jueves, diciembre 13, 2012

Homicidas cotidianos

Haydith Vásquez Del Aguila / Tarapoto

Leer Homicidas cotidianos de Ronald Arquíñigo Vidal ha sido un suceso formidable, por lo emocionante que resulta recorrer cada página, a la espera de encontrarme con esa fuerza narrativa que imprime el autor a sus historias. Ronald nos invita en cada cuento a ser parte de ese universo intenso y por momentos caricaturesco que nos atrapa y nos devuelve al mundo real: distintos.

Homicidas cotidianos es un libro de cuentos compacto y uniforme. No se siente en la prosa de Ronald algún atisbo de inseguridad que emerja para distraernos del claro objetivo que tienen sus palabras de invadirnos de angustia e incluso incitarnos al desvelo justificado. La quietud de las historias puede pecar de aparente humildad y hacernos creer que son menos ambiciosas si estamos desatentos, no siendo este el caso, pues detrás de cada relato se esconde una ambición que es característica de la mejor literatura. Estamos frente a un escritor que, con cada trazo de su pluma, aguza la compleja mirada que tiene del mundo contemporáneo. Su universo narrativo lleno de seres decadentes no hace sino confirmar su alta sensibilidad para retratar submundos. Ejemplificar con personajes asimétricos la confirmación largamente postergada de que nada es lo que parece.

Hay una frase que cita uno de los personajes del cuento “Una guerra absurda” y que describe la esencia del libro: la fotografía de un funeral en blanco y negro. Es exactamente como siento los cuentos de Ronald, como una pintura por momentos blanca, por momentos esperanzadora y en otros totalmente oscura y que retrata con color fuliginoso lo cotidiano. En sus palabras no encontramos lugar para matices ni medias tintas, el todo y la nada se conjugan, el blanco y el negro se toleran pero no se mezclan. Al final nos queda la sensación de estar frente a un espectáculo en blanco y negro que todos alguna vez hemos visto y que no deseamos que se llene de color, porque en su atmósfera lúgubre radica el mayor de sus encantos. 

En el cuento “El espejo del fotógrafo” nos dice que la fotografía es un engaño ataviado de una atemporalidad ansiada; una extensión anodina de la realidad que fantasea con nuestra mente hasta convertirnos en lunáticos tras la búsqueda de la simulación de un efecto armonioso. Con esta reflexión trata de quitarnos la venda de los ojos y sacude nuestra comodidad de lectores pasivos, él está comprometido a mostrarnos sin un ápice de cinismo que habitamos un lugar irreconocible y que somos parte de un género humano sumido en la derrota.

En el cuento “No es solo un objeto” nos habla como a un cómplice: me entregué a mi libro perdido como quien se entrega a un amor que regresa; como nunca me entregaré a C, ni tampoco a K; la primera porque no la amo, la segunda porque no la tengo. Hasta en la búsqueda insaciable del amor Ronald es certero al afirmar que hay pasiones que pueden ser más sublimes que incluso un amor real. En este caso el personaje prefiere entregarse a los brazos de un libro antes que sucumbir a un amor que no anhela y porque se resigna a soñar con un amor que nunca llegará.

Finalmente reflexiona que los sujetos con los que nos cruzamos en las calles, es decir todo nosotros, somos potenciales asesinos de pensamientos lúdicos, matamos con honesta convicción y que hipócritamente condena el código penal. Ronald, sin endulzar las palabras, nos invita a que busquemos en nuestro interior esa cuota de culpabilidad que nos acecha, que tratamos embusteramente de ocultar con convencionalismos sociales y que se revela al mínimo descuido, mostrando sin piedad nuestra verdadera naturaleza.

Auguro para Ronald un futuro brillante en el mundo de las letras y sobre todo aplaudo el aplomo para embarcarse en esta aventura literaria que encierra una tormentosa y a la vez maravillosa representación de nuestro mundo contemporáneo 

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Homicidas cotidianos. Ronald Arquíñigo Vidal. Lima: Pasacalle, 2012.

domingo, diciembre 09, 2012

Las historias de Gavino




Juan Rodríguez Pérez / Sauce

Hace poco en el I Coloquio de Literaturas Amazónicas se hizo alusión a la guerra que se vivió en San Martín y que no se refleja en su literatura, a pesar de la violencia con que se desencadenó. En este sentido habría que tener en cuenta que los protagonistas involucrados, de alguna manera se vieron favorecidos con el advenimiento de esta guerra que englobaba a dos frentes claramente definidos: narcotráfico y la subversión. Ambos, tomados de la mano, involucraron a la población que despertó y sin saber qué partido tomar optaban por el que les favorecía más a nivel personal como regional. 

A pesar de la desgracia que les acogía, el poblador de la selva no perdía su alegría; es así, como afirma Marticorena, que esa alegría amazónica no le permite reflexionar en profundidad sobre la realidad vivida. A pesar de la existencia de material para la elaboración de una narrativa que traspase las fronteras no solo de la región, sino del país, esta no se da, y lo poco publicado no alcanza niveles de repercusión que permitan la reflexión. 

Gavino Quinde Pintado, un autor conocido en la región, pero desconocido para la mayoría, en su libro Historias que conmueven (2012) a través de su cuento “Andanzas peligrosas” nos retrata parte de la violencia vivida en la zona de Tocache llegando hasta Campanilla, donde, aprovechando la fuga que se da en medio de la selva y la persecución de parte del grupo sedicioso, le sirve de pretexto para dibujar personajes que ven de diferentes maneras el sistema de vida de algunos pobladores.

 No es el único autor, pero me he detenido en él y en este cuento particularmente porque considero que la violencia que describe, especialmente al navegar el río Huallaga, se acerca más a la realidad observada durante mis viajes a esta zona.

Los demás cuentos y relatos que integran el volumen, en su mayoría anécdotas enriquecidas, sutilmente trazadas, con la visión y la calidad de Gavino, tocan diferentes puntos cotidianos, bastante personales, y con el ánimo didáctico. Los cuentos empiezan con una descripción del escenario donde arranca la historia para trasladarnos, poco a poco, a otros escenarios y rematar con un tono de nostalgia.

Punto aparte merecen los cuentos “Abnegada” y “La piedrecilla azul”, la primera por la ternura que nos transmite el autor a través de las aves sobrevivientes al incendio, y el segundo cuento, lleno de imágenes que juega con el surrealismo y la imaginación del lector.

En suma, una colección bastante lograda, con un estilo sencillo, donde se conjuga el humor y la violencia. Sin duda, un autor a tomarse en cuenta.

El árbol del chuncho n° 25

Alvaro Ique Ramírez.

Álvaro Ique Ramírez / Iquitos - Fort Myers EEUU


NO QUIERO QUE ME QUIERAS

           «Atendiendo al anhelo de fuga y sin dar mayor relieve al amor iba a pasar las horas en El Gallo, una pequeña cantina a donde iban por la última caña los noctámbulos más acariñados con el alcohol, los folk-hero de la noche».

Elvira se sentía en la gloria porque el destino o lo que fuere se había portado bien con ella halagándola con el amor, desde entonces vive como una gata maullando en el tejado. El causante de semejante desbarajuste se llamaba Marcelo, un futre de buenas maneras que no fumaba y que siempre estaba arrimando una silla cómoda a los demás como si fuera un objeto artístico para que entendiéramos el oficio del carpintero. Era pintor de mundologías casi increíbles que haría correr de espanto a la Virgen. Uno de esos artistas locos que un día va a arder en el averno. Pero  lo que le hacía más valioso salía de los ojos de Elvira que lo veía como un galán extraído de un guión cinematográfico. Ella lo quería con loco frenesí y juraba sentirse amada por los cuatro costados  como ama un condenado a muerte: robándole oxígeno a la vida y sí; su Marcelo, sin importarle que se embadurne con pintura, era un tipo gentil y cariñoso, y sobre todo sincero; y no como un turro de esos que engañan a las mujeres con el cuento de los buenos sentimientos. Se habían puesto al lado del amor como dos seres que sabían comer con las manos: ella, velozmente, él, con monotonía. Ella, dando. Èl, poniendo y quitando. La una, entregando su flor oscura, húmeda; el otro, otorgando su espiga tónica. O eso creía ella. No eran  gente hermosa y exuberante. Ellos  eran seres normales «algo oscuros» derrotados un poco por el desarraigo y que no les quedó otra cosa que entreverarse en un país ajeno y extraño pero que Elvira llamaba «verídico y perfecto». Era tal su convencimiento que aseguraba «esto es una locura del cielo: estoy viviendo en el paraíso de los sueños donde todas las ilusiones son posibles, incluso, tener una cartera Louis Vuitton». Al mirarse en un espejito ambos sabían de rebote que eran un hombre y una mujer sin roles melodramáticos que no necesitaban vivir alabando espectacularidades del idilio como si fuesen pinturas vivientes en pro del repertorio amoroso. Èl no era Romeo Montesco ni ella Julieta Capuleto, no eran esas vidas dolorosas conectadas con la muerte que no pudieron vanagloriarse con el amor, el erotismo y la lujuria. Y sabían que ni tocando la teta izquierda de la estatua de Julieta en Verona, tendrían suerte en el amor. (El amor no consiste en la «creencia» de la suerte). En oposición al temperamento shakesperiano el amor es un desajuste sin medida de los sentidos y del espíritu, y no esa cosa fenomenal que llaman el arquetipo idílico del amor sobre la tierra; lo digo yo que vivo en la península del amor trágico.

