martes, diciembre 28, 2010

ENTRE EL HUMOR Y EL ESPANTO


Por Ricardo Vírhuez Villafane

Walter Lingán (San Miguel de Pallaques - Cajamarca) es médico y radica desde 1982 en Colonia, Alemania. Pese a su profesión y a la distancia, ha construido una de las obras más abundantes y sólidas de los últimos años para la narrativa peruana. Hasta la fecha ha publicado Por un puñadito de sal (novela, 1993), El lado oscuro de Magdalena (novela, 1996), Los tocadores de la pocaelipsis (cuentos, 1999), La danza de la viuda negra (cuentos, 2001 y 2008), Oigo bajo tupie el humo de la locomotora / Ich höre unter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive (cuentos, en alemán y castellano, 2005), La ingeniosa muerte de Malena (cuentos, 2009), Un pez en el ojo de la noche (novela, 2009), y ahora El espanto enmudeció los sueños (Lima: Arteidea, 2010), una especie de crónica novelada sobre los años de la guerra de fines del siglo XX en el Perú.

Hace un tiempo, en su artículo “Soy maoísta, soy escritor, ¡y qué!” escribió una frase lapidaria sobre la izquierda peruana: “Porque ahora la izquierda es electoralmente cero a la izquierda y alguna izquierda está sentada a la diestra de la derecha”. Con una mirada así, no es difícil imaginar un libro azaroso que parece entrampar con su crítica a la sociedad fujimorista, es decir a la sociedad peruana, corrupta por todos los pliegues y suspiros, y abrir ventanas de optimismo en el personaje principal del libro, castigado injustamente con una carcelería solo merecedora para los terroristas.

El personaje principal, que a su vez es el narrador de la novela, es un hombre de izquierda que vive en una barriada de Lima Norte y, al igual que el autor durante su juventud, funda un periódico en su barrio. Lima ha sido dividida en la Ciudad y el Barrio, y a este último lugar llegan las fuerzas del orden y se llevan sin más a nuestro personaje, que solo por ser contestón se gana sus buenos años en la cárcel. Ahí conoce a Fujimori, que ha sido sentenciado a 25 años de prisión por robo y asesinatos, entre otras naderías.

A partir de este encuentro, surge el motor desencadenante del libro. Nuestro personaje narrador le “habla” a Fujimori, le dice sus verdades, le encara sus crímenes, le habla con odio y con ternura, con rabia y burla. Fujimori es para el narrador “mi aborrecido y querido Albertillo” (p.66), “mi chinito bailarín” (p.66), “mi querido moncherí” (p.67), etc. Esta relación de amor-odio entre este personaje izquierdista tiene una lúcida explicación: “Me hubiera gustado cogerlo por las solapas, meterle un par de mochazos y sacarle la mugre, pero me agüevé, me dio pena, una cierta lástima” (p.47). La relación entre el izquierdista y el mafioso empieza por la lástima y se convierte en una extraña complicidad: no hay diálogo, pues Fujimori nunca le responde en la cárcel, pero sí hay intercambios de miradas y gestos, ante el monólogo conminativo del narrador.

Walter Lingán construye a su personaje, el izquierdista preso, paso a paso, sin prisas, a partir del monólogo que se convierte en crónica de los años de la guerra. De este modo, el personaje va narrando su vida que cree honesta y consecuente, pero en realidad está pintando uno de los cuadros más crueles y satíricos de un personaje de izquierda desde Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa.

En primer lugar, la visión de la guerra del izquierdista es en realidad el discurso oficial del gobierno fujimorista, que a su vez es la copia obsecuente de los manuales contrasubversivos surgidos de la experiencia de numerosos militares peruanos en la tristemente célebre Escuela de las Américas y la CIA. Es decir, para el izquierdista no se trata de guerra revolucionaria ni insurrección, ni siquiera una guerra errónea de algún partido de izquierda equivocado. Se trata de terrorismo y tiene todos los agravantes de la versión oficial: son los Paladines de la Cuarta Espada, quienes “como discos rayados repetían las estruendosas palabras de su máximo jefe. Como tambores apocalípticos tronando en cielos y montañas anunciando la guerra purificadora” (p.110). Esta visión es expresamente clara: los terroristas no son seres humanos, sino monigotes que repiten lo que dice el jefe; no piensan, no planifican, no tienen ideas, no hablan por sí mismos. Y la guerra no es revolucionaria, sino “purificadora”, “apocalíptica”, es decir religiosa. En aquellos años la izquierda oficial decía también “milenarista”.

Otras citas nos ayudan a completar la idea de la versión oficial subyacente en el discurso del personaje narrador: “Ya no solo se colgaban perros en los postes de electricidad, sino se mataba a cualquier hijo de vecino sospechoso de ir con el cuento a la policía” (p.123). Las muertes son irracionales. Los terroristas matan por placer. Además, “cualquier esquina era buena para acribillar a un policía o soplón, a líderes de barriadas y diversas autoridades. El miedo se hizo cotidiano. Coche bombas explotaban hasta en la sopa. No quedaba casi ningún lugar seguro”. Esto último ensambla perfectamente con el discurso que en estos días Keiko Fujimori (la hija del genocida) repite en su campaña electoral para convencer a los peruanos de que su padre fue el héroe que derrotó al terrorismo: “Antes no se podía salir a las calles”.

Por otro lado, este personaje es pintado, además, como un acólito sufriente de la iglesia católica, que en el Perú no solo ha producido el pensamiento progresista de Gustavo Gutiérrez y la teología de la liberación, sino además las hordas ultra conservadoras del Opus Dei y del Sodalitium Christianae Vitae, fundado por Luis Fernando Figari en 1972 y que actualmente domina todo el panorama católico en el Perú. “Los curas habían mostrado siempre, sin aspavientos, pero seguros, solidaridad con los pobres que sufren injusticias” (p.81), dice el izquierdista. A diferencia del indigenismo, el movimiento cultural más importante surgido en el Perú, que denunciaba a los curas por practicar el asesinato, el robo, la explotación y la violación de las mujeres, nuestro personaje “limpia” a los curas y los santifica, no sin intención política: en determinado momento, la madre de nuestro personaje, una mujer de armas tomar y que defiende el concepto de lucha de clases, dice sin embargo que “la aureola de un curita ha empezado a iluminar la esperanza de los pobres” y que “votar por el curita no estaría mal” (p.93). Se refiere al cura Marco Arana, defensor de causas ecologistas en Cajamarca y voceado candidato presidencial o regional, cuya escasa aprobación electoral parece haberle hecho desistir de participar en elecciones. A estas alturas, tenemos ya un personaje izquierdista pintado a la medida de una caricatura: eco de resonancia de la versión oficial, y propagandista gratuito de la iglesia católica. Pero no son las únicas características de este personaje.

