viernes, septiembre 30, 2011

Los ilegítimos: de la ficción a la acción

(En la foto, Hildebrando Pérez Huarancca)

Niko Velita Palacín / Lima

I

Según el informe de la CVR, Hildebrando Pérez Huarancca habría comandado la columna senderista que mató a los comuneros de Lucanamarca en 1983. Sin embargo, dicho informe no es convincente porque el testimonio que recoge dice: “el que dirigía todo en general era Hildebrando Pérez Huarancca... es de Vilcanchos, es profesor que andó por aquí, la gente conoce, es alto, flaco, mestizo, estaba con pasamontañas”[2]. Luego, si estaba con pasamontañas, entonces cómo es que lo reconocen.

Otro hecho en la vida de HPH: fue uno de los que fugaron de la cárcel Ayacucho, en un rescate de película que hiciera Sendero Luminoso de sus combatientes. A este hecho, sin embargo, Dante Castro le ha dado una explicación interesante: “HPH no era senderista, pero según los sabios investigadores de la fenecida PIP, todo rojo de verbo radical tenía que ser culpable del derribo de torres de alta tensión. Así lo llevaron al entonces militante de la UDP y tras una serie de torturas y amenazas de muerte lo condujeron al CRAS de Ayacucho. Fue como llegar al cielo, pisar celdas y pabellones, patio de tierra y ventana con rejas, pero ya no más la capucha maloliente con que lo tuvieron semanas y días. HPH, como sabes, fue liberado por el ataque senderista al CRAS de Ayacucho. Desde allí, sólo tenía un camino viable para salvar el pellejo. Tuvo que guardarse sus discrepancias ideológicas con el fundamentalismo gonzalista y tomar por ese único camino de supervivencia. No podía dar marcha atrás, nuevamente a la sala de torturas o a la ejecución extrajudicial. Se afilió a SL y se convirtió en uno de sus mejores cuadros de combate”[3].

Son situaciones en la vida de HPH que finalmente, al parecer, hacen que muera en combate. Sin embargo, meses antes de que los senderistas quemen las ánforas en Chuschi, él había publicado Los ilegítimos (libro de cuentos), dado a conocer en 1975, como ganador de un concurso.

II

HPH es un escritor que viene del Grupo Narración, que “concentró el clima revolucionario de fines de los años sesenta y comienzos de los setenta de la pasada centuria. Su propósito: una literatura, a la vez espléndida técnicamente y decisiva ideológicamente”[4]. Este grupo fue conformado por escritores que asumían el socialismo como ideología y la literatura como un instrumento de combate al servicio de aquel. Literatura de compromiso social era el objetivo, denunciar los problemas sociales a través de la narrativa, así aportar en la construcción de una sociedad diferente.

Paralelamente a lo que sucedía en el aspecto literario, los partidos socialistas y comunistas prometían la destrucción del “viejo estado” a través de la violencia. Sin embargo, este discurso año tras año se mantenía solo como discurso. No había ningún indicio de concretar lo dicho. Sin embargo, militantes y simpatizantes reclamaban coherencia entre lo que se dice y los hechos. Es en esas circunstancias, en que un pequeño grupo de personas le prenden la mecha a la guerra en Chuschi, lo cual va a desencadenar una serie enfrentamientos, muertes, torturas, desapariciones.

Este acto inicial no fue respalda por el grueso de la izquierda peruana. Se hizo todo lo contrario: incorporación al sistema electoral de esa institución al que llamaban “viejo Estado”. Gustavo Gorriti al respecto nos presenta a un Horacio Zeballos “agitando un fusil de juguete… (así) ingresaba exitosamente al sistema.”[5]

Así, a puertas del inicio de la violencia política, incluso la literatura de compromiso social tomó otros rumbos porque, según el discurso del Grupo Narración, “nuestras formas de combate social resultaban insuficientes”[6]. Así unos asumieron que el discurso sin acción estaba por demás. Es ahí cuando aparece la figura de HPH.

