martes, octubre 30, 2012

Travesura y fantasía en la palabra de Ana Ríos


 Juan Rodriguez Pérez / Sauce, San Martín

 Imaginación desbordante en un escenario que se presta para la fabulación y que, Ana Ríos González, a través de su libro Travesuras Amazónicas (Editorial Pasacalle, 2012) nos transporta al universo mágico de la selva peruana para asombrarnos con sus historias donde los personajes principales son las especies animales que lo habitan.

Un libro que destila ternura y lo transmite a través de las voces de los seres muchas veces no considerados en la literatura, pero que hoy Ana Ríos, les da vida, presencia significativa e importancia para contar y hacernos conocer sus leyendas, sus preocupaciones, sus historias y origen por el cual están presentes en la Amazonía. Para esto se vale de la anécdota para insertar diálogos con mucha imaginación y picardía, dándole a cada personaje el papel protagónico (podríamos decir que no hay personaje secundario) porque cada uno ocupa un espacio especial en el contexto de este libro.

Una prosa que fluye con mucha cadencia combinando seres míticos con seres reales, por momentos asombrándonos con sus reflexiones y enseñanzas, haciéndonos ver el peligro en que se encuentran muchas de ellas por la cacería o la ambición de los hombres.

Ana Ríos se revela como una autora de una pluma fina, que juega con los mitos y leyendas donde no nos deja posibilidades para salirnos de este universo amazónico, lleno de fantasía y travesura.

martes, octubre 23, 2012

Ay, Alfredo, no te rajes

 Fernando Vivas / Lima

El martes pasado personalidades literarias, en una carta de respaldo al jurado del Premio FIL de Guadalajara (la capital de Jalisco), denunciaron “la peligrosa persecución moral en decisiones de tipo artístico”.

Yo creía que el purismo literario ya había sido muerto y enterrado el milenio pasado por personajes que, como Bryce y varios de los firmantes, se convirtieron en escritores mediáticos, escribieron por encargo, se fotografiaron con los bárbaros y negociaron contenidos. Con todo este “background” pragmático, que no hace sino revelar que su oficio, como el de tantos mortales, está impregnado de los trances de nuestro tiempo, no sé en nombre de qué privilegios nos piden que separemos la obra de Bryce de la persona de Bryce para premiarlo y luego volvamos a juntarlas para indultarlo. Hay otro argumento no explícito en la escueta carta de apoyo al jurado, pero implícito en el premio: que los plagios de artículos periodísticos no perjudican la obra literaria. El mexicano Juan Villoro replica a esto:

“Probablemente entienden al periodismo como un género menor, susceptible de ser usado como la zona impune de un gran artista”.

Desde que aquí, en Lima, descubrimos que Bryce era plagiador serial, he insistido en que lo suyo fue un intento de trascender su puesto de entrañable segundo lugar de la literatura peruana (luego de Vargas Llosa), con la proyección periodística del intelectual cosmopolita y metomentodo. En su afán de parecer versado, plagió hasta un texto inédito sobre la educación en el Perú que le envió su entonces amigo Herbert Morote. Cuando este lo denunció, antes de descubrirse los otros plagios, Bryce se defendió diciendo que Morote antes había atacado a Vargas Llosa en su libro “Vargas Llosa tal cual” y ahora lo atacaba a él. En el prólogo de la reciente segunda edición de dicho libro, ciertamente crítico contra Vargas Llosa, Morote ajusta cuentas con Bryce y transcribe las notas positivas que este le hizo al manuscrito de la primera edición. El mexicano Fernando Escalante ha dicho que “el asunto Bryce está poniendo a cada quien en su sitio, con una claridad casi cruel”. Vargas Llosa no ha firmado la carta de respaldo al jurado y creo que muchos de los firmantes siguen repensando el tema, luego de enterarse de que la FIL lamenta el premio y no quiere ver al premiado en Jalisco.

Si los amigos de Bryce nos dijeran que “Alfredo se arrepiente, ya pagó sus multas y solo pedimos que lo dejen proseguir su carrera literaria sin restregarle sus faltas eternamente”, podría simpatizar con ese lobby. Pero hay un lobby nada entrañable, que ha venido buscándole premios, menciones y estampando su silueta en bolsas de libros como para que olvidemos las faltas y solo retengamos al escritor. La estrategia estaba resultando hasta que el premio FIL revivió el escándalo. Y ahora susurran “ay, Alfredo, no te rajes”.

