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| Alvaro Ique Ramírez. |
Álvaro Ique Ramírez / Iquitos - Fort Myers EEUU
NO QUIERO
QUE ME QUIERAS
«Atendiendo al anhelo de fuga y
sin dar mayor relieve al amor iba a pasar las horas en El Gallo, una pequeña
cantina a donde iban por la última caña los noctámbulos más acariñados con el
alcohol, los folk-hero de la noche».
Elvira se sentía en la gloria porque el
destino o lo que fuere se había portado bien con ella halagándola con el amor,
desde entonces vive como una gata maullando en el tejado. El causante de
semejante desbarajuste se llamaba Marcelo, un futre de buenas maneras que no
fumaba y que siempre estaba arrimando una silla cómoda a los demás como si
fuera un objeto artístico para que entendiéramos el oficio del carpintero. Era pintor
de mundologías casi increíbles que haría correr de espanto a la Virgen. Uno de
esos artistas locos que un día va a arder en el averno. Pero lo que le hacía más valioso salía de los ojos
de Elvira que lo veía como un galán extraído de un guión cinematográfico. Ella
lo quería con loco frenesí y juraba sentirse amada por los cuatro costados como ama un condenado a muerte: robándole
oxígeno a la vida y sí; su Marcelo, sin importarle que se embadurne con pintura,
era un tipo gentil y cariñoso, y sobre todo sincero; y no como un turro de esos
que engañan a las mujeres con el cuento de los buenos sentimientos. Se habían
puesto al lado del amor como dos seres que sabían comer con las manos: ella,
velozmente, él, con monotonía. Ella, dando. Èl, poniendo y quitando. La una,
entregando su flor oscura, húmeda; el otro, otorgando su espiga tónica. O eso
creía ella. No eran gente hermosa y
exuberante. Ellos eran seres normales
«algo oscuros» derrotados un poco por el desarraigo y que no les quedó otra
cosa que entreverarse en un país ajeno y extraño pero que Elvira llamaba
«verídico y perfecto». Era tal su convencimiento que aseguraba «esto es una
locura del cielo: estoy viviendo en el paraíso de los sueños donde todas las
ilusiones son posibles, incluso, tener una cartera Louis Vuitton». Al mirarse
en un espejito ambos sabían de rebote que eran un hombre y una mujer sin roles
melodramáticos que no necesitaban vivir alabando espectacularidades del idilio
como si fuesen pinturas vivientes en pro del repertorio amoroso. Èl no era
Romeo Montesco ni ella Julieta Capuleto, no eran esas vidas dolorosas
conectadas con la muerte que no pudieron vanagloriarse con el amor, el erotismo
y la lujuria. Y sabían que ni tocando la teta izquierda de la estatua de
Julieta en Verona, tendrían suerte en el amor. (El amor no consiste en la
«creencia» de la suerte). En oposición al temperamento shakesperiano el amor es
un desajuste sin medida de los sentidos y del espíritu, y no esa cosa fenomenal
que llaman el arquetipo idílico del amor sobre la tierra; lo digo yo que vivo
en la península del amor trágico.
Marcelo y Elvira eran gente contemporánea,
liberales, gozadores de los placeres de la vida y del amor que les daba
escalofríos las uniones arregladas en India donde igual da la clase baja que la
alta, y que no es raro que las mujeres casadas amanezcan muertas en sus camas
pero lo más seguro es que sus maridos las quemen en sus cocinas. Se
horrorizaban con esta pregunta: ¿de qué sirven el cortejo y tanta pompa si
«todo» de antemano está arreglado por una sociedad de castas, reduccionista,
cínica y brutal, déspota y violenta? Recuerdo vagamente que Marcelo en una
oportunidad me habló de los escándalos monárquicos como un gran hallazgo, y
finalizó diciéndome: «en Francia, en tiempos del cardenal Richelieu, duque de
Fronsac, el amor era indulgencia de los nobles, la plebe se arreglaba con
cualquier cosa y así seguía su soterrada vida la miserable chusma, ¡figúrese
usted!»
Elvira y Marcelo no eran víctimas discretas o
prominentes del pecado mortal del amor y los desafueros de la razón ─las
víctimas son tan mentirosas como persuasivas─, pero se notaba que vivían al
borde, alelados, como pichones apachurrados sobreviviendo al pelotón de
fusilamiento. Ella más que nadie. Así lo percibía él.
