Maribel de Paz / Lima
–¿De qué tipo de confesiones estamos hablando?
Por momentos parecieran confesiones eróticas.
–Son confesiones que abarcan la esfera íntima,
pero también la vida política del país, de modo que tenemos una visión de casi
un siglo, las luchas sociales, especialmente de la izquierda, las crisis de los
noventa. Lo que me sedujo de esta historia es que se trata de una mujer que
quisiera conciliar los requerimientos de la lucha social con su afán de ser
feliz.
—La obra se muestra como una especie de juego de
cajas chinas, la narración sobre otra narración sobre una investigación. ¿Qué
investigación real ha realizado para este libro?
—Ninguna, pero conozco ese mundo porque trabajé
en Huamanga hasta el 70, conocí mucha gente, a Abimael… Conocí al modelo del
personaje de la protagonista cuando por primera vez ingresé al bar Palermo en
La Colmena, y recuerdo una mesa con diez hombres y una sola chica, encantadora.
La frecuenté, pero ella tuvo un accidente y quedó inválida, aunque en la novela
tenga movimiento. Y de esta chica supe también de una serie de amores
turbulentos.
—Le hablaba de lo erótico porque eso ocupa una
buena parte de la novela y hasta se habla de Huamanga como “la ciudad de los
penes”.
—Es real, se pueden ver monjitas tocando puertas
con esos llamadores con forma de penes. Y también está el mono sosteniendo con
un falo enorme la columna madre de una iglesia. Entonces, eso supone una vida
erótica muy fuerte reprimida detrás de una ciudad conventual.
—Ayacucho es un escenario, pero también vuelve al
norte y a temas como el incesto y la sífilis. ¿Por qué la obsesión?
—¡Ni quiero saber! ¿Para qué? Si es una fuente de
creación.
—En esta novela hay un afán totalizador, como en
La Violencia del Tiempo.
—Pero con una diferencia, que La Violencia del
Tiempo es una novela abierta con múltiples historias. Aquí hay una sola
historia. Lo que une a todos estos personajes es que en algún momento la
ideología no fue una cosa aleatoria, sino que decidía el sentido de sus vidas.
Pero hay algo interesante, si he elegido a este narrador foráneo no es por adorno.
Este hombre ha estado en varios escenarios de guerra y la idea es que la
violencia es el Perú es parte de una violencia generalizada que abarca todo el
siglo XIX.
—Se le ha llamado a usted “reserva moral de la
literatura peruana”…
—No me considero reserva moral de nada. Se dicen
cosas buenas y malas de mí en los blogs, pero prefiero no enterarme, es perder
el tiempo.
—Prefiere los debates en prensa, como el de
andinos y criollos.
—Ese debate fue gracioso, y lo interesante de esa
polémica es que siendo literaria suscitó interés más allá de la literatura.
Abordaba núcleos de poder, mafias, y tenía que ver no solo con las clases
sociales, sino con el racismo.
—¿Sigue pensando en la existencia de esa secta en
la crítica literaria?
—Todavía existe, pero debilitada.
—Famélica, digamos.
—Claro, tienen sus corifeos, se alaban entre
ellos. A mí me han atacado, pero ni les he hecho caso, cuando publiqué la
segunda edición de La Generación del 50.
—También se le critica que se haya vendida a
editoriales trasnacionales, a Alfaguara.
—Te voy a explicar. Lo esencial en la vida de un
escritor que ha asumido ciertas ideas como yo es mi relación con el poder
político, y jamás he participado con ninguno de los gobiernos. Ahora, igual
sigo publicando mis libros de ensayos con editoriales recontranacionales. En
cuanto a Alfaguara… ¿por qué? Porque quiero llegar a un mayor público, y por
razones económicas. ¿Qué es una contradicción? Sí, es una contradicción.
—¿No se puede ser totalmente consecuente?
—Para vivir bien tienes que hacer concesiones. Si
no, ¿qué te queda?, la locura, el suicidio o el nihilismo total, pegarse un
tiro o irse fuera del país.
—Usted ha dicho que la mujer en la literatura
peruana casi no ha existido. ¿Es la historia de Tamara Fiol un arreglo de
cuentas?
—El papel subordinado de la mujer es un hecho de
la literatura peruana. Hasta la generación del 50 figuraba como puta o Virgen
María. Aquí no se ha creado un personaje como la Alejandra de Sábato ni la Maga
de Cortázar. En última instancia quedan como tontas.
—Alguna vez dijo que tenía muchas historias que
contar, pero que sentía que ya no tenía tiempo. La protagonista dice algo
parecido en la novela.
—Sí, pienso que no he publicado el conjunto de
novelas que debí escribir. Claro, uno puede decir que basta con una buena
novela.
—Pero no basta
—Pero no basta,
porque es lo único que me hace olvidarme de este aburrimiento que es la vida.
Si tengo que hacer una autocrítica es que no puse en el centro de la vida lo
que en el fondo lo era: la novela. Sin embargo, no me arrepiento, porque sin
haberme abierto a otros mundos, la lucha ideológica, no hubiera escrito La
Violencia del Tiempo. Tengo otras dos historias avanzadas, una sobre una madre
que le va contando al niño las circunstancias en que fue engendrado apelando a
las artes mágicas. Y la otra tiene un título que ahora da risa, Se Busca a
Kymper… ¿Sabes cuál es la clave? Qué tú creas en la historia que estás
escribiendo. Si tú mismo estás convencido solucionas todos los problemas
técnicos que se te presentan. Y eso para mí es lo más cercano a la felicidad.

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