miércoles, septiembre 29, 2010

Jorge Flórez Áybar y el vuelo de las gaviotas


Escribe: Walter Paz Quispe Santos

Para los que prefieren estar en cama con un buen libro antes que una estrella de cine de la TV, acaba de publicarse “Por qué se fueron las gaviotas” de Jorge Flórez Áybar. Se trata de un conjunto de cuentos y relatos reunidos bajo el género de una antología personal. Un recorrido extraordinario por los maravillosos mundos de la ficción por donde transita –y nos hace transitar- el autor. Quien es un enfermo compulsivo en el arte de narrar, en ese vicio incurable de contar, de sumergirnos en universos donde nos hace sufrir y gozar con sus personajes.

Ciertamente no existe una teoría de la antología, uno de los pocos que se atrevió a reflexionar sobre las antologías personales es Alfonso Reyes, quien en su libro “la experiencia literaria” nos dice que la antología es un concepto de una historia literaria personal, de suerte que las antologías se relacionan por mutua causación, ajustan y machihembran como el cóncavo y convexo, como el molde hueco y la medalla en relieve. Y efecto, la antología de Flórez Áybar, tiene esa selección cronológica de su experiencia literaria personal en los recodos de la narrativa andina.

El libro se subdivide en tres partes sustanciales de su predestinado destierro por la magia de la ficción. La Primera es muy conocida por muchos de sus lectores, se trata de una selección de cuentos y relatos de sus primeros libros, luego los subsiguientes contienen algunos inéditos o desconocidos, sobre todo en la tercera parte donde el autor escribe la intrahistoria de hechos históricos muy prominentes y recurrentes en su estudio por los peruanos. Es decir, Jorge Flórez imagina y nos invita a imaginar a través del relato y el cuento las emociones que subyacen a los acontecimientos que sólo los parafraseamos como “macroestructuras” o ideas generales leyendo los libros de historia. Y como hay tanta historia que se parece a un perro domesticado, la intrahistoria de la historia que nos relata Jorge Flórez Áybar es una historia que nos inquieta y revela.

Hay una confesión de parte muy importante donde expone sin reservas muchas de las facetas desconocidas de su experiencia personal a la mirada pública. El lector encontrará datos personales y podrá explicar o interpretar muchas de las motivaciones expresadas en sus libros publicados. Pero su inspiración literaria nace del mundo andino, ese mundo que es producto de nuestras meditaciones histórico culturales, a la que también se integran reflexiones lingüísticas y geográficas de Arequipa, Puno y el Cusco.

En suma, nuestras vidas son los libros que hemos leído, nos acompañan en los mejores y peores momentos de nuestra existencia. Y los libros de Jorge Flórez Áybar, y en especial “Por qué se fueron las gaviotas” nos invitan a leer cuentos y relatos como un tipo de sueño, un sueño que no realizamos dormidos, sino en un estado particular que no corresponde enteramente a estar despiertos, sino en una actitud de vigilia mágica y especial con la emoción y sus cartografías.

viernes, septiembre 17, 2010

Poesía y narrativa en la obra de Ángel Gavidia


(en la foto, Angel Gavidia Ruiz)

Ricardo Vírhuez Villafane

Ángel Gavidia Ruiz es médico de profesión y escritor por vocación, o si prefieren, médico por accidente y escritor por vocación. Nació en 1953 en el distrito de Mollebamba, provincia de Santiago de Chuco, La Libertad.

Tres poemarios y tres libros de cuentos componen el itinerario creativo de Ángel Gaviria, aunque también ha incursionado en el ensayo, fruto del cual tiene publicados los textos ‘El cólera en la ficción de García Márquez’ y ‘Santiago de Chuco y Julio Ramón Ribeyro’.

Veamos, en primer lugar, su trabajo en poesía.

Poesía se está callada

Gavidia tiene publicados los libros La soledad y otros paisajes (1987), Un gallinazo volando en la penumbra (1996) y Fuera de valija (2008). En estos tres libros, breves e intensos, confluyen en primer lugar el manejo riguroso y preciso del idioma, la enunciación exacta, la imagen que nunca es retórica sino sencilla; y un trabajo del ritmo que parece un examen, una observación de los sonidos.

