miércoles, noviembre 30, 2011

Psicojocydelia - mundo de libertad


Escribe Jocy Terrazas / Cusco


tajos

miras con morbo tus muñecas tajadas,
ves como poco a poco van emanando sangre,
sangre que brota como gelatina roja
llena de pigmento
llena de sabor
sabes que mas tarde te sentirás terrible
que desearas borrarlas
y sentirás que o vales nada
pero no importa
no es como si ahora sintieras que vales algo
tal vez solo deseas sentir que aun estas bien
qu aun estas viva
no sientes dolor
mientras pasas la navaja encima de tu dermis
no sientes remordimiento
solo la pasas una y otra vez
y una vez mas
en direcciones opuestas
buscándole un opulento sentido a tu vida
buscando tal vez que coja tu manos
y jugando con tus pulseras encuentre tus heridas
y te diga
que mierda haces
y te quiera mucho mas de lo que quiso a la anterior
y a la anterior a ella....
tal vez para tener una excusa
o porque en el fondo deseas que uno de estos días se te pase la mano
y el corte sea tan profundo que no deje de sangrar
deseas sentir que importas
deseas sentir que eres especial
caes otra vez en ese circulo vicioso
olvidas lo que eres
y todo lo que estas dejando atrás
te destruyes
no escuchas nada, ni siquiera tu voz cuando hablas
no puedes hacer nada bien
te rechazan
siempre ter rechazan...
tu arte, tu música, todo lo que alguna vez creaste y defendiste
no vale nada
ni tu corazón
a veces todavía piensas que no lo tienes
que lo perdiste
o que ese cojudo se lo llevo
y lo dejo ahí estrujado
helándose en la lluvia
y murió
a veces todavía pierdes toda la esperanza
regresas a ser una nada
y a nadie le importa
y eso es todo no?



irme irme irme

su poesía me pone a sus pies
como si ya nada fuera lo que debe ser
y yo aquí buscandome un sitio
en este mundo
en esta sopa llena de acertijos
que las cosas dejen de ser ideas
y que mis sueños salgan de mi sucio colchón
que mi caminata sea mas intensa
y que las laguna dejen de rondar mi habitación

quisiera comprarles un maldito apartamento
con cocina baño y sexo en las noches para no sentir dolor
con compañía
sola
muerta y viva
llegar muy lejos
sin sentir que vendí mi corazón

como esta ahora

es una cárcel
pero tengo una inspiración
aprendí a no aferrarme
a no estresarme en el colchón
pero quiero dormir sin tener miedo a ese teléfono
quiero irme
y vivir
correr detrás de mis sueños

quiero amanecer en una cama que sea mía
no desayunar
conversar hasta tarde con quien quiera oirla
la historia
la canción


quiero ser yo
seguirme a yo
y dormir y despertar bajo la ley de yo

no me interesa gustarles pero les voy a gustar
cuando ya no se me haga tarde

y pueda sentarme una vez mas a fumar

despertar
en donde quiera hacerlo
se que no sera facil pero ya no tengo miedo

y lo buscare buscare ese sueño
viajar y ser libre
encontrarle un sentido a este hueco
a esta vida
a MI vida





un domingo en la tarde sentada en tu cama escribiendo en tu laptop mientras traajas en cosas en las que no te puedo ayudar

hoy es uno de esos dias en los que las cosas con sentido parecen carecer de el
hoy es un dia donde escuchar tu voz en off me vuelve obseciiva, cansada y triste,
cuando el tragaluz alumbra mis piernas y se pone a jugar al revez
de mi sed
mi sed de existir y de estar hecha nada sentada en nada
ni vivir
cuanod las mañanas parecian estar escritas en tinta amarilla clara

hoy solo es domingo y el aburrimiento de mi tolerancia esta llegando mas alla de los limites permitidos
hoy solo es domingo
cocinamos algo
tragamos
dormi
te olvidaste de que estaba aqui
fue mi corona narcissta y vaga
saber que no se nada sobre cosas una vida plena y cara

en casa esto no estaria nada bien
y yo aqui amarrada a una idea que no me deja dormir bien
es miedo
es inseguridad
es estar harta
no es nada mas




yo soy propensa a los delirios
soy propensa a las abstracciones alcoholicas
soy propensa a tener celos de lo que no es mio

y aunque se que no eres mio
tengo celos cuando te escucho halar
cuando miro mis costras ocultas y pienso en todas las cosas que en mi no vas a encontrar
pero que tal vez las encontraste
las buscaste en ellas
yo solo creo que llegue tarde
lo suficiente como para que competir fuera solo una utopia que no existe en mi realidad



pero aca estoy
sentada en tu viejo colchon
escribiendo otro poema que tal vez nadie nunca leera
me callo
es mas facil no decirles nada
que abrir la boca
y quedar como una tonta
como una cabeza sucia que hoy no se baño


pero aca estoy no?
bajo es tragaluz
una vez mas escuchando tu voz en off
que se alternan con tus pasos furtivos
con tus delirios sin color

no dormire
mis ojos te pediran menos
pero vivire
no tengo de otra

aqui me traeron contra mi voluntad
no pedi respirar
no pedi insultar

pero aca estoy ........................

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Jocelyne Terrazas ( Jocy). Nací un 11 de julio en una de esas madrugadas que no puedo recordar, de niña dibujaba por mero gusto y bueno, en parte también por que veía a mi padre en eso, siempre me gustó escribir, pero lo hago en serio desde los 14 años gracias a una depresión adolescente, y algunas cosillas más, actualmente estudio arte aunque prefiero decir que lo hago por mi cuenta y preparó mi primera exposición individual, me dedico a fusionar mis poemas con melodías de mi guitarra y así crear algunas canciones y presentarlas donde me llaman a cantar, y por falta de presupuesto, publico mis catarsis en algunos blogs productos de mi tiempo libre.

lunes, noviembre 28, 2011

Miuler Vásquez: 'El Árbol' y el deseo de originalidad narrativa


Pedro Manay Sáenz / Chiclayo

Osado e inteligente resulta el planteamiento narrativo de la novela (¿o antinovela?) “El árbol”, del novelista (¿o antinovelista?) Miuler Vásquez González (San Martín, 1982). Si se dice que no debemos perder la capacidad de asombro de la niñez, también habría que decirse que debemos conservar, siempre, la capacidad de experimentación en la creación literaria. Esto último nos lo recuerda, con bizarra decisión, Miuler Vásquez. Hace poco, leí que el autor atento con su lector no le ahorra trabajo. La novela “El árbol” parece adherirse a esta exigente idea. Conversando con Gilbert Delgado (quien obrará de comentarista en mesa en la presentación de “El árbol” en Chiclayo, el 18 de febrero), brotaba la pregunta: ¿se trata de un libro hecho para el lector común o para el estudio especializado? La verdad, yo, hasta este momento, no tengo la respuesta. Talvez, se anime a aclararlo Miuler el 18 de febrero. Su breve nota biográfica indica que, desde hace algunos años, es ingeniero agrónomo; pero, sobre todo, y “desde siempre, ha vivido para la literatura”. Es cierto. Su libro revela largos años de brega en la “bendita manía de narrar”. “El árbol” constituye, a nuestro parecer, un audaz experimento narrativo que nos recuerda la infinidad de posibilidades de la creación literaria y la capacidad desautomatizadora de la Literatura , siempre abierta a nuevas posibilidades.

Alucinación y ambigüedad parecen ser dos rasgos importantes que debemos precisar desde el principio en esta novela. Parte de la audacia del autor consiste, por ejemplo, en demostrar que no hace falta especificar nombres de personajes ni de lugares para construir un relato (en la pág. 92, expresará el fundamento: “porque eso de poner nombres es de humanos poco creativos” -por supuesto, una aseveración personalísima del autor). Miuler asume como desafío literario -síntoma de su encomiable obsesión por lo radicalmente original-: “escribir un relato que nadie pueda resumirlo, extenso, con marcadas variaciones en cada párrafo y sin basarse en los métodos convencionales que el conjunto de los escritores que pueblan la tierra suelen usar” (pág. 56). En este punto, es necesario ordenar nuestro comentario tratando de establecer algunos apartados en función de los hallazgos realizados.

1) Propuesta de una novela distinta: Que se sustenta en el alejamiento de las características convencionales (de la mayoría de las novelas, al menos). Así, se observa: la ausencia de párrafos, el no uso de nombres de personajes ni de lugares; tampoco hay uso de guión mayor de diálogo; se tiene un epílogo que no aparece, precisamente, al final; y se observan las acotaciones en cursiva del narrador omnisciente. Miuler aboga por una creación libérrima, distinta. Leamos a su entusiasmado personaje cuando proclama la creación de un relato “muy meritorio, sin barreras de la índole que fuese, único en su género, capaz de captar la atención de los lectores desde la primera palabra. Eso es lo que percibo, y créeme, lo está logrando” (pág. 56). Es en esa perspectiva que se produce una especie de desdoblamiento del autor y establece una permanente vigilancia de la dicción y la actuación de sus personajes (que, a ratos, adquieren vida propia y se permiten enjuiciarlo también a él). Todo debe apuntar hacia la originalidad total, puesto que hay un rechazo al novelista en el sentido tradicional: “(…) un escritor del tipo… ¿novelista? ¡No lo quiera la humanidad! Tampoco le permitiré -dice el innominado personaje- semejante abominación, de ningún modo, primero me extermino junto a él y exploto, o más fácil: le pego un tiro y silencio sus dedos. Sí, eso haría, y no es una ostentación ni osadía. Lo digo en serio, ¡entiéndeme!, ¿si tú fueras yo, le dejarías que fuese un vulgar novelista? (pág. 56). Hay, en M. Vásquez, la obsesión por diferenciarse, por plantear algo verdaderamente nuevo. Quiere ser innovador radical. No quiere que lo encasillen; mucho menos que lo incluyan en las taxonomías literarias convencionales. “Ésta no es una novela, ni un monólogo, ni nada que se parezca a algún género literario” (pág. 57). Lo que reitera la necesidad urgente en M. Vásquez de romper esquemas, de renovar (característico rasgo de todo artista -incluso científico- joven, como bien lo explica Scott Thorpe, en su libro “Cómo pensar como Einstein”).