Ese mismo lobby está atento al resultado de los dos juicios que Bryce, lejos de estar arrepentido, ha entablado contra la sanción del Indecopi. Los abogados que lo defienden, Martín Ruiz y Luis Ricardo Morello, son del mismo Estudio Ghersi que, con razón, demandó a Hernando de Soto por no colocar el nombre de sus coautores Enrique Ghersi y Mario Ghibellini en “El otro sendero”. Y así hay quienes nos reclaman que respetemos la pureza de la obra, cuando el autor plagia, quiere cobrar los US$150 mil del premio y litiga para que le devuelvan las multas. No se pasen.

Columna opinión del 23/10/12

lunes, octubre 15, 2012

Entrevista a Samuel Cavero

Samuel Cavero.
Niko Velita / Lima


La violencia política de los años 80 y 90 ha dejado profundas huellas en los peruanos. ¿Cuál es tu testimonio con respecto a ella?
Para mí, como escritor y como peruano, las impresiones que tengo de aquella infausta y trágica época son muchas. Recuerdo, por ejemplo, que como novelista me jugué la vida muchas veces, buscando información en zonas convulsionadas. Así conocí Aucayacu, Pizana, Tocache, lugares donde además está muy presente el narcotráfico. El día que explotó la bomba en Tarata yo estuve en una pizzería a una cuadra de allí. Así que fui testigo de excepción de los primeros momentos de tan desgarradores momentos. También en lo personal me permitió escribir Un Rincón para los Muertos, una novela que recrea la supuesta vida de Abimael Guzmán. Ganó en aquella oportunidad el Premio Nacional de Novela de la ANEA. Estuvieron de jurados los escritores Madga Portal, José Hidalgo y Robles Alarcón. Y yo por aquellos años era apenas un muchachito, un oficial de la Aviación Peruana. Cuando los Servicios de Inteligencia leyeron la novela pensaron que, para haberla escrito, yo debía conocer a Abimael Guzmán y, por tanto, debía saber muchas cosas de Sendero Luminoso. Se montó toda una razia contra mí, contra ese noble oficio de escribir que incluye libertad e independencia. Sufrí el acoso y la persecución de los Servicios de Inteligencia. Y mi vida literaria estuvo muy vigilada. También mis amistades. Al final se impuso la verdad, yo solo era un loco apasionado por este tipo de novelística, nada más. Y, como comprenderán, siendo uno militar nunca puede ser libre y menos tener independencia. Pero yo, siendo además Director de Prensa y Difusión de la FAP, me despachaba con mis propias opiniones cuando se me entrevistaba. Diarios y revistas muy serias siempre me daban cabida, como El Comercio, Expreso, Caretas, Gente, Sí, de César Hildebrandt. Ahora ya no circula. Recuerdo mucho que sufrí interrogatorios, sindicaciones de ser prosenderista, infiltrado de Sendero en las FF.AA, etc., y hasta tuve que renunciar a mi carrera de aviador, al que había ingresado siendo el primer puesto, porque nunca claudiqué a mis libertades más elementales y a ese hermoso ejercicio de novelar, que incluye, por supuesto ficcionalizar, y por tanto, todo lo que se escriba no necesariamente tiene que ser cierto. También, por supuesto, fueron incontables las noches que sufrimos escuchando bombas, soportando los apagones, leyendo titulares de prensa y recibiendo noticias nefasta de los andes, en especial de Ayacucho, mi querida y bien amada tierra que me vio nacer.
Estuve prohibido de volver a Ayacucho en todo ese tiempo de la violencia. Tanto por los militares, como por mis propios familiares, que temían por mi vida. Recuerdo esta anécdota ahora muy divertida, pero en aquel entonces sacaba ronchas. Con el escritor ayacuchano Marcial Molina decidimos en plena violencia, creo que el año 1987, llevar uno de los Encuentro Nacional de Literatura del APLIJ a esa ciudad. Por supuesto que ningún escritor se animaba a viajar. Eso iba a ser un fracaso. Para que no lo fuese me comprometí en conseguir un avión de la FAP para llevar a los escritores. Cuando supieron que un avión los iba a llevar y devolver, gratis, cosa inédita en el país para los escritores, y sobre todo  para Ayacucho, fue una locura. Se anotaron tantos escritores que solo se permitió viajar a cincuenta. Tal era la capacidad del avión. Y la condición de los Altos Mandos de la FAP es que yo viajase llevando a los escritores, pero eso sí, no pisaba un pie en la escalinata del avión. Y no pude bajar. Con mucha pena vi como mis colegas escritores eran recibidos con bandas, banderitas y pasacalles, en pleno aeropuerto, y su gestor, que era yo, se debía marchar en avión, cumpliendo la orden de sus superiores y no asistir como escritor al encuentro de escritores en Huamanga.
¿La violencia política cómo incide en el quehacer novelístico actualmente?
