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| Angel Gavidia Ruiz. |
Ángel Gavidia Ruiz / Trujillo
El lingüista español nacionalizado
argentino Amado Alonso señala que en el
mundo poético de todo escritor se tiene que distinguir lo que se debe a su
personal potencia creadora y lo que se debe a los modos de conciencia comunales
de su idioma: lo que él ofrece a la lengua, y lo que la lengua le ofrece ya
hecho al escritor. Lo creado y lo dado, lo personal y lo cultural, el estilo y la lengua (1).
Un compatriota y
colega suyo, Tomás Navarro , por otra
parte, hace notar que la historia de cada región
ha ido dejando en las formas peculiares de su habla local, huellas de las
diversas situaciones por las que han pasado sus habitantes incluyendo las instituciones, costumbres, actividades,
ideas y sentimientos bajo los cuales dicha gente ha vivido. La lengua -dice-
puede considerarse como el registro más auténtico y fiel de la tradición de
cada lugar. No hay entre los habitantes de cualquier pueblo, comarca o
región, particularidad de modo de hablar
en cuanto a la denominación de objetos, a la pronunciación de las palabras o
las cadencias e inflexiones del acento que no responda al efecto de la historia
de estos lugares. Al lado de la lengua literaria, instrumento esencial de la
cultura común, escribe Navarro, las
formas de las hablas locales, en sus modalidades más populares y espontáneas (que
algunos injustificadamente desdeñan como si se tratase de meros
errores fonéticos o gramaticales), revelan influencias y relaciones de valiosa
significación histórica. Manifiesta a continuación: cada una de esas maneras de pronunciar un
sonido o de denominar un objeto ocupa
una determinada zona geográfica. Los nombres de las cosas, el sentido de las
palabras, la pronunciación de los sonidos y los dejos del acento tienen su
geografía propia dentro de las fronteras de cada región o país. Una de las tareas más importantes en el estudio de
la lengua hablada es señalar el área correspondiente a cada una de esas
diferencias… (2)
En este punto no resisto la tentación (aun cuando el habla, de ser algo físico, tendría más la consistencia del viento) de compararla con esos bloques de hielo de la Cordillera de los Andes en cuyo corazón se
halla, de acuerdo a la calidad y
ubicación de las partículas que alberga,
la huella de las sequías y los
fenómenos El Niño que sufrió el país a través de los siglos (3).
La lengua es el
conjunto de signos y de reglas que están a disposición de todos los hablantes de un mismo idioma, y el habla es el uso de la lengua que un
hablante hace en un mensaje determinado. Por extensión, llamamos habla a la
manera de usar la lengua que tiene una determinada comunidad. Martha
Hildebrandt escribe que Habla local es la manera peculiar como se realiza o
practica una lengua en un lugar determinado: es igualmente habla local la de
Madrid o la de Burgos, la de Lima o la del Cuzco, dice (4). Ese es el sentido en el que nos referimos en este ensayo al habla de Santiago de Chuco: a ese cuerpo de giros idiomáticos
propios, a la mayor frecuencia con la que se recurre a determinadas locuciones,
a la presencia a veces muy sutil a veces no tanto de una especial ironía*, a palabras que denotan influencia del quechua
o de culle o de ambos, como rebeldes rezagos del ancestro, en fin, a las
inflexiones y al acento con el cual se habla en esta área geográfica.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- *Hace algunos lustros, cuando hacía un
trabajo de investigación sobre la presión arterial en ancianos de Santiago de
Chuco, me encontré en una de las calles de la ciudad con un octogenario
pueblerino. Le dije que quería tomarle la presión. “Vamos a esa casita de
puerta verde” me dijo amablemente, señalándome una casa próxima. “¿Es su
casa?”- pregunté. No -me dijo-, es mi posada. Mi casa está allá – volvió a
decirme apuntando con su dedo índice el cementerio.
Pero, como es obvio,
la historia de Santiago de Chuco extravasa sus linderos políticos y geográficos.