Marcelo y Elvira eran gente contemporánea, liberales, gozadores de los placeres de la vida y del amor que les daba escalofríos las uniones arregladas en India donde igual da la clase baja que la alta, y que no es raro que las mujeres casadas amanezcan muertas en sus camas pero lo más seguro es que sus maridos las quemen en sus cocinas. Se horrorizaban con esta pregunta: ¿de qué sirven el cortejo y tanta pompa si «todo» de antemano está arreglado por una sociedad de castas, reduccionista, cínica y brutal, déspota y violenta? Recuerdo vagamente que Marcelo en una oportunidad me habló de los escándalos monárquicos como un gran hallazgo, y finalizó diciéndome: «en Francia, en tiempos del cardenal Richelieu, duque de Fronsac, el amor era indulgencia de los nobles, la plebe se arreglaba con cualquier cosa y así seguía su soterrada vida la miserable chusma, ¡figúrese usted!»

Elvira y Marcelo no eran víctimas discretas o prominentes del pecado mortal del amor y los desafueros de la razón ─las víctimas son tan mentirosas como persuasivas─, pero se notaba que vivían al borde, alelados, como pichones apachurrados sobreviviendo al pelotón de fusilamiento. Ella más que nadie. Así lo percibía él.

Elvira era una trigueña coqueta que no podía negar su presencia. En cuanto sentía que la miraban trataba de parecer más bonita. Andaba siempre con una taza de café. Cocinaba regiamente y se codeaba con muchas cosas: el salón de belleza, las tiendas que le pasmaban, los novelones y paparruchadas de la televisión basura, no le faltaban crisis y fobias en su oficio y las jugadas sucias de la vida a prueba de balas.
Pero todo eso era lo de menos. O eso creíamos porque el amor que andaba en mangas de camisa había quemado el pastizal de su piel y le hacía cosquillitas todo el tiempo en el corazón. No se le podía ver la cara porque estaba inundada de arrebol y ni echándole agua helada su boca rosada se enfriaba. Elvira no se defendía del amor; ni falta que le hacía. Si supiera usted que de atrás para adelante y viceversa un torbellino de pasión había acentuado su figura. Se estaba volviendo un cuerpo de rechupete con 50 grados a la sombra pero también en cráneo nervioso  que  anoche a las 9:45 de improviso le increpó a su galancete: «¿Tienes algún problema sentimental, amorcito?»; a Marcelo la pregunta lo agarró como si estaría cayéndose al río pero enseguida se repuso y dijo: «¿y eso?»; muy linda ella respondió, «eres enormemente increíble… vas por la vida como si el mundo y yo no existiéramos, siempre estás con el ánimo seco y con la pavada ésa de pintar en trance; en cambio yo para no meter la pata te soporto y comprendo…y como una huevona me pongo a crear mundos paralelos. No es que hable por hablar ni empiece a bordarte un pleito, Marcelo, en dos, tres ocasiones estuve pensando en tu falta de entusiasmo y en mi debilidad por ti que reprochan mis amistades; dime, ¿tú crees que algún momento esto funcionará como un tren yendo rápido y parejo?» No le cayó nada bien lo último que escuchó, por lo mismo, pensó muy en el fondo, «puta me quiere atarantar».  Elvira siguió con su taco de preguntas, «¿por qué no vamos de parranda de vez en cuándo? Llévame al Meneíto o al Maringo Club, ese antro en Palm Beach Boulevard. Bailemos apapachados o simplemente vayamos a mover el culo y las patas con algo de tribal, tex-mex y quebraditas, y si por ahí sale un tango bailaría como una señorita de Buenos Aires y no como una atorranta endiosada como son las de Córdoba. (Que nunca pongan un valsecito peruano, dicen que esa música es más peligrosa que el vómito negro; alma en pena o peruano que lo oye en el extranjero se pega un tiro o se corta las venas; cosas de la nostalgia y del terruño, le llaman). ¡Vamos a bailar! Anímate, pichón, antes que te lleve el huracán. Y si a ti te da igual comer en la cama, a mi, no; para mi la calle es importante. Ahí está la vida y en las tiendas. ¡Ah!, qué lindas las tiendas. Los ojos se me van en las tiendas con tanta ropa bonita y a la moda. Ando maravillada con el bendito botox y con el auténtico kleenex (¡qué delicado que es!), ¡estoy contenta, contenta!, ¡am glad, am glad!; me encantan los anuncios de neón y los restaurantes, aunque sea sólo para comer papas fritas con kétchup, me gusta el panqueque (¿y la tortilla, ricura, dónde quedó? Am sorry, men);  y me enloquece rodar el Chevy aunque sea con el tanque casi seco. ¿No te importa ─preguntó con el mentón temblándole─ ir conmigo a la calle atendiendo mis deseos? No. No te importa ─se respondió, retorciendo su boca─. Nunca me festejas ni salimos juntos. Esas escapadas donde tus amigotes, ni los cuentes: no tienen nada de chévere, son puras engañifas, borracheras con babas, mucho vidrio roto y nada de merengue. Y por si fuera poco ni cayéndose tu pelo tienes una frase cariñosa pasada por agua tibia». Marcelo no contestó, qué va contestar. De pocas palabras como su papá él opta por el silencio como una fórmula evasiva sin consuelo y esperanza que consiste en «hágame el favor, con su permiso»; y no la palabra que aclara o aniquila: «boca ¡sálvame!, antes que me coman con los ojos». Por eso, callado se defiende mejor aunque los demás piensen lo que les parezca. Pero ella siguió soltándole los perros, «Marcelito» ─lo decía con ese tonito de malandrina cuando intuía que había tocado carne─. «Marcelito, una no se va a afinar por gusto y deseo solamente, una se afana por alguien porque tiene cama y agua que compartir pero no vayas por el mundo ignorándome  como un querubín despeinado por las meseras que te huelen el pedo y que no son más que putillas de restorán, y no  me dejes hablando sola; no seas pendejo que sonsa no soy».

 Como salido de un folletín rosa él la miraba como a un pavorreal enojado picoteando hígado de bacalao y la remiraba con los ojos bien abiertos y veía que era una gardenia cubierta de veneno. Los nervios le rozaron la cara y tuvo vértigo y no sabe cómo pero en ese instante fue un hombre malo: deseó que algún sistema mágico y esotérico la convirtiera en un axolotl dentro de un acuario. «Sé lo que estás pensando ─dijo entradora, pillando sus malas intenciones─,  no soy el monstruo que te va a comer vivo ni la domadora de leones que te va a chicotear las canillas y tu pija arrugada. ¿Quién soy yo para acarrearte desgracias? El asunto es que no te defines; o eres un voluble que por ahí tienes un calentado con alguna tramposa. Marcelito, mírame de cuerpo entero: Soy una mujer enamorada que no ha perdido la visión, y te consta». «Sí. Basta mirar el resplandor en tu cara ─pensó inmediatamente Marcelo─, y eso me jode, mujer. En este mundo de hombres, así como eres una mujer orgásmica eres una mujer agresiva, dominante, que valora su maquillaje como pintura de guerra y está bien que seas así: fuerte, decidida, batalladora; sólo espero que no seas una asesina psicológica». Eso fue todo lo que resonó en su mente. No es que le falte pólvora para estallar o lengua que sepa jugar con las palabras. El no es un vencedor ni mucho menos tiene la «desgracia» de ser perseverante para explicar sus pensamientos y pesimismos; pero algo salió de sus labios debajo de un bigote negro, parejo como una línea política radical: «lo menos que quiero es causarte daño y verte sufrir y dejarte mal parada. No voy a hacer lo que hacen todos: fingir como un malvado. No tengo nada que dar. No me enloquezcas, por favor. Discúlpame, pero yo te dije: Elvira, no quiero que me quieras, pero tú…». 