Siempre la violencia, desde cualquier cantera, y quien la promueva, ha sido un tema que ha motivado en los escritores peruanos toda una corriente literaria a favor de este tema. Y no tanto por echar más leña al fuego. No. Los escritores somos esencialmente amantes de la paz, antibelicistas y en esencia demócratas. Sino más bien porque a través de nuestros escritos los lectores tomen conciencia de esta dolorosa realidad. Sucede que esta violencia política ha incidido tanto en el quehacer novelístico que está fuera de toda duda su trascendencia en nuestra literatura, estudiado por Mak Cox, Ricardo Gonzáles Vigil y otros catedráticos. También este tipo de novelística ha catapultado al éxito a numerosos escritores.Lituma en Los Andes, de Mario Vargas Llosa, es un ejemplo. Hay una lista larga de beneficiados, que incluye por haber tratado con profundidad, acierto y hasta haber ganado importantes premios a Sócrates Zuzunaga, Fernando Cueto, Santiago Roncagliolo, Oscar Colchado Lucio, y yo, por supuesto. Pero la lista de escritores es larga tanto en novela, cuento, como en poesía.
Has sido uno de los primeros en publicar una novela sobre la violencia, cuando escribir sobre el tema era peligroso. Estamos hablando del año 1987. ¿Cuál es tu balance al respecto?
Aquella fue una aventura muy personal a sabiendas de los grandes riesgos que corría. Me las jugué. Gané fama y perdí mi carrera de militar, pero me afirmé como escritor. Esto me sucedió al haber recibido con apenas 18 años un premio nacional de novela, el de la ANEA. Incluso me di el gusto de ir a recoger el premio vestido de cadete. Todos se quedaban admirados. Tanto los militares como los escritores. También cuando estudiaba Literatura y Linguística en la Pontificia Universidad Católica casi siempre iba uniformado. Ricardo Gonzáles Vigil, mi profesor, Gustavo Faverón, César Ángeles e Iván Thays, que eran algunos de mis compañeros de clase pueden recordarlo.
Ahora bien, iniciando ese tipo de novelística peruana yo no era plenamente consciente de que habría detrás de mí una hornada de notables creadores que después harían lo mismo. Y se puede apreciar revisando los archivos de los ganadores de los concursos de cuento de las Mil Palabras y los de COPE, por ejemplo.
¿Qué autores crees que han trabajado mejor la temática de la guerra interna? ¿Por qué?
Eso me gustaría dejárselo a los especialistas. Tuve el honor de haber ganado el 2011 el Premio Nacional de Novela "César Vallejo" con La Agonía del Danzak, que es una novela andina de denuncia sobre la horrenda desaparición de más de cien pobladores del pueblo de Putis. Tremendo honor que me hicieron (los entonces miembros del jurado) notables críticos, catedráticos y escritores de gran prestigio, que ahora son nuestros referentes. Estoy hablando de Miguel Gutiérrez, Ricardo González Vigil y Sócrates Zuzunaga. La mayoría de las víctimas eran inocentes niños, madres gestantes, campesinos de aquel asolado poblado, viviendo entre la guerra y el asedio de dos frentes: los militares y los de Sendero Luminoso.
La agonía del Danzak tiene como referencia la masacre de Putis, un hecho real acaecido en el año 1984. Cómo escritor ¿tienes intención de hacer novela de denuncia?
Fíjate que de eso ya estaba hablando poco antes. Es verdad. Mis novelas cuando vuelven a hablar de mis querencias, de los andes y sus problemas sociopolíticos, siempre tienen ese filón de personajes sufridos que buscan de alguna manera redimirse (como lo busca quien escribe, redimiendo a tantas víctimas de sus opresores, sino que lo diga la Comisión de la Verdad). Y entonces uno se vuelve una suerte de cronista de su época. No es que el escritor se nutra de la carroña. No es que los escritores seamos propensos a hacer de tanta sangre y matanza un ejercicio noble en la literatura. Sucede que en lo personal nos duele tanto, nos desgarra el alma, nos hace llorar con tanta misericordia y perdón que les debemos dar a uno y a otros, que al final uno se convierte en apasionado literato para buscar denunciar las injusticias cometidas. Año a año seguí los procesos de exhumación de las víctimas de Putis, a través de los informes que tuve. También, por supuesto, viajé hasta en dos ocasiones hasta esa zona. Y producto de esa locura de escribir han surgido otras novelas y cuentos todavía inéditos, pero que igualmente dan cuenta de tanto dolor, de la miseria del hombre, del silencio de los inocentes. Cuando escribo me pongo a pensar que fabular ya no cuesta mucho porque la realidad supera a la ficción largamente en el caso de las víctimas de Sendero Luminoso, de las Fuerzas Armadas, de la Policía Nacional y de las Rondas Campesinas. Cuando leí con devoción los informes de la Comisión de la Verdad busqué otros informes, y otros testimonios, y la verdad encontré tantísimo material que me dije:"Aquí, en las serranías de Ayacucho, y en el VRAE, está ahora la veta de oro de los grandes temas para los novelistas y cuentistas peruanos". Creo no estar muy lejos de esta dolorosa verdad.
Las FFAA no quedan muy bien paradas en tu novela. Lo deWallpa Suas no creo que les guste, tampoco cuando se dice que “los militares efectivamente aquella vez de la matanza se apropiaron y vendieron los animales de las víctimas de Putis”.

