miércoles, septiembre 10, 2014

El habla de Santiago de Chuco y la poesía vallejiana

Angel Gavidia Ruiz.
Ángel Gavidia Ruiz / Trujillo

El lingüista español nacionalizado argentino Amado Alonso señala que en el mundo poético de todo escritor se tiene que distinguir lo que se debe a su personal potencia creadora y lo que se debe a los modos de conciencia comunales de su idioma: lo que él ofrece a la lengua, y lo que la lengua le ofrece ya hecho al escritor. Lo creado y lo dado, lo personal y lo cultural, el  estilo y la lengua (1).

 Un compatriota y colega suyo, Tomás  Navarro , por otra parte,  hace notar que la historia de cada región ha ido dejando en las formas peculiares de su habla local, huellas de las diversas situaciones  por las que  han pasado sus habitantes  incluyendo  las instituciones, costumbres, actividades, ideas y sentimientos bajo los cuales dicha gente ha vivido. La lengua -dice- puede considerarse como el registro más auténtico y fiel de la tradición de cada lugar. No hay entre los habitantes de cualquier pueblo, comarca o región,  particularidad de modo de hablar en cuanto a la denominación de objetos, a la pronunciación de las palabras o las cadencias e inflexiones del acento que no responda al efecto de la historia de estos lugares. Al lado de la lengua literaria, instrumento esencial de la cultura común, escribe Navarro,  las formas de las hablas locales, en sus modalidades más populares y espontáneas (que algunos injustificadamente desdeñan   como si se tratase de    meros errores fonéticos o gramaticales), revelan influencias y relaciones de valiosa significación histórica. Manifiesta a continuación:   cada una de esas maneras de pronunciar un sonido o de denominar  un objeto ocupa una determinada zona geográfica. Los nombres de las cosas, el sentido de las palabras, la pronunciación de los sonidos y los dejos del acento tienen su geografía propia dentro de las fronteras de cada región o país. Una  de las tareas más importantes en el estudio de la lengua hablada es señalar el área correspondiente a cada una de esas diferencias… (2)

En este punto no resisto la tentación (aun cuando el habla,  de ser algo físico,  tendría más la consistencia del viento)  de compararla con  esos bloques de hielo de  la Cordillera de los Andes en cuyo corazón se halla, de acuerdo a  la calidad y ubicación  de las partículas que alberga, la huella de   las sequías y los fenómenos El Niño que sufrió el país a través de los siglos (3).

La lengua  es el conjunto de signos y de reglas que están a disposición  de todos los hablantes de un mismo idioma,  y el habla es el uso de la lengua que un hablante hace en un mensaje determinado. Por extensión, llamamos habla a la manera de usar la lengua que tiene una determinada comunidad. Martha Hildebrandt escribe que Habla local  es la manera peculiar como se realiza o practica una lengua en un lugar determinado: es igualmente habla local la de Madrid o la de Burgos, la de Lima o la del Cuzco, dice (4).  Ese es el sentido en el que  nos referimos en este ensayo al habla de  Santiago de Chuco: a ese cuerpo de   giros idiomáticos propios, a la mayor frecuencia con la que se recurre a determinadas locuciones, a la presencia a veces muy sutil a veces no tanto de una especial ironía*,  a palabras que denotan influencia del quechua o de culle o de ambos, como rebeldes rezagos del ancestro, en fin, a las inflexiones y al acento con el cual se habla en esta área geográfica.             


-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------   *Hace algunos lustros, cuando hacía un trabajo de investigación sobre la presión arterial en ancianos de Santiago de Chuco, me encontré en una de las calles de la ciudad con un octogenario pueblerino. Le dije que quería tomarle la presión. “Vamos a esa casita de puerta verde” me dijo amablemente, señalándome una casa próxima. “¿Es su casa?”- pregunté. No -me dijo-, es mi posada. Mi casa está allá – volvió a decirme apuntando con su dedo índice el cementerio.

 Pero, como es obvio, la historia de Santiago de Chuco extravasa sus linderos políticos y geográficos. Está emparentada con un área más o menos extensa que abarca Cajamarca, Sánchez Carrión, Julcán,  Otuzco y  el norte de Ancash. Por consiguiente, su habla se extiende difusamente más allá de sus fronteras geográficas.  El poeta pallasquino  Bernardo Rafael  Álvarez  ilustra muy bien la laxitud de los confines: Alguien diría que un río nos separa (dice el vate, refiriéndose al límite entre la provincia de Santiago de Chuco con Pallasca): el Tablachaca más que un tajo (límite o frontera natural le dicen) es, en verdad,  una costura que nos junta. Debemos admitir que, además,  nos vinculan otras cosas; el idioma con su idéntico dejo y sus modismo comunes (zote, alaláu,  adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas del día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos; el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el saludo de dos colosos: el Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce, que hablaba como  nosotros y cuyo abuelo (cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la iglesia de San Juan Bautista de Pallasca (5).

  Santiago de Chuco es una provincia de la zona norandina del Perú  asentada  en el departamento de La Libertad. Tiene   una accidentada geografía  llena de montañas elevadas y quebradas profundas  y tiene, también,   una historia larga y escabrosa que incluye su antigua  pertenencia  al señorío de Cuismanco con su capital Marcahuamachuco , su idioma  conformado por palabras con acento en la última sílaba y con la frecuente presencia del fonema sh*, el  culle , su conquista en la segunda mitad del siglo XVI  por los incas que llegaron trayendo el quechua y, luego,   cuando el  idioma de los incas   se estaban consolidando, vino la  conquista española que introdujo el idioma que ahora se habla, pero que no ha podido eliminar del todo los vocablos aborígenes (6).

