martes, mayo 17, 2011

La poesía en la región Amazonas


(En la foto, el autor de la nota)



Roger García Clavo /
Amazonas

Primera parte

La historia siempre ha evidenciado la dominación de los pueblos. Los Chachapoyas, no es la excepción. Desde 1475 estaba bajo el dominio del Inca Túpac Yupanqui. Posteriormente un 5 de septiembre de 1538 se funda como ciudad bajo el dominio del virreinato español y se convierte en el centro de operaciones para dominar a los indígenas a favor de la opresión virreinal y a la conquista de nuestra selva, desde entonces. Cansados de esta inquisidora opresión un 6 de junio de 1821, antes de firmarse la Independencia del Perú, el pueblo luchó heroicamente contra los invasores, quienes fueron derrotados bajo el mando de la heroica Matiaza Rimachi en la triunfal batalla de Higos Urco, para así consolidar la causa libertaria y su posterior Independencia.

¿Habrá algún libro que poetice todo este proceso de nuestra historia?¿Habrá algún amazonense que le interese poetizar este proceso de formación moderna? Ya encontraremos a alguien que desde las piedras de Kuélap cante a sus cañones y a sus batallas libertarias.

Recuerdo, cuando una maestra de escuela nos llevó a ver un video de Homero Oyarce en el auditorio del colegio José Braulio de Camporredondo, del mismo pueblo. Eran los años 85, en que muchos maestros se enfrentaban a un sistema y la voz de este canta autor y poeta del pueblo de Chilingote anexado a Leymebamba era difundido por todo nuestro departamento. El contenido de sus versos sencillos, están llenos de protesta social. Es una poesía que narra la pobreza, la humildad, la alegría del campo, de la ciudad provinciana y la esperanza que se poza en el viento a través de la fuerza del campesino y del obrero héroe de sus propios días. Una muestra:

“El interés de unos cuantos, ¿sabes?, / es de vernos postrados / y para vernos liberados / destruyamos infamias…” o “En un lugar pequeñito / dieciocho casas a penas/ donde aprendí de la vida / sus quereres y condenas…/”. Creo que en cada poema que era musicalizado estaba el interés del momento. Ese interés por desafiar la libertad que se encontraba en dificultad, bajo un modelo, un sistema neoliberal vigente hasta nuestros días.

Algunos poetas han hilvanado sus palabras de forma más personal e íntima. Han poetizado a la naturaleza, al amor, a la casa, etc. Tal es el caso de Juan Fabriciano Hernández Bustamante (Chachapoyas 1844 – Río Marañón 1890), el iniciador del romanticismo amazónico, quien en su poema “Canto al Amazonas” según el escritor, poeta y crítico literario Manuel Marticorena Quintanilla en “De shamiros decidores” Proceso de la Literatura Amazónica Peruana de 1542 a 2009: “… manifiesta a plenitud el sentimentalismo y la impresión que le causa el caudaloso Amazonas y describe su discurrir tranquilo en medio del bosque.” En el mismo libro del escritor Marticorena cita a Miguel Abraham Rojas Mesía (Chachapoyas 1862 – Lima 1949), como parte del Grupo de los Cantores del Amazonas, quien escribe su poema “Al Marañón” (1890) en memoria a Fabriciano Hernández “…es una loa al Marañón, describiendo su origen, a la vez increpándole por qué le causó la muerte al poeta.” Posteriormente escribe “Flor de la selva” en honor a la belleza loretana. “También escribió poemas patriotas dedicadas a Simón Bolívar, San Martín y Sucre en su hermosos “tríptico de Próceres”, ya con tintes modernistas, exaltando a la valentía de estos héroes”, nos dice el poeta Marticorena. También cita a Artemio Alva Tuesta (Chachapoyas, 19 de septiembre de 1903), que en 1990 publica su libro “Sombras de la última noche” que en realidad es dos en uno: Rocío de las mañanas tropicales y Sombra de la última noche, “…que se enmarcan dentro del romanticismo descriptivo y el modernismo costumbrista que atrapa la realidad amazónica; es una expresión del poeta ya en los predios de la vida invernal,…” nos dice el escritor Manuel Marticorena.

La propuesta poética en el departamento de Amazonas es escasa, poco difundida y enormemente minúscula en la significación nacional e internacional (inclusive en la narrativa). La cuestión es que esta poesía está suscrita en su propia fuente, en su propia piedra de plazas y encantamientos personales, evidente en las muestras poéticas de estas últimas décadas, con algunas excepciones claro... No hay una cultura editorial y no hay disposición por publicar poesía en nuestro departamento, por varios motivos; entre ellos: porque la calidad poética está enmarañada en lo egocéntrico y la simple descripción personal; en la calidez hogareña, interrogantes sin propuestas, amor a media frazada y la más grave aún, porque el departamento de Amazonas, uno de los más olvidados de nuestro país y el menos atendido por la clase política, es un agente que no llama mucho la atención en el llano electorero y no es oportuno para una candidatura nacional. Esto conlleva a que la cultura sea la menos apreciada y por ende la manifestación poética sea vista como algo inútil y superflua. No quiere decir que un candidato solucione un problema de cultura; sino que éstos no tienen propuestas de cultura para los pueblos de Amazonas.

Segunda parte

La poesía es parte de nuestras vidas. La poesía es lo cotidiano, el momento más sentimental o feliz que puede vivir el hombre consigo mismo o con su pueblo. La poesía no vive de los aplausos y de los sueños, es parte de una insurgencia personal y social, sin desvincular nuestra cultura, nuestro pasado y presente.

Existen algunos evidencias de la poesía amazonense como los ya señalados anteriormente, tal es el caso de Sonaly Tuesta, autora de El secreto de los Sachapuyos (Ed. Los Olivos, 1994), “…texto donde los poemas se entrecruzan con los sentimientos y nos ofrece una de las más sentidas páginas sobre la infancia y adolescencia de nuestro tiempo.” (Brevarios: Sonaly Tuesta el Rescatador y las Vírgenes 17/09/2007 virhuez-1.blogspot.com/.../rescatar-el-sentimiento.html) Explica el escritor Ricardo Virhuez Villafante. Una muestra: "Jugábamos a la pega y a las escondidas/ Huyendo del cuco más rápido que volando/ Mamá cosía en la vieja máquina/ Hilvanando retazos que simulaban una blusa/ Había que aprender a vivir de los despojos". Otra muestra de su poesía está dedicada al paisaje, a las costumbres, a las fiestas y a la subjetividad de los pueblos por donde ella va recorriendo.

En su libro: Los hijos del Agua, poetiza:
"Quieto. Ahí está el paisaje / Esos rostros de postal estampados en las paredes. /
Esa mezcla de tierra y agua cubriéndonos. / Quieto. Ahí están los andenes. / escucha: las tijeras suenan, suenan hasta el sublime cansancio, / Mientras el santo labrador se persigna / Y la fiesta corre por las delgadas calles de Andamarca. / Quieto. Los apus y el Cristo hablan ahora. (…) / "Pronto será la siembra y hay que llamar a la fertilidad con urgencia." Revista 5to Poder (www.5topoder.com/)

Otra muestra de la poesía de Amazonas está en Olandina (Revista Internacional de Literatura y Arte) Diciembre 2005- Enero 2006. Casa del Poeta Peruano. En su suplemento especial dedicado a poetas amazonenses titulado Breve selección de la lírica amazonense. En esta selección, las palabras discurren por el sonido de Kuelap, por sus piedras, por algunos encaminamientos a la belleza y por el acercamiento a la protesta. En este sentido, destaca con mucha calidez la poesía de dos poetas: José Santillán Salazar autor de dos libros de poemas: “Poemas sencillos a lo largo del camino” y “Kuélap, cuando hablen tus piedras y la canción del arriero”, una oda referencial a la ciudadela de Amazonas. Poemas que nos encaminan a atestiguar a la libertad y a reconocer a la felicidad como parte del campo y del hombre honesto. En Kuélap, nave del tiempo: “… Ciudadela, prodigio de la proeza humana. / Hasta aquí bajaron los cóndores siderales / y hasta aquí un día llegó la siniestra espada.”

