sábado, julio 30, 2011

Sobre héroes y tumbas: Alfredo Torero y José María Arguedas


Por Nelson Manrique*

2011: Año del Primer Centenario de vida del amauta José María Arguedas

28 de enero, 2011.- Alfredo Torero es uno de los intelectuales peruanos de mayor valía del siglo XX y su contribución a la comprensión de la historia social andina es fundamental. Estudió derecho en San Marcos y lingüística en la Sorbona, en París. Decidió abordar la historia social andina utilizando la lengua como fuente histórica para entender procesos histórico-sociales fundamentales.

Reconstruir la historia social andina plantea un reto metodológico. Las sociedades andinas no desarrollaron una escritura que permitiera contar con documentos que narren su historia. De acuerdo con la concepción tradicional, según la cual la historia comienza con la escritura, las sociedades andinas precolombinas serían “prehistóricas”. Y, sin embargo, al momento de la conquista eran ampliamente superiores a Europa en varias ramas fundamentales, como la agricultura, la medicina, la organización política estatal, etc. Están en juego 3000 años de historia de las altas civilizaciones andinas. El aporte de Alfredo Torero para reconstruir esta historia es fundamental.

¿Cómo hacer una historia sin textos? Todo producto humano puede ser leído como un texto histórico. De esa manera se utilizan los ceramios, los textiles, las esculturas, las edificaciones, los restos funerarios, etc., como evidencias históricas que contienen una información valiosa.

La lengua, en tanto producto cultural, puede ser también usada como una fuente histórica; el problema es cómo utilizarla. La forma como Alfredo Torero lo hizo constituye el meollo de su aporte más perdurable. Utilizando la glotocronología léxico-estadística, un método que permite determinar si dos lenguas contemporáneas están emparentadas o no y, de estarlo, hace cuánto tiempo que se separaron del tronco lingüístico común, pudo reconstruir la historia de dos de los tres idiomas generales del Perú: el quechua y el puquina, determinando sus fases de dispersión, su proceso de dialectización y la emergencia de lenguas distintas, ininteligibles entre sí. Las implicaciones de este trabajo son trascendentales.

La expansión o contracción del área de dispersión lingüística de una lengua tiene una evidente correlación con la expansión o la contracción de la influencia de la sociedad que la habla, sea esta económica, social, política, cultural o religiosa.

El trabajo de Alfredo Torero permite pues tener una visión dinámica de la forma cómo las distintas sociedades andinas ocuparon el espacio de los Andes e impusieron su dominación sobre la naturaleza y sobre otros pueblos, sea por conquista militar, económica o religiosa. Correlacionando sus resultados con los de las investigaciones de Martha Hardmann sobre el aymara surge un conjunto de hipótesis revolucionarias que obligan a repensar todo lo que sabemos sobre la historia social precolombina, incluida la supuesta filiación quechua de los incas del Cusco. Torero comparó sus resultados con los testimonios de los cronistas de la conquista y echó luz sobre cuestiones desconcertantes, como el hecho de que cincuenta años después de la conquista la ciudad del Cusco fuera una isla de quechua en medio de un mar de pueblos aymara parlantes (tiempo después pude comprobar que también en Arequipa, y en particular en el Valle del Colca, el aymara seguía teniendo una muy fuerte presencia aún en el siglo XVII). Su trabajo ha sido singularmente fecundo, aunque por desgracia muchos de los que lo han utilizado no han reconocido su deuda intelectual con él.

José María

“¿Ha leído usted mi última novela?”. José María Arguedas se había detenido, volvió sobre sus pasos, y tímidamente me planteó esa pregunta. “No doctor, aún no”. “Entonces, me gustaría obsequiársela”. Nos dirigimos a su viejo Volswagen y sacó un ejemplar de Todas las sangres. “¿Cómo apellida?”, me preguntó. A continuación escribió muy serio: “Para el señor Nelson Manrique, con el aprecio de José María Arguedas”. Me entregó el libro, se despidió con esa su sonrisa única y se marchó a su oficina.