Efectivamente los militares, las FFAA, nunca podrán quedar muy bien paradas en mis novelas, habiendo además tanta muerte, tantas denuncias, tantísimos hechos por investigar. En el caso de Putis pasó lo mismo. Ellos fueron los perpetradores de esta horrenda matanza que nos hace pensar en lo crueles, inhumanos y bestias que podemos ser los peruanos.
Respecto a Wallpa Súas, es un término que lo podemos encontrar en la memoria oral, en las tradiciones ayacuchanas, en todo el anecdotario de este pueblo y hasta en la Monografía de Huanta, de un tío mio escritor de gran valía. Buenos escritores ayacuchanos de renombre los he tenido varios. Allí están Moisés Cavero Cazo, Salvador Cavero, y el autor de esta importantísima Monografía, escrita en dos densos tomos, Luis Emilio Cavero Bendezú, donde ya allí se puede ver la crueldad de que eran parte de sus vidas de los iquichanos, también de ciertos huantinos, que tomaban justicia, y asesinaban sin compasión desde tiempos inmemoriales y más todavía en la Independencia y la República.
Respecto a que los militares se apropiaron de prendas, dinero y animales de sus víctimas es un hecho cierto, que se puede corroborar en los testimonios, en los informes, en las investigaciones judiciales. Allí ya no había mucho que novelar. Como digo, la verdad cargada de tanta miseria y podredumbre del hombre supera a la imaginación del creador.
A propósito de Putis, esto sucedió en 1984, en el gobierno de Belaunde. En Adiós Ayacucho, de Julio Ortega, uno de los personajes, que va a Lima a buscar justicia, le reclama a Belaunde sobre su condición. Este calla. En Bioy, una novela reciente, se dice que Alan García, Alberto Fujimori y Fernando Belaunde son cómplices por su silencio. Y hace poco Belaunde ha sido homenajeado. Se le considera casi un santo. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
Para mí Fernando Belaunde si bien fue un brillante orador, un gran líder demócrata, un apasionado constructor de caminos, no supo enfrentar con pragmatismo y mano dura desde la Presidencia, cuando llegaron los primeros hechos de violencia política en la capital y, sobre todo, en los andes peruanos. Dista mucho de ser un santo. Mi concepto de santidad va por otro lado.
Marcelino tiene su burro Opita con quien camina largas jornadas. Se asemeja a Sancho Panza, incluso hay un diálogo entre los dos, donde este cree que Opita es su asno. También se menciona a Quijote. ¿Qué papel cumplen estos personajes cenvantinos en una novela sobre la violencia política?
Siempre el Quijote y su fiel escudero Sancho Panza serán motivo de emular sus sueños, sus aventuras, sus locuras, aún en estos tiempos. He allí la grandeza de ese libro que nunca dejará de conmovernos y hacernos incluso reír. Quise crear una novela que reviviese a Sancho, con toda la dificultad que significa hacerle hablar de acuerdo a como se hablaba en el Siglo de Oro español o en la época del descubrimiento y la conquista española de grandes territorios surcando mares.
En el caso de Marcelino y Opita, se da esta dualidad. Ambos, como personajes, uno desde el lado del homosapiens y el otro del animal, asumen esta personalidad. Marcelino es de alguna manera un terco Quijote buscando la verdad y la justicia entre la sórdida burocracia y justicia que caracteriza nuestra realidad. Opita nos recuerda al fiel escudero. Pero Opita, ese burrito noble y andariego, también debe recordarnos a la hermosa novela Platero y yo, que muchos hemos leído con tremendo gozo cuando éramos apenas escolares. ¿Pero cómo superar al español Juan Ramón Jiménez y su libro, todo un clásico en la literatura infantil, Platero y yo? La valla es muy alta. Habría que recrear una novela que, además con mucha pasión, ternura, hondo sentimiento, humanice a Opita y lo eternice desde la literatura. Y que, como Platero, Opita alcance esas dimensiones de belleza, hondura psicológica, identificación con el lector.