De Indiferencia “¿Dónde están? / Quiero decirles hermanos / que antes que llegue la espada y la cruz, / en Kuélap floreció la primavera. / Gracias a la manos solidarias / se fecundó y se reverdeció la tierra / y no hubo bajo el cielo azul / tanta mugre y miseria.”

El otro poeta que destaca, es el profesor Napoleón Culqui Valdez, autor del poemario “Perfil de mi palabra” 2000 y “Cuentos del tío Puri” un hermoso libro de cuentos, donde se rescata la tradición oral de nuestro pueblo y la verdadera moral donde transcurre la fantasía para ser didáctica en la escuela o en la comunidad. Libro que nos detendrá en su ilusión posteriormente. La poesía de Napoleón Culqui Valdez, sobre todo los poemas seleccionados en Olandina, es una denuncia al vivir cotidiano, a la supuesta tranquilidad en que se vive y a la esperanza que se puede tener en la unidad de todos los amazonenses para sacar adelante a nuestros pueblos. De Explosión del sueño: “No podemos seguir así / Con la ilusión / al borde de nuestras manos/ Con los ojos / flotando / La palabra / prostituyéndose / Las manos / aquietadas / los pies enterrados / No podemos seguir así / atados / atados / a un sueño / ya soñado.”

En esta muestra, la poesía también es personificada a la parte individual, a lo inédito del ser humano y al amor pasional de la vida; tal es el caso de Jorge Chávez Rodríguez, Berta Delgado Ramos, Manuel Escobedo Guiélac, Marisol Barrio de Mendoza Caballero, Eduardo Zubiate Romero, Nancy Velayarce Pizarro, Jayro Rocha Arista, José Luis Arista Tejada, José Humberto Marín Jiménez, Máximo Chávez Sánchez, Sherlly Campos Zuta, Euler Tomás Villacrés Sánchez, Ener Domingo Loja Alva y José Cuchca Chávez.

Sin duda la poesía amazonense está enraizando el paisaje y al aliento de los hombres que cada día despiertan para ir al campo, a las oficinas o escuelas; pensando siempre en la familia, en la ciudad o en la forma de cómo hacer poesía. Sé que lo valioso de nuestra cultura, también está en los hombres anónimos de nuestros pueblos, en sus mujeres que luchan a diario, en los niños y jóvenes que van leyendo algo mejor, para así ser más concientes del sistema moderno y momentáneo.

Tercera Parte

Sin duda la poesía de nuestro departamento está resaltando en el plano local. Pero es un enfrentamiento a este bosque, con machete en mano, por dar a conocer la trocha que va abriendo espacios a esta luz de la palabra. Quizá debería enaltecer este camino con dos libros de poesía de Rigoberto Salón Ángeles. Cien Ecos de Amor; 2008, su primer libro presentado por el Dr. César Augusto Reyes Valle, Presidente del Directorio de la Derrama Magisterial y paisano del poeta; y prologado por el destacado poeta Winston Orrillo que nos dice: “…este volumen de versos juveniles, se alínea en el campo de los que podemos llamar una necesaria trinchera de ideas, en medio de la lucha por el rescate de valores espirituales de nuestro pueblo, y su difusión irreversible.” Es un libro cálido lleno de imágenes juveniles con la intensidad de la rima y la anécdota. Es un poemario que se filtra en la nostalgia, permitiendo engrandecer la sabiduría de una comunidad o enaltecer la superficialidad del alma adolescente. En este poemario Rigoberto Salón besa la sencillez y la música que existe en la naturaleza; cobija en sus sentimientos las actividades familiares con el lenguaje propio del lugar, el castellano amazonense. Canta al amor resumiendo todas las inquietudes vivenciales ya sea en la escuela, en una fiesta, en el campo o en el desamor: ¡La ilusión es un momento/ Que no dura para siempre; / El amor es sólo amor / Que perdura eternamente./ También denuncia este mundo desigual: “Por las puras, mundo malo, / Me golpeas con la vara. / Con la fuerza de animal / Me das sin pena en la cara.” La poesía en Cien ecos de amor es producto del amor y de la resignación adolescente frente a la realidad: “La felicidad, recuerda, / De la riqueza se esconde.”(LIV) “Muchos pobres conformados / Ni siquiera se preguntan / Del mal trato que nos dan / De manera tan injusta.”(LXXXV) En este poemario existe la madera de hacer poesía con toda la sencillez que le caracteriza a un poeta. En este poemario circula los versos de Jorge Manrique, de Pablo Neruda, de Shakespeare, de Vallejo y de las lecturas de la vida que han alimentado a Rigoberto Salón Ángeles.

El segundo libro de Rigoberto ABC del Perú; Arteidea, 2010 es la madera moldeada de su primer libro. Es el compromiso con la época que no le causa ninguna extrañeza. En este libro asume la plena conciencia de su rol como artista frente a los problemas sociales de nuestro país con el ánimo positivo de nuestra historia: “Late aún la tradición / de las épocas remotas / a pesar de influencias, / opresiones y derrotas.” En este poemario se vislumbra la realidad social; con una fuerza colectiva que desvela todas sus inquietudes y perspectivas hacia la justicia más allá de la visión exótica y pasadista de una época: “Mientras unos de política / ganan bien en la oficina, / otros ganan un jornal / que no alcanza en la cocina…Mientras tiene cada día / más fortuna el empresario, cada día se empobrece / más y más el proletario./ (Capitalismo)

Es un libro de gusto social, de denuncia a esta sociedad desigual: “Qué sueldazos, ayayay! / Ganan harto sin sufrir, / mientras yo ni kerosene / tengo ya pa’ mi candil” (Queja indígena). Rigoberto Salón desmiente ese tipo de poesía pasional y efímera que se realiza en nuestra capital o en cualquier parte de nuestro país. Esta poesía objetiva, recargada con lo cotidiano del campo y la ciudad nos da luces de la nueva poesía peruana. Es por ello que a este poeta lo espera la palabra allá en la choza o en cualquier calle de una ciudad; en cualquier niño que va en busca del pan o en cualquier ser humano producto de esta desigualdad social. Toda esta nostalgia en este libro va convirtiendo en esperanza fidedigna de un hombre de este siglo que espera transcurrir los años en una bandera que llama: Justicia y libertad.

Que la poesía sea una manera de relacionar nuestro pasado con el presente para así defender a nuestros pueblos amazonenses de los atropellos y de la indiferencia.

Bibliografía
1.- Olandina (Revista Internacional de Literatura y Arte) Diciembre 2005- Enero 2006. Casa del Poeta Peruano.
2.- “De shamiros decidores” Proceso de la Literatura Amazónica Peruana de 1542 a 200, Manuel Marticorena Quintanilla.
3.- Revista 5to Poder (www.5topoder.com/)
4.- ABC del Perú, Rigoberto Salón Ángeles; Arteidea; 2010
5.- Cien ecos de amor; Rigoberto Salón Ángeles; Colección Ruta Pedagógica; 2008
6.- virhuez-1.blogspot.com/.../rescatar-el-sentimiento.html

lunes, mayo 16, 2011

COLEGIALA, de Vidal Navarro


(En la foto, Ricardo Virhuez, Javier Garvich, Vidal Navarro y Elmer Arana, en el mirador de Ayacucho)


Ricardo Vírhuez Villafane / Lima

Vidal Navarro Janampa es bastante conocido en Ayacucho como un audaz editor de libros populares, que distribuye abundantemente en colegios estatales y privados de las distintas provincias ayacuchanas. Y es, tal vez, uno de los editores más exitosos de nuestro país, con tirajes que sobrepasan los diez mil ejemplares por título.