Ella tuvo ganas de contestarle con palabrotas tal como se hace con un fifiriche: «óyeme, gran huevón, ¿por qué no te vas un poco a la concha de tu  madre?» Prefirió decir: «¿eso es todo? Sería genial que me dijeras algo más, me sacas de quicio y, ¿sabes?, tus silencios grandes y chicos me atosigan, así es que te los vas metiendo con una enema por donde tú ya sabes, a ver si así desembuchas algo más si no quieres una próxima requintada de madre». Si hubiese querido ser un poquito más faltona pudo rematar con esto: «…y tu disculpa me la paso por la cuca». Pero no lo hizo; esa cochinada sólo lo diría una ramera de cinco lucas. Un poco que la jodió, Elvira. Perdió los papeles, es decir, como si fuese una negra energúmena, el ímpetu le ganó. Ella era como las espías: nunca decía que era culpable y espía. Le daba pena pero qué se le iba a hacer. No se armó un  bochinche pero el ambiente estaba tenso. La mujer siguió jodiendo y el otro, chitón, nomás. «Tienes que decirme algo, Marcelo. Decirme que me quieres. Decirme que éste es el lugar. Decirme que vamos a organizar nuestras vidas. Decirme que aquí, aquí vamos a vivir y que no te vas a ir. Ya no vayas a la 41… pierdes tu tiempo paradote esperando que te caiga una que otra chamba de jornalero. Búscate algo de acorde a tu rol, no seas guache, mira que aquí hay tanta prosperidad tirada. Piensa: aquí puedes ser el artista que vive en tus sueños. ¡Vamos, dime! ¡Habla! ¡Dime aunque sea mentiras!... dime algo, cabrón, ¿o es que los gusanos te comieron la lengua? ¡Vomita algo, aunque sea mierda!»; terminó diciendo con furor cachaciento. Pero ahí no acabó su bronca. Al más puro estilo crapuloso, vociferó: «¡Qué horrible es vivir contigo en este puto mundo de Dios!»; a Elvira todo le sirve, incluso las imprecaciones divinas con tal de dejar constancia de su furia. Casi en su cara le dijo una diatriba más: «¡que pena!, con nada reaccionas. ¡Tarado!». A través de una lluvia fina de saliva que le cayó en la cara pudo ver que le estaba mostrando el dedo medio de la mano derecha y que se alejaba ligerita; en dos trancos estuvo en el comedor y su cólera lo desquitó con un plato de higos. Marcelo se quedó sólo enhebrando un collar de pensamientos: «Yo te dije Marcelo, “si no amas no sigas, el reproche te hará añicos”, Marcelo tienes el eje quebrado, así es que entre la idea del hartazgo y la atmósfera del vacío, elije el vacío ya que te va a dar una sensación que no se equipara con nada. Además, hace rato que perdiste el interés: ya no quieres evolucionar en el amor. Te pregunto: «¿Qué se habrá creído Elvira que se atribuye el don de la adivinación al decirte graciosamente “aquí puedes ser el artista que vive en tus sueños”? ¿Y qué es eso de “búscate algo de acuerdo a tu rol…?”; ¿tú, de fertilizante en éstas tierras, con papeles y todo?, por favor, Marcelo, no me hagas reír, mira que el agave no crece en cualquier lugar. Ahora mismo anda  a decirle clarito: Elvira, ¿por qué voy a cotejar tus ilusiones con mis frustraciones? ¿Y medir tu vigor con mi parálisis, como si fuesen reales? ¿Por qué voy a anillar mi vida con la tuya? ¿Y por qué el lastre que es mi vida tiene que ser un plagio de tu desmedido amor a estas tierras? Por último, antes que te desaparezca del mapa, lánzale esta pregunta, ¿por qué demonios no ayudas a terminar el muro en la pinche frontera y así dejas de joder? Anda muchacho, anda, y plántate en su cara, sacúdele la mata y luego dile: sin reproches, chao, nena».

El gusano de la conciencia se le resbaló por los hombros y se convirtió en el asqueroso bicho de la insidia o en todo caso era el demonio atizando los ánimos.

La encontró tal como se imaginó, devorando higos (siempre lo hace cuando está irritada y se ensucia la cara pero todo lo que es cara, como si fuese una pipiola).

─¿Y ahora, qué?
─Quiero que hablemos pero sin tantas ofensas.
─¡Vaya!, que el señorito hable, eso si es algo que me deja idiota, pero bueno, te escucho y si quieres te ayudo a pilotear tu vida.
─Me has caído encima con un montón de ataques que no he contestado pero no creas que tengo el culo repleto de cortesías…
─¡¿Qué cosa?!, aguanta tu carcacha, zonzo, y háblame bonito. Conmigo no te hagas el pendejo.
─¡Apágate, nena!, y aprende a escuchar ─le salió en una. En el sentido cómico, ambos parecían enfrentados en medio de un taller sexual, ella, con la paloma cuculí aleteando y él, con las pelotas al aire─ déjame hablar…
─Adelante, artista de vida ordinaria.
─Elvirita, si no enganchamos emocionalmente, menos todavía vamos a acoplar nuestros sentimientos; no tiene lógica…
─¿Y de cuándo acá el amor está embarrado con la mierda de la lógica?, a ver, dime.
─No empieces a rezongar, acaparadora de insultos…
─Mira trucho, yo empiezo cuando me da la gana, y digo lo que me da la gana y no jodas. ¡Enciéndeme nene y verás! ─tal como suena, de esa manera lo arrolló con su lengua de pesadas orugas, idéntica a la que se maneja Olinda “Piojosa”, la barriobajera esa que anda con la cartera llena de condones.

Qué boquifloja la Elvira. Qué cuajarón el Marcelo. ¿Cascabel y pericote? ¡Qué va! Son voluntades asustadas, errantes y desgastadas atenuando la carga existencialista que les tocó sin pedirlo. Obsesivos y solitarios, fugitivos disparejos atenazados por la psicosis defendiéndose rumiando soledades. Ahí nomás se acabó todo. Marcelo se quedó con los genitales fríos y sin poder abrir la boca. ¡Ah!, qué Elvira ésta, chabacana como siempre, y el Marcelo que era una melcocha de carácter se estaba convirtiendo en una plancha de hielo pero que no era un impedimento para  recordar vagamente que  sólo quería decirte, «no quiero que me quieras», gata melosa, no quiero. El amor que no prende no se exige. No quiero joderte con mi novela de trampas y de vagabundo de mal vivir. No quiero que te acerques más mostrándome la cima ovalada de tu cucarda ─juntó los índices como apareándose─, conmigo las dudas van por los aires, es decir, voy a seguir como un hijueputa destruyendo el amor no por un guiso de lentejas, sino, por tres hectáreas de uva, un pomo de vodka, tal vez, o por gusto y por nada; antes que una asesina de hombres acabe conmigo…». Estaba de lo mejor recordando qué iba a decirle a Elvira, cuando empezó a ver visiones o eso parecía y sus pensamientos cambiaron: «¿de dónde apareció María Félix que mató a Agustín Lara con el puñal del olvido? Está hablando, Elvira, la doña te está diciendo, “hoy día estás enamorada de un chambón y mañana, ¿quién sabe?”, respóndele algo. El maestro Agustín, pobrecito, está debajo de esta hechicera completamente desnudo de existencia y lleno de soledad. ¡Ay, vida! ¡Ay, maldita muerte!, ¿acaso no saben que Agustín Lara fue un activista del amor y el cargador de los anhelos mal correspondidos y el esqueleto con más fracturas en el alma? ¡Aléjate, María Félix! ¡Regresa al paraíso de tus infiernos! No quiero verte María Félix o Elvira, o como te llames. Felicidad nociva. Opio tónico. Pájara endemoniada. Baraja y encontronazo furibundo contra la exquisita educación y las buenas costumbres. Epifanía robada a los cristianos para adorar a una tal María Bonita, arpía con garras de acero y un corazón como una mancha confusa..»; «¡hey, ¿estás ahí?, ¡contéstame, turro!»; escuchó a lo lejos a Elvira ya que él estaba ensimismado en sus ideas, casi flotando en estado cataléptico.  Elvira volvió a la carga. Esta vez con la indignación encimándole el rostro dijo con toda su bocaza: «¡Cuando Dios te ponga lengua, hablamos. Sino, no, zoquete». Levantó el culo, retiró la silla y se fue al váter a hacer pipí. Toda ella preciosa hasta el copete entre las preciosas más indignadas. ¡Já!

Como se quedó solo y sin saber qué hacer dentro de las cuatro paredes del pequeño departamento, Marcelo abrió la puerta y salió.

Atendiendo al anhelo de fuga y sin dar mayor relieve al amor iba a pasar las horas en El Gallo, una pequeña cantina a donde iban por la última caña los noctámbulos más acariñados con el alcohol, los folk-hero de la noche.

Marcelo no estaba a la búsqueda de un premio que provenga del estanco del amor. Tampoco para enjabonar la palangana ni queriendo averiguar sobre la eterna durabilidad de los prostíbulos. Nunca fue putañero. Y nunca se preguntaba, ¿cuántos amigos tengo? El estaba listo para irse en cualquier momento. A él le daba igual la playa que el páramo. «En este arrabal ─decía sin ningún reproche─ la vida que has de vivir, es la fama que has de tocar». A él el amor lo denigró y le hizo trizas, y para que las culpas pesen menos en su billetera sólo carga fotos de sus hijos.

En dos días organizó su huída. Así como llegó a estas tierras, cruzando el río, así se va a largar y a donde quiera que vaya seguirá siendo un fugitivo de la vida y de la ley del amor. Pero antes va a dejar cortando la alambrada. Y antes de eso va a participar en una exposición colectiva titulada «IN MEMORIAM ÓSCAR DOMÍNGUEZ». Sus cuadros (9) ya entregó al galerista y con él arregló lo siguiente: el dinero que le corresponda por la venta de sus obras debe entregarle a Elvira y aquellos que no se vendan, donarlos al manicomio, «yo no voy a estar aquí para recogerlos y ése es el mejor lugar para preservar la salud del arte», dijo con toda seguridad. Quien estaba segura de lo que iba a pasar era Elvira. No era por despecho; era un asunto de arte y de prestigio: a ella nadie, nadie, pero lo que es nadie, le gana con los pinceles, y nadie, juraba, lo que es nadie, opaca sus obras. «Además ─decía, convencidísima─, todavía no ha nacido el hijo de puta que me gane en el arte de la pintura»; diciendo esto cargó en su cartera imitación cuero una tijera filuda que venía en un primoroso estuche cubierto de seda negra, y dijo amorosamente a sus hijas, dos linduras adolescentes que no se cansaban nunca de parlotear desde esos endemoniados inventos llamados móviles: «tesoros, acompáñenme a la exposición que esta noche mami va a brillar. Esta noche, es la noche de mamá».