2) Seguimiento del relato: La presencia vasta e insólita del árbol marca grandes tramos del libro. Difícil sintetizar su naturaleza y los hechos acaecidos en función a él. Señálese, al menos, que el árbol era una inmensa casa donde todo objeto era de madera, a excepción de la chapa de la puerta. Pero, el árbol pasó por una metamorfosis que, a nivel de relato, adquiere una perspectiva mágico-realista: el árbol iba a ser cortado; pero, el hombre que lo regaba lloró tanto que, el árbol, conmovido por eso, y luego de cierta conversación misteriosa, amaneció convertido en un grande y hermoso castillo de madera. Pero, es necesario preguntarnos, ¿qué tipo de persona es el gran enunciador del relato, el personaje narrador? Tal es una de las ambigüedades del libro. Una hipótesis sería afirmar que el narrador de todas las cosas insólitas y hasta inverosímiles que se presentan es un hombre alucinado. De su mente febril y seguramente maníaca surge una frondosidad de sucesos, de imágenes, de planteamientos hasta filosóficos sobre una variedad de temas esenciales. Parece un Quijote en delirio, un largo túnel onírico, con tramos incluso estrambóticos; pero que no deja de tener un sentido estético sorprendente. El interlocutor es un amigo siempre receptivo, nunca emisor. Al final, luego que el personal médico sube a la camilla al absorbente narrador, se revela que el tal “amigo” sólo es “un muñeco mugroso y cochino” (pág.115). Y queda más claro que nunca que el protagonista es un paciente psiquiátrico y nos obliga a repensar todo lo leído, y a suponer cuánta mezcla de verdad y de ficción -dentro de la misma ficción narrativa- hay en todo lo anterior; nos obliga a preguntarnos: ¿y los reyes?, ¿qué simbolizan los reyes? ¿Serán distintos yoes o máscaras de alguien? ¿Y la reina infiel?: ¿no es, quizá, una alegoría de su propia esposa? Si el objetivo de M. Vásquez ha sido complicarle la vida al lector, creo que lo ha logrado. Y es que, conforme uno va leyendo, casi automáticamente, van surgiendo las preguntas. Terreno ambiguo. Y, cuando crees tener algunas certezas de lo ya leído, el final te vuelve a mover el piso y caes, otra vez, en la incertidumbre. ¿Volver a leer el texto? Si se quiere dilucidar bien las cosas, habría que hacerlo. En todo caso, tarea para el análisis profundo y deductivo de “El árbol”. Lo nuestro es apenas un comentario.

M. Vásquez muestra una visión personal y distinta de las cosas, casi desde la maravillosa óptica del pensamiento infantil. Por ejemplo, cuando leemos: “Bello era el paisaje (…), no el sol. A propósito, el sol parecía una fruta ácida y podrida sometida a mucho calor” (pág. 18). Puede decirse que, en este singular relato, hay incluso algo de la perspicaz ingenuidad (si se me permite la paradoja) del principito de A. de Saint-Exupéry: “¿Me preguntas siquiera por el cabello del Rey, si es oscuro o castaño, escaso o abundante?” (pág. 18). El desbordado relato del extravagante narrador introduce eficazmente al lector en el extraño y sutil universo arbóreo concebido por M. Vásquez. No es exagerado afirmar que, en “El árbol”, se siente, a ratos, un aire garcíamarquesiano, el que corre en “Cien años de soledad”. Tres pequeñas muestras. La primera, cuando habla del primer Rey; escena notable, talentosa, macondina:

“Lidiando con la realidad, conquistó muchas ilusiones, se adhirió a ellas y su cuerpo experimentó cambios que no pudo descifrarlos más que por un leve período; entonces, a pesar de encontrarse con su malsana identidad, reflexionó y no quiso perderse en ese mundo insano que le rodeaba, aunque supo de antemano que no podía cambiar el rumbo del destino, así le daban a entender los grilletes que aprisionaban sus extremidades, también las cadenas, la andrajosa ropa que traía puesta, el excremento nauseabundo y la comida maloliente que nadaba en charcos de vómito. Sabía que iba a morir ahí. Efectivamente, hasta ese momento nadie se había atrevido a separarlo de aquella propiedad con dueño desconocido .Fue en ese periodo precoz de sabia existencia, que el Rey perdió el control por completo, se tambaleó mil veces, oyó las palpitaciones más que nunca y, esquizofrénico, rabioso, mordió las cadenas, se golpeó contra el piso y arrancó cuanto cabello encontró en su cabeza, se desgarró la piel, se mordió los brazos y exclamó con furia que no era humano” (pág. 19-20).

Esta segunda muestra, nos hace evocar la peste del olvido (en la misma obra de García Márquez). También se refiere al primer Rey:
“¿Qué en qué momento había llegado a tal extremo? No lo sabía porque había perdido sus recuerdos” (pág. 20).

Y la tercera muestra nos recuerda a los varios personajes Buendía, que pueden confundir al lector (y que ha sido motivo de esforzadas genealogías). Cito:

“Bueno, se me ocurre, para evitar confusiones con los reyes postreros, llamar al Rey que quiso apropiarse del árbol y murió dentro de él, el Primer Rey; al siguiente, el Segundo Rey, y así seguiré. ¿Estás de acuerdo, amigo? Bien. La estirpe del Segundo Rey era numerosa” (pág. 26).

Una escena importante refiere acerca de la infidelidad de la reina (tema crucial y clave en toda la novela -la infidelidad conyugal-, ¿posible causa o detonante de la demencia del protagonista?). La poliandría de la reina acongoja al príncipe cuya psicología, en tal circunstancia, tiene algo de Hamlet y de Segismundo. A la muerte del primer Rey, el príncipe asume el mando con actitud insospechada.

Puede decirse, en este tramo, que parte del atractivo y magia de este atípico relato se sustenta en una doble perspectiva del narrador: la del adulto analítico y culto, y la del niño silvestre y fabulador.

En las páginas 21 y 22, el tema de las emociones y la sensibilidad (otro tema esencial en “El árbol”, que nos induce a afirmar que estamos ante una novela psicológica) comienza a adquirir gran importancia. Luego, vendrán muchas más alusiones al tema. Una de ellas se refiere a las escenas del niño en su relación conflictiva con el padrastro y con el medio hermano que, al principio, no acepta ni quiere. Después, la escena de la burla que hacen los policías del mismo personaje ya casi adolescente. Es decir que el plano emocional, en esta novela, tiene un valor fundamental, lo que permitiría un análisis psicológico del texto.

Luego de la muerte del primer Rey, la reina ya no fue la misma mujer de antes, talvez agobiada por la culpabilidad, y -por el contrario-, en el príncipe, aparecieron deseos de grandeza. En esta parte, M. Vásquez desliza el tema del poder: “Sin duda, el poder era más fuerte que todos los sentimientos dirigidos, ella lo sabía” (pág. 23).

Por otro lado, hay que decir que M. Vásquez logra la creación de ambientes oníricos fantasmales y despliega impactantes descripciones que parecieran extraídas de los filmes “Más allá de los sueños” y “Ghost”. A ratos, se condensan acciones y sucesos insólitos, que refuerzan nuestra idea de semejanza con el espacio novelesco macondino. Breves ejemplos: “(…) este paisaje que, a cada segundo, se volvía más macabro”. “Traía una joroba muy grande y reía a voces llenas” (pág. 35). “Su cuerpo contaba con cicatrices de centenares de amores, todos muy malos, amantes que la usaron y la dejaron olvidada” (pág. 36). A esto mismo, talvez abonen también las páginas 41 a 44, donde el autor extiende una original ficción creacionista.

En las págs. 47 y 48, ocurre uno de los hechos más intensos: el enfrentamiento del 4to. Rey (que aparece como un ser extraño e intimidante) contra un asustado grupo de gente. Leamos un fragmento:
“(…) un rayo fulminante de locuacidad le hizo resplandecer aún más y, excitado ante su claro proceder, se detuvo y quiso hablarles; pero su voz no se anunció conforme, por el contrario, sonó a graznidos incoherentes. Volvió a intentarlo, les hizo señas con las manos tratando de explicarles que buscaba un árbol, insistió en su cometido, cantó como sabía para agradarles y, en vano se esforzó. Los rostros le miraban con temor, anonadados, no fuera que se le ocurriese matarlos a todos, incluyendo a los niños. Podría ser, qué no veían que no era humano, qué no se daban cuenta de que quizá, esa cosa de enfrente representaba un castigo por lo mal que se portaban… “¡Tonterías!”, apagó una voz los comentarios, “¡matémoslo!”… ¿Qué si lo mataron? No habrían podido aun si todas las manos presentes le hubiesen asestado golpes al unísono, sólo que eso no llegó a suceder sino que, estando el Cuarto Rey acechado por hombres embravecidos y armados con palos, consciente de que trataba con seres inferiores, huyó a toda prisa, con rumbo ascendente, en dirección hacia la frondosidad más tupida y el monte más alto. Avanzó abriéndose paso con su propia luz, derribando en su andar la maleza y árboles menores, sin herirse con las espinas, sin cansarse. Su fuerza era mucha, (…)”.

El enfrentamiento entre el 4to. Rey y la muchedumbre nos lleva al tema de la oposición realidad extraña vs. realidad común, lo monstruoso vs. lo humano. Conmovedor resulta imaginar al ser diferente, poderoso, esforzándose por congraciarse con los humanos; empero, éstos no resisten la diferencia. Y lo rechazan. Y pretenden eliminarlo. ¿Alegoría, en el mundo del arte, a la obra distinta? ¿No es la masa la miopía de los críticos que no alcanzan a reconocer el valor de una obra entrañablemente nueva como sucedió con la poesía de Vallejo? Podría decirse, igualmente, que el 4to. Rey parece un símbolo del artista. En todo caso, análoga situación con la de otros seres extraños y despreciados en la ficción literaria como Quasimodo, Hans el Erizo, el Minotauro (que Cortázar se encarga de reivindicar) o, en el cine reciente, el ogro Shrek.

Resulta un poco extraño -en cuanto se manifiesta una reiterada visión pesimista acerca de la humanidad- encontrar en el mundo arbóreo de M. Vásquez una visión favorable de la esperanza, como si fuera una fuerza mágica. Dos citas al respecto: “De no ser por la esperanza que ardía en sus venas (que le había dotado de fuerzas desproporcionadas) habría muerto ahí mismo, de hambre o de sed” (pág. 49). “(…) este Rey, siguió con vida, porque resplandecía de esperanza, porque su sangre llevaba ese fuego vivificador” (pág. 53).

Asimismo, es significativo el hecho de que este 4to. Rey, de atacar a un ser humano (ganas no le faltaban, dice el narrador), “se contaminaría de por vida”. En cambio, consideraba a los animales como algo sagrado, aunque, cuando lo decidía, podía eliminarlos; eso sí, con el menor sufrimiento posible. Su rechazo a los humanos es tan fuerte que expresa: “Nunca más cerca de ellos”; y mantiene su decisión de vivir: “lejos de toda civilización, a expensas del ancho y majestuoso peligro” (pág. 50).

De cuando en cuando, el narrador omnisciente indica que se escuchan, amenazadoras, las sirenas policiales. Al final, sabremos que se trata, más bien, de la sirena de una ambulancia.

El protagonista, reiteradamente, indica su rechazo al sentimentalismo y su defensa de la sinceridad. “Sin pena, nosotros no somos como esa otra mitad con corazón que está del otro lado. No nos parecemos a ella que finge, que vierte comentarios benéficos para llevarse bien con los demás”. Y es que el protagonista aboga por la sinceridad a fondo, la de los niños y los locos (lo que se corresponde, obviamente, con la condición del personaje). Sinceridad que extiende al ámbito literario: “(…) te lo diré sin mediar las consecuencias, dice “me pareció tierna tu historia” encontrándola ridícula. Sí, amigo, así es como vive -esa otra mitad con corazón-, fingiendo. Y cuando le vuelve a ver, de nuevo: “he leído todos tus cuentos y cada uno me parece excepcional”. Así le dice” (pág. 51).

Se encuentra, poco después, una alusión a la Totalidad o a lo que se denomina Campo Unificado: “Todo, absolutamente todo, está relacionado entre sí” (pág. 51). Como también alude a la lucha interior entre razón y pasión (que pocos como el sabio-poeta libanés Gibrán han resuelto muy bien, poética y filosóficamente, al menos). Hay, incluso, una breve, pero no menos importante referencia a la meditación.