Sin embargo, Vidal Navarro no solo es un editor apasionado por difundir las creaciones literarias de su región, sino también un escritor que ya tiene muchos años de pelea en el oficio literario, con novelas como Mama Estela (2008) y Perseguido por los huesos del pasado (2010. Además, para muchos estudiantes de colegios es sin duda alguna el escritor más conocido y sobresaliente al que hayan tenido acceso últimamente.

Su novela Colegiala (2010) es muestra de su extraordinario poder fabulador y de su cariño por esos jóvenes que vemos a diario y al que poco comprendemos: los colegiales.

Se trata de una obra que bucea en la conciencia de una niña y en los acontecimientos que le ocurren cada vez que su alma inquieta, alegre, amorosa, la llevan por los caminos naturales que los adultos no solo no comprenden, sino que además odian y rechazan.

Una sociedad donde la violencia paterna y la mansedumbre materna implican algo más que los rezagos feudales heredados de la colonia: el autoritarismo de una sociedad donde los valores han sido trastocados y los ideales de justicia son impensables.

Sin embargo, la novela de Vidal Navarro no solo es el registro social que denuncia y conmina, sino también la toma de posición frente al problema. El autor toma partido y la protagonista asume la huida de casa como el primer paso hacia la liberación de una odiosa atadura. Pero se trata de una huida que no solo implica un escape, sino que es ante todo una manera de enfrentar los problemas, un decir basta al autoritarismo.

Por ello el final deviene en una catarsis donde los personajes purgan sus culpas y nos ofrece un mensaje aleccionador. La novela también toma partido y los cambios de actitud de los personajes los encaminan hacia el final donde el perdón y la reconciliación son las llaves para el inicio de una nueva vida.

Vidal Navarro, con esta novela, ha pensado en los estudiantes con quienes comparte sus libros diariamente; ha sopesado sus problemas cotidianos y los ha convertido en un alegato poderoso contra todo tipo de autoritarismo, ya sea de la figura paterna o de los maestros insensibles. Sin ninguna duda, los estudiantes encontrarán en este libro algo más que una obra literaria: tal vez un espejo de nuestras propias arbitrariedades, o las páginas amigas donde poner el hombro y descansar las esperanzas.


La invención de un paraíso en la poesía de Patricia Colchado


Gustavo Tapia Reyes / Chimbote

En la poesía peruana de las últimas décadas, muchas son las mujeres que han incursionado con su indudable frescor en la expresión de una lírica que, siendo cada vez más menos feminista o de un carácter reivindicativo, en su condición de género, paradójicamente no ha renunciado a su femineidad. Muchas son las bellas hijas de Eva generacionales, ingresando de plano en la búsqueda de una voz propia, alineándolas o, acaso, separándolas, de ese conglomerado en que todas se hallan encuadradas, desde hace bastante tiempo, bajo una misma etiqueta. De entre estas voces, sin embargo, alzándose con un creciente desarrollo individual, rescatamos ahora a Patricia Colchado Mejía (Chimbote, 1981) para ubicarla en un panorama distinto donde, concibiendo en otra dimensión al más excelso de los géneros literarios, a partir de un lenguaje depurado, selecto, de orientación etérea, hecho con las palabras estrictamente indispensables quiere, al mismo tiempo, fundamentar la existencia de un paraíso.

Radicada en la ciudad de Múnich (Alemania), sigue cursos de perfeccionamiento del idioma germano -tan enrevesado en la concepción de Vargas Llosa, padre- y se dedica tanto a la práctica de la danza clásica como de la contemporánea, después de haber estudiado Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, aparte de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y, aunque no hemos logrado tener acceso a su plaqueta Hypercubus (2000), con la cual propiamente diera inicio a su carrera literaria, podemos decir es con el poemario Blumen (2005)(1) -Flores en la lengua de Goethe- conformado de un solo bloque de 31 poemas, encabezado por un epígrafe de Amy Lowell, que Colchado Mejía empieza a develar, al amparo de una intensa vocación, una verdadera poesía hecha de susurros y discreciones, de habladurías al oído y calenturas en la sangre, expresando desde ya un mundo donde la palabra se transforma en el combustible necesario a usarse en la invención de todo un Edén. No se ha contentado con apelar a la subjetividad que, en estricto sentido, suele marcar a cada creador de poesía, se ha planteado un proyecto de representar, en forma sui géneris, esos deseos tan innatamente humanos de no solo hay que vivir o sobrevivir en este planeta llamado Tierra, también debemos buscarle una viable, aunque mágica alternativa.

Para alcanzar tal objetivo, no tan sencillo como podría parecer, se ha internado en la adopción de una voz que lo encarne, de una voz enteramente suya o, tal vez, ajena, aunque integrándola a sus necesidades expresivas, dando así origen a una especie de ninfa-hablante o hablante-ninfa, a través de cuya presencia va recorriendo con soltura una serie de distintos ámbitos. De este modo, se inclina por ser enteramente libre, en tanto es ella en unos versos afirmando la certeza, en otros, prefiere la transmigración repleta de incertidumbre que como ha escrito Carmen Ollé “adopta el susurro, la voz trémula, el aleteo de la mariposa para sembrar aún más la duda” (2). Quien formara parte de los comités editoriales de las Revistas “Ajos y Zafiros” de Lima y “Los Zorros” de Chimbote y es también Directora de la Colección de Narrativa Peruana “Diamantes y Perlas” no se queda solo en la absorción del mundo exterior con miras a, pasándolo por el filtro de su naturaleza, hacer brotar una poesía que irremediablemente nos lleva hacia el estremecimiento, también se embarca en ir otorgándole consistencia a un espacio de vaporosa geografía y exótica raigambre, con aires ciertamente bíblicos: sobre el monte Latmus/ te amó Zeyna/ (p.27), adquiriendo otro matiz en consonancia a lo anterior: el viento desfila/ entre silencios y olvido/ he dejado el desierto/ para verte dormir/ (p.29) y el placer se transforma en el máximo ideal, nunca llegando al desenfreno, ni tampoco negando la fuerza ambivalente del pecado, un extremo al cual prefiere darle una salida: miro tu espalda/ magullada por el deseo/ (p.9).

Es decir, resulta contenida en la medida que cada una de las flores invocadas sirven para representar a los “amantes invisibles”, girando de continuo por alrededor suyo. Cada una de éstas prevalece entre las páginas de Blumen, siendo el motivo básico, mediante una orientación que, distinguiéndolas en sumo grado, las torna en depositarias de una oscilante condición que va desde el erotismo más sutil con referencias a elementos cotidianos: abriéndose sin temor/ mis labios sienten la pulpa/ (p.39) o cuando se desborda arrojando hacia el vacío el temor a la nada: solo necesito extraviarme/ en la dimensión/ de tu amantísimo clítoris/ pintado de fuego/ (p.17) hasta el abandono de todo lo material, sin arribar a ninguna disolución de corte nihilista: dejaré mi cuerpo/ como una señal/ bajo el agua/ (p.45). Empero, la ninfa-hablante, teniendo un origen mágico, en paralelo, se hace visible en su reciedumbre humana y quiere alcanzar una consistencia propia que le facilite ser quien ansía: la llovizna ya no nutre mi angustia/ apareciste infiel en el puerto/ (p.23), reclamando pronto un regreso de aquel otro, acaso inmaterial, acaso físico, en el instante cuando es más preciso todavía de tenerlo consigo: para que tu rostro/ asome/ húmedo y bello/ en la penumbra/ (p.45). Poco después, herida en su vano orgullo, de mujer a fin de cuentas, a la ninfa-hablante le vendrá el despecho desintegrador: lejos de mí/ enrojeces/ he pasado horas dibujando tus gestos/, propiciando que la pureza y la virginidad sean transformadas en patrimonio de la existencia, reluciendo a modo de prueba: cuando desdoble mi prenda/ bordada de sangre/ (p.53).