III

El libro de cuentos Los ilegítimos nos presenta personajes campesinos, quienes se encuentran en condición de explotados. El autor, a través de él los planteamientos teóricos del Grupo Narración, hace una literatura de denuncia, sobre la reivindicación del campesino, de las clases populares porque “había un elemento común que nos unía por encima de cualquier contingencia: nuestra adhesión al mundo popular”[7]. Fiel a ello, coloca escenas que describen un sistema social opresor:

Los disgustos hacia los principales renacen, se multiplican. (18)

Odio este lugar porque acá nos hicieron sirvientes. (25)

No te confíes, muchacho. Es igual con los mandones en cualquier parte. Siempre está buscando cómo agarrarlo desprevenido al pobre. (28)

Nunca estaba acostumbrado a lamer el plato de ningún principal. (47)

Los señores principales, dedicados antes a negocios grandes o a ocupar cargos públicos, se convirtieron en panificadores. Descubrieron una nueva mina: nuestro hambre. (56)

Las autoridades jamás serán amigos de ustedes. Son simples mandaderos del gobierno y son para ellos mismos. (66)

De esta manera, nos presenta un mundo dividido: explotadores (legítimos) y explotados (ilegítimos). Sin ninguna posibilidad de diálogo entre uno y otro. Ni siquiera en el amor, porque cuando uno de los personajes anda en amoríos con una muchacha, el padre de ella hace que envíen al transgresor al servicio militar, a modo de castigo. Los “principales” usan el aparato estatal para sus fines personales, para corregir lo que esté funcionando mal. Y si la situación se sale del control, incluso se llega al asesinato. “Los deudos de la masacre del sesentinueve aún no logran ubicar el cadáver de sus familiares” (32). Así la relación entre los ilegítimos y legítimos se mantiene inalterable en la estructura social.

Esta relación es válida desde la perspectiva de quienes tienen el control del poder económico y político. Pero no así desde el lado contrario, donde existe una actitud de cuestionamiento a tal condición. “Este hijo de nadie parece más gente que los legítimos de nuestros principales” (22). Eso en el discurso. También se presenta con acciones: protestas, huelgas, que finalmente serán acalladas “con bombas lacrimógenas y luego balaceándolas sin más por qué” (73).

La superioridad de los legítimos sobre los ilegítimos es reconocida por el Estado. Las fuerzas del orden la sustentan y la defienden, como ya se demostró líneas arriba. Y si es necesario validar esa relación ante la sociedad, el poder de los legítimos la legitima con prácticas crueles. “A tu padre lo marcaron en la nalga izquierda con un hierro al rojo vivo las autoridades” (74). De esta manera, el rol de cada uno queda delimitado: sumisión y mando.

Ese es el mundo que representa HPH. Al respecto Hibbett ha dicho que “El libro termina siendo la exposición de un problema, y no de una solución”[8]. Sin embargo, en Los ilegítimos se puede leer que “cuando acá los barramos (a los principales), se levantarán los adinerados del mundo entero para defenderlo. Entonces necesitamos mucha paciencia y bastante dinero” (66); o “tiemblan viéndote en grupo” (28). Estas frases no son dichas en el vacío, sino que, ya se señaló, van acompañadas de acciones de rebeldía, con la finalidad de mejorar la condición de vida de los ilegítimos.

Sí, Los ilegítimos es un libro de reivindicación de los ilegítimos, de denuncia contra los legítimos, y siguiendo la máxima del Grupo Narración: “libre aplicación de los aportes de la modernidad literaria de acuerdo a nuestra filiación de clase”[9]. Porque no solo es compromiso social en el contenido sino también lenguaje literario, experimental. Y si las circunstancias no hubieran hecho que HPH muera, entonces quizá tendríamos obras más desarrolladas. Pero eso solo quedará en la especulación, dado que él tomó otro camino, el no literario.

NOTAS

[1] Hildebrando Pérez Huarancca. Los ilegítimos. Ediciones Narración. 1980.

[2] Informe de CVR. Tomo 5. En: www.cverdad.org.pe. pág. 45.

[3] Testimonio recogido por Gustavo Faverón Patriau en El destino de Pérez Huarancca, publicado en: www.puenteaereo.blogspot.com. 18 de junio del 2006.

[4] David Abanto. “Grupo Narración: La redención a través del compromiso”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág. 24.

[5] Gustavo Gorriti. Sendero. Historia de una guerra milenaria en el Perú. Planeta. 2008. Pág. 32.

[6] Miguel Gutiérrez. “Sobre el Grupo Narración”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág. 47.

[7] Miguel Gutiérrez. “Sobre el Grupo Narración”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág.64

[8] Juan Carlos Ubilluz, Víctor Vich, Alexandra Hibbet. Contra el sueño de los justos: la literatura peruana ante la violencia política. IEP. Lima. 2009. Pág. 113.