En La soledad y otros paisajes, por ejemplo, Gavidia explora la naturaleza del arte poética a partir de un tema caro a la creación, como es la soledad de quien escribe: “quizá la soledad y Dios nacieron juntos” o “esta teatral soledad con quien convivo / compartiéndome / el alma/la casaca / el odio y el amor tan mutuamente”. Y la soledad no es, para el autor, el camino irremediable sino tan solo la manera de mirar el mundo, de reconocerse solo y pendenciero, solo y amoroso, solo y tierno, como ese poema que termina diciendo que “Maya sabe querer como la tierra”. Porque otro elemento que no esquiva su presencia es el campo, los seres que lo habitan, el paisaje inmenso de tan bello, y la nostalgia retratada en cinco palabras: “Murió el pobre jumento / abandonado”.

Por su parte, Un gallinazo volando en la penumbra, profundiza el camino de la soledad a la tristeza, vallejiana a veces, siempre honda y terca soledad: “Y mi cuarto / mi mesa sin amigos / mi libro fatigado en la vieja pensión / fueron, supongo / como un poste sin luz / o una grada innecesaria en su orilla más áspera”. Observemos que se trata de una doble mirada: una, hacia la subjetividad del estudiante que, lejos de la familia y los amigos, convive con la soledad y observa el mundo con los ojos empapados de nostalgia, de recuerdos, de sueños inconclusos; y otra, la imagen de una situación social en la que el hombre migrante se enfrenta a una ciudad hostil, desconocida y fría, el paso a una forma descarnada de convivencia donde no hay lugar para la tristeza, aunque esta surja incontenible, y en cambio sí para la vida práctica y el esfuerzo cotidiano.

Incluso sus reflexiones sobre la suerte del planeta no son esperanzadoras: “Quiénes irán por los caminos / las calles / los cafés / las iglesias vacías / las viejas bibliotecas sin respuesta”. Indaga sobre los otros seres que comparten la vida con nosotros, y nuevamente pesan sobre nuestros hombros una desdicha infinita. Es decir, del primer libro de poesía al segundo, la soledad ha evolucionado en tristeza y pesimismo: “También morirá la soledad / o, eterna como es, quizás escape a la hecatombe / y sea la viuda de los hombres vagando por el Cosmos”.

Pero no comprendamos esta poesía como una elegía o un canto al dolor. Más bien propongo observarla de manera indirecta, como quien, para expresar una crítica a la sociedad por sus injusticias e inequidades, personaliza el dolor del colectivo en su propia infancia y sus desesperanzas. Este poema “Será que se metieron los ríos en mis ojos: / siempre me voy al mar cuando estoy triste” reflexiona no solo sobre la soledad y la tristeza del poeta o de quien enuncia estos versos, sino también de un mundo incapaz de construir alegrías solidarias. Mientras el poema, “Aprendí de las bestias / a otear en el aire / junto a la fragancia de la alfalfa / un cuerpo humedeciéndose de espera”, no solo rememora el campo, sino también es el reclamo a una forma de vida tan inhumana, que debemos encontrar en los animales el camino de la fraternidad.

En su último poemario, Fuera de valija, el autor hace gala de coherencia temática y estilística y vuelve sobre sus viejos pasos, pero esta vez mejor anclado en la vida que fluye y también en la nostalgia. Es decir, ya no se trata de un simple reclamo a la vida injusta o inhumana; ahora anidan ligeros, tímidos, esbozos de alegría en esa amplia soledad que todo lo llena: “Qué de los cascos retumbando en la pampa / Qué del trueno / Qué de los pavos salvajes guturando la aurora / Y qué del silencio: / la primera palabra / la primera semilla de una voz que no es mía / pero que habla por mí”. Las imágenes del campo, aunque encadenadas a la memoria que las reconstruye, son fulgurantes, enérgicas, vívidas. Se trata, pues, de un trato a las figuras literarias con clara conciencia de su instrumentalizad; es decir, los temas, los referentes, solo son bocetos de un discurso incrustado en los sentimientos de la palabra, si vale el término. Y por eso estallan de vida aunque el tema sea la soledad y la nostalgia. Hermosa contradicción, que nos pinta a un artista de la composición y la palabra.