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*El fonema sh acompaña al habla santiaguina  “a todo sitio”: se halla formando nombres de    lugares: Shindol, Shirobal, Shiribal, Tapash, Ushno, Ushnobal. Yahuish; de plantas y frutos: shiraque, shulgomo, shiniganda;  de algas: cushuro;  de platos: shambar, shinde, cashallurto, cushal, tushas, carashpo, ñushco; de partes anatómicas del  cuerpo: shubadal (fontanela de recién nacido), minsho o munsho (ombligo), casharón (persona con dentadura visiblemente incompleta);  de aves: shingo (gallinazo), shullulluc (ave canora de plumaje rojo), chushec (ave de malagüero que viaja en el hombro de la muerte), chahuisho (tordo); de utensilios: mushca  (recipiente  escavado en piedra), shanga (contenedor “suspendido en el aire” ubicado generalmente en la cocina, a buen recaudo de los gatos y perros y hasta roedores), shacra (callana, vasija de barro de boca ancha utilizada para tostar granos u otros menesteres); verbos como: cashcar (morder), tushquir (pellizcar), shingar (“pelar”, decorticar  una caña de maíz), shilcar (cortar árboles, los retoños de estos árboles se llaman shilcas);  hay una miscelánea en algunas de cuyas palabras se ha injertado al castellano o al quechua  el referido fonema: sharco ( zarco, de ojos claros, azules o verdes); shurda (zurdo);  shulca ( del quecha sulka, hermano o hijo menor),  caisha ( niño llorosos, desnutrido, débil),   shapra (cuy shapra, burro shapra,  perro shapra, que tiene abundante pelaje),  huasha (del quechua wasa, columna vertebral), pushgo (probablemente venga del quechua p’osqo,  ácido), shilcar  también se usa para referirse a  la acción de quebrar, de fracturar ( Juan es shilcadito: tiene una fractura o una deformidad en la  columna vertebral); shalpirejo (andrajoso, descachalandrado, de trajes muy pobres); shapingo (diablo); amashango (tarántula); congosh (libélula); ishpe ( verruga vulgar); shimba (niño de sexo masculino de pelo largo; también se llama shimba a cada una de las múltiples trenzas con las que se acicala al muchachito de largos cabellos para la ceremonia del “corte de pelo”);  llushpe (superfice lisa); cabracasha (espina de tuna o de cactus);  quesheste (obviamente viene del castellano ¡que es este! o ¿qué es este?. Bueno el quesheste es una sopa muy humilde color marrón oscuro de trigo tostado, el nombre revela el humor santiaguino brotando hasta de la pobreza).  Pero en donde campea el entrañable dígrafo sh es en la formación de hipocorísticos:  Shanto (Santos), Shanty (Santiago), Shigi (Sigfrido), Shego (Segundo), Shanda (Sandalio) , Shana (Susana), Shunsha (Asunción), Shibe (Ceferino), Shaloma (Salomé), Venshe (Wenceslao), Vishe (Vicente), Meshe (Mercedes), Cunshe (Concepción), Bersha (Betsabé),  Marshe (Marcelino), Shesha (César, Cesáreo), Shava (Salvador), Shiba (Alcibiades).
       Los peruanos de otras tierras, para fastidiar a los santiaguinos les recuerdan al famoso shufishente, un fémur de vacuno que, en las épocas de  hambruna, que las hubo (¡y terribles!), se usaba, supongo,  más como un saborizante que como parte del mito de  dotar al caldo de “sustancia”. Este no debía “gastarse” mucho, entonces permanecía apenas  minutos o quizás segundos en la olla de agua hervida y se retiraba presuroso a la voz de “¡suficiente!, ¡suficiente!”. El hueso, entonces, ascendía, como una bandera en un mástil imaginario a su posición original, probablemente disputándole la ubicación a la shanga. Pero que no se burlen los amigos de otras tierras: el mismísimo nobel de literatura Gabriel García Márquez también tuvo su shufishente. Dice en su libro de memorias  Vivir para contarla  que doña Luisa Santiaga, su madre, por la que guardaba “una admiración pasmosa”  tenía un carácter de leona callada pero feroz ante la adversidad y que en los peores momentos se reía de sus propios recursos providenciales “como la vez en que  compró una rodilla de buey y la hirvió día tras día para el caldo cotidiano cada vez  más aguado, hasta que ya no dio para más”. Antonio Muñoz Monge recuerda en una sabrosa crónica dominical que  en otros lugares de la sierra peruana se llama mocontullo (moqo en quechua es rodilla) y es un “hueso de la rodilla” o de “cabeza de fémur”. Es, entonces, una práctica bastante extendida aquella que se atribuye con cierta maledicencia sólo a los santiaguinos, cuando ha  llegado incluso hasta la señorial Arequipa, aunque, en tiempos mejores,  es posible que el contacto del  hueso y el hirviente líquido  sea más sosegado. Ahora, pienso que es mucho más difícil que, nuestro nobel Mario Vargas Llosa,  aunque vivió parte de su niñez en Arequipa,  haya tomado un caldo con el famoso shufishente o mocontullo  por su  extracción social menos popular.
Hay una palabra que denota una soledad muy cercana a la orfandad:” sholito”. No “ solo”, tampoco ,  su diminutivo, “solito” que ya es bastante tierno y triste, sino sholito: palabra que trae implícita  solidaridad, frente a una, digo, soledad de a de veras, en especial, de los niños.

Esta provincia fue “entregada” a la  Orden Religiosa de los Augustinos para que se ocupara de las cuestiones de la fe o más precisamente para que instruyera en la doctrina católica (6) y consecuentemente combatiera la creencia en los  dioses nativos  como el dios Catequil, en esta línea fue testigo del cambio del nombre de sus cerros- adoratorios como Killa-Hirca  o Mirador de la Luna que pasó a ser el  cerro San Cristóbal*. En este periodo existieron conatos de sublevaciones incluso previos a la rebelión de  Túpac Amaru que fueron sofocados (7).  Más adelante la población santiaguina, fue partícipe de  las luchas por la independencia,  pues por su territorio pasó el libertador Simón Bolívar quien según algunas versiones manejó como   probables escenarios para las batallas finales por la independencia Mollepata (Santiago de Santiago de Chuco) y Corongo (Provincia al norte de Ancash) (8). Más tarde, en 1883,  ya en la República, Santiago de Chuco tuvo que soportar   el oprobioso tránsito  de parte del ejército chileno por su suelo durante  la  Guerra del Pacífico  en la que participa el pueblo  aportando  víveres y organizando un batallón integrado por    200 de sus mejores hijos que van a  engrosar el ejército de  Cáceres que es derrotado en la batalla de Huamachuco (9). Vallejo nacerá 9 años después.

*Indudablemente algo tiene que ver esta circunstancia histórico-religiosa con estos versos de “Terceto autóctono” de Los heraldos negros: Luce el Apóstol en su trono, luego/ y es, entre inciensos, cirios y cantares, / el moderno dios-sol para el labriego.

  Aún queda, de la civilización preincaica,  las esculturas en piedra que retratan a los viejos habitantes de estas tierras tocados por unos gorros de un diseño especial confeccionados de lana,  por los que se les llamó “los chucos”, y queda en uno de los versos de Vallejo una misteriosa palabra, tahuashando,  que podría sintetizar este apretado recorrido  histórico. Existe la hipótesis que tauhuashando viene de dos voces ancestrales, la primera, quechua, tahua que significa cuatro, la segunda sha, probablemente culle, que significaría  en fila y la terminación ando con la que,  en  idioma castellano,  se construye el gerundio(10).
      Quizá sería bueno repasar aquí  la primera impresión que  le produjo al escritor Francisco Izquierdo su  encuentro con la cuna de Vallejo: Santiago de Chuco, dice,  –conjunción maravillosa de hombre y de tierra, de paisaje y espíritu-, ejerce en el visitante una poderosa influencia: aflora de sus entrañas una rara y potente fuerza que todo lo envuelve, lo rebasa. Hay en él de fino, de delicado, como de bravo, de hosco. Árboles y pájaros, rocas y abismos. Madrigal y emoción heroica. Realidad cósmica que explica el brote, la existencia de un genio como Vallejo. Sólo una tierra así ha podido dar un hombre de esa dimensión (11).