La visión andina, lo mitológico, está presente en tu novela. Esto lo apreciamos con Amaru, Taita Orqo, Mama Ccocha, Pachamama, el danzante de tijera. ¿Qué tanto aporta esto en una novela donde el eje temático es la matanza de Putis?
Creo que lo enriquecen y nos muestra una novela, que es aparentemente sencilla, llena de matices muy ricos. Esto es como saborear y comer un buen sancochado en la Casa del Sancochado. La otra opción era pasar de largo, con agua tibia o fría, sobre estos temas interesantísimos que forman parte de la cosmovisión andina, de sus rituales y tradiciones, pero también del folklore nacional. Y yo no sirvo para pasarme de largo. Me gusta ser detallista, un arquitecto de mis recuerdos y de los que mis ojos ven, un apasionado orfebre de la palabra.
En tu novela mencionas a Arguedas y Alegría. ¿Qué tanto les debe como escritor?
Mucho les debo. Tengo de Ciro Alegría todos sus libros, quizá como pocos escritores. En el Centenario de Ciro Alegría estuvimos mostrando los libros y Dora Varona quedó gratamente sorprendida por esta iniciativa. Y es que Ciro Alegría como Arguedas para los peruanos son referentes muy importantes, más para un escritor andino como yo. He leído mucho de estos escritores que, por ejemplo, mi libro de cuentos Danzantes en Casa del Diablo, que recrea la vida de un danzante de tijeras, y nos recuerda a la magistral historia recreada a través de un cuento por Arguedas enLa agonía del Rasu Ñiti.  Bueno, pues, yo bebí en lo literario de esas fuentes. Me debo a ellos, porque gracias a esos libros me hice escritor. Gracias a esos libros de Ciro y de José María, me hice escritor profesional. Pero también gracias a los libros de estos notables escritores peruanos es que yo conviví con mi soledad, aprendía disfrutarla. Yo leía sus libros desde los siete años, si más no recuerdo, cuando vivía en Huancavelica, allá entre los años 1968 y 1974. Y todo lo que yo leía se reflejaba con nitidez asombrosa en mi penosa realidad, la del pueblo de Huancavelica, de sus comunidades quechuahablantes muy pobres, sus perros, sus labriegos, sus tinterillos de tierras, como después comprobé que también así sucedía en Ayacucho.
La agonía del Danzak es un título parecido al cuento de Aguedas: La agonía del Rasu Ñiti. ¿Hay un parangón entre los dos?
Hay más que un parecido. Me he permitido marcar distancias. Y los buenos lectores sabrán encontrar esas distancias. Pero también parangones. La Agonía de Rasu Ñiti es una historia magistral, una lección de vida, como también lo es la de Marcelino en La agonía del Danzak. Pero, digo yo, cómo suscribirse y alejarse de esos temas. Si desde mi infancia siempre estuve en fiestas costumbristas en Huancavelica y Ayacucho gozando y aprendiendo mucho de la magia del agua y de los apus, gozando de sus manantiales y del magistral baile de los danzaks. El tintinear de sus tijeras y sus acrobáticos pasos y piruetas, siempre, déjeme decirle, me devuelve (entre lágrimas de gozo, ternura y añoranza) a mi infancia, a veces con episodios muy dolorosos y otros con divertidas anécdotas. Soy, en buena cuenta, como Arguedas, un ferviente admirador y seguidor de danzantes de tijeras. Hasta en mi literatura se nota esto. ¡Enhorabuena!