Está emparentada con un área más o menos extensa que abarca Cajamarca, Sánchez
Carrión, Julcán, Otuzco y el norte de Ancash. Por consiguiente, su
habla se extiende difusamente más allá de sus fronteras geográficas. El poeta pallasquino Bernardo Rafael Álvarez
ilustra muy bien la laxitud de los confines: Alguien diría que un río
nos separa (dice el vate, refiriéndose al límite entre la provincia de Santiago
de Chuco con Pallasca): el Tablachaca más que un tajo (límite o frontera
natural le dicen) es, en verdad, una
costura que nos junta. Debemos admitir que, además, nos vinculan otras cosas; el idioma con su
idéntico dejo y sus modismo comunes (zote, alaláu, adió, yanca, etc.); el clima, cálido en las horas
del día y helado en las noches propicias para un grog o una conversación de aparecidos;
el paisaje de sol, nubes y cielo azul y aquella suerte de acuarela que es el
saludo de dos colosos: el Parihuanca y el Chonta. Nos une el poeta de Trilce,
que hablaba como nosotros y cuyo abuelo
(cura, como curas fueron casi todos los abuelos) reposa inerte en la iglesia de
San Juan Bautista de Pallasca (5).
Santiago de Chuco es
una provincia de la zona norandina del Perú asentada
en el departamento de La Libertad. Tiene
una accidentada geografía llena de montañas elevadas y quebradas
profundas y tiene, también, una
historia larga y escabrosa que incluye su antigua pertenencia al señorío de Cuismanco con su capital Marcahuamachuco
, su idioma conformado por palabras con
acento en la última sílaba y con la frecuente presencia del fonema sh*, el culle , su conquista en la segunda mitad del
siglo XVI por los incas que llegaron
trayendo el quechua y, luego, cuando el idioma de los incas se estaban consolidando, vino la conquista española que introdujo el idioma que
ahora se habla, pero que no ha podido eliminar del todo los vocablos aborígenes
(6).
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*El fonema sh acompaña al habla santiaguina
“a todo sitio”: se halla formando nombres de lugares: Shindol, Shirobal, Shiribal,
Tapash, Ushno, Ushnobal. Yahuish; de plantas y frutos: shiraque, shulgomo,
shiniganda; de algas: cushuro; de platos: shambar, shinde, cashallurto,
cushal, tushas, carashpo, ñushco; de partes anatómicas del cuerpo: shubadal (fontanela de recién nacido),
minsho o munsho (ombligo), casharón (persona con dentadura visiblemente
incompleta); de aves: shingo
(gallinazo), shullulluc (ave canora de plumaje rojo), chushec (ave de malagüero
que viaja en el hombro de la muerte), chahuisho (tordo); de utensilios:
mushca (recipiente escavado en piedra), shanga (contenedor
“suspendido en el aire” ubicado generalmente en la cocina, a buen recaudo de
los gatos y perros y hasta roedores), shacra (callana, vasija de barro de boca
ancha utilizada para tostar granos u otros menesteres); verbos como: cashcar
(morder), tushquir (pellizcar), shingar (“pelar”, decorticar una caña de maíz), shilcar (cortar árboles,
los retoños de estos árboles se llaman shilcas); hay una miscelánea en algunas de cuyas
palabras se ha injertado al castellano o al quechua el referido fonema: sharco ( zarco, de ojos
claros, azules o verdes); shurda (zurdo);
shulca ( del quecha sulka, hermano o hijo menor), caisha ( niño llorosos, desnutrido,
débil), shapra (cuy shapra, burro
shapra, perro shapra, que tiene
abundante pelaje), huasha (del quechua
wasa, columna vertebral), pushgo (probablemente venga del quechua p’osqo, ácido), shilcar también se usa para referirse a la acción de quebrar, de fracturar ( Juan es shilcadito:
tiene una fractura o una deformidad en la
columna vertebral); shalpirejo (andrajoso, descachalandrado, de trajes
muy pobres); shapingo (diablo); amashango (tarántula); congosh (libélula);
ishpe ( verruga vulgar); shimba (niño de sexo masculino de pelo largo; también
se llama shimba a cada una de las múltiples trenzas con las que se acicala al
muchachito de largos cabellos para la ceremonia del “corte de pelo”); llushpe (superfice lisa); cabracasha (espina
de tuna o de cactus); quesheste
(obviamente viene del castellano ¡que es este! o ¿qué es este?. Bueno el
quesheste es una sopa muy humilde color marrón oscuro de trigo tostado, el
nombre revela el humor santiaguino brotando hasta de la pobreza). Pero en donde campea el entrañable dígrafo sh es en la formación de hipocorísticos: Shanto (Santos), Shanty (Santiago), Shigi
(Sigfrido), Shego (Segundo), Shanda (Sandalio) , Shana (Susana), Shunsha
(Asunción), Shibe (Ceferino), Shaloma (Salomé), Venshe (Wenceslao), Vishe
(Vicente), Meshe (Mercedes), Cunshe (Concepción), Bersha (Betsabé), Marshe (Marcelino), Shesha (César, Cesáreo),
Shava (Salvador), Shiba (Alcibiades).