Por lo tanto, a diferencia de los llamados “poetas metafísicos”, entre ellos John Donne o de quienes consideran la salvación bíblica como una tendencia necesaria desechando lo corpóreo, Patricia Colchado asume ser quien es y permite fluir a una ninfa-hablante, extendiéndose a través de la agilidad de unos versos breves y sugerentes, de unos versos donde se amalgaman la dulzura con la tristeza, donde la angustia con la melancolía forman un único emblema. No está explayándose en una poesía, mal entendida como autónoma o propia de la decimonónica torre de marfil, solo quiere expresar en ese paraíso, que inclusive tiene un nombre propio, ha sido de alguna manera olvidado todo aquello implicando dolor y sufrimiento: los forasteros los desterrados/ ya no tienen sed/ las cruces en Magdala no pesan/ (p.15), dando paso a la hilaridad de un jolgorio, de una fiesta mediante la exaltación de los sentidos, el desdoblamiento de las ansias, careciendo de cualquier límite probable. Todo es aceptado, hasta la misma reproducción, tan denostada por Émile Cioran en uno de sus terribles aforismos: tu cuerpo arde danza arde canta/ dejándose llevar por la ilusión del vino/ por el amor profano de las mariposas/ que esparcen tu polen/ (p.25) o si se persiste en lo mismo de gozar: la brisa se refugia en tu piel/ y yo continuo bailando/ en la tornasolada espuma/ (p.71), arribando al sosiego que otorga la consecución del placer, el aletargamiento del ser en dicha circunstancia. La ninfa-hablante lo dice todo con rotundidad: mutilando tu encanto/ ávidamente/ después de amarte/ (p.51), antes de entregarse al asomo de la distancia, en extraña dualidad con la cercanía, ambos extremos, en este caso, se juntan formidablemente: apártalos con tu espesura/ solo necesito/ hallar tranquilidad/ lejos de ti/ (p.69) y acabar haciendo mención a una salida, en medio del éxtasis por la cordura: lleno mis bolsillos de piedras/ y me sumerjo en el lago/ (p.75). El lago siempre, aquel elemento simbólico que ha jugado un rol particular tanto en la literatura como en el cine.

Pese a ello, no se crea que estamos ante una poetisa de clara orientación religiosa. Nada más lejano a la verdad de quien, con un segundo poemario, dedicado nada menos a su esposo y con epígrafe sacado precisamente de “La Biblia”, titulado Las pieles del Edén(2007)(3), pulcramente editado como el anterior, ha proseguido en el trabajo de dar pie a una poesía divergente respecto a otras voces que la antecedieron, por ejemplo, a la prematuramente desaparecida María Emilia Cornejo con En la mitad del camino recorrido (1989), a Rocío Silva Santisteban en Ese oficio no me gusta (1987) o Carmen Ollé en Noches de adrenalina (1981). Si, con el volumen del 2005, Colchado Mejía empezó la ambientación del paraíso, instalando esas flores, esos sentimientos, esas veladuras, dos años después, con este libro, va a ir poblándolo de mujeres, va a ir colocando a cada quien en su lugar correspondiente, va a desatar, por medio de la ninfa-hablante, una amplia variedad de resonancias donde, pese a nunca señalarse específicamente un rechazo, tal vez los varones quedamos al margen, inhabilitados para comprender semejante mundo ideal. No obstante, la duda transmutó en jolgorio, al leer los versos donde nuestro género resulta, en ella, produciendo emociones y, por ende, también poesía. Lo aborda todo de modo sutil y, en un afán de alcanzar esto, ha recurrido de nuevo a la tradición bíblica, extrayendo a tres personajes, cuyos nombres sirven para subtitular cada parte, constituida de once poemas breves, designados por números romanos.

Pero, en sentido contrario a lo que pudiera pensarse, Patricia Colchado no ha efectuado ninguna ruptura en su poética, solamente ha ido ampliando las fronteras de su visión, mediante poemas también breves, algunos son pareados, tercetos y cuartetos, siempre escritos en versos de arte menor. No ha pretendido ni querido negar nada de lo hecho, dentro de una evolución llevándola hacia un numen mejor valorado, según lo hicieran José Santos Chocano y Juan Cristóbal, en relación a su poesía anterior a Alma América (1906) y El osario de los inocentes (1976) respectivamente, sino se ha tendido con lentitud, ninfa-hablante segura y pensante, incorporando otros elementos sobre el mismo espacio de Magdala, colocando otras esencialidades, añadiendo clarísimas esferas, cuán si estuviera queriendo borrar todo vestigio de rutina, de desasosiego, del temor que inunda por doquiera nuestra época contemporánea; esto es, volver al principio, donde el hombre estaba recién conociendo el entorno y todo se hallaba plagado de inocencia, conforme se relata en el Génesis bíblico. Sin duda, la ninfa-hablante o hablante-ninfa recurre a ese libro sagrado, escrito por autores con inspiración divina, para desde ahí otorgar el debido fundamento a una poética que, aparte de la degustación verbal y la traslación a esos mundos semánticos y fonéticos, busca crear un nuevo refugio para tantas incertidumbres nuestras. Colchado Mejía nunca da respuestas, permite broten las alternativas, convirtiéndose de esta manera en la voz opuesta a un tiempo siempre caótico, siempre más difuso respecto al mañana, a pesar de tanto avance científico y tecnológico de los cuales con frecuencia solemos hacer gala.

En la primera parte, la ninfa-hablante se expresa por medio de Eva, la madre de nuestra especie, sinónimo de creación y de inicio para, retomando la tónica general plasmada en Blumen, en dos versos que bastando y sobrando por sí solos, grafican la prístina intención impulsando cada vez más su estro lírico: La piel cuando no solo es piel/ es un Edén/ (p.11). No se queda únicamente en sugerirla, a modo de una resonancia encarnadora, se aúna a transformarla en una habitante de tal paraíso, estando presente el natural candor de los años seculares: seguía sin conocer/ los nombres de los pájaros/ y las flores/ (p.12), que lo lleva a culminar formando parte de ese otro ser, quizás de un fauno o un macho cabrío, alcanzando a pluralizarse con su naturaleza insoslayable de mujer: Corríamos entre espinos/ cardos/ buscando un lugar para el amor/ (p.14) y aguarda la llegada de ese momento, de ese instante de sosiego y dicha, cuando el infinito es más infinito todavía: te espero a diario/callada y fértil/ (p.15). Es una Eva pululando en procura de hallarse con un Adán sin rostro, decididamente invisible y, sin decirlo con la expresividad de las palabras comunes y corrientes, opta en susurrarle que la soledad le es inherente junto al desasosiego, pese a la misma maternidad siendo parte esencial de ella: Estaba escrito que en mi dolor/ seguiría besando/ la frente de mi primogénito/ (p.17), arribando a la estación, apenas perceptible, dentro de un periplo siempre más prolongado y absorbente. Nótese en estos versos otra vez la irrupción del Edén: Hemos llegado/ al último rincón del paraíso/ (p.21).