Poco más adelante, aparece una interesante reflexión metafísica acerca de la vida y la muerte (pág. 53). “Vivir, morir, soñar: ¿dónde estaba la diferencia?”. Y otra vez, la evocación a Hamlet. Y, asimismo, la contradicción entre artista y hombres comunes (u hombres no artistas, en todo caso).

El 4to. Rey aparece como un lobo estepario hessiano. Encontró su árbol anhelado (¿en sueños?); pero, no le bastó: “¡Seguir, encontrar otras cimas, perderse en las montañas! (pág. 55).

Conforme avanza el relato, van brotando mayores evidencias de la anormalidad del protagonista. Repentinamente -como psique bipolar-, se siente pleno de entusiasmo, de euforia y plenitud de facultades: “El talento me abruma. En este estado de excitación tan fascinante que me encuentro, podría volver a entregarme a la justicia y disfrutarlo. Sí que lo haría; pero no temas -le dice a su enmudecido amigo, que ya sabemos que es un simple muñeco-, no lo haré jamás: prefiero estar cerca de ti” (pág. 58). Se ha de inferir, con los datos posteriores, que la tal justicia no es otra cosa que el hospital psiquiátrico y que las sirenas corresponden a la ambulancia. Sorprendente -y hasta cierto punto, enigmático- resulta el nivel de profundidad que logra M. Vásquez para recrear la mente perturbada de su personaje. Pareciera que su profesión no fuera la Agronomía ; sino, más bien, la Psiquiatría.

Se reitera que, a lo largo del relato, se muestra una relación casi conflictiva, insólita, entre autor y personaje. Éste parece resistirse, heroicamente, a ser un simple monigote manipulable, sin albedrío.

A veces, el relato adquiere la surrealista atmósfera de la película “Alicia en el país de las maravillas”, recordándonos la excéntrica psicología del Sombrerero, en la genial interpretación de Johnny Depp. ¿Es “El árbol” un elogio de la locura? En todo caso, sería también, una apología de lo diferente. En ese sentido, el narrador afirma categóricamente: “(…) sin imaginar que en esos “Locos” hay felicidad y encanto. En ellos, déjame decirte, no hay preocupaciones; en ellos, el dolor es un escape experimental, dulce, agradable…” (pág. 61).

Otro aspecto importante es la oposición mundo real/ mundo imaginado y humanidad/personajes literarios: “Me estoy refiriendo, evidentemente, a los que pueblan el otro lado de estas páginas. Nosotros, por el hecho de estar aquí adentro, estamos excluidos” (pág. 61).

Una pregunta que dejamos para los lectores, y para nosotros mismos, es ésta: ¿Qué representa el árbol, finalmente? ¿Es el cuerpo? : “No hay más que decir; nuestro árbol ha sido regado. Es uno grande, privado, infinito y absurdo, de esos que llevamos con nosotros a todas partes. Hay reyes dentro de él, espacios de maldad diseminada, corazones…” (pág. 63). ¿Y los 4 reyes? ¿Acaso son 4 yoes? ¿Nuestro alucinado actante es un hombre con personalidades múltiples? Téngase en cuenta, por ejemplo, que el 4to. Rey era el favorito del protagonista del relato, quien llega a decir: “Se parecía mucho a mí”. Era “bien parecido, luminoso, inteligente, prudente, soñador, grande en perspicacia, sensible a la naturaleza, fuerte… Era como yo, no hay duda de eso” (pág. 47).

Pero, en “El árbol”, hay también una preocupación por la búsqueda de la ecuanimidad -ideal budista- y de la objetiva percepción del mundo exterior, cuando habla, reiteradamente de no-emociones o como cuando expresa, por ejemplo: “Él percibió los sonidos sin enojo, neutralizado en sus pensamientos, e igual pareció no desconcertarse ante un posible acercamiento de algún congénere suyo” (pág. 68).

En la pág. 70, encontramos el recuerdo de una intensa y triste vivencia familiar, que nos hace recordar las profundas penalidades de Zezé, en “Mi planta de naranja-lima”, de Mauro de Vasconcelos. Aquí, Miuler, obsesionado por ser un narrador diferente, y en su afán ya no sólo de ser un eficaz narrador omnisciente y desdoblado, sino además de querer controlarlo todo, se toma la licencia de increpar al propio lector (al que siente como una especie de intruso en la revelación de aquellos sentimientos encontrados): “Dentro de sí, algo nuevo acababa de descubrir, un hallazgo que le hacía sentir muy raro… ¡No interrumpas, lector!, no me refiero al amor”[1] (pág. 70). El narrador omnisciente agrega: “Su semblante siguió siendo el mismo -el del personaje-, salvo que, en el otro lado -en el autor- creyó percibir lágrimas” (pág. 70).

Posteriormente, M. Vásquez muestra algunas realidades del conflictivo amor humano y el deseo. Así, en la pág. 71, hay una escena de juventud: el personaje, la novia y el deseo de aquél por la empleada de casa. Más adelante -en la continuación de diversos flash backs-, el personaje evoca a su padre y recuerda la casita de tablas mal cepilladas que le hizo, antes que el padre decida alejarse. Otra de las incógnitas del relato que el lector debe resolver es la referencia a ciertas “Proezas”.

En otra parte del libro, hay una curiosa referencia a la mujer: “(…) la hembra (dijiste hembra, no mujer) tenía cierta validez como portadora de estímulo sexual y médium reproductivo, pero que en definitiva no servía para nada más que no fuera incomodar la paciencia” (pág. 74). Por supuesto que, en el personaje alucinado, a la luz del psicoanálisis, podría hallarse una animadversión de orden psicosexual; en todo caso, asociable a su conflicto de pareja en torno a la infidelidad.

Más adelante, aparece una escena en la que, según parece, el personaje es encontrado por personas que lo andaban buscaban. Pero, logra escapar, llevándose consigo a su “amigo”. Debido a ello, en un instante de consciencia supranarrativa, el personaje explica que los quisieron sacar de la historia para llevarlos a un hospicio, torturarlos con preguntas y encerrarlos. ¿Por qué?: “Fue porque del otro lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su tesoro delante de ti” (pág. 76).

A estas alturas, el relato comienza a adquirir una forma distinta a todo lo anterior. Las cosas se van definiendo y la ambigüedad narrativa del comienzo va quedando lejos para dar paso a un final esclarecedor. Entre otras cosas, el personaje anuncia un epílogo que no será propiamente un epílogo (puesto que la consigna es lograr un texto realmente original): “(…) lo que viene es el epílogo. Un epílogo que no tiene título, naturalmente. Esa semana (estoy empezando ya), fue la peor de su vida” (pág. 77). Viene, luego, el irritante incidente con los policías (nos viene aquí la pregunta de índole psicológica: ¿no es la sombra fantasmal, de origen traumático, de esos policías los que siente el personaje como posteriores perseguidores, en su distorsionada percepción de la realidad, cuando confunde la sirena de la ambulancia con la sirena “de las patrullas policiales?). Siguen, después, otras evocaciones familiares, como un fin de semana fatal y la drástica solución al problema del estreñimiento, que motiva uno de los pocos instantes de humor en el libro como cuando se acuña la hilarante frase (que alude al personaje): “ha venido a visitarnos el cagoncito” (pág. 82). Después, viene el fin del inusual epílogo: “Fíjate que el epílogo concluye con una parte que no es en sí el término de la historia -confirmación de su atipicidad-, sino un fragmento de ella que quizás es intermedio” (pág. 83). En líneas siguientes, encontramos una alusión a la paz interior (pág. 84), que es un tema fácilmente asociable a la no-emoción y a la no-sensibilidad que ocupan varios momentos del libro. Por otro lado, aparece, en varios momentos, la gravitación (otro enigma por resolver) de la flor destruida (¿el tema de la belleza y la muerte?). Así también, viene una larga escena en la que se habla del matrimonio del personaje, del placer, de la ausencia de hijos, y del surgimiento del “mayor monstruo, los celos”.

Ya en la nueva tónica del relato, como hemos advertido, el libro atrapa en un ágil relato de escenas de celos y broncas entre personaje y esposa, como la cita de ésta con un tipo rubio. Subrayemos el cambio evidente en la atmósfera narrativa y en la temática. Toda la rica y sugerente ambigüedad de temas y situaciones anteriores adscritas al realismo mágico ceden el paso a una casi corriente -pero de igual valor narrativo- historia de casados clase medieros con sus conflictos y angustias de infidelidad y celos y con la típica intromisión de la “mocita impúdica, de buenas piernas, pezones nacientes y desmedida sensualidad”. Sin embargo, esta parte de la historia es de gran importancia por cuanto esclarece varias cosas (dejando algunas otras en el terreno de las hipótesis). Una probable certeza es que el personaje enloqueció por celos. Y que, en su locura, llevó a su mujer al ya mítico árbol, donde la ponderada flor (enigma por resolver), cual bálsamo o panacea, derrotaría las maldades del mundo y donde podrían alcanzar armonía y paz. Lo intrigante del relato sigue siendo la voz del personaje narrador que asume ser una mitad y que se considera externo al esposo enloquecido. Más misterioso aún, que esa voz afirma ser el personaje que regaba y cuidaba el árbol. Nosotros asumimos que son dos yoes del mismo personaje, especie de escisión de la personalidad (clínicamente hablando: esquizofrenia). El final del libro es emocionante, puesto que todo desemboca en una posible solución feliz. Se aclara que el amigo es un pobre muñeco y que el esposo entra a un sanatorio y es bien cuidado por parientes y familiares. Y que, a la manera de actividad catártica y terapéutica, se pone a escribir, febrilmente, tecleando una vieja máquina de escribir. El otro yo, o la otra mitad -supuesta- del personaje se integra en uno solo: “Finalmente, el delirio, que le llenó de suspicacias en el último tramo de su caída, le hizo suponer que volvería a unirse con su otra mitad ya cuando éste reposase sobre una camilla con destino a una clínica y que, aquel encuentro, serviría para desprenderse de sus emociones y dejarlas en ese cuerpo que luego despertaría sano, victorioso, con su obstinada esposa viva y seres queridos al lado, bienaventurados de verle resuelto y cuerdo… (pág. 115). Melancólico desenlace que invoca la cordura y el cese no sólo de la lluvia, sino también de los laberintos de la mente y de toda laya de sombras fantasmales que pueblan una psique dolorosamente alucinada. Nos recuerda la culminación de “Don Quijote” y esa extraordinaria película titulada “Una mente brillante”, basada en la historia real del Nóbel de Matemática, Prof. John Nash.

El final nos permite afirmar que el deseo de negar las emociones no era sino un mecanismo de defensa que consistía en evitarlas puesto que el sufrimiento había sido mucho. Asimismo, el árbol parece constituir -haciendo falta aquí el psicoanálisis- un símbolo de refugio del personaje, un espacio de evasión de los problemas y las penas del mundo. Otra incógnita que nos queda es si la esposa no sufrió daño alguno de parte del esposo, habida cuenta de la condición mental del mismo. El final del relato nos remite al comienzo, circularmente. Las últimas páginas, al dar nuevas luces, nos plantea la necesidad de repensar la lectura tomando en consideración los factores causales que estaban relativamente ocultos. Todo ello nos conduce a pensar que la concepción de este relato ha sido bastante inteligente. Talvez, habría que visualizar el libro en términos de un filme. Sería apropiado para facilitar su comprensión. Los datos escondidos y las elipsis del cine son más inteligibles que las de un libro. Congratulaciones a Miuler Vásquez. Aplaudamos este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o antinovelas?).