miércoles, octubre 10, 2012

Presentación de 'Hienas en la niebla' de Juan Morillo


César Ángeles Layza / Lima

El jueves 4 de agosto se presentó, en Lima, la última novela de Juan Morillo (Pataz-La Libertad, 1939), Hienas en la niebla (Universidad Ricardo Palma, 2010), en el centro cultural Cori Wasi de la universidad Ricardo Palma. Se trata de una obra que ha sido bien recibida por la crítica y los lectores de este autor, que  año a año, y desde que retomara su quehacer novelesco en 1999, con Las trampas del diablo (1999), luego de tres décadas sin haber publicado en formato de libro, va ganando mayores adeptos entre los atentos seguidores de nuestra narrativa. Hienas... aborda el complejo asunto de la guerra interna de los años 80 y 90 en el Perú. Sin embargo, como coincidieron aquella noche los escritores y amigos del autor, en la mesa de presentación, no solo aborda la violencia de aquellos años, sino otros momentos cruentos que marcan nuestra aciaga historia republicana, particularmente en la segunda mitad del siglo XX.

En dicha mesa, estuvieron los conocidos narradores peruanos Oswaldo Reynoso y Roberto Reyes (asiduos colaboradores de Intermezzo tropical, para más señas). Este último, además, tuvo a su cargo el prólogo de la novela de Morillo. Asimismo, participó el poeta y académico Marco Martos, quien basó su presentación, como observó el propio Reyes, en ideas tomadas del prólogo, con una exposición fluida que centró en el tópico del viaje. Sin embargo, acertó en demandar que en el canon de nuestra literatura, aquel que se utiliza en los programas escolares y universitarios, hace rato que muchos autores debieran estar presentes para su lectura, disfrute y estudio, y no solo los conocidos nombres de Alegría, Arguedas, Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro, por citar algunos pocos autores que son de diverso modo nuestros clásicos. Morillo, como otros más, desde hace tiempo merecen, dijo, su lugar en la historia de la literatura peruana.

