Jorge Goodridge La Rosa
Desde el inicio de la lectura de
este volumen, se advierte la presencia de en realidad dos libros dentro
de él. No sólo hablamos de dos secciones separadas por un artificio
tipográfico. Son dos unidades organizadas claramente en función a temas y
referentes. El mismo autor lo ha reconocido en más de una conversación con él
sobre su texto. La primera, que no se identifica a través de un subtítulo y que
incluye el cuento homónimo, y la sección subtitulada “Tres cuentos rockoleros”
En el primer caso, encontramos que los relatos
presentan una diversidad de tonos, referentes, in-tensiones, ambientes,
estilos, alusiones que dotan de variedad al libro y que manifiesta la riqueza
creativa de Fernando Carrasco. Esta es una cualidad muy estimable. Sobre todo
en un tiempo en el que vemos a muchos autores consagrados en nuestro medio que
manifiestan una reiteración de temas y recursos expresivos que no se condice
con el apego que la crítica “oficial” les muestra. Hay cuentos, como se suele decir,
para todos los gustos: el mundo clásico se hace presente con “Cantar de
Helena”, por ejemplo. Un universo aparentemente tan distinto a este como el
mundo nocturno de los sectores populares se encuentra en “Una cicatriz
rencorosa”. Quien guste de cuentos centrados en el lenguaje y “con clave”
encontrará un motivo de deleite en “Misteriosa confianza”. Incluso encontramos
textos más subjetivos, expresionistas y prácticamente carentes de anécdota,
como “Retorno a las cavernas”. Quisiera detenerme para comentar “Cantar de
Helena” porque me parece que revela otra cualidad importante de la narrativa de
Carrasco: esa capacidad de “despersonalización” que Hugo Friedrich señala como
rasgo esencial de la lírica moderna, y que creo yo que no se reduce simplemente
a lo que llamamos poesía. Digo “despersonalización” porque en dicho relato el
narrador construye un narrador capaz de identificarse de manera convincente con
una mujer y de manifestar una perspectiva femenina, ¡de Helena de Troya además!
No solo eso, este narrador adopta un lenguaje coherente con el tono, el ritmo y
el léxico que asociamos con las obras clásicas que nuestro recuerdo vincula con
este personaje, la Iliada, por ejemplo. Se demuestra una capacidad
de mimetización propia de los buenos narradores.
Estos cuentos se vinculan por tener como eje la
muerte física (como lo anuncia el título). Esta unidad se logra a pesar de la
citada diversidad. La tensión dialéctica entre contrarios presente potencia la
carga significativa del libro y le da diferentes modulaciones a los relatos.
El otro grupo de cuentos presenta mayor uniformidad
temática y de ambientación. Son textos que establecen un diálogo con el mundo
de la cantina, con sus personajes, sus situaciones y, sobre todo, con sus
pasiones. La cantina como ámbito confesional donde el hombre ventila y
ritualiza alrededor de unas cervezas el sufrimiento amoroso. Donde se cuestiona
y autoafirma a la vez el machismo masculino. Cuentos “arrabaleros”
“cantineros”, como el de los boleros, tangos y valses populares. Justamente el
primero, “En el juego de la vida” tiene le título de un bolero muy conocido,
mientras que los otros dos (“Nocturno de tangos y tangas” y “Una sombra de
odio”) presentan sendos epígrafes de un tango y un bolero popular. Destacan en
todos ellos la capacidad de figurar ese mundo a través del lenguaje, como en
“Nocturno de tango y tangas” a través del personaje argentino Ernesto y su
interlocutor.
Aunque los textos mencionados no aluden a la muerte
física y sus referentes establecen un vínculo mucho más directo con la
experiencia del mundo cotidiano, están muy vinculados con los relatos del
primer grupo, pues expresan la vivencia de un momento trascendente, límite,
donde el personaje se reencuentra con el pasado y en una especie de epifanía encuentra
la revelación del cumplimiento de un destino. Es la experiencia de la muerte,
pero en un sentido espiritual y de conocimiento.
Otra virtud importante en estos relatos es el
lenguaje sencillo y a la vez terso, rico en matices, pulido, aun en los cuentos
con una ambientación y anécdota más “truculentas”. Las lecturas de Ribeyro,
Loayza, Buendía y otros notables narradores “estilistas” son manifiestas. Su
lenguaje, en suma, tiende en todo momento a lo poético sin caer en el exceso ni
en la afectación a la que son dados muchos autores noveles.
Finalmente, destacaremos que el logro de esta
unidad de los diferentes cuentos a través de su diversidad cumple con creces el
requisito que se suele exigir a toda colección bien elaborada de relatos, y
habla muy bien de la dotes narrativas de Fernando Carrasco, máxime si
consideramos que esa capacidad de armonización suele manifestarse en autores
con mucho mayor recorrido y edad. Fernando Carrasco entra oficialmente con este
volumen, y por la puerta grande, en la nómina de los jóvenes narradores
peruanos.

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