Yo estaba boquiabierto. Estaba en el Centro Federado de Ciencias Sociales en la Universidad Agraria cuando él asomó. No recuerdo a quien estaba buscando, pero yo estaba solo en el local. Tampoco recuerdo cómo se inició la conversación, aunque después supe que era muy fácil hablar con él. Empezó a conversar con tal simpatía que se me quitó la timidez y charlamos animadamente de muchas cosas de las cuales no guardo memoria. Le interesó saber si era provinciano y se animó aún más cuando le conté que era huancaíno. Por entonces yo ignoraba que él había vivido en Huancayo cuando estudió la secundaria. En algún momento le dije que estaba sorprendido de su incapacidad de sentir odio.

Esto le intrigó y me pregunto por qué. “Imagino que El Sexto es autobiográfico, doctor Arguedas”, le dije. “Sí, completamente –contestó-, ¿por qué?”. “Porque no se cómo después de haber vivido todo eso usted puede estar tan limpio de rencor”. “¡Qué alivio!”, me contestó con una gran sonrisa. “Pensé que se refería a otra cosa. Durante un tiempo fui director de la Casa de la Cultura y eso me trajo unos dolores de cabeza que usted no se imagina”. Sólo tiempo después supe de su primer intento de suicidio, en la Casa de la Cultura.

Corría junio de 1968 y José María Arguedas era ya una figura intelectual de primer orden. En la facultad lo veíamos a diario, yendo a clases, a su oficina, o buscando a sus dos grandes amigos, Manuel Moreno Jimeno y Alfredo Torero. Lo admiraba, como todos, pero esa era la primera vez que conversaba con él. Después de un rato terminamos la plática, nos despedimos y empezaba a irme cuando me llamó y me obsequió su novela autografiada. ¡Y era la primera vez (felizmente no la última) que conversamos!

Alfredo

Estaba en Piura cuando recibimos la noticia de que José María Arguedas se había pegado un tiro. Algunos estudiantes de la Agraria habíamos decidido dejar la universidad para irnos a trabajar con los campesinos, cuando la reforma agraria empezaba. La noticia nos dejó aturdidos. Estaba con Rosita Guerra cuando nos enteramos. Su primera reacción fue: “¡Cómo va a afectar esto a Alfredo Torero!”. Yo sabía que los dos eran muy buenos amigos pero ignoraba hasta qué punto Alfredo se sentía aislado, por razones ideológicas, en la universidad, y en qué medida ambos habían sido durante esos años un respaldo uno para el otro. Sólo años después, cuando nos hicimos amigos, supe cuán entrañable había sido la relación entre los dos. “El muy bandido se las arregló para hacerme recorrer el lugar donde iba intentar suicidarse, horas antes de hacerlo. ¡Dos veces!”, me contó Alfredo risueñamente un día. Después supe que Arguedas le había confiado los sobres con sus cartas póstumas, en la oficina donde un momento después se dispararía el balazo definitivo.

Siempre me sorprendió que nunca se tutearan, y que conservaran el formal trato de “usted”, pero creo que eso correspondía a la formación de José María Arguedas. Con Alfredo llegamos a tutearnos, a pesar de que nos separaba la edad; es evidente que se sentía cómodo con el trato en confianza, pero él entendía que para Arguedas era fundamental la cortesía serrana que había aprendido en su infancia.

Alfredo Torero es, con el mayor derecho, una de las personas a las que puedo llamar mi maestro. Curiosamente fue mi profesor apenas dos semanas, hasta que un receso universitario canceló definitivamente el curso de Introducción a la Lingüística que había empezado a enseñarnos. Pero, cuando decidí virar desde la sociología hacia la historia, él fue quien me guió en las lecturas imprescindibles. Fue el interlocutor con el que pude articular una visión del país que me sirvió para comenzar. Tuve la suerte de tener excelentes profesores, pero con el tiempo uno descubre que lo esencial se aprende de los maestros; aquellas personas que ejercen una influencia definitiva en nosotros.