En la segunda parte, especie de bisagra que implica un enlace para la siguiente sección, aparece Salomé, la dulce Salomé, la bella princesa de origen judío, depositaria del pecado y, por consiguiente, del mal. La ninfa-hablante no rehúye a este lado (proscrito por el fanatismo religioso hasta niveles intolerables, aunque inevitablemente resulta siendo humano) describiéndose pura e inmaculada y, a través de las pieles que va hallando o dejando en el camino, se eleva para hacernos evocar el pasaje bíblico aquel, sustento de su fama como sensual bailarina frente a su padrastro Herodes Antipas: entonces/ empiezo a danzar para él/ para el único que eterniza mi baile/ (p.27). Es mujer, por esencia hembra y, acaso a semejanza o diferencia del varón, igualmente quiere ostentar el dominio, quiere mostrar la precisión de sus pasos, jamás obviando la permanente proximidad al otro (o de la otra, por qué no decirlo), con quien busca mimetizarse: No temas/ ya mi baile dejó hace mucho/ de ser un maleficio/ (p.32), a la vez de invocar su carencia existencial de la cual tampoco se halla inmune: mi cabeza cerca a la tuya/ como una piedra negra/que necesita amor/ (p.31), que lo inclina hacia la pasión sustentada en el deseo, hacia la pasión nunca abominada, desoyendo todas las advertencias: y frente a frente/ ablucionamos nuestros cuerpos/ (p.28). Empero, se trata una voz que ansía asumir otro matiz, la ninfa-hablante de la poesía escrita por Patricia Colchado se inclina hacia la redención dentro de un espacio distinto. No condena a ninguno de los mortales. No señala a nadie con el índice, a la manera del Supremo Hacedor en la Creación de Adán (1536), bella pintura de Michelangelo Buonarroti, más bien dándoles una nueva posibilidad, dice: ahora prométeme/ que escucharás al nuevo profeta/ (p.33) y aconseja de soslayo: Devuélvele al mar/ las garzas que agonizan en tu pecho/ y mañana sus aguas/ guardarán tus cenizas/ (p.35).

En la tercera parte de Las pieles del Edén, poemario conectado con todo Blumen, por medio del poema “azucena”, que hace referencia a Magdala, ciudad cercana a la costa occidental del lago Tiberiades (hoy perteneciente al belicoso estado de Israel), donde naciera María Magdalena, el último personaje entre los mencionados, cuya voz también asume la ninfa-hablante. Ésta se interna en la psiquis de la mujer que fuera redimida de sus pecados por Jesús de Nazareth para, en un principio, describirla desde fuera, como una testigo clave en el tiempo, indicando sin pudor que se dedicó al oficio más antiguo del mundo: encontraba siempre/ algún hombre esperándola/ y colocaba sobre la piel del visitante/ las piedras que esa tarde había recogido/ (p.30), después, con la esperanza de obtener una imposible eterna juventud –se ha diluido para siempre el mito aquel- la hará invocar, adquiriendo otra óptica: No permitas que me quede/ sin los cabellos untados de aceite/ ahora que conoces/ cada lunar/ que alumbra en mi cuerpo/ (p.14). En esta parte del volumen se entabla una especie de diálogo entre la hablante-ninfa con María Magdalena, fluyendo en cuatro estancias sucesivas. Se arriba a la búsqueda de la absoluta comunión con la susodicha: Después de rasgar nuestras ropas/ regresamos al monte/ (p.46), luego, se acrecienta la vida arribando a un determinado grado de intensidad, desapareciendo todo lo negativo: La tristeza es una rosa amarilla/ hundida en una copa de vino/ (p.45), donde se tiene la certeza que la soledad puede ser disipada: no estaré sola/ el viento será mi amante/ (p.49), como preámbulo a que la pureza de aquella ninfa-hablante, la imaginamos de cabellos largos, ondulados, rostro ovalado y mirada dulce, termine absorbiendo a la impureza (por así decirlo) de María Magdalena: Seguiré tu consejo/ otras pieles/ ya no vendrán a abrigarme/ (p.43). Ahí culmina el periplo y suscribe la opción interminable del gozo en lo tangencialmente venidero.

Una característica por demás resaltante en la poesía de Patricia Colchado Mejía es que, entre los dos poemarios, hallamos una fabulosa continuidad temática tan difícil de alcanzar. A diferencia de cuantos poetas consiguen enviar a la imprenta solo reuniones de poemas, bajo un título común que intenta compactarlos, la autora de Blumen y Las pieles del Edén consigue una amalgama de libro a libro, donde no habiendo vacíos, se encuentra una trabazón que deriva en la contundente unidad. Si en el primero hay un despojamiento de lo meramente descriptivo, mediante la anulación de los detalles, evitando los ripios, quedándose con los inevitablemente indispensable; en el segundo, ésta se mantiene aunada a la humanización de cada una de las imágenes, captando el instante previo a que se desvanezcan, sin caer en absoluto dentro del plano de la narratividad ni tampoco inclinándose por un coloquialismo desmesurado, tan nocivas en casos diversos cuando de poesía se trata. Colchado Mejía se cuida mucho de esto que tanto afectó y perdió a los estridentes vates de los años 70, a los continuadores de los 80 y 90 e inclusive a cuantos epigonales sobrevivientes, no sin ciertas burbujas, se considera surgieron a inicios del milenio y permite, con ambos volúmenes, acabe por definirse una tendencia zanjada dentro de la “poesía pura”, exenta de todo artificio u ornamento, abordada desde un punto de vista personal.

A todo esto, de acertada manera contribuye la radical eliminación de cualquier forma de puntuación que, en esencia, suele acabar instituyendo un cortapisas limitante al propio discurso. La ninfa-hablante, cancelando las ataduras de lo escrito, se ha orientado por la fluidez de los versos completamente libres, en algunos casos concatenados, en otros proseguidos, dejando constancia de permitir, a quien se sumergiera en sus arrulladoras páginas, pueda otorgarle una propia interpretación, distante de cualquier forma de teorización, más acorde a su sensibilidad y a su conocimiento vital que como sabemos no requiere de un mayor estudio, pero, sí de un previo adiestramiento (hace tiempo hemos dejado de creer en los lectores instintivos, se supone, nacidos desde el vientre materno con la debida experiencia). Igualmente emerge a la vista el uso de las grafías, todas en minúsculas, excepto al principio de cada poema en el segundo libro; mientras en el primero las mayúsculas han desaparecido, dándole una susurrante salida a la observación de las ilustraciones, ejecutadas con pluma fuente por la misma Patricia Colchado, conformadas de limpias líneas, sin sombras, bastante sugerentes, además de perfiladas, harto complementarias a cada poemario de manera global.

Otro aspecto a evidenciar, tanto en Blumen como en Las pieles del Edén, es el empleo de los símbolos. Por eso, poemas como “genciana”, “anagallis”, “camelia”, “buganvilla”, “clavel”, “adelfa”, “cala”, entre otros, fungen de pretextos o motivos y nunca las flores son descritas ni aludidas, directa o indirectamente. Es lo que Alex Murillo ha denominado “giros” para referirse a esos cambios semánticos donde “las imágenes acerca de las superficies, o, en otras palabras, entre la apariencia externa y la dimensión interior de las flores-amantes: la epidermis –tanto la piel humana como la superficie de las flores- se trastoca en el mundo interior, es decir, las sensaciones adquieren cuerpo, se materializan” (4). Terminan siendo las aproximaciones hacia un buscado ideal, en cuanto alcanzan a tener significados distintos al contexto, dando la impresión de haber sido puestos para aligerar nuestra carga de seres humanos, activos y pensantes, golpeados por la vida.