Elvira era una trigueña coqueta que no podía
negar su presencia. En cuanto sentía que la miraban trataba de parecer más
bonita. Andaba siempre con una taza de café. Cocinaba regiamente y se codeaba
con muchas cosas: el salón de belleza, las tiendas que le pasmaban, los
novelones y paparruchadas de la televisión basura, no le faltaban crisis y
fobias en su oficio y las jugadas sucias de la vida a prueba de balas.
Pero todo eso era lo de menos. O eso creíamos
porque el amor que andaba en mangas de camisa había quemado el pastizal de su
piel y le hacía cosquillitas todo el tiempo en el corazón. No se le podía ver
la cara porque estaba inundada de arrebol y ni echándole agua helada su boca
rosada se enfriaba. Elvira no se defendía del amor; ni falta que le hacía. Si
supiera usted que de atrás para adelante y viceversa un torbellino de pasión
había acentuado su figura. Se estaba volviendo un cuerpo de rechupete con 50
grados a la sombra pero también en cráneo nervioso que anoche
a las 9:45 de improviso le increpó a su galancete: «¿Tienes algún problema
sentimental, amorcito?»; a Marcelo la pregunta lo agarró como si estaría
cayéndose al río pero enseguida se repuso y dijo: «¿y eso?»; muy linda ella
respondió, «eres enormemente increíble… vas por la vida como si el mundo y yo
no existiéramos, siempre estás con el ánimo seco y con la pavada ésa de pintar
en trance; en cambio yo para no meter la pata te soporto y comprendo…y como una
huevona me pongo a crear mundos paralelos. No es que hable por hablar ni
empiece a bordarte un pleito, Marcelo, en dos, tres ocasiones estuve pensando
en tu falta de entusiasmo y en mi debilidad por ti que reprochan mis amistades;
dime, ¿tú crees que algún momento esto funcionará como un tren yendo rápido y
parejo?» No le cayó nada bien lo último que escuchó, por lo mismo, pensó muy en
el fondo, «puta me quiere atarantar». Elvira siguió con su taco de preguntas, «¿por
qué no vamos de parranda de vez en cuándo? Llévame al Meneíto o al Maringo Club,
ese antro en Palm Beach Boulevard. Bailemos apapachados o simplemente vayamos a
mover el culo y las patas con algo de tribal, tex-mex y quebraditas, y si por
ahí sale un tango bailaría como una señorita de Buenos Aires y no como una
atorranta endiosada como son las de Córdoba. (Que nunca pongan un valsecito
peruano, dicen que esa música es más peligrosa que el vómito negro; alma en
pena o peruano que lo oye en el extranjero se pega un tiro o se corta las
venas; cosas de la nostalgia y del terruño, le llaman). ¡Vamos a bailar!
Anímate, pichón, antes que te lleve el huracán. Y si a ti te da igual comer en
la cama, a mi, no; para mi la calle es importante. Ahí está la vida y en las
tiendas. ¡Ah!, qué lindas las tiendas. Los ojos se me van en las tiendas con
tanta ropa bonita y a la moda. Ando maravillada con el bendito botox y con el
auténtico kleenex (¡qué delicado que es!), ¡estoy contenta, contenta!, ¡am
glad, am glad!; me encantan los anuncios de neón y los restaurantes, aunque sea
sólo para comer papas fritas con kétchup, me gusta el panqueque (¿y la
tortilla, ricura, dónde quedó? Am sorry, men); y me enloquece rodar el Chevy aunque sea con
el tanque casi seco. ¿No te importa ─preguntó con el mentón temblándole─ ir
conmigo a la calle atendiendo mis deseos? No. No te importa ─se respondió,
retorciendo su boca─. Nunca me festejas ni salimos juntos. Esas escapadas donde
tus amigotes, ni los cuentes: no tienen nada de chévere, son puras engañifas,
borracheras con babas, mucho vidrio roto y nada de merengue. Y por si fuera
poco ni cayéndose tu pelo tienes una frase cariñosa pasada por agua tibia».
Marcelo no contestó, qué va contestar. De pocas palabras como su papá él opta
por el silencio como una fórmula evasiva sin consuelo y esperanza que consiste
en «hágame el favor, con su permiso»; y no la palabra que aclara o aniquila: «boca
¡sálvame!, antes que me coman con los ojos». Por eso, callado se defiende mejor
aunque los demás piensen lo que les parezca. Pero ella siguió soltándole los
perros, «Marcelito» ─lo decía con ese tonito de malandrina cuando intuía que
había tocado carne─. «Marcelito, una no se va a afinar por gusto y deseo
solamente, una se afana por alguien porque tiene cama y agua que compartir pero
no vayas por el mundo ignorándome como
un querubín despeinado por las meseras que te huelen el pedo y que no son más
que putillas de restorán, y no me dejes
hablando sola; no seas pendejo que sonsa no soy».