Sobre héroes y tumbas

Alfredo Torero fue para mi generación un maestro de ciencia y de vida. Su honestidad, integridad y valor fueron la demostración práctica de que siempre se puede ser coherente con aquello en que uno cree, a pesar de lo difíciles que puedan llegar a ser las circunstancias. De una manera u otra siempre estuvo más bien solitario. No lo buscaba, pero tampoco le temía a la soledad. Afrontó los últimos años con la misma integridad con que vivió toda su vida.

Conversé por teléfono con él pocas semanas antes de su muerte. Sabía que su cáncer era terminal. Estaba solo en Holanda, desconocía el idioma y no sabía qué iba a ser de él, pero mantenía la entereza de siempre. Por fortuna, sus hermanas pudieron llevarlo a Valencia y murió acompañado de sus seres queridos, entre gente que hablaba su idioma. Con él murió su ilusión de poder retornar al Perú. Una deuda más que reclamarle al Perú oficial.

La vida tiene ironías y para mí una de ellas es que la muerte sea motivo para volver a asociar a José María y Alfredo. José María Arguedas empieza a tener el reconocimiento que merece, pero su cadáver no tiene descanso. En su “¿Último diario?” (el mismo que le confió a Alfredo y en que dejó testimonio de su cariño por él) dejó instrucciones muy detalladas sobre lo que quería que se hiciera con su cuerpo. Entre ellas no figura que se trasladaran sus restos.

Alfredo Torero murió solo, lejos del país que amaba y al que le dedicó todo su trabajo, desconocido para la mayoría de los peruanos, que ni siquiera tienen idea de la magnitud de la pérdida que significó su muerte para todos, y que ignoran la envergadura de su legado intelectual. Ojalá algún día se le brinde el homenaje de estudiarlo, de aprender de su inimitable magisterio. Que no sea su destino el que sus restos mortales se conviertan en un botín en disputa. Porque si no se trabaja por difundir y desarrollar sus ideas, los héroes culturales terminan siendo fetiches, útiles para las ceremonias oficiales, despojados de lo que los pone por encima de su terrena mortalidad: su rol de guías permanentes de sus colectividades.

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* Nelson Manrique es sociólogo e historiador. Nació en Huancayo. Estudió en la Universidad Agraria La Molina y obtuvo una maestría en la Universidad Católica del Perú, y un doctorado en Historia y Civilizaciones en la École de Hautes Etudes en Sciences Sociales de París. Además, se desempeña como profesor en varias universidades limeñas y es también periodista. Colabora regularmente con diarios y revistas con artículos y ensayos sobre sobre historia social, violencia política, nuevas tecnologías y la red global.

jueves, julio 14, 2011

Se busca un colibrí, de Samuel Cardich


Por Valentín Sánchez

Samuel Cardich escribe para olvidar el drama que es su vida. Es decir, escribe para ser feliz. Lo ha dicho el último viernes, en el ex paraninfo, que sigue siendo paraninfo con el añadido del ex, porque nadie lo llama museo regional Leoncio Prado Gutiérrez, que es el nombre que le pusieron hace unos años, cuando pensaban que iba ser museo y hasta ahora no lo es. Lo dijo también la otra vez, durante la Feria del Libro Huanuqueño, pero creo que pocos le prestaron atención. Salvo sus amigos, sus compañeros de escritura, con quienes se pelea cada cierto tiempo porque justamente se quieren. ¿Quién no se ha peleado con sus hermanos?

Samuel escribe para ser feliz y también para hacernos feliz. Para hacer feliz al niño, al sobrino, al hijo que corretea en casa, pero también al niño que todos, tú y yo, los jóvenes, adultos y ancianos de esta aldea que es Huánuco y el mundo, llevamos dentro, muy dentro, agazapado en un recóndito lugar de nuestra alma, a la espera de salir cuando sea propicio, o cuando lo propicie Samuel, con algunos de sus libros, sobre todo los últimos, que tiene la línea humanizadora de “Tres historias de amor”, un clásico de la literatura.