Nuestro izquierdista, hasta cierto punto, es el típico izquierdista peruano de nuestros días: no es marxista ni comunista, y no es ateo. Es un izquierdista católico y anticomunista por excelencia. “Fuimos los primeros en llamar terroristas a los Paladines de la Cuarta Espada” (p.35), dice refiriéndose a los maoístas iniciadores de la guerra, o senderistas. Rechaza la “demencia maoísta” (p.125). Y tampoco gusta de las revoluciones, como se podría esperar de un izquierdista revolucionario: “Queríamos paz y tranquilidad. Pero nos impusieron la paz de los cementerios, el silencio de las fosas comunes y la ausencia de los desaparecidos” (p.35) dice nuestro izquierdista, feliz con la etapa anterior a la guerra, ya que solo ansiaba “paz y tranquilidad”.

Otro elemento de este personaje es su relación nostálgica con el Apra y su admiración por el MRTA. Como sabemos, el Apra no solo es el partido político más antiguo del país, sino también –desde su fundación por Víctor Raúl Haya de la Torre– una de las organizaciones mafiosas de mayor poder e influencia en todos los aparatos del Estado. Los niveles de corrupción de este partido abarcan absolutamente todas las áreas de la arena política, por lo que han instaurado un sistema de gobierno a la medida de sus intereses: no les importa la ideología ni el programa, solo el enriquecimiento ilícito y el saqueo del Estado, la estrecha relación con el narcotráfico (aun antes que Fujimori y Montesinos) y el remate a empresas extranjeras de un país al que consideran quebrado e inviable, y al que desprecian.

¿Por qué nuestro personaje siente una lejana nostalgia y admiración por este partido? En parte, por la propaganda aprista. Como hemos visto hasta ahora, al ser eco de la propaganda oficial, el “pensamiento” de nuestro personaje es un pensamiento prestado, enajenado, aplastado por la publicidad. Desde sus inicios, el Apra ha construido una leyenda: los mártires de Chan Chan, la disciplina, los búfalos, etc. Una leyenda totalmente falsa, por supuesto. De ahí que muchos izquierdistas, antes de serlo, hayan sido militantes o simpatizantes apristas, o lo que es más actual, hayan pasado a las filas del gobierno aprista sin pena ni gloria. Nuestro personaje, sin embargo, se rebela. Grita su crítica a Alan García, al que llama “Alan Babá y sus cuarenta ladrones”, aludiendo a los personajes de Las mil y una noches en la historia de Aladino. Pero eso es todo. Apenas esas palabras de “crítica” divertida.

Y la admiración de nuestro personaje por el MRTA es precisamente consecuencia de su admiración aprista. Como sabemos, el MRTA fue un movimiento político y militar surgido de las filas apristas (como en los años 60 lo fue el MIR, integrado por ex apristas) con dos objetivos claros: neutralizar o hacer frente a la guerra senderista, y actuar en los enclaves del narcotráfico para facilitar los negociados del Apra, tanto en la selva alta de San Martín y Huánuco, como en las zonas cocaleras del Alto Huallaga y el Ucayali, a las que llamaban frente Oriental y frente Central. El MRTA devino en una organización guerrillera de tipo foquista, al estilo del Che Guevara, y su relación con el Apra fue intensa, contradictoria y de mutua satisfacción (el “escape” del penal Castro Castro mediante un túnel que nadie vio ni oyó, en 1990, fue el último favor que Alan García pagó por los beneficios del narcotráfico).

“No quedó claro cómo murieron Néstor Cerpa y sus combatientes” (p.162), dice nuestro izquierdista, refiriéndose al líder que dirigió la toma de la residencia del embajador japonés en Lima para salir en la Tv durante cuatro meses, en 1997, y luego morir asesinado junto a otros 13 jovencitos por los comandos del ejército. Nuestro personaje le espeta a Fujimori: “Te detuviste frente al cuerpo inerte de tu enemigo, de Néstor Cerpa, el obrero que ascendió a Comandante y te puso contra las cuerdas” (p.163). La mirada es clara. Ha abandonado la visión oficial y ahora muestra sin tapujos sus preferencias y simpatías.

A estas alturas, ya tenemos un personaje izquierdista cuyas características nos remiten inevitablemente a la izquierda peruana: anticomunista y vocero de la versión oficial sobre la guerra, católico y antimarxista (o no marxista), además de admirador nostálgico del Apra y simpatizante del MRTA. A diferencia de Vargas Llosa, sin embargo, que hace de Mayta un personaje con todo los vicios y lo muestra incluso homosexual, Walter Lingán simplemente pinta a un personaje de nuestro tiempo, a un izquierdista enredado en sus propias carencias, confuso o confundido, aletargado por la inacción, alejado de los sinsabores de las batallas callejeras, aplastado por los largos años en la cárcel, pero optimista al fin y al cabo. De ahí lo interesante de este personaje: es contradictorio.

Pese a todo lo que hemos venido describiendo, al final nuestro personaje se inflama con el verbo de las viejas glorias, más cercano a un iluminado que a la visión de un marxista enojado: “Yo creo, chinito, que la próxima vez sí estaremos maduros para armar una revolución… Como está escrito en la biblia, resucitaremos, haremos la revolución y el amor y de nosotros será el reino de la tierra” (p.155). La ironía de esta frase es devastadora. Pero completemos la imagen: “Llegará el día, no está lejano, cuando un pueblo que ha perdido la fe en la justicia formal sea implacable con todos los chupasangre. Pobre de ustedes pecadores, corruptos… y aunque no nos guste, aunque nos dé miedo, otra vez correrá la sangre de mucha gente, pero esta vez, ojalá, no sea en vano, nueva vida surgirá. Eso creo” (p.167). La sensación de misticismo es absolutamente delirante.

Debemos agregar, por otra parte, que se trata de un libro de lectura rápida, ágil y provocativa. Y no hemos aludido todavía al profundo humor que atraviesa todo el libro, la ironía latente en la descripción fría de los hechos como si el autor hubiese reunido todo el material periodístico de la prensa fujimorista para darle cuerpo en el pensamiento de Gustavo William Hernán Ricardo de la Hoz Díaz del Castillo, desternillante nombre de nuestro protagonista. Se trata, por ello, del material oficial, de hechos públicos y no de historias inéditas.

El libro es un conjunto de crónicas periodísticas noveladas a partir del discurso de nuestro personaje izquierdista. Es una novela que carece de trama, excepto el resumen que podríamos hacer de un hombre que es detenido injustamente, monologa largamente ante Fujimori en la prisión y finalmente desaparece en extrañas circunstancias. Todo lo demás es el acopio de datos periodísticos sobre la guerra, principalmente, y los actos de corrupción de Fujimori y Alan García.