Los
peruanos de otras tierras, para fastidiar a los santiaguinos les recuerdan al
famoso shufishente, un fémur de
vacuno que, en las épocas de hambruna,
que las hubo (¡y terribles!), se usaba, supongo, más como un saborizante que como parte del mito
de dotar al caldo de “sustancia”. Este
no debía “gastarse” mucho, entonces permanecía apenas minutos o quizás segundos en la olla de agua
hervida y se retiraba presuroso a la voz de “¡suficiente!, ¡suficiente!”. El
hueso, entonces, ascendía, como una bandera en un mástil imaginario a su
posición original, probablemente disputándole la ubicación a la shanga. Pero
que no se burlen los amigos de otras tierras: el mismísimo nobel de literatura
Gabriel García Márquez también tuvo su shufishente.
Dice en su libro de memorias Vivir para contarla que doña Luisa Santiaga, su madre, por la que
guardaba “una admiración pasmosa” tenía
un carácter de leona callada pero feroz ante la adversidad y que en los peores
momentos se reía de sus propios recursos providenciales “como la vez en
que compró una rodilla de buey y la
hirvió día tras día para el caldo cotidiano cada vez más aguado, hasta que ya no dio para más”.
Antonio Muñoz Monge recuerda en una sabrosa crónica dominical que en otros lugares de la sierra peruana se
llama mocontullo (moqo en quechua es rodilla) y es un “hueso de la rodilla” o
de “cabeza de fémur”. Es, entonces, una práctica bastante extendida aquella que
se atribuye con cierta maledicencia sólo a los santiaguinos, cuando ha llegado incluso hasta la señorial Arequipa,
aunque, en tiempos mejores, es posible
que el contacto del hueso y el hirviente
líquido sea más sosegado. Ahora, pienso
que es mucho más difícil que, nuestro nobel Mario Vargas Llosa, aunque vivió parte de su niñez en Arequipa, haya tomado un caldo con el famoso
shufishente o mocontullo por su extracción social menos popular.
Hay una palabra que
denota una soledad muy cercana a la orfandad:” sholito”. No “ solo”, tampoco
, su diminutivo, “solito” que ya es
bastante tierno y triste, sino sholito: palabra que trae implícita solidaridad, frente a una, digo, soledad de a
de veras, en especial, de los niños.
Esta provincia fue “entregada” a la Orden Religiosa de los Augustinos para que se
ocupara de las cuestiones de la fe o más precisamente para que instruyera en la
doctrina católica (6) y consecuentemente combatiera la creencia en los dioses nativos
como el dios Catequil, en esta línea fue testigo del cambio del nombre de
sus cerros- adoratorios como Killa-Hirca
o Mirador de la Luna que pasó a ser el
cerro San Cristóbal*. En este periodo existieron conatos de
sublevaciones incluso previos a la rebelión de Túpac Amaru que fueron sofocados (7). Más adelante la población santiaguina, fue
partícipe de las luchas por la
independencia, pues por su territorio
pasó el libertador Simón Bolívar quien según algunas versiones manejó como probables escenarios para las batallas
finales por la independencia Mollepata (Santiago de Santiago de Chuco) y
Corongo (Provincia al norte de Ancash) (8). Más tarde, en 1883, ya en la República, Santiago de Chuco tuvo
que soportar el oprobioso tránsito de parte del ejército chileno por su suelo
durante la Guerra del Pacífico en la que participa el pueblo aportando víveres y organizando un batallón integrado
por 200 de sus mejores hijos que van a engrosar el ejército de Cáceres que es derrotado en la batalla de
Huamachuco (9). Vallejo nacerá 9 años después.
