Miguel Rodríguez Liñán / Peyrolles-en-Provence
Como llegó una pareja de amigos de
Aix-en-Provence, les presté mi homérico studio
ese domingo, les dejé las llaves, una botella de Côtes-du-Rhône medalla de oro,
un pollo ahumado frío, unos tomates, un pepinillo, un poco de arroz del
almuerzo, y luego de dar algunas recomendaciones para la complicada utilización
de la ducha, y mirando inquieto unos cascarones de agua que colgaban del techo,
inflando el yeso, amenazando con reventarse, bueno, que la pasen bien, dije, y
me fui a casa de Giorgio di Chirico en el boulevard Ornano. Cuando voy a casa
de Giorgio –refugio auténtico, como dice el Salvajón de mi guarida– tengo
suerte. Por una vez, mentí al apuntarme.
–¿Aló, Giorgio?
–¡Qué gusto, maestro!
–Estoy solo, triste, sin amor y buscando
amigos, ¿puedo pasar? ¿Me puedo quedar esta noche en tu casa?
Sin dudar un milésimo de segundo Giorgio
respondió:
–Por supuesto. Te esperamos.
Tres estaciones de metro me separan del
paraíso en Ornano, donde varias veces he despescuezado a la horrible soledad de
París. Me zambullo en el metro Barbès-Rochechouart, en menos de cinco minutos
emerjo por la Porte de Clignancourt, con otro Côtes-du-Rhône medalla de oro
bajo el brazo. Estamos en una de las fronteras de París, muy cerca del bulevard
periférico que separa el barrio 18 de la humanidad. Tecleo la clave de entrada,
me meto en ese lindo ascensor que parece una jaula de madera, bajo en el quinto
piso y aparece la gran figura de Giorgio, con tremenda sonrisa y los brazos
abiertos.
–¡Qué gusto, maestro!
–Es que llegó una pareja, Giorgio
–explico recién–, les dejé mi jato para que se ahorren el hotel.
–No hay problema, maestro, adelante.
Me doy con la sorpresa de que Brigitte ha
preparado una copiosa, suculenta cena, y que hay dos parejas más, y que caigo a
pelo para la cena.
–¿Un whisky, maestro?
–No quiero –digo ávido, en état de manque manifeste–, lo
necesito.
Después del doble whiskazo irlandés,
secante nomás, sin hielo, eso que sentí como un incontrolable nerviosismo al
emergir de las vísceras del metro, ese no sé qué, esa perseguidora, ese
sudorcito pegajoso en las manos, desaparece por arte de Irlanda, tierra mágica.
La cena transcurre, amena y opípara, bien
rociada con sangre de Cristo, y no sé cuántas horas hemos hablado de poesía
peruana, porque ya son las tres, las cuatro de la madrugada, sólo quedamos
Giorgio y yo. Se procede a la elaboración de una larga lista de narradores y
poetas mientras sentimos la bendición de esta madrugada cayendo suave sobre los
tejados de Clignancourt. Giorgio tiene una memoria del carajo para los nombres
propios. Esta noche, habla bastante de un escritor llamado Cromwell Jara.
¡Cromwell! Pienso unos segundos en el jefe militar, hombre político, lord y
puritano Olivier Cromwell, y también en una pieza teatral así titulada, Cromwell, que Victor Hugo le consagró.
Poco después, me acuerdo que tuve una simpática polémica con Giorgio, ya que
nuestras preferencias filosóficas o literarias por lo general difieren, mejor
así, siempre me parece saludable no estar de acuerdo para enriquecer el
diálogo. De todo se habló, se habla esta noche, con las barriguitas llenas,
ahora sí contentos, inspirados por el conejo cocinado en cidra, beatificados por
los varios Chianti, por los Côtes-du-Rhône, salud, maestro. También hablamos
bastante de los dos Césares, Vallejo y Moro. Ya estamos, otra vez, sorbiendo
aquel whisky made in Irlanda.
–André Coyné está en la patria –digo– y
según sé piensa dar algunas conferencias. Fue muy amigo de César Moro, y creo
que se amaban de verdad. Tengo el tremendo gusto de conocer a Coyné.
Eché un vistazo a mi libreta. Hace poco
anoté unos versos de Moro. Algo leí también, a propósito, para otra
presentación en homenaje suyo que tuvo lugar en el acostumbrado Trois Mailletz.