3) Recursos narrativos:

a) Desdoblamiento: Empleo este concepto para referirme al hábil -y no fácil- recurso de M. Vásquez de establecer y administrar narrativamente varias voces: la del narrador denominado omnisciente, la del personaje alucinado que cuenta casi todo, la otra mitad de éste, el amigo que nunca habla, el que “está al otro lado”. Lo interesante de esto es que el protagonista, como ya dijimos anteriormente, es consciente de que hay alguien que dirige la historia, hecho que se constata en varios momentos de la novela, siendo uno de los más sensibles el momento (en el tramo final) en que tal personaje, junto con su entrañable “amigo”, siente que iban a ser sacados de la historia. Como es de suponerse, el recurso de tener personajes que asumen su dependencia del autor, no en un cuento, sino en una novela, exige una lucidez y una vigilancia permanente durante el proceso de creación. Nos recuerda, por ejemplo, a “El Mundo de Sofía”, de Gaarder. Creo que éste es un aspecto resaltante en el trabajo de Miuler. Muestro algunas citas al respecto:

“¿Que qué podemos hacer entonces? Tú nada; yo sí. Lo que haré, tenlo en cuenta, es por iniciativa propia, ¡nadie me está obligando!” (pág. 52).

“En suma, lo que intento explicarte, y aquí es en donde él -el autor- interviene con su lógica para no perderme, es que no creo que los protagonistas de novelas sean felices, cómo podrían, si tan sólo son monigotes manipulables, carentes de albedrío…” (págs. 56-57).

“Me parece que la ilación de ciertos episodios no está del todo conforme y creo que redundo en algunos hechos. Qué con eso” (pág. 57).

“¿Ahora qué? “Usted, monigote, tiene pendiente una reseña”, pareció escuchar. La voz, en todo caso, pudo haber venido de un lugar fuera de su alcance. Al final la dejó de lado, y habló: Te seguiré contando del Cuarto Rey” (pág. 60).

“Su semblante siguió siendo el mismo, salvo que, en el otro lado, creyó percibir lágrimas” (pág. 70).

He aquí un claro reproche al autor:

“(…) sin embargo, todo es posible para tus dedos rápidos, que teclean sin parar letra por letra, hasta activarnos los humos como se dice, y extendernos al precipicio tal cual desenlace que no se detiene ni marca distancias” (pág. 75).

En la siguiente cita, se siente el reclamo del personaje y, al parecer, un conato de confrontación con el personaje autor.

“Trataron de sacarnos de esta historia y llevarnos a un hospicio, torturarnos con preguntas y finalmente matarnos con el encierro. No les iba a permitir, de ningún modo, al menos no, porque primero debes saber lo que está sucediendo allá afuera, en el mundo que los humanos llaman real. ¿Qué por qué intentaron capturarnos, que cómo supieron dónde estábamos? Fue porque del otro lado, una mano los puso al tanto. No le gustó que hablara de su tesoro delante de ti. Y dirigiéndose a ningún lado, mirando en todas direcciones: ¡Está bien, no hablaré más del asunto! ¿Callaré para siempre! Dichas estas palabras, le volvió la cara a su amigo, guiñándole un ojo con la intención de hacerle entender que lo último que había dicho era mentira” (pág. 76).

Hay un instante en el que el personaje parece fundirse con el autor, además de esclarecerse quién es (o sería, al menos) el misterioso ser “que está del otro lado”:

“(…) por el bien del personaje que de hecho no gustaría de leerse dado a que es la misma persona que escribe y que está del otro lado” (pág. 86).

b) Preguntas y comentarios empáticos con el lector: M. Vásquez hace, preventivamente, las preguntas y comentarios que se puede estar haciendo el lector, gracias a una perspicaz empatía. Uno dice entonces: carambas, este autor está atento no sólo a su relato, sino también a mí, el lector. Ello reaviva la historia y genera más interés. Ejms.: “¿Por qué te ríes? Miró a su alrededor (…) Cómo es posible que te parezca graciosa mi historia, para nada lo es. No lograrás mentirme, sé por qué te ríes. Lo haces porque crees que trato de impresionar a alguien”. “(…) y no creo, esto es lo más importante, que sea un cuento infantil mi relato” (pág.20). “Él imagina a sus probables lectores leyendo una historia desviada del tema central, y no quiere llevarse mál con ellos…” (pág. 52).

c) Las acotaciones en cursiva: Valioso elemento en el discurso narrativo de “El árbol”. Es, casi, el único medio que tiene el lector para captar algo de información del espacio novelístico planteado y de los personajes. Obviamente, M. Vásquez recurre a la opción cursiva para descomplejizar en parte la lectura. No haberlo hecho hubiera complicado más el texto, habida cuenta que no hay guiones de diálogo ni sangrías ni párrafos; sólo un kilométrico discurso que, como un caudaloso río, arrastra todo lo que llega a su cauce. Las acotaciones en cursiva son la voz del narrador omnisciente.

d) Uso de las funciones apelativa y fática del lenguaje: En tanto, el protagonista está siempre intentando tener una comunicación óptima con su “amigo” y, por si fuera poco, hace alusiones al lector (no siempre gratas, por cierto). Ello permite mantener la fuerza y la vivacidad de la enunciación estimulando eficazmente la continuación de la lectura.

e) Alusiones irreverentes al lector: “Entiendo que los lectores, si siguieran al pie de la letra mis últimas palabras, creerían eso que acabas de decirme, con algo de razón, pero tú, que no eres de la calaña de ellos[2], ¿te atreves a insinuarme semejante aseveración?” (pág. 45).

f) El interlocutor mudo: Éste es un recurso bastante hábil dentro de “El árbol”. Sin él, hubiéramos tenido un monólogo seguramente tedioso. El “amigo” (que, al final, se descubre que no es más que “un muñeco mugroso y cochino”) tiene una importancia vital en la obra. Gracias a él, el protagonista alucinado puede exteriorizar todo su discurso. Por supuesto, en la mente de éste, el muñeco aparece como un hombre de carne y hueso. Es el personaje-ayudante que posibilita la realización del diálogo monologante. Parecido al recurso de los diarios personales, donde hay un supuesto oyente (aunque en el diario, la decisión es consciente). De manera que la percepción anómala del protagonista es un factor primordial para la gestación del relato. Cuestión que no deja de tener una dimensión bastante humana y que nos remite a otros textos -literarios y cinematográficos- en los que la alucinación de un personaje es el origen de sucesos y discursos extraordinarios e impactantes (además del Quijote, recuérdese, por ejemplo, “El Licenciado Vidriera” o, en el cine, a “Una mente brillante” o el viejo capítulo aquel de Malú Mujer, donde un cordialísimo loco genera ideas novedosas y libertarias, hasta que lo vuelven a internar. Y hasta nos hace recordar las historias de varios artistas, como Van Gogh, verbigracia (en las dos versiones que hemos visto acerca de él, una de ellas, con la notable actuación de Kirk Douglas). Todo lo cual nos conduce a pensar que, de pronto, “El árbol” puede constituirse en una original y valiosa obra que hace reflexionar acerca del abrumador tema de la locura, que no es otra cosa que reflexionar sobre la humanidad entera y el sentido que ésta le otorga a la Vida.

g) Constante y explícita evaluación del relato:

“(…) no le gustó esta palabra para reiniciar el enlace de lo que venía contando, porque antes ya la había utilizado varias veces; sin embargo, ya nada podía hacer” (pág. 86).

“(…) y que se llamaba “Whisquería Ir…” (La segunda palabra era una relativa al nombre de un país europeo. Como te habrás fijado, no hay nombres ni de personas ni de ciudades en ninguna parte de estas palabras que he vertido a lo largo de estas horas que estoy contigo; es por ello que no pongo el nombre de esa ciudad (…)” (pág. 92).

4) Temas abordados: Aunque en variada proporción, y como valiosos ingredientes del inquietante discurso narrativo de esta novela, el autor despliega visiones personales acerca de temas esenciales como: la naturaleza humana, el poder, las emociones y la sensibilidad, la infidelidad, la locura, la mujer poliándrica, erotismo, la muerte, la creación y el universo, la ecología, el miedo, naturaleza/civilización, lo insólito/lo normal, exploración interior, innovación radical de la narrativa, lo excéntrico, relación niño-madre-padrastro, el conflictivo amor de pareja, el deseo, los celos, las huellas psíquicas de las experiencias de la niñez.

5) Visión desencantada de lo humano: A lo largo del libro, M. Vásquez -personaje de por medio- expresa libremente un conjunto de apreciaciones acerca de la humanidad. En general, el enfoque es desalentado, casi amargo. Por supuesto que es el pensamiento del protagonista del relato. Pero, ya que el autor interactúa con sus personajes, asumamos, también, nosotros que aprovecha a su elocuente “monigote” para decir sus propias verdades. El libro, a veces, resulta bastante duro con la humanidad. Algunas muestras:

“¡Que por qué los humanos no quieren ser humanos?... A ver, déjame pensar, debe de ser por miedo, o por alegría, o por sentirse disconformes, sí, eso es, el no estar conformes nos abre una alternativa para inmiscuirnos en los defectos de los demás (…)” (pág. 17).

“Creyó que una razón fundamental para dejar de querer ser humanos implicaba olvidarse de todas las emociones” (pág. 19). El personaje ha pasado, y sigue pasando, por una realidad afectiva dolorosa. Es la causa del rechazo a sus emociones. Parecido a las mujeres que no quieren saber nada del amor porque han vivido una experiencia sentimental traumática. Tiene lógica.

“Soy humano, los humanos sí lloramos, somos sensibles” (pág. 19).

“Tú no tienes la culpa, esto nos pasa por tratar de explicar la compleja existencia de los seres humanos, además, para qué hacerlo si nadie lo entendería” (pág. 18).

“(…) y te encuentras a expensas de un campo abierto lleno de humanos (…) (pág. 45).

Puede establecerse una semejanza de valoración de lo humano con el polígrafo Marco Aurelio Denegri, quien, en cada ocasión que puede, no disimula su visión pesimista de la humanidad. O, hasta nos trae el recuerdo de la mordaz idea de Mark Twain: “A mi edad, cuando me presentan a alguien, ya no me importa si es bueno, malo, rico, pobre, negro, blanco, judío, musulmán o cristiano. Me basta y me sobra con que sea un ser humano... Peor cosa no podría ser".

“No es de extrañar que los humanos no pudieran mejorar sus vidas, nunca lo podrán. Ellos son así, despreocupados del porvenir; de no ser como son, se hubiesen preocupado por aprender, pero no, ellos prefieren dedicarse a buscar técnicas difíciles para vivir. Para comer, dormir, hacer algo placentero, por ejemplo, hoy requieren de grandes esfuerzos. Sufren, cómo sufren. Y las guerras, del mismo modo, son alicientes de grandeza, ¡pobres humanos, tontos!” (pág.36). Éste es uno de los cuestionamientos más interesantes que hace “El árbol” acerca del hombre. Critica la artificialidad de la vida, la falta de previsión para el futuro y el perverso objetivo de las guerras. Cierto que son las palabras de un personaje alucinado. Pero, en Literatura, las ideas de los locos son, con frecuencia, las más lúcidas.