    Maupassant, en un párrafo del cuento El Horla,  describe la relación del hombre con la tierra, con su pueblo (obviamente se trata  de otra tierra y otro pueblo, sin embargo, el nexo  que lo une es igual de entrañable  y total), el personaje de Maupassant se expresa  en estos términos:  Me gusta esta región, y me gusta vivir en ella  porque aquí tengo mis raíces, esas profundas y delicadas raíces que ligan a un hombre a la tierra, donde sus abuelos han nacido y han muerto, que lo ligan a lo que allí se piensa y se come, lo mismo a las costumbres que a los alimentos, a las locuciones locales, las entonaciones de los campesinos, los olores del suelo, de los pueblos y del propio aire (12).

Cómo no recordar en esta parte y al amparo de este texto esos diminutivos tan frecuentemente utilizados por Vallejo: pocito, vaporcito, pedacito, hombrecito, matita; y cómo no evocar también esos poemas poblados de apetitosas comidas y bebidas: pan fresco, caldo, cuy o cuya para comerlos fritos con los bravos rocotos de los temples, manteca,  chicha, vino, coñac (dirán que el coñac es francés y que  qué tiene que ver con el habla santiaguina, les contesto que habría que rastrear como llegó esta bebida a ser un asentativo frecuente en las familias más acomodadas), queso, jamón, y el  escenario respectivo como el ruido aperital de platos, los alegres tiroriros, que, entiendo, son los sonidos que provocan los cubiertos al “poner la mesa” y ya más allá o fuera del ámbito de las comidas y bebidas pero siguiendo en el espacio familiar, esa frase : linda cólera cantora de la madre ( esa suerte de letanía tan santiaguina e inofensiva aun cuando molesta y que se da generalmente en las mañanas); luego las procesiones, la gobernación, los caminos, las piedras, Irichugo, Menocucho; pero en donde más se percibe la influencia del habla santiaguina no es en palabras aisladas si no en frases  tales como: Yo no sé;  yo no sé qué me da ; quién nos hubiera dicho; cuál llorarás;  como todo un hombrecito; ¡Caballísimo de mí!; quiero desgraciarme; digo, es un decir; qué gracia; porque están en su casa; dulzura corazona;   no hay noticias de los hijos hoy; con el cantar del gallo; ¡Cosa buena!; de barriga; echar una cana al aire;    vamos a ver; en pelo; a pelo; ya ni sé qué hacer con él;  mi cosa; no seas así; qué frío hay…Jesús, ¿Di, mamá?;  aguaita, aguaita, aguaita; no vaya ser que lo haces porque yo te lo ruego;   no me vayas a hacer cosas; hasta las cachas *.

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*Me pregunto si donkey será la palabra adecuada para trasladar al inglés el asno  de: Fue domingo en las claras orejas de mi burro, / de mi burro peruano en el Perú (perdonen la tristeza). Jaime de Ojeda dice que toda traducción es un naufragio irreparable y doloroso y yo digo que es mucho más cuando se trata de la poesía de Vallejo. De Ojeda se lamenta en un prólogo a Alicia en el país de las maravillas en estos términos: Alicia es uno de esos fenómenos literarios que no admiten trasplantes y pese a todo el cuidado que se ponga en guardar intacto su  significado vernáculo en ese naufragio irreparable y doloroso que es toda traducción, creo que es prácticamente imposible “trasladar” a la mente del lector castellano todo el contenido de vivencias sabrosas, de evocaciones misteriosas y de introspección cultural de que está lleno este precioso libro.

                     
El habla local, como el habla familiar, tienen fueros inalienables: subjetividad, afectividad, intimidad, emotividad, naturalidad, espontaneidad, particularidad, vivacidad, dice  Hildebrandt, y dice también que la poesía, el teatro y, sobre todo, el cuento y la novela, imponen su propio lenguaje que casi siempre incluye – consciente o intuitivamente- una buena porción de expresiones de la correspondiente habla local (4).

En la poesía de Vallejo, como en  el río Chacomas en sus buenos tiempos, se puede  pescar santiaguinismos como si fueran truchas, desde el primer poema de  Los heraldos negros hasta el último de  España, aparta de mí este cáliz, aun cuando ambos poemarios están  cronológicamente en los extremos. En el primer poema de Los heraldos negros, ese “en la puerta del horno se nos quema” viene del refrán tantas veces usado por los santiaguinos,  yo no sé si más como una ausencia de certezas o como una frustración  tanto más dolorosa cuanto más cercano se estaba de la meta. El último poema de España,  aparta de mí este cáliz  aloja ese “digo,  es un decir” reiterativo,   entre otros decires de Santiago de Chuco, expresión que denota una posibilidad muy alejada, una conjetura,  casi una necedad.

Marco Martos, en el poema LXV de Trilce que comienza con “Madre, me voy mañana a Santiago”, al comentar el verso “¿no oyes tascar dianas?”  dice : Diana toque militar al romper el día, para que la tropa se levante. De donde “tascar dianas” equivale a romper el tiempo (13). Diana era en Santiago de Chuco una tonada especial con la que se recibía a los amigos. “Tócale una diana”, “Échale una diana” eran expresiones con las que se “le daba el pase” a los  músicos que acompañaban a la comitiva para iniciar el homenaje de bienvenida. También se tocaban dianas a algunos personajes  distinguidos como parte de los honores de los que eran objeto.

En el repaso biográfico que hace José Miguel Oviedo dice que “por el 1912 hizo el entonces largo y penoso viaje a Lima desde Trujillo que quizás este evocado en el poema Los arrieros: Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor. / La hacienda Menocucho/ cobra mil sinsabores diarios por la vida” (14).En realidad Menocucho es un centro poblado del distrito del Laredo hasta donde llegaba el ferrocarril en los tiempos de Vallejo; entonces los viajeros que venían de la sierra a Trujillo o retornaban a sus pueblos de origen desde esta ciudad costeña paraban allí.

Sin embargo, Antonio Melis citado por Jorge Díaz Herrera, es cribe: Yo creo que puede ser un elemento útil conocer el contexto. Pero también puede despistar. Una exageración de esto puede llevar a una crítica contenidista, y a establecer una relación mecánica entre el contexto histórico y la realización artística. Es útil pero no es suficiente. Lo que queda a lo largo del tiempo es lo que no está estrictamente vinculado a su tiempo (15).

