martes, diciembre 13, 2011

Recuerdo y testimonio en 'Leyenda del padre' de Miguel Rodríguez Liñán


Gustavo Tapia Reyes / Chimbote

Mediante el empleo de una imagen deslumbrante, presentando la motivación esencial como trágica ante la irreparable pérdida, mezclando una serie variopinta de personas reunidas en torno a las exequias de un ciudadano, a pesar de todo, de rasgos notables: He vuelto a la desertada casa familiar de Puerto Perdido para los funerales de mi pata (p.13), en un comienzo, salvando las distancias inevitables, haciéndonos recordar aquel de Juan Preciado regresando a Comala en la memorable Pedro Páramo (1954) de Juan Rulfo, el narrador Miguel Rodríguez Liñán (Trujillo, 1961) inicia ubicando el contexto de su novela Leyenda del padre (1991)(1) que, contrariamente al título, no es una leyenda, según el concepto manejado desde antaño sobre esta especie narrativa sino la amalgama, en forma de novela, del fluir de un cúmulo de recuerdos pretendiendo dejar sustentado el testimonio acerca de la peripecia existencial de aquel ser que, al engendrarnos, nos dio la vida: nuestro padre terrenal.

Precedida de un epígrafe en inglés del poeta norteamericano, miembro de la generación Beat, Allen Ginsberg, dipsómano por antonomasia y cerrada con la traducción al español de los mismos versos, dividida en siete partes, no siendo los mismos capítulos propiamente dichos, conforme a la tradición narrativa de larga data, tituladas: “Primer día”, “Trujillo”, “Segundo día”, “Puerto Santa”, “Tercer día”, “Tortugas”, “El entierro” respectivamente, más bien, solo partes al mismo tiempo integradas de una serie de fragmentos de distinta extensión, colocados de una manera aparentemente desordenada, sin un argumento en el sentido lato del término donde, en un afán por mantener vivo el retrato pormenorizado, anecdótico, a ratos divagante del personaje central, se entremezclan los planos del tiempo presente, encarnado por el narrador-personaje involucrado, llamándolo “pata” o “patita”, o sea, amigo en la jerga peruana y el tiempo pasado de la tercera persona, a cargo de quien fuera uno de los primeros poetas, digamos, más “profesionales” que se conocen en la ciudad de Chimbote, presentado en plena extensión a través de sus barriadas, ergo, en “Puerto Perdido”, conforme es patronímicamente indicado en la novela, pero, del cual, nadie puede dudar se trata del otrora denominado primer puerto pesquero del mundo y capital siderúrgica del Perú (2).

Esto es, como el título mismo lo deja entrever Leyenda del padre viene a ser el testimonio emocionado de un hijo por su padre, de un joven que, habiendo llegado a una determinada edad, con estudios superiores realizados en la Universidad Central de Caracas (Venezuela) y en la Universidad de Provenza (Francia), después de haber sido ayudante de albañilería, vendedor de helados, distribuidor de periódicos, hasta llegar a convertirse en traductor, en cuya ciudad luz, París, vivió desde 1984, posteriormente trasladado a Marsella, decide hacer un balance de su existencia familiar ante la muerte de ese hombre que, habiendo obtenido el grado de doctor en Derecho Penal por la Universidad Nacional de Trujillo (UNT), en el estricto sentido exigido por la profesión, nunca ejerció como tal, acabando absorbido dentro de una vida bohemia, desordenada, sin horizonte, empezada cuando era joven, estudiante universitario que “participó y obtuvo mención o ganó uno a dos Juegos Florales de Poesía en la misma universidad” (3) o, según el estudioso Saniel Lozano “en 1957 ganó los Juegos Florales de la UNT con el cuento Hombres, mar y puerto” (4), fundó después la Casa de la Cultura de Chimbote y el Frente de Unificación y Desarrollo de la misma ciudad, cobrando además por sus servicios profesionales a la gente de origen humilde, imitando al médico Anton Chéjov, mediante animales y otras formas de pago, menos dinero, en medio de los avatares orientados a convertirse en el poeta, autor del antologable Hay un puerto que se llama Absurdo, los inéditos a la fecha Huertos ondinos y Mares sin puerto y acaso el frustrado narrador de Náufragos de la vida y la inconclusa novela Los buitres.

Por eso, en “Primer día” encontramos mencionados o dialogando a personajes que poblaron o tal vez pueblan todavía los ámbitos del cotarro porteño. Aparecen los tíos y las tías del narrador, a quien llaman con un peruanísimo Miguelito, indudable alter ego del autor, sintiéndose incómodo ante las condolencias que recibe así como libre del yugo paterno, al año y medio, tras haberse alejado de la casa familiar, pensando: lo primero que haría de regreso a Lima, sería mandar al cuerno los abominables estudios, buscar trabajo en lo que fuera, y largarme para siempre al extranjero (p.16), paseándose entre la aglomeración, fluyendo las variadas evocaciones hacia adelante, hacia atrás, describiendo con cierto sarcasmo las pompas fúnebres y ubicando a la pléyade de los grandes amigos de aquel: Delfín Morales, el Flaco Montoya, don Pocho Longobardi, entre otros. Aparece también Adriana Duarte, un amor de juventud del fallecido, las constantes reconciliaciones-separaciones de su esposa Rosalba, incansable trabajadora, quien suele acusarlo de infiel, acompañado de sus terribles inclinaciones autodestructivas y las muestras de ser un hombre político -de gabinete- que, agobiado entre los paroxismos de la borrachera, repetía: Mi único compromiso, si se puede hablar así considerando mi perfecto egoísmo, es con los pobres (p.46), los problemas de salud atribuidos a los embrujos de sus enemigos invisibles, no queriendo verlo nunca feliz junto a María Angélica y el doctor Elías Salvatierra, su gran amigo.

De esta manera, Rodríguez Paz es presentado como un individuo de carácter inestable, mujeriego, alcohólico, un completo irresponsable, tornando un acierto absoluto la inclusión de Paúl Verlaine, el poeta francés del movimiento simbolista, quien tenía la misma personalidad, sometido a las reprimendas de la madre Matilde, abuela del narrador, siempre aspirando a disciplinar o modificar su carácter díscolo, al extremo de que: era ateo, marxista leninista a ultranza, procastrista (p.30), arrepintiéndose en el estado agónico del último aliento, víctima de una taquicardia hereditaria, hace llamar a un sacerdote, sorprendiendo mucho al narrador. Después, en “Trujillo”, nada más predicativo que este título, se refiere a la época como estudiante del catalogado como “el mecenas de Alborada en una de las etapas más difíciles de la revista” (5). Estando joven se desplaza por doquiera, bebe de manera consuetudinaria, se enamora con mucha facilidad, es detenido por la policía durante un toque de queda: Dejó caer su maletín atiborrado de papeles. De un brusco empellón, lo pusieron contra la pared y lo registraron (p.65), reconoce a la bella Adriana, se pelea con los amigos de la facultad, frecuenta diversos lugares, entre éstos la casa donde habían organizado sus tertulias los integrantes del denominado Grupo Norte (6) y vive otras experiencias, no del todo precisadas por el narrador.

En “Segundo día”, al poeta Miguel Rodríguez Paz se le muestra como un personaje cuyas tendencias autodestructivas iban cada vez más en aumento, a pesar que juraba en sentido contrario. Alguna inquietud existencial lo llevaba a transitar esos caminos tan peligrosos, quizás la decepción percibida respecto a la certeza de ya no poder convertirse en un gran escritor -“gran écrivain” en la lengua de Bauldelaire-, cuánto hacía iba a quedarse en meros intentos o simples borradores de poemarios, relatos, novelas, su posterior participación en la fundación del grupo literario “Isla Blanca”, también en otra organización de carácter político y reivindicativo, discursos pronunciados como manotazos de ahogado, incansable en salirse de los protocolos, nuevamente la mención de Verlaine (oscilando entre dos mujeres y la relación homosexual con Arthur Rimbaud), pese a lo cual llegó formalizarse por un tiempo cuando, gracias a la recomendación de don Ángel, ocupó el puesto de asistente jurídico del Banco Agropecuario en 1969. De la noche a la mañana se volvió responsable, se transformó en alguien vistiendo terno, cumpliendo un horario hasta que, tras ganar un juicio, le pagaron en efectivo la fortuna –para la época- de diecisiete mil soles. Entonces, dejando un dinero para los gastos de la casa y tras sobornar al hijo: se fue de gira una semana. Regresó temblando, con fiebre, sucio, con la camisa afuera y la barba crecida (p.101).

Como en otros párrafos, también interviene directamente el narrador, observándolo dentro del ataúd, aseverando: a las siete llegan los artistas en bloque, entran graves al estadio doloroso: los pintores Luis Arias Vera y Julio César Salamandra, Julio Bernabé Orbegoso el Poeta Tullido, y los escritores Maynor Freyre y Oscar Colchado Lucio (p.102) o cuando hace la evaluación de los integrantes del grupo Nueva Bohemia: El Gran Roberto era un joven rentista; Loayza, médico; mi padrino Horacio, catedrático; Marcial, mi pata, Valladares y Pancho Pozo, jóvenes abogados; solo Aguinaga Romero era poeta poeta “Poeta al cubo” como él decía (p.128) quien, a los cuatro años de edad, ya deseaba convertirse en un escritor, viajando a Francia, aunque, no sabiendo cómo, opta por dedicarse a la práctica del fútbol –algo que su padre rechazaba con dureza- y a relacionarse con su tío Chevo, un asiduo de este deporte. En “Puerto Santa”, la cuarta sección de Leyenda del padre, se narra la historia de un verano en la localidad aledaña a Puerto Perdido, donde se habla de una tal Yolanda de Armendáriz, a quien llamaban la Viuda Negra, apareciendo después misteriosamente ahogada, Perico Zegarra, el señor Longobardi, la familia Aguilera, Nacho y Amanda, cuyos perfiles individuales se difuminan por completo, en medio de la fluidez constante de los recuerdos, mediante la técnica narrativa del flashback que entorpece la claridad, debido a la poca destreza mostrada por Miguel Rodríguez Liñán en el manejo de la misma.