*Indudablemente algo tiene que ver
esta circunstancia histórico-religiosa con estos versos de “Terceto autóctono”
de Los heraldos negros: Luce el Apóstol en su trono, luego/ y es,
entre inciensos, cirios y cantares, / el moderno dios-sol para el labriego.
Aún queda, de la civilización preincaica, las esculturas en piedra que retratan a los
viejos habitantes de estas tierras tocados por unos gorros de un diseño
especial confeccionados de lana, por los
que se les llamó “los chucos”, y queda en uno de los versos de Vallejo una
misteriosa palabra, tahuashando, que podría sintetizar este apretado recorrido histórico. Existe la hipótesis que tauhuashando viene de dos voces
ancestrales, la primera, quechua, tahua
que significa cuatro, la segunda sha,
probablemente culle, que significaría en
fila y la terminación ando con la
que, en idioma castellano, se construye el gerundio(10).
Quizá sería bueno repasar aquí la primera impresión que le produjo al escritor Francisco Izquierdo su
encuentro con la cuna de Vallejo:
Santiago de Chuco, dice, –conjunción
maravillosa de hombre y de tierra, de paisaje y espíritu-, ejerce en el
visitante una poderosa influencia: aflora de sus entrañas una rara y potente
fuerza que todo lo envuelve, lo rebasa. Hay en él de fino, de delicado, como de
bravo, de hosco. Árboles y pájaros, rocas y abismos. Madrigal y emoción
heroica. Realidad cósmica que explica el brote, la existencia de un genio como
Vallejo. Sólo una tierra así ha podido dar un hombre de esa dimensión (11).
Maupassant, en un
párrafo del cuento El Horla, describe la relación del hombre con la
tierra, con su pueblo (obviamente se trata
de otra tierra y otro pueblo, sin embargo, el nexo que lo une es igual de entrañable y total), el personaje de Maupassant se
expresa en estos términos: Me gusta esta región, y me gusta vivir en
ella porque aquí tengo mis raíces, esas
profundas y delicadas raíces que ligan a un hombre a la tierra, donde sus
abuelos han nacido y han muerto, que lo ligan a lo que allí se piensa y se
come, lo mismo a las costumbres que a los alimentos, a las locuciones locales,
las entonaciones de los campesinos, los olores del suelo, de los pueblos y del
propio aire (12).
Cómo no recordar en esta parte y al amparo de este texto esos
diminutivos tan frecuentemente utilizados por Vallejo: pocito, vaporcito,
pedacito, hombrecito, matita; y cómo no evocar también esos poemas poblados de
apetitosas comidas y bebidas: pan fresco, caldo, cuy o cuya para comerlos
fritos con los bravos rocotos de los temples, manteca, chicha, vino, coñac (dirán que el coñac es
francés y que qué tiene que ver con el
habla santiaguina, les contesto que habría que rastrear como llegó esta bebida
a ser un asentativo frecuente en las familias más acomodadas), queso, jamón, y
el escenario respectivo como el ruido
aperital de platos, los alegres tiroriros, que, entiendo, son los sonidos que
provocan los cubiertos al “poner la mesa” y ya más allá o fuera del ámbito de
las comidas y bebidas pero siguiendo en el espacio familiar, esa frase : linda
cólera cantora de la madre ( esa suerte de letanía tan santiaguina e inofensiva
aun cuando molesta y que se da generalmente en las mañanas); luego las
procesiones, la gobernación, los caminos, las piedras, Irichugo, Menocucho;
pero en donde más se percibe la influencia del habla santiaguina no es en
palabras aisladas si no en frases tales
como: Yo no sé; yo no sé qué me da ;
quién nos hubiera dicho; cuál llorarás;
como todo un hombrecito; ¡Caballísimo de mí!; quiero desgraciarme; digo,
es un decir; qué gracia; porque están en su casa; dulzura corazona; no hay noticias de los hijos hoy; con el
cantar del gallo; ¡Cosa buena!; de barriga; echar una cana al aire; vamos a ver; en pelo; a pelo; ya ni sé qué
hacer con él; mi cosa; no seas así; qué
frío hay…Jesús, ¿Di, mamá?; aguaita,
aguaita, aguaita; no vaya ser que lo haces porque yo te lo ruego; no me vayas a hacer cosas; hasta las cachas *.