Pero en el caso de la poesía de Vallejo que tantas veces torna al habla santiaguina, es un paso indispensable el conocerla. Díaz Herrera cuenta que ese verso ¡Me friegan los cóndores! tuvo tantas interpretaciones incluso aquella a mi entender bastante torpe de que los le cóndores incomodaban al poeta porque no servían para comerse; pero Natividad, la hermana de Vallejo le dio la clave: condor, “condorazo” es la clase de tipo adinerado y prepotente que hace lo que quiere en el pueblo (16). Y cuando comentó con la misma hermana del poeta sobre  el verso aquel de  confiar en el anteojo  y no en el ojo,  la santiaguina le dijo sencilla y sabiamente ¿Cómo va Ud. a confiar en un ojo miope, pues señor? (17) Así,   por lo menos también  ocupará un anaquel en los andamios  de interpretaciones y discusiones levantados a propósito de esta “enigmática” línea de uno de los textos de Poemas Humanos.

En una entrevista a Víctor Raúl Haya de la Torre realizada por César Lévano y César Hildebradth, el fundador del APRA refiere: “A Vallejo se le  achacaba  oscuridad y galimatías. Pero por ejemplo hay un poema que nosotros lo conocemos mucho en su origen. Cuando él dice: “Serpentínica u de bizcochero engirafada al tímpano”. Eso  no tiene explicación posible, ¿no? Y por eso lo han atacado mucho. Bueno, Vallejo vivía en unos balcones que hasta ahora están, de lo que llamaban Hotel del Arco. Yo incluso he estudiado con él muchas veces allí. Ese balcón daba a una calle San Martín, que era una calle entonces soleada, tranquila, a las dos de la tarde. Había unos bizcocheros que llevaban sus cestas grandes y que pregonaban su mercadería diciendo: “¡Bizcocheró-uuu!¡ Bizcocheró-uuu!”. Él era muy goloso…Y entonces, fíjese Ud.  cuando él dice: “Serpentínica u de bizcochero engirafada en tímpano”, él estaba en el balcón donde él vivía. Corría entonces a alcanzar a los bizcocheros, en cuanto los escuchaba. Alguna vez yo le decía. “Oye, pero yo no entiendo eso” (18).

Muy similar es la versión que le alcanzó Orrego a Jorge Díaz Herrera. Sólo cambia en el decir del bizcochero y en el nombre de hotel: “¡bizcuuuuuchos!” y el hotel,  “Carranza” (19).

En la interpretación de estos versos el contexto es fundamental, y los testimonios de Haya y de Orrego dan luces también de algunos de los sorprendentes recursos con los que trabajaba el inmenso Cholo.

Puede parecer una caricatura o broma de mal gusto pero en una ocasión me llegó un fajo de postales con cuadros alusivos a la poesía del autor de Los heraldos negros. Venían de un país extranjero y medianamente culto. Y en una de ellas que, al parecer,  intentaba ilustrar el poema  A mi hermano Miguel había un hermoso “bípedo emplumado”  y el poyo de la casa brillaba por su ausencia.

Es, por lo tanto, tarea prioritaria continuar abriendo la trocha que ya han comenzado, entre otros,   Francisco Izquierdo, César Ángeles, Carlos Barbarán Urquizo , Danilo Sánchez Lihón ,  Javier Delgado Benítez , Jorge Díaz Herrera , Ramón Noriega Torero, Hermes Torres Pereda (en su Apuntes y documentos… identifica y estudia y hace  seguimiento a varios personajes vallejianos  tales como al cura Santiago, Santiago Elías Miñano; al ciego Santiago, el campanero Santiago Cribilleros; el músico Méndez, Raúl Méndez Valderrama). Pero falta aún una pista asfaltada que nos lleve lo más cercanamente posible al significado de esos decires santiaguinos, que como cactus o árboles “extraños” se hallan esparcidos en  Los heraldos negros, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Ayudará mucho conocer el habla santiaguina para leer a Vallejo,  aunque al final, como siempre sucede en poesía, el lector, tomando las palabras de poeta Bernardo Rafael Álvarez, termine escuchando los alaridos de su propia canción.

Además de ser importante la tarea de estudiar el habla santiaguina, es urgente por que los que hablaron la lengua de Vallejo, por razón de los años, son cada vez  menos. Y no sólo por los años, también por la televisión y por el fenómeno de la globalización.  Y los viejos santiaguinos facilitarían mucho este estudio. Recordemos que la lengua no es estática y menos el habla y, con seguridad, la de estos tiempos no es igual a aquella, de cuyas canteras, como si se tratara de piedras preciosas,  el poeta sacó una y otra vez parte del material, para muchos enigmático, con el que construyó su inconmesurable poesía.

BIBLIOGRAFÍA

1.     Alonso A. El problema argentino de la lengua. Revista Sur 1932. Argentina, P 137.
2.     Suarez V. El español que se habla en Yucatán. Apuntes filológicos. En Prólogo de la primera edición. Ediciones Universidad Autónoma de Yucatán. Tercera edición 1996. México.
3.     Thompson L. Glacialogical Investigations of The Tropical Quelccaya Ice C ap, Perú. Journal of Glaciolog. Vol 25 n 91, 1980, P 69-84.
4.     Hildebrandt M. Peruanismos. 1ra Ed. Editorial Planeta Perú S.A. 2,013. Lima,  P 5-15.
5.     Álvarez, R. Prólogo. En Gavidia G. El idilio de Cochapamba. 1ra Edición. Papel de viento Editores.2, 005. Trujillo- Perú.  P 9-12.
6.     Kauffmann F. Los liberteños ancestrales. En Gran enciclopedia del Perú. Lexus Editores. 1998. España, p 561-586.
7.     Espinoza W. Geografía histórica de Huamachuco. Creación del corregimiento. En Torres H. Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p. 149-165.
8.     Torres H. Santiago de Chuco en la estrategia de Bolívar. En  Torres H. Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra Edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p 43-46.
9.     Torres H. Santiago de Chuco y la guerra del Pacífico. En Apuntes y documentos para Santiago de Chuco. 1ra Edición a cargo de Hermes Torres Pereda. Trujillo- Perú p 31-35.
10.  Ángeles C. César Vallejo. Su obra. Seguda edición 1993. Lima-Perú p.149.
11.  Izquierdo F. César Vallejo y su tierra. Ediciones SEA/ CONCYTEC.  1989. Trujillo-Perú.p 15
12.  Maupassant G. El Horla. Alianza editorial 1994. Madrid. P 5.
13. Martos M. Trilce/ César Vallejo. Edición anotada con estudio preliminar y glosario de Marco Martos y Elsa Villanueva. Editorial Peisa 1987. Lima Perú p 160.
14. Oviedo J. César Vallejo. Biblioteca Visión Peruana. Los que hicieron el Perú. Lima Perú. P 9.
15. Díaz J. El placer de leer a Vallejo en zapatillas. 1ra Edición.  Editorial San Marcos. Lima Perú. 2009. P 27.
16. Op cit.p 13-14
17. Op.cit p 23-24
18. Hildebrandt C. Cambio de palabras. 2da edición. Tierra Nueva Editores. Lima –Perú.  2008. P 43-44
19. Díaz J. El placer de leer a Vallejo en zapatillas. 1ra Edición. Editorial San Marcos. Lima Perú. 2009. P 25.