También se hallan, en esta misma categoría, Eva, Salomé y María Magdalena, símbolos de tantas otras mujeres ambulando en la tierra que habitamos, tantas otras más respirándonos en la propia cara, tantas más apareciendo de pronto o desapareciendo por igual de nuestras vidas, más allá de haber sido la madre, la hermana, la amiga, tal vez la compañera o la amante, aunque, sobre todo, se impone Magdala, nombre del mentado paraíso, bíblico y de cuantas religiones o sectas en el mundo son o han sido, que la ninfa-hablante o la hablante-ninfa inventa usando el poder de la palabra, verdadero puente para el traslado desde unas páginas hacia las otras, sin percibir el temblor propio de estar ingresando en una órbita extraña. Se descubre en la poesía de Colchado Mejía la sólida creación de un escenario al cual, en carne, todos quisiéramos ir (ficticio si volvemos a lo prosaico de la realidad), donde la hablante-ninfa ha ido sembrando una serie de flores, encarnación de sentimientos y de susurros, después, apareciendo las pieles, ha otorgado consistencia a cada una de las mujeres, puras o impuras, su condición es lo de menos, debido a que la poesía va a encargarse de cuánto falte añadir.

Por lo expresado, estamos frente al surgimiento de una voz poética con ribetes ahora imposibles de vislumbrar. No decimos se trate de una obra culminada, cerrada, difícil de ampliar, en la concepción tan próxima al enloquecido Arthur Rimbaud, quien abandonó a la escritura a los veinte años de edad sino, en medio de todo, surge la poesía como un límpido manantial, aquella distante de las estridencias, alejada de los espectáculos y que, dirigida hacia el mundo de la interioridad personal, se refugia concienzudamente en ésta. La ninfa-hablante o la hablante-ninfa, al respecto mantenemos nuestras dudas –en lo primero es un alter ego encarnando una voz, en lo segundo es una voz encarnando a ese alter ego-, no quiere, ni en lo más mínimo, reivindicar nada ni defender nada ni tampoco adopta una ideología feminista, negando su femineidad. Tal vez se alinee a lo afirmado por la novelista inglesa Virginia Woolf en el sentido que las escritoras serán verdaderamente libres cuando, al momento de sentarse a escribir, jamás reflexionen en torno a si lo están haciendo o no como mujeres. Suscribo convencido que solo quien o quienes acostumbren engolosinarse con el lenguaje y, de hecho, aprecien la belleza sustentada por aquel, a lo largo de estos dos poemarios, se hallarán, de extremo a extremo, capacitados o capacitadas para encontrarle lógica a la enorme racionalidad verbal propuesta por Patricia Colchado Mejía.

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Notas:

(1) COLCHADO, Patricia Blumen, Pájaro de Fuego Ediciones, Lima 2005, 75 páginas numeradas. En esta edición nos hemos amparado para las citas de este ensayo.

(2) Solapa derecha del volumen Blumen, Pájaro de Fuego Ediciones, Lima 2005.

(3)COLCHADO, Patricia Las pieles del Edén, Ediciones El Santo Oficio, Lima 2007, 49 páginas numeradas. En esta edición nos hemos amparado para las citas de este ensayo.

(4) MURILLO, Alex Comentario a Blumen. En: http://tierradepromision.blogspot.com/2006/11/blumen-de-patricia-colchado-mejía.html, mediante consulta del día 03 de noviembre del 2009.

Pasado y presente en la novela LA ILUMINACIÓN DE KATZUO NAKAMATSU de Augusto Higa


Gustavo Tapia Reyes / Chimbote


De entre los miembros del no menos célebre grupo Narración, reunido en torno a la efímera revista del mismo nombre, en realidad, salvo honrosas excepciones, todas las revistas del mismo género ostentan una vida breve, sobre cuyos aportes dados a la literatura peruana todavía falta mucho por indagar, es Augusto Higa Oshiro (Lima, 1946), acaso el más parco a la hora de publicar, quien en el 2008 dio a conocer su novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu (1). Es decir, asumiendo sin complejos su condición de niséi, después de haber optado en retratar otro tipo de personajes en sus anteriores volúmenes, nos entrega una especie de ajuste de cuentas, en clave de ficción, con su pasado familiar integrado por migrantes japoneses venidos al Perú, a fines de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), repletándola para ello de hondo lirismo, de suave magia, de encanto narrativo y donde la memoria juega un importante papel en el engarzamiento de los diferentes episodios, a lo largo de los IX capítulos de relativa extensión, dentro de las 127 páginas conformantes de la novela que, “representa -ha dicho Gabriel Espinoza- la pasión del artista que encara a sus demonios y, ante la adversidad, busca un punto de equilibrio para iluminar humanamente al lector”(2).

El protagonista, Katzuo Nakamatsu, es un hombre de estado civil viudo, por lo consiguiente, un infeliz, sin hijos, docente universitario de ocupación, residente en la populosa zona de El Porvenir, distrito de La Victoria, por lo mismo, un completo marginado, probable participante del “baile de los que sobran” quien, durante un paseo rutinario, mientras se halla admirando los sakuras (cerezos) del Parque de la Exposición, en medio de la aparente tranquilidad, debido al cálido ambiente rodeándolo, viene a sucederle lo inesperado. No se siente bien, de pronto, percibe un soplo de extravío en su existencia, algo imposible de explicar, conduciéndolo a la nada y, por tanto, se regurgita con las pulsiones hacia la muerte: sintió el agobio, el peso de la conciencia. La aflicción ciega (p.10). A partir de ese momento, su vida se trastorna, ya no será ni volverá a ser la misma. Irá internándose en aquel pasado remoto que tal vez pretendió olvidar, descubriendo que no estaba a salvo de nada, menos de culminar comprobando estupefacto: era un hijo de japoneses, un niséi, casi un extranjero, y todos aquellos lugares, sus gentes, le eran ajenos (p. 15).

Viene a ser la desesperanza llevándolo al plano de lo lastimero, impulsándolo a pensar en el suicidio, en la muerte como única salida frente a la indignidad. La providencial aparición, en dicho lapso, de Juanita Terukina, le recuerda a los variopintos personajes viviendo cerca a su casa, irrumpiendo de esta manera otra vez en su conciencia la realidad brutal, extrayéndolo del marasmo en que se hallaba inmerso, haciéndolo testigo del enfrentamiento donde un comerciante de Gamarra defendiéndose de un asalto mata con su pistola a uno de los jóvenes pandilleros. Sin embargo, Nakamatsu es indiferente a todo, en suma, se mantiene ajeno y continúa de largo su periplo, encontrándose con su amigo Paco Mármol, a quien le pregunta sobre la forma más rápida de matarse, sin dolor –acaso como esperaba hacerlo el trágico narrador indigenista José María Arguedas, otro desarraigado- y éste le contesta con un tiro en la sien, después encuentra a Masao Uchida, quien le acabará comprando una pistola, después de jugar unas partidas de ajedrez.

En el capítulo III, Higa Oshiro contextualiza histórica y literariamente su novela. Aparece, en calidad de personaje, el ilustre como extraviado poeta de los años 30, Martín Adán, todo desaliñado en el vestir, de apariencia taciturna, caminante empedernido, bastante pegado a la bebida, bordeando el alcoholismo y con quien Katzuo Nakamatsu, tratándose de un contemporáneo suyo, se identifica plenamente. De este modo, no se siente tan solo en la sociedad y, asumiéndose un escritor en busca de materiales para crear, visita los populosos distritos de Jesús María, La Victoria y Breña, pero que a él no le significará encontrar alguna otra cosa rescatable, excepto el desconcierto permitiéndole arribar a evaluarse, vislumbrando siempre su irremediable origen japonés, convertido en un lastre que cargará de por vida. La novela corta –o nouvelle como también la llaman- es profundamente reflexiva en todos sus extremos. No trata de narrar en el sentido lato o lineal del término sino de recordar, de evocar los pormenores manteniéndose intactos en la memoria de Nakamatsu, introduciendo entonces las vueltas atrás en el tiempo.