miércoles, noviembre 21, 2012

Cajamarca y el XI Encuentro de Escritores "Baquerizo"




Jorge Rendón Vásquez / Lima

Se realizó en la ciudad de Cajamarca, del 14 al 17 de noviembre del año en curso, y tuvo por sede el antiguo Instituto Superior Pedagógico Hermano Victorino Elorz Goicochea, de la avenida El Maestro. La iniciativa para convocarlo y su organización correspondió al Gremio de Escritores.
En la mañana del miércoles 14, el Congreso fue inaugurado por Gregorio Santos Guerrero, Presidente de la Región de Cajamarca, la entidad auspiciadora, quien demostraba con esa actitud una singular inclinación a impulsar la creación intelectual, como parte de su programa de gobierno, en la antípoda del gobierno central y de otros gobiernos regionales que prefieren mirar hacia otro lado y taparse los oídos cuando se les pide promover la literatura y las artes.
Al comenzar el programa de esa tarde en el auditorio del segundo piso de la sede, más de un centenar de poetas, prosistas y ensayistas, procedentes de varias regiones del país y, en su mayor parte, de capitales de provincia, se disponían a escuchar la disertación del profesor y crítico Luzmán Salas Salas sobre los poetas y narradores de Cajamarca.
En el procenio se exhibían las fotografías de gran tamaño de los escritores cajamarquinos Mario Florián (1917-1999), Amalia Puga (1866-1963), Yolanda Rodríguez de Westphalen (1925-2012), Demetrio Quiroz Malca (1924-1985) y Alfonso Pelaez Bazán (1904-1996).
Luego, desfilaron por el proscenio los numerosos expositores programados para leer sus poemas o una parte de sus relatos, y contar sus experiencias personales en sus periplos de literatos. En sus palabras se podía sentir su vocación, sinceridad y manejo técnico de sus composiciones, brotando como límpidos y generosos manantiales, y revelando tras cada uno la presencia en sus pueblos de compactos grupos de maestros, abogados, ingenieros o simplemente de mujeres y hombres sensibilizados por el afán de elevarse a los niveles más altos de la cultura. Al verlos y escucharlos se infería, por una suerte de conclusión lógica, que estábamos ante el panorama de la cultura popular: fértil, profunda y auténtica.
Los organizadores del Congreso habían instalado en el vasto hall del Colegio mesas para la exposición y venta de los libros y plaquetas de los autores concurrentes, casi todos editados con su esfuerzo y dinero, y expendidos  a precio de costo. No sería exagerado afirmar que la mayor parte fue vendida o canjeada.
En cierto momento llegué a preguntarme si estos valores ya maduros o en ciernes llegarían alguna vez a ser mencionados siguiera en una línea de las páginas de la gran prensa del poder plutocrático o de la prensa oficial. Y  la respuesta fue negativa, porque la función de esa prensa, como instrumento para la alienación de la conciencia colectiva, es impedir que las grandes mayorías sociales se liberen de la ignorancia, se ilustren y avizoren, correlativamente, las vías hacia un mundo sin explotación ni abusos, y excento de peligros para su vida y su salud, gracias, contradictoriamente, a la acción de los escritores comprometidos con esta tarea, como los reunidos en el Encuentro de Cajamarca. En las páginas de esa prensa sólo hay sitio, sin medida, para los artistas baladies, la farándula liviana, los sucesos fútiles, las crónicas policiales y los espectáculos deportivos, magnificados hasta la aberración, y para literatos cultivados en sus invernaderos con la misión de producir obras estériles de mensaje, dirigidas en particular al entretenimiento de las clases medias, que algo tienen que leer. A estos personajes se juntan ciertos literatos formados fuera de ese cenáculo exclusivo, pero cooptados cuando se desclasan, para jugar allí el impostado papel de la diversidad, como exponentes de la cultura popular o como representantes de una bohemia prefabricada. Y bien que lo hacen, alborozados y rebozantes de presunción
A mí me tocó presentar mi nueva novela El oro de Atahualpa el viernes 16 de noviembre a las cinco de la tarde, un momento en que, por una rara coincidencia, hace cuatrocientos ochenta años el Inca Atahualpa ingresaba  a la plaza de Cajamarca con su séquito desarmado, donde fue capturado por Francisco Pizarro y sus mercenarios, tras un alevoso ataque y el asesinato de más de seis mil hombres y mujeres que lo acompañaban, genocidio introductorio al saqueo del oro y la plata, hechos que relato en esta novela.
Como del 14 al 17 de noviembre, Cajamarca se había convertido en la capital de la literatura, la prensa de derecha local y nacional, escandalizada y decidida a estigmatizar al Encuentro de Escritores, redobló sus ataques al Presidente de la Región, Gregorio Santos, a quien culpaba por esta explosión de cultura popular. Pero no se detuvo allí y un diario local se lanzó a la vesania de propalar un malévolo infundio, para lo cual hizo tomar fotos de los numerosos asistentes al acto inaugural entre los que descubrió a un excondenado por una acusación de terrorismo, y luego publicó en primera página una nota afirmando que el MOVADEF estaba infiltrado en el Congreso. Fue una felonía, porque esa persona estaba allí, no como invitado, sino porque la asistencia era libre y a nadie se le prohibía el ingreso. Como el mismo diario lo dijo, había cumplido ya su condena y era, por lo tanto, una persona en el goce de la plenitud de sus derechos. Afirmaciones como esas caen en el campo de la ilicitud y son sancionables penalmente. Es bueno recordarlo: a pesar de todo su poder los diarios y otros medios de comunicación social no gozan de impunidad para insultar o difundir falsedades que hagan daño o atenten contra el honor y la dignidad de las personas.
Pero, en el Encuentro de Escritores nadie se atemorizó y ni siquiera se preocupó por esta inicua campaña. Al contrario, para todos fue muy claro que estaban en el buen camino y, a lo más, alguno recordó esa antigua sentencia castellana que dice: “Ladran Sancho. Es señal de que avanzamos”, continuada por la exclamación unánime: ¡Conga no va!
Por un acuerdo de los concurrentes se decidió que la próxima sede del Encuentro Nacional de Escritores Manuel Jesús Baquerizo será la localidad de Ate Vitarte en Lima.
Al concluir el ágape de terminación de esa semana consagrada a la literatura, servido al mediodía en el típico restaurante El Zarco de la campiña cajamarquina, los escritores allí congregados nos dimos un fraternal abrazo, con pena por separarnos, pero animados por la alegría y la esperanza de volver a reunirnos en el próximo Encuentro.
(19/11/2012)

miércoles, noviembre 14, 2012

Al habla con José Hidalgo


¿Por qué escribir un poema al pisco?

Cuando tú levantas una copa de pisco al trasluz, vas a ver, ¡qué cristalino es ese líquido! por eso este poema del pisco dice así:

Agua
más pura
que el agua
Agua en llamas;
Agua
de mis incendios,
ardiente agua
para tomar
en sorbos de niebla
la vida.
Agua de uva
quebranta
Agua más pura
que el agua.
Pisco puro, acholado,
de chacra,
deseo y fiebre
en mi copa,
desgajado sol,
atrapado sol,
pisoteado
y exprimido río,
mar, cofre
de mis espejismos,
agua de uva
quebranta,
agua mas pura
que el agua.

¡Salud pues!
¡Salud contigo
y conmigo!
¡Salud parras!
¡Salud veranos!
¡Uva,
reina de las vendimias,
salud!
¡Botellas
de mis naufragios
denme de beber!

¡Ancianas
pipas de roble,
botijas y damajuanas,
brindad conmigo,
salud!

¡salud, pisco puro
Acholado,
de la chacra y de la casa,
pa! mi consumo
no mas,
ese que no se vende
compadre,
agüita de uva
quebranta,
agua más pura
que el agua,
salud!


¿Y como se llama el libro donde escribió el poema que acaba de recitar?

Es un poemario mío, que ganó el premio de "Poesía del Sur Medio Abraham Valdelomar". El libro se llama "El reino del Gran Curaca". Los poemas de este libro están integrados por elementos naturales de Ica, que son como los miembros de una gran corte de un Gran Curaca, que es un Dios cosmogónico.

Entonces así como el poema hace mención a las particularidades del pisco, también hace alusión a otro elemento iqueño, que es la "Teja" y dice así:

Cascara de azúcar blanca
blanco, manjar codicia de mi
niñez, dame
tu corazón, pecana
abierta de par en par.
Ábreme pronto, novia,
el delicado encaje
de tu vestido blanco
hecho en papel. Desnuda
quiero comerte
a besos y que a mordiscos
bese tu pulpa,
carne naranja
labio limón. Y el higo
de tu vientre dame,
en nuestra golosa,
dulce, luna de miel.

¿Y en qué año se publicó este hermoso poemario?

Se publicó en el año 1986. Y como habrás notado mis poemas esbozan a los elementos iqueños, a las líneas Nazca, al huarango, el pallar, la china, la teja, el pisco, la yuca, la quincha, la laguna Huacachina, la laguna Saraja, el cerro Saraja, a la Paraca y al Gran Curaca que es ese Dios hacedor.

Otro ejemplo es el poema a la yuca que dice así:

Tomad y comed,
este mi brazo,
Tomad y comed,
esta es mi pierna
Tomad y comed,
este es mi cuerpo
raíz y bulbo nacido
en el cielo
subterráneo de la tierra.
Tomad y comed: este es
mi cuerpo,
carne de harina
huesos de harina,
harina tierna
para la geografía redonda
de tus platos.