     

martes, septiembre 09, 2014

Adiós, tío Washigton

Miguel Rodríguez Liñán / Peyrolles-en-Provence


 Como llegó una pareja de amigos de Aix-en-Provence, les presté mi homérico studio ese domingo, les dejé las llaves, una botella de Côtes-du-Rhône medalla de oro, un pollo ahumado frío, unos tomates, un pepinillo, un poco de arroz del almuerzo, y luego de dar algunas recomendaciones para la complicada utilización de la ducha, y mirando inquieto unos cascarones de agua que colgaban del techo, inflando el yeso, amenazando con reventarse, bueno, que la pasen bien, dije, y me fui a casa de Giorgio di Chirico en el boulevard Ornano. Cuando voy a casa de Giorgio –refugio auténtico, como dice el Salvajón de mi guarida– tengo suerte. Por una vez, mentí al apuntarme.
      –¿Aló, Giorgio?
      –¡Qué gusto, maestro!
      –Estoy solo, triste, sin amor y buscando amigos, ¿puedo pasar? ¿Me puedo quedar esta noche en tu casa?
      Sin dudar un milésimo de segundo Giorgio respondió:
      –Por supuesto. Te esperamos.
      Tres estaciones de metro me separan del paraíso en Ornano, donde varias veces he despescuezado a la horrible soledad de París. Me zambullo en el metro Barbès-Rochechouart, en menos de cinco minutos emerjo por la Porte de Clignancourt, con otro Côtes-du-Rhône medalla de oro bajo el brazo. Estamos en una de las fronteras de París, muy cerca del bulevard periférico que separa el barrio 18 de la humanidad. Tecleo la clave de entrada, me meto en ese lindo ascensor que parece una jaula de madera, bajo en el quinto piso y aparece la gran figura de Giorgio, con tremenda sonrisa y los brazos abiertos.
      –¡Qué gusto, maestro!
      –Es que llegó una pareja, Giorgio –explico recién–, les dejé mi jato para que se ahorren el hotel.
      –No hay problema, maestro, adelante.
      Me doy con la sorpresa de que Brigitte ha preparado una copiosa, suculenta cena, y que hay dos parejas más, y que caigo a pelo para la cena.
      –¿Un whisky, maestro?
      –No quiero –digo ávido, en état de manque manifeste–, lo necesito.
      Después del doble whiskazo irlandés, secante nomás, sin hielo, eso que sentí como un incontrolable nerviosismo al emergir de las vísceras del metro, ese no sé qué, esa perseguidora, ese sudorcito pegajoso en las manos, desaparece por arte de Irlanda, tierra mágica.
      La cena transcurre, amena y opípara, bien rociada con sangre de Cristo, y no sé cuántas horas hemos hablado de poesía peruana, porque ya son las tres, las cuatro de la madrugada, sólo quedamos Giorgio y yo. Se procede a la elaboración de una larga lista de narradores y poetas mientras sentimos la bendición de esta madrugada cayendo suave sobre los tejados de Clignancourt. Giorgio tiene una memoria del carajo para los nombres propios. Esta noche, habla bastante de un escritor llamado Cromwell Jara. ¡Cromwell! Pienso unos segundos en el jefe militar, hombre político, lord y puritano Olivier Cromwell, y también en una pieza teatral así titulada, Cromwell, que Victor Hugo le consagró. Poco después, me acuerdo que tuve una simpática polémica con Giorgio, ya que nuestras preferencias filosóficas o literarias por lo general difieren, mejor así, siempre me parece saludable no estar de acuerdo para enriquecer el diálogo. De todo se habló, se habla esta noche, con las barriguitas llenas, ahora sí contentos, inspirados por el conejo cocinado en cidra, beatificados por los varios Chianti, por los Côtes-du-Rhône, salud, maestro. También hablamos bastante de los dos Césares, Vallejo y Moro. Ya estamos, otra vez, sorbiendo aquel whisky made in Irlanda.
      –André Coyné está en la patria –digo– y según sé piensa dar algunas conferencias. Fue muy amigo de César Moro, y creo que se amaban de verdad. Tengo el tremendo gusto de conocer a Coyné.
      Eché un vistazo a mi libreta. Hace poco anoté unos versos de Moro. Algo leí también, a propósito, para otra presentación en homenaje suyo que tuvo lugar en el acostumbrado Trois Mailletz. César Moro ha escrito el grueso de su obra en francés, este fenómeno me parece tan raro y extraordinario como el caso de un Samuel Beckett, por ejemplo. Si Moro escribió en francés, fue seguramente porque se sentía mejor utilizando la lengua gala.

Traduire le fol aller
Des algues
A Trafalgar Square

(Traducir el loco escape
De las algas
En la plaza Trafalgar)