En “Tercer día” desfilan personajes como la humilde empleada a quien llamaban Afrodita, hermosa mujer, según se le describe, otra de las conquistas de aquel, motivando, por vez enésima, la separación de su esposa, a quien iba a ver en Trujillo, terminando por embarazarla. Están presentes las incursiones a Lupahuari para la práctica del arte de la cacería, una serie de historias narradas con desenfado, sin llegar a la procacidad y el frustrado poeta (siempre le dolía no haber llegado a serlo) Rodríguez Paz es colocado al nivel de un soñador empedernido, de acuerdo a la concepción del romanticismo decimonónico y un excelente abogado que, mediante argucias jurídicas, salvó la vida del Loco Cárdenas y puso en libertad condicional al Cholo Rogelio, ambos prontuariados delincuentes, indignando a muchos: Tú sabes que nosotros no nos juntamos con esa gente, dijo mi abuela furibunda, ocasionando inmediatamente la molestia de él: Te recuerdo que son nuestros prójimos, sin más ni menos (p. 156). También se incluye la depuración que hace el narrador en el estudio-biblioteca en relación a la gran cantidad de papeles dejados por su padre, acomodándolos, valorándolos, organizándolos, evocando la fundación del grupo Nueva Bohemia en Trujillo, cuyos miembros lo admiraban tanto que quisieron ayudarlo a publicar sus libros, luego, retorna al presente tan doloroso: Veo el rostro amoratado, las fosas nasales y la boca taponadas con algodón, de mi pata exánime (p.210).

En “Tortugas”, la parte más breve de la novela, se narra una visita al balneario del mismo nombre, en el taxi marca Ford Escort de don Ruperto, aparecen otros primos y algunos amigos del narrador, quien además recibe lecciones de cómo seducir a una dama: procura no ser pegajoso. Ignórala un poquito también, pero no mucho. Y has el esfuerzo sobrehumano de no decir tonterías (p.218), sin olvidar el toque de nostalgia, un tanto estremecedor, como cierre: Esa fue quizás la penúltima vez que lo vi en este mundo (p.220). Ya en “El entierro”, la última parte de Leyenda del padre, nuevamente se emplea el corsi y recorsi en una sucesión de diez años transcurridos desde la muerte del personaje central hasta el día de los funerales. El narrador recibe una carta de su primo Tiberio, se encuentra con amigos de la infancia, igualmente están las andanzas de aquel con una mujer casada, el responso de cuerpo presente a cargo del padre Ciro, la lúcida como inquietante reflexión en torno a su alcoholismo: Yo no deseo por nada del mundo eliminar el placer inigualable que me procura la embriaguez, dijo para, líneas después, precisar un deseo nunca llevado a la práctica: pero quisiera disminuir las ingentes cantidades que necesito para estar bien (p.242), otras aventuras recordadas, pertenecientes a tiempos tan distintos, el desencanto ante una sociedad inmune a prodigar el reconocimiento a sus artistas, donde antes ellos llegaron a reconocerse como: epicúreos, estoicos y anacreónticos (p.71), la mención biográfica a un enloquecido Antonin Artaud y la brutal realidad irrumpiendo como un inesperado corolario: Para ser poeta se requieren huevos de verdad. Es una apuesta a ciegas. Es un asunto de vida o muerte (p.266).

Por una cuestión de la ineludible cronología, afectando, como es natural, la memoria de todo individuo, es obvio que en las partes de “Trujillo” (el narrador-personaje aún no había nacido), “Puerto Santa” y “Tortugas”, agregándole otros episodios más del “Primer día”, “Segundo día” (era un niño con cuatro años de edad), “Tercer día” y “El entierro” (algunos detalles le fueron contados), Miguel Rodríguez Liñán debió recurrir a la imaginación, solventándola en el plano de la ficción, el propio Maynor Freyre, uno de los personajes mencionados, ha declarado que él no sabe manejar ningún vehículo (7), para, solo de este modo, reconstruir esos tramos que le eran desconocidos o apenas recordados en la biografía de su padre. No bastando la memoria, debió ampararse en tal recurso narrativo, perfectamente legítimo y funcional, quedando bien distante de lo meramente testimonial, sobre todo cuando se quiere presentar a una persona de carne y hueso. De allí deriva el equívoco que le mengua el peso realista a Leyenda del padre, lo disminuye para dejarla como una novela donde se entremezclan pasajes supuestos con otros de apariencia fidedigna, usando las correspondientes cláusulas de justificación: Supongamos fragmentos de conversación con el Gran Roberto (p.54) o La siguiente escena en blanco y negro de cine de comienzos de siglo (p.26) e incluso dice: La reunión que voy a evocar ocurrió aquí mismo (p.116), salvo por el antecedente que tenemos de Jorge Edwards, quien se toma muchas libertades con la persona de Pablo Neruda en su conocido volumen Adiós poeta (1990).

Y esto, porque al mismo tiempo de apelar a la imaginación, en muchos fragmentos, quien también fuera periodista en un diario de Mérida (Venezuela), a través del narrador-personaje, se muestra con el prurito de acudir al plano de lo documental. Entonces no procede, por ejemplo, como el narrador, diplomático y periodista chileno, arriba indicado, sino que se apodera del Diario íntimo que mi pata me había autorizado leer solo post mortem (p.125) para utilizarlo como fundamento copiando –literalmente se supone- extensos fragmentos del mismo (pp.107-108 ó 129-131), aparte de haber empleado los paréntesis en algunos diálogos para indicar a quienes lo dijeron (p.228) y no conforme se hace en la narrativa contemporánea: dejándolos sin identificar, abriendo un enriquecedor concierto de voces. Otros aspectos observables son que, a semejanza de cuánto pasa con Rayuela (1963), si seguimos el tablero de lectura propuesto por Cortázar, a esta novela de Rodríguez Liñán le sobran las palabras: Yo vivía en Lima, donde el circunstancial “en Breña” (p.13) está demás y hasta se agregan muchas páginas, algunas prescindibles (páginas 150-152), en tanto, no aportan nada ni directa ni indirectamente a los funerales y a las escenas de la vida del personaje central, extremos por los cuales discurre la novela, así como el descuido en el uso de los términos: sus aventuras me fascinaban, me dejaban admirativo, boquiabierto (p.94), donde el adjetivo resaltado contextualmente es “admirado” o en la relación culinaria: ají panca, kión, zanahoria, alverjitas (p.187), lo correcto de este último es “arvejitas”, aparte por supuesto de otros más (8).

En cuanto a la clasificación de Leyenda del padre, no puede ser considerada como una novela-documento, perteneciente a la literatura de no ficción, conforme a lo realizado por Truman Capote en A sangre fría (1966), menos una novela-verdad de acuerdo a lo hecho por Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades (1987) ni tampoco ubicársele en la línea de la novela-reportaje Noticia de un secuestro (1996) de García Márquez. Y aunque Rodríguez Liñán, despojándose de su calidad de narrador-personaje, ha tratado de justificarse diciendo que: a pesar de mi afán exhaustivo solo he logrado narrar ciertos aspectos de su prismática personalidad, añadiendo líneas después: Para mí es suficiente (p.267), se encuadra más, con ciertos reparos, hasta casi llegar a lo forzado, en la categoría de una biografía novelada, una biografía donde si bien el autor parte de datos reales, consignados, definidos, utiliza los fragmentos de un diario –por tanto, lo ajeno-, igual desciende cuando reconstruye escenas a partir de cartas o apela a los recuerdos, no siempre claros, anotando: Si la memoria no me traiciona, eso fue a mediados del 74 (p.111), terminando por dejarse sumergir en las reverberaciones de la pura ficción. Es decir, a la novela Leyenda del padre, lamentablemente, debemos hacerlo saber, le absorbe mucho más la imaginación, en desmedro de un intento por reflejar la realidad tal cual fue (o es).

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(1) RODRIGUEZ LIÑÁN, Miguel Leyenda del padre, Río Santa Editores, Chimbote, 1991, 271 páginas. En esta edición nos hemos fundamentado para obtener las citas de nuestro ensayo.

(2) Léase al respecto mi ensayo “Existencialismo y significación en la poesía de Miguel Rodríguez Paz”, en el blog: www.tierradepromision.blogspot.com.

(3) En la solapa derecha de Leyenda del padre, Río Santa Editores, Chimbote, 1991.

(4) LOZANO, Saniel El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura, prólogo de Gonzalo Pantigoso, Editorial La Libertad EIRL, Trujillo, junio de 1992, p.71.

(5) LOZANO, Saniel El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura, p.71.

