sábado, noviembre 01, 2014

Las guerras secretas: un espejo de la Amazonía

Julio Nelson / Iquitos


La muerte en el mes de agosto de cuatro nativos amazónicos a manos de madereros trajo nuevamente a colación la precaria situación de los indígenas de la selva en materia de derechos humanos. Tradicionalmente pareciera que solo los indígenas andinos han sido víctimas de los poderosos y del Estado. La denuncia de los agravios que padecieron, y padecen, se remonta a los tiempos de Manuel González Prada, pero no ha sucedido lo mismo con las tragedias de los selváticos. Sus catástrofes sociales han sido ignoradas en el resto del país. Muy pocos intelectuales las han denunciado y examinado. La abrumadora mayoría de los estudios sobre las comunidades nativas amazónicas versan sólo sobre su cultura o sus carencias materiales.

Lo que se sabe de las tragedias del nativo amazónico se reduce a la experiencia del caucho, particularmente en la zona del Putumayo, pero la experiencia en su conjunto fue de tal magnitud que aún existen comunidades que viven huyendo de la llamada Civilización. Cálculos conservadores estiman en cien mil los indígenas muertos por la fiebre del caucho. Pero no se detuvo ahí la masacre. El escritor Ricardo Vírhuez nos cuenta en su novela Las guerras secretas (Lima: Pasacalle, 2012) el drama de la comunidad Mayoruna, situada en la cuenca del Ucayali y próxima a la ciudad de Requena. Virhuez ha vivido años en la Amazonía y su trabajo se funda en una minuciosa investigación, pero realiza el relato en la persona de un inquieto periodista y escritor, Arturo Ramírez

La novela principia a comienzos de los años sesenta y tiene como hilo conductor la vida azarosa de Chidó Dapá, una mujer mayoruna que experimentó en carne propia los estropicios de que fue presa su comunidad. Ramírez no la conocía, sino que supo de ella por un antropólogo de quien le habían dicho que poseía una vasta biblioteca sobre la Amazonía. Ramírez es un apasionado de las literaturas orales y quería conocer textos sobre las literaturas nativas de la Amazonía. Pero el antropólogo no abordó el tema que le interesaba sino que centró su relato en Chidó Dapá, una mujer que lo fascinó desde que la vio.

Su padre era un próspero maderero de Requena y un día, con otros poderosos del lugar y algunos peones, todos armados, se dispusieron a asaltar a los mayorunas, pues éstos no permitían que los madereros talaran los árboles de su comunidad. Y porque querían secuestrar a algunos niños y adolescentes que sirvieran en sus casas como criados. La agresión tuvo lugar y aunque los mayorunas se defendieron, los patrones lograron capturar a algunos jóvenes y niños y retornaron a Requena. Entre los prisioneros de su padre estaba Chidó Dapá, una adolescente de mirada fuerte y voz resuelta que sabía palabras de español. Chidó Dapá –a quien sus patrones llamaron Carmen– con el paso del tiempo aprendió bien el español y se convirtió en una agraciada joven. Y su patrón no tardó en pretender abusar de ella en la cocina. El futuro antropólogo, todavía un niño entonces, entró en ese momento a la casa y oyó ruidos de pelea en la cocina. Encontró a su padre degollado y a Carmen iracunda y con el cuchillo ensangrentado en la mano temblorosa. Huyó, y no se supo más de ella. Este relato conmovió a Arturo Ramírez, quien se propuso averiguar el destino de la mayoruna.

Una tarde, por azar, encontrándose Ramírez en el mercado iquitino de Belén, oyó a una mujer, hablándole a otra, noticias de Chidó Dapá. La mujer era del caserío de Ricopa y conoció a la joven como criada y a la vez alumna de la profesora del lugar. Era alumna aplicada y dominaba cuanto le enseñaban. La profesora era mujer de un comerciante que recorría los caseríos ribereños. El hombre se llegó un día a Ricopa y celebró una fiesta por su retorno. Era gordo, dicharachero y con aires de mandón. Chidó Dapá se fue a dormir antes del fin de la fiesta, al igual que la profesora. Cuando la jarana terminó, el hombre, medio borracho, se fue al dormitorio de la joven para desflorarla y al fin lo logró luego de un encarnizado combate. La esposa despertó por el ruido, y fue a ver. Entonces cogió un leño y golpeó en la espalda a su marido, que le quitó el leño y le descargó un tremendo golpe en la cabeza. La mujer cayó muerta. Chidó Dapá huyó, sabiendo que sería acusada del hecho y que las autoridades no creerían su versión. Ya sabía cómo son las cosas en este mundo. Y por eso mismo, en la noche cerrada, antes de desaparecer pegó fuego al bote con mercancías del comerciante.