En los días de sol,
en los días brillantes
de los alumbramientos,
sacadme, campesino,
de la entraña
de la tierra para ver
la luz,
bailando alborozada
en los mercados.

Lavad y abrid, mujer,
la dura placenta
de mi corteza,
entre abrazos recibid
cada uno de mis brazos,
partid y repartid
mi anatomía, hostia
a la que si puedes meter
cuchillo
que las hebras de mi aroma
banderas
de triunfo
sean en el reino
de tu cocina
y tus ollas
al recibirme canten
pachamancas de gloria
para los tuyos.

¡Tomad y comedme, pues,
obrero,
este es mi cuerpo¡
¡Tomad y comedme,
compañero,
a manos llenas!
¡Tomad y comedme,
niños,
yo soy la yuca!
¡Enterrad vuestra pobreza,
clavad el hambre
en mi
clavad el diente!


¿Y por qué escribió un poema dedicado a la quincha, qué significado tiene?

El poblador iqueño, el costeño en la época de los incas, de los curacas, no tenían esa residencia como por ejemplo en Pachacamac. O en el norte como esa ciudad de barro en Trujillo, esos eran los templos los que usaban los señores. Pero la casa del pueblo era de quincha, que es caña y barro. Incluso hasta ahora vemos una casa de quincha, en cualquier costadito de camino de tierra, del terreno que le ha quedado al hombre del pueblo. Yo quise hacer un poema al barro, pero me di cuenta que me estaba equivocando cuando pasé por Pachacamac, entonces opté por la quincha, y era a la quincha a la que tenía que escribirle porque era realmente del pueblo.

Entonces dice así:

No soy
El muro
Inaccesible de las fortalezas
¡ah, poderoso escudo para el
asedio!

No soy
el majestuoso muro
de los templos donde los
dioses oyen
y observan a través de los
poros
del barro.

No
la soberbia, no
la altivez de los palacios,
efímeros
refugios del poder.

Tampoco
el solariego muro
en la casona colonial o en la
hacienda
donde el sol brilla
sólo para el diente del señor
feudal.

Ni la pulida arista,
los empinados perfiles, el
abrazo
de las paredes en una ciudad.

Sólo
armazón
de caña
brava y piel
de tierra
macerada
soy.

Sólo quincha
para tu frío
y tu calor.
Sombra y flores
de buñiga
soy
para la lluvia
y el viento,
sus asaltos feroces,
sus lanzas,
sus aullidos y sus puños
de arena.

Apenas, casi
alicaída forma, garabato
de la arquitectura,
desafío del volumen y el equilibrio
en la pampa polvorienta
y la campiña, en la desembocadura
del nervio de una duna,
de cara a los caminos
o al pie de los huarangos o a
la sombra
y las agujas de algún espino.

Rosa de mecheros también
soy.
Mortecina caricia
de velas encendidas
y leños crepitantes, fetos
de humo
y sudores fantasmas
de yucas
y de papas sancochadas,
recortando tatuajes
de hambre
en el lodo
roturado y seco.

Nido
de pájaros sin alas.
Prolongación del barro
y del cimiento
vegetal, casa quebrada,
torcida luna
escama y costra
en la herida de la pobreza
grieta en el cielo,
rajadura en la paraca,
horizonte
de desvencijadas flechas
apuntando al sol.

Pero.
también
palacio,
templo,
paraíso,
comarca,
señorío, territorio tomado
y cercado a dentelladas.
En fin, parpado del hombre sin
rostro,
que quiere despertar,
mientras bebe la vida y la
fecunda
al fuego
de la noche y sus estrellas.


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Tomado de http://diariohoracero.com/actualidad.php?edicion=48&noticia=3

martes, octubre 30, 2012

Travesura y fantasía en la palabra de Ana Ríos


 Juan Rodriguez Pérez / Sauce, San Martín

 Imaginación desbordante en un escenario que se presta para la fabulación y que, Ana Ríos González, a través de su libro Travesuras Amazónicas (Editorial Pasacalle, 2012) nos transporta al universo mágico de la selva peruana para asombrarnos con sus historias donde los personajes principales son las especies animales que lo habitan.

Un libro que destila ternura y lo transmite a través de las voces de los seres muchas veces no considerados en la literatura, pero que hoy Ana Ríos, les da vida, presencia significativa e importancia para contar y hacernos conocer sus leyendas, sus preocupaciones, sus historias y origen por el cual están presentes en la Amazonía. Para esto se vale de la anécdota para insertar diálogos con mucha imaginación y picardía, dándole a cada personaje el papel protagónico (podríamos decir que no hay personaje secundario) porque cada uno ocupa un espacio especial en el contexto de este libro.

Una prosa que fluye con mucha cadencia combinando seres míticos con seres reales, por momentos asombrándonos con sus reflexiones y enseñanzas, haciéndonos ver el peligro en que se encuentran muchas de ellas por la cacería o la ambición de los hombres.

Ana Ríos se revela como una autora de una pluma fina, que juega con los mitos y leyendas donde no nos deja posibilidades para salirnos de este universo amazónico, lleno de fantasía y travesura.

martes, octubre 23, 2012

Ay, Alfredo, no te rajes

 Fernando Vivas / Lima

El martes pasado personalidades literarias, en una carta de respaldo al jurado del Premio FIL de Guadalajara (la capital de Jalisco), denunciaron “la peligrosa persecución moral en decisiones de tipo artístico”.

Yo creía que el purismo literario ya había sido muerto y enterrado el milenio pasado por personajes que, como Bryce y varios de los firmantes, se convirtieron en escritores mediáticos, escribieron por encargo, se fotografiaron con los bárbaros y negociaron contenidos. Con todo este “background” pragmático, que no hace sino revelar que su oficio, como el de tantos mortales, está impregnado de los trances de nuestro tiempo, no sé en nombre de qué privilegios nos piden que separemos la obra de Bryce de la persona de Bryce para premiarlo y luego volvamos a juntarlas para indultarlo. Hay otro argumento no explícito en la escueta carta de apoyo al jurado, pero implícito en el premio: que los plagios de artículos periodísticos no perjudican la obra literaria. El mexicano Juan Villoro replica a esto:

“Probablemente entienden al periodismo como un género menor, susceptible de ser usado como la zona impune de un gran artista”.

Desde que aquí, en Lima, descubrimos que Bryce era plagiador serial, he insistido en que lo suyo fue un intento de trascender su puesto de entrañable segundo lugar de la literatura peruana (luego de Vargas Llosa), con la proyección periodística del intelectual cosmopolita y metomentodo. En su afán de parecer versado, plagió hasta un texto inédito sobre la educación en el Perú que le envió su entonces amigo Herbert Morote. Cuando este lo denunció, antes de descubrirse los otros plagios, Bryce se defendió diciendo que Morote antes había atacado a Vargas Llosa en su libro “Vargas Llosa tal cual” y ahora lo atacaba a él. En el prólogo de la reciente segunda edición de dicho libro, ciertamente crítico contra Vargas Llosa, Morote ajusta cuentas con Bryce y transcribe las notas positivas que este le hizo al manuscrito de la primera edición. El mexicano Fernando Escalante ha dicho que “el asunto Bryce está poniendo a cada quien en su sitio, con una claridad casi cruel”. Vargas Llosa no ha firmado la carta de respaldo al jurado y creo que muchos de los firmantes siguen repensando el tema, luego de enterarse de que la FIL lamenta el premio y no quiere ver al premiado en Jalisco.

Si los amigos de Bryce nos dijeran que “Alfredo se arrepiente, ya pagó sus multas y solo pedimos que lo dejen proseguir su carrera literaria sin restregarle sus faltas eternamente”, podría simpatizar con ese lobby. Pero hay un lobby nada entrañable, que ha venido buscándole premios, menciones y estampando su silueta en bolsas de libros como para que olvidemos las faltas y solo retengamos al escritor. La estrategia estaba resultando hasta que el premio FIL revivió el escándalo. Y ahora susurran “ay, Alfredo, no te rajes”.

Ese mismo lobby está atento al resultado de los dos juicios que Bryce, lejos de estar arrepentido, ha entablado contra la sanción del Indecopi. Los abogados que lo defienden, Martín Ruiz y Luis Ricardo Morello, son del mismo Estudio Ghersi que, con razón, demandó a Hernando de Soto por no colocar el nombre de sus coautores Enrique Ghersi y Mario Ghibellini en “El otro sendero”. Y así hay quienes nos reclaman que respetemos la pureza de la obra, cuando el autor plagia, quiere cobrar los US$150 mil del premio y litiga para que le devuelvan las multas. No se pasen.