César Moro ha escrito el grueso de su obra en francés, este fenómeno me parece
tan raro y extraordinario como el caso de un Samuel Beckett, por ejemplo. Si
Moro escribió en francés, fue seguramente porque se sentía mejor utilizando la
lengua gala.
Traduire le fol aller
Des algues
A Trafalgar Square
(Traducir el loco escape
De las algas
En la plaza Trafalgar)
Ese substantivo que también puede
utilizarse como adjetivo, fol, es muy
antiguo, rebuscado y erudito. Es una palabra que ya desapareció de la lengua
contemporánea, pero que puede utilizarse como lo hace Moro, como una licencia
poética, para evitar el hiatus. Precisamente de este detalle estilístico hablé
aquella vez con mi tío Washington, en el Casino Español de Chimbote, por eso lo
menciono, en memoria suya, en tu memoria, diciéndote chau, tío Washington.
Giorgio y yo seguimos dando rienda suelta
a la sin hueso, y en un intervalo doy un salto al almuerzo ese, allá en
Chimbote, en el Casino Español, frente al Malecón Grau, cuando la increíble
presentación de mi libro. También hablamos de la bouillabaisse, de l’anchoïade
y, de paso, de François Premier o Francisco primero, a quien asocio
necesariamente esta palabrita fol,
que quiere decir loco, rey letrado que escribió el siguiente proverbio digno de
inmortalidad: Souvent femme varie / Bien
fol qui s’y fie, que traduciremos campechanamente, así: Mujer cambia a
menudo / quien le cree es un cojudo. Algo de ésto le cuento a Giorgio, cuya
generosa diestra sigue como suspendida, hoy en mi memoria, en el gesto de
escanciar los dobles whiskazos irish,
que tomamos secante nomás, sin hielo.
–De regreso a Francia hice una pequeña
investigación para ver eso de fol
–digo.
La verdad, poco le interesa el paréntesis
histórico a Giorgio, él habla que habla de literatura y poesía made in la
patria, nada de reyes, ni aunque se trate de Francisco Primero o Carlos Quinto.
La verdad, también, es que a pesar de un cierto rechazo por el chovinismo, me
encanta evocar al Perú, hablar del Perú, de los poetas peruanos, de modo que la
sin hueso menciona a Juan Parra del Riego, a Carlos Oquendo de Amat, de nuevo a
César Moro y a César Vallejo; luego hablamos de Westphalen, de Sologuren, de
Eielson. Hasta que llegamos a la llamada generación del 50. Giorgio sabe que la
poesía de Vallejo no me incumbe ni me interesa bajo ningún aspecto, por algo
que llamo su cristología o martirologio, de modo que resbalamos sobre el tema.
De regreso a las épocas de Francisco Primero, ese rey que andaba en guerra con
Carlos Quinto, en contubernio con el papado y de pronto con los poderosos
Borgia, me veo de nuevo en el Casino Español, mientras mi tío Washington dice:
–Francisco Primero era un gran seductor,
un amante sincero del lujo y las artes. Era un rey muy fino y muy letrado. Es
el fundador del prestigioso Collège de
France.
La mesa del almuerzo-banquete es larga,
larguísima, parece una mesa de película, los manteles son muy blancos, de tela
verdadera, de algodón o de lino, y llega la primer ronda de pisco sagüer para
el brindis de honor. Por un momento, me concentro en la felicidad de Jaime, mi
pata editor-poeta, que desde el inicio me ha colocado a la diestra de mi tío
Washington. De nuevo veo el proverbio, ahora escrito con pluma de ganso y tinta
china sobre un papiro, por el rey sabio y galán: Souvent femme varie / Bien fol qui s’y fie. Miro de nuevo el
rostro radiante de Jaime y la elegancia de mi tío Washington. Siento algo muy
agradable que de él emana: buenas ondas. Y hablando un poco de mujeres y amor,
de amor y mujeres, me doy cuenta que mi tío Washington profesa ambos cultos,
que en verdad son uno, del Amor y de la Dama, como al inicio de los tiempos, en
las épocas de los trobadores occitanos.