Walter Lingán ha logrado construir una obra coherente, una sátira feroz del “izquierdista de nuestro tiempo”. Pero no lo hace a la manera de Vargas Llosa en ese sonsonete aburrido que es Historia de Mayta, sino con picardía y mucho humor, burlándose de los personajes y de sus propias palabras. Más allá de las intenciones reales del autor, este libro no deja de ser un documento valioso sobre los vaivenes de la guerra, sobre la personalidad de algunos de sus protagonistas y sobre el profundo daño que el fujimorismo (de Fujimori, de Toledo y de Alan García) ha hecho al país. ¿El siguiente gobierno será también fujimorista? No lo sabemos. El libro es una muestra de la lumpenización del Perú, en todos sus niveles. Resulta irónico, por ello, que el grito final citado arriba no surja de las gargantas callejeras, sino de la prisión, donde el personaje desaparece finalmente para servir de instrumento para la desaparición de Fujimori. Es decir, la visión del libro es pesimista después de todo, ya que se plantea la continuidad de la corrupción y de la impunidad.

Dentro de las narraciones que tratan el tema de la guerra maoísta, o conflicto armado interno, se ha priorizado la victimización del pueblo sufrido e inocente. Se ha abundado, también, en mostrar el dolor, el sufrimiento y la muerte de este pueblo humillado y ofendido. Y se ha mostrado a los autores de masacres como seres inhumanos, despreciables, malos, locos, salvajes, etc. El libro de Walter Lingán le añade un elemento valioso: además de resumir una época, pinta a un personaje que ha huido de sus manos y de sus intenciones para surgir en toda su contradicción y crudeza, en su orfandad y confusión: el izquierdista peruano.

Un mérito que estoy seguro el autor rechazará, pero quedará como un aporte personal para enriquecer las visiones sobre la guerra que a fines del siglo pasado sacudiera nuestro país, para tenernos en vilo intentando comprender, hasta nuestros días, sus formas y consecuencias, sus razones e ideas, como una marca indeleble para nuestra generación y las generaciones futuras.

PRESENTACIÓN DE "NINA Y LA CASA ABANDONADA"


Por: Elmer Arana Mesías

Antes de iniciar con la presentación de la novela "Nina y la casa abandonada" de Ricardo Virhuez, quiero manifestarles que mi intervención como presentador se centrará no tanto en puntualizar los aspectos técnicos de la novela pertinentes a la crítica literaria, sino en enfatizar la utilidad pedagógica que pueda generar.

1. Cómo llegué a conocer la obra Nina y la casa abandonada

Los alumnos (colegiales) en general hablan mucho. Y tal vez cuando hablan en demasía y el aula se torna en un diálogo desbordante, uno suele tener la idea de que sus estudiantes de comunicación (lenguaje y literatura) tienen mucho potencial que explorar; sin embargo cuando llega el momento de presentarles un texto escrito y el profesor crea un ambiente propicio y harta expectativa, es desmoralizante comprobar -muchas veces- que la expectativa se va tornando en silencio, el silencio en desánimo, el desánimo en cansancio y este, finalmente en abandono. Entonces el estudiante asume la lectura ya no como un encuentro placentero con el otro (narrador) que dice o te cuenta algo, sino -asumiendo la postura del escolar- como un enfrentamiento claro con un señor que inventa un lenguaje inaccesible para su entendimiento.

Qué le queda al profesor, entonces. Acompañar la lectura, parafrasear los pasajes más complejos para acercar el lenguaje del autor al del lector. Y en este trajín terminamos narrando las historias y el fin principal que era desarrollar la capacidad lectora termina trastocándose en comprensión -ya no escrita- sino oral.
Ahí la tarea difícil del profesor de Comunicación: seleccionar textos -en este caso literarios- que adecuen el registro lingüístico a un público determinado, en función de sus intereses, edad, etc. manteniendo el equilibrio en el manejo del lenguaje.

Confieso que en ese dilema me encontré con mis alumnos del primer grado de secundaria de la institución educativa estatal donde laboro (Haya de la Torre, Vinchos) que -dicho sea de paso- está ubicada en zona rural y cuya población escolar mayoritariamente es bilingüe.

2. ¿Qué lecturas escoger?

Es así que se me vino a la memoria el título de una novela corta muy amena que ya había tenido ocasión de compartirla con alumnos de grados superiores: "Rumi y el pincullo mágico" de Ricardo Virhuez.
Traté de agenciarme de ejemplares de Rumi... pero para mala suerte mía y buena suerte del autor, ya estaba agotada la edición.

Entonces Ricardo me propone otro título: "Nina y la casa abandonada" y al leer la sumilla: "Nina y la casa abandonada es una novela de suspenso, que hará las delicias de grandes y chicos, inspirada en la leyenda limeña de un fantasma femenino que aterroriza a los choferes en la Variante de Pasamayo", me vino una interrogante: ¿Estarán mis alumnos en condición de comprender una novela ambientada en un espacio ajeno a su realidad cotidiana? Casi inconscientemente una voz proveniente de las instancias de gestión educativa, me decía: "profesor, tenemos que ser cuidadosos al asignarle lecturas a nuestros alumnos, estas deben contextualizarse. ¿Cómo van a comprender (los alumnos) textos sobre el mar, las gaviotas si jamás las han conocido?".

Encogiéndome de hombros decidí asignarles la lectura "Nina y la casa abandonada". La idea inicial era desarrollar la lectura de la novela en el aula paulatinamente y por secciones. Me ayudaría de medios audiovisuales previos para que los alumnos ubiquen la variante del Pasamayo, el arenal, la neblina brumosa que la cubre, etc.

La primera cita con la obra llegaría dentro de una semana. Y cuando me aprestaba a hacer uso de todo el arsenal pedagógico que había preparado: equipar el aula con los medios audiovisuales, presentarle el glosario respectivo, aplicar el subrayado, el sumillado, el parafraseo, etc.; mis alumnos me interrumpieron manifestando que muchos ya habían concluido la lectura y otros tantos estaban en ese camino.
Eché mis pertrechos al suelo y sorprendido, sumamente incrédulo, comencé a lanzar "disparos" (preguntas) para comprobar que no se trataba de una argucia más a que los estudiantes recurren cuando quieren "distensionarse" (relajarse) sino que efectivamente habían comprendido el contenido de la novela. Y cada uno de mis "disparos" fue neutralizado por una ráfaga de respuestas que sobrepasaban mi propia comprensión literal del texto.

Entonces terminé por aceptar que efectivamente Nina y la casa abandonada había sintonizado con los intereses y expectativas de mis alumnos, a tal punto que inicié a hurgar en las razones:

3. El texto frente a mis alumnos

a. La forma
El tamaño del formato de Nina... permite su portabilidad. El lector lo lleva a donde quiera y lo lee donde pueda: en el aula, en el recreo, en su casa, etc.

El formato de las letras (grandes) hace que el lector le pierda el temor que le causa los libros con letras pequeñas donde no hay espacio ni para sumillar.

b. Una historia atrayente
En la contratapa de la obra figura la sumilla que resume el contenido del texto. Con ello el lector realiza una primera aproximación a lectura que le genera intriga.

El mismo autor manifestaba que si bien en la poesía importa más la forma; en la narrativa lo es la historia. Una novela, en este caso, debe asegurar una historia atrayente.

Nina y la casa abandonada narra las aventuras fantásticas y terroríficas que le ocurren a una familia en un paseo de fin de semana.