(6) Antenor Orrego, Juan Espejo Azturrizaga, Víctor Raúl Haya de la Torre, Carlos Manuel Cox, el mismo César Vallejo, entre otros.

(7) AYLLÓN, Ricardo Las preguntas del ornitorrinco. Diálogos con la literatura peruana, Ediciones OREM, junio del 2010, p.53.

(8)Salvo que estos errores tipográficos se deban únicamente a los serios descuidos cometidos por el (la) corrector(a).

jueves, diciembre 01, 2011

Efraín Miranda habla sobre José María Arguedas


Mario Mayhua Quispe

Durante estas semanas, algunas personas seguramente bienintencionadas, hicieron circular, tanto en medios escritos como por las redes sociales, que el poeta Efraín Miranda, de 86 años de edad, está desfalleciente y pereciente, terriblemente ‘abandonado’ por las autoridades, admiradores y muchos de sus amigos. Hasta da la impresión de un Miranda menesteroso. ¿Menesteroso de qué?, ¿menesteroso de comodidades y buenas atenciones?, ¿necesitado de compañía?, ¿tal vez de afecto?

Si antes no esperó nada de las autoridades burocráticas (insensibles y obtusos en lo que respecta a la cultura), ningún apoyo ni auspicio alguno; menos lo pediría ahora. Los verdaderos amigos, si es que lo son para Miranda, sabrán qué hacer, libre, concreta y sin aspavientos, así como lo impone la genuina y profunda amistad.

Los que hemos tratado largamente con el poeta indio, conocemos de su fortaleza moral a prueba de todo tipo de incomprensiones e indiferencias, no dando resquicio jamás a que los demás se compadezcan de él. En buena cuenta, nadie más que Miranda preparado para la etapa quizá más difícil de su fructífera y ejemplar existencia. Por lo que lógicamente esperará el final desenlace -convencido de ello estamos-, firme y estoico, así como ha vivido siempre, sin pedir nada a nadie.

Quizá avizorando que, más pronto que después, él mismo será materia de diversas interpretaciones literarias, filosóficas, sociológicas e interculturales; Miranda (uno de los imprescindibles de la literatura andina) da su versión e impresiones sobre la vida y obra de los otros imprescindibles; en este caso, acerca del gran Arguedas (ya lo hizo -en ediciones anteriores de Los Andes- sobre Carlos Oquendo de Amat, Gamaliel Churata y Dante Nava); comentarios que están contenidos en “Conversaciones con el Poeta Indio Efraín Miranda”, de autoría de Mario Mayhua Quispe.


Efraín Miranda habla sobre José María Arguedas

-¿Debemos entender que la escritura poética es por intuición? José María Arguedas no admitía que la Literatura se convierta en un oficio, sino que debía escribirse por necesidad. En cambio, Mario Vargas Llosa concibe que la escritura literaria tiene que ser resultado de la aplicación de técnicas, caso contrario se corre el riesgo de ser telúrico. ¿Es realmente suficiente que uno haya vivido en el mundo andino y así puede escribir buena poesía? Es que me resulta difícil admitir que solamente viendo y viviendo puede escribirse una buena poesía, una poesía que tiene un gran valor; para eso, me parece, se requiere el dominio de técnicas, ¿usted no lo ve así?

Las técnicas se van formando y uno va aprendiendo a esquematizar su poesía, según la necesidad, según el volumen y la atracción de ese volumen que uno comienza a percibir; entonces, con técnicas tales y cuales uno no puede llegar ahí; por tanto, tengo que formar, tengo que organizar mi lenguaje, tengo que organizar mi gramática, mi idioma, tengo que reorganizarlo con esa intención de poder captar más, más amplia y más realmente lo que he percibido a través de mis sentidos. Pienso que eso es intuición, no profesionalización, es intuición; el arte sobre todo es intuitivo, el arte por eso tiene mucho de adivinación, mucho de andar por donde no hay camino y de abrir caminos, ya lo dijo un poeta español. Yo encuentro una especie de virginismo en un libro y aparece otra intuición, entonces ese libro tiene otra forma también de virginismo, nuevo. Yo siento en esa forma la presentación, a la creación de la poesía o de cualquier forma de expresión artística.

-Eso mismo decía Arguedas, de que no hay perspectivas con el individualismo y la competencia personal, que eso nos va a conducir a la destrucción de la humanidad, que el único camino es el colectivismo, la vida comunitaria, eso que todavía lo practican los indios.

No conoce el Alocentrismo ¿ves?, no lo conoce. Mira, ¿cómo es la vida no? Cómo un hombre de la talla de Arguedas dejó eso, le dio pasión e interés al Alocentrismo, pero no lo enfocó…

-Quizá sea una limitación, del psicoanálisis, el individualizar y personificar a la Literatura.

Sí, pero un autor, todo autor, tiene que personificar a algo. Vallejo ha personificado una sociedad. José María Arguedas personifica a una sociedad. Efraín Miranda, ¿por qué no va a personificar otra sociedad? Personificar a una sociedad es lo difícil. Personificarse a sí mismo es fácil. Personificar a una sociedad, a una época, a un periodo de la historia, a un periodo de nuestra vida presente, yo creo que tiene mucha importancia. Eso hay que reconocerles a los grandes autores.

-Se ve el caso de Arguedas, que intentó amalgamar dos culturas, tratando de juntar las dos lenguas; por ejemplo, en su obra Agua hace una interesante composición sintáctica. Tentativa emprendida también por Gamaliel Churata en El Pez de Oro, en el que entremezcla castellano, quechua, aimara y latín. ¿Le parecen viables dichas posiciones, o habría otro camino para reflejar lo real y la realidad del indio y del Perú profundo?

Mientras los indios mismos, yo reconozco eso, no creen su propio alfabeto para escribir en su propio idioma, nadie desde afuera va a traerse un alfabeto, va a traerse sonidos, va a traerse, en fin, incluso hasta una Gramática Quechua. Lo que ha hecho Arguedas, lo que ha hecho Gamaliel Churata, son muy plausibles, ése es el esfuerzo del indigenismo, querer aproximar al indio hacia occidente y occidente que se aproxime hacia él. Ellos han cumplido una misión. Pero no estoy de acuerdo con que el castellano amestice también la escritura del idioma, sea amazónico, sea quechua, sea aimara, por eso yo no me atrevo. Como repito: no haré ni buscaré ninguna solución al problema lingüístico del quechua con el castellano, ni del aimara con el castellano. El idioma lo hemos conocido como dos idiomas ágrafos y orales, ahí quedan; yo no haré nada para convertirlos en legibles.

miércoles, noviembre 30, 2011

Psicojocydelia - mundo de libertad


Escribe Jocy Terrazas / Cusco


tajos

miras con morbo tus muñecas tajadas,
ves como poco a poco van emanando sangre,
sangre que brota como gelatina roja
llena de pigmento
llena de sabor
sabes que mas tarde te sentirás terrible
que desearas borrarlas
y sentirás que o vales nada
pero no importa
no es como si ahora sintieras que vales algo
tal vez solo deseas sentir que aun estas bien
qu aun estas viva
no sientes dolor
mientras pasas la navaja encima de tu dermis
no sientes remordimiento
solo la pasas una y otra vez
y una vez mas
en direcciones opuestas
buscándole un opulento sentido a tu vida
buscando tal vez que coja tu manos
y jugando con tus pulseras encuentre tus heridas
y te diga
que mierda haces
y te quiera mucho mas de lo que quiso a la anterior
y a la anterior a ella....
tal vez para tener una excusa
o porque en el fondo deseas que uno de estos días se te pase la mano
y el corte sea tan profundo que no deje de sangrar
deseas sentir que importas
deseas sentir que eres especial
caes otra vez en ese circulo vicioso
olvidas lo que eres
y todo lo que estas dejando atrás
te destruyes
no escuchas nada, ni siquiera tu voz cuando hablas
no puedes hacer nada bien
te rechazan
siempre ter rechazan...
tu arte, tu música, todo lo que alguna vez creaste y defendiste
no vale nada
ni tu corazón
a veces todavía piensas que no lo tienes
que lo perdiste
o que ese cojudo se lo llevo
y lo dejo ahí estrujado
helándose en la lluvia
y murió
a veces todavía pierdes toda la esperanza
regresas a ser una nada
y a nadie le importa
y eso es todo no?