      Ese substantivo que también puede utilizarse como adjetivo, fol, es muy antiguo, rebuscado y erudito. Es una palabra que ya desapareció de la lengua contemporánea, pero que puede utilizarse como lo hace Moro, como una licencia poética, para evitar el hiatus. Precisamente de este detalle estilístico hablé aquella vez con mi tío Washington, en el Casino Español de Chimbote, por eso lo menciono, en memoria suya, en tu memoria, diciéndote chau, tío Washington.
      Giorgio y yo seguimos dando rienda suelta a la sin hueso, y en un intervalo doy un salto al almuerzo ese, allá en Chimbote, en el Casino Español, frente al Malecón Grau, cuando la increíble presentación de mi libro. También hablamos de la bouillabaisse, de l’anchoïade y, de paso, de François Premier o Francisco primero, a quien asocio necesariamente esta palabrita fol, que quiere decir loco, rey letrado que escribió el siguiente proverbio digno de inmortalidad: Souvent femme varie / Bien fol qui s’y fie, que traduciremos campechanamente, así: Mujer cambia a menudo / quien le cree es un cojudo. Algo de ésto le cuento a Giorgio, cuya generosa diestra sigue como suspendida, hoy en mi memoria, en el gesto de escanciar los dobles whiskazos irish, que tomamos secante nomás, sin hielo.
      –De regreso a Francia hice una pequeña investigación para ver eso de fol –digo.
      La verdad, poco le interesa el paréntesis histórico a Giorgio, él habla que habla de literatura y poesía made in la patria, nada de reyes, ni aunque se trate de Francisco Primero o Carlos Quinto. La verdad, también, es que a pesar de un cierto rechazo por el chovinismo, me encanta evocar al Perú, hablar del Perú, de los poetas peruanos, de modo que la sin hueso menciona a Juan Parra del Riego, a Carlos Oquendo de Amat, de nuevo a César Moro y a César Vallejo; luego hablamos de Westphalen, de Sologuren, de Eielson. Hasta que llegamos a la llamada generación del 50. Giorgio sabe que la poesía de Vallejo no me incumbe ni me interesa bajo ningún aspecto, por algo que llamo su cristología o martirologio, de modo que resbalamos sobre el tema. De regreso a las épocas de Francisco Primero, ese rey que andaba en guerra con Carlos Quinto, en contubernio con el papado y de pronto con los poderosos Borgia, me veo de nuevo en el Casino Español, mientras mi tío Washington dice:
      –Francisco Primero era un gran seductor, un amante sincero del lujo y las artes. Era un rey muy fino y muy letrado. Es el fundador del prestigioso Collège de France.
      La mesa del almuerzo-banquete es larga, larguísima, parece una mesa de película, los manteles son muy blancos, de tela verdadera, de algodón o de lino, y llega la primer ronda de pisco sagüer para el brindis de honor. Por un momento, me concentro en la felicidad de Jaime, mi pata editor-poeta, que desde el inicio me ha colocado a la diestra de mi tío Washington. De nuevo veo el proverbio, ahora escrito con pluma de ganso y tinta china sobre un papiro, por el rey sabio y galán: Souvent femme varie / Bien fol qui s’y fie. Miro de nuevo el rostro radiante de Jaime y la elegancia de mi tío Washington. Siento algo muy agradable que de él emana: buenas ondas. Y hablando un poco de mujeres y amor, de amor y mujeres, me doy cuenta que mi tío Washington profesa ambos cultos, que en verdad son uno, del Amor y de la Dama, como al inicio de los tiempos, en las épocas de los trobadores occitanos.
      Mientras tanto, aquí en el paraíso de Ornano-Clignancourt, ya pronto amanece y siento que el dios sumerio de la luna camina por los techos, me parece oir sus afelpados pasos, imaginación que me parece tan importante como los geranios, los parques y la tierra de cierto poema de Washington que leí siendo adolescente, allá en el Reino.
      –André Coyné dice que poeta es alguien que no escribe para algo sino por qué sí y punto, Giorgio– digo.
      Pero de pronto ya estamos hablando de Huanchaco, de Trujillo, de Zarumilla, de Sullana –los predios de Giorgio.
      –En Zarumilla –dice éste– uno podía ir a un local con piso de tierra, a cualquier hora del día o de la noche, la dueña le decía a las chicas, chicas, arréglense, ya llegaron los clientes, son clientes muy buenos, píntense, perfúmense, pónganse sus mejores vestidos, de verdad estos clientes son muuuy buenos, hay que esmerarse…
      –¿Y qué querían los clientes?
      –¡Pero maestro! ¿Qué es lo que quiere el negro? ¡Dos horas de música y mujeres para bailar! –exclama el gran Giorgio riéndose.
      A estas horas de la madrugada ambos venderíamos nuestras almas por un caldo de gallina levantamuertos, aromatizado con limón, culantro y rocoto en rodajas, tipo desayuno. De modo que se aprueba la venta de ánimas y ya estamos en la cocina preparando la poción –un excelente pollo del Gers a falta de una gallina patria– , hablándole yo ahora de la novela Rosa Cuchillo de Oscar Colchado, cuando se procede al descorchado, ¡ploc!, del último Chianti salido de la nada. Resulta que Giorgio también conoce a Oscar y a tantos otros, a muchos que yo no conozco, hay material suficiente para elaborar otra lista. La verdad, hace mil horas que estamos hablando de la patria y sus poetas, ahora de Carlos Germán Belli, de Alejandro Romualdo, de Juan Gonzalo Rose, de Paco Bendezú, de mi tío Washington Delgado, y yo vuelvo a pensar en los versos de ese poema titulado Porvenir en los parques, donde se habla de geranios que anulan la guerra, que leí en el sillón de la casa familiar en la urbanización Buenos Aires, cuando ya soñaba con venir a París. « Y ya estoy en París », pienso con asombro, « ¡ya estoy en París! » Terminando el caldo y matando