Por: Mateo Díaz
Berlin de Victoria Guerrero (Intermezzo
Tropical, 2011) ha sido celebrado como uno de los poemarios más importantes del
año pasado. La autora ya había escrito, entre otros textos, De este
reino (Los Olivos, 1992), Cisnes estrangulados (Cuernoempanza
editores, 1996), El mar, ese oscuro porvenir (Santo Oficio,
2002) y Ya nadie incendia el mundo (Estruendomudo, 2005).
Recientemente antologada en Hijos de puta. 15 poetas
latinoamericanos (Hijos de la lluvia, 2011), en los últimos años se ha
consagrado –sobre todo luego de su cuarto poemario– como una de las voces
femeninas más representativas de la poesía nacional.
Se puede afirmar que Berlin continúa, en
diversos aspectos, la línea dominante de la poesía peruana de los últimos años.
Adopta el lenguaje de la oralidad, así como el verso veloz y abundante que se
afianzó a partir de la experiencia de Hora Zero. Del mismo modo, toma la ironía
desmitificadora y el cosmopolitismo –quizás este sea un hecho algo más insular
para el medio local– de algunos poemarios de escritores del sesenta, como
Hinostroza y Cisneros. El texto crece casi libérrimo, a borbotones, sin partes
claramente delimitadas. Sin embargo, se pueden vislumbrar algunas divisiones
naturales. El poema inicial, Testimonio de parte (victorialand),
funciona como un motivo introductorio y la inscripción Berlin, que ocupa la
página 39, puede ser leída al modo de un intermedio (al estilo de 5
metros de poemas). Asimismo, los poemas de LA DIVISIÓN DE LOS ALIADOS
corresponderían a una primera parte, mientras que la sección segunda se abriría
con otro poema liminar –Arte poética– que estaría integrado a EL
MURO/DIE MAUER y ZONA DE OKUPACIÓN.
Una característica llamativa que articula todo el poemario
es el empleo permanente y casi obsesivo de la intertextualidad. Esta no se
limita meramente a los epígrafes, sino que las citas se insertan dentro de los
textos y constituyen parte de la materia poética. De esa forma, fragmentos
citados inicialmente como epígrafes aparecen como parte de poemas posteriores,
mientras que las letras en cursivas se vuelven una advertencia que puede pasar
desapercibida para el lector inocente. Por un lado, esto no hace sino recalcar
un hecho evidente del arte de todas las épocas: escribir es reescribir, el ser
humano tiende a la imitación, los motivos se repiten y la mayor parte de las
veces es inútil irritarse por el término “plagio” (recordemos a Pierre Menard,
el otro autor del Quijote). No obstante, esto no es lo referido sobre el texto
de Guerrero. En este caso, su utilización se constituye un recurso propio del
estilo poético que tiene precedentes en la poesía nacional de las últimas
décadas (por ejemplo Viaje a la lengua del puercoespín de
Óscar Limache o La piel alzadade Rossella di Paolo). ¿Cómo
interpretar este hecho? En primera instancia, cuestiona la idea que una poesía
directa, llámese conversacional o de otro modo, sea “menos retórica” que la
poesía “difícil”. La diferencia radicaría solamente en la utilización de
distintos recursos. Del mismo modo, y aquí ya se escapa a la intentio
auctoris, estas citas resultan una de las formas en que el texto se
legitima. Las figuras de Vallejo, Apollinaire, Mallarmé, Benn o Celan –por
solo mencionar algunos– representan un soporte nada desdeñable de la tradición
occidental de la lírica moderna.
Por su parte, la referencia a autores más cercanos en el
tiempo y en el espacio (Cesáreo Martínez, Ramírez Ruiz, Santiváñez) tiene ecos
de los poetas beatniks, pero tiende además a la autorrepresentación de una
determinada alternativa contracultural. El uso de la “k” en vez “c”
(“okupación”) es un claro guiño al movimiento subte de los ochentas, mientras
que la mención de zonas como el Cercado de Lima o Galerías Brasil no es casual,
ya que es en aquellos lugares donde surgió y actualmente sobrevive dicha corriente
cultural. Subyace a las características “exteriores” (el gusto por cierto tipo
de música, de vestimenta, de lugares) una perspectiva utópica, que reclama un
cambio en el funcionamiento de la sociedad. Pero esta no se presenta desde una
posición abiertamente política, sino desde una marginalidad muy similar a la de
los diversos movimientos del beat. En uno de los poemas más
logrados, aquél que da el nombre al poemario, menciona: “Hijo mío/El amor ya no
es una cosa de esta era/Viene una bomba y lo destruye/ Y los chispazos que
antes sirvieron para encenderlo/ Ahora lo calcinan y queda más feo y chamuscado
que nunca”. El hijo representa ese futuro utópico, esa esperanza: “Tú has de
cantar más alto/Aunque en ello se te vaya la vida/Tú no has de agachar la
cabeza/Tú más Vallejo que Vallejo en el congreso antifascista aplacarás el
viento de la muerte contra las ventanas/Habrás de fundar un tiempo nuevo”.
Berlin es separación. Simboliza la división
entre dos mundos –capitalista y comunista– (macrocosmos), pero también dentro
de una misma ciudad (microcosmos). La ciudad emblema de la Guerra Fría se
vuelve la metáfora más certera de la propia fractura del yo poético.
Porque Berlin es un poemario posterior, en el sentido
cronológico, a la caída del muro y al derrumbe de las grandes ideologías
colectivas. La tragedia es del individuo, quien aparece dividido (“Estás solo y
danzas la única música que oyen tus oídos”), lejos del amor, del hijo, del
padre. La soledad se enquista en su centro, por lo que se convierte
permanentemente en otro, siempre extranjero. El fracaso de la utopía colectiva
aludida en el título señala la fractura personal y amorosa, que es la temática
de los textos. Esa imposibilidad se sitúa dentro del individuo (como dice el
último poema, “Quizás cierto asma barroco de origen limeño/le impide reconocer
la unión de dos tiempos inconclusos”) y no solo en el sistema: es casi una
falla de origen, fatal, en que la acción y la praxis se desvanecen en la
esterilidad de un subvivir insatisfactorio.
A pesar de partir de un concepto osado e interesante, el
poemario en cuestión no justificaría el excesivo entusiasmo de la crítica, que
en algunos casos pareciera tener que establecer órdenes jerárquicos regidos por
criterios comerciales (preguntarse por “el mejor poemario del año” tiene un
aire a los premios Grammy) para justificar su propia presencia. Sin lugar a
dudas es un texto bien escrito, pero que no arriesga una renovación de nuestra
tradición poética (objetivo difícil, sin duda). Los mejores versos
–el poema Berlin, El ciclista– son aquellos que ofrecen
una poesía más directa, menos fragmentada por citas y referencias no siempre
indispensables. En los otros textos aparece una escritura más intelectualista,
pero no necesariamente más elaborada, en que la voz poética se diluye al tratar
de reconocerse entre el coro de ilustres referentes. Difícil trabajo, ardua
disciplina, la de escribir sin mirarse, la de escuchar sin oírse.

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