Es un placer, es pedagógico leer a Samuel. También escucharlo, sea en este auditorio o cuando nos tomábamos una cerveza, hace unos años en “El Reflejos” o en Carrión. Qué importa la gastritis si se trata de él, yo alumno él maestro. Un maestro en cuento y poesía. Es un placer escuchar a Samuel, como ahora, allá arriba, en el proscenio, cuando dice que los amigos exageran al hablar de sus libros, que Juan Giles, Luis Mozombite y Andrés Jara, que acaban de presentar esta noche su último libro, “Se busca un colibrí”, han exagerado. Pero Samuel, le digo yo con el pensamiento, sentado en la penúltima silla del auditorio, pero Samuel, no seas huevón, tus libros son buenazos, verdadera literatura, joyas estéticas, caracho.

Por eso a mi amigo Víctor, con quien salgo al tráfago de la calle, le sugiero que si va a regalar algo a sus sobrinos en esta Navidad, regale los libros de Samuel, sobre todo la colección Cuentos del Oidor: “El último petirrojo”, “La casa del guayacán”, “El retorno del jinete incógnito”, “La pequeña Anette” y “Se busca un colibrí”. El mejor regalo, sin duda, me dice mi interlocutor.

miércoles, julio 13, 2011

Ver la belleza no envejece: Juan Cristóbal, poeta


Bernardo Rafael Álvarez

Yo creo que los poetas somos, en realidad, malos lectores de poesía. Nuestra lectura suele ser medio perversa, por lo tendenciosa. Si nos colocamos en la posición del crítico, haremos –según el caso- una lectura excesivamente complaciente, o brutalmente inquisidora. Es que tratamos, casi siempre, de encontrar similitudes, coincidencias, analogías, puntos comunes, entre la poesía de los demás y la poesía nuestra, para, a partir de ello, llegar a afirmar que buena poesía es aquella que en alguna forma se identifica con la nuestra; mereciendo casi siempre valoración adversa aquella que camina por senderos diferentes. No es fácil para nosotros, pues, ser imparciales. Y yo, especialmente yo, soy pésimo lector y, por añadidura, injusto. No comprendo, por ello, qué razones pudo haber encontrado Juan Cristóbal para pedirme que, junto a una bella, inteligente y talentosa poeta, y a un consagrado narrador y maestro, yo esté aquí haciendo con ellos las veces de presentador de su poesía. Debe ser por su excesiva generosidad.

Juan Cristóbal, a quien leí por primera vez en la antología que publicó Alberto Escobar en 1973[1], es Licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su producción es nutrida; he aquí algunos títulos: El osario de los inocentes (1971); Desenterrando el amor (1972); Por las desconocidas sombras de los pueblos (1973); Difícil olvidar (1975); Estación de los desamparados (1978); Vivir es duro (1988); Poblando los silencios (1996); Los rostros ebrios de la noche (1998). Se ha hecho merecedor de importantes distinciones como -entre otras- el Premio Nacional de Poesía, en 1971; el Primer Premio en los Juegos Florales de San Marcos, en 1973; el Segundo Premio en el Concurso Poesía y Canto para El Salvador, en 1981, y el Tercer Premio Copé, en 1997.

En la antología a que me referí, Escobar afirma que la escritura de Juan Cristóbal “se alimenta de vivencias refraseadas por el soplo imaginario y por el recuerdo o la fábula ligados a la experiencia directa o de fuente literaria, en franca voluntad testimonial”. Luis Hernán Ramírez, en un bello y enjundioso ensayo que Alma Mater[2], la revista de San Marcos, publicara tras la muerte del intelectual y maestro moyobambino, ocurrida en 1996, expresa, enfáticamente, que es “poesía de la luz y los colores”. Es decir, pues, dos caracterizaciones puntuales de la poesía escrita por Juan Cristóbal: Voluntad testimonial en cuanto, digamos, al fondo, y en lo que se refiere al aspecto exterior, luminosidad y color.