También se cuestiona el cuasi genético mal hábito de juzgar (que Deepak Chopra recomienda tanto combatir a fin de tener una percepción realmente objetiva de la realidad):

“Creen tener el derecho de juzgar a los demás” (pág. 45).

Talvez, la que sigue sea una de las críticas más directas de “El árbol” al género humano (aunque debiera ahondar el análisis y descubrir las raíces más hondas del problema, que no es de orden ético solamente; sino, también, económico y político):

“El único que arruina esta civilización perfecta es el hombre: él es quien verdaderamente destruye, por placer; él quien persigue y mata sin sentido; (…) es quien altera la conformidad de la existencia” (pág. 46).

“(…) mejor se enfrentaba al cansancio, a la desesperanza, al infortunio; estos eran sus verdaderos enemigos, no los humanos insignificantes, que poco valían para que les diera importancia” (pág. 48).

“Para los humanos comunes, claro, vivir significaba respirar, alimentarse, vestirse, fornicar, pelearse…” (pág. 53), diagnóstico bastante similar al de la filosofía Hare Krishna; pero, no coincide en oponer el ideal espiritual de estos. Más exactamente, el narrador indica que: “(…) para él, de sangre real, inconforme, superior a ellos, vivir no era más que un estado de transición” (pág. 53) (interesante concepto, aunque no indica hacia dónde o hacia qué estado superior). Lo que sí deja entrever es la posibilidad de la perfección humana: “(…) a no ser que, como seguro ocurrirá, me encontrase con el humano más perfecto de esta tierra. Entonces sí que echaría por el suelo sus palabras escritas, y le haría pedazos, yo sé cómo. Lo destrozaría, sin que importe mucho (dado que su corazón es en parte mío), el que yo muera en el trayecto” (pág. 54). Por supuesto, el hombre no es perfecto; sí, perfectible.

“¿(…) no le expresaste con aires de superioridad tus conceptos sobre la razón de ser de los humanos, que a tu entender te ponía por encima de ellos (…)?” (pág. 74).

“(…) la sinrazón que conforma esta sociedad” (p.80).

M. Vásquez siente el apremio de enjuiciar críticamente a la humanidad, a la sociedad, por toda la crisis mundial que se vive (en todos los planos: ético, político, educativo, ambiental, ideológico, etc.). Pareciera una paradoja esta visión pesimista -digamos, mejor, realista- en un autor que no alcanza aún los 30 años (la “funesta edad de amargos desengaños”, como decía L. A. Sánchez); pero, es, en todo caso, una crítica sincera. Talvez, con el paso de los años, Miuler -junto con sus personajes- se reconcilie, parcialmente, siquiera, con la humanidad (al menos, con el sector honorable de ella). En todo caso, vale recordarle la frase del mexicano José Vasconcelos, que solía citar Mariátegui: “Pesimismo de la realidad; optimismo del ideal”.

A manera de conclusión:
Hemos querido exponer algunos breves hallazgos y expresar ciertas ideas que, quisiéramos, motiven la lectura del interesante trabajo de M. Vásquez, quien parece estar en camino a convertirse en algo así como “El iconoclasta de la narrativa peruana actual”. Reafirmamos nuestra hipótesis en el sentido de que “El árbol” testimonia una obstinada y valiente decisión de originalidad narrativa. Exploraciones textuales más profundas y más autorizadas quedan ya para ulteriores momentos y para lectores -como diría Scorza- más zahoríes.

Concluyamos diciendo que “El árbol” muestra una respetable y valiosa capacidad de fabulación, y un lenguaje con identidad propia, que revela tiempo y trajín en el oficio. Congratulaciones a Miuler Vásquez González. Aplaudamos este brillante esfuerzo y vaticinemos nuevas y aún más sorprendentes novelas (¿o antinovelas…?). Como fuere, que al árbol miuleriano, se sumen muchos más. Para que surja, como dijo Heraud, “un bosque de latidos y esperanzas”.

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PEDRO MANAY SÁENZ, nació en San Antonio de Licupís, Chota, Perú, 1965. Es poeta, narrador, comentarista y crítico de fina percepción estética, pero ante todo maestro de Lengua y Literatura egresado del I.S.P.P. “Sagrado Corazón de Jesús”—Chiclayo. Ha publicado, en poesía: “En busca de un oasis”, “La aurora boreal”, “Un lugar para el corazón”, “Nostalgia”. En narrativa tiene los títulos “La historia de Urano”, “Los monólogos de Ofir”, “El chasqui”, entre otros.

domingo, noviembre 20, 2011

Flor silvestre: retorno literario de Elí Caruzo

(En la imagen: Elí Caruzo.
Foto de Ricardo Vírhuez)


Luis Hernán Mozombite / Huánuco

La literatura selvática, en la mayoría de los casos, no ha logrado por lo general superar un folklorismo regionalista que, en un primer momento, puede impresionar como un dato curioso e interesante, pero que al cabo de un tiempo deviene en algo de poca trascendencia y superficial, que más que enriquecerla la empobrece.

Son pocos los escritores selváticos que han escapado a esta circunstancia. Los casos más notables que podemos citar son los referentes a Arturo Hernández (1905-1970), el autor de Sangama (1942), Selva trágica (1954) y Bubinzana. La canción mágica del Amazonas (1960); Francisco Izquierdo Ríos (1910-1981), autor, entre otras obras, de Gregorillo (1957), Los cuentos de Adán Torres (1965), Mateo Paiva, el maestro (1968) y el extraordinario cuento El bagrecico; el talentoso poeta y narrador César Calvo, que publicó la novela Las tres mitades de Ino Moxo (1981), etc.

En la actualidad, sobre todo en Iquitos, se está desarrollando una pujante literatura que, sin dejar de recibir el influjo telúrico de la región amazónica, se ha modernizado con los aportes de la literatura universal contemporánea. Sin embargo, en San Martín, Ucayali y la zona selvática de Huánuco este proceso recién se está iniciando y, todavía, le falta mucho camino por recorrer. Es en este contexto donde surge la obra narrativa de Elí Caruzo García.

Nacido en la cálida ciudad de Tingo María, en 1963, Elí Caruzo tiene en su haber los libros El mejorero y otros cuentos, editado en 2003, y Flor silvestre (2011). Así mismo, se hizo merecedor del tercer y segundo premios en la primera y segunda versiones, respectivamente, del concurso Premio de Cuento Ciudad de Huánuco, convocado por el Instituto Nacional de Cultura Filial Huánuco yla Empresa Periodística Perú. Y, finalmente, en 2007, la institución cultural ya citada le otorgóla Medalla del Arte yla Cultura, en la mención de Literatura.

Quisiera detenerme brevemente en su caso. Elí Caruzo concluyó sus estudios primarios y secundarios. Intentó, después, profesionalizarse, pero al parecer las urgencias que nos presenta la vida no le permitieron llevar a buen término ese propósito. Se dedicó a la agricultura –de eso vive–, a leer mucho en sus ratos libres y a escribir con tesón y perseverancia. Nacido en un medio poco propicio al cultivo de las actividades culturales, estos dos libros de Elí Caruzo García lo erigen como un ejemplo digno de ser imitado. Él vive prácticamente aislado del resto de escritores huanuqueños. Y, a pesar de ello, esos dos libros lo muestran como alguien profundamente enterado de las modas literarias, como un versado en la labor de estructurar relatos que nada tienen que envidiar a lo que se hace en otras partes del país y en la capital. Ese es el gran mérito de Elí Caruzo, escritor autodidacta, certeramente intuitivo y con un porvenir que le deparará –estoy seguro– más y mayores éxitos.

Flor silvestre, el nuevo libro de cuentos de Elí Caruzo García, viene a sumar diez narraciones más al corpus narrativo de este autor. Diez narraciones que abordan básicamente la temática de la violencia, no solamente encasillada en la que sacudió esta región durante los años más críticos de la subversión (Reencuentro con la camarada Heidi, Canje de vida), sino incluso en sus manifestaciones más individuales e íntimas, como las del desprecio que padece una jovencita por proceder de un hogar pobre (Lágrimas en la fiesta de promoción), o los zarpazos de los celos conyugales que dejan huellas profundas en las conciencias de las personas que las sufren (ADN, Cuando muere el amor), o los remordimientos por los maltratos infligidos al hijo y que le causaron la muerte (Remordimiento tardío), etc.

Lo que interesa más a Elí Caruzo no es tanto el relato de los hechos que marcan a los personajes de sus cuentos, sino mostrarnos el conflicto que esos hechos generan en las conciencias de los mismos. Es decir, se mete en el alma de sus personajes para mostrarnos sus dramas desde adentro, y lo hace con una solvencia de consumado observador de los diferentes tipos humanos que presenta una sociedad como la nuestra, incidiendo sobre todo en seres marginales, “víctimas (…) de la época y su entorno”, como muy bien apunta en el prólogo el escritor Mario A. Malpartida Besada.

La mayoría de los relatos están narrados desde la perspectiva de la tercera persona, pero también hay relatos donde los mismos protagonistas, utilizando la primera persona, narran los dramas de sus vidas. Incluso, un relato, Canje de vida, combina hábilmente ambas perspectivas. En lo que respecta al lenguaje, se advierten muy pocas expresiones dialectales, propias de la región; incluso en los diálogos y monólogos el habla formal se impone a lo largo de los textos; sin embargo, aquello no les resta frescura e interés a las historias.

Los recursos utilizados por Elí Caruzo para estructurar sus cuentos son totalmente modernos. Aprovecha muy bien los aportes de los narradores contemporáneos. En sus textos no vamos a encontrar las formas convencionales de construir una historia, pues echa mano del monólogo interior o del monólogo a secas; de argumentos que no siguen una línea secuencial, sino que presentan avances y retrocesos en el tiempo y cambios bruscos de escenarios; también se nota un buen manejo del suspenso y de la intriga para terminar casi siempre con finales sorpresivos.

Finalmente, debemos resaltar el hecho de que Tingo María y sus alrededores se configuran como escenarios preferidos por el autor, sin que ello quiera decir que otros escenarios estén descartados, como las ciudades de Lima y Huánuco. De esa manera, esta zona geográfica del país ingresa por la puerta grande a la literatura nacional. Es cierto que Tingo María ya figura en novelas como Los cachorros de Mario Vargas Llosa o La muralla verde de Armando Robles Godoy. Pero, en el caso de Elí Caruzo, lo valioso es que por primera vez lo hace un escritor nacido en estos lares.

Quisiera terminar, haciendo mías estas palabras de Mario A Malpartida: “En definitiva, con este excelente libro, el autor nos ofrece su propia visión de un espacio y de un tiempo aún no olvidados, con notables logros literarios, porque ha conseguido amalgamar artísticamente la fuerza de la palabra creadora con la increíble y lacerante realidad que vivió de cerca”.

Feliciano Padilla: Pescador de luceros

(En la foto, escritores peruanos en Sillustani, Puno)

Entrevista de
Luis Pacho - Víctor Villegas / Puno



I.- LOS INICIOS, EL MAGISTERIO Y OTRAS FACETAS

- ¿En qué medida despertaron su interés por la literatura el entorno familiar y social donde nació y se educó?