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*Me pregunto si donkey será la palabra
adecuada para trasladar al inglés el asno
de: Fue domingo en las claras
orejas de mi burro, / de mi burro peruano en el Perú (perdonen la tristeza).
Jaime de Ojeda dice que toda traducción es un naufragio irreparable y doloroso
y yo digo que es mucho más cuando se trata de la poesía de Vallejo. De Ojeda se
lamenta en un prólogo a Alicia en el
país de las maravillas en estos términos: Alicia es uno de esos fenómenos literarios que no admiten
trasplantes y pese a todo el cuidado que se ponga en guardar intacto su significado vernáculo en ese naufragio
irreparable y doloroso que es toda traducción, creo que es prácticamente
imposible “trasladar” a la mente del lector castellano todo el contenido de
vivencias sabrosas, de evocaciones misteriosas y de introspección cultural de
que está lleno este precioso libro.
El habla local, como el habla familiar, tienen fueros
inalienables: subjetividad, afectividad, intimidad, emotividad, naturalidad,
espontaneidad, particularidad, vivacidad, dice
Hildebrandt, y dice también que la poesía, el teatro y, sobre todo, el
cuento y la novela, imponen su propio lenguaje que casi siempre incluye –
consciente o intuitivamente- una buena porción de expresiones de la
correspondiente habla local (4).
En la poesía de Vallejo, como en el río Chacomas en sus buenos tiempos, se puede
pescar santiaguinismos como si fueran
truchas, desde el primer poema de Los heraldos negros hasta el
último de España, aparta de mí este cáliz, aun
cuando ambos poemarios están cronológicamente en los extremos. En el primer poema de Los heraldos negros, ese “en la puerta
del horno se nos quema” viene del refrán tantas veces usado por los santiaguinos,
yo no sé si más como una ausencia de certezas
o como una frustración tanto más
dolorosa cuanto más cercano se estaba de la meta. El último poema de España,
aparta de mí este cáliz aloja
ese “digo, es un decir” reiterativo, entre
otros decires de Santiago de Chuco, expresión que denota una posibilidad muy
alejada, una conjetura, casi una
necedad.
Marco Martos, en el poema LXV de Trilce que comienza con “Madre, me voy mañana a Santiago”, al
comentar el verso “¿no oyes tascar dianas?”
dice : Diana toque militar al romper el día, para que la tropa se
levante. De donde “tascar dianas” equivale a romper el tiempo (13). Diana era
en Santiago de Chuco una tonada especial con la que se recibía a los amigos.
“Tócale una diana”, “Échale una diana” eran expresiones con las que se “le daba
el pase” a los músicos que acompañaban a
la comitiva para iniciar el homenaje de bienvenida. También se tocaban dianas a
algunos personajes distinguidos como
parte de los honores de los que eran objeto.
En el repaso biográfico que hace José Miguel Oviedo dice que
“por el 1912 hizo el entonces largo y penoso viaje a Lima desde Trujillo que
quizás este evocado en el poema Los arrieros:
Arriero, vas fabulosamente vidriado de
sudor. / La hacienda Menocucho/ cobra mil sinsabores diarios por la vida” (14).En realidad Menocucho es un centro poblado del distrito del Laredo hasta donde
llegaba el ferrocarril en los tiempos de Vallejo; entonces los viajeros que
venían de la sierra a Trujillo o retornaban a sus pueblos de origen desde esta
ciudad costeña paraban allí.
Sin embargo, Antonio Melis citado por Jorge Díaz Herrera, es
cribe: Yo creo que puede ser un elemento útil conocer el contexto. Pero también
puede despistar. Una exageración de esto puede llevar a una crítica
contenidista, y a establecer una relación mecánica entre el contexto histórico
y la realización artística. Es útil pero no es suficiente. Lo que queda a lo
largo del tiempo es lo que no está estrictamente vinculado a su tiempo (15).
Pero en el caso de la poesía de Vallejo que tantas veces
torna al habla santiaguina, es un paso indispensable el conocerla. Díaz Herrera
cuenta que ese verso ¡Me friegan los
cóndores! tuvo tantas interpretaciones incluso aquella a mi entender
bastante torpe de que los le cóndores incomodaban al poeta porque no servían
para comerse; pero Natividad, la hermana de Vallejo le dio la clave: condor,
“condorazo” es la clase de tipo adinerado y prepotente que hace lo que quiere
en el pueblo (16). Y cuando comentó con la misma hermana del poeta sobre el verso aquel de confiar en el anteojo y no en el ojo, la santiaguina le dijo sencilla y sabiamente ¿Cómo
va Ud. a confiar en un ojo miope, pues señor? (17) Así, por lo
menos también ocupará un anaquel en los
andamios de interpretaciones y
discusiones levantados a propósito de esta “enigmática” línea de uno de los
textos de Poemas Humanos.