Por su parte, Roberto Reyes evocó, con un toque de afirmativa nostalgia, la época cuando Morillo, Reynoso y él mismo compartieron veladas y experiencias de diverso tipo al interior del grupo Narración, del cual formaron parte en los años 70 (junto a otros escritores actualmente en plena consolidación de su trayectoria, como Gregorio Martínez, Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros: este último, venciendo su usual reticencia a participar de estos actos, asistió a esta cita, de seguro por la común  experiencia evocada por Reyes). El autor de “Ratas en la casa” resaltó, además, que por aquellos años del colectivo, su vocación y práctica narrativa se fueron asentando al calor de sus diálogos con Reynoso y Morillo, debido a lo cual esta velada también cobraba para él una suerte de agradecimiento y celebración, tanto en términos vocacionales y amicales, como por la presencia viva de quienes conformaron Narración, uno de los colectivos literarios (territorios liberados) que ha dejado más huella entre nosotros. A continuación, Reyes resaltó la novelística de Morillo en tanto expresión de algunos postulados de aquel grupo, como por ejemplo el sartreano principio del compromiso del escritor con su realidad y con su tiempo. Sobre este asunto, en reciente entrevista periodística, el propio Morillo ha evocado sus zozobras desde la lejana China –donde radica con su familia desde hace treinta y tres años– en tanto que mientras que en el Perú se vivía, durante los años 80 y 90, una cruenta y dramática guerra interna, él iba tratando de consolidar su vocación novelística a la distancia (al respecto, y aun viviendo en el país, o por eso mismo, Miguel Gutiérrez también ha testimoniado semejantes conflictos personales en sus ensayos La Generación del 50 y Celebración de la novela, lo que es una prueba de que el tema no es baladí para los miembros de esta comuna literaria). De la citada entrevista, destaco el siguiente pasaje, porque considero que es donde Morillo sintetiza lo referido acerca del compromiso político del escritor y nuestra contemporaneidad como sociedad:
–Hoy casi no se habla de eso, Vargas Llosa casi es un predicador solitario de ese asunto.
–Vargas Llosa ha retomado el tema, es un viejo tema, era un tema de café en una época en que se discutía este asunto en un plano simplemente teórico, pero las circunstancias nos han ido sacando de la reflexión a los hechos concretos. En mi caso sí es una preocupación. Y no solo por mis años ausentes del país, no es solo una la realidad distante, sino esa realidad distante me trae mensajes muy impactantes: muerte de amigos, amigos desaparecidos, amigos perseguidos. Esa realidad me remece y digo qué hago escribiendo una novela aquí, en este momento, cuando mi país está en una etapa de violencia terrible. Entonces, qué hacer. Esas cosas me van removiendo la conciencia.
Roberto Reyes subrayó, además, la identificación de Morillo con el sujeto colectivo y popular que hace la historia, lo cual también constituyó otro valor en la estética de Narración: el tratamiento de los dramas y vicisitudes de personajes enraizados en la historia cotidiana y colectiva. Finalmente,  pasó revista a algunas características resaltantes del propio lenguaje narrativo en esta obra, como, por ejemplo, el planteamiento de la vida como un transcurrir constante, con la imagen del viaje, el río, aquello que fluye, y dejó sentado que los filósofos podrían hilar luego otras interpretaciones de esta novela de Morillo, en relación, por ejemplo, con Heráclito y su concepto de la vida, la muerte y el ser humano. En suma, una intervención sentida e ilustrativa la de Roberto Reyes, quien no quiso extenderse más tiempo y dejó anotado que en el prólogo a la novela desarrolla más ampliamente los conceptos vertidos aquella noche.

Por su parte, el apreciado maestro y escritor Oswaldo Reynoso inició su participación a su estilo, contando una anécdota, de esas que también nutren la literatura en todo tiempo y lugar, acerca de cómo conoció a  Morillo. El hecho ocurrió una tarde en que, aburridos de Lima, él y su ‘compadre’, el recordado escritor Eleodoro Vargas Vicuña, decidieron salir del legendario bar Palermo, donde los habitúes de la Generación del 50 tenían una mesa reservada, y viajar en el primer bus a Trujillo, dejando un papel pegado en una pared donde se leía “Los esperamos en Trujillo”. Cuál sería la sorpresa de ambos cuando al llegar a dicha ciudad de la costa norte, y luego de algunas horas de descanso, se toparon con varios amigos que habían hecho la peregrinación en bus desde Lima hasta Trujillo siguiendo la referida indicación. De ahí se echaron a caminar por las calles de la capital liberteña, y es así como conoció a un joven impetuoso quien, con otros amigos escritores, se sumaron al grupo: se trataba de Juan Morillo. Desde entonces, han cultivado una amistad asentada no solo en el colectivo Narración, sino en los varios años que Oswaldo Reynoso radicó en China, donde Morillo continúa aún.