Yo tenía en Abancay una abuela llamada Alfonsa Miranda que hablaba español y quechua, pero ella tenía la convicción de que el cuento solo podía narrarse en quechua. Era una gran narradora. Yo tendría unos seis a siete años cuando fui consciente de que era una gran narradora. Nos contaba relatos andinos a mí y a mis hermanos por las noches cerca del fogón. Luego, su fama pasó a todos los integrantes de la casa; entonces venían mis tías, mis padres, mis primas y todo el entorno. Después su prestigio de narradora traspasó el hogar y fue a casa de los vecinos. Ellos también venían algunas noches a escucharla.

A mi se me figuraba una maga de la palabra, una diosa de las imágenes, de cuya boca salían wallatas, zorros, cóndores, cuyes, mariposas y gentes de carne y hueso, o mariposas que se trasformaban en doncellas y los cóndores en apuestos jóvenes. Los cuentos de condenados eran también de su predilección, los mismos que me dejaban impresionado, conmovido. Quizá por eso yo quedé con esa afición que después lo convertí en vocación. En la secundaria, un profe, el “Papi” Viladeguth, nos hacía hacer composiciones literarias. A veces yo no cumplía y cuando me sacaba a leer el texto, yo leía un cuaderno con hojas en blanco, pero lo creaba o lo recreaba en ese momento. Entonces me di cuenta que podía escribir relatos. A los 13 años me atraían varias muchachas y escribía poemitas, imitando la literatura española, para mis musas, a quienes les dejaba los textos en sus manos o debajo de sus puertas, según los casos. Cuando estuve en la Universidad del Cusco decidí ser narrador. Estuve entre la poesía y la narración, pero el “Cholo Nieto” poeta nacional cusqueño, y maestro mío de literatura, me orientó por la narrativa.

- Ud., se ha definido como un narrador puneño-abanquino, entre el Titikaka y el Pachachaca, suele decir, ¿cómo asume esa condición?

Hubiera querido nacer en el Titikaka o a orillas del Pachachaca, pero no fue así. Nadie elige el lugar de su nacimiento. Yo nací en Lima porque mis padres en aquel año se encontraban por allá, pero, al año de nacido me trajeron a Abancay y me formé como un niño andino, con su cultura y como hablante del quechua. Recorrí varios pueblos apurimeños junto a mi padre que era policía, a quien, por alguna razón, lo paraban trasladando de un lado a otro. Entonces, cualquier día llegaba a casa y nos decía a mamá Exaltación y a todos sus hijos que éramos tres: ¡Mañana nos vamos a Chalhuanca!, o mañana nos vamos a Chuquibambilla, o mañana nos vamos a Andahuaylas. Yo chiquillo subía a los enormes camiones que nos trasladaban cachivaches y todo. Me dormía en el camino y despertaba en pueblos foráneos que después se convertirían en mis pueblos. Sufría mucho porque éramos una familia trashumante, peregrina.

Posteriormente, estuve en el Cusco 6 años durante mis estudios universitarios y a los 22 años llegué a Puno para trabajar como profesor de literatura en un colegio de Nuñoa. A los 24 años me casé con Amalia Cáceres, una valiente nuñoeña que decidió compartir su vida junto a un foráneo sin futuro conocido. Desde aquella época hasta ahora que cumplo 67 años (desde el 44) aquí en Puno he podido completar mi formación andina, profesional y literaria Este es mi espacio; aquí consolidé mi concepción del mundo y de la vida, aquí están mi esposa, los poetas, escritores y mis colegas. Aquí mi mujer y mis hijos que son puneños, aquí descansan los restos de mi hijo Pável Mijaíl en el Cementerio Laykakota; aquí está mi trabajo, mi vida

Por eso, es para Puno que logré algún mérito si es que lo logré. Siempre estoy atento a todo lo que pasa en Puno e intervengo como puneño en la discusión y solución de sus problemas. Creo que un ser humano no es el del lugar donde nace, sino, del lugar donde se hace, donde echa raíces, asimila sus construcciones mentales de carácter cultural e ideológico. Jorge Flórez-Áybar al comentar mi libro “Calicanto” me dijo que mi corazón estaba partido entre el Pachachaca y el Titikaka. Creo que es cierto, porque los 15 años que viví en Apurímac me dejaron una huella profunda, pero allá nadie me conoce, ni aparezco en sus antologías ni en sus estudios. A mi pedido, aparezco como narrador puneño en todas las antologías nacionales en las que han tenido a bien de considerarme.

- En los años 80’, se dice que Ud., Jorge Flórez y Luis Gallegos, formaron el grupo Titikaka, ¿Realmente fue un grupo, una collera, una agrupación de amigos? ¿De ser así, cuáles fueron sus propuestas?

Fue un grupo interesante que, como ningún otro grupo, nació con manifiestos donde dábamos a conocer nuestra posición sobre la literatura puneña y la literatura nacional. Hicimos la revista Titikaka, no recuerdo cuántos números y; posteriormente sacamos un periódico más orgánico llamado Apumarka donde dimos a conocer lo que queríamos hacer, nuestros ideales estéticos. Yo Guardo un ejemplar de ese periódico Apumarka de aquellos años donde están insertos nuestro programa y nuestros ideales, bajo los cuales organizamos, ya como ANEA, varios congresos, seminarios, conversatorios, cuyos integrantes firmaron nuestros puntos de vista. Un investigador encontraría interesantes discursos de posicionamiento literario, que posteriormente hemos desarrollado cada uno desde nuestra perspectiva. Desgraciadamente Luis Gallegos que era muy mayor y respetado, tenía, para entonces, algunos relatos orales transcritos al francés por los miembros del Instituto Indigenista Peruano. Él creía que nosotros queríamos crecer con su prestigio. Nos lo dijo alguna vez. Y se dispersó el grupo, pero ha quedado el espíritu en muchos de nosotros, particularmente en Vargas Achata, Pacha Jatha Willka, Jorge Flórez-Áybar y mi persona.

- Como docente, Ud., se nombra en Ñuñoa, labora en el Instituto Superior Pedagógico de Puno y en la actualidad en la UNA de Puno, ¿qué nos puede contar de esa experiencia magisterial? ¿Vale la pena ser docente?

Sí, vale la pena ser docente. Si volviera a nacer volvería a ser profesor. Trabajé en Educación Primaria, Secundaria, Superior no universitaria y ahora en la Universidad Nacional del Altiplano donde soy docente de mi Facultad y de la Escuela de Post Grado de la UNA. La Universidad me formó profesionalmente por la exigencia de las actividades académicas que me llevan a estar siempre con los libros y con los conocimientos organizados en Internet. Sin embargo, debo reconocer que la calidad de mis amigos poetas y escritores me ayudaron a formarme y superarme como escritor.

- Sabemos también que ha estado muy ligado a la labor sindical, ¿cuéntenos brevemente esa faceta?

Yo era profesor de Nuñoa y fui elegido delegado del SUTE ante la provincia de Melgar (Ayaviri). Por alguna razón, de allí me pasaron como delegado al Sute regional. Con el tiempo pasé a ser secretario general del Sute regional por dos períodos consecutivos. También fui dirigente del CEN del Sutep en mi calidad de sub secretario de organización. Fuimos dirigentes del CEN del Sutep, dos puneños: Percy Zaga y yo. De ahí me viene mi preparación ideológica porque era un lector desaforado de literatura marxista. Después fui secretario general del SIDESP (profesores de Institutos Superiores Tecnológicos y Pedagógicos) Finalmente, terminé siendo secretario general del SIDUNA (docentes de la UNA) donde luché 20 años por la homologación del docente universitario.

- Se dice que con la post-modernidad han muerto las ideologías y que incluso la historia ha llegado a su fin, ¿Ud., qué piensa? ¿Considera que el socialismo es todavía la alternativa?

La globalización ha creado y reproducido un discurso dando a conocer que el socialismo había dejado de ser vigente después de la caída del Muro de Berlín, de la desaparición de la URSS y después de la revolución post industrial. Se dijo entonces que el único camino era el neoliberalismo económico que esconde una filosofía utilitaria, individualista y pragmática que otorga al mercado todas las prerrogativas para achicar la función del Estado, controlar los precios, los intereses bancarios, todo el flujo financiero de los países hegemónicos a los países del tercer mundo. El mercado no solo hace esto que digo, sino que decide quién trabaja y quién no trabaja, decide la pretendida homogenización de la cultura en su afán de formar al ciudadano universal habitante de la “aldea global”. Ha llegado a imponer expresiones artísticas mediocres que se venden y compran en el mercado. Por eso, la literatura viene banalizándose y convirtiéndose en “chatarra” capaz de ser descartado, porque la post modernidad es el mundo de la chatarra y el descarte. Llega a imponernos gustos a través de una barata sicología conductista. Con decirte que hasta esos feísimos tecnohuayños que cantan Sonia Morales y no sé qué demonios de gente, promocionados por las grandes empresas televisivas y cerveceras del Perú se han impuesto entre los desclasados y alienados que van a emborracharse y a escuchar esa música en enormes escenarios, donde los únicos beneficiarios son los grandes empresarios..

Menos mal hoy podemos demostrar que el “fundamentalismo” tan nocivo para las relaciones interpersonales no solamente se da en la religión y en la política, sino también en la economía. Las transnacionales y los poderes económicos que lo sostienen son “fundamentalistas” y están equivocados porque no son la única alternativa. De lo contrario no estarían sumidos en una crisis económica tan grave que cargan sobre sus hombres desde fines del 2008. Actualmente se encuentran con grandes problemas. Grecia se encuentra sin presupuesto para pagar a sus empleados, Estados Unidos ha pedido permiso al congreso aval para endeudarse por más de 600 billones de dólares y menguar los efectos de su crisis. Hoy mismo, hay en los Estados Unidos, 21 millones de desocupados. La desocupación es una constante en toda Europa. Pensar que las ideologías han muerto sería como pensar que el hombre ha perdido su capacidad de razonar. El socialismo es una alternativa, no sé si con otro discurso, no puedo decir si con otras estrategias, pero sin renunciar a sus ideales de mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la humanidad. Y la tendencia es esa. Veamos lo que pasa en América Latina. Los presidentes de los países son “socialistas”, salvo Colombia y Chile. En conclusión, la tendencia hacia el socialismo es fehaciente; las ideologías no han muerto, porque el neoliberalismo, también, es una ideología.

- Ud., integró algunas estudiantinas en Puno, a la vez que fue compositor de letras de huaynos puneños, ¿cómo llegó a esta faceta de su vida?

Bueno, a mí me gustaba la música. En el Glorioso San Carlos donde trabajé algún tiempo se formó una estudiantina y grabamos dos discos de corta duración. Yo escribí las letras de un wayño y pronto me popularicé como letrista. Entonces por mi voz, por mi pericia en la guitarra y por mi afición a la composición pasé a formar parte de la Unión Puno donde grabé dos discos de larga duración. Hice las letras de muchas canciones y, en algunas veces, también la melodía. La melodía, en general, la hacíamos entre todos como en un taller de música.

II.- REPASANDO SU OBRA LITERARIA.-

- Ud., es una de nuestras mayores voces de la narrativa puneña, por su calidad escritural, los libros publicados, los concursos ganados; y, consecuentemente, figura en las antologías más exigentes de la literatura peruana, ¿cómo asume ese papel?

