Mario A. Malpartida Besada
marineroensierra@hotmail.com
De tres en tres. Cuentos en familia (Lima, Editorial San Marcos, 2013) es el nuevo libro de cuentos con el que el narrador huanuqueño Andrés Cloud recientemente ha incrementado su producción bibliográfica. Fiel a su estilo la obra tiene un texto introductorio, en el presente caso eminentemente lúdico, que marcará la atmósfera del libro. Una sucesión de proposiciones aliterativas y onomatopéyicas se van enlazando unas después de la otra usando como eslabón al último sustantivo que, al mismo tiempo, dará inicio a otra en la que la sonoridad será la constante. En este sentido, cada proposición surge de la anterior y su lectura da la sensación de algo que podría ser interminable, como un cuento después del otro en Las mil y una noches. Es un directo guiño a su compañero del grupo Narración Gregorio Martínez quien en Tierra de Caléndula usa similar estrategia. Pero más allá del ejercicio escriturario los sonidos adquieren categorías semánticas porque las expresiones se alargan significativamente a medida que avanzan y terminan en lo que se presume será el libro: un diluvio de emociones.
El libro está estructurado simétricamente marcado por el número tres (la numerología, otra adicción de nuestro autor): tres historias narradas por mamá Dolores, tres a cargo de Toribio Noria (Tulli) y tres referidos por Donald Cortez Sucre, estos últimos con un epílogo a manera de coda. Cada trilogía da lugar a una sección del libro: Mamá Dolores, El tío Toribio y Yo mismo soy.
En la “Apostilla” dedicada a la primera sección el narrador rinde tributo a la madre, simiente de la tradición literaria familiar: “Nadie como ella para narrar historias supuestas o reales y contar cuentos con puntos y comas” (: 16). Se instaura entonces un binomio de narradores en el que uno traslada la narración de la otra a través del estilo indirecto libre. En medio de esa alternancia disimulada de roles, se relatan las tres historias que siguen en las que se rescata la belleza y espontaneidad de la oralidad en el lenguaje.
En el “Avispón Negro” se refiere al origen de los nombres de Limompampa y Suncharragra; asimismo al destino y la formas de vida que habrán de tener el gorrión y el avispón, cado uno de ellos marcados por sus propias conductas. La toponimia y el señalamiento predictivo de la suerte de algunos animales es otra recurrencia en la obra cloudiana. Cabe señalar que en medio de los protagonistas se mueve con perfil bajo el borriquito Chupete. Es casi otro rasgo distintivo en el autor destacar la presencia de animales vinculados al mundo de la naturaleza.
Se incide en el detalle en “El Chivo Cerezo”. Pero en este caso será este cabrito propiamente quien asume el rol protagónico a través de la animización mítico-legendaria. La evolución de Cerezo hasta alcanzar la madurez y derrotar a su rival lo convierte en modelo de perseverancia. Aquí cabe resaltar la alegoría fraseológica: “Desesperado, con las patas abiertas y el rabo entre las piernas, el puma grito clamando auxilio (…) en las turbulentas aguas del río que a causa de las torrenciales lluvias (…) ahora formaban un desbordado mar que bajaba encabritado (:29). Nótese la relación entrelíneas cabrito-encabritado, para señalar la actitud victoriosa del chivo Cerezo frente el abusivo puma que fungía de guardián del puente que siempre quiso atravesar Cerezo.
Completa la sección “Chachita Centurión, la memoriosa”, cuya protagonista, Cecilia Centurión, convertida luego en Chachita Centurión, es una suerte de Mamá Grande cuya muerte, dejando como legado su propio nombre a la primera hija de su tataranieta para la continuidad del árbol genealógico, le pone punto final a esta primera parte con relatos atribuidos a mama Llolla, rememorados por un narrador en primera persona.
La Apostilla 2 que abre la segunda sección del libro, “El tío Toribio”, retrata la imagen del que será el nuevo narrador, guiado de la mano por el narrador del texto: el tío Toribio, familiarmente conocido como el tío Tulli, otro juego de palabras porque Tulli bien podría ser el hipocorístico de Toribio a través de la reducción y cambio fonológico, o hacer referencia a la ausencia de uno de sus brazos (tullido): “(…) era uno de los grandes conversadores y fabuladores de la zona, atributo que los académicos y hombres de letras consideran propio de los narradores orales natos” (:42). Pero, por su temperamento tremendista, será ironizado líneas abajo con el término “badulaque”, cuyas connotaciones propias de nuestra región lo pintan de cuerpo entero.
Las tres historias referidas por este otro miembro de la familia son hiperbólicas y sirven para el lucimiento del propio protagonista. Tulli hace bailar interminablemente un trompo y establece un nuevo récord Guinnes, es testigo de hechos extraordinarios al estilo macondiano ocurridos en Shanshamarca y, finalmente, manco y todo, marca los goles más sensacionales para hacer ganar a su equipo, lesionando gravemente en cada uno de ellos al arquero del equipo contrario.
Los hechos narrados con fina ironía retratan al típico badulaque, cuyo desborde imaginativo no tiene límites. En “Un nuevo récord Guinnes” contrapone las debilidades del presente frente a las fortalezas del pasado: “Es una lástima que los muchachos de ahora sean flojos y débiles como el maíz blanco que se apolilla en un dos por tres. (…) Los de antes, en cambio éramos fuertes y resistentes como el maíz amarillo, de pura fibra con dinamita en los brazos” (:43).
En “Los gentiles de Shanshamarca” su imaginación lo lleva a describir como si hubiera sido testigo la desaparición de su pueblo: “Todo era paz, orden, tranquilidad, y nadie podía imaginar que en solo una noche, toda la población de Shanshamarca se quedaría cubierta de ceniza, muerta en vida” (:52). Y, en el más fluido y ocurrente de ellos, “Un memorable partido de fútbol”, narra cómo fue que anotó sus goles para salvar al equipo, empezando por el primero: “El arquero cerró los ojos y quiso contener la bola con el cuerpo, pero el pobre terminó al fondo del arco, enredado en las piolas, sin aliento, desmayado” (65).
La última sección, “Yo mismo soy” incluye relatos a cargo de Donald Cortez Sucre, apodado Tres Cruces, hijo de mama Llolla y sobrino de Toribio (Tulli) Noria, por tanto fiel heredero de la tradición familiar de narradores orales. Sin embargo, en la apostilla correspondiente se sugiere el traslado del uso de la lengua oral a la lengua escrita: “Desde muy joven mantuve encendida la llamita de la ilusión de que algún día escribiría y publicaría un libro” (:72), reafirmada posteriormente: “(…) y cuando por fin el cielo se pintó de azul, a mí se me dio por escribir” (72). No hace falta comentarios sobre la relación entre el autor y los narradores de cada cuento.
En definitiva se trata de un libro sabroso ya sea por la ternura de mama Llolla, la presencia del habladorcillo y querendón tío Tulli o las nostálgicas reminiscencias de Donald Cortez Sucre.

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