Si nos detuviésemos a efectuar un inventario de las expresiones empleadas por nuestro poeta, corroboraríamos lo afirmado por Ramírez, es decir, que esta es “poesía de la luz y los colores”. Veamos una brevísima muestra: “Las cervezas azules”, “las colinas verdes”, “los peces rojos”, “cumpleaños dorado”, “el tiempo brilla”, “refulgen las viejas ortigas”, “las huellas del alba”, etc. Ahora, si nuestro propósito fuera comprobar la calidad o cualidad testimonial señalada por Escobar, bastaría con citar algunos de los bellos versos dedicados a su amigo, el poeta chileno Jorge Teillier: “En fin / mi querido amigo mi viejo rincón / habría mucho de qué hablar y eso seguramente nos llevaría a una taberna de nombre conocido / para soñar con los Parques Infantiles y con las mañanas y los tres en la lluvia…”

Hablar de luz y colores en poesía debiera tal vez tener un significado que se asocie, ciertamente, a celebración, a alegría. La poesía de Juan Cristóbal, sin embargo, no comunica eso. La luminosidad y el color en su poesía es más bien sinónimo de riqueza expresiva, de nutricia densidad idiomática, de fecunda imaginación poética, que aunque son conceptos exultantes, elevados, positivos, no implican necesariamente júbilo, regocijo, no se emparientan con el goce. Luis Hernán Ramírez no lo expresa, pero es probable que algo de eso haya percibido él en su lectura. En la poesía que Juan Cristóbal escribió después es prácticamente imposible encontrar muestras ello.

La riqueza expresiva persiste en sus últimos libros de poesía. No podemos negar, ello no obstante (al menos es lo que yo he visto) que hay una notoria opacidad en cuanto se refiere a la percepción que tiene del mundo que lo rodea, de la realidad: “Mis temores invadieron la penumbra de mis ojos”. No es arbitrario que haya elegido como títulos para sus dos hasta ahora últimos poemarios, “Hórridas mañanas” y “Kafka”[3]. Y, cosa curiosa, incluso las ingenuas ilustraciones que se muestran en la tapa de ambos volúmenes, que han sido hechas por una tierna niñita (Almendra, la nieta del poeta) son, no obstante lo abigarrado de su colorido, muestras del impacto terrible que ejerce el entorno cruel en que vive el poeta y que vivimos todos; es como si la autora de los dibujos, no obstante su corta edad, hubiese tenido plena conciencia de qué es lo que iba a ilustrar.

“Hórridas mañanas” es un título terrible. La mañana que es o debiera ser sinónimo de apertura hacia la luz, es presentada por Juan Cristóbal como algo que merecería en cierto modo rechazo (hórrido es horrendo, espantoso, monstruoso); en lugar de claridad, aquí nos anuncia sombras, en vez de dicha nos ofrece desazón. Nada más deplorable que comenzar el día sabiendo que lo que ha de encontrarse son horas que forzosa o forzadamente nos invitan a asistir a un espectáculo permanentemente nefasto, donde no hallaremos “sino el aire apestando a sal en el estiércol de los parques”, donde al despertarnos nos toparemos con “los colmillos desfigurados del recuerdo”. “Kafka”, aparentemente no tiene nada de espantoso como título, pero –igual- es demasiado expresivo, como para no darnos cuenta de lo que trae consigo: una alusión a la cotidiana y descabellada condena a que estamos sometidos en un juicio tortuoso y laberíntico y a las circunstancias deshumanizantes que nos envuelven y que tratan de convertirnos en insectos.

Conozco a Juan Cristóbal o, mejor dicho, creo conocerlo, y por ello estoy seguro o –vuelvo a caer en la duda- creo estar seguro, de que, a pesar de que él afirma que “poesía, existencia (o realidad) y vida son un hecho único e inseparable”, a mí me parece que entre él como persona (Juan Cristóbal o José Pardo del Arco –su nombre “de pila”-, como queramos llamarlo) y su poesía (me refiero a la última que ha escrito y publicado) existe una suerte de divorcio, de distanciamiento. El Juan Cristóbal que yo conozco es un hombre altamente sensible y fino; conversar con él es como asistir a una ceremonia en que se rinde culto a la paz y, diría sin exagerar, a la ternura. Su poesía, en cambio, es ruda, inconsiderada, crispada y me atrevería incluso a decir que es cruel. Es, en verdad, su otra voz, el canal alternativo a través del cual fluye, de modo distinto a lo cotidiano, su sinceridad. Esto que yo llamo tal vez imprudentemente “divorcio” no significa que la relación entre Juan y su poesía sea confrontacional; la relación confrontacional que -según confiesa- mantiene, es con el mundo que lo rodea, no con la poesía. Los libros que ahora se presentan son testimonio innegable de ello.