Ante un público ya ganado, en el amplio y agradable auditorio de la Ricardo Palma, Reynoso anunció que a continuación abordaría la novela de Morillo marcando algunas características que veía centrales, en tanto pieza narrativa y artística. Lo primero, fue resaltar su puesta en escena del desierto: un paisaje  tan consustancial al Perú, a su costa, y, a la vez, dijo Reynoso, tan poco tratado por nuestra literatura  (de inmediato pensé en la novela El viejo saurio se retira, de Miguel Gutiérrez). Hay literatura de la selva, de la sierra, de los valles costeños, pero no del desierto, ni del mar, afirmó: quizá sí de la pesca, pero no recordaba una que abordase el mar mismo (ahora recuerdoPlayas, de Calderón Fajardo). Primer acierto de Morillo en esta obra. Otro asunto que destacó el autor de El escarabajo y el hombre y Los eunucos inmortales fue la magistral técnica exhibida por aquel para hacer toda la novela en segunda persona, sin que decaiga el ritmo ni el interés de su lectura. Al respecto, Reynoso leyó algunos pasajes finales, para demostrar ello, donde el narrador habla consigo mismo en segunda persona acerca de la propia memoria puesta en marcha para llevar adelante la narración en Hienas en la niebla. Asimismo, remarcó el tratamiento y protagonismo de la mujer en esta novela, algo que, comentó, no ha sido usual en la narrativa peruana, con algunas pocas excepciones (evocó las obras de Miguel Gutiérrez, algo de Enrique Congrains, y poco más que eso). Incluso dijo que las narradoras peruanas no habían desarrollado suficientemente este personaje, y que, en general, en el imaginario literario del país se conoce poco o nada de la mujer en tanto personaje, más allá de la Perricholi, una suerte de prostituta en la corte colonial peruana, y Micaela, la mujer de Túpac Amaru.  Por último, destacó que en las novelas de Morillo los personajes iban desenvolviendo sus historias en sucesos interconectados, de tal manera que ante los lectores iba configurándose un universo complejo, donde diversos vectores narrativos confluían unos con otros creando una densidad semántica lograda con suma destreza en el manejo del lenguaje. También remarcó lo dicho por Roberto Reyes en el sentido del compromiso del escritor con su época y su sociedad, lo que una vez más llevó a evocar al colectivo Narración (pero una evocación sobria, seria, sin los aspavientos histéricos ni adanistas que tienen algunos ejercicios de memorias grupales, a veces) donde a Reynoso le cupo rol destacado, en tanto fue prácticamente el padre de la criatura, y Miguel Gutiérrez,  seguramente, su ideólogo más político y radical.

En suma, los tres ponentes aplaudieron esta novela, y la recomendaron mucho para su lectura. De ahí que esa noche se agotaron los ejemplares que se pusieron en venta, y entre firmas, fotos y brindis virtuales (vino no hubo: se fue nomás en el incesante tren de la imaginación), además de los reencuentros debidos con un autor que, aunque radica físicamente lejos, está muy cerca del Perú (“Si Jorge Chávez no ha muerto, y/ Vive en el corazón de los peruanos/ ¿En el corazón de quién/ Vivimos los peruanos?”, como escribió el poeta Luis Hernández) y sobre todo (pero no solo) de sus amigos y compañeros generacionales. Las breves palabras finales del propio autor remarcaron los aportes críticos de quienes le antecedieron, y dejó sentado que esta novela última era inicialmente parte de un proyecto más amplio que quedó subdividido en dos novelas: Aroma de gloria y Hienas en la niebla.

Mi amistad, desde los 80, con una de sus hijas, Isolda Morillo, me tentó a esta suerte de memoria y saludo, y a pesar de que todavía no he leído esta novela, sí lo he hecho con otras anteriores de este autor como El río que te ha de llevar (2000) y Aroma de gloria (2005), por lo cual sé que la cálida presentación (dando la contra al frío limensis) deHienas… fue no solo merecida sino que quedará en la memoria de quienes asistimos a ella, y que felizmente Morillo ha sumado al complejo tema de la guerra civil de aquellos años (mis años formativos, por cierto) otra obra que, con calidad y maestría, aporta en esa zona de nuestra literatura escrita que no vive principalmente del oropel ni de los fuegos fatuos del marketin literario. Ni que se trata de aquellos autores que abordan sensibles temas como este, de la violencia política, más por un deseo de notoriedad que por una sincera preocupación por los destinos y rumbos del pueblo peruano.

El diálogo final que sostuve, off the record, con Antonio Gálvez Ronceros tuvo la chispa de recordar juntos su excelente cuento “Octubre”, donde un negro orina interminablemente en los caminos de un pueblo costeño, y ante la procesión del Cristo Crucificado: carnaval y carnaval. La velada la cerré (al menos en el auditorio mencionado) con los intercambios de teléfonos con el autor de Los ermitaños, y su curioso y amigable requerimiento de que lo llamase un día para obsequiarme un cuento policial suyo, publicado de forma reciente en una revista médica. Y que estaba trabajando en dos novelas próximas a salir, me dijo. Al final, esta foto con los Narración selló la noche con broche de oro. Oro por dentro. Oro por fuera. Narración y un pistolero del far best peruviano.