irme irme irme

su poesía me pone a sus pies
como si ya nada fuera lo que debe ser
y yo aquí buscandome un sitio
en este mundo
en esta sopa llena de acertijos
que las cosas dejen de ser ideas
y que mis sueños salgan de mi sucio colchón
que mi caminata sea mas intensa
y que las laguna dejen de rondar mi habitación

quisiera comprarles un maldito apartamento
con cocina baño y sexo en las noches para no sentir dolor
con compañía
sola
muerta y viva
llegar muy lejos
sin sentir que vendí mi corazón

como esta ahora

es una cárcel
pero tengo una inspiración
aprendí a no aferrarme
a no estresarme en el colchón
pero quiero dormir sin tener miedo a ese teléfono
quiero irme
y vivir
correr detrás de mis sueños

quiero amanecer en una cama que sea mía
no desayunar
conversar hasta tarde con quien quiera oirla
la historia
la canción


quiero ser yo
seguirme a yo
y dormir y despertar bajo la ley de yo

no me interesa gustarles pero les voy a gustar
cuando ya no se me haga tarde

y pueda sentarme una vez mas a fumar

despertar
en donde quiera hacerlo
se que no sera facil pero ya no tengo miedo

y lo buscare buscare ese sueño
viajar y ser libre
encontrarle un sentido a este hueco
a esta vida
a MI vida





un domingo en la tarde sentada en tu cama escribiendo en tu laptop mientras traajas en cosas en las que no te puedo ayudar

hoy es uno de esos dias en los que las cosas con sentido parecen carecer de el
hoy es un dia donde escuchar tu voz en off me vuelve obseciiva, cansada y triste,
cuando el tragaluz alumbra mis piernas y se pone a jugar al revez
de mi sed
mi sed de existir y de estar hecha nada sentada en nada
ni vivir
cuanod las mañanas parecian estar escritas en tinta amarilla clara

hoy solo es domingo y el aburrimiento de mi tolerancia esta llegando mas alla de los limites permitidos
hoy solo es domingo
cocinamos algo
tragamos
dormi
te olvidaste de que estaba aqui
fue mi corona narcissta y vaga
saber que no se nada sobre cosas una vida plena y cara

en casa esto no estaria nada bien
y yo aqui amarrada a una idea que no me deja dormir bien
es miedo
es inseguridad
es estar harta
no es nada mas




yo soy propensa a los delirios
soy propensa a las abstracciones alcoholicas
soy propensa a tener celos de lo que no es mio

y aunque se que no eres mio
tengo celos cuando te escucho halar
cuando miro mis costras ocultas y pienso en todas las cosas que en mi no vas a encontrar
pero que tal vez las encontraste
las buscaste en ellas
yo solo creo que llegue tarde
lo suficiente como para que competir fuera solo una utopia que no existe en mi realidad



pero aca estoy
sentada en tu viejo colchon
escribiendo otro poema que tal vez nadie nunca leera
me callo
es mas facil no decirles nada
que abrir la boca
y quedar como una tonta
como una cabeza sucia que hoy no se baño


pero aca estoy no?
bajo es tragaluz
una vez mas escuchando tu voz en off
que se alternan con tus pasos furtivos
con tus delirios sin color

no dormire
mis ojos te pediran menos
pero vivire
no tengo de otra

aqui me traeron contra mi voluntad
no pedi respirar
no pedi insultar

pero aca estoy ........................

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Jocelyne Terrazas ( Jocy). Nací un 11 de julio en una de esas madrugadas que no puedo recordar, de niña dibujaba por mero gusto y bueno, en parte también por que veía a mi padre en eso, siempre me gustó escribir, pero lo hago en serio desde los 14 años gracias a una depresión adolescente, y algunas cosillas más, actualmente estudio arte aunque prefiero decir que lo hago por mi cuenta y preparó mi primera exposición individual, me dedico a fusionar mis poemas con melodías de mi guitarra y así crear algunas canciones y presentarlas donde me llaman a cantar, y por falta de presupuesto, publico mis catarsis en algunos blogs productos de mi tiempo libre.

lunes, noviembre 28, 2011

Miuler Vásquez: 'El Árbol' y el deseo de originalidad narrativa


Pedro Manay Sáenz / Chiclayo

Osado e inteligente resulta el planteamiento narrativo de la novela (¿o antinovela?) “El árbol”, del novelista (¿o antinovelista?) Miuler Vásquez González (San Martín, 1982). Si se dice que no debemos perder la capacidad de asombro de la niñez, también habría que decirse que debemos conservar, siempre, la capacidad de experimentación en la creación literaria. Esto último nos lo recuerda, con bizarra decisión, Miuler Vásquez. Hace poco, leí que el autor atento con su lector no le ahorra trabajo. La novela “El árbol” parece adherirse a esta exigente idea. Conversando con Gilbert Delgado (quien obrará de comentarista en mesa en la presentación de “El árbol” en Chiclayo, el 18 de febrero), brotaba la pregunta: ¿se trata de un libro hecho para el lector común o para el estudio especializado? La verdad, yo, hasta este momento, no tengo la respuesta. Talvez, se anime a aclararlo Miuler el 18 de febrero. Su breve nota biográfica indica que, desde hace algunos años, es ingeniero agrónomo; pero, sobre todo, y “desde siempre, ha vivido para la literatura”. Es cierto. Su libro revela largos años de brega en la “bendita manía de narrar”. “El árbol” constituye, a nuestro parecer, un audaz experimento narrativo que nos recuerda la infinidad de posibilidades de la creación literaria y la capacidad desautomatizadora de la Literatura , siempre abierta a nuevas posibilidades.

Alucinación y ambigüedad parecen ser dos rasgos importantes que debemos precisar desde el principio en esta novela. Parte de la audacia del autor consiste, por ejemplo, en demostrar que no hace falta especificar nombres de personajes ni de lugares para construir un relato (en la pág. 92, expresará el fundamento: “porque eso de poner nombres es de humanos poco creativos” -por supuesto, una aseveración personalísima del autor). Miuler asume como desafío literario -síntoma de su encomiable obsesión por lo radicalmente original-: “escribir un relato que nadie pueda resumirlo, extenso, con marcadas variaciones en cada párrafo y sin basarse en los métodos convencionales que el conjunto de los escritores que pueblan la tierra suelen usar” (pág. 56). En este punto, es necesario ordenar nuestro comentario tratando de establecer algunos apartados en función de los hallazgos realizados.

1) Propuesta de una novela distinta: Que se sustenta en el alejamiento de las características convencionales (de la mayoría de las novelas, al menos). Así, se observa: la ausencia de párrafos, el no uso de nombres de personajes ni de lugares; tampoco hay uso de guión mayor de diálogo; se tiene un epílogo que no aparece, precisamente, al final; y se observan las acotaciones en cursiva del narrador omnisciente. Miuler aboga por una creación libérrima, distinta. Leamos a su entusiasmado personaje cuando proclama la creación de un relato “muy meritorio, sin barreras de la índole que fuese, único en su género, capaz de captar la atención de los lectores desde la primera palabra. Eso es lo que percibo, y créeme, lo está logrando” (pág. 56). Es en esa perspectiva que se produce una especie de desdoblamiento del autor y establece una permanente vigilancia de la dicción y la actuación de sus personajes (que, a ratos, adquieren vida propia y se permiten enjuiciarlo también a él). Todo debe apuntar hacia la originalidad total, puesto que hay un rechazo al novelista en el sentido tradicional: “(…) un escritor del tipo… ¿novelista? ¡No lo quiera la humanidad! Tampoco le permitiré -dice el innominado personaje- semejante abominación, de ningún modo, primero me extermino junto a él y exploto, o más fácil: le pego un tiro y silencio sus dedos. Sí, eso haría, y no es una ostentación ni osadía. Lo digo en serio, ¡entiéndeme!, ¿si tú fueras yo, le dejarías que fuese un vulgar novelista? (pág. 56). Hay, en M. Vásquez, la obsesión por diferenciarse, por plantear algo verdaderamente nuevo. Quiere ser innovador radical. No quiere que lo encasillen; mucho menos que lo incluyan en las taxonomías literarias convencionales. “Ésta no es una novela, ni un monólogo, ni nada que se parezca a algún género literario” (pág. 57). Lo que reitera la necesidad urgente en M. Vásquez de romper esquemas, de renovar (característico rasgo de todo artista -incluso científico- joven, como bien lo explica Scott Thorpe, en su libro “Cómo pensar como Einstein”).

2) Seguimiento del relato: La presencia vasta e insólita del árbol marca grandes tramos del libro. Difícil sintetizar su naturaleza y los hechos acaecidos en función a él. Señálese, al menos, que el árbol era una inmensa casa donde todo objeto era de madera, a excepción de la chapa de la puerta. Pero, el árbol pasó por una metamorfosis que, a nivel de relato, adquiere una perspectiva mágico-realista: el árbol iba a ser cortado; pero, el hombre que lo regaba lloró tanto que, el árbol, conmovido por eso, y luego de cierta conversación misteriosa, amaneció convertido en un grande y hermoso castillo de madera. Pero, es necesario preguntarnos, ¿qué tipo de persona es el gran enunciador del relato, el personaje narrador? Tal es una de las ambigüedades del libro. Una hipótesis sería afirmar que el narrador de todas las cosas insólitas y hasta inverosímiles que se presentan es un hombre alucinado. De su mente febril y seguramente maníaca surge una frondosidad de sucesos, de imágenes, de planteamientos hasta filosóficos sobre una variedad de temas esenciales. Parece un Quijote en delirio, un largo túnel onírico, con tramos incluso estrambóticos; pero que no deja de tener un sentido estético sorprendente. El interlocutor es un amigo siempre receptivo, nunca emisor. Al final, luego que el personal médico sube a la camilla al absorbente narrador, se revela que el tal “amigo” sólo es “un muñeco mugroso y cochino” (pág.115). Y queda más claro que nunca que el protagonista es un paciente psiquiátrico y nos obliga a repensar todo lo leído, y a suponer cuánta mezcla de verdad y de ficción -dentro de la misma ficción narrativa- hay en todo lo anterior; nos obliga a preguntarnos: ¿y los reyes?, ¿qué simbolizan los reyes? ¿Serán distintos yoes o máscaras de alguien? ¿Y la reina infiel?: ¿no es, quizá, una alegoría de su propia esposa? Si el objetivo de M. Vásquez ha sido complicarle la vida al lector, creo que lo ha logrado. Y es que, conforme uno va leyendo, casi automáticamente, van surgiendo las preguntas. Terreno ambiguo. Y, cuando crees tener algunas certezas de lo ya leído, el final te vuelve a mover el piso y caes, otra vez, en la incertidumbre. ¿Volver a leer el texto? Si se quiere dilucidar bien las cosas, habría que hacerlo. En todo caso, tarea para el análisis profundo y deductivo de “El árbol”. Lo nuestro es apenas un comentario.