[9] Miguel Gutiérrez. “Sobre el Grupo Narración”. En: El Grupo Narración en la literatura peruana, de Néstor Tenorio Requejo. Arteidea Editores. 2006. Pág. 66.

miércoles, septiembre 21, 2011

Aguas arriba


Ricardo Vírhuez Villafane / Lima

Aguas arriba es una novela intensa, poética y nostálgica. Su autor, Fransiles Gallardo (Magdalena-Cajamarca, 1957), es un poeta de muchos libros y temple lírico, lo que enriquece su narrativa de principio a fin.

La novela comienza con la historia de una traición, y termina con la visita nostálgica a la tumba de los padres del narrador, veinte años después. Podría decirse que es una suma de recuerdos, pero en realidad es un mosaico de muchas vidas, cada cual con su historia personal, sus amores y esperanzas.

Fransiles Gallardo utiliza un estilo acumulativo en las historias que va narrando, y los personajes se suceden en cada capítulo, así como sus propias historias. Y se suceden a un ritmo intenso, poblado de regionalismos de Cajamarca con sabor a Tío Lino (el personaje literario más divertido de nuestro país) y anécdotas para desternillarse de la risa o sentir el rumor de la injusticia.

Pero ante todo, el libro es un homenaje, ya que los recuerdos de los padres son determinantes para la suerte del personaje narrador, que ha encontrado en la inmigración el camino hacia la ciudad y la carrera profesional.

Lo curioso es que pese a la abundancia de regionalismos cajamarquinos, casi no existen palabras quechuas o derivados de ellas (ni de la lengua culle, que floreció al sur de Cajamarca y norte de La Libertad), como sí lo encontramos en los regionalismos andinos del centro y del sur. Más bien se trata de regionalismos que deforman el castellano, especialmente el español arcaico, lo que resulta un atractivo adicional para el corpus lingüístico del libro.

Aguas arriba es un libro hermoso. Una novela para alegrarnos la nostalgia.

La perla del Huallaga


Ricardo Vírhuez Villafane / Lima

Juan Rodríguez Pérez (escritor sanmartinense —Sauce, 1952— nos ha sorprendido con su libro de cuentos Nunca me han gustado los lunes (1998) y la novela Historia de amor desesperado (2009), ambientadas entre Lima y la selva alta de la region San Martín.

Hay que señalar que la literatura sanmartinense sentó las bases de toda la literatura amazónica a comienzos del siglo XX. Autores sanmartinenses como Humberto Del Aguila, Francisco Izquierdo Ríos o Luis Hernán Ramírez son muestras notables. Sin embargo, la literatura sanmartinense sufrió un largo estancamiento, que ha sido quebrado recientemente con el surgimiento de nuevas voces, como Werner Bartra Cabrera, Haydith Vásquez Del Aguila y Juan Rodríguez Pérez.

Con la novela La perla del Huallaga (2011), Juan Rodríguez Pérez nos introduce en el mundo de la selva alta, sus costumbres mestizas y su castellano regional de dulce cantar. Y lo hace con el atractivo tema del amor.

Un adolescente que vive en Lima regresa de vacaciones a su tierra natal, entre Huinguillo y Juanjuí, y se enamora de una muchacha vivaz e inolvidable. Como las mejores novelas de amor (recuerdo ahora Anusia (1943) de Julio C. Pozo Cueva y Después del amor y la lluvia (2001) de Antonio Ureta), la novela termina golpeando nuestro optimismo. Las mejores historias de amor, como Romeo y Julieta (Shakespeare) o esa belleza alemana llamada Werther (Goethe), o la intensísima Sonata a Kreutzer (Tolstoi), son las que más duelen y terminan en drama o tragedia.

La perla del Huallaga es un canto al amor adolescente, como si el autor nos mostrara que la belleza del camino (el enamoramiento, los juegos, las pequeñas peleas, los malentendidos) son más complejos que el simple final del camino.

Además, con un estilo llano, directo, a veces chisporroteando de diálogos que hacen la lectura amena, el autor nos sumerge en un mundo inolvidable: la selva alta y sus ríos, su selva y sobre todo su gente calurosa y tierna.

Una novela hermosa y entrañable, sin ninguna duda.

miércoles, septiembre 14, 2011

Oralidad en literatura


Ricardo Virhuez Villafane / Lima

La oralidad en literatura a menudo depende de factores literarios más que de cuestiones antropológicas o lingüísticas.