Columna opinión del 23/10/12

lunes, octubre 15, 2012

Entrevista a Samuel Cavero

Samuel Cavero.
Niko Velita / Lima


La violencia política de los años 80 y 90 ha dejado profundas huellas en los peruanos. ¿Cuál es tu testimonio con respecto a ella?
Para mí, como escritor y como peruano, las impresiones que tengo de aquella infausta y trágica época son muchas. Recuerdo, por ejemplo, que como novelista me jugué la vida muchas veces, buscando información en zonas convulsionadas. Así conocí Aucayacu, Pizana, Tocache, lugares donde además está muy presente el narcotráfico. El día que explotó la bomba en Tarata yo estuve en una pizzería a una cuadra de allí. Así que fui testigo de excepción de los primeros momentos de tan desgarradores momentos. También en lo personal me permitió escribir Un Rincón para los Muertos, una novela que recrea la supuesta vida de Abimael Guzmán. Ganó en aquella oportunidad el Premio Nacional de Novela de la ANEA. Estuvieron de jurados los escritores Madga Portal, José Hidalgo y Robles Alarcón. Y yo por aquellos años era apenas un muchachito, un oficial de la Aviación Peruana. Cuando los Servicios de Inteligencia leyeron la novela pensaron que, para haberla escrito, yo debía conocer a Abimael Guzmán y, por tanto, debía saber muchas cosas de Sendero Luminoso. Se montó toda una razia contra mí, contra ese noble oficio de escribir que incluye libertad e independencia. Sufrí el acoso y la persecución de los Servicios de Inteligencia. Y mi vida literaria estuvo muy vigilada. También mis amistades. Al final se impuso la verdad, yo solo era un loco apasionado por este tipo de novelística, nada más. Y, como comprenderán, siendo uno militar nunca puede ser libre y menos tener independencia. Pero yo, siendo además Director de Prensa y Difusión de la FAP, me despachaba con mis propias opiniones cuando se me entrevistaba. Diarios y revistas muy serias siempre me daban cabida, como El Comercio, Expreso, Caretas, Gente, Sí, de César Hildebrandt. Ahora ya no circula. Recuerdo mucho que sufrí interrogatorios, sindicaciones de ser prosenderista, infiltrado de Sendero en las FF.AA, etc., y hasta tuve que renunciar a mi carrera de aviador, al que había ingresado siendo el primer puesto, porque nunca claudiqué a mis libertades más elementales y a ese hermoso ejercicio de novelar, que incluye, por supuesto ficcionalizar, y por tanto, todo lo que se escriba no necesariamente tiene que ser cierto. También, por supuesto, fueron incontables las noches que sufrimos escuchando bombas, soportando los apagones, leyendo titulares de prensa y recibiendo noticias nefasta de los andes, en especial de Ayacucho, mi querida y bien amada tierra que me vio nacer.
Estuve prohibido de volver a Ayacucho en todo ese tiempo de la violencia. Tanto por los militares, como por mis propios familiares, que temían por mi vida. Recuerdo esta anécdota ahora muy divertida, pero en aquel entonces sacaba ronchas. Con el escritor ayacuchano Marcial Molina decidimos en plena violencia, creo que el año 1987, llevar uno de los Encuentro Nacional de Literatura del APLIJ a esa ciudad. Por supuesto que ningún escritor se animaba a viajar. Eso iba a ser un fracaso. Para que no lo fuese me comprometí en conseguir un avión de la FAP para llevar a los escritores. Cuando supieron que un avión los iba a llevar y devolver, gratis, cosa inédita en el país para los escritores, y sobre todo  para Ayacucho, fue una locura. Se anotaron tantos escritores que solo se permitió viajar a cincuenta. Tal era la capacidad del avión. Y la condición de los Altos Mandos de la FAP es que yo viajase llevando a los escritores, pero eso sí, no pisaba un pie en la escalinata del avión. Y no pude bajar. Con mucha pena vi como mis colegas escritores eran recibidos con bandas, banderitas y pasacalles, en pleno aeropuerto, y su gestor, que era yo, se debía marchar en avión, cumpliendo la orden de sus superiores y no asistir como escritor al encuentro de escritores en Huamanga.
¿La violencia política cómo incide en el quehacer novelístico actualmente?
Siempre la violencia, desde cualquier cantera, y quien la promueva, ha sido un tema que ha motivado en los escritores peruanos toda una corriente literaria a favor de este tema. Y no tanto por echar más leña al fuego. No. Los escritores somos esencialmente amantes de la paz, antibelicistas y en esencia demócratas. Sino más bien porque a través de nuestros escritos los lectores tomen conciencia de esta dolorosa realidad. Sucede que esta violencia política ha incidido tanto en el quehacer novelístico que está fuera de toda duda su trascendencia en nuestra literatura, estudiado por Mak Cox, Ricardo Gonzáles Vigil y otros catedráticos. También este tipo de novelística ha catapultado al éxito a numerosos escritores.Lituma en Los Andes, de Mario Vargas Llosa, es un ejemplo. Hay una lista larga de beneficiados, que incluye por haber tratado con profundidad, acierto y hasta haber ganado importantes premios a Sócrates Zuzunaga, Fernando Cueto, Santiago Roncagliolo, Oscar Colchado Lucio, y yo, por supuesto. Pero la lista de escritores es larga tanto en novela, cuento, como en poesía.
Has sido uno de los primeros en publicar una novela sobre la violencia, cuando escribir sobre el tema era peligroso. Estamos hablando del año 1987. ¿Cuál es tu balance al respecto?
Aquella fue una aventura muy personal a sabiendas de los grandes riesgos que corría. Me las jugué. Gané fama y perdí mi carrera de militar, pero me afirmé como escritor. Esto me sucedió al haber recibido con apenas 18 años un premio nacional de novela, el de la ANEA. Incluso me di el gusto de ir a recoger el premio vestido de cadete. Todos se quedaban admirados. Tanto los militares como los escritores. También cuando estudiaba Literatura y Linguística en la Pontificia Universidad Católica casi siempre iba uniformado. Ricardo Gonzáles Vigil, mi profesor, Gustavo Faverón, César Ángeles e Iván Thays, que eran algunos de mis compañeros de clase pueden recordarlo.
Ahora bien, iniciando ese tipo de novelística peruana yo no era plenamente consciente de que habría detrás de mí una hornada de notables creadores que después harían lo mismo. Y se puede apreciar revisando los archivos de los ganadores de los concursos de cuento de las Mil Palabras y los de COPE, por ejemplo.
¿Qué autores crees que han trabajado mejor la temática de la guerra interna? ¿Por qué?
Eso me gustaría dejárselo a los especialistas. Tuve el honor de haber ganado el 2011 el Premio Nacional de Novela "César Vallejo" con La Agonía del Danzak, que es una novela andina de denuncia sobre la horrenda desaparición de más de cien pobladores del pueblo de Putis. Tremendo honor que me hicieron (los entonces miembros del jurado) notables críticos, catedráticos y escritores de gran prestigio, que ahora son nuestros referentes. Estoy hablando de Miguel Gutiérrez, Ricardo González Vigil y Sócrates Zuzunaga. La mayoría de las víctimas eran inocentes niños, madres gestantes, campesinos de aquel asolado poblado, viviendo entre la guerra y el asedio de dos frentes: los militares y los de Sendero Luminoso.
La agonía del Danzak tiene como referencia la masacre de Putis, un hecho real acaecido en el año 1984. Cómo escritor ¿tienes intención de hacer novela de denuncia?
Fíjate que de eso ya estaba hablando poco antes. Es verdad. Mis novelas cuando vuelven a hablar de mis querencias, de los andes y sus problemas sociopolíticos, siempre tienen ese filón de personajes sufridos que buscan de alguna manera redimirse (como lo busca quien escribe, redimiendo a tantas víctimas de sus opresores, sino que lo diga la Comisión de la Verdad). Y entonces uno se vuelve una suerte de cronista de su época. No es que el escritor se nutra de la carroña. No es que los escritores seamos propensos a hacer de tanta sangre y matanza un ejercicio noble en la literatura. Sucede que en lo personal nos duele tanto, nos desgarra el alma, nos hace llorar con tanta misericordia y perdón que les debemos dar a uno y a otros, que al final uno se convierte en apasionado literato para buscar denunciar las injusticias cometidas. Año a año seguí los procesos de exhumación de las víctimas de Putis, a través de los informes que tuve. También, por supuesto, viajé hasta en dos ocasiones hasta esa zona. Y producto de esa locura de escribir han surgido otras novelas y cuentos todavía inéditos, pero que igualmente dan cuenta de tanto dolor, de la miseria del hombre, del silencio de los inocentes. Cuando escribo me pongo a pensar que fabular ya no cuesta mucho porque la realidad supera a la ficción largamente en el caso de las víctimas de Sendero Luminoso, de las Fuerzas Armadas, de la Policía Nacional y de las Rondas Campesinas. Cuando leí con devoción los informes de la Comisión de la Verdad busqué otros informes, y otros testimonios, y la verdad encontré tantísimo material que me dije:"Aquí, en las serranías de Ayacucho, y en el VRAE, está ahora la veta de oro de los grandes temas para los novelistas y cuentistas peruanos". Creo no estar muy lejos de esta dolorosa verdad.
Las FFAA no quedan muy bien paradas en tu novela. Lo deWallpa Suas no creo que les guste, tampoco cuando se dice que “los militares efectivamente aquella vez de la matanza se apropiaron y vendieron los animales de las víctimas de Putis”.