Nina y Daniel obtienen buenas calificaciones en el colegio. Sus padres los premian con un paseo a Huarmey en compañía de sus compadres.

En el trayecto, en la variante de Pasamayo se toparán con el espectro de una monja que los perseguirá hasta descubrir que en los arenales aledaños existe una casa abandonada que antaño fue una iglesia destinada al castigo de niños que eran tomados prisioneros.

Nina, la adolescente, desenredará cada una de los conflictos que embrollan a los visitantes.

c. Adecuación del lenguaje
Un gran obstáculo o facilidad para lograr la comprensión de un texto (una novela en este caso) es la adecuación de la lengua. Si la lengua es la que comunica las ideas, y ella no se adecua al lector, simplemente no hay comunicación efectiva. Por ello es necesario que el autor identifique el público al que dirige su obra.

Nina y la casa... tiene el acierto de conjugar un lenguaje que oscila entre lo coloquial y lo culto: mi padre nos había acusado de ser flojos, holgazanes, cabezas huecas, tontos, burros y un sinfín de deliciosos adjetivos. (p.10).

Donde el manejo literario a nivel discursivo (figuras, tropos) se da sutilmente y es casi imperceptible: mi hermana... era bastante bonita aunque en su cerebro habitase el aire (p. 11).

Seguimos el desvío y enseguida se abrió ante nosotros la imagen del mar inmenso y azul, y las olas que dibujaban sus blancas espumas al reventar suavemente en la arena. (p. 34)

d. El mundo representado
No es cierto que las lecturas siempre deban contextualizarse a nivel del contenido. En el aspecto formal en gran medida si es importante. Pero reducir las lecturas a solo aquellas cuya representación se enmarque en el entorno del estudiante conduciría a un desconocimiento de otras realidades.

¿Quién conoció una ballena directamente o un volcán en erupción? ¿Por qué sabemos que Saturno es un planeta que tiene un sistema de anillos? ¿Alguien ha tenido contacto con un dinosaurio? ¿Cómo sabemos que el núcleo externo de la tierra está en estado líquido y que su temperatura puede superar los 6.700 ºC?
Con estas preguntas sólo quiero sostener que la lectura literaria y la no literaria no sólo deben representar el entorno del estudiante sino que debe ser el vehículo que le permita acceder a otras realidades. Por ello expreso mi discrepancia con algunos docentes que tienden a seleccionar lecturas "acordes a la realidad del estudiante" como si este fuera un ermitaño que no emigrará de su cueva.

Un niño de la sierra puede bien leer historias de la sierra, de la costa o de cualquier otra realidad. De ello depende la adecuación lingüística del texto.

Nina... representa hechos ficcionales que se desarrollan en Pasamayo y Huarmey básicamente. La fantasía y la realidad se mezclan en esta obra. Pero la fantasía adquiere carácter mítico al sustentarse en la colectividad. Ya que todo un grupo la acepta y la asume verdadera. Las creencias en fantasmas que penan hasta que alguien logre concretar algunos deseos que en vida no pudo lograr; como por ejemplo desenterrar objetos valiosos o cumplir con sepultar y dar el responso a quienes fallecieron en circunstancias adversas, son expresiones de imaginario popular presentes en muchas culturas; por ello es que la trama presentada en esta novela donde el espectro de un anciano pide que le ayuden a incendiar una iglesia vetusta donde padeció torturas en su infancia a manos de unas monjas inhumanas, es asumida y aceptada por los lectores. La obra gana en verosimilitud porque se apoya en esas creencias que aún sobreviven.

Un dato a resaltar es que dentro de la confusión y el temor creados por la aparición del fantasma de la monja en la carretera de la variante de Pasamayo, sean los niños y sobre todo Nina los que actúan con mayor lucidez que los adultos. Es Nina quien se explica los hechos en términos casi legendarios y encuentra una lógica que los adultos dentro de su racionalidad no comprenden:

Conozco una leyenda urbana -dijo Nina- dicen que hay una mujer que se presenta a los choferes solitarios. Algunos la recogen en ruta y ella se sienta a su lado. Otros, la dejan en la pista porque presienten el peligro; entonces, la mujer persigue al chofer que no cayó en sus encantos... Al voltear a mirarla, descubre una calavera... el chofer pierde el control... y se va al abismo. (p. 27)

No había rastros del anciano... Recostado contra las piedras, casi cubierto de arena se encontraba el cadáver del viejo Juvencio Tume. Había muerto hace decena de años atrás. Nina no hizo comentarios. Estábamos pensando lo mismo y no era necesario decir nada. El anciano... solo quería una cosa: que le ayudemos a terminar su tarea. (pp. 64-65)

Finalmente cabe decir Nina y la casa abandonada es una obra hecha para leerse de un solo tirón. Está dirigida básicamente a un público escolar pero ello no impide que cualquier lector de cualquier edad pueda acercarse a ella y disfrutar de una historia donde la fantasía y la realidad de entremezclan y te capturan de inicio a fin.


* Artículo leído en la presentación de la novela "Nina y la casa abandonada" de Ricardo Virhuez Villafane el 16 de junio de 2010 en el auditorio del local Garcilaso de la UNSCH en el marco de la realización del VII Congreso Nacional Lingüístico Literario.

Las Universidades Peruanas en el Ranking Iberoamericano de Producción Científica


Por Iván Montes Iturrizaga

Recientemente se ha publicado un informe con el ranking de las universidades iberoamericanas (Scimago Institutions Ranking) sobre la base de su producción investigativa. Para ello, se tomaron datos cuantitativos de la producción científica presente en las revistas arbitradas de más alto impacto y en congresos de reconocido prestigio. En este marco, se analizaron a aquellas universidades iberoamericanas que al menos tuvieran una publicación de este tipo en el año 2008. En este caso, las instituciones participantes fueron estudiadas según su producción científica de 5 años consecutivos (del 2003 al 2008).

Es así, que en el concierto iberoamericano, fueron 607 universidades quienes al menos publicaron un artículo en una revista o congreso científico. En una mirada más específica tenemos que solo 28 países entraron en este estudio de corte comparativo.

Se aprecia así, en cuanto a la producción científica, que España (208,078), Brasil (178,765), Portugal (49,541), México (48,180), Argentina (32,076) y Chile (24,154) concentran aproximadamente el 90% de las investigaciones publicadas en medios autorizados. Nuestro país, el Perú, se ubica en el puesto 12 con 1,825 publicaciones científicas. Esto quiere decir, y solo tomando en consideración a los países fronterizos, que Brasil tiene una producción 97 veces más que nosotros. Por su parte, Chile tiene 13 veces más artículos científicos publicados que el Perú. De otro lado, merecer resaltarse que Uruguay, teniendo 3 veces menos universidades que nuestro país tiene una producción mayor que asciende a 2,413. O también Jamaica, que pese a contar con 10 veces menos universidades, tiene una producción de 1,196. Esta tendencia se repite si comparamos al Perú con los países pequeños que cuentan con un puñado de estas instituciones de educación superior. En síntesis, algo no tan bueno ni auspicioso está aconteciendo en nuestro país con respecto a la investigación.