Advertimos la intensidad lírica de la oralidad, por ejemplo, en la obra de José María Arguedas; la belleza de la oralidad en los neologismos, aliteraciones y metáforas sorprendentes en Gran sertón: veredas de Joao Guimares Rosa; el magma lingüístico impresionante capaz de surgir del castellano quechuizado, al que llaman regionalismo amazónico, en la novela Paiche de César Calvo de Araujo.

Y para seguir citando, la obra abracadabrante de Goyo Martínez, que sacude con su intensidad y desparpajo, casi otro idioma; o la ternura del español quechuizado de Oscar Colchado, que comenzó incluso antes que Arguedas mediante la aplicación de la sintaxis quechua al castellano, trajinó con destreza en las obras teatrales de Zavala Cataño y ahora se regodea tanto en obras de Colchado como en los cuentos de Edgar Norabuena.

Pero la aplicación de la oralidad a la narrativa también ha dejado un inmenso museo naturalista, absurdo, donde se unen la intención de copiar el habla tal cual con la ausencia de ambiciones literarias. La cita de estas obras sería un verdadero abuso.

En otras palabras, la oralidad es una bestia a la que hay que domar. Es decir, el uso de la oralidad en la narrativa tiene como único requisito pasarla por el tamiz literario, reinventarla, rehacerla, para que emerja como un aporte necesario y hermoso.

martes, septiembre 13, 2011

Libros en problemas


Ricardo Vírhuez Villafane / Lima

El problema de la lectura en el Perú se ha complicado un poco.

Primero fue la ausencia de libros destinados a niños y jóvenes que satisfaciera la necesidad de lectura en todos los colegios.

Con el Plan Lector se abrieron las puertas a lo más insospechado. Lo que parecía una buena idea para promover la lectura, se convirtió en un monstruo de mil cabezas.

Primero, surgieron las transnacionales que desempolvaron su mohoso stock de libros que ya nadie quería comprar en sus respectivos países y los presentaron como novedades editoriales a los colegios, principalmente particulares. No fue difícil convencer a propietarios, directores y profesores de estos colegios de que el negocio era seguro: los padres pagaban un sobreprecio y ellos recibían un porcentaje por la venta de cada libro. Así, se creó un círculo vicioso que crece cada día y no parece terminar nunca.

Educación y negocio privado nunca fueron de la mano.

Luego surgieron editoriales peruanas, pequeñas y empeñosas, que empezaron a publicar libros de autores peruanos y que difundían en colegios como parte del Plan Lector. Al comienzo, quisieron hacer la diferencia y ofrecer algo mejor que las transnacionales. Pero negocios son negocios, y ahora participan del mismo sistema de chantaje hacia los padres de familia y publican libros que son una lástima en calidad editorial y literaria.

Incluso los periódicos han advertido de las ventajas del negocio y publican libritos a precios módicos y con gran tiraje. Han construido un impresionante basurero que, sin duda, dará sus frutos en los estudiantes que creerán que escribir muy mal es algo bueno.

Desgraciadamente, no tenemos aún la Asociación de Escritores del Perú que pueda proponer buenas lecturas en lugar de libros-basura, y ese trabajo no quieren hacerlo ni la Academia Peruana de la Lengua ni el Ministerio de Educación, ni las universidades que enseñan Literatura.

Mientras tanto, observamos con pena que la buena idea del Plan Lector no es otra cosa que un festín de mercenarios y una corrupción sin límites.

No se trata simplemente de ofrecer libros a los estudiantes para promover la lectura. Hay que darles buenos libros, para lograr una buena lectura. Esa diferencia es la clave para un cambio necesario en cualquier proyecto de animación a la lectura que queramos emprender.

lunes, septiembre 12, 2011

Arguedas y la Educación


Compilación de citas (1) de Sigfredo Chiroque

Maestro que integra la patria

1. “En un país tan complejo como el nuestro -tan lleno de contradicciones culturales, de creencias distintas- la misión del maestro es realmente aquí, una misión muy difícil; porque en el Perú la educación no se resuelve mediante el método sino mediante el conocimiento de la cultura, de las costumbres de cada pueblo, porque somos un país muy mezclado, un país mestizo en cuanto a concepciones morales, políticas; en fin, somos un país que constituye una mezcla que todavía no ha acabado de definirse. Nosotros los maestros somos los que debemos impulsar esta definición y a esta integración de las creencias. Cuando todo el Perú tenga más o menos una sola creencia, por lo menos una de la cual todos compartamos, seremos patriotas; cuando haya una fe que nos una a todos; pero ahora tenemos veinte mil tipos de fe distintas y por eso no somos patriotas, porque no tenemos elementos ideales de los cuales todos participen” (2).