Efectivamente los militares, las FFAA, nunca podrán quedar muy bien paradas en mis novelas, habiendo además tanta muerte, tantas denuncias, tantísimos hechos por investigar. En el caso de Putis pasó lo mismo. Ellos fueron los perpetradores de esta horrenda matanza que nos hace pensar en lo crueles, inhumanos y bestias que podemos ser los peruanos.
Respecto a Wallpa Súas, es un término que lo podemos encontrar en la memoria oral, en las tradiciones ayacuchanas, en todo el anecdotario de este pueblo y hasta en la Monografía de Huanta, de un tío mio escritor de gran valía. Buenos escritores ayacuchanos de renombre los he tenido varios. Allí están Moisés Cavero Cazo, Salvador Cavero, y el autor de esta importantísima Monografía, escrita en dos densos tomos, Luis Emilio Cavero Bendezú, donde ya allí se puede ver la crueldad de que eran parte de sus vidas de los iquichanos, también de ciertos huantinos, que tomaban justicia, y asesinaban sin compasión desde tiempos inmemoriales y más todavía en la Independencia y la República.
Respecto a que los militares se apropiaron de prendas, dinero y animales de sus víctimas es un hecho cierto, que se puede corroborar en los testimonios, en los informes, en las investigaciones judiciales. Allí ya no había mucho que novelar. Como digo, la verdad cargada de tanta miseria y podredumbre del hombre supera a la imaginación del creador.
A propósito de Putis, esto sucedió en 1984, en el gobierno de Belaunde. En Adiós Ayacucho, de Julio Ortega, uno de los personajes, que va a Lima a buscar justicia, le reclama a Belaunde sobre su condición. Este calla. En Bioy, una novela reciente, se dice que Alan García, Alberto Fujimori y Fernando Belaunde son cómplices por su silencio. Y hace poco Belaunde ha sido homenajeado. Se le considera casi un santo. ¿Cuál es tu opinión al respecto?
Para mí Fernando Belaunde si bien fue un brillante orador, un gran líder demócrata, un apasionado constructor de caminos, no supo enfrentar con pragmatismo y mano dura desde la Presidencia, cuando llegaron los primeros hechos de violencia política en la capital y, sobre todo, en los andes peruanos. Dista mucho de ser un santo. Mi concepto de santidad va por otro lado.
Marcelino tiene su burro Opita con quien camina largas jornadas. Se asemeja a Sancho Panza, incluso hay un diálogo entre los dos, donde este cree que Opita es su asno. También se menciona a Quijote. ¿Qué papel cumplen estos personajes cenvantinos en una novela sobre la violencia política?
Siempre el Quijote y su fiel escudero Sancho Panza serán motivo de emular sus sueños, sus aventuras, sus locuras, aún en estos tiempos. He allí la grandeza de ese libro que nunca dejará de conmovernos y hacernos incluso reír. Quise crear una novela que reviviese a Sancho, con toda la dificultad que significa hacerle hablar de acuerdo a como se hablaba en el Siglo de Oro español o en la época del descubrimiento y la conquista española de grandes territorios surcando mares.
En el caso de Marcelino y Opita, se da esta dualidad. Ambos, como personajes, uno desde el lado del homosapiens y el otro del animal, asumen esta personalidad. Marcelino es de alguna manera un terco Quijote buscando la verdad y la justicia entre la sórdida burocracia y justicia que caracteriza nuestra realidad. Opita nos recuerda al fiel escudero. Pero Opita, ese burrito noble y andariego, también debe recordarnos a la hermosa novela Platero y yo, que muchos hemos leído con tremendo gozo cuando éramos apenas escolares. ¿Pero cómo superar al español Juan Ramón Jiménez y su libro, todo un clásico en la literatura infantil, Platero y yo? La valla es muy alta. Habría que recrear una novela que, además con mucha pasión, ternura, hondo sentimiento, humanice a Opita y lo eternice desde la literatura. Y que, como Platero, Opita alcance esas dimensiones de belleza, hondura psicológica, identificación con el lector.
La visión andina, lo mitológico, está presente en tu novela. Esto lo apreciamos con Amaru, Taita Orqo, Mama Ccocha, Pachamama, el danzante de tijera. ¿Qué tanto aporta esto en una novela donde el eje temático es la matanza de Putis?
Creo que lo enriquecen y nos muestra una novela, que es aparentemente sencilla, llena de matices muy ricos. Esto es como saborear y comer un buen sancochado en la Casa del Sancochado. La otra opción era pasar de largo, con agua tibia o fría, sobre estos temas interesantísimos que forman parte de la cosmovisión andina, de sus rituales y tradiciones, pero también del folklore nacional. Y yo no sirvo para pasarme de largo. Me gusta ser detallista, un arquitecto de mis recuerdos y de los que mis ojos ven, un apasionado orfebre de la palabra.
En tu novela mencionas a Arguedas y Alegría. ¿Qué tanto les debe como escritor?
Mucho les debo. Tengo de Ciro Alegría todos sus libros, quizá como pocos escritores. En el Centenario de Ciro Alegría estuvimos mostrando los libros y Dora Varona quedó gratamente sorprendida por esta iniciativa. Y es que Ciro Alegría como Arguedas para los peruanos son referentes muy importantes, más para un escritor andino como yo. He leído mucho de estos escritores que, por ejemplo, mi libro de cuentos Danzantes en Casa del Diablo, que recrea la vida de un danzante de tijeras, y nos recuerda a la magistral historia recreada a través de un cuento por Arguedas enLa agonía del Rasu Ñiti.  Bueno, pues, yo bebí en lo literario de esas fuentes. Me debo a ellos, porque gracias a esos libros me hice escritor. Gracias a esos libros de Ciro y de José María, me hice escritor profesional. Pero también gracias a los libros de estos notables escritores peruanos es que yo conviví con mi soledad, aprendía disfrutarla. Yo leía sus libros desde los siete años, si más no recuerdo, cuando vivía en Huancavelica, allá entre los años 1968 y 1974. Y todo lo que yo leía se reflejaba con nitidez asombrosa en mi penosa realidad, la del pueblo de Huancavelica, de sus comunidades quechuahablantes muy pobres, sus perros, sus labriegos, sus tinterillos de tierras, como después comprobé que también así sucedía en Ayacucho.
La agonía del Danzak es un título parecido al cuento de Aguedas: La agonía del Rasu Ñiti. ¿Hay un parangón entre los dos?
Hay más que un parecido. Me he permitido marcar distancias. Y los buenos lectores sabrán encontrar esas distancias. Pero también parangones. La Agonía de Rasu Ñiti es una historia magistral, una lección de vida, como también lo es la de Marcelino en La agonía del Danzak. Pero, digo yo, cómo suscribirse y alejarse de esos temas. Si desde mi infancia siempre estuve en fiestas costumbristas en Huancavelica y Ayacucho gozando y aprendiendo mucho de la magia del agua y de los apus, gozando de sus manantiales y del magistral baile de los danzaks. El tintinear de sus tijeras y sus acrobáticos pasos y piruetas, siempre, déjeme decirle, me devuelve (entre lágrimas de gozo, ternura y añoranza) a mi infancia, a veces con episodios muy dolorosos y otros con divertidas anécdotas. Soy, en buena cuenta, como Arguedas, un ferviente admirador y seguidor de danzantes de tijeras. Hasta en mi literatura se nota esto. ¡Enhorabuena!

miércoles, octubre 10, 2012

Presentación de 'Hienas en la niebla' de Juan Morillo


César Ángeles Layza / Lima

El jueves 4 de agosto se presentó, en Lima, la última novela de Juan Morillo (Pataz-La Libertad, 1939), Hienas en la niebla (Universidad Ricardo Palma, 2010), en el centro cultural Cori Wasi de la universidad Ricardo Palma. Se trata de una obra que ha sido bien recibida por la crítica y los lectores de este autor, que  año a año, y desde que retomara su quehacer novelesco en 1999, con Las trampas del diablo (1999), luego de tres décadas sin haber publicado en formato de libro, va ganando mayores adeptos entre los atentos seguidores de nuestra narrativa. Hienas... aborda el complejo asunto de la guerra interna de los años 80 y 90 en el Perú. Sin embargo, como coincidieron aquella noche los escritores y amigos del autor, en la mesa de presentación, no solo aborda la violencia de aquellos años, sino otros momentos cruentos que marcan nuestra aciaga historia republicana, particularmente en la segunda mitad del siglo XX.

En dicha mesa, estuvieron los conocidos narradores peruanos Oswaldo Reynoso y Roberto Reyes (asiduos colaboradores de Intermezzo tropical, para más señas). Este último, además, tuvo a su cargo el prólogo de la novela de Morillo. Asimismo, participó el poeta y académico Marco Martos, quien basó su presentación, como observó el propio Reyes, en ideas tomadas del prólogo, con una exposición fluida que centró en el tópico del viaje. Sin embargo, acertó en demandar que en el canon de nuestra literatura, aquel que se utiliza en los programas escolares y universitarios, hace rato que muchos autores debieran estar presentes para su lectura, disfrute y estudio, y no solo los conocidos nombres de Alegría, Arguedas, Vargas Llosa, Bryce y Ribeyro, por citar algunos pocos autores que son de diverso modo nuestros clásicos. Morillo, como otros más, desde hace tiempo merecen, dijo, su lugar en la historia de la literatura peruana.