Como un logro colectivo porque yo aprendí a hacer literatura leyendo y conversando con mis amigos poetas y escritores puneños. Claro que hay algo de mi “cosecha” personal; pero, creo que yo no gané; ganó Puno. Yo quisiera que se pensara de esa manera. Mis lecturas posteriores me consolidaron y me nutrieron, pero la base está formada por mi vinculación con Efraín Miranda, Gironzini, el Chuspa Tapia, Mercedes Morales, José Parada Manrique,.Omar Aramayo, Serapio Salinas, Gloria Mendoza, el Cholo Ayala, Jorge Flórez-Áybay, Valdimir Herrera, Alfredo Herrera, Boris Espezúa, Lolo Palza, Luis Pacho. Y sigo aprendiendo todavía con José Luis Velásquez, Edwin Bedoya, Filonilo Catalina, Christian Reynoso. Por todo ello, te repito, lo tomo como un logro colectivo.

- ¿Se diría que su libro La estepa calcinada, pertenece a la edad de piedra de su narrativa?

Creo que sí. Aunque es un libro que quiero mucho porque es mi primer hijo. Y tiene cosas interesantes que ahora que ha pasado tantos años, los vuelvo a leer y me digo: ¡Ah! Ya escribía así. Por lo menos me sorprende el lenguaje que manejaba en aquellos tiempos.

- ¿Cómo trabaja Ud., un cuento? ¿Inicia uno hasta terminarlo o escribe varios cuentos a la vez?

Escribo varios cuentos a la vez. Un cuento nace en la calle, en el trabajo o cuando estoy bebiendo algún trago con ustedes. Nace de algunas cosas que les escucho y, cuando es importante, lo anoto como idea en algún papelito. Luego, en mi casa hago un apunte en mi computadora y está ahí para que alguna vez lo convierta en un relato. Con el tiempo regreso a ese apunte o a otros apuntes que voy convirtiendo en borradores. Ese borrador descansa otro buen tiempo hasta que le doy una primera versión. Y así va pasando hasta llegar a su versión definitiva. Soy muy cuidadoso. Soy cuidadoso incluso con las notas que escribo sin ninguna pretensión. Me fascina trabajar bien la coherencia y la cohesión de los textos.

-¿Cómo ha recibido la crítica su producción narrativa desde Amarillito amarillando, que es una especie de compilación de toda su producción cuentística inicial, hasta Pescador de luceros?

Creo que satisfactoriamente. Estoy conforme con lo que dicen. Y, es un acicate para seguir trabajando.

- Ha incursionado en poesía publicando Pakasqa Takiyniykuna ¿Volvería a escribir otro libro de poesía?

Estoy haciendo un libro de poesía en quechua. Seguí una maestría en Lingüística Andina y aprendí a escribir el quechua, y hablar con relativa corrección. Cuando estoy entre quechua-hablantes me desenvuelvo de modo aceptable. Hace poco me invitaron de la Escuela de Post Grado de la UNA para dictar a los maestristas o maestrandos el curso de Morfosintaxis del quechua. Me llaman a esa Escuela más que a los post grados de mi Facultad. Y esto que soy también M.Sc en Educación Superior e hice un post grado en investigación..

- Todos los cuentos, ciertamente, son como nuestros hijos, sin embargo, ¿alguno le ha dado más satisfacción?

Desde un punto de vista formal, creo que “La gloriosa estirpe de los ojos colorados” y “Réquien por Amadeus” han llenado los ojos de los críticos; aunque Ricardo González Vigil me ha antalogado con “El Tuku Villegas”. Por ahí vamos, pero yo me quedo con “Manuela Inmortal”

- Uno de los cuentos que más hemos celebrado es Manuela la inmortal, ¿para escribirla, se ha valido de algún hecho real?

Todas las creaciones literarias siempre vienen de la realidad, pero después se convierten en ficción por medio de la condensación y el desplazamiento, y cuya esencia es la fabulación. “Manuela Inmortal” está basada en la vida de una matrona nuñoeña, hacendada con mucho poder y mucha simpatía. Claro que a ella no le pasó realmente lo que sucedió con Manuela en el cuento. Gran parte de su historia se la inventé, así como la trama donde se entierra el ataúd de doña Manuela en otro féretro que ella había mandado adquirir del Cusco. La situación del nieto está ahí para avivar la intriga y hacer que termine su enfermiza ambición en la derrota de este personaje que acaba sin habla y en estado de shokc por la fuerte impresión

- Después de su novela Aquí están los Montesinos, ¿pretende escribir una novela con temática puneña? ¿Tiene en proyecto escribir otro libro de cuento, tal vez, un estudio sobre literatura puneña?

Hace dos años que estoy escribiendo una novela puneña basada en la ascensión de una clase emergente en Puno, generada principalmente por la migración de campesinos hacia la ciudad, donde nosotros nos hemos educado, nos hemos insertado a la economía formal o informal y vivimos aquí. Esos migrantes o sus hijos han llegado a empoderarse en una urbe vanidosa, aristocrática, apropiándose de su economía, asumiendo sus alcaldías, los puestos claves de la administración pública, la universidad, los centros de cultura. Entre tanto la gente de esas antiguas familias, salvo excepciones, viven del pasado, sueñan con ese Puno que se fue, con ese Puno donde las familias aristocráticas, hacendadas todas ellas, iban al teatro, asistían a bailes fastuosos, escuchaban conciertos de orquestas que llegaban de La Argentina y Bolivia. Ahora, sus calles se han afeado por “nuestra culpa”, sus normas han cambiado, las relaciones sociales tienen otros componentes. Algo peor, su lago azul se ha contaminado. Para ellos el mundo puneño anda patas arriba. Y en mucho de ello tienen razón, solo que hay que afrontarlo en las nuevas circunstancias que vivimos Esa es la novela que estoy escribiendo, que ya la terminé, pero, que me está costando mucho tiempo acabarla adecuándola a las técnicas más pertinentes. A veces pienso que la estoy malogrando. Por su parte, los cuentos siguen su curso creativo como ya te conté anteriormente..

III.- LA LITERATURA ANDINA Y CRIOLLA

- Ud., se inscribe en una corriente que hoy ha venido a llamarse literatura andina, ¿Ud., cree realmente que estamos en ese periodo? ¿En todo caso, suscribe la periodización propuesta por Jorge Flórez Áybar?

No. No soy partidario de las periodizaciones porque son muy esquemáticas. Pero sí creo que vivimos la época de la narrativa andina que está lejos de ser una literatura indigenista o neoindigenista. Lo indio recreado está en el alma, pero en ese ámbito se ha insertado por las leyes sociales de los procesos culturales otros elementos como el que proviene del componente cristiano-feudal (nuestras fiestas patronales con todos sus elementos y las relaciones semiserviles que todavía existen) y, finalmente, todo aquello que ha llegado a ser nuestro con la penetración del capital, así como con nuestra formación académica desde el jardín de la infancia hasta la universidad. Nuestro mestizaje es complejo, pero la matriz es andina. En literatura nos ha llegado la modernidad y la postmodernidad, pero ello no nos conmina a abandonar nuestra condición humana de andinos.

Sin embargo, cuando un escritor solo privilegia lo formal, se reproduce los paradigmas del “otro” y se hace una literatura banal que roza la superficie sin tocar la profundidad. La profundidad y la representación de la condición humana es la naturaleza de la buena literatura.

- Se habla de la dicotomía occidental- andino, criolla-andina, cuyo clímax alcanzó su mayor pico luego del Congreso de narrativa peruana llevada en Madrid, España el año 2005, ¿según Ud., existe esta dicotomía? ¿Cuáles serían las características de cada uno de estos flancos?

No existe. Es una tontería. Cada quien escribe de acuerdo a su idiosincrasia. Reproduce en sus textos las construcciones mentales y cognitivas de su entorno, de su cultura. Los escritores de la región de Lima no podrían hacer con solvencia una literatura como se hace en otras regiones andinas. Lima también es otra región. Lima me agrada mucho. Me siento contento cuando estoy en Lima; gozo de sus peñas donde escucho música criolla que los limeños ya no escuchan, me alimento de sus comidas criollas y leo su literatura que es buena, como leo también con mucha fruición espiritual literatura norteamericana, alemana, francesa, irlandesa, rusa, italiana, etcétera. Nada es mejor. Todo responde a sus propios parámetros. Menos mal, que los narradores y poetas provincianos son hoy por hoy mejores narradores y poetas que los limeños, salvo Fernando Ampuero, Toño Cisneros, Alonso Cueto y algunos más, cuyos nombres no vienen a m i memoria en este momento..

- El proceso de mestizaje, ¿no ha borrado estas fronteras?

El proceso de mestizaje se ha producido más en las zonas andinas, amazónicas y afroperuanas que en Lima aristocrática. Este proceso no ha “borrado” en nosotros estas fronteras. Se ha integrado a nuestra forma de pensar, de vivir, de ser y convivir. La occidentalización está en nosotros, pero la matriz es esencialmente andina porque nos remite a nuestras raíces.

- Sin embargo, algunos críticos y estudiosos jóvenes de la literatura en Puno, han señalado que muchos de estos narradores llamados andinos, aún estarían por la onda neoindigenista, ¿Ud., qué opina?

Hay una maestría provinciana de literatura que está formando mal a sus egresados. Reproducen un discurso postmoderno que no da importancia al ambiente ni a los personajes prototipos, de modo que, la narración puede ocurrir en cualquier lugar del mundo, los personajes son impersonales y pueden ser esos “ciudadanos de la aldea global” que está formando la globalización. Sin embargo, tenemos ahora a Teum Van Dij, Daniel Cassany y otros fundadores del análisis del discurso que dejan sin piso a esos teóricos, ya que los textos sean del acto del habla y de los textos literarios que también son actos comunicativos, reflejan las representaciones o construcciones mentales y cognitivas de su cultura, de su contexto social. Los discursos tienen que ver con la relación interpersonal entre jefe/subordinado, hombre/ mujer, adulto/ niño, gobernante/gobernado. Vale decir, los textos expresan dichas construcciones y relaciones de poder. ¿Un norteamericano podrá reproducir en sus discursos nuestras representaciones socioculturales? ¿Y por qué nuestros escritores se esfuerzan por reproducir aquellas construcciones con las cuales no tienen ninguna vinculación cultural, salvo por los libros que leen? Hace tiempo Cabrera Infantes dijo que la literatura que tiene por personajes a indios o aborda los problemas del indio, no es literatura moderna. Julio Cortázar al discutir con Arguedas también utilizó los mismos argumentos, aunque después se corrigió.

Sin embargo, es cierto que los indios no son personajes obligatorios de nuestros cuentos o novelas. Ya el indigenismo como escuela pasó, incluso todavía desde la época de José María Arguedas. Igual pasó con el neoindigenismo. Pero de ahí, venir a hablar pestes acerca de esta clase de novelas o cuentos es otra cosa. La pregunta es ¿Cómo hará su literatura un nuñoeño que ha salido poco a las ciudades cosmopolitas? Quizá todavía hable del indio o aborde su problema, porque es su mundo. ¿Y quiénes somos nosotros para rechazarlos a nombre del canon? ¿Qué derechos tenemos de hacer eso con ellos? Esa es una pregunta que no puedo contestarme. Y hasta me parece que estamos actuando como algunos arequipeños que solamente consideran literatura lo que hace la urbe y, mas todavía, lo que se hace en la universidad, olvidando que la poesía lonqa, por ejemplo, es también literatura importante, sabrosa y rica por sus propios componentes extracitadinos. Esto queda para la investigación. Pero, esos nuevos críticos que han aparecido no se dan cuenta (y lo dice Van Dikj) que el discurso expresa relaciones de poder. Ellos reproducen un discurso consagrado por el poder académico que es parte de otro poder más grande. Deberían escuchar a los maestros de literatura de San Marcos, la PUCP que han avanzado mucho sobre estos temas, o a Wálter Paz Quispe que es un puneño analista del discurso de mucha credibilidad. Yo aprendí mucho de él, de sus libros y de su palabra.