M. Vásquez muestra una visión personal y distinta de las cosas, casi desde la maravillosa óptica del pensamiento infantil. Por ejemplo, cuando leemos: “Bello era el paisaje (…), no el sol. A propósito, el sol parecía una fruta ácida y podrida sometida a mucho calor” (pág. 18). Puede decirse que, en este singular relato, hay incluso algo de la perspicaz ingenuidad (si se me permite la paradoja) del principito de A. de Saint-Exupéry: “¿Me preguntas siquiera por el cabello del Rey, si es oscuro o castaño, escaso o abundante?” (pág. 18). El desbordado relato del extravagante narrador introduce eficazmente al lector en el extraño y sutil universo arbóreo concebido por M. Vásquez. No es exagerado afirmar que, en “El árbol”, se siente, a ratos, un aire garcíamarquesiano, el que corre en “Cien años de soledad”. Tres pequeñas muestras. La primera, cuando habla del primer Rey; escena notable, talentosa, macondina:

“Lidiando con la realidad, conquistó muchas ilusiones, se adhirió a ellas y su cuerpo experimentó cambios que no pudo descifrarlos más que por un leve período; entonces, a pesar de encontrarse con su malsana identidad, reflexionó y no quiso perderse en ese mundo insano que le rodeaba, aunque supo de antemano que no podía cambiar el rumbo del destino, así le daban a entender los grilletes que aprisionaban sus extremidades, también las cadenas, la andrajosa ropa que traía puesta, el excremento nauseabundo y la comida maloliente que nadaba en charcos de vómito. Sabía que iba a morir ahí. Efectivamente, hasta ese momento nadie se había atrevido a separarlo de aquella propiedad con dueño desconocido .Fue en ese periodo precoz de sabia existencia, que el Rey perdió el control por completo, se tambaleó mil veces, oyó las palpitaciones más que nunca y, esquizofrénico, rabioso, mordió las cadenas, se golpeó contra el piso y arrancó cuanto cabello encontró en su cabeza, se desgarró la piel, se mordió los brazos y exclamó con furia que no era humano” (pág. 19-20).

Esta segunda muestra, nos hace evocar la peste del olvido (en la misma obra de García Márquez). También se refiere al primer Rey:
“¿Qué en qué momento había llegado a tal extremo? No lo sabía porque había perdido sus recuerdos” (pág. 20).

Y la tercera muestra nos recuerda a los varios personajes Buendía, que pueden confundir al lector (y que ha sido motivo de esforzadas genealogías). Cito:

“Bueno, se me ocurre, para evitar confusiones con los reyes postreros, llamar al Rey que quiso apropiarse del árbol y murió dentro de él, el Primer Rey; al siguiente, el Segundo Rey, y así seguiré. ¿Estás de acuerdo, amigo? Bien. La estirpe del Segundo Rey era numerosa” (pág. 26).

Una escena importante refiere acerca de la infidelidad de la reina (tema crucial y clave en toda la novela -la infidelidad conyugal-, ¿posible causa o detonante de la demencia del protagonista?). La poliandría de la reina acongoja al príncipe cuya psicología, en tal circunstancia, tiene algo de Hamlet y de Segismundo. A la muerte del primer Rey, el príncipe asume el mando con actitud insospechada.

Puede decirse, en este tramo, que parte del atractivo y magia de este atípico relato se sustenta en una doble perspectiva del narrador: la del adulto analítico y culto, y la del niño silvestre y fabulador.

En las páginas 21 y 22, el tema de las emociones y la sensibilidad (otro tema esencial en “El árbol”, que nos induce a afirmar que estamos ante una novela psicológica) comienza a adquirir gran importancia. Luego, vendrán muchas más alusiones al tema. Una de ellas se refiere a las escenas del niño en su relación conflictiva con el padrastro y con el medio hermano que, al principio, no acepta ni quiere. Después, la escena de la burla que hacen los policías del mismo personaje ya casi adolescente. Es decir que el plano emocional, en esta novela, tiene un valor fundamental, lo que permitiría un análisis psicológico del texto.

Luego de la muerte del primer Rey, la reina ya no fue la misma mujer de antes, talvez agobiada por la culpabilidad, y -por el contrario-, en el príncipe, aparecieron deseos de grandeza. En esta parte, M. Vásquez desliza el tema del poder: “Sin duda, el poder era más fuerte que todos los sentimientos dirigidos, ella lo sabía” (pág. 23).

Por otro lado, hay que decir que M. Vásquez logra la creación de ambientes oníricos fantasmales y despliega impactantes descripciones que parecieran extraídas de los filmes “Más allá de los sueños” y “Ghost”. A ratos, se condensan acciones y sucesos insólitos, que refuerzan nuestra idea de semejanza con el espacio novelesco macondino. Breves ejemplos: “(…) este paisaje que, a cada segundo, se volvía más macabro”. “Traía una joroba muy grande y reía a voces llenas” (pág. 35). “Su cuerpo contaba con cicatrices de centenares de amores, todos muy malos, amantes que la usaron y la dejaron olvidada” (pág. 36). A esto mismo, talvez abonen también las páginas 41 a 44, donde el autor extiende una original ficción creacionista.

En las págs. 47 y 48, ocurre uno de los hechos más intensos: el enfrentamiento del 4to. Rey (que aparece como un ser extraño e intimidante) contra un asustado grupo de gente. Leamos un fragmento:
“(…) un rayo fulminante de locuacidad le hizo resplandecer aún más y, excitado ante su claro proceder, se detuvo y quiso hablarles; pero su voz no se anunció conforme, por el contrario, sonó a graznidos incoherentes. Volvió a intentarlo, les hizo señas con las manos tratando de explicarles que buscaba un árbol, insistió en su cometido, cantó como sabía para agradarles y, en vano se esforzó. Los rostros le miraban con temor, anonadados, no fuera que se le ocurriese matarlos a todos, incluyendo a los niños. Podría ser, qué no veían que no era humano, qué no se daban cuenta de que quizá, esa cosa de enfrente representaba un castigo por lo mal que se portaban… “¡Tonterías!”, apagó una voz los comentarios, “¡matémoslo!”… ¿Qué si lo mataron? No habrían podido aun si todas las manos presentes le hubiesen asestado golpes al unísono, sólo que eso no llegó a suceder sino que, estando el Cuarto Rey acechado por hombres embravecidos y armados con palos, consciente de que trataba con seres inferiores, huyó a toda prisa, con rumbo ascendente, en dirección hacia la frondosidad más tupida y el monte más alto. Avanzó abriéndose paso con su propia luz, derribando en su andar la maleza y árboles menores, sin herirse con las espinas, sin cansarse. Su fuerza era mucha, (…)”.

El enfrentamiento entre el 4to. Rey y la muchedumbre nos lleva al tema de la oposición realidad extraña vs. realidad común, lo monstruoso vs. lo humano. Conmovedor resulta imaginar al ser diferente, poderoso, esforzándose por congraciarse con los humanos; empero, éstos no resisten la diferencia. Y lo rechazan. Y pretenden eliminarlo. ¿Alegoría, en el mundo del arte, a la obra distinta? ¿No es la masa la miopía de los críticos que no alcanzan a reconocer el valor de una obra entrañablemente nueva como sucedió con la poesía de Vallejo? Podría decirse, igualmente, que el 4to. Rey parece un símbolo del artista. En todo caso, análoga situación con la de otros seres extraños y despreciados en la ficción literaria como Quasimodo, Hans el Erizo, el Minotauro (que Cortázar se encarga de reivindicar) o, en el cine reciente, el ogro Shrek.

Resulta un poco extraño -en cuanto se manifiesta una reiterada visión pesimista acerca de la humanidad- encontrar en el mundo arbóreo de M. Vásquez una visión favorable de la esperanza, como si fuera una fuerza mágica. Dos citas al respecto: “De no ser por la esperanza que ardía en sus venas (que le había dotado de fuerzas desproporcionadas) habría muerto ahí mismo, de hambre o de sed” (pág. 49). “(…) este Rey, siguió con vida, porque resplandecía de esperanza, porque su sangre llevaba ese fuego vivificador” (pág. 53).

Asimismo, es significativo el hecho de que este 4to. Rey, de atacar a un ser humano (ganas no le faltaban, dice el narrador), “se contaminaría de por vida”. En cambio, consideraba a los animales como algo sagrado, aunque, cuando lo decidía, podía eliminarlos; eso sí, con el menor sufrimiento posible. Su rechazo a los humanos es tan fuerte que expresa: “Nunca más cerca de ellos”; y mantiene su decisión de vivir: “lejos de toda civilización, a expensas del ancho y majestuoso peligro” (pág. 50).

De cuando en cuando, el narrador omnisciente indica que se escuchan, amenazadoras, las sirenas policiales. Al final, sabremos que se trata, más bien, de la sirena de una ambulancia.