Y es que, a diferencia de César Vallejo, conceptista, vital, claro como un estallido de universos, Gavidia puede ser simplemente descriptivo y sin embargo profundo como una cuchillada en la conciencia: “Inocentes, como dos bellos animales / retozando sobre las sábanas verdes / como en un pastizal. / Después / -sudorosos aún y enternecidos- / bajando / ingenuamente / por el sendero arisco / a tomar agua”.

Sin duda alguna, Ángel Gavidia es un poeta de merecida trascendencia en la poesía peruana. Comenzó a publicar a finales de los 80, y su poesía está acoplada a los vaivenes de aquellos tiempos no muy distintos a los actuales. Temas como la soledad, el campo, la nostalgia y una profunda mirada sobre la condición humana sobrepasan las fronteras de una poesía basada en la vida cotidiana o los avatares de la coyuntura. A Gavidia le interesa, mucho más, el hombre y su mundo, la existencia perecible, la soledad de la creación, y sin duda alguna, la belleza de la infancia, ese mundo que construye finalmente a los adultos que ahora somos.

Déjame que te cuente

Los libros de cuentos publicados por Ángel Gavidia son El molino de penca (1998), Aquellos pájaros (2000) y La cita y otras ausencias (2009). Se trata, como vemos, de una producción breve pero continua de cuentos emparentados entre sí por tramas populares, personajes del campo y héroes solitarios.

Su primer libro narrativo, El molino de penca, contiene cuentos tiernos y concisos, y son buenos ejemplos de precisión narrativa. En ellos los personajes oscilan entre los hombres y los animales, como una alianza de fraternidad irrenunciable. Del carácter de este libro, Jorge Eslava opina lo siguiente: “El poder de su evocación proviene de un espíritu ensimismado, por eso las páginas de este libro no tienen vértigo sino una devastadora nostalgia: ese sentimiento adquirido en la madurez ante la pérdida irremisible de un pasado que asumimos dulce, y acaso no lo fue. Bajo el terciopelo de la ternura, el autor despliega veinte estampas que registran con sensibilidad un espacio aldeano que es habitado por gentes sencillas y entrañables” (prólogo a la 2ª edición).

Habría que añadir que las estampas, viñetas y cuentos breves de este libro obedecen, como antes a la poesía, a la intención de informar de un mundo del cual debemos extraer el sentido. Una profunda relación con el relato oral nos muestra que las fuentes del autor son, antes que librescas y citadinas, la experiencia de vida y la deuda con esa patria cruel que es la infancia. Por tanto, no estamos ante el desglose de ese torbellino narrativo que es la trama, sino ante el entramado de un edificio breve, conciso y sin aspavientos, pero de una ternura entrañable.

En su segundo libro, Aquellos pájaros, Gavidia recrea el paisaje rural peruano sin rendirse ante el reto de la realidad social ni de la pura imaginación. Vida cotidiana y anécdota extraordinaria conviven en el caserío que ve llegar por primera vez el avión, en la lucha enfebrecida contra un árbol de molle finalmente dinamitado, o en un río que, al ser vencido tras la construcción de un puente, se seca; además, amores locos, desventuras de un zorro doméstico sacudido por la inmigración, la soldadesca entre la guerra y el abuso, o las aventuras increíbles de una botija de vino, entre otras historias, sintetizan no solo la vida del poblador en medio de su diaria lucha por sobrevivir, sino también la fantasía popular para enfrentar las adversidades de la naturaleza y la sociedad.

De este libro afirma Maynor Freire que se trata de “trece cuentos breves de atmósfera rulfiana y seguidora del rico lenguaje de Eleodoro Vargas Vicuña. Sus relatos se caracterizan por una frase bruja, una piedra de toque, anunciando el turbión que arriba tratando de arrasarlo todo, hasta que el agua se esfuma como por encanto” (en su artículo Nuevos nuevos y provincianos de la narrativa corta peruana).