Como salido de un folletín
rosa él la miraba como a un pavorreal enojado picoteando hígado de bacalao y la
remiraba con los ojos bien abiertos y veía que era una gardenia cubierta de
veneno. Los nervios le rozaron la cara y tuvo vértigo y no sabe cómo pero en
ese instante fue un hombre malo: deseó que algún sistema mágico y esotérico la
convirtiera en un axolotl dentro de un acuario. «Sé lo que estás pensando ─dijo
entradora, pillando sus malas intenciones─,
no soy el monstruo que te va a comer vivo ni la domadora de leones que
te va a chicotear las canillas y tu pija arrugada. ¿Quién soy yo para
acarrearte desgracias? El asunto es que no te defines; o eres un voluble que
por ahí tienes un calentado con alguna tramposa. Marcelito, mírame de cuerpo
entero: Soy una mujer enamorada que no ha perdido la visión, y te consta». «Sí.
Basta mirar el resplandor en tu cara ─pensó inmediatamente Marcelo─, y eso me
jode, mujer. En este mundo de hombres, así como eres una mujer orgásmica eres
una mujer agresiva, dominante, que valora su maquillaje como pintura de guerra
y está bien que seas así: fuerte, decidida, batalladora; sólo espero que no
seas una asesina psicológica». Eso fue todo lo que resonó en su mente. No es
que le falte pólvora para estallar o lengua que sepa jugar con las palabras. El
no es un vencedor ni mucho menos tiene la «desgracia» de ser perseverante para
explicar sus pensamientos y pesimismos; pero algo salió de sus labios debajo de
un bigote negro, parejo como una línea política radical: «lo menos que quiero
es causarte daño y verte sufrir y dejarte mal parada. No voy a hacer lo que
hacen todos: fingir como un malvado. No tengo nada que dar. No me enloquezcas,
por favor. Discúlpame, pero yo te dije: Elvira, no quiero que me quieras, pero tú…».
Ella tuvo ganas de contestarle
con palabrotas tal como se hace con un fifiriche: «óyeme, gran huevón, ¿por qué
no te vas un poco a la concha de tu madre?»
Prefirió decir: «¿eso es todo? Sería genial que me dijeras algo más, me sacas
de quicio y, ¿sabes?, tus silencios grandes y chicos me atosigan, así es que te
los vas metiendo con una enema por donde tú ya sabes, a ver si así desembuchas
algo más si no quieres una próxima requintada de madre». Si hubiese querido ser
un poquito más faltona pudo rematar con esto: «…y tu disculpa me la paso por la
cuca». Pero no lo hizo; esa cochinada sólo lo diría una ramera de cinco lucas. Un
poco que la jodió, Elvira. Perdió los papeles, es decir, como si fuese una
negra energúmena, el ímpetu le ganó. Ella era como las espías: nunca decía que
era culpable y espía. Le daba pena pero qué se le iba a hacer. No se armó un bochinche pero el ambiente estaba tenso. La
mujer siguió jodiendo y el otro, chitón, nomás. «Tienes que decirme algo,
Marcelo. Decirme que me quieres. Decirme que éste es el lugar. Decirme que
vamos a organizar nuestras vidas. Decirme que aquí, aquí vamos a vivir y que no
te vas a ir. Ya no vayas a la 41… pierdes tu tiempo paradote esperando que te
caiga una que otra chamba de jornalero. Búscate algo de acorde a tu rol, no
seas guache, mira que aquí hay tanta prosperidad tirada. Piensa: aquí puedes
ser el artista que vive en tus sueños. ¡Vamos, dime! ¡Habla! ¡Dime aunque sea
mentiras!... dime algo, cabrón, ¿o es que los gusanos te comieron la lengua?