Ahora bien, si seguimos profundizando encontramos que solo 26 de las casi 100 universidades en el Perú han entrado en este estudio. Esto significa que cerca del 75% de nuestras casas superiores de estudio no han publicado un solo artículo científico en el año 2008. Todo esto nos remite a una situación muy preocupante, pues si la investigación no viene ocupando un lugar central y protagónico en las universidades peruanas, podríamos suponer también: la desactualización de bibliotecas; la falta de visión académica; la confusión entre ciencia, tecnología e innovación; la carencia de incentivos sociales y monetarios para la investigación; y, el creciente paradigma de la “universidad como negocio” que se viene instalando en nuestro sistema. En otras palabras, contamos con universidades que en realidad funcionan como institutos de formación técnica y que no merecerían llevar el denominativo del más alto centro de estudios que la humanidad ha creado. Lo más paradójico de esto, es que muchas de las universidades, que investigan poco o nada, reciben millones de dólares por concepto del canon minero. Lamentablemente, estas instituciones optan por invertir en fierro y cemento en lugar de apostar por el cerebro, el talento y la formación de sus profesores.

Estamos pues ante un grave e histórico problema que nos remite a una crisis de liderazgos en nuestras universidades. Es triste admitirlo, pero en el Perú cualquiera, y sin exhibir algo de vivencia académica, puede llegar a ser rector, vicerrector, decano o director de investigación. Es más aún, se ganan elecciones en las asambleas universitarias y en los consejos de facultad gracias a verdaderas maniobras políticas y de inteligencia. Con un panorama así, donde muchas universidades vienen siendo gobernadas por personas que no comprenden acerca del mundo académico, no se avanzará en los próximos años. Aquí, el problema no es la falta de dinero, sino más bien, la carencia de liderazgos entendidos que puedan impulsar un desarrollo universitario acorde con su identidad histórica: un colectivo de profesores y alumnos que se congregan en torno a la búsqueda de la verdad. Penosamente, este legado viene siendo traicionado, y ahora distorsionado, con el simplista modelo de que lo académico se debe supeditar a lo administrativo, de que toda actividad debe de generar ganancia y de que la universidad puede ser tal siendo una mera fábrica de grados y títulos.

Felizmente, parte importante de las soluciones para institucionalizar y promover con seriedad la investigación están ya presentes en nuestro medio. Solo bastaría con mirar las experiencias de las cuatro mejores instituciones peruanas ubicadas en este ranking (Universidad Cayetano Heredia, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Pontificia Universidad Católica del Perú y la Universidad Nacional Agraria de la Molina) para encontrar que, a pesar de sus dificultades, están cosechando lo que en su momento costó mucho trabajo impulsar.

Sin embargo, para levantar cabeza en cuanto a la investigación (factor más explicativo de la calidad universitaria), tenemos que desprendernos de todos los males que aquejan a nuestras casas superiores de estudios y que se reflejan en los endebles liderazgos con que son gobernadas desde hace muchas décadas. Pues, de no enfrentarse el problema de raíz, de nada servirá incrementar el dinero gubernamental para la investigación ni las otras fuentes posibles de financiamiento. Quizá, una nueva reforma del sistema universitario, pero liderada por respetables académicos (y no por políticos), sea una de las tareas más urgentes en estos momentos.

El presente artículo fue publicado en la Revista Signo Educativo del Consorcio de Centros Educativos Católicos del Perú, Año XIX, N° 190, agosto de 2010.

Iván Montes Iturrizaga es psicólogo educacional y doctor en Ciencias de la Educación por la PUC de Chile. Profesor e Investigador Universitario.

domingo, diciembre 26, 2010

EL SUEÑO DEL CELTA Y EL PARAÍSO DEL DIABLO


Por Róger Rumrrill:

Estaba esa mañana de abril en el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP), en Iquitos, coordinando una reunión entre Jorge L. Chediek, representante residente de las Naciones Unidas en el Perú (ahora está en Brasil) y los investigadores del IIAP cuando recibí una llamada de Lima.

-El Dr. Mario Vargas Llosa quiere hablar urgente contigo-, me dijo mi esposa con un tono de apremio.

Casi automáticamente le contesté:

-Debe ser un error o alguien se está haciendo pasar por Mario Vargas Llosa. Hace cuarenta años que no cruzamos palabra con él-, le respondí incrédulo y de zopetón llegó a mi memoria esa llamada telefónica en la que me expresaba su felicitación, generosa y gentil, por unos poemas publicados en el suplemento dominical de “El Comercio” de un libro aún inédito y titulado El retorno de Axpikondiá sobre un mito fundacional de los indígena Tukano del Vaupés colombiano.

-No es un error. Me han dejado dos teléfonos y esperan tu llamada-, sonó casi imperativa la voz al otro lado de la línea.

Escuché que la secretaria que me contestó la llamada le decía: “Dr., tengo al teléfono al señor Róger Rumrrill”.

Su voz inconfundible exclamó al otro extremo de la línea:

-Róger, que alegría volver a escucharte después de tantos años. Siempre he estado leyendo cosas tuyas sobre la Amazonía y ahora tengo un gran interés en conversar contigo porque, como sabes, estoy escribiendo una novela sobre Roger Casement…-.

Tres días después retorné a Lima y fui, tal como habíamos acordado, a buscarle en su casa de Barranco.

-¿Has llegado fácil a la casa?-, me preguntó dándome un abrazo cálido al tiempo que llamaba a su esposa, Patricia Llosa, avisándole que yo acababa de llegar.

-Mario, llegar a tu casa es muy fácil. Porque hasta la calle se llama Mario Vargas Llosa-le respondí y el ahora Premio Nobel de Literatura del 2010 rió de buena gana, al tiempo que me invitaba a conversar en la terraza de su casa barranquina.

Lo tenía frente a mí y dos ideas me asaltaron. La primera fue recordar la descripción que el notable crítico literario peruano, Ricardo González Vigil, me hacía de la concentración que pone Mario Vargas Llosa en los ojos, en la mirada, cuando habla de literatura. “Se interesa tanto por el tema, que da la impresión que se va a tragar a su interlocutor con la mirada. Atrapa y devora todo. No se le escapa nada, ni el menor detalle”, me decía González Vigil.

La segunda idea fue aprovechar la ocasión para expresarle mi desacuerdo con su posición sobre los trágicos sucesos de Bagua de abril, mayo y junio del 2009 y la resistencia indígena frente a la política del perro del hortelano del presidente Alan García Pérez y su tesis de la utopía arcaica sobre la cosmovisión andino-amazónica formulada en su ensayo sobre José María Arguedas. Pero rápidamente pensé: “Este no es el momento y nos pasaríamos todo el tiempo discutiendo esos temas. Mejor hablamos sobre lo que a él le interesa”, me dije.