Experiencia crítica


2. (Cuando yo era estudiante), “una mitad de los profesores que tuve llegaban a la clase con veinte minutos de retraso; diez minutos empleaban en pasar lista, y el resto bostezaban o dictaban algún curso antiguo que los alumnos teníamos que copiar durante el año. La otra mitad de los profesores explicaban todas las cuestiones de sus cursos que el Plan Oficial indicaba, se ceñían al plan con fidelidad militar. Y en el colegio era siempre un local grande, donde profesores y alumnos nos encerrábamos para estudiar tantos cursos: Química, Física, Matemáticas, Geografía, Historia, Anatomía, Botánica.

De lo que pasaba y de lo que había fuera de este local, nunca hablábamos. Del Perú sólo sabíamos una narración –escueta- de los sucesos pasados y una lista de sus ríos, lagos, montañas, provincias y mesetas. En los cinco años de Instrucción Secundaria que hice, nunca leímos un libro en clase, nunca cruzamos una palabra de amistad con los profesores. Ellos eran un grupo de gente y nosotros otro completamente aparte. A la hora del recreo, nosotros jugábamos en los patios; ellos hablaban lejos, en la Sala de Profesores, entre ellos, indiferentes o molestos por la bulla que hacíamos. Y sin embargo éstos, y sin embargo algunos de estos hombres eran muy queridos por nosotros; cuando ellos entraban a la clase, la sala era como una iglesia, por la solemnidad y el silencio. Pero a estos hombres los queríamos. Debió ser por la diferencia que había entre estos fieles cumplidores del programa, y los otros, que se aprovechaban de nuestro respeto para bostezar o revisar sus cartas familiares en la mesa, mientras nosotros guardábamos silencio”
(3).

Conocer al niño

3. “Un maestro no puede formar a sus niños, no puede ponerse en comunicación íntima, cariñosa con ellos si no conocen lo más aproximadamente su espíritu. Ustedes saben perfectamente cómo es el modo de ser de los niños de Lima, por ejemplo, es completamente distinto del modo de ser de los niños de una aldea andina. Y cómo los niños de una aldea andina son también muy distintos de los niños de un puerto o de una población criolla.

Porque las costumbres de los pueblos de la sierra son muy distintas que las costumbres de los pueblos de la costa, y esta diferencia es tan grande que cualquiera de nosotros puede observarla, incluso cualquier turista norteamericano. Porque cuando pasamos de la sierra a la costa, encontramos que todo cambia, las cosas son de diferente forma, el ambiente geográfico es distinto, los animales son otros, las plantas y las flores son distintas. El mundo, todo lo que nos rodea es diferente, se habla quechua como en la sierra, en la costa no se habla quechua; en la costa hay una gran cantidad de elementos para la comodidad, gran dominio de la técnica, una gran influencia de sabiduría y de la civilización occidental, europea o norteamericana. En cambio en la sierra hay una mayor influencia de las costumbres antiguas, entonces esa diferencia y diversidad de creencias forma al mismo tiempo una diferencia de modo de ser en la persona.

Es el conocimiento de la persona quizás lo más importante para el educador”
(4).


Los niños andinos: educación y juego

4. “La conducta del niño indio está también condicionada por la situación que ocupa en la sociedad y por la clase de trabajo a la que se dedican sus padres.

Así el niño indio juega casi invariablemente a manera de un entretenimiento para realizar bien sus ocupaciones de adulto. Podríamos hablar de un tipo de juego funcional y no de recreación pura. Juega imitando las faenas que realizan los mayores: ara, arrea, “animales” –que pueden estar representados por piedras o insectos- y los encierra en “corrales” tosca o primorosamente construidos de guijarros o trozos de barro seco; “construye” casa, acueductos, hornos, molinos. En la hacienda “Huayu Huayu” del distrito de Huanipaca, un niño menor que yo, que tenía entonces 13 años me tomó de “ayudante”, y en varios días, abrimos un acueducto que bajaba desde una acequia de la huerta de la hacienda por la ladera, salvando “quebradas” y “ríos” por puentes hechos de teja o de hojas de maguey; construimos una caída de agua, bien canalizada y un molino de piedra.