En la nota introductoria que aparece en el primer volumen (Hórridas mañanas), se afirma que estos poemarios corresponden a una “saga”. Creo que no es precisamente así, puesto que, según tengo entendido, la saga corresponde más precisamente a la prosa narrativa. Son sin embargo, y en esto sí estamos de acuerdo, obras efectivamente entrelazadas por el tema que “da origen a un universo poético”. Y este universo poético al que se refiere el poeta, está signado manifiestamente, como ya lo insinué, por el absurdo, pero también por el desencanto, y la desesperanza. Juan Cristóbal lo explica: dice que la escritura de esta poesía se llevó a cabo a partir de una interrogante que al mismo tiempo es -digo yo- una duda: “¿se puede amar al Perú a pesar de sus oscuridades y locuras?”; o, dicho de otro modo, ¿es admisible caer en el absurdo de sentir afecto por algo que nos hace daño? Y, aunque está seguro -y lo asume como respuesta- que en nuestro país “el desorden moral y la crueldad de sus instituciones es un absurdo banal, grosero y espeluznante”, creo firmemente que Juan Cristóbal es consciente de una cosa: que sí se puede amar al Perú. Amarlo a pesar del asco, la conmoción y el estremecimiento que este poeta sensible experimenta.

Es, pues, poesía inspirada en la experiencia medio infeliz de vivir en el Perú. No podemos negar, sin embargo, que es –como ocurre con toda buena poesía- un testimonio existencial que involucra a todos, que atañe a la realidad del mundo contemporáneo en su integridad y expresa el impacto que esa realidad genera en el alma humana.

Dije que era poesía terrible y me reafirmo en lo dicho. Aquí una muestra descarnada y asombrosa: “Veo escombros (…) palabras que desean decir algo…”. Destrucción más cruel que esto no puede haber: en que las palabras han perdido su esencia y se convierten en objetos vanos, anodinos, inútiles. Repito, dije que era terrible esta poesía. Es que es terrible la seguridad con que nuestro poeta asume sus verdades. Contra toda sospecha y contra todo pudor se atreve a decirnos dramáticamente y, diría, con una cruda y acaso justificada insolencia “que Dios es el asesino más grave de la historia”, yendo con esta inesperada imprecación mucho más allá de la certeza desconsolada que Vallejo expresara en “Los dados eternos”.

Me referí al principio a la definición –“poesía de la luz y los colores”- que Luis Hernán Ramírez había hecho de la poesía de Juan Cristóbal. Y agregué que lo que yo veía era prácticamente todo lo contrario; que había, más bien, opacidad. Pues eso que es lo que se advierte en la última producción de nuestro poeta. Veamos en el poema titulado “Kafka” estos primeros versos que son sumamente explícitos: “Opacos / angustiosos / viejos / Así son los años luz”.

El desencanto, la desesperanza, el absurdo, pudieran ser síntomas de hundimiento, de destrucción. Y, en alguna forma, parecería que esto es lo que quisiera decirnos el poeta: “recurrimos otra vez / a esta voz / estrangulada/ en las acequias/ como un tacho de basura/ surgiendo desde el fuego.” Tal vez la alusión manifiesta a Kafka, estaría diciéndonos que –como en alguna forma también lo sentimos nosotros- somos las víctimas de una suerte de condena sin sentido, los imputados inocentes en un proceso engorroso que se desplaza, repito, en los laberintos de una justicia demencial. Y que somos una humanidad que a duras penas sobrevive “como ala quebrada de cadáver”.