En efecto, lo que al autor de El sueño del celta le interesaba más que ninguno otro tema era hablar de Bejamín Saldaña Roca, el periodista que tuvo las agallas, el coraje y el atrevimiento de denunciar las tropelías de Julio C. Arana en el Putumayo en sus periódicos La Sanción y La Felpa en Iquitos de la primera década del siglo XX, de Roger Casement, el héroe irlandés de su novela y de tantos otros personajes y de la compleja, desmesurada y trágica realidad amazónica del ciclo del caucho. Sólo a los pocos segundos de haber iniciado nuestro diálogo me percaté que Mario Vargas Llosa había leído todo o casi todo sobre los sucesos del Putumayo y sus protagonistas. Con ese obsesivo rigor que le caracteriza para acopiar y acumular ingentes cantidades de información de toda naturaleza para la construcción de su universo narrativo, conocía los mínimos detalles de la historia del caucho y sus protagonistas.

Entonces, se me ocurrió darle algunas sorpresas. Porque, pensé, al mejor cazador se le va la paloma. “Y a este gran cazador literario creo que se le han ido algunas palomas amazónicas”, me dije asimismo.

Las presas que el cazador no había todavía cazado

-Entrevisté en los años sesentas del siglo XX en Iquitos a Miguel Loayza, hombre de confianza de Julio C. Arana y, como tal, confidente y cómplice de la violencia contra los indígenas de la familia etnolingüística Witoto, es decir los Andoque, Witoto, Ocaina y otros-, le dije.

-¿Has conocido y entrevistado a Miguel Loayza?-me interrogó asombrado.

Entonces le narré con lujo de detalles que en los sesentas del siglo XX, cuando acababa de cumplir 22 años, decidí entrevistar a todos los sobrevivientes del ciclo del caucho que vivían en Iquitos, pero también a los últimos testigos de la revolución del capitán Guillermo Cervantes Vásquez de 1921 y a los actores de otros ciclos económicos de la Amazonía. En una de mis pesquisas y exploraciones llegué al asilo de ancianos Chanteclair, que estaba ubicada en la circular, como se denominaba y aún se denomina a la carretera al lago Moronacocha. Revisando la lista de hospedados en el asilo, descubrí nada menos ni nada más que a Zacarías Valdez Lozano, el lugarteniente de otro de los barones del caucho, Carlos Fermín Fitzcarrald.

Miguel Loayza vivía en el distrito de Punchana, en una casa de dos pisos que casi era una copia de esas casas donde funcionaba la administración en los campamentos caucheros en La Chorrera en el río Igara Paraná y El Encanto, en la confluencia del Caraparaná con el río Izá, el nombre indígena del río Putumayo. Tenía 90 años de edad y estaba fuerte como un shihuahuaco. Era más alto que bajo y su apariencia, para la edad que tenía y para la vida que había llevado, denotaba buena salud que se traslucía en su piel blanca y rosada. “Parece un puca bufeo”, pensé apenas empezamos a conversar.

Dubitativo y receloso al principio (me preguntó a quemarropa quién era, a qué me dedicada y por qué le visitaba), luego entró en confianza y me contó el sistema de trabajo en las caucherías, las pugnas con los colombianos a quiénes Julio C. Arana había comprado sus posesiones o los había desalojado a la fuerza y sobre la violencia contra los indígenas. Cuando terminó la entrevista y me despedí, una idea preocupante revoloteaba en mi cabeza. ¿Por qué para Miguel Loayza y seguramente para Arana y sus carniceros, entre ellos Víctor Macedo, Miguel Flores, Armando Normand, Abelardo Agüero y Augusto Jiménez, todos ellos denunciados por el periodista Benjamín Saldaña Roca, la inhumana crueldad contra los indígenas era algo natural?.
Tan natural que en los años setentas del siglo XX todavía se vendían esclavos indios en la plaza de armas de Atalaya, en el río Tambo. Tan natural que aún ahora, en el año 2010, lo he visto con mis propios ojos, persiste el semiesclavismo en el Yurúa, en el Purús, en el Putumayo, en Madre de Dios.

Si antes la causa de este oprobio contra los indígenas fue el caucho, el oro blanco, ahora es la caoba, el oro rojo de la Amazonía, las pepitas de oro de los ríos Huaypetue, Colorado e Inambari. Y en el presente y en el futuro la causa será el agua, la energía, la biodiversidad y las tierras amazónicas en el nuevo ciclo de las materias primas cuando la Amazonía vuelve a tener, en el siglo XXI, la misma importancia estratégica o más que tuvo a fines del siglo XIX y principios del siglo XX para la economía mundial.

El egoísmo, la sed insaciable de riquezas, la acumulación sin límites de bienes materiales encallece la conciencia y la moral de los seres humanos en todas las épocas y sociedades.

El tesoro de Bodley

-Hay muy pocos datos sobre Benjamín Saldaña Roca. Sé que era de origen judío. Pero se sabe muy poco o nada sobre su vida después de las denuncias contra la Casa Arana y sus crímenes-, reflexionó el escritor.

-Es cierto, en los años sesentas del siglo XX había muy pocas personas que lo habían conocido. Uno de ellos fue don Alfonso Navarro Cáuper, que fue una especie de secretario del Dr. Jenaro Ernesto Herrera, miembro de la magistratura loretana, director del semanario Loreto Comercial, escritor y erudito y sin duda el más prominente intelectual amazónico de las primeras décadas del siglo XX. Pero quizás la mejor forma de conocer a Benjamín Saldaña Roca es leyendo La Sanción y La Felpa-, le dije.

-He leído las únicas ediciones que he encontrado en los archivos-, dijo con cierto tono de desencanto.

-Yo he leído casi todas las ediciones-, le dije provocadoramente y como quién no le da importancia al asunto.

Mario Vargas Llosa se sobresaltó en su asiento y mirándome con una fijeza abrumadora, me preguntó:

-¡Dónde!-

-En el archivo Bodley, en la Universidad de Oxford, en Inglaterra-, le contesté.
Mario Vargas Llosa estaba hecho un mar de curiosidad. Su mirada denotaba que sólo esperaba la historia del tesoro Bodley.

Esta historia empieza en los ochentas. En esa década fui invitado a Europa y parte del periplo incluía Londres y Oxford. Teniendo como guías al periodista peruano Javier Farje, que en ese tiempo trabajaba en la BBC y a Andrew Gray, un joven inglés que dedicó su vida al estudio y defensa de los pueblos indígenas en especial de Madre de Dios y que murió trágicamente ahogado en el Atlántico, llegué a Oxford. Allí fue donde Gray me habló por primera vez del famoso archivo Bodley, guardado bajo siete llaves en el sótano de la biblioteca de la Universidad.

Gray estaba escribiendo en esos días el ensayo titulado The Putumayo Atrocities Re-examined y había leído y revisado posiblemente las miles de páginas guardadas en 13 cajas. El archivo Bodley atesora con seguridad la mayor cantidad de originales de documentos confidenciales acopiados por diversas fuentes y entregados a la Sociedad Antiesclavista de Londres y cuya difusión, por razones humanitarias y también comerciales y geopolíticas, provocó sin duda el primer escándalo mundial de los tiempos modernos y con ello el derrumbe del imperio Arana en la Amazonía Peruana.