El protagonista, reiteradamente, indica su rechazo al sentimentalismo y su defensa de la sinceridad. “Sin pena, nosotros no somos como esa otra mitad con corazón que está del otro lado. No nos parecemos a ella que finge, que vierte comentarios benéficos para llevarse bien con los demás”. Y es que el protagonista aboga por la sinceridad a fondo, la de los niños y los locos (lo que se corresponde, obviamente, con la condición del personaje). Sinceridad que extiende al ámbito literario: “(…) te lo diré sin mediar las consecuencias, dice “me pareció tierna tu historia” encontrándola ridícula. Sí, amigo, así es como vive -esa otra mitad con corazón-, fingiendo. Y cuando le vuelve a ver, de nuevo: “he leído todos tus cuentos y cada uno me parece excepcional”. Así le dice” (pág. 51).

Se encuentra, poco después, una alusión a la Totalidad o a lo que se denomina Campo Unificado: “Todo, absolutamente todo, está relacionado entre sí” (pág. 51). Como también alude a la lucha interior entre razón y pasión (que pocos como el sabio-poeta libanés Gibrán han resuelto muy bien, poética y filosóficamente, al menos). Hay, incluso, una breve, pero no menos importante referencia a la meditación.

Poco más adelante, aparece una interesante reflexión metafísica acerca de la vida y la muerte (pág. 53). “Vivir, morir, soñar: ¿dónde estaba la diferencia?”. Y otra vez, la evocación a Hamlet. Y, asimismo, la contradicción entre artista y hombres comunes (u hombres no artistas, en todo caso).

El 4to. Rey aparece como un lobo estepario hessiano. Encontró su árbol anhelado (¿en sueños?); pero, no le bastó: “¡Seguir, encontrar otras cimas, perderse en las montañas! (pág. 55).

Conforme avanza el relato, van brotando mayores evidencias de la anormalidad del protagonista. Repentinamente -como psique bipolar-, se siente pleno de entusiasmo, de euforia y plenitud de facultades: “El talento me abruma. En este estado de excitación tan fascinante que me encuentro, podría volver a entregarme a la justicia y disfrutarlo. Sí que lo haría; pero no temas -le dice a su enmudecido amigo, que ya sabemos que es un simple muñeco-, no lo haré jamás: prefiero estar cerca de ti” (pág. 58). Se ha de inferir, con los datos posteriores, que la tal justicia no es otra cosa que el hospital psiquiátrico y que las sirenas corresponden a la ambulancia. Sorprendente -y hasta cierto punto, enigmático- resulta el nivel de profundidad que logra M. Vásquez para recrear la mente perturbada de su personaje. Pareciera que su profesión no fuera la Agronomía ; sino, más bien, la Psiquiatría.

Se reitera que, a lo largo del relato, se muestra una relación casi conflictiva, insólita, entre autor y personaje. Éste parece resistirse, heroicamente, a ser un simple monigote manipulable, sin albedrío.

A veces, el relato adquiere la surrealista atmósfera de la película “Alicia en el país de las maravillas”, recordándonos la excéntrica psicología del Sombrerero, en la genial interpretación de Johnny Depp. ¿Es “El árbol” un elogio de la locura? En todo caso, sería también, una apología de lo diferente. En ese sentido, el narrador afirma categóricamente: “(…) sin imaginar que en esos “Locos” hay felicidad y encanto. En ellos, déjame decirte, no hay preocupaciones; en ellos, el dolor es un escape experimental, dulce, agradable…” (pág. 61).

Otro aspecto importante es la oposición mundo real/ mundo imaginado y humanidad/personajes literarios: “Me estoy refiriendo, evidentemente, a los que pueblan el otro lado de estas páginas. Nosotros, por el hecho de estar aquí adentro, estamos excluidos” (pág. 61).

Una pregunta que dejamos para los lectores, y para nosotros mismos, es ésta: ¿Qué representa el árbol, finalmente? ¿Es el cuerpo? : “No hay más que decir; nuestro árbol ha sido regado. Es uno grande, privado, infinito y absurdo, de esos que llevamos con nosotros a todas partes. Hay reyes dentro de él, espacios de maldad diseminada, corazones…” (pág. 63). ¿Y los 4 reyes? ¿Acaso son 4 yoes? ¿Nuestro alucinado actante es un hombre con personalidades múltiples? Téngase en cuenta, por ejemplo, que el 4to. Rey era el favorito del protagonista del relato, quien llega a decir: “Se parecía mucho a mí”. Era “bien parecido, luminoso, inteligente, prudente, soñador, grande en perspicacia, sensible a la naturaleza, fuerte… Era como yo, no hay duda de eso” (pág. 47).

Pero, en “El árbol”, hay también una preocupación por la búsqueda de la ecuanimidad -ideal budista- y de la objetiva percepción del mundo exterior, cuando habla, reiteradamente de no-emociones o como cuando expresa, por ejemplo: “Él percibió los sonidos sin enojo, neutralizado en sus pensamientos, e igual pareció no desconcertarse ante un posible acercamiento de algún congénere suyo” (pág. 68).

En la pág. 70, encontramos el recuerdo de una intensa y triste vivencia familiar, que nos hace recordar las profundas penalidades de Zezé, en “Mi planta de naranja-lima”, de Mauro de Vasconcelos. Aquí, Miuler, obsesionado por ser un narrador diferente, y en su afán ya no sólo de ser un eficaz narrador omnisciente y desdoblado, sino además de querer controlarlo todo, se toma la licencia de increpar al propio lector (al que siente como una especie de intruso en la revelación de aquellos sentimientos encontrados): “Dentro de sí, algo nuevo acababa de descubrir, un hallazgo que le hacía sentir muy raro… ¡No interrumpas, lector!, no me refiero al amor”[1] (pág. 70). El narrador omnisciente agrega: “Su semblante siguió siendo el mismo -el del personaje-, salvo que, en el otro lado -en el autor- creyó percibir lágrimas” (pág. 70).

Posteriormente, M. Vásquez muestra algunas realidades del conflictivo amor humano y el deseo. Así, en la pág. 71, hay una escena de juventud: el personaje, la novia y el deseo de aquél por la empleada de casa. Más adelante -en la continuación de diversos flash backs-, el personaje evoca a su padre y recuerda la casita de tablas mal cepilladas que le hizo, antes que el padre decida alejarse. Otra de las incógnitas del relato que el lector debe resolver es la referencia a ciertas “Proezas”.

En otra parte del libro, hay una curiosa referencia a la mujer: “(…) la hembra (dijiste hembra, no mujer) tenía cierta validez como portadora de estímulo sexual y médium reproductivo, pero que en definitiva no servía para nada más que no fuera incomodar la paciencia” (pág. 74). Por supuesto que, en el personaje alucinado, a la luz del psicoanálisis, podría hallarse una animadversión de orden psicosexual; en todo caso, asociable a su conflicto de pareja en torno a la infidelidad.

Más adelante, aparece una escena en la que, según parece, el personaje es encontrado por personas que lo andaban buscaban. Pero, logra escapar, llevándose consigo a su “amigo”. Debido a ello, en un instante de consciencia supranarrativa, el personaje explica que los quisieron sacar de la historia para llevarlos a un hospicio, torturarlos con preguntas y encerrarlos. ¿Por qué?: “Fue porque del otro lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su tesoro delante de ti” (pág. 76).

A estas alturas, el relato comienza a adquirir una forma distinta a todo lo anterior. Las cosas se van definiendo y la ambigüedad narrativa del comienzo va quedando lejos para dar paso a un final esclarecedor. Entre otras cosas, el personaje anuncia un epílogo que no será propiamente un epílogo (puesto que la consigna es lograr un texto realmente original): “(…) lo que viene es el epílogo. Un epílogo que no tiene título, naturalmente. Esa semana (estoy empezando ya), fue la peor de su vida” (pág. 77). Viene, luego, el irritante incidente con los policías (nos viene aquí la pregunta de índole psicológica: ¿no es la sombra fantasmal, de origen traumático, de esos policías los que siente el personaje como posteriores perseguidores, en su distorsionada percepción de la realidad, cuando confunde la sirena de la ambulancia con la sirena “de las patrullas policiales?). Siguen, después, otras evocaciones familiares, como un fin de semana fatal y la drástica solución al problema del estreñimiento, que motiva uno de los pocos instantes de humor en el libro como cuando se acuña la hilarante frase (que alude al personaje): “ha venido a visitarnos el cagoncito” (pág. 82). Después, viene el fin del inusual epílogo: “Fíjate que el epílogo concluye con una parte que no es en sí el término de la historia -confirmación de su atipicidad-, sino un fragmento de ella que quizás es intermedio” (pág. 83). En líneas siguientes, encontramos una alusión a la paz interior (pág. 84), que es un tema fácilmente asociable a la no-emoción y a la no-sensibilidad que ocupan varios momentos del libro. Por otro lado, aparece, en varios momentos, la gravitación (otro enigma por resolver) de la flor destruida (¿el tema de la belleza y la muerte?). Así también, viene una larga escena en la que se habla del matrimonio del personaje, del placer, de la ausencia de hijos, y del surgimiento del “mayor monstruo, los celos”.