Gavidia nos ofrece una conciencia muy particular del quehacer literario, que se dirige a construir magistralmente el conjunto de elementos narrativos, de modo que nos sorprenda con su precisión y contundencia. Además, el lenguaje ha sido elaborado con paciente cuidado. Estamos ante un estilista del idioma, que se emparenta fácilmente con los retos de la oralidad y el registro infantil (notable el último cuento para niños ‘Jacinto, el jilguero’). Sin duda, este manejo de los relatos cortos y breves no se agota en la narración de los hechos principales (que sería suficiente para la mayoría de grandes cuentistas), sino que se deleita en recoger elementos coloridos del paisaje o cualidades de los personaje populares que podrían haber sido considerados ociosos en otro tipo de registros, pero que en Gavidia iluminan y hasta dan sentido a una narrativa breve y al mismo tiempo intensa.

Podríamos agregar como características adicionales de esta narrativa el constante humor de Gavidia, que atraviesa incluso los momentos dramáticos de sus personajes; el cariño y la ternura para tratar a personajes del pueblo, tanto humanos como animales, así como un enfrentamiento a todos aquellos que abusan del poder en sus distintos niveles. Hay mucha solidaridad en sus historias, ironía y viveza que constituyen, en el fondo, la mirada del autor hacia un pueblo que sufre y que goza las peripecias de la vida. Porque el mundo pintado ama la vida, lucha diariamente por salir adelante y esgrime la alegría para darle sentido a la existencia.

Su tercer y último libro de cuentos, La cita y otras ausencias, es el ejercicio de una prosa poética, precisa y cruel. Cuánta desolación y amor extraviado. El protagonista es derrotado por el mundo y por sí mismo, por sus dudas y temores, aunque encuentre en el camino la razón que pudiera darle la felicidad o la alegría pasajera (la mujer esperando en el café, la mujer que se le entrega luego del vino, el encuentro con la mujer de antaño y la visita al hotel, etc).

En cuanto al despliegue de recursos narrativos, utiliza el estilo circular (termina por el comienzo, o al revés), el flash back que ilumina y explica la conducta del personaje (como la del hombre que deja esperando a la mujer que bebía café, para engolosinarse luego solo con los colgajos de su aroma y sus recuerdos), y una visión del mundo que ya explicamos al tratar su poesía: la soledad y la derrota, la desamparada observación de un mundo en crisis espiritual, el destino desolado para cualquiera que se anime a enfrentarse al mundo o, siquiera, a tentar la felicidad. Una mirada desencantada del mundo que logra, a contrapelo, una sensación de solidez narrativa de todo el conjunto del libro.

Y ahora volvemos al principio de todo, como explicamos al tratar su poesía. ¿Qué papel cumplen, en la poesía y narrativa de Ángel Gavidia, estos temas tercos y obsesivos como la soledad, la desesperanza y la derrota? ¿Es la imagen del mundo que el escritor nos encara con su bella y dolida poesía, o solo es la percepción personal de un escritor que, movido por la soledad de su profesión de médico, donde el hombre padece y muere, nos entrega para mostrarnos que todo es en vano, excepto la poesía y la existencia?

Se gastaron muy pronto las palabras

¿Quién es, finalmente, Ángel Gavidia, poeta y narrador, médico y escritor? Leamos sus propias palabras: “Pasé mi infancia en un caserío que en el incario se llamó Cundurmarca. Era una pampa mágica poblada de pardelas extrañas, grillos de colores y retazos de pantano que temblaban, en donde alguna vez aterrizó un avión. Esa pampa, que en las tardes sabía ponerse intensamente sola, me tomó de la mano para garabatear mis primeros poemas y probablemente todos los demás. Estudié medicina humana en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y ahora me desempeño como médico internista en el Hospital Belén de Trujillo y como docente en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de esta ciudad donde resido. Es decir, la poesía y la medicina batallan, no sé si irreconciliables, en mí, exigiéndome cada una su porción de vida y de sangre, su parte de conocimiento teórico y práctico, su indispensable tiempo… Finalmente, considero que un buen poema ha de tener dos características fundamentales: capacidad de síntesis y capacidad de sugerencia, además, obviamente, de ese oxígeno especial, que a modo del aire que insufla los huesos de las aves, predisponga al vuelo, al luminoso vuelo” (en urbanotopía.com).