Arturo Ramírez presintió que Chidó Dapá había vuelto al caserío mayoruna, de modo que se dirigió a Requena para averiguar. La charla de un viejo del pueblo le confirmó su presunción y le informó de un hecho terrible.

Chidó Dapá, en efecto, había vuelto al caserío y al cabo de un tiempo se casó con un joven de la comunidad. La vida transcurría apacible, hasta que en 1964 el alcalde de Requena y otros poderosos organizaron una expedición compuesta por dos curas, nueve militares, dos policías y treinta y dos civiles, todos armados, que pasaría por territorio mayoruna pues su propósito oficial y aparente era trazar la ruta para una carretera al Alto Yavarí, en territorio brasileño, con el fin de facilitar el comercio con ese país. La llamaron por eso expedición científica –el viejo informante formaba parte de ella-, pero el objetivo real era explorar de forma certera los recursos maderables del territorio mayoruna. Sabían que chocarían con la fiera oposición de la comunidad: por eso iban armados y hasta llevaban una radio para comunicarse con Iquitos. El otro propósito era exterminar a los varones de la comunidad, para así explotar a su antojo el bosque.

Al cabo de varios días de caminata se dieron con la primera choza mayoruna y le prendieron fuego para atraer la presencia de la inerme población. Pero los nativos se acercaron sigilosamente y amparados en la espesa vegetación descubrieron a los cuarenta hombres armados hasta los dientes. Se retiraron y discutieron lo que debían hacer. Era evidente que el conglomerado de hombres venía en son de guerra; por eso habían pegado fuego a la primera vivienda que encontraron. No había otra alternativa que presentar batalla con sus escasas escopetas y abundantes flechas. Rodearon al grupo y descargaron sus armas desde la espesura. L a expedición se vio sorprendida y respondió con sus armas. Se entabló la batalla y los hombres de ambos bandos sufrieron muertos y heridos. Pero los nativos, en base de su conocimiento del lugar llevaban las de ganar. Chidó Dapá era uno de los combatientes Llegó la noche y los mayorunas se retiraron, pero era evidente que volverían al amanecer. Como los expedicionarios perdían la batalla, los militares activaron la radio y se comunicaron con Iquitos presentándose como víctimas de los nativos. Los uniformados de Iquitos comunicaron el hecho a Lima.

El año anterior, 1963, en el mes de mayo, había aparecido una guerrilla en la selva de Madre de Dios; de la que formaba parte Javier Heraud. La guerrilla fue delatada antes de actuar y se desbandó al ser atacada. Pero el presidente de entonces, Fernando Belaunde, al igual que los militares de Lima pensaron que lo que sucedía por la selva de Requena era la presencia de otra guerrilla como la de Heraud y ordenaron a la Fuerza Aérea acantonada en Chiclayo prestar auxilio a los expedicionarios. Los militares que integraban la agrupación informaron por la radio la ubicación exacta de la expedición y de los nativos. Belaunde solicitó, además, el apoyo de la embajada norteamericana, y Washigton dispuso la intervención de un escuadrón aéreo acantonado en Panamá. Estaba allí precisamente para combatir a las guerrillas de Latinoamérica.

A la mañana siguiente se reanudó el combate, y se presentó el escuadrón de Chiclayo acompañado de helicópteros artillados y descargaron sus bombas y proyectiles sobre los mayorunas, que sufrieron muchas bajas. Luego llegó la escuadrilla de Panamá y las bajas crecieron. Pero los mayorunas eran muchos y no se amilanaron, prosiguieron combatiendo, hasta que los expedicionarios resolvieron retirarse.

El viejo informante de Arturo Ramírez le contó además que de todas las regalías que el alcalde prometió a los civiles que participaron en la aventura, por servicios distinguidos a la patria, no cumplió ninguna y que a él lo despidió entregándoles siete soles. Y terminó diciendo que probablemente Chidó Dapá había sobrevivido. Fue la gran satisfacción de Ramírez. En la pobre biblioteca municipal de Requena encontró un maltratado informe sobre la expedición, escrito por un cura. El único propósito del documento era justificar la matanza, “de modo que su lectura moralizadora me produjo un malestar muy parecido a la rabia”, dice Arturo Ramirez. Y más adelante añade, refiriéndose al bombardeo desatado contra los mayorunas: “Casi todos los peruanos ignorábamos que de alguna manera el Perú había sido bombardeado por Estados Unidos. ¿No eran los mayorunas el rostro profundo de nuestro castigado país?”.

Con su conmovedora novela Ricardo Vírhuez nos entrega, ciertamente, un espejo de la vida de los nativos de la Amazonía.

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