Pero, a despecho de lo que pudiera haber querido insinuar o expresar el poeta -lo digo rotundamente- la poesía de Juan Cristóbal no es destructiva ni menos autodestructiva. Porque la poesía, por sobre todas las cosas, es sinónimo de vida, de esperanza. Y porque la poesía de Juan Cristóbal también lo es. Pero nos sacude y nos sensibiliza. El desencanto, la desesperanza, el absurdo que la inspiran, no logran, no han logrado, no lograrán lastimarla: al contrario, la alimentan. Y alimentan, paradójicamente, al poeta. Por ello, a pesar de los años y las flaquezas en la salud, la vitalidad poética del autor de Horridas mañanas y Kafka se mantiene firme y felizmente fecunda. ¿Saben por qué? Porque, como muy bien lo dice él mismo en su “Arte poética”: “Ver la belleza no envejece”. Y eso, belleza, extraña belleza, es lo que encontramos en su poesía. Y eso nos hace bien, mucho bien. Y es suficiente.

Lima, julio del 2011.


[1] Alberto Escobar. Antología de la Poesía Peruana, Tomo II. Biblioteca Peruana PEISA, Lima, 1973.

[2] Alma Mater, Nº 15. UNMSM, Fondo Editorial. Lima, 1998.

[3] Hórridas mañanas y Kafka. Arteidea, Grupo editorial. Lima, octubre del 2010.

Facundo Cabral, la voz que no se acaba


Matar la voz es matar la humanidad

Galel Cárdenas
Alai Unión de Escritores y Artistas de Honduras

Facundo Cabral fue un hombre excepcional, sin parangón en su vida de compositor de piezas musicales y literarias de invaluable gozo estético. Portador de un pensamiento de solidaridad humana, de amor sin límite.

Ni siquiera es necesario ser un analfabeto para entender que el asesinato de Facundo Cabral, este queridísimo cantautor argentino, entraña de la poesía humanista más extraordinaria (junto a otras voces poéticas latinoamericanas) del continente, representa un salvajismo sin precedentes, sea del narcotráfico o no, una bestialidad del crimen organizado centroamericano, siempre de derecha, una estructura criminal convertida en juez omnipotente que declara muertes a lo largo y ancho del territorio más pobre de la América de Bolívar, Morazán, Sucre o San Martín.

Nacido en el 37 de un siglo donde la bomba atómica destruyó vidas inocentes como si fueran plaga de insectos asquerosos, donde las guerras mundiales exterminaron millones de seres humanos arrancados de su tierra y de sus familias como animales destinados a la carnicería que satisfacía el instinto bestial depredador.

Nacido allá en una lejana ciudad denominada La Plata, en Argentina, un 22 de mayo de 1937, lejana para nosotros hombres, mujeres y niños oriundos de la Mesoamérica donde se inventó el calendario de mayor precisión astronómica.

Facundo Cabral fue un hombre nacido de la entraña del pueblo pobre y marginado que abunda neciamente en todos los rincones de la América de Rubén Darío, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Roberto Sosa, Roque Dalton.

Una nota de tragedia humana establecía que Facundo fue mudo hasta los 9 años, analfabeto hasta los 14, enviudó a los 40 años y sólo conoció a su padre hasta los 46 años.

Alguien le dijo a Facundo Cabral que Juan Domingo Perón y Evita protegían a los pobres, y entonces se lanzó viajar transportado por personas, de auto en auto, hasta que, llegando a Buenos Aires, un vendedor le indicó la dirección de la Casa Rosada donde residía el mandatario que aún todavía pervive en la simpatía de un pueblo lleno de vitalidad, Música, literatura, ciencia y amor por el mundo terráqueo.

Allí burlando la seguridad correspondiente, se coló hasta el lugar donde se encontraban estos dos mitos de la política latinoamericana, Juan Domingo y Eva, con ellos conversó a la edad de 15 años. Ellos le proporcionaron un empleo a su madre. Tuvo una vida infantil marginal y fue encerrado en la cárcel donde un sacerdote de nombre Simón le enseñó a leer y escribir, además le mostró los caminos infinitos de la literatura. Y así pasó la primaria y la secundaria en tres años.

Facundo Cabral es así un canta autor que nace precisamente allí en donde el pan es una utopía cotidiana, el techo un sueño irredento, la dignidad humana un cauce perdido.