Clásicos de la literatura amazónica


(En la foto, portada de Sacha-novela, de César Augusto Velarde, la primera novela amazónica)

Ricardo Vírhuez Villafane

En 1993 en Iquitos, cuando editaba el suplemento cultural del diario La Región, publicamos con Manuel Marticorena esta lista de libros que entonces nos parecía imprescindible para conocer la literatura amazónica. Ahora sin duda la lista ha aumentado y mejorado, pero queda el sabor primigenio de esta primera mirada.

1. APUNTES DE VIAJE EN EL ORIENTE PERUANO.
Libro de cuentos escrito por el ingeniero alemán Jorge Von Hassel publicado en Lima en 1905. Con estilo realista, Von Hassel desnuda la triple comunión entre caucheros, curas y militares y el genocidio perpetrado contra los indígenas. Pero el autor, pese a la admiración que manifiesta por los nativos, escribe con cierta objetividad narrativa que vuelve a sus Apuntes una pieza importante para la moderna narrativa amazónica. El único ejemplar que conocemos se encuentra en la Biblioteca Nacional de Lima.

2. LEYENDAS Y TRADICIONES DE LORETO. Importante testimonio narrativo y ensayístico sobre la Amazonía publicado en 1918 por Jenaro Herrera. Si bien la crítica ha destacado su afectación academicista y su intento anacrónico de emular las tradiciones de Ricardo Palma, nos enfrentamos sin embargo a un esfuerzo cultista, erudito y bastante imaginativo que no ha vuelto a presentarse en las letras amazónicas.

3. DOCE NOVELAS DE LA SELVA. Publicada en 1934 por el marino limeño Fernando Romero, se llamaría más tarde Doce relatos de la selva. Impresiona de entrada el conocimiento interno de las costumbres amazónicas, que son narradas en clave aventurera e inquietan la emoción del lector. Sobresale, además, el examen lingüístico de las lenguas indígenas y del dialecto castellano amazónico, que sustentan desde adentro el valor narrativo de los relatos.

4. OBRA POETICA. Aunque Jorge Runciman no haya reunido en libro su voluminosa producción poética, sí lo ha hecho en cambio el ensayista Manuel Marticorena, que unifica los poemas publicados en diferentes diarios y revistas hasta 1942. Todos los poemas han sido publicados día tras día, aunque se espera su publicación reunida. Uno de los rasgos más saltantes de la obra poética de Runciman descansa en sus Cocolichadas, donde satiriza las costumbres del Iquitos de entonces y critica ácidamente a funcionarios, militares, curas y diversos corruptos. Poesía alegre, corrosiva y divertida, pero profunda y conscientemente elaborada.

5. SACHACHORRO. Libro de relatos y estampas costumbristas editado en 1942 por César A. Lequerica. Su estilo elegante y florido mantiene aún la influencia modernista que ha marcado casi toda la poesía loretana del siglo veinte.

6. SANGAMA. Extraordinaria novela publicada en 1942 por Arturo Hernández, rica en matices y compleja en situaciones. Estudiada, debatida y motivo de múltiples interpretaciones, esta novela es un clásico de la narrativa de aventuras que ha merecido el favor del público nacional y mundial y también del ambiente cinematográfico.

7. LA BUSQUEDA DEL ALBA. Con este libro publicado en 1957, Germán Lequerica ha alcanzado el más alto vuelo lírico de la poesía amazónica. Con una mezcla de romanticismo revolucionario y esplendor metafórico, sus versos cantan a la esperanza en un mundo nuevo y a la pasión del hombre por la justicia.

8. CUENTOS AMAZONICOS. Publicados inicialmente en diarios iquiteños entre 1924 y 1929, este valioso manojo de cuentos de Humberto del Aguila fue publicado como libro en España en 1958. Con humor, soltura argumental y profundo amor a su pueblo, Humberto del Aguila es un narrador nato que supo expresar la alegría, el calor y la compleja vida de los habitantes amazónicos.