¡Vomita algo, aunque sea mierda!»; terminó diciendo con furor cachaciento. Pero
ahí no acabó su bronca. Al más puro estilo crapuloso, vociferó: «¡Qué horrible
es vivir contigo en este puto mundo de Dios!»; a Elvira todo le sirve, incluso
las imprecaciones divinas con tal de dejar constancia de su furia. Casi en su
cara le dijo una diatriba más: «¡que pena!, con nada reaccionas. ¡Tarado!». A
través de una lluvia fina de saliva que le cayó en la cara pudo ver que le estaba
mostrando el dedo medio de la mano derecha y que se alejaba ligerita; en dos
trancos estuvo en el comedor y su cólera lo desquitó con un plato de higos. Marcelo
se quedó sólo enhebrando un collar de pensamientos: «Yo te dije Marcelo, “si no
amas no sigas, el reproche te hará añicos”, Marcelo tienes el eje quebrado, así
es que entre la idea del hartazgo y la atmósfera del vacío, elije el vacío ya
que te va a dar una sensación que no se equipara con nada. Además, hace rato
que perdiste el interés: ya no quieres evolucionar en el amor. Te pregunto:
«¿Qué se habrá creído Elvira que se atribuye el don de la adivinación al decirte
graciosamente “aquí puedes ser el artista que vive en tus sueños”? ¿Y qué es
eso de “búscate algo de acuerdo a tu rol…?”; ¿tú, de fertilizante en éstas
tierras, con papeles y todo?, por favor, Marcelo, no me hagas reír, mira que el
agave no crece en cualquier lugar. Ahora mismo anda a decirle clarito: Elvira, ¿por qué voy a
cotejar tus ilusiones con mis frustraciones? ¿Y medir tu vigor con mi
parálisis, como si fuesen reales? ¿Por qué voy a anillar mi vida con la tuya?
¿Y por qué el lastre que es mi vida tiene que ser un plagio de tu desmedido
amor a estas tierras? Por último, antes que te desaparezca del mapa, lánzale
esta pregunta, ¿por qué demonios no ayudas a terminar el muro en la pinche
frontera y así dejas de joder? Anda muchacho, anda, y plántate en su cara,
sacúdele la mata y luego dile: sin reproches, chao, nena».
El gusano de la conciencia se le resbaló por
los hombros y se convirtió en el asqueroso bicho de la insidia o en todo caso era
el demonio atizando los ánimos.
La encontró tal como se imaginó, devorando
higos (siempre lo hace cuando está irritada y se ensucia la cara pero todo lo
que es cara, como si fuese una pipiola).
─¿Y ahora, qué?
─Quiero que hablemos pero sin tantas ofensas.
─¡Vaya!, que el señorito hable, eso si es
algo que me deja idiota, pero bueno, te escucho y si quieres te ayudo a
pilotear tu vida.
─Me has caído encima con un montón de ataques
que no he contestado pero no creas que tengo el culo repleto de cortesías…
─¡¿Qué cosa?!, aguanta tu carcacha, zonzo, y
háblame bonito. Conmigo no te hagas el pendejo.
─¡Apágate, nena!, y aprende a escuchar ─le
salió en una. En el sentido cómico, ambos parecían enfrentados en medio de un
taller sexual, ella, con la paloma cuculí aleteando y él, con las pelotas al
aire─ déjame hablar…
─Adelante, artista de vida ordinaria.
─Elvirita, si no enganchamos emocionalmente,
menos todavía vamos a acoplar nuestros sentimientos; no tiene lógica…
─¿Y de cuándo acá el amor está embarrado con la mierda
de la lógica?, a ver, dime.
─No empieces a rezongar, acaparadora de
insultos…
─Mira trucho, yo empiezo cuando me da la gana,
y digo lo que me da la gana y no jodas. ¡Enciéndeme nene y verás! ─tal como
suena, de esa manera lo arrolló con su lengua de pesadas orugas, idéntica a la
que se maneja Olinda “Piojosa”, la barriobajera esa que anda con la cartera
llena de condones.
Qué boquifloja la Elvira. Qué cuajarón el
Marcelo. ¿Cascabel y pericote? ¡Qué va! Son voluntades asustadas, errantes y
desgastadas atenuando la carga existencialista que les tocó sin pedirlo.