al Chianti nos acordamos de Rosella di Paolo, de Patricia Alba, de Mariela Dreyfus. Con cierta inquietud constato que no no tengo sueño, que el bendito sueño me anda sacando el cuerpo, y como ya pasó la noche, y como ya son las seis de la mañana voy a dar una vuelta por el mercado de Château Rouge, gracias por todo, mi querido Giorgio. Luego me dirijo hacia mi casa. En la esquina brilla la M del metro Barbès-Rochechouart, que pasa sobre mi cabeza dando trancazos y sacando chispas de los rieles. Son las siete. Para no molestar a la pareja que seguramente todavía duerme en mi studio, voy a dar una vuelta por boulevard de Clichy, hasta la M del metro Blanche, donde penetro, sin saber por qué, rumbo a la Gare Saint-Lazare donde bebo dos Leffes. Cuando vuelvo por fin al studio, ya se ha ido la pareja, me han dejado un papelito que dice: « Ha llamado Anouk. Dice que el poeta Washington Delgado ha muerto. »
      Me acuesto exhausto, verdaderamente exhausto, pero no tengo sueño, maldita sea. Mirando al techo, recuerdo la conversación que tuve hará un par de semanas con André Coyné, que vive en Montpellier. Pedigüeño como algunos escritores, lo llamé diciéndole que estaba con la soga al cuello, que ya van dos meses impagos de alquiler, mi estimado Coyné, y que quería postular a una beca, y que me recomendase, por favor. Me acuerdo también que hablamos de Arguedas y yo le conté que, hace poco, el escritor yatiri José Luis Ayala estuvo de paso por París. Y nada de sueño. Teóricamente, he debido caer fulminado por la noche y por los tragos; sin embargo, como ciertos atletas, experimento ahora « el segundo aliento », de modo que el cansancio se transforma en energía, en una energía terrible, y el sueño en una vigilia cuya manifestación es algo que siento como una lucidez extremada, terrible, como si hubiese esnifado cocaína. Experimento un sentimiento de soledad aplastante, pese a que tengo plétora de amigos. Siento los ojos del alma abiertos de par en par, como ventanas de una casa misteriosa –el recinto del ser. Me invade la certidumbre de que algo, no sé qué, pronto ha de manifestarse en mí, en el recinto de mi ser individual. Una fea interrogante me remueve hasta los más recónditos cimientos –si todavía quedan, después de tanta destrucción. « ¿Acaso estoy enloqueciendo? » Y luego: « son los tragos, maldita sea, hay que moderarse, esto es como un campanazo, es la voz doble del cuerpo y del cerebro. » Culpable y flagelado por los incontrolables excesos de tragos recuerdo aquella vez, allá en Montpellier, cuando fui a visitar a Coyné de puro macho, temblando, en état de manque manifeste. Difícil es describir para quien no lo conozca este deplorable estado, que siempre viene acompañado de paranoia, de cierta sofocación, de monstruos y diablos, de pánico. Lo peor, creo, es el hecho de sentirse infinitamente miserable, en el sentido peor y más fuerte de la palabra, y despojado, y muy cerca de la muerte –aunque cabe la posibilidad de que uno ya esté muerto.
      Ahora que recuerdo mejor, me quedé dormido una media hora allá en Clignancourt antes de salir intempestivamente hacia Château Rouge con la intención de tomarme un par de cervezas. Recuerdo también haber mirado una y otra vez, los techos grises y brillosos, las luces, los comercios, la boca del metro, como idiotizado, en estado de semi delirio, aún no tremens, como el que ahora me ataca. Pero Clignancourt, mi querido Giorgio, mi querida Brigitte, los techos de Clignancourt, el cielo malva del amanecer en Clignancourt, increíble, me parece tan lejos ya. Surge de una mar imaginaria un grupo de muchachos sanmarquinos que se hacen llamar Estación Reunida. Sigo avanzando en la mar y veo un grupo llamado, humorística e irónicamente, La Sagrada Familia. ¿El año? Probablemente 1975 o 1976, yo apenas tengo quince años, sueño con ser futbolista, de nuevo estoy en la sala de la casa familiar de la urbanización Buenos Aires. ¡La Sagrada Familia! Veo a cuatro jovenes: Ruth Barrueto en bluyín, Enrique Sánchez Hernani con lentes de actor hollywoodense, Luis Alberto Castillo con la chompa amarrada al cuello, José Morales Saravia con casaca y lentes. Sigo avanzando en la mar y veo a todos los de Hora Zero, incluyendo a Mario Luna. Sigo avanzando en la mar y veo un grupo de muchachos rebeldes que enarbolan la bandera de un nombre provocador: Kloaka.
      De regreso al maldito París con aguacero, recién son las nueve o las diez de la horrorosa mañana de delirium tremens bajo las horrorosas sábanas. Como algo le había comentado a Giorgio, medio en broma para no preocuparlo, sobre la persistencia del insomnio, me recomendó unas pastillas sedantes que compré en Château Rouge, cuando sorbí dos chelas –en la calle, en una esquina, como un clochard– para calmar los nervios. Y como estaba con la paranoia viva, pensé que podían asaltarme, por eso me vine caminando rápido por el boulevard Ornano hasta Barbès, donde fui como aspirado por la boca tibiona del metro. Y aquí en mi casa, en el studio que heredé de Charlie, desoyendo los consejos de éste, me levanto a las tres de la madrugada como un fantasma, como un ser ectoplasmático y, aprovechando que los dueños del super depa están en Barcelona, me dirijo a la cocina donde, por suerte, encuentro una botella de Champagne. De regreso al studio, enciendo la compu para ver si he recibido mensajes. Nada. Pura publicidad. Con el último vaso del Champagne redentor me trago un par de sedantes. Por fin, después de batallar con los dragones de mis nervios, me gana el sueño y caigo rodando y dando tumbos por el precipicio del sueño, como el Cónsul de Cuernavaca.