- En esa línea, ¿Arguedas se constituye en el mayor de los escritores peruanos?

Arguedas es el mayor exponente de la literatura nacional. Es el escritor que mostró al mundo nuestra riqueza espiritual, nuestras energías, nuestro talento y nuestra alma. ÉL es andino como nosotros. Escribió como tal y consiguió que los costeños y el mundo occidental que nos ignoraban nos conocieran. No se podía exigir que Vargas Llosa, por ejemplo, escribiera de la sierra o de los indios y mestizos como escribió Arguedas, porque este mundo fue desconocido por Vargas Llosa. Nuestro premio Nobel escribió sobre el mundo que conocía y lo hizo bien hasta convertirse en uno de los mejores narradores en lengua española y o en cualquier otra lengua. Cada quien pertenece a un mundo diferente y escribió desde su perspectiva, impelido por su propia idiosincrasia. Pertenecen a un tiempo y un lugar distintos y no hay por qué hacer comparaciones sin sentido para saber quién es mejor. Equivocadamente, muchas veces, se dice que Arguedas escribió, trabajó y luchó por un retorno al pasado, a lo indio, a lo puro. No es cierto. Él nos mostró al mundo cómo somos; pero en todas sus novelas, poesías y ensayos nos habla de integración. En sus poemas más duros como “El llamado a los doctores”, le dice al costeño- occidental. Ven hermanito, yo te mostraré los colores más variados que emergen de las flores de las quinuas. No te corras. Escúchame. Y cuando en otro poema dice refiriéndose a Lima: “estamos rodeando esta ciudad cabeza de falsos wiracochas”. No lo dice para liquidarlo, sino, para humanizarlo, para que vivamos integrados y trabajando con justicia y oportunidades para todos. Bueno, las frases arguedianas que estoy repitiendo son aproximaciones, porque no los he podido memorizar.

- Gozamos y disfrutamos de la literatura de Vargas Llosa, pero no de su pensamiento neoliberal contrario con las expectativas populares, ¿suscribe esa afirmación?

Eso es cierto. Escribí numerosos artículos enfrentando sus ideas neoliberales y los seguiré combatiendo con honestidad; pero, debo confesar que su arte exquisito me ganó completamente. Escribí un artículo expresando mi orgullo de peruano el mismo día que Vargas Llosa ganó el Premio Nobel. El Perú es multiétnico y pluricultural. A pesar de ser Vargas Llosa costeño occidental, es también peruano como nosotros, o como los amazonenses, o como los afroperuanos. Y debemos alegrarnos por sus triunfos.

- ¿Cuál cree que es el papel de la literatura en estos tiempos de globalización? ¿Debe comprometerse el escritor con las luchas del pueblo?

El escritor no tiene que preocuparse por escribir una literatura comprometida. El único compromiso de la literatura es con el lenguaje. En el lenguaje emerge sin que lo planifiquemos las ideas de nuestros personajes, sus ideales de justicia y de cambio; pero la literatura no enseña, ni politiza, ni ideologiza. Para eso están los discursos ensayísticos de carácter ideológico, los artículos de opinión, la escuela. Oquendo fue comunista consumado pero no hay un solo verso que lo descubra. El Gabo es comunista y se sabe que muchos de sus premios han sido donados para la revolución, pero, ninguno de sus novelas recoge planteamientos políticos ni ideológicos. Entonces hay que tener mucho cuidado con la ideologización de los textos. Toda ideologización debilita la novela, el cuento.

- En última instancia, ¿para qué sirve la literatura?

Aristóteles, me parece, le asignó un nombre: Vano oficio. Nadie va a morir si no consume literatura. Hace algún tiempo querían contraponer la ciencia y la literatura. Con este argumento se quiso “quitar” los cursos de literatura de la formación escolar en todo el planeta. Nunca se pudo. Se sigue enseñando en todos los niveles de educación del mundo, desde el inicial hasta el universitario y post universitario. Lo que pasa es que construir y leer literatura se ha convertido en el único acto auténtico de libertad. La literatura forma la amplitud de nuestra cultura, desarrolla nuestra sensibilidad estética y social. Es lo que nos diferencia de los animales. Hoy, los países más desarrollados como USA, Francia, Alemania, exhiben los mejores narradores del mundo y tienen una cantidad fabulosa de 50 millones de lectores anuales. No han contrapuesto la literatura contra la tecnología. La ciencia robotiza, la tecnología deshumaniza. El arte y la literatura devuelven al hombre su condición humana. Sirve para eso y para conocer la verdad a través de la ficción.

IV.- LA LITERATURA PUNEÑA

- Se ha dicho, y con razón, que Puno tiene una gran tradición literaria. En su condición de estudioso de la literatura puneña, ¿Esa tradición se mantiene, o hay un declive? En todo caso, ¿cómo ve ese proceso evolutivo?

A pesar de algunos artículos que leí últimamente en contra de la continuidad de esa tradición poética puedo asegurar que hay mucha pasta entre los jóvenes puneños. Estamos hablando desde Glinio Cruz hasta Filonilo Catalina: el primero con 24 años y el último con unos 34, me parece. En el medio hay un conjunto de jóvenes que viene consolidando su escritura. Y seguro que seguirán avanzando porque en el mundo todo lo que se dice y hace es susceptible de perfección. El estilo queda y el cambio de los demás elementos termina solo con la muerte. Por lo tanto, la poesía joven camina dentro de lo esperado o exigido por la rigurosa tradición poética puneña; pero, es cierto, que hay falencias notables en el aspecto narrativo, salvo la presencia de Javier Núñez y de Christian Reynoso. Es que la narrativa suele ser el ejercicio de la madurez.

- La poesía puneña ha trascendido las fronteras nacionales, en cuento estamos camino a consolidarse, en novela, pese a Porqué lloras Candelaria de Zelideth Chávez y Febrero lujuria de Christian Reynoso, aún no se ha escrito la novela puneña, ¿qué decir al respecto?

Falta escribir la novela puneña. “Febrero Lujuria” es la novela que se acercó más al sentir puneño, por lo mismo que, aborda no la fe del pueblo ante la virgen de La Candelaria, sino el lado pecaminoso de la fiesta, el espacio oscuro que a veces lo maquillamos con frases elogiosas. ¿Por qué lloras Candelaría? pudo ser, pero la historia de Candelaria Herrera es contada como noticia y solo por segmentos a cargo de los actantes. No están definidas adecuadamente las situaciones del sujeto y el objeto, ni de un gran destinador que hubiera servido a guisa de una gran fuerza para mover la acción del actante principal. Sin embargo, a pesar de estas falencias, creo que hasta ahora, son las novelas representativas de Puno, junto con “Las memorias apócrifas del general José Manuel de Goyeneche” de Emilio Romero y “Más allá de las nubes” de Jorge Flórez-Áybar.

- Los escritores puneños, ¿cómo deben asumir los últimos movimientos sociales ocurridos en Puno?

En poesía y narrativa con mucha inteligencia, sin intervenir en la historia, ni explicar los hechos. Es preferible que el narrador o el hablante lírico se mantengan lejos de las acciones, es decir, sean invisibles.

- En las últimas generaciones de escritores, ¿ve la continuidad de la tradición literaria de Puno? ¿Están asumiendo el legado de nuestros íconos, caso Churata, Oquendo y Miranda?

Claro que sí. En Puno cada escritor o poeta tiene su propia “poética”. Podemos hablar de la poética de Filonilo Catalina o de la poética de Alfredo Herrera. Sin embargo, de modo hipotético, plateo que hay dos poéticas básicas o esenciales: La de Carlos Oquendo de Amat y la de Churata. Es posible clasificar a los poetas (aunque no me gusta hacer taxonomías) dentro de estas dos grandes “poéticas basicas”. Me baso sobre todo en la teoría del hipertexto y los hipotextos. Un poemario puede ser un hipotexto de un gran hipertexto. Bueno este tema queda para la investigación.

- Al calor del Encuentro Baquerizo del 2003, se formó el GRUSEA, pero hoy no tiene una vida orgánica y menos se renueva, ¿qué esperar de este grupo?

Es cierto. Jorge Flórez- Áybar es el presidente. Tenemos personería jurídica, actas, sellos, pero no funcionamos como organización. A veces realizo actividades culturales a nombre del GRUSEA, pero, solo es referencial y no expresa lo que es la organización. Habría que reunirnos, hacer nuevas inscripciones con todos los escritores y poetas y que gente joven asuma la dirigencia. Nosotros los “viejos” estaremos siempre “ahí”, pero para ayudarlos y animarlos. En síntesis hay que reorganizar el GRUSEA.

- Quienes hemos estado en la última FIL de Arequipa, hemos visto que nuestro gran poeta vivo Efraín Miranda Luján, literalmente se está muriendo, ¿qué hacer pragmáticamente al respecto? ¿Qué pedirles a nuestras autoridades regionales y locales?

Primero hay que organizarnos para exigir algo, porque solos no podremos hacer nada. Grupalmente hay que pensar en algo rápido. Omar Aramayo dio algunas iniciativas por el facebook. Estamos conversando sobre qué hacer. Ojalá lo conversemos más seriamente ahora que llegue a Puno el lunes 24 de octubre. Tenemos que actuar de prisa.

- Por último, en este Puno, tierra de artistas y poetas, como dice el cliché, la cultura en general y la literatura en particular, se salva por esfuerzos particulares, ¿por qué nuestros gobiernos locales y regionales no pueden vertebrar una propuesta de política cultural? ¿Cuáles serían los lineamientos esenciales para su elaboración?

El arte y la literatura en Puno siempre han sido actividades marginales; se han desarrollado sin ayuda de las autoridades, pero ha dado mejores logros y las mayores alegrías a nuestro pueblo, que sus propios políticos que son los que se adueñan del poder y sirven solamente a sus intereses de grupo. Ellos prefieren hacer grandes obras donde los presupuestos son también fuertes. Como dice la gente, de estos grandes dineros se puede sacar alguna “tajada”. En cambio de una edición de libro que está por unos cuatro mil dólares, no se saca nada. En el fondo quizá se trate de eso. Digo solamente quizá.

No te hablo sobre los lineamientos de política cultural porque prefiero mantenerlos para conversarlo con ustedes en privado. Una vez los expuse cuando concursé para ocupar la dirección del Instituto Nacional de Cultura de Puno que, dicho sea de paso, le gané al antropólogo que era director y convocante a la vez; es decir, juez y parte al mismo tiempo. Le gané en expediente, entrevista y en el examen escrito. Al final me anularon desde Lima pretextando que el concurso lo habían convocado solamente 21 de los 44 miembros que tenía el Consejo Regional de Cultura. Leguleyadas y, según decía la gente, estrategias para ocultar algunas licencias de construcción en casas consideradas patrimonio cultural de Puno y la nación.

- Gracias por su tiempo escritor Feliciano Padilla.

- A ti las gracias, Lucho, por haberme permitido expresar, aunque desordenadamente, mis ideas básicas acerca de la literatura y la cultura en general.