Obsesivos y solitarios, fugitivos disparejos atenazados por la psicosis
defendiéndose rumiando soledades. Ahí nomás se acabó todo. Marcelo se quedó con
los genitales fríos y sin poder abrir la boca. ¡Ah!, qué Elvira ésta, chabacana
como siempre, y el Marcelo que era una melcocha de carácter se estaba
convirtiendo en una plancha de hielo pero que no era un impedimento para recordar vagamente que sólo quería decirte, «no quiero que me quieras», gata
melosa, no quiero. El amor que no prende no se exige. No quiero joderte con mi
novela de trampas y de vagabundo de mal vivir. No quiero que te acerques más
mostrándome la cima ovalada de tu cucarda ─juntó los índices como apareándose─,
conmigo las dudas van por los aires, es decir, voy a seguir como un hijueputa
destruyendo el amor no por un guiso de lentejas, sino, por tres hectáreas de
uva, un pomo de vodka, tal vez, o por gusto y por nada; antes que una asesina
de hombres acabe conmigo…». Estaba de lo mejor recordando qué iba a decirle a
Elvira, cuando empezó a ver visiones o eso parecía y sus pensamientos
cambiaron: «¿de dónde apareció María Félix que mató a Agustín Lara con el puñal
del olvido? Está hablando, Elvira, la doña te está diciendo, “hoy día estás
enamorada de un chambón y mañana, ¿quién sabe?”, respóndele algo. El maestro
Agustín, pobrecito, está debajo de esta hechicera completamente desnudo de
existencia y lleno de soledad. ¡Ay, vida! ¡Ay, maldita muerte!, ¿acaso no saben
que Agustín Lara fue un activista del amor y el cargador de los anhelos mal
correspondidos y el esqueleto con más fracturas en el alma? ¡Aléjate, María
Félix! ¡Regresa al paraíso de tus infiernos! No quiero verte María Félix o
Elvira, o como te llames. Felicidad nociva. Opio tónico. Pájara endemoniada.
Baraja y encontronazo furibundo contra la exquisita educación y las buenas
costumbres. Epifanía robada a los cristianos para adorar a una tal María
Bonita, arpía con garras de acero y un corazón como una mancha confusa..»;
«¡hey, ¿estás ahí?, ¡contéstame, turro!»; escuchó a lo lejos a Elvira ya que él
estaba ensimismado en sus ideas, casi flotando en estado cataléptico. Elvira volvió a la carga. Esta vez con la
indignación encimándole el rostro dijo con toda su bocaza: «¡Cuando Dios te
ponga lengua, hablamos. Sino, no, zoquete». Levantó el culo, retiró la silla y
se fue al váter a hacer pipí. Toda ella preciosa hasta el copete entre las
preciosas más indignadas. ¡Já!
Como se quedó solo y sin saber qué hacer
dentro de las cuatro paredes del pequeño departamento, Marcelo abrió la puerta
y salió.
Atendiendo al anhelo de fuga y sin dar mayor
relieve al amor iba a pasar las horas en El Gallo, una pequeña cantina a donde
iban por la última caña los noctámbulos más acariñados con el alcohol, los
folk-hero de la noche.
Marcelo no estaba a la búsqueda de un premio
que provenga del estanco del amor. Tampoco para enjabonar la palangana ni
queriendo averiguar sobre la eterna durabilidad de los prostíbulos. Nunca fue
putañero. Y nunca se preguntaba, ¿cuántos amigos tengo? El estaba listo para
irse en cualquier momento. A él le daba igual la playa que el páramo. «En este
arrabal ─decía sin ningún reproche─ la vida que has de vivir, es la fama que
has de tocar». A él el amor lo denigró y le hizo trizas, y para que las culpas
pesen menos en su billetera sólo carga fotos de sus hijos.
En dos días organizó su huída. Así como llegó
a estas tierras, cruzando el río, así se va a largar y a donde quiera que vaya
seguirá siendo un fugitivo de la vida y de la ley del amor. Pero antes va a
dejar cortando la alambrada. Y antes de eso va a participar en una exposición
colectiva titulada «IN MEMORIAM ÓSCAR DOMÍNGUEZ». Sus cuadros (9) ya entregó al
galerista y con él arregló lo siguiente: el dinero que le corresponda por la
venta de sus obras debe entregarle a Elvira y aquellos que no se vendan,
donarlos al manicomio, «yo no voy a estar aquí para recogerlos y ése es el
mejor lugar para preservar la salud del arte», dijo con toda seguridad. Quien
estaba segura de lo que iba a pasar era Elvira. No era por despecho; era un
asunto de arte y de prestigio: a ella nadie, nadie, pero lo que es nadie, le
gana con los pinceles, y nadie, juraba, lo que es nadie, opaca sus obras.
«Además ─decía, convencidísima─, todavía no ha nacido el hijo de puta que me
gane en el arte de la pintura»; diciendo esto cargó en su cartera imitación
cuero una tijera filuda que venía en un primoroso estuche cubierto de seda
negra, y dijo amorosamente a sus hijas, dos linduras adolescentes que no se
cansaban nunca de parlotear desde esos endemoniados inventos llamados móviles:
«tesoros, acompáñenme a la exposición que esta noche mami va a brillar. Esta
noche, es la noche de mamá».