Porque no hay que olvidar, para entender a cabalidad el Informe Casement, el por qué de la vasta repercusión que tuvo en el contexto político, económico y geopolítico de Europa, Estados Unidos y América Latina y del resto del mundo. Las denuncias de las atrocidades cometidas en los campamentos caucheros de Arana en el Putumayo ayudaron de modo decisivo y eficaz a los intereses colombianos en la región. Veamos. El 6 de junio de 1906 el Perú y Colombia suscribieron un acuerdo de modus vivendi en la zona de conflicto del Caquetá y del Putumayo. Pero menos de un año después, en octubre de 1907, Bogotá comunicó a Lima el cese unilateral del acuerdo. El gobierno de Lima pidió a Julio C. Arana que ayudara con su gente a repeler una posible invasión colombiana. Hubo enfrentamientos en las localidades de La Unión y La Reserva.
Todo este diferendo fronterizo culminó con el Tratado Salomón-Lozano, negociado y firmado secretamente por Leguía en el año 1920 y ratificado por el Congreso peruano el 20 de diciembre de 1927 y rechazado por todo el país y en particular por la población amazónica peruana. El entreguismo del dictador del oncenio le costó al Perú la pérdida de 128 mil kilómetros cuadrados del Trapecio Amazónico. Estados Unidos jugó un rol fundamental en la formulación y ratificación del Tratado Salomón-Lozano.

Con este acuerdo zanjaba su deuda con Colombia por el territorio panameño. En octubre de 1903 el presidente estadounidense Theodore Roosevelt traza su estrategia. Establece dos medios para vencer la resistencia colombiana. En primer término, una secesión: si los habitantes del Istmo tienen materialmente interés en establecer el canal en su territorio pueden, por tanto, proclamar su independencia y establecer un trato con Estados Unidos. En segundo término, en el caso de que la secesión no tuviese lugar, se produciría la invasión del Istmo. El 10 de octubre de 1903 Roosevelt escribe: “Estaría encantado de ver a Panamá convertirse en un estado independiente”.

La feroz campaña británica contra Arana, legítima en términos humanitarios, estuvo siempre cargada de cinismo y de intereses políticos y económicos. El gran historiador de la república, Jorge Basadre escribe a este respecto: “Las atrocidades en el Putumayo fueron bochornosas, pero no representaron, por lo demás, un hecho histórico aislado ni pueden ser imputadas al Perú como un baldón exclusivo o singular. Basta recordar lo ocurrido en Irlanda, África del Sur, Australia y Jamaica para mencionar unos cuantos casos en el imperio británico donde tanto abundaron las protestas en aquella oportunidad, así como el sojuzgamiento de los pieles rojas en Estados Unidos, el otro país donde halló estentóreos ecos el escándalo”.

La caída de Julio C. Arana y con él de todo el sistema cauchero de la cuenca amazónica tenía una innegable importancia económica. El imperio británico había establecido plantaciones del Hevea brasiliensis en sus colonias de Asia, en Indonesia, Java y Sumatra, con 70 mil semillas hurtadas por el mayor biopirata del siglo XIX, el agente inglés Henry Alexander Wickham en 1876 en el río Tapajós, en Brasil. Cuando se desata el escándalo del Putumayo y la Peruvian Amazon Rubber Company colapsa, ya los ingleses tenían lista una oferta de caucho producido en sus plantaciones asiáticas suficiente para cubrir la demanda mundial. Esta oferta cauchera terminó por arruinar toda la economía de la cuenca amazónica, derrumbando estrepitosamente el efímero esplendor de Iquitos, Manaus y de Belém do Pará. Esta última ciudad amazónica brasileña llegó a tener la mayor flota fluvial del mundo para transportar caucho.

Por esta y otras razones, resulta ingenuo pensar que las denuncias de Casement, que parecen calcadas a la que hizo sobre el Congo belga, hayan tenido sólo fines humanitarios. También por estas y otras razones, tanto Julio C. Arana como Roger Casement, cada uno desde sus propios intereses personales o nacionales, desde sus propias conductas o inconductas, fueron también piezas de un tablero de ajedrez donde se movían las estrategias económicas y geopolíticas de un imperio declinante y de otro emergente.

Andrew Gray me ayudó a tramitar el permiso especial de la Universidad de Oxford y una vez obtenido el documento me sumergí durante una semana en el escenario de pesadilla del Putumayo de la primera década del siglo XX, el teatro de horror que ha servido a Mario Vargas Llosa para escribir el capítulo amazónico de El sueño del celta.

Los archivos son 13 cajas de Pandora. Porque como en la versión del mito griego del poeta Hesíodo, los documentos revelan todos los males y desgracias de los seres humanos. En este caso de los indígenas Witoto. Por supuesto que una de las cajas contiene todo el dossier Casement. Luego están los testimonios y las evidencias bajo el título Evidence 1913. Minutes of Evidence taken before the Select Committee on Putumayo Atrocities, 1912.

Les atrocités du Putumayo. Les explications du Pérou por el juge Rómulo Paredes, es otro documento. Paredes, el juez que viajó en reemplazo del juez Carlos A. Valcárcel al Putumayo en marzo de 1911 se refiere a la British Peruvian Amazon Company y en su informe afirma que las mayores atrocidades son cometidas por los ingleses, es decir, los capataces barbadenses. También sostiene que el cónsul inglés en Iquitos desde 1903, David Cazes, sabía de los crímenes cometidos en los campamentos caucheros de Arana.

Un Index and Digest of Evidence to the Report and Special Report aporta testimonios de torturas y crímenes y otro titulado Select Committee on Putmayo Atrocities, 1912 agrega más pruebas. El archivo Bodley también guarda el famoso texto del norteamericano Walt Ernest Hardenburg The devil’s paradise. A catalogue of Crime y está dedicado al periodista Benjamín Saldaña Roca y al Dr. Darío A.Urmeneta. Hardenburg fue denunciado por Arana y personalidades de la política peruana de ese tiempo de ser un agente pagado por la cancillería colombiana para desprestigiar a Arana acusándolo de genocida.

En una de las 13 cajas está la correspondencia de la Peruvian Amazon de 1912 y 1913. En otra encontramos todas las cartas dirigidas a Walter Legge Comité Office House of Commons S.W. Otra de las cajas es el depósito de las cartas, memos y los contratos de trabajo. Uno de esos contratos es el suscrito entre J.C. Arana y hermanos, la razón social de la también llamada Casa Arana y Preston Johnson, de Barbados. El contrato establece un salario mensual de 5 libras esterlinas, más casa y alimentación en La Chorrera, además de medicinas gratis y pasaje de ida y vuelta a Iquitos. La fecha es del 25 de abril de 1908 y firma el contrato por The Peruvian Amazon Rubber Co. Ltd. el gerente general, Pablo Zumaeta, cuñado de Julio C. Arana.