Mientras tanto, aquí en el paraíso de
Ornano-Clignancourt, ya pronto amanece y siento que el dios sumerio de la luna
camina por los techos, me parece oir sus afelpados pasos, imaginación que me
parece tan importante como los geranios, los parques y la tierra de cierto
poema de Washington que leí siendo adolescente, allá en el Reino.
–André Coyné dice que poeta es alguien
que no escribe para algo sino por qué sí y punto, Giorgio– digo.
Pero de pronto ya estamos hablando de
Huanchaco, de Trujillo, de Zarumilla, de Sullana –los predios de Giorgio.
–En Zarumilla –dice éste– uno podía ir a
un local con piso de tierra, a cualquier hora del día o de la noche, la dueña
le decía a las chicas, chicas, arréglense, ya llegaron los clientes, son clientes
muy buenos, píntense, perfúmense, pónganse sus mejores vestidos, de verdad
estos clientes son muuuy buenos, hay que esmerarse…
–¿Y qué querían los clientes?
–¡Pero maestro! ¿Qué es lo que quiere el
negro? ¡Dos horas de música y mujeres para bailar! –exclama el gran Giorgio
riéndose.
A estas horas de la madrugada ambos
venderíamos nuestras almas por un caldo de gallina levantamuertos, aromatizado
con limón, culantro y rocoto en rodajas, tipo desayuno. De modo que se aprueba
la venta de ánimas y ya estamos en la cocina preparando la poción –un excelente
pollo del Gers a falta de una gallina patria– , hablándole yo ahora de la
novela Rosa Cuchillo de Oscar
Colchado, cuando se procede al descorchado, ¡ploc!, del último Chianti salido
de la nada. Resulta que Giorgio también conoce a Oscar y a tantos otros, a
muchos que yo no conozco, hay material suficiente para elaborar otra lista. La
verdad, hace mil horas que estamos hablando de la patria y sus poetas, ahora de
Carlos Germán Belli, de Alejandro Romualdo, de Juan Gonzalo Rose, de Paco
Bendezú, de mi tío Washington Delgado, y yo vuelvo a pensar en los versos de
ese poema titulado Porvenir en los
parques, donde se habla de geranios que anulan la guerra, que leí en el
sillón de la casa familiar en la urbanización Buenos Aires, cuando ya soñaba
con venir a París. « Y ya estoy en París », pienso con asombro,
« ¡ya estoy en París! » Terminando el caldo y matando al Chianti nos
acordamos de Rosella di Paolo, de Patricia Alba, de Mariela Dreyfus. Con cierta
inquietud constato que no no tengo sueño, que el bendito sueño me anda sacando
el cuerpo, y como ya pasó la noche, y como ya son las seis de la mañana voy a
dar una vuelta por el mercado de Château Rouge, gracias por todo, mi querido
Giorgio. Luego me dirijo hacia mi casa. En la esquina brilla la M del metro
Barbès-Rochechouart, que pasa sobre mi cabeza dando trancazos y sacando chispas
de los rieles. Son las siete. Para no molestar a la pareja que seguramente
todavía duerme en mi studio, voy a
dar una vuelta por boulevard de Clichy, hasta la M del metro Blanche, donde
penetro, sin saber por qué, rumbo a la Gare Saint-Lazare donde bebo dos Leffes.
Cuando vuelvo por fin al studio, ya
se ha ido la pareja, me han dejado un papelito que dice: « Ha llamado
Anouk. Dice que el poeta Washington Delgado ha muerto. »
Me acuesto exhausto, verdaderamente
exhausto, pero no tengo sueño, maldita sea. Mirando al techo, recuerdo la
conversación que tuve hará un par de semanas con André Coyné, que vive en
Montpellier. Pedigüeño como algunos escritores, lo llamé diciéndole que estaba
con la soga al cuello, que ya van dos meses impagos de alquiler, mi estimado
Coyné, y que quería postular a una beca, y que me recomendase, por favor. Me
acuerdo también que hablamos de Arguedas y yo le conté que, hace poco, el
escritor yatiri José Luis Ayala estuvo de paso por París. Y nada de sueño.