Y cuando en Honduras vivíamos uno de los acontecimientos más extraordinarios de las masas obreras, la huelga de 1954, dice Facundo Cabral que un 24 de febrero de este año, un vagabundo le recitó el sermón de la montaña y entonces descubrió el artista que nacía, así que escribió una canción de cuna que denominó “Vuele bajo”, Con ello comenzó una vida trascendental que recorrería toda la América y el mundo.

Y después se encontró con Atahualpa Yupanqui y José Larralde, otros músicos que le mostraron el camino del folklore y de la Música del hombre de carne y hueso, que fundamentalmente en América sufre arrancando a la pobreza los jirones de la vida.

Hacia 1970 escribió su canción insignia “No soy de aquí ni soy de allá” y se encontró con otro gigante del arte musical que construye el temblor de la humanidad en una voz donde el humanismo parece cauce cristalino: Alberto Cortez.

Sus modelos axiológicos Jesús, Gandhi, Teresa de Calcuta pervivían en cada letra y composición musical.

Y como siempre sucede con los artistas rebeldes ante el sistema del capitalismo salvaje y del fascismo ultramontano, tuvo que salir al exilio ante los embates de la dictadura Argentina entre 1976 y 1983.

Entonces viajó a toda parte donde su música y sus letra literaria fueran escuchadas para interrogarnos sobre el decurso del género humano en su lucha contra la injusticia, contra lo oprobioso, pero esencialmente, en una lucha por expresar la honda esencia del hombre que busca en el espíritu la realización de sus grandes utopías sociales.

Reconocido en su patria, plena de encuentros con la humanidad que no descansa en ser una, siempre en búsqueda de lo inefablemente solidario, fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, mérito por el cual votó unánimemente la legislatura porteña en reconocimiento a su calidad de mensajero de la paz y unidad de los pueblos del mundo. Es por ello que, tras su inmensa trayectoria musical y literaria de índole universal, la UNESCO lo declaró “Mensajero mundial de la Paz en 1996”.

Y así fue de escenario en escenario entregando su letra y su Música como se entrega en cada país, en cada multitud, en cada escucha colectivo e individual, un poro de la piel de vasto humanismo melódico y estético.

Así que el 5 de julio, de este año pleno de paradojas mundiales, llega a Guatemala, la patria de Miguel Angel Asturias, premio nobel de literatura en 1967, del poeta surrealista Luis Cardoza y Aragón, del fabulista Augusto Monterroso, premio Príncipe de Asturias en el año 2000 o del extraordinario dramaturgo Carlos Solórzano, llega a la patria mesoamericana de la eterna primavera, la antigua Capitanía General, donde toda la sensibilidad artística de vanguardia lo recibe con admiración y amor imponderable.

Así declara en el Expocenter del Grand Tikal Futura hotel, la siguiente frase: “Ya le di gracias a ustedes, las daré en Quezaltenango y después que sea lo que Dios quiera, porque Él sabe lo que hace”.

El 9 de julio rumbo al aeropuerto internacional La Aurora, es asesinado por sicarios que se conducían en tres vehículos del crimen organizado, según fuentes gubernamentales.

Allí entre la confusión y la violencia muere, a la edad de 74 años, el 9 de julio, alcanzado por las balas del crimen que atenta en todo lugar y en todo tiempo contra la humanidad misma, el compositor amado por Latinoamérica, el indescriptible y único Facundo Cabral, el conversador y monologante del escenario, filósofo de lo que Joyce denominaba epifanías o revelaciones repentinas de verdades profundas pero intensamente cotidianas.

Hoy lloramos en la América insurrecta su ausencia corporal definitiva, pero le damos la bienvenida ahora en este parnaso de americanos sin parangón, lo respetamos, admiramos y veneramos como una voz de las tantas extraordinarias que en el arte, nuestro continente ha producido, a veces entre la sangre, la violencia y el amor por la vida que se construye día a día, entre la oscura y sorda lucha contra la injusticia que el sistema político capitalista explotador nos ha impuesto y del cual nos liberamos poco a poco en el frente de batalla donde el dolor es restañado cotidianamente por voces como la de Facundo Cabral, cantautor de las epifanías contemporáneas de Nuestra América.