Una de las cajas contiene la edición del diario El Comercio de Lima del miércoles 11 de setiembre de 1912 con un artículo titulado Los crímenes en el Putumayo. El Oriente, el decano de la prensa iquiteña, también informa al respecto en su edición del viernes 2 de diciembre de 1910. Está archivada asimismo la edición del diario La Prensa de Lima del lunes 25 de noviembre de 1912 que publica los artículos El Porvenir del Oriente Peruano, La despoblación de Loreto y sus causas y Un régimen inicuo donde el autor de las crónicas, Manuel Rivera Iglesias, señala que con el régimen esclavista del ciclo cauchero la población del Putumayo ha descendido de 61,125 habitantes a 45,000 pobladores.

En otra de las cajas están precisamente las ediciones de La Felpa del 1 de noviembre de 1907 y La Sanción del jueves 24 de setiembre de 1907.

-Pasado mañana me voy a Inglaterra invitado para dictar una conferencia en Oxford. Lo primero que haré luego de mi conferencia será ver el archivo Bodley-, expresó francamente emocionado Mario Vargas Llosa luego de escuchar mi versión del archivo Bodley.

El Socio de Dios

Creo que fue a mediados del año 1986 que recibí una llamada del cineasta y escritor cusqueño Federico García Hurtado pidiéndome una historia amazónica para su próxima película. Estaba decidido a no perder la continuidad creativa luego de su largo metraje Túpac Amaru (1984).

El tema amazónico que me pedía Federico García estaba hace tiempo en mi cabeza: Julio C. Arana, el Rey del Caucho. Había estado pensando además que para una película o una novela el título sería El socio de Dios, un título prestado al empresario norteamericano Roy Le Tourneau que, en los años cincuentas del siglo XX, se había instalado en el Ucayali con el sueño de conquistar la Amazonía con maquinaria y construir un imperio, el mismo sueño del multimillonario Henry Ford y su Forlandia en Brasil. Le Tourneau, que se hacía llamar El socio de Dios porque entregaba el 10 por ciento de sus utilidades a su iglesia, sucumbió lo mismo que Ford y otros que creen, como Francis Bacon (1561-1626), el llamado padre de la ciencia moderna, que a la naturaleza hay que someterla y conquistarla. Pero todos mueren en este intento porque con la naturaleza amazónica hay que coexistir y convivir armoniosamente como piensan y sienten los indígenas amazónicos.

El tema amazónico y el personaje Julio C. Arana entusiasmaron a Federico García. Me pidió que escribiera la sinopsis y luego juntos acordamos elaborar el guión técnico. Decidí entonces cumplir un antiguo reto, un viejo proyecto que había nacido en las interminables tertulias con Fernando Barcia García, descendiente de una poderosa familia cauchera de principios del siglo XX, político y dueño de un enciclopédico conocimiento de la historia y la vida de la Amazonía. Partí pues a realizar ese sueño: recorrer el Putumayo y sus afluentes del Igara Paraná, el Caraparaná y algunos de los campamentos donde, según la conclusión del Informe Casement, en 12 años de operaciones se habían extraído 4 mil toneladas métricas de caucho, con una utilidad de 1 millón 500 mil libras esterlinas y a un costo de 30 mil muertos indígenas.

Las referencias a los ríos Putumayo, Igara Paraná, Caraparaná y Caquetá y de los campamentos La Chorrera, El Encanto, Matanzas, Abisinia, Último Retiro y otros detalles de esa y otras travesías que efectué por el paraíso del diablo, de acuerdo al título de la novela de Walt Ernest Handerburg, desataron una profunda emoción en Mario Vargas Llosa.

-¡Qué maravilla que hayas conocido esos territorios!-, exclamó.

-Si organizamos un viaje al Putumayo, ¿tú me podrías acompañar?-, me preguntó eufórico.
-Por supuesto, Mario, con mucho gusto. Sólo me avisas con tiempo la fecha de la partida-, le contesté.

Tuvimos tiempo aún de elegir el mejor mes para el viaje. “Junio o julio, en pleno verano amazónico, son los mejores meses para viajar por la Amazonía”, le dije. Pensé también, aunque me guardé el secreto, que durante ese viaje le haría conocer (si es que ya no lo conocía), le mostraría la solicitud que Julio C. Arana del Águila le entregó a Augusto B. Leguía, el 5 de enero de 1921, demandando el título de propiedad definitiva del lote Putumayo, con una extensión de 5 millones, 774 mil hectáreas, en posesión por compra y por ocupación por más de 20 años.

El documento es, sino el único, uno de los pocos alegatos personales que se conocen de Julio C. Arana dirigidos al gobierno peruano. A lo largo de sus 44 páginas no hay ningún propósito de mea culpa por los errores cometidos. Todo lo contrario, reclama para él el mérito de defensor de la patria para lo cual-dice-formó un ejército privado de centenares de licenciados que contuvo los aprestos invasores de las fuerzas del general Rafael Reyes, presidente de Colombia y antiguo extractor de cascarilla en el Alto Putumayo. Muestra las cifras que invirtió en la compra de propiedades colombianas por insinuación del presidente Pardo para contener la invasión del territorio peruano, 1 millón 710 soles.

Informa detalladamente sobre la construcción de 604 kilómetros de vías de herradura y de 175 kilómetros de caminos para viandantes para interconectar el Putumayo y sus afluentes, la dotación de sus vapores Liberal y Cosmopolita para la defensa nacional y sus aportes a las rentas fiscales por derechos de exportación desde agosto de 1901 al 30 de enero de 1920 por un monto de 103,960,000 libras peruanas, además del pago a la aduana de Iquitos de 200,000 libras peruanas por los derechos de importación de bienes para sus campamentos caucheros por 792,389.355 libras peruanas.

El título de propiedad definitiva del lote Putumayo de 5 millones, 774 kilómetros cuadrados fue expedido por Resolución Suprema No. 103 del 12 de agosto de 1921. El inmenso territorio cuyos límites eran por el norte el río Caquetá, por el sur los ríos Tamboryacu, Algodón y Yaguas y por el este el río Yuris o Pupuñas y el oeste “montaña baldía” pasó a Colombia con la firma del Tratado Salomón-Lozano. En el año 1939 el gobierno colombiano acordó compensar a la familia Arana con 200 mil dólares por el bien perdido. En ese año desembolsó 40,000 y el año 1964 pagó el resto.
El viaje no se pudo realizar porque Mario Vargas Llosa tenía múltiples e impostergables compromisos, entre ellos, concluir en la fecha prevista El sueño del celta. Pero ahora que viajará a Estocolmo en diciembre de este año para recibir el Premio Nobel de Literatura del año 2010, con seguridad estará pensando en el Putumayo, en el paraíso del diablo, convertido, gracias a su enorme talento, en gloria literaria.

Lake Elsinore, California, 24 de noviembre del 2010.