Teóricamente, he debido caer fulminado por la noche y por los tragos; sin
embargo, como ciertos atletas, experimento ahora « el segundo aliento »,
de modo que el cansancio se transforma en energía, en una energía terrible, y el sueño en una vigilia cuya
manifestación es algo que siento como una lucidez extremada, terrible, como si hubiese esnifado
cocaína. Experimento un sentimiento de soledad aplastante, pese a que tengo
plétora de amigos. Siento los ojos del alma abiertos de par en par, como
ventanas de una casa misteriosa –el recinto del ser. Me invade la certidumbre
de que algo, no sé qué, pronto ha de manifestarse en mí, en el recinto de mi
ser individual. Una fea interrogante me remueve hasta los más recónditos
cimientos –si todavía quedan, después de tanta destrucción. « ¿Acaso estoy
enloqueciendo? » Y luego: « son los tragos, maldita sea, hay que
moderarse, esto es como un campanazo, es la voz doble del cuerpo y del
cerebro. » Culpable y flagelado por los incontrolables excesos de tragos
recuerdo aquella vez, allá en Montpellier, cuando fui a visitar a Coyné de puro
macho, temblando, en état de manque
manifeste. Difícil es describir para quien no lo conozca este deplorable
estado, que siempre viene acompañado de paranoia, de cierta sofocación, de
monstruos y diablos, de pánico. Lo peor, creo, es el hecho de sentirse
infinitamente miserable, en el sentido peor y más fuerte de la palabra, y
despojado, y muy cerca de la muerte –aunque cabe la posibilidad de que uno ya
esté muerto.
Ahora que recuerdo mejor, me quedé
dormido una media hora allá en Clignancourt antes de salir intempestivamente
hacia Château Rouge con la intención de tomarme un par de cervezas. Recuerdo
también haber mirado una y otra vez, los techos grises y brillosos, las luces,
los comercios, la boca del metro, como idiotizado, en estado de semi delirio,
aún no tremens, como el que ahora me
ataca. Pero Clignancourt, mi querido Giorgio, mi querida Brigitte, los techos
de Clignancourt, el cielo malva del amanecer en Clignancourt, increíble, me
parece tan lejos ya. Surge de una mar imaginaria un grupo de muchachos
sanmarquinos que se hacen llamar Estación Reunida. Sigo avanzando en la mar y
veo un grupo llamado, humorística e irónicamente, La Sagrada Familia. ¿El año?
Probablemente 1975 o 1976, yo apenas tengo quince años, sueño con ser
futbolista, de nuevo estoy en la sala de la casa familiar de la urbanización
Buenos Aires. ¡La Sagrada Familia! Veo a cuatro jovenes: Ruth Barrueto en
bluyín, Enrique Sánchez Hernani con lentes de actor hollywoodense, Luis Alberto
Castillo con la chompa amarrada al cuello, José Morales Saravia con casaca y
lentes. Sigo avanzando en la mar y veo a todos los de Hora Zero, incluyendo a
Mario Luna. Sigo avanzando en la mar y veo un grupo de muchachos rebeldes que
enarbolan la bandera de un nombre provocador: Kloaka.
De regreso al maldito París con aguacero,
recién son las nueve o las diez de la horrorosa mañana de delirium tremens bajo las horrorosas sábanas. Como algo le había
comentado a Giorgio, medio en broma para no preocuparlo, sobre la persistencia
del insomnio, me recomendó unas pastillas sedantes que compré en Château Rouge,
cuando sorbí dos chelas –en la calle, en una esquina, como un clochard– para calmar los nervios. Y
como estaba con la paranoia viva, pensé que podían asaltarme, por eso me vine
caminando rápido por el boulevard Ornano hasta Barbès, donde fui como aspirado
por la boca tibiona del metro. Y aquí en mi casa, en el studio que heredé de Charlie, desoyendo los consejos de éste, me
levanto a las tres de la madrugada como un fantasma, como un ser ectoplasmático
y, aprovechando que los dueños del super depa están en Barcelona, me dirijo a
la cocina donde, por suerte, encuentro una botella de Champagne. De regreso al studio, enciendo la compu para ver si he
recibido mensajes. Nada. Pura publicidad. Con el último vaso del Champagne
redentor me trago un par de sedantes. Por fin, después de batallar con los
dragones de mis nervios, me gana el sueño y caigo rodando y dando tumbos por el
precipicio del sueño, como el Cónsul de Cuernavaca.
