viernes, marzo 09, 2012

Goyo Martínez: “Diccionario abracadabra. Ensayos abechedarios”


Enrique Planas / Lima

Un diccionario es cosa seria, un trabajo de enciclopedista. Y en el caso de Gregorio Martínez, elegido ganador de la I Bienal de Ensayo del Premio Copé Internacional, su “Diccionario abracadabra. Ensayos abechedarios” es, además, un testimonio erudito y obsceno, como lo son libros tan memorables como “Tierra de caléndula”, “Biblia de guarango” o “Canto de sirena”.
“Yo sabía que me estaba metiendo en camisa de once varas”, advierte el escritor al responder este cuestionario enviado vía correo electrónico. Así lo ha preferido el escritor radicado en EEUU, que odia las impertinentes llamadas telefónicas. “Ahora que tenemos enciclopedias en Internet, a las cuales podemos acceder gratis y al tiro, sería una tontería publicar un diccionario. Excepto cuando se trata, justamente, de hacerle morder el polvo al saber de pacotilla y convertir Google en nuestra caja de resonancia”, dice el autor nacido en Coyungo (Nasca) en 1942.

Un ensayo de ideas supone un diálogo con el lector, distinto al que plantea la ficción. ¿Cómo establece esa relación con el lector de este libro?

Prefiero referirme a narración donde tu dices ficción. En el ensayo, el lector puede meter su cuchara. Para los peruanos, el “cuchareo” es un diálogo. Así se come el cebiche entre amigos. En fuente y cada quien mete su cuchara.

Supongo que gran fuente de conocimiento personal para escribir su enciclopedia nace en aquellos burdeles de Nasca, como la Casa Rosada.

Eres adivino. Precisamente en la Casa Rosada de Nasca, el aeropuerto que fundó Elmer Faucett en 1938, y que el dictador Odría convirtió en burdel en la década del 50, había una gran fuente, exactamente como la Fuente de Trevi. Bueno, este pasaje lo cuento no en “Abracadabra”, sino en la novela que tengo en proceso.

La lujuria que promete su libro en su temática también parece ser una cuestión de estilo. Las palabras en este diccionario también forman parte de este delirio barroco…

Sin duda, hay un estrecho nexo entre estilo y lujuria. Yo no podría dudar de que Borges era un perverso. Perverso en el sentido de híper. Mientras que García Márquez tiene la “arrechura” del trópico. El caso extremo es el de San Agustín. La gula y lujuria que lo atormentaban no eran la comida y el sexo. ¿Dónde están las evidencias de esa sensualidad? Su pecado era la escritura desbordante que colmó las mil paginas de su libro “Ciudad de Dios”.

¿Después de la “Biblia de guarango”, qué queda de sus experimentaciones literarias con la riqueza verbal afroperuana?

El artificio, el ludismo, la experimentación están en mi escritura desde el inicio, desde “Tierra de caléndula”. Ese ludismo no me pertenece. Es propio del narrador oral, del charlatán del villorrio. En el grupo Narración sacamos en limpio que deberíamos aprender de la expresividad popular. Para mí fue más que una declaración porque eso ya lo llevaba dentro por origen social. Además, pese a cierto aparente comisariato que pudo haber en Narración, para mí el aspecto formal siempre fue algo primordial en la escritura. Y la formalidad, no sé por qué, siempre conduce al erotismo, a la sexualidad. Más bien, un premeditado realismo, eso que ponía en primer lugar Miguel Gutiérrez, y que todavía postula, nunca supe claramente qué cosa era. Solo que, entonces, me daba vergüenza preguntar: ¿Qué es el realismo? Ahora ansío que me lo definan. Nunca es tarde.

Se dice que estará en la Feria del Libro de Lima para la presentación de su libro. ¿Piensa volver a su natal Coyungo?

Iría tentado por la “marmaja”. Para reventarla en el “chongo” que me recomiende Pablo Macera. Al cronopio Alfredo Portal le van a hacer una reencauchada y estará nuevecito para una buena faena. Podríamos ir en “mancha”. Tengo en acetato el disco “Volveré” de Vikki Carr. Lo escucho en el sótano, pues detesto el sonido pastoso de Bosé que suena en la sala. Con ese bolero de la rica Vikki es imposible no volver a Coyungo.

Finalmente, muchos de sus lectores lamentamos que pasaran desapercibidos los 30 años de “Canto de sirena”. Hace falta una fiesta por Candelario Navarro, uno de los personajes más entrañables de nuestra literatura…

Menos mal que Candelario Navarro está perpetuado, en cuanto persona de carne y hueso, en un mediometraje que filmaron Pancho Salomón y Alfredo Béjar. El peruanista francés Roland Forgues conserva cintas con los testimonios de Candelario en una cueva vinícola de la Borgoña, propiedad de un amigo enólogo y matemático. Ahí se pueden conservar por milenios. Los filmes y cintas que yo poseo se hallan en la bóveda de un banco de Oregon. Todavía escucho la voz de Candelario, que era mi primo pese al abismo de edad, y la seguiré escuchando “forever”, gracias a la tecnología.

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