Para ello, empieza de acuerdo a las promesas que en algún momento realizó, por visitar la tumba de su esposa Keiko, muerta hacía unos veinte años, forjándose un contraste entre el presente sentido y el pasado constante, yendo también a las tumbas de su madre Tamae y de su padre Zentaró, quien encabezara el primer advenimiento de la colonia japonesa en 1918: partiendo de Yokohama, inmigrante pobre, en el carguero Anju Maru con otros doscientos cuarenta compañeros, rumbo a las haciendas de Cañete (p. 47), de pasada ve un entierro y compara su vida miserable, completamente nula para destacar en los negocios, respecto a las de sus hermanos y hermanas tan brillantes, económicamente mejor establecidos, ahondándose en la incertidumbre de no saber, en verdad, quien es, intentando rebelarse contra su misma condición y, tras ser repentinamente jubilado en la universidad, donde hasta entonces trabajaba, termina por adherirse, inclinarse, resignarse a la proximidad del fin: por qué no era nadie, por qué siempre la carencia, el desamparo, un desgarrón, un vacío: ¿por qué la muerte? (p.53).

En el capítulo V aparece Etzuko Untén, el otro personaje desencadenante en la novela, amigo del padre de Nakamatsu y con quien igualmente éste se sentirá identificado, tornándolo en el centro de las evocaciones gloriosas, en tanto, dentro de su cabeza se incrementan atormentándolo de manera horrorosa como incesante las voces narrándole los sufrimientos de sus antepasados, los murmullos sugiriéndole vivencias, los ruidos sacándolo de una continua y aparente tranquilidad, para llevarlo hacia un estado particular donde descuidándose de sí mismo, piensa en volver a la universidad, mediante la presentación de algún reclamo por escrito, cayendo en la peligrosa conjunción de que locura y muerte forman en resumen una sola amalgama, de carácter volátil, así como en la certeza de ser él apenas un hombre venido a menos, sin la grandiosidad, por ejemplo, de un héroe acaso mitológico. Tal condición le vuelve a originar otro desbalance mental, manifestado en un sueño obsesivo que lo impulsa a cambiar su indumentaria por una más antigua, conforme se hubieran vestido su idolatrado Martín Adán y su próximo Etzuko Untén: sacón de paño oscuro que le llegaba por debajo de las rodillas. También adquirió gafas de carey antiguo, y seleccionó una corbata azul con rayas blancas, y reacondicionó pantalones de angosta basta, y optó por un bastón de madera con mango reforzado (p.66-67).

Con ambos personajes se mantiene contento y se identifica, sintiendo que los reencarna en relación a su pasado de hombres odiados por muchos, vistos como invasores de una realidad extrañamente dura, aunque, no obstante, ellos aprendieron a sobrevivir, a sacarse el alma para salir adelante, a mostrar esa garra que décadas más tarde les granjearía la admiración por ser unos hombres prácticos que, pese a haber soportado los estragos de la bomba nuclear en las ciudades de Nakazaki e Hiroshima, quedando económicamente débiles, tras la Segunda Guerra Mundial, supieron apelar al sacrificio con tal de emerger como el ave fénix de entre sus cenizas. A Nakamatsu, poco le interesa transformarse en el hazmerreír de los vecinos, observándolo dubitativos durante los paseos cotidianos que hace, internándose en bares y en prostíbulos, buscando resarcirse a cualquier precio en busca de la iluminación, hablando con los pocos amigos, dedicándose en algunas noches a tejer, sin ningún objetivo específico, por cuanto su vida no tiene ningún horizonte válido. Katzuo Nakamatsu, a pesar suyo, no quiere ser del presente tan temido sino acercarse al ayer, incluso anterior a 1940, al mismo tiempo de continuar escribiendo la novela que se había propuesto teniendo como protagonista a Untén.

Hasta aquí todo se ha desenvuelto en medio de un atroz pesimismo. El protagonista deja entrever su desazón frente al sacrificio de haber emigrado y continua absorbido por el ambiente sórdido, poblado de ladrones, prostitutas y homosexuales que pululan por la Plaza Manco Cápac, a quienes se dedica a otear, sin atreverse a más, incluso se mantiene así cuando visita Tacora y San Jacinto, los conocidísimos lugares donde gran parte de cuanto se vende tiene procedencia robada. Aunque sin mayor horizonte, envejecido por los años, durante sus paseos nocturnos, solo Etzuko Untén y Martín Adán representan su esperanza última frente a la soledad que de continuo lo envuelve, mientras va precipitándose hacia el abismo de la autodestrucción y, abandonando sus proyectos de escritor, se pierde ante los ojos de su incondicional amigo Benito Gutti, profesor universitario como él. Según le pasara a Friedrich Nietzsche antes de morir, cuando parecía ser éste el colapso del cual nunca se recuperaría, es Gutti quien no dándose por vencido decide buscarlo y lo encuentra sucio, maloliente, completamente desaliñado de arriba hasta abajo. Desde ahí, poniendo todo su empeño, consigue hacerlo volver, recuperarlo, orientarlo a que retome conciencia sobre sí mismo hasta que, paseando por el Mercado Virgen de la Asunción, ingresado entre verduras y hortalizas, a las doce o una de la tarde, quedándose frente a la visión de un bello adolescente, alcanza la iluminación tan anunciada en el título de la novela, ante la cual, como Dante acompañado de Beatriz, contemplando a Dios en La divina comedia (1307-1321), se desnuda y queda, en absoluto, perplejo: Entonces, llorando, arrodillado, clamando al cielo y al infierno, solamente susurraba para sí mismo: “¡La belleza existe! ¡La belleza existe!” (p.107).

Pese a ello, Katzuo Nakamatsu continuará presentando unas severas crisis emocionales y repentinas caídas del mismo tipo, siendo, con la autorización de sus familiares, internando en el Instituto Psiquiátrico de la Seguridad Social. Ahí, después de un largo periodo en que se insertó sin tropiezos a la comunidad del hospital, los enfermeros pasarán muchas veces por serios problemas para conseguir calmarlo en sus delirios, viéndose obligados de tiempo en tiempo a suministrarle ciertas dosis de tranquilizantes y, en última instancia, colocarle una camisa de fuerza. Solo la visita de Juan Miyasaki, su otro amigo incondicional, logrará que Nakamatsu vuelva a recuperarse un poco, pueda hablar lúcidamente con él, recomendando sea sometido a los conjuros de la yutá Miyagui, una médium profesional encargándose de hacerle un análisis detallado respecto a sus desequilibrios emocionales, llegando al tercer día a la conclusión que las voces repitiéndose dentro de sí pertenecen a una mujer queriendo ser reivindicada de su pasado atroz, donde aparece el orgulloso Etzuko Untén, quien se casó, tuvo hijos, fundó un barrio, hizo protestas defendiendo a su familia y al resto de las familias, nunca desprendiéndose de la idea de que alguna vez arribaría un barco fletado por el emperador Nihón llevándolos de regreso al país de sus orígenes y, a pesar de todo lo sufrido, dentro de una realidad hostil hacia lo extranjero, jamás se inclinará por negar o abdicar de su genealogía nipona. Luego, Nakamatsu se sumerge de nuevo en la escasa tranquilidad de otros tiempos: se mostraba sosegado, inalterable en el rostro, paciente en su conversación, cortés en sus ademanes, siempre en voz baja, risueño y exquisito (p. 126-127), entonces recuperando la conciencia como Alonso Quijano, el célebre personaje cervantino, vuelve a su casa en El Porvenir, donde dos meses más tarde morirá víctima de un aneurisma cerebral.