¡Qué felicidad! ¡Estamos en Chimbote otra
vez! ¡En el rico Chimbote! No sé cómo se las ha ingeniado mi querido Jaime
Guzmán Aranda para que vengan Washington Delgado, Oswaldo Reynoso y Miguel
Gutiérrez al puerto, donde serán recibidos con mucha bulla, con desfiles, con
desayunos, almuerzos, con cenas. Los tres tigres llegan de madrugada, a las
tres, a las cuatro, y a las nueve ya estamos tomando desayuno con tamales en
Río Santa Editores. El taller es amplio y lindo. Veo estanterías con los útiles
escolares de mi infancia –coquitos, jaimitos, luisitos, enciclopedias Bruño,
lápices, tajadores, compases, reglas, borradores, cuadernos– y siento una gran
felicidad. Para empezar, he logrado realizar mi sueño de ser escritor; luego,
los tamales, el ambiente de camaradería, de amistad. El hecho de ser consciente
de éso, es decir de haber realizado mi sueño,
me causa cosquillas de alegría, pielcita de gallina, temblorcitos gozozos. Sin
embargo, me siento algo intrigado por este inesperado alboroto, por esta
increíble fiesta. Desde aquel momento inicial hasta la despedida con piscos
sagüer y Casilleros del Diablo en el Venecia, estaré a mano derecha de mi tío
Washington. Debido a mi temperamento burlesco a veces me siento medio
« malito »; por eso, el estar al lado de mi tío Washington es un vaso
de agua fresca, un catalizador ideal. En ningún momento él ejerce la menor
represión, pero soy yo mismo quien, por respeto, me abstengo más o menos de
joder y bromear. Oswaldo preside la hermosa mesa de la camaradería. Y Miguel
Gutiérrez ha venido con una maravilla de esposa. Este desayuno inolvidable
reúne a escritores y poetas bastante relajados quienes, después del jugo de
papaya, toman Nescafé y degustan los deliciosos tamales con relleno de chancho
y pollo. En un segundo y como en una película, me veo en el carro de Jaime por
los terrales del puente Gálvez, por esas casitas tan humildes, entre perros
chuscos y chiquillos descalzos jugando pelota, hay chanchos también, tremendos
chanchos como sumergidos en una colina de suculenta basura, ahí removiendo sus
alborozados hocicos omnívoros, este es el impresor dice Jaime señalando una
casa con reja, démos un último vistazo a nuestro hijo, a nuestro libro… Aquí en
Río Santa Editores, después del desayuno salimos a caminar por las calles de lo
que yo me obstino en llamar « mi pueblo », y que de pueblo nada tiene,
ahora hay como trescientos mil habitantes y cualquier cantidad de juventud
divino tesoro. En la Plaza de Armas nos dispersamos antes de reunirnos en el
Casino Español donde mi tío Washington me hablará de Francisco Primero. Y como
le digo que vivo en Marsella, entonces hablamos de la bouillabaisse y yo recuerdo a Marsella con amor, allá, al fondo, al
final de Marsella, más allá de Les Goudes, en la última caleta de Marsella, en
Callelongue, la bouillabaisse más
deliciosa del mundo, que sirven en un restaurante con nombre gracioso si lo
traducimos al castellano: La Bahía de los monos (La Baie des singes). El poeta ha estado en el sur de Francia y
conoce o recuerda muy bien la divina bouillabaisse,
acompañada con su vinito blanco heladito, con su vinito rosé heladito, néctares
made in Cassís o pertenecientes a l’appellation
d’origine contrôlée Côtes de Provence, Côtes de Provence, Côtes du Rhône,
Coteaux d’Aix, un Bandol rosé tambien cae de perlas, o un Tavel, diculparán la
pequeñez. Todo ese tiempo mágico pasado en el rico Chimbote, aparte del fol, jamás, jamás de los jamases en
ningún momento he hablado de « poesía » o de « literatura »
con mis bellos padrinos, y ahora sé que
eso es la poesía y la literatura, o sea la vida misma. Evocar, por ejemplo,
anécotas en torno a la bouillabaisse
con mi tío Washington es poesía buenísima, excelente, porque la poesía es la
magia del instante presente en la vida misma, en la vida de los instantes
extáticos que guardaremos en los palacios de la memoria, para transcribirla con
sinceridad y con lo mejor de nosotros en otro momento adecuado de instante
extático, maestros. Uno es feliz en Marsella. Estamos en Callelongue mirando al
Mare Nostrum y la isla de enfrente
que sentimos cargada de misterio. Hay vista al mar aquí, desde la terraza de La
Baie des Singes. Trilogía de crustáceos y
bouillabaisse. Un vinoco blanco heladito Côtes de Provence. O un Bandol
rosé. O un Cassís blanco de blancos. La felicidad no existe. La felicidad es.