Ya en la nueva tónica del relato, como hemos advertido, el libro atrapa en un ágil relato de escenas de celos y broncas entre personaje y esposa, como la cita de ésta con un tipo rubio. Subrayemos el cambio evidente en la atmósfera narrativa y en la temática. Toda la rica y sugerente ambigüedad de temas y situaciones anteriores adscritas al realismo mágico ceden el paso a una casi corriente -pero de igual valor narrativo- historia de casados clase medieros con sus conflictos y angustias de infidelidad y celos y con la típica intromisión de la “mocita impúdica, de buenas piernas, pezones nacientes y desmedida sensualidad”. Sin embargo, esta parte de la historia es de gran importancia por cuanto esclarece varias cosas (dejando algunas otras en el terreno de las hipótesis). Una probable certeza es que el personaje enloqueció por celos. Y que, en su locura, llevó a su mujer al ya mítico árbol, donde la ponderada flor (enigma por resolver), cual bálsamo o panacea, derrotaría las maldades del mundo y donde podrían alcanzar armonía y paz. Lo intrigante del relato sigue siendo la voz del personaje narrador que asume ser una mitad y que se considera externo al esposo enloquecido. Más misterioso aún, que esa voz afirma ser el personaje que regaba y cuidaba el árbol. Nosotros asumimos que son dos yoes del mismo personaje, especie de escisión de la personalidad (clínicamente hablando: esquizofrenia). El final del libro es emocionante, puesto que todo desemboca en una posible solución feliz. Se aclara que el amigo es un pobre muñeco y que el esposo entra a un sanatorio y es bien cuidado por parientes y familiares. Y que, a la manera de actividad catártica y terapéutica, se pone a escribir, febrilmente, tecleando una vieja máquina de escribir. El otro yo, o la otra mitad -supuesta- del personaje se integra en uno solo: “Finalmente, el delirio, que le llenó de suspicacias en el último tramo de su caída, le hizo suponer que volvería a unirse con su otra mitad ya cuando éste reposase sobre una camilla con destino a una clínica y que, aquel encuentro, serviría para desprenderse de sus emociones y dejarlas en ese cuerpo que luego despertaría sano, victorioso, con su obstinada esposa viva y seres queridos al lado, bienaventurados de verle resuelto y cuerdo… (pág. 115). Melancólico desenlace que invoca la cordura y el cese no sólo de la lluvia, sino también de los laberintos de la mente y de toda laya de sombras fantasmales que pueblan una psique dolorosamente alucinada. Nos recuerda la culminación de “Don Quijote” y esa extraordinaria película titulada “Una mente brillante”, basada en la historia real del Nóbel de Matemática, Prof. John Nash.

El final nos permite afirmar que el deseo de negar las emociones no era sino un mecanismo de defensa que consistía en evitarlas puesto que el sufrimiento había sido mucho. Asimismo, el árbol parece constituir -haciendo falta aquí el psicoanálisis- un símbolo de refugio del personaje, un espacio de evasión de los problemas y las penas del mundo. Otra incógnita que nos queda es si la esposa no sufrió daño alguno de parte del esposo, habida cuenta de la condición mental del mismo. El final del relato nos remite al comienzo, circularmente. Las últimas páginas, al dar nuevas luces, nos plantea la necesidad de repensar la lectura tomando en consideración los factores causales que estaban relativamente ocultos. Todo ello nos conduce a pensar que la concepción de este relato ha sido bastante inteligente. Talvez, habría que visualizar el libro en términos de un filme. Sería apropiado para facilitar su comprensión. Los datos escondidos y las elipsis del cine son más inteligibles que las de un libro. Congratulaciones a Miuler Vásquez. Aplaudamos este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o antinovelas?).

3) Recursos narrativos:

a) Desdoblamiento: Empleo este concepto para referirme al hábil -y no fácil- recurso de M. Vásquez de establecer y administrar narrativamente varias voces: la del narrador denominado omnisciente, la del personaje alucinado que cuenta casi todo, la otra mitad de éste, el amigo que nunca habla, el que “está al otro lado”. Lo interesante de esto es que el protagonista, como ya dijimos anteriormente, es consciente de que hay alguien que dirige la historia, hecho que se constata en varios momentos de la novela, siendo uno de los más sensibles el momento (en el tramo final) en que tal personaje, junto con su entrañable “amigo”, siente que iban a ser sacados de la historia. Como es de suponerse, el recurso de tener personajes que asumen su dependencia del autor, no en un cuento, sino en una novela, exige una lucidez y una vigilancia permanente durante el proceso de creación. Nos recuerda, por ejemplo, a “El Mundo de Sofía”, de Gaarder. Creo que éste es un aspecto resaltante en el trabajo de Miuler. Muestro algunas citas al respecto:

“¿Que qué podemos hacer entonces? Tú nada; yo sí. Lo que haré, tenlo en cuenta, es por iniciativa propia, ¡nadie me está obligando!” (pág. 52).

“En suma, lo que intento explicarte, y aquí es en donde él -el autor- interviene con su lógica para no perderme, es que no creo que los protagonistas de novelas sean felices, cómo podrían, si tan sólo son monigotes manipulables, carentes de albedrío…” (págs. 56-57).

“Me parece que la ilación de ciertos episodios no está del todo conforme y creo que redundo en algunos hechos. Qué con eso” (pág. 57).

“¿Ahora qué? “Usted, monigote, tiene pendiente una reseña”, pareció escuchar. La voz, en todo caso, pudo haber venido de un lugar fuera de su alcance. Al final la dejó de lado, y habló: Te seguiré contando del Cuarto Rey” (pág. 60).

“Su semblante siguió siendo el mismo, salvo que, en el otro lado, creyó percibir lágrimas” (pág. 70).

He aquí un claro reproche al autor:

“(…) sin embargo, todo es posible para tus dedos rápidos, que teclean sin parar letra por letra, hasta activarnos los humos como se dice, y extendernos al precipicio tal cual desenlace que no se detiene ni marca distancias” (pág. 75).

En la siguiente cita, se siente el reclamo del personaje y, al parecer, un conato de confrontación con el personaje autor.

“Trataron de sacarnos de esta historia y llevarnos a un hospicio, torturarnos con preguntas y finalmente matarnos con el encierro. No les iba a permitir, de ningún modo, al menos no, porque primero debes saber lo que está sucediendo allá afuera, en el mundo que los humanos llaman real. ¿Qué por qué intentaron capturarnos, que cómo supieron dónde estábamos? Fue porque del otro lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su tesoro delante de ti. Y dirigiéndose a ningún lado, mirando en todas direcciones: ¡Está bien, no hablaré más del asunto! ¿Callaré para siempre! Dichas estas palabras, le volvió la cara a su amigo, guiñándole un ojo con la intención de hacerle entender que lo último que había dicho era mentira” (pág. 76).

Hay un instante en el que el personaje parece fundirse con el autor, además de esclarecerse quién es (o sería, al menos) el misterioso ser “que está del otro lado”:

“(…) por el bien del personaje que de hecho no gustaría de leerse dado a que es la misma persona que escribe y que está del otro lado” (pág. 86).

b) Preguntas y comentarios empáticos con el lector: M. Vásquez hace, preventivamente, las preguntas y comentarios que se puede estar haciendo el lector, gracias a una perspicaz empatía. Uno dice entonces: carambas, este autor está atento no sólo a su relato, sino también a mí, el lector. Ello reaviva la historia y genera más interés. Ejms.: “¿Por qué te ríes? Miró a su alrededor (…) Cómo es posible que te parezca graciosa mi historia, para nada lo es. No lograrás mentirme, sé por qué te ríes. Lo haces porque crees que trato de impresionar a alguien”. “(…) y no creo, esto es lo más importante, que sea un cuento infantil mi relato” (pág.20). “Él imagina a sus probables lectores leyendo una historia desviada del tema central, y no quiere llevarse mál con ellos…” (pág. 52).

c) Las acotaciones en cursiva: Valioso elemento en el discurso narrativo de “El árbol”. Es, casi, el único medio que tiene el lector para captar algo de información del espacio novelístico planteado y de los personajes. Obviamente, M. Vásquez recurre a la opción cursiva para descomplejizar en parte la lectura. No haberlo hecho hubiera complicado más el texto, habida cuenta que no hay guiones de diálogo ni sangrías ni párrafos; sólo un kilométrico discurso que, como un caudaloso río, arrastra todo lo que llega a su cauce. Las acotaciones en cursiva son la voz del narrador omnisciente.

d) Uso de las funciones apelativa y fática del lenguaje: En tanto, el protagonista está siempre intentando tener una comunicación óptima con su “amigo” y, por si fuera poco, hace alusiones al lector (no siempre gratas, por cierto). Ello permite mantener la fuerza y la vivacidad de la enunciación estimulando eficazmente la continuación de la lectura.

e) Alusiones irreverentes al lector: “Entiendo que los lectores, si siguieran al pie de la letra mis últimas palabras, creerían eso que acabas de decirme, con algo de razón, pero tú, que no eres de la calaña de ellos[2], ¿te atreves a insinuarme semejante aseveración?” (pág. 45).

f) El interlocutor mudo: Éste es un recurso bastante hábil dentro de “El árbol”. Sin él, hubiéramos tenido un monólogo seguramente tedioso. El “amigo” (que, al final, se descubre que no es más que “un muñeco mugroso y cochino”) tiene una importancia vital en la obra. Gracias a él, el protagonista alucinado puede exteriorizar todo su discurso. Por supuesto, en la mente de éste, el muñeco aparece como un hombre de carne y hueso. Es el personaje-ayudante que posibilita la realización del diálogo monologante. Parecido al recurso de los diarios personales, donde hay un supuesto oyente (aunque en el diario, la decisión es consciente). De manera que la percepción anómala del protagonista es un factor primordial para la gestación del relato. Cuestión que no deja de tener una dimensión bastante humana y que nos remite a otros textos -literarios y cinematográficos- en los que la alucinación de un personaje es el origen de sucesos y discursos extraordinarios e impactantes (además del Quijote, recuérdese, por ejemplo, “El Licenciado Vidriera” o, en el cine, a “Una mente brillante” o el viejo capítulo aquel de Malú Mujer, donde un cordialísimo loco genera ideas novedosas y libertarias, hasta que lo vuelven a internar. Y hasta nos hace recordar las historias de varios artistas, como Van Gogh, verbigracia (en las dos versiones que hemos visto acerca de él, una de ellas, con la notable actuación de Kirk Douglas). Todo lo cual nos conduce a pensar que, de pronto, “El árbol” puede constituirse en una original y valiosa obra que hace reflexionar acerca del abrumador tema de la locura, que no es otra cosa que reflexionar sobre la humanidad entera y el sentido que ésta le otorga a la Vida.

g) Constante y explícita evaluación del relato:

“(…) no le gustó esta palabra para reiniciar el enlace de lo que venía contando, porque antes ya la había utilizado varias veces; sin embargo, ya nada podía hacer” (pág. 86).

