítez , Jorge Díaz Herrera , Ramón Noriega Torero, Hermes Torres Pereda (en su Apuntes y documentos… identifica y estudia y hace  seguimiento a varios personajes vallejianos  tales como al cura Santiago, Santiago Elías Miñano; al ciego Santiago, el campanero Santiago Cribilleros; el músico Méndez, Raúl Méndez Valderrama). Pero falta aún una pista asfaltada que nos lleve lo más cercanamente posible al significado de esos decires santiaguinos, que como cactus o árboles “extraños” se hallan esparcidos en  Los heraldos negros, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Ayudará mucho conocer el habla santiaguina para leer a Vallejo,  aunque al final, como siempre sucede en poesía, el lector, tomando las palabras de poeta Bernardo Rafael Álvarez, termine escuchando los alaridos de su propia canción.

Además de ser importante la tarea de estudiar el habla santiaguina, es urgente por que los que hablaron la lengua de Vallejo, por razón de los años, son cada vez  menos. Y no sólo por los años, también por la televisión y por el fenómeno de la globalización.  Y los viejos santiaguinos facilitarían mucho este estudio. Recordemos que la lengua no es estática y menos el habla y, con seguridad, la de estos tiempos no es igual a aquella, de cuyas canteras, como si se tratara de piedras preciosas,  el poeta sacó una y otra vez parte del material, para muchos enigmático, con el que construyó su inconmesurable poesía.

BIBLIOGRAFÍA

1.     Alonso A. El problema argentino de la lengua. Revista Sur 1932. Argentina, P 137.
2.     Suarez V. El español que se habla en Yucatán. Apuntes filológicos. En Prólogo de la primera edición. Ediciones Universidad Autónoma de Yucatán. Tercera edición 1996. México.
3.     Thompson L. Glacialogical Investigations of The Tropical Quelccaya Ice C ap, Perú. Journal of Glaciolog. Vol 25 n 91, 1980, P 69-84.
4.     Hildebrandt M. Peruanismos. 1ra Ed. Editorial Planeta Perú S.A. 2,013. Lima,  P 5-15.
5.     Álvarez, R. Prólogo. En Gavidia G. El idilio de Cochapamba. 1ra Edición. Papel de viento Editores.2, 005. Trujillo- Perú.  P 9-12.
6.     Kauffmann F. Los liberteños ancestrales. En Gran enciclopedia del Perú. Lexus Editores. 1998. España, p 561-586.
7.     Espinoza W. Geografía histórica de Huamachuco. Creación del corregimiento. En Torres H. Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p. 149-165.
8.     Torres H. Santiago de Chuco en la estrategia de Bolívar. En  Torres H. Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra Edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p 43-46.
9.     Torres H. Santiago de Chuco y la guerra del Pacífico. En Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra Edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p 31-35.
10.  Ángeles C. César Vallejo. Su obra. Seguda edición 1993. Lima-Perú p.149.
11.  Izquierdo F. César Vallejo y su tierra. Ediciones SEA/ CONCYTEC.  1989. Trujillo-Perú.p 15
12.  Maupassant G. El Horla. Alianza editorial 1994. Madrid. P 5.
13. Martos M. Trilce/ César Vallejo. Edición anotada con estudio preliminar y glosario de Marco Martos y Elsa Villanueva. Editorial Peisa 1987. Lima Perú p 160.
14. Oviedo J. César Vallejo. Biblioteca Visión Peruana. Los que hicieron el Perú. Lima Perú. P 9.
15. Díaz J. El placer de leer a Vallejo en zapatillas. 1ra Edición.  Editorial San Marcos. Lima Perú. 2009. P 27.
16. Op cit.p 13-14
17. Op.cit p 23-24
18. Hildebrandt C. Cambio de palabras. 2da edición. Tierra Nueva Editores. Lima –Perú.  2008. P 43-44
19. Díaz J. El placer de leer a Vallejo en zapatillas. 1ra Edición. Editorial San Marcos. Lima Perú. 2009. P 25.


     

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