En una entrevista a Víctor Raúl Haya de la Torre realizada
por César Lévano y César Hildebradth, el fundador del APRA refiere: “A Vallejo se le achacaba
oscuridad y galimatías. Pero por ejemplo hay un poema que nosotros lo
conocemos mucho en su origen. Cuando
él dice: “Serpentínica u de
bizcochero engirafada al tímpano”. Eso
no tiene explicación posible, ¿no? Y por eso lo han atacado mucho.
Bueno, Vallejo vivía en unos balcones que hasta ahora están, de lo que llamaban
Hotel del Arco. Yo incluso he estudiado con él muchas veces allí. Ese balcón daba
a una calle San Martín, que era una calle entonces soleada, tranquila, a las
dos de la tarde. Había unos bizcocheros que llevaban sus cestas grandes y que
pregonaban su mercadería diciendo: “¡Bizcocheró-uuu!¡ Bizcocheró-uuu!”. Él era
muy goloso…Y entonces, fíjese Ud. cuando
él dice: “Serpentínica u de bizcochero engirafada en tímpano”, él estaba en el
balcón donde él vivía. Corría entonces a alcanzar a los bizcocheros, en cuanto
los escuchaba. Alguna vez yo le decía. “Oye, pero yo no entiendo eso” (18).
Muy similar es la versión que le alcanzó Orrego a Jorge Díaz
Herrera. Sólo cambia en el decir del bizcochero y en el nombre de hotel: “¡bizcuuuuuchos!”
y el hotel, “Carranza” (19).
En la interpretación de estos versos el contexto es
fundamental, y los testimonios de Haya y de Orrego dan luces también de algunos
de los sorprendentes recursos con los que trabajaba el inmenso Cholo.
Puede parecer una caricatura o broma de mal gusto pero en una
ocasión me llegó un fajo de postales con cuadros alusivos a la poesía del autor
de Los heraldos negros. Venían de un
país extranjero y medianamente culto.
Y en una de ellas que, al parecer,
intentaba ilustrar el poema A mi hermano Miguel había un hermoso “bípedo emplumado” y el poyo de la casa brillaba por su ausencia.
Es, por lo tanto, tarea prioritaria continuar abriendo la
trocha que ya han comenzado, entre otros, Francisco Izquierdo, César Ángeles, Carlos
Barbarán Urquizo , Danilo Sánchez Lihón , Javier Delgado Benítez , Jorge Díaz Herrera ,
Ramón Noriega Torero, Hermes Torres Pereda (en su Apuntes y documentos… identifica y estudia y hace seguimiento a varios personajes
vallejianos tales como al cura Santiago,
Santiago Elías Miñano; al ciego Santiago, el campanero Santiago Cribilleros; el
músico Méndez, Raúl Méndez Valderrama). Pero falta aún una pista asfaltada que
nos lleve lo más cercanamente posible al significado de esos decires
santiaguinos, que como cactus o árboles “extraños” se hallan esparcidos en Los heraldos
negros, Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. Ayudará mucho conocer el habla santiaguina para
leer a Vallejo, aunque al final, como
siempre sucede en poesía, el lector, tomando las palabras de poeta Bernardo
Rafael Álvarez, termine escuchando los alaridos de su propia canción.
Además de ser importante la tarea de estudiar el habla
santiaguina, es urgente por que los que hablaron la lengua de Vallejo, por razón
de los años, son cada vez menos. Y no
sólo por los años, también por la televisión y por el fenómeno de la globalización. Y los viejos santiaguinos facilitarían mucho
este estudio. Recordemos que la lengua no es estática y menos el habla y, con
seguridad, la de estos tiempos no es igual a aquella, de cuyas canteras, como
si se tratara de piedras preciosas, el
poeta sacó una y otra vez parte del material, para muchos enigmático, con el
que construyó su inconmesurable poesía.
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