El pequeño fabricó la bóveda, luego la piedra solera y la voladora del molino, hizo la rueda y su eje, hasta el dado sobre el cual se apoyaría el eje; fijó las piedras exactamente como en un molino verdadero. Soltó el agua; seguimos la corriente hasta que llegó al canal de “fuerza”, se precipitó y golpeó en las cucharas de la rueda bajo la bóveda, salpicó agua y el molino dio vueltas muy rápidas entre las paredes de la “fabrica”. Contemplé el juguete asombrado y con un regocijo que colmaba el mundo y lo contagiaba.

Don Manuel María, el viejo patrón, que no me estimaba porque me consideraba un “ocioso imaginativo”, descubrió el molino en la tarde del mismo día en que lo habíamos inaugurado, destruyó los delicados acueductos, la caída del agua, la piedra solera y la voladora, la bóveda de cuyo interior las cucharas de la rueda lanzaban chorritos de agua, los derrumbó con los pies, machucando todo con los tacos y la planta de los zapatos, no sin antes haber contemplado sonriente ese “curioso adefesio”. Yo quedé herido para siempre contra ese viejo avaro; el niño indígena corrió hasta el pie de un gran árbol de chirimoya, se acurrucó ahí e hizo cuanto le fuera posible para parecer que no existía. Yo estaba llorando a torrentes cuando el viejo demonio se fue. El niño ni siquiera volvió la cabeza para mirarme. Corrió delante del patrón, cuando este se dirigió a la puerta de la gran huerta, y desapareció. No quiso volver después a la casa hacienda; se escondía de mí. A los pocos días concluyó el turno de trabajo del padre que era siervo de la hacienda, y se fue con él. Me pareció que no sufría, sino que estaba sumamente atemorizado.

Los juegos del niño indio de las comunidades muy aisladas y monolingües constituyen no sólo un medio de entrenamiento biológico, sino social y práctico. Son parte de la educación, puesto que todo el proceso de ella es irregular, aún cuando concurra a la escuela oficial, prepara para otra clase de vida que la habrá de llevar en su medio social nativo”
(5).


Experiencia como docente

5. “Yo he sido profesor durante muchos años en la sierra y en la costa. Debo confesarles que cuando me nombraron profesor de gramática o de castellano, hacia 1939, fui a pedir en primer lugar un programa del curso que debería dictar y me encontré con la sorpresa de que no conocía casi nada del programa.

Me había olvidado por completo de la gramática; sin embargo yo tenía ya algún prestigio como escritor, y el hecho de que no conociera la gramática y sin embargo fuera un escritor de cierto prestigio me estaba demostrando, por un lado que el conocimiento exclusivo de la gramática no es lo más importante para aprender a escribir y expresarse.

Si el conocimiento mismo de la materia que uno va a enseñar es muy importante, en segundo lugar es importantísimo conocer el modo de ser de las personas a quienes les vamos a enseñar y en tercer lugar cómo les vamos a enseñar.

Desgraciadamente ustedes me perdonarán esta frase, porque quizá entre ustedes hay muchos normalistas, en los centros de formación de maestros se da una importancia excesiva a los métodos y mucha menos importancia a esos dos factores que son de los más importantes: el conocimiento de las materias que se deben enseñar y sobre todo de qué modo puede uno acercarse al espíritu de los niños para ganar su confianza y su amistad, su cariño, sin el cual no es posible ninguna formación de instrucción y mucho menos de educación”
(6).

(1) KAPSOLI, Wilfredo (1986). Nosotros los Maestros, Lima, Edit. Horizonte, 1986. Las citas posteriores se encuentran en este texto.

(2) ARGUEDAS, José María. El cuento folklórico, como fuente para el estudio de la cultura. Citado por KAPSOLI, Pág.78

(3) ARGUEDAS, José María. Pumacahua. Citado por KAPSOLI. Pág. 81

(4) ARGUEDAS, José María. El cuento folklórico, como fuente para el estudio de la cultura. Ob. Cit. Pág. 73

(5) ARGUEDAS, José María. Algunas observaciones sobre el niño indio actual y los factores que modelan su conducta. Citado por Kapsoli Pág. 211

(6) ARGUEDAS, José María. El cuento folklórico, como fuente para el estudio de la cultura. Ob. Cit. Pág. 73-74