9. LOS PIROS. Una de las primeras sistematizaciones de literatura indígena realizada por el cura español Ricardo Alvarez y publicada en 1960. El recopilador se da maña para entregarnos un mosaico de vidas e historias inéditas para el universo literario peruano, la de los Piros (junto a los Hamarakaeri y Harakmbut suman unos 100 mil habitantes en los alrededores de Madre de Dios). Casi con transparencia, con ingenuidad, el mundo indígena se abre ante nosotros y sentimos un universo tan nuevo como nuestro.

10. PAICHE. César Calvo Araujo publicó esta impresionante novela en 1963, aunque declara haberla escrito en 1942. Con un magma lingüístico semejante al de Euclides Da Cunha en Os Sertoes, Paiche se levanta como un obelisco apasionado hacia la Amazonía. Personajes llenos de esperanzas, con iniciativa y sensibilidad social a toda prueba, esta novela es un monumento a la complejidad lingüística de la Amazonía y del hombre peruano.

11. MITOS E HISTORIAS AGUARUNAS. El profesor José Jordana Laguna publicó esta obra en 1974, luego de una abundante recopilación oral entre los awajún. Por su soltura y riqueza expresiva, este libro es un puerto obligatorio para cualquier estudioso de la literatura oral peruana, especialmente amazónica. Un libro amplio, muy bien escrito y sencillo, en el que asistimos a un encadenamiento de historias, anécdotas, relatos y cuentos de variadísimos temas.

12. LA VERDADERA BIBLIA DE LOS CASHINAHUAS. Nunca la literatura indígena nos pareció tan divertida, ambiciosa y compleja (semejante a Las mil y una noches) como este libro de cuentos recopilados por el antropólogo francés André Marcel d’Ans. Publicado en 1975, el libro nos demuestra que la literatura indígena amazónica posee una extraordinaria belleza y enriquece decididamente la literatura peruana.

13. LAS TRES MITADES DE INO MOXO. Novela convertida en la biblia de ocultistas y visionarios, reeditada muchas veces desde su primera publicación en 1981, hace de su autor César Calvo Soriano un lírico sumergido en la narrativa. No solo resalta la audaz penetración en el alma ribereña desde el ayahuasca y las visiones de hechos sociales e históricos, sino también el lenguaje estupendo, poético y profundamente enamorado del mundo y de la vida.

14. EL HABLADOR. Pese a que Mario Vargas Llosa tiene novelas como La casa verde y Pantaleón y las visitadoras en las que desarrolla temas amazónicos, es con esta novela publicada en 1987 que profundiza su encuentro con el poblador indígena y nos muestra a los Matchiguengas como atractivos sujetos literarios. Un cálido homenaje rendido por nuestro escritor más famoso a los narradores orales indígenas, con un método lexical cuidadosamente desplegado conforme a los cambios sociales.

15. CORDERO DE DIOS I y II. Novelas publicadas en 1989 y 1991 respectivamente por Jaime Vásquez Izquierdo, promete dos tomos más antes de su acabado final. Es un fresco de Iquitos que desde comienzos del siglo XX evoluciona a nuestros días con dolor, alegrías y traumas, vistos por el progresivo crecimiento de un niño judío sensible e inteligente.

16. EL UNIVERSO SAGRADO.
Libro de cuentos Shipibos recopilados, reelaborados y escritos por el narrador cajamarquino Luis Urteaga Cabrera (luego de convivir cerca de 10 años con los indígenas) y publicado en 1992. Ha recibido el reconocimiento internacional por la belleza de su prosa y la sabia pertinencia de sus argumentos. De ahí las palabras elogiosas de Eduardo Galeano: «Esta es una síntesis poco frecuente: la investigación profunda y el alto lenguaje se unen en un solo vuelo».

17. YAUNCHUK I y II. Publicados por el CAAP en 1994, recoge la literatura oral Huambisa en versión indígena y castellana y con bellas ilustraciones de Gerardo Petsain. Lo curioso es que pese a que los huambisas pertenecen al mismo grupo lingüístico jíbaro que los aguarunas, estas narraciones revelan un universo aparte, y alcanzan belleza y alturas poéticas insospechadas.