Enrique Planas / Lima
Un diccionario es cosa seria, un trabajo de
enciclopedista. Y en el caso de Gregorio Martínez, elegido ganador de la I
Bienal de Ensayo del Premio Copé Internacional, su “Diccionario abracadabra.
Ensayos abechedarios” es, además, un testimonio erudito y obsceno, como lo son
libros tan memorables como “Tierra de caléndula”, “Biblia de guarango” o “Canto
de sirena”.
“Yo sabía que me estaba metiendo en camisa de
once varas”, advierte el escritor al responder este cuestionario enviado vía
correo electrónico. Así lo ha preferido el escritor radicado en EEUU, que
odia las impertinentes llamadas telefónicas. “Ahora que tenemos enciclopedias
en Internet, a las cuales podemos acceder gratis y al tiro, sería una tontería
publicar un diccionario. Excepto cuando se trata, justamente, de hacerle morder
el polvo al saber de pacotilla y convertir Google en nuestra caja de
resonancia”, dice el autor nacido en Coyungo (Nasca) en 1942.
Un ensayo de ideas supone un diálogo con el
lector, distinto al que plantea la ficción. ¿Cómo establece esa relación con el
lector de este libro?
Prefiero referirme a narración donde tu dices
ficción. En el ensayo, el lector puede meter su cuchara. Para los peruanos, el
“cuchareo” es un diálogo. Así se come el cebiche entre amigos. En fuente y cada
quien mete su cuchara.
Supongo que gran fuente de conocimiento personal
para escribir su enciclopedia nace en aquellos burdeles de Nasca, como la Casa
Rosada.
Eres adivino. Precisamente en la Casa Rosada de
Nasca, el aeropuerto que fundó Elmer Faucett en 1938, y que el dictador Odría
convirtió en burdel en la década del 50, había una gran fuente, exactamente
como la Fuente de Trevi. Bueno, este pasaje lo cuento no en “Abracadabra”, sino
en la novela que tengo en proceso.
La lujuria que promete su libro en su temática
también parece ser una cuestión de estilo. Las palabras en este diccionario
también forman parte de este delirio barroco…
Sin duda, hay un estrecho nexo entre estilo y
lujuria. Yo no podría dudar de que Borges era un perverso. Perverso en el
sentido de híper. Mientras que García Márquez tiene la “arrechura” del trópico.
El caso extremo es el de San Agustín. La gula y lujuria que lo atormentaban no
eran la comida y el sexo. ¿Dónde están las evidencias de esa sensualidad? Su pecado
era la escritura desbordante que colmó las mil paginas de su libro “Ciudad de
Dios”.
¿Después de la “Biblia de guarango”, qué queda de
sus experimentaciones literarias con la riqueza verbal afroperuana?
El artificio, el ludismo, la experimentación están
en mi escritura desde el inicio, desde “Tierra de caléndula”. Ese ludismo no me
pertenece. Es propio del narrador oral, del charlatán del villorrio. En el
grupo Narración sacamos en limpio que deberíamos aprender de la expresividad
popular. Para mí fue más que una declaración porque eso ya lo llevaba dentro
por origen social. Además, pese a cierto aparente comisariato que pudo haber en
Narración, para mí el aspecto formal siempre fue algo primordial en la
escritura. Y la formalidad, no sé por qué, siempre conduce al erotismo, a la
sexualidad. Más bien, un premeditado realismo, eso que ponía en primer lugar
Miguel Gutiérrez, y que todavía postula, nunca supe claramente qué cosa era.
Solo que, entonces, me daba vergüenza preguntar: ¿Qué es el realismo? Ahora
ansío que me lo definan. Nunca es tarde.
Se dice que estará en la Feria del Libro de Lima
para la presentación de su libro. ¿Piensa volver a su natal Coyungo?
Iría tentado por la “marmaja”. Para reventarla en
el “chongo” que me recomiende Pablo Macera. Al cronopio Alfredo Portal le van a
hacer una reencauchada y estará nuevecito para una buena faena. Podríamos ir en
“mancha”. Tengo en acetato el disco “Volveré” de Vikki Carr. Lo escucho en el
sótano, pues detesto el sonido pastoso de Bosé que suena en la sala. Con ese
bolero de la rica Vikki es imposible no volver a Coyungo.
Finalmente, muchos de sus lectores lamentamos que
pasaran desapercibidos los 30 años de “Canto de sirena”. Hace falta una fiesta
por Candelario Navarro, uno de los personajes más entrañables de nuestra
literatura…
Menos mal que Candelario Navarro está perpetuado,
en cuanto persona de carne y hueso, en un mediometraje que filmaron Pancho
Salomón y Alfredo Béjar. El peruanista francés Roland Forgues conserva cintas
con los testimonios de Candelario en una cueva vinícola de la Borgoña,
propiedad de un amigo enólogo y matemático. Ahí se pueden conservar por
milenios. Los filmes y cintas que yo poseo se hallan en la bóveda de un banco
de Oregon. Todavía escucho la voz de Candelario, que era mi primo pese al
abismo de edad, y la seguiré escuchando “forever”, gracias a la tecnología.

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