Por su parte, Roberto Reyes evocó, con un toque de afirmativa nostalgia, la época cuando Morillo, Reynoso y él mismo compartieron veladas y experiencias de diverso tipo al interior del grupo Narración, del cual formaron parte en los años 70 (junto a otros escritores actualmente en plena consolidación de su trayectoria, como Gregorio Martínez, Miguel Gutiérrez y Antonio Gálvez Ronceros: este último, venciendo su usual reticencia a participar de estos actos, asistió a esta cita, de seguro por la común  experiencia evocada por Reyes). El autor de “Ratas en la casa” resaltó, además, que por aquellos años del colectivo, su vocación y práctica narrativa se fueron asentando al calor de sus diálogos con Reynoso y Morillo, debido a lo cual esta velada también cobraba para él una suerte de agradecimiento y celebración, tanto en términos vocacionales y amicales, como por la presencia viva de quienes conformaron Narración, uno de los colectivos literarios (territorios liberados) que ha dejado más huella entre nosotros. A continuación, Reyes resaltó la novelística de Morillo en tanto expresión de algunos postulados de aquel grupo, como por ejemplo el sartreano principio del compromiso del escritor con su realidad y con su tiempo. Sobre este asunto, en reciente entrevista periodística, el propio Morillo ha evocado sus zozobras desde la lejana China –donde radica con su familia desde hace treinta y tres años– en tanto que mientras que en el Perú se vivía, durante los años 80 y 90, una cruenta y dramática guerra interna, él iba tratando de consolidar su vocación novelística a la distancia (al respecto, y aun viviendo en el país, o por eso mismo, Miguel Gutiérrez también ha testimoniado semejantes conflictos personales en sus ensayos La Generación del 50 y Celebración de la novela, lo que es una prueba de que el tema no es baladí para los miembros de esta comuna literaria). De la citada entrevista, destaco el siguiente pasaje, porque considero que es donde Morillo sintetiza lo referido acerca del compromiso político del escritor y nuestra contemporaneidad como sociedad:
–Hoy casi no se habla de eso, Vargas Llosa casi es un predicador solitario de ese asunto.
–Vargas Llosa ha retomado el tema, es un viejo tema, era un tema de café en una época en que se discutía este asunto en un plano simplemente teórico, pero las circunstancias nos han ido sacando de la reflexión a los hechos concretos. En mi caso sí es una preocupación. Y no solo por mis años ausentes del país, no es solo una la realidad distante, sino esa realidad distante me trae mensajes muy impactantes: muerte de amigos, amigos desaparecidos, amigos perseguidos. Esa realidad me remece y digo qué hago escribiendo una novela aquí, en este momento, cuando mi país está en una etapa de violencia terrible. Entonces, qué hacer. Esas cosas me van removiendo la conciencia.
Roberto Reyes subrayó, además, la identificación de Morillo con el sujeto colectivo y popular que hace la historia, lo cual también constituyó otro valor en la estética de Narración: el tratamiento de los dramas y vicisitudes de personajes enraizados en la historia cotidiana y colectiva. Finalmente,  pasó revista a algunas características resaltantes del propio lenguaje narrativo en esta obra, como, por ejemplo, el planteamiento de la vida como un transcurrir constante, con la imagen del viaje, el río, aquello que fluye, y dejó sentado que los filósofos podrían hilar luego otras interpretaciones de esta novela de Morillo, en relación, por ejemplo, con Heráclito y su concepto de la vida, la muerte y el ser humano. En suma, una intervención sentida e ilustrativa la de Roberto Reyes, quien no quiso extenderse más tiempo y dejó anotado que en el prólogo a la novela desarrolla más ampliamente los conceptos vertidos aquella noche.

Por su parte, el apreciado maestro y escritor Oswaldo Reynoso inició su participación a su estilo, contando una anécdota, de esas que también nutren la literatura en todo tiempo y lugar, acerca de cómo conoció a  Morillo. El hecho ocurrió una tarde en que, aburridos de Lima, él y su ‘compadre’, el recordado escritor Eleodoro Vargas Vicuña, decidieron salir del legendario bar Palermo, donde los habitúes de la Generación del 50 tenían una mesa reservada, y viajar en el primer bus a Trujillo, dejando un papel pegado en una pared donde se leía “Los esperamos en Trujillo”. Cuál sería la sorpresa de ambos cuando al llegar a dicha ciudad de la costa norte, y luego de algunas horas de descanso, se toparon con varios amigos que habían hecho la peregrinación en bus desde Lima hasta Trujillo siguiendo la referida indicación. De ahí se echaron a caminar por las calles de la capital liberteña, y es así como conoció a un joven impetuoso quien, con otros amigos escritores, se sumaron al grupo: se trataba de Juan Morillo. Desde entonces, han cultivado una amistad asentada no solo en el colectivo Narración, sino en los varios años que Oswaldo Reynoso radicó en China, donde Morillo continúa aún.

Ante un público ya ganado, en el amplio y agradable auditorio de la Ricardo Palma, Reynoso anunció que a continuación abordaría la novela de Morillo marcando algunas características que veía centrales, en tanto pieza narrativa y artística. Lo primero, fue resaltar su puesta en escena del desierto: un paisaje  tan consustancial al Perú, a su costa, y, a la vez, dijo Reynoso, tan poco tratado por nuestra literatura  (de inmediato pensé en la novela El viejo saurio se retira, de Miguel Gutiérrez). Hay literatura de la selva, de la sierra, de los valles costeños, pero no del desierto, ni del mar, afirmó: quizá sí de la pesca, pero no recordaba una que abordase el mar mismo (ahora recuerdoPlayas, de Calderón Fajardo). Primer acierto de Morillo en esta obra. Otro asunto que destacó el autor de El escarabajo y el hombre y Los eunucos inmortales fue la magistral técnica exhibida por aquel para hacer toda la novela en segunda persona, sin que decaiga el ritmo ni el interés de su lectura. Al respecto, Reynoso leyó algunos pasajes finales, para demostrar ello, donde el narrador habla consigo mismo en segunda persona acerca de la propia memoria puesta en marcha para llevar adelante la narración en Hienas en la niebla. Asimismo, remarcó el tratamiento y protagonismo de la mujer en esta novela, algo que, comentó, no ha sido usual en la narrativa peruana, con algunas pocas excepciones (evocó las obras de Miguel Gutiérrez, algo de Enrique Congrains, y poco más que eso). Incluso dijo que las narradoras peruanas no habían desarrollado suficientemente este personaje, y que, en general, en el imaginario literario del país se conoce poco o nada de la mujer en tanto personaje, más allá de la Perricholi, una suerte de prostituta en la corte colonial peruana, y Micaela, la mujer de Túpac Amaru.  Por último, destacó que en las novelas de Morillo los personajes iban desenvolviendo sus historias en sucesos interconectados, de tal manera que ante los lectores iba configurándose un universo complejo, donde diversos vectores narrativos confluían unos con otros creando una densidad semántica lograda con suma destreza en el manejo del lenguaje. También remarcó lo dicho por Roberto Reyes en el sentido del compromiso del escritor con su época y su sociedad, lo que una vez más llevó a evocar al colectivo Narración (pero una evocación sobria, seria, sin los aspavientos histéricos ni adanistas que tienen algunos ejercicios de memorias grupales, a veces) donde a Reynoso le cupo rol destacado, en tanto fue prácticamente el padre de la criatura, y Miguel Gutiérrez,  seguramente, su ideólogo más político y radical.

En suma, los tres ponentes aplaudieron esta novela, y la recomendaron mucho para su lectura. De ahí que esa noche se agotaron los ejemplares que se pusieron en venta, y entre firmas, fotos y brindis virtuales (vino no hubo: se fue nomás en el incesante tren de la imaginación), además de los reencuentros debidos con un autor que, aunque radica físicamente lejos, está muy cerca del Perú (“Si Jorge Chávez no ha muerto, y/ Vive en el corazón de los peruanos/ ¿En el corazón de quién/ Vivimos los peruanos?”, como escribió el poeta Luis Hernández) y sobre todo (pero no solo) de sus amigos y compañeros generacionales. Las breves palabras finales del propio autor remarcaron los aportes críticos de quienes le antecedieron, y dejó sentado que esta novela última era inicialmente parte de un proyecto más amplio que quedó subdividido en dos novelas: Aroma de gloria y Hienas en la niebla.

Mi amistad, desde los 80, con una de sus hijas, Isolda Morillo, me tentó a esta suerte de memoria y saludo, y a pesar de que todavía no he leído esta novela, sí lo he hecho con otras anteriores de este autor como El río que te ha de llevar (2000) y Aroma de gloria (2005), por lo cual sé que la cálida presentación (dando la contra al frío limensis) deHienas… fue no solo merecida sino que quedará en la memoria de quienes asistimos a ella, y que felizmente Morillo ha sumado al complejo tema de la guerra civil de aquellos años (mis años formativos, por cierto) otra obra que, con calidad y maestría, aporta en esa zona de nuestra literatura escrita que no vive principalmente del oropel ni de los fuegos fatuos del marketin literario. Ni que se trata de aquellos autores que abordan sensibles temas como este, de la violencia política, más por un deseo de notoriedad que por una sincera preocupación por los destinos y rumbos del pueblo peruano.

El diálogo final que sostuve, off the record, con Antonio Gálvez Ronceros tuvo la chispa de recordar juntos su excelente cuento “Octubre”, donde un negro orina interminablemente en los caminos de un pueblo costeño, y ante la procesión del Cristo Crucificado: carnaval y carnaval. La velada la cerré (al menos en el auditorio mencionado) con los intercambios de teléfonos con el autor de Los ermitaños, y su curioso y amigable requerimiento de que lo llamase un día para obsequiarme un cuento policial suyo, publicado de forma reciente en una revista médica. Y que estaba trabajando en dos novelas próximas a salir, me dijo. Al final, esta foto con los Narración selló la noche con broche de oro. Oro por dentro. Oro por fuera. Narración y un pistolero del far best peruviano.