Un indudable logro a destacar en la novela de Augusto Higa -en estos tiempos en que se habla de la inutilidad de las términos bien colocados en la narrativa-, es el magnífico empleo de un lenguaje esencialmente poético, de expresiones construidas adrede, de palabras escogidas con sumo cuidado, plagándolo de una precisión no exenta de retórica, de una elegante retórica precisaríamos, haciéndonos recordar a Thomas Mann en La muerte en Venecia (1912) o más cercanamente con El goce de la piel (2005) de Oswaldo Reynoso. Cierto es, no hay ninguna influencia literaria por parte del narrador alemán, nacido en Lübeck, Premio Nobel de Literatura en 1929 sino, en todo caso, una proximidad en el manejo de las palabras acordes a lo descrito de frase a frase, de párrafo a párrafo, de capítulo a capítulo. En cambio, es evidente el hilo común respecto al relato largo o novela corta de Reynoso, no solo en cuanto al uso del lenguaje, hecho también de candentes evocaciones líricas, soñadas o inventadas, sino en el personaje central, donde Katzuo Nakamatsu equivale a Malte: el primero es el fundamento básico del narrador Benito Gutti, pues, encargado por éste, elaborará el informe que constituye en sí el contenido de toda la novela, mientras el segundo representa el infinito anhelo carnal, voluptuoso, hecho realidad, de un hombre entrado en años respecto a uno mucho más joven.

Para darle una mayor verosimilitud al tema enfocado, menguando “su carácter más bien libresco, tan distante de la oralidad dominante en la narrativa de Higa en la época en que integraba el grupo Narración”(3), en relación a una cultura que nos parece hasta cierto punto exótica, quien también fuera editor de las publicaciones del Instituto Nacional del Desarrollo (INIDE) y autor del volumen de corte testimonial Japón no da dos oportunidades (1994), que narra las experiencias de los peruanos de origen nipón inmigrando a la tierra de sus ancestros, intercala en el corpus narrativo una serie de términos, originarios de la lengua de Ryunosuke Akutagawa o Yukio Mishima como “sakura”, “yutá”, “kachigumi”, “senkó”, “butsudan”, “ochogatsu”, entre otras, que le otorgan a la novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu un sabor natural, una naturaleza más acorde y más próxima a la materia narrada, resultando “satori”, o sea, iluminación (conforme al budismo, en su variante zen), la palabra clave para comprender el estado definitivo, al cual arribará finalmente el atormentado protagonista que, según ha declarado el propio autor de la novela -breve, pero, intensa- se alimenta de él, ha sido formado con retazos de él, por cuanto representa “una especie de alter ego mío, un vicario de mí mismo” (4).

En este sentido, Higa Oshiro, graduado en literatura peruana y latinoamericana por la decana Universidad Nacional Mayor de San Marcos y profesor de dicha especialidad en distintas entidades de educación superior, hace de su héroe un prototipo de la lucha incansable del hombre contra el destino, dentro del que -dicen muchos, yo no creo- estamos enmarcados de antemano. No se ha contentado con haberlo puesto a vivir, transformarlo en alguien encarnando los sufrimientos acumulados por sus compatriotas, dándole su aliento como descendiente de emigrantes, quiere enfrentarlo también y lo enfrenta a su pasado, en parte glorioso, en parte de ignominia (imposible olvidar el odio desatado en nuestro país hacia los japoneses recién llegados o, a sus respectivos descendientes, después del ataque a la base de Pearl Harbor en 1941, que causó la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial). Inclusive lo va dejando vivir por su cuenta y riesgo dentro de un contexto oscilante entre ese torrente formado por los canturreos de pájaros, el coro de voces asediándolo de continuo y, cómo no, el innegable pasado familiar, descubriéndolo todo un emigrante, obligado a sobrevivir, incluso tragándose las salivas. Para eso, se amparó en la evocación de Martín Adán y Etzuko Untén quienes, semejantes a él, debieron enfrentar la condición de desarraigados, siéndoles inherente a su propia naturaleza, en suma, aparte de “perfilar un personaje intenso, desquiciado y, al mismo tiempo, luminoso, –anota Pedro Escribano- expone, en una suerte de dos radiografías, lo que es una historia personal y lo que es la historia social” (5).

Son tres los planos desplegados en los capítulos de esta novela. A su vez, estos capítulos se desintegran en diversos fragmentos, bajo un ritmo creciente en intensidad, en precisión y en lirismo, mediante la narración al inicio en la voz de una tercera persona, pero que, tras la identificación de Benito Gutti, en realidad, un bibliotecario, de origen italiano, que trabajaba en la sala de investigaciones de la Biblioteca Nacional, encontramos a éste cumpliendo el rol de narrador en la primera persona y después en varios párrafos más está la segunda persona dándose a conocer, dirigiéndose a la conciencia del protagonista, Katzuo Nakamatsu, amigo de Gutti para más señas, viviendo en los estertores de la existencia, en los mismos extremos de la locura y el desencanto, entregándole sus papeles, como Franz Kafka a su amigo y posterior editor Max Brod, conteniendo sus bosquejos de escritor nunca realizado, habiendo entre los mismos, novelas, relatos, ensayos truncos así como un recuento biográfico –siempre el pasado irrumpiendo en el presente, siempre aquellos recuerdos volviendo cada vez más terribles- de familias japonesas afincadas en localidades de Huaral y en la propia Lima, que más tarde serán usados por Gutti como material disponible para la definitiva escritura-creación de la novela. Aquí se emplea el recurso tantas veces usado del autor convirtiéndose en transcriptor del manuscrito de un tercer personaje, receptor al mismo tiempo de un segundo individuo, que viene a ser el protagonista, hombre desgarrado, nunca feliz.

Con esta obra, bastante lejos ha quedado ubicado Augusto Higa respecto a sus primeros libros, principalmente de los cuentos incluidos en Que te coma el tigre (1977) o La casa de Albaceleste (1987) o su anterior novela Final del porvenir (1992), por ejemplo, donde encontramos a un narrador plagado de una densidad, casi naturalista, para mostrar una realidad demasiado trágica ante los ojos de quienes, en otros ámbitos, también la vivimos y, hasta cierto punto, nos resultaba repetitivo encontrarlo a través de los primeros escarceos de Miguel Gutiérrez, Antonio Gálvez Ronceros, Gregorio Martínez, Roberto Reyes Tarazona, Oswaldo Reynoso, Juan Morillo Ganoza, por mencionar solo a integrantes o ex integrantes del grupo Narración, mientras que en La iluminación de Katzuo Nakamatsu se ha despercudido por completo de ese lenguaje seco, escueto, lacónico, casi de informe científico, para orientarse por uno más propio, con la palabra echándose a desarrollar su laborioso como subyugante festín. De ahí proviene el secreto en la fluidez narrativa que evidencia la novela de principio a fin, acercándolo de esta manera mucho más a la poesía y, para bien de nuestras letras (en idioma español cuando menos), lo distancia del crudo realismo de otrora.

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Notas:

(1) HIGA OSHIRO, Augusto La iluminación de Katzuo Nakamatsu Colección Súmmum, Editorial San Marcos, Lima 2008. En esta edición nos hemos basado para obtener las citas de este ensayo.

(2) ESPINOZA, Gabriel Desgarradoras luces. Una historia de migración y de locura, en: http://www.augustohiga.blogspot.com tomado a su vez de http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/html/2008-05-25-desgarradoras-luces.html, consulta del día 09 de julio del 2010.

(3) ÁGREDA, Javier Comentario a La iluminación de Katzuo Nakamatsu, en: http://www.augustohiga.blogspot.com tomado a su vez de http://zonadenoticias.blogspot.com/2008/05/javier-greda-sobre-la-iluminacion-de.html, consulta del día 09 de julio del 2010.

(4) DE PAZ, Maribel Entrevista a Augusto Higa. En: http://zonadenoticias.blogspot.com/2008/05/higa-iluminado.html, consulta del día 09 de julio del 2010.

(5) ESCRIBANO, Pedro Las visiones de Augusto Higa Oshiro, en: http://www.augustohiga.blogspot.com tomado a su vez de http://larepublica.com.pe/content/view/220032, consulta del día 09 de julio del 2010.