      ¡Qué felicidad! ¡Estamos en Chimbote otra vez! ¡En el rico Chimbote! No sé cómo se las ha ingeniado mi querido Jaime Guzmán Aranda para que vengan Washington Delgado, Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez al puerto, donde serán recibidos con mucha bulla, con desfiles, con desayunos, almuerzos, con cenas. Los tres tigres llegan de madrugada, a las tres, a las cuatro, y a las nueve ya estamos tomando desayuno con tamales en Río Santa Editores. El taller es amplio y lindo. Veo estanterías con los útiles escolares de mi infancia –coquitos, jaimitos, luisitos, enciclopedias Bruño, lápices, tajadores, compases, reglas, borradores, cuadernos– y siento una gran felicidad. Para empezar, he logrado realizar mi sueño de ser escritor; luego, los tamales, el ambiente de camaradería, de amistad. El hecho de ser consciente de éso, es decir de haber realizado mi sueño, me causa cosquillas de alegría, pielcita de gallina, temblorcitos gozozos. Sin embargo, me siento algo intrigado por este inesperado alboroto, por esta increíble fiesta. Desde aquel momento inicial hasta la despedida con piscos sagüer y Casilleros del Diablo en el Venecia, estaré a mano derecha de mi tío Washington. Debido a mi temperamento burlesco a veces me siento medio « malito »; por eso, el estar al lado de mi tío Washington es un vaso de agua fresca, un catalizador ideal. En ningún momento él ejerce la menor represión, pero soy yo mismo quien, por respeto, me abstengo más o menos de joder y bromear. Oswaldo preside la hermosa mesa de la camaradería. Y Miguel Gutiérrez ha venido con una maravilla de esposa. Este desayuno inolvidable reúne a escritores y poetas bastante relajados quienes, después del jugo de papaya, toman Nescafé y degustan los deliciosos tamales con relleno de chancho y pollo. En un segundo y como en una película, me veo en el carro de Jaime por los terrales del puente Gálvez, por esas casitas tan humildes, entre perros chuscos y chiquillos descalzos jugando pelota, hay chanchos también, tremendos chanchos como sumergidos en una colina de suculenta basura, ahí removiendo sus alborozados hocicos omnívoros, este es el impresor dice Jaime señalando una casa con reja, démos un último vistazo a nuestro hijo, a nuestro libro… Aquí en Río Santa Editores, después del desayuno salimos a caminar por las calles de lo que yo me obstino en llamar « mi pueblo », y que de pueblo nada tiene, ahora hay como trescientos mil habitantes y cualquier cantidad de juventud divino tesoro. En la Plaza de Armas nos dispersamos antes de reunirnos en el Casino Español donde mi tío Washington me hablará de Francisco Primero. Y como le digo que vivo en Marsella, entonces hablamos de la bouillabaisse y yo recuerdo a Marsella con amor, allá, al fondo, al final de Marsella, más allá de Les Goudes, en la última caleta de Marsella, en Callelongue, la bouillabaisse más deliciosa del mundo, que sirven en un restaurante con nombre gracioso si lo traducimos al castellano: La Bahía de los monos (La Baie des singes). El poeta ha estado en el sur de Francia y conoce o recuerda muy bien la divina bouillabaisse, acompañada con su vinito blanco heladito, con su vinito rosé heladito, néctares made in Cassís o pertenecientes a l’appellation d’origine contrôlée Côtes de Provence, Côtes de Provence, Côtes du Rhône, Coteaux d’Aix, un Bandol rosé tambien cae de perlas, o un Tavel, diculparán la pequeñez. Todo ese tiempo mágico pasado en el rico Chimbote, aparte del fol, jamás, jamás de los jamases en ningún momento he hablado de « poesía » o de « literatura » con mis bellos padrinos, y ahora sé que eso es la poesía y la literatura, o sea la vida misma. Evocar, por ejemplo, anécotas en torno a la bouillabaisse con mi tío Washington es poesía buenísima, excelente, porque la poesía es la magia del instante presente en la vida misma, en la vida de los instantes extáticos que guardaremos en los palacios de la memoria, para transcribirla con sinceridad y con lo mejor de nosotros en otro momento adecuado de instante extático, maestros. Uno es feliz en Marsella. Estamos en Callelongue mirando al Mare Nostrum y la isla de enfrente que sentimos cargada de misterio. Hay vista al mar aquí, desde la terraza de La Baie des Singes. Trilogía de crustáceos y bouillabaisse. Un vinoco blanco heladito Côtes de Provence. O un Bandol rosé. O un Cassís blanco de blancos. La felicidad no existe. La felicidad es. Es simplemente. En ese instante extático. Entonces aparece un mozo con todos los pescados… o peces; asombrados, notamos que algunos todavía se mueven, pobrecitos, pronto serán hervidos o fritos a fuego fuerte, a fuego lento. ¿Los habrán pescado con chinchorro, como en el rico Chimbote? Es que estamos aquí y allá, y aquí y allá son dos paraísos del arte de cocinar basado en la valorización y apreciación de los alimentos, también en una búsqueda estética y gustativa, eso que podemos llamar, pomposamente, gastronomía organoléptica. Mi tío Washington habla de los pescados del Mediterráneo y, afuera, en el mar sucio, flotan impertérritas las bolicheras de nuestra infancia, de nuestra pubertad, de nuestra adolescencia. Hablamos de la literatura del mar, o sea, del congrio, de la rascaza, de los rojillos, del hermoso pez Saint-Pierre que tiene cara de pejesapo gigante, de la galinette y del mero, del mero de aquí y del mero de allá, cuyo nombre latino es Epinephalus Gigas. El poeta Washington es un gourmet. Conoce las sardinas, primas de la anchoveta, las maravillosas sardinas con miel y romero que se prepara en las viejas caletas de Marsella, de Marsella y alrededores donde tan felices hemos sido explorando las playas paradisíacas, desde Sormiou hasta Cassís, todo hemos visitado, felices como cuando éramos niños, cuando éramos púberes, cuando éramos adolescentes, qué cagada, esa felicidad ya desapareció, ahora soy un clochard parisino, esa felicidad sólo vuelve cuando vamos con el divino recuerdo en barco a la Grotte Cosquer, en carro a Morgiou, a Sormiou, cuando visitamos Sugiton, cuando vamos como sea al Ojo de vidrio (L’œil de verre), a Devenson, a Loule, a En-Vau donde hay una roca alargada que llaman el Dedo de Dios (Le doigt de Dieu), cuando vamos a Port Pin, a Port Miou, cuando vamos otra vez, siempre, hasta cuando podamos, a mirar el Cap Canaille en el paraíso de Cassís, maestros, Cassís la piedra, Cassís el cielo, Cassís la viña, Cassís la península, Cassís la luz del amor, Cassís donde tanto hemos amado, Cassís donde seguiremos amando, Cassís hasta la muerte… ¡Qué felicidad! ¡Tengo un padrino poeta y gourmet! ¡Tanto le hubiera gustado el restaurant La Plage Bleue! ¡Mi tío padrino no ignora la existencia de esas tortillas perfumadas con la crema fosfórica de los sublimes erizos! Aquí, en el Casino Español, mi padrino poeta sigue hablando de comida y me doy cuenta que, qué felicidad, estamos en la misma sintonía organoléptica. Volvemos al tema de la bouillabaisse cuando llega la segunda ronda de pisco sagüer y de nuevo me doy cuenta que he realizado mi sueño, que he logrado convertirme en escritor, y otra vez me remecen olitas internas de felicidad. El caldo se prepara con pescados que no se venden para otro consumo, son pequeños y variopintos. Hay uno que increíblemente, tiene cara de pato, de carne suavísima; hay pescados de roca también, todos bien « feos » según mi limitada mente, según mi manipulado cerebro, son muy bellos en verdad, más bellos que el hermoso monstruo medio aplanado, el Saint-Pierre, pero en miniatura. Los hacen hervir, los trituran, muelen o machacan con una maquinita especialmente concebida para tal uso, y luego los cuelan y filtran pasándolos por un cedazo-tamiz-colador.
      –Lo espesan con papa, como ciertos preparados de aquí– dice mi tío Washington y se ríe–. Bueno, felicitaciones por tu libro. Salud.
      Todos reimos y hacemos del brindis un gran abanico de sonrisas, dientes por aquí, muelas por allá, comisuras estiradas, elásticas, qué maravillosa es la risa, qué feliz es la felicidad, qué dichosa es la dicha, y el sol en las ventanas, en el patio también, y los amigos, y la poesía en vivo y en directo sin el menor asomo de la horrible vieja esa, vieja decrépita, vieja medio hipocritona, la solemnidad a quien le deseo la muerte y nada más. Yo estoy medio groggy o mejor dicho cocinao luego de las gargantuescas celebraciones de la víspera y del día de hoy, con los poetas de Lima, pero totalmente feliz. Y preocupado y medio estresado como cierto tipo de francés –que abunda, por cierto. Y después, y después, y después, maldita sea, ¿después qué? Después veremos porque siempre pasa algo, no perdamos de vista la magia movediza de los instantes en el instante, de modo que nada de después, salud padrinos y maestros. Después de la felicidad de hoy, pues la muerte. Hoy por hoy. Hoy por siempre. Hoy es nuestro, tío Washington. Pero yo con el estrés ya parezco francés. Y después, y después, y después.
      –Después que duerman –le digo a Jaime–, que descansen, hay que dejarlos que descansen bien, después que vengan directamente a La Cochera, ya son tíos los tigres.
      Sin embargo, los tigres no estaban cansados para nada, al contrario, estaban con ganas de fiesta. Sólo fueron al hotel para ducharse y cambiarse de ropa, para luego venir al increíble desfile por las calles del puerto. Todo fue como un sueño hermoso. Todo fue fiesta, comida, trago, música y bulla, mujeres y placer en Buenos Aires al amanecer. Habíamos despedido en el Venecia a mis padrinos. Brisa leve. Olor de puerto. Mi tío Washington estaba muy contento.