“(…) y que se llamaba “Whisquería Ir…” (La segunda palabra era una relativa al nombre de un país europeo. Como te habrás fijado, no hay nombres ni de personas ni de ciudades en ninguna parte de estas palabras que he vertido a lo largo de estas horas que estoy contigo; es por ello que no pongo el nombre de esa ciudad (…)” (pág. 92).

4) Temas abordados: Aunque en variada proporción, y como valiosos ingredientes del inquietante discurso narrativo de esta novela, el autor despliega visiones personales acerca de temas esenciales como: la naturaleza humana, el poder, las emociones y la sensibilidad, la infidelidad, la locura, la mujer poliándrica, erotismo, la muerte, la creación y el universo, la ecología, el miedo, naturaleza/civilización, lo insólito/lo normal, exploración interior, innovación radical de la narrativa, lo excéntrico, relación niño-madre-padrastro, el conflictivo amor de pareja, el deseo, los celos, las huellas psíquicas de las experiencias de la niñez.

5) Visión desencantada de lo humano: A lo largo del libro, M. Vásquez -personaje de por medio- expresa libremente un conjunto de apreciaciones acerca de la humanidad. En general, el enfoque es desalentado, casi amargo. Por supuesto que es el pensamiento del protagonista del relato. Pero, ya que el autor interactúa con sus personajes, asumamos, también, nosotros que aprovecha a su elocuente “monigote” para decir sus propias verdades. El libro, a veces, resulta bastante duro con la humanidad. Algunas muestras:

“¡Que por qué los humanos no quieren ser humanos?... A ver, déjame pensar, debe de ser por miedo, o por alegría, o por sentirse disconformes, sí, eso es, el no estar conformes nos abre una alternativa para inmiscuirnos en los defectos de los demás (…)” (pág. 17).

“Creyó que una razón fundamental para dejar de querer ser humanos implicaba olvidarse de todas las emociones” (pág. 19). El personaje ha pasado, y sigue pasando, por una realidad afectiva dolorosa. Es la causa del rechazo a sus emociones. Parecido a las mujeres que no quieren saber nada del amor porque han vivido una experiencia sentimental traumática. Tiene lógica.

“Soy humano, los humanos sí lloramos, somos sensibles” (pág. 19).

“Tú no tienes la culpa, esto nos pasa por tratar de explicar la compleja existencia de los seres humanos, además, para qué hacerlo si nadie lo entendería” (pág. 18).

“(…) y te encuentras a expensas de un campo abierto lleno de humanos (…) (pág. 45).

Puede establecerse una semejanza de valoración de lo humano con el polígrafo Marco Aurelio Denegri, quien, en cada ocasión que puede, no disimula su visión pesimista de la humanidad. O, hasta nos trae el recuerdo de la mordaz idea de Mark Twain: “A mi edad, cuando me presentan a alguien, ya no me importa si es bueno, malo, rico, pobre, negro, blanco, judío, musulmán o cristiano. Me basta y me sobra con que sea un ser humano... Peor cosa no podría ser".

“No es de extrañar que los humanos no pudieran mejorar sus vidas, nunca lo podrán. Ellos son así, despreocupados del porvenir; de no ser como son, se hubiesen preocupado por aprender, pero no, ellos prefieren dedicarse a buscar técnicas difíciles para vivir. Para comer, dormir, hacer algo placentero, por ejemplo, hoy requieren de grandes esfuerzos. Sufren, cómo sufren. Y las guerras, del mismo modo, son alicientes de grandeza, ¡pobres humanos, tontos!” (pág.36). Éste es uno de los cuestionamientos más interesantes que hace “El árbol” acerca del hombre. Critica la artificialidad de la vida, la falta de previsión para el futuro y el perverso objetivo de las guerras. Cierto que son las palabras de un personaje alucinado. Pero, en Literatura, las ideas de los locos son, con frecuencia, las más lúcidas.

También se cuestiona el cuasi genético mal hábito de juzgar (que Deepak Chopra recomienda tanto combatir a fin de tener una percepción realmente objetiva de la realidad):

“Creen tener el derecho de juzgar a los demás” (pág. 45).

Talvez, la que sigue sea una de las críticas más directas de “El árbol” al género humano (aunque debiera ahondar el análisis y descubrir las raíces más hondas del problema, que no es de orden ético solamente; sino, también, económico y político):

“El único que arruina esta civilización perfecta es el hombre: él es quien verdaderamente destruye, por placer; él quien persigue y mata sin sentido; (…) es quien altera la conformidad de la existencia” (pág. 46).

“(…) mejor se enfrentaba al cansancio, a la desesperanza, al infortunio; estos eran sus verdaderos enemigos, no los humanos insignificantes, que poco valían para que les diera importancia” (pág. 48).

“Para los humanos comunes, claro, vivir significaba respirar, alimentarse, vestirse, fornicar, pelearse…” (pág. 53), diagnóstico bastante similar al de la filosofía Hare Krishna; pero, no coincide en oponer el ideal espiritual de estos. Más exactamente, el narrador indica que: “(…) para él, de sangre real, inconforme, superior a ellos, vivir no era más que un estado de transición” (pág. 53) (interesante concepto, aunque no indica hacia dónde o hacia qué estado superior). Lo que sí deja entrever es la posibilidad de la perfección humana: “(…) a no ser que, como seguro ocurrirá, me encontrase con el humano más perfecto de esta tierra. Entonces sí que echaría por el suelo sus palabras escritas, y le haría pedazos, yo sé cómo. Lo destrozaría, sin que importe mucho (dado que su corazón es en parte mío), el que yo muera en el trayecto” (pág. 54). Por supuesto, el hombre no es perfecto; sí, perfectible.

“¿(…) no le expresaste con aires de superioridad tus conceptos sobre la razón de ser de los humanos, que a tu entender te ponía por encima de ellos (…)?” (pág. 74).

“(…) la sinrazón que conforma esta sociedad” (p.80).

M. Vásquez siente el apremio de enjuiciar críticamente a la humanidad, a la sociedad, por toda la crisis mundial que se vive (en todos los planos: ético, político, educativo, ambiental, ideológico, etc.). Pareciera una paradoja esta visión pesimista -digamos, mejor, realista- en un autor que no alcanza aún los 30 años (la “funesta edad de amargos desengaños”, como decía L. A. Sánchez); pero, es, en todo caso, una crítica sincera. Talvez, con el paso de los años, Miuler -junto con sus personajes- se reconcilie, parcialmente, siquiera, con la humanidad (al menos, con el sector honorable de ella). En todo caso, vale recordarle la frase del mexicano José Vasconcelos, que solía citar Mariátegui: “Pesimismo de la realidad; optimismo del ideal”.

A manera de conclusión:
Hemos querido exponer algunos breves hallazgos y expresar ciertas ideas que, quisiéramos, motiven la lectura del interesante trabajo de M. Vásquez, quien parece estar en camino a convertirse en algo así como “El iconoclasta de la narrativa peruana actual”. Reafirmamos nuestra hipótesis en el sentido de que “El árbol” testimonia una obstinada y valiente decisión de originalidad narrativa. Exploraciones textuales más profundas y más autorizadas quedan ya para ulteriores momentos y para lectores -como diría Scorza- más zahoríes.

Concluyamos diciendo que “El árbol” muestra una respetable y valiosa capacidad de fabulación, y un lenguaje con identidad propia, que revela tiempo y trajín en el oficio. Congratulaciones a Miuler Vásquez González. Aplaudamos este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o antinovelas…?). Como fuere, que al árbol miuleriano, se sumen muchos más. Para que surja, como dijo Heraud, “un bosque de latidos y esperanzas”.

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PEDRO MANAY SÁENZ, nació en San Antonio de Licupís, Chota, Perú, 1965. Es poeta, narrador, comentarista y crítico de fina percepción estética, pero ante todo maestro de Lengua y Literatura egresado del I.S.P.P. “Sagrado Corazón de Jesús”—Chiclayo. Ha publicado, en poesía: “En busca de un oasis”, “La aurora boreal”, “Un lugar para el corazón”, “Nostalgia”. En narrativa tiene los títulos “La historia de Urano”, “Los monólogos de Ofir”, “El chasqui”, entre otros.