Es simplemente. En ese instante extático. Entonces aparece un mozo con todos
los pescados… o peces; asombrados, notamos que algunos todavía se mueven,
pobrecitos, pronto serán hervidos o fritos a fuego fuerte, a fuego lento. ¿Los
habrán pescado con chinchorro, como en el rico Chimbote? Es que estamos aquí y allá,
y aquí y allá son dos paraísos del arte de cocinar basado en la valorización y
apreciación de los alimentos, también en una búsqueda estética y gustativa, eso
que podemos llamar, pomposamente, gastronomía organoléptica. Mi tío Washington
habla de los pescados del Mediterráneo y, afuera, en el mar sucio, flotan
impertérritas las bolicheras de nuestra infancia, de nuestra pubertad, de
nuestra adolescencia. Hablamos de la literatura del mar, o sea, del congrio, de
la rascaza, de los rojillos, del hermoso pez Saint-Pierre que tiene cara de
pejesapo gigante, de la galinette y
del mero, del mero de aquí y del mero de allá, cuyo nombre latino es Epinephalus Gigas. El poeta Washington
es un gourmet. Conoce las sardinas,
primas de la anchoveta, las maravillosas sardinas con miel y romero que se
prepara en las viejas caletas de Marsella, de Marsella y alrededores donde tan
felices hemos sido explorando las playas paradisíacas, desde Sormiou hasta
Cassís, todo hemos visitado, felices como cuando éramos niños, cuando éramos
púberes, cuando éramos adolescentes, qué cagada, esa felicidad ya desapareció,
ahora soy un clochard parisino, esa
felicidad sólo vuelve cuando vamos con el divino recuerdo en barco a la Grotte
Cosquer, en carro a Morgiou, a Sormiou, cuando visitamos Sugiton, cuando vamos
como sea al Ojo de vidrio (L’œil de verre),
a Devenson, a Loule, a En-Vau donde hay una roca alargada que llaman el Dedo de
Dios (Le doigt de Dieu), cuando vamos
a Port Pin, a Port Miou, cuando vamos otra vez, siempre, hasta cuando podamos,
a mirar el Cap Canaille en el paraíso de Cassís, maestros, Cassís la piedra,
Cassís el cielo, Cassís la viña, Cassís la península, Cassís la luz del amor,
Cassís donde tanto hemos amado, Cassís donde seguiremos amando, Cassís hasta la
muerte… ¡Qué felicidad! ¡Tengo un padrino poeta y gourmet! ¡Tanto le hubiera gustado el restaurant La Plage Bleue!
¡Mi tío padrino no ignora la existencia de esas tortillas perfumadas con la
crema fosfórica de los sublimes erizos! Aquí, en el Casino Español, mi padrino
poeta sigue hablando de comida y me doy cuenta que, qué felicidad, estamos en
la misma sintonía organoléptica. Volvemos al tema de la bouillabaisse cuando llega la segunda ronda de pisco sagüer y de
nuevo me doy cuenta que he realizado mi sueño, que he logrado convertirme en
escritor, y otra vez me remecen olitas internas de felicidad. El caldo se
prepara con pescados que no se venden para otro consumo, son pequeños y
variopintos. Hay uno que increíblemente, tiene cara de pato, de carne
suavísima; hay pescados de roca también, todos bien « feos » según mi
limitada mente, según mi manipulado cerebro, son muy bellos en verdad, más
bellos que el hermoso monstruo medio aplanado, el Saint-Pierre, pero en
miniatura. Los hacen hervir, los trituran, muelen o machacan con una maquinita
especialmente concebida para tal uso, y luego los cuelan y filtran pasándolos
por un cedazo-tamiz-colador.
–Lo espesan con papa, como ciertos
preparados de aquí– dice mi tío Washington y se ríe–. Bueno, felicitaciones por
tu libro. Salud.
Todos reimos y hacemos del brindis un
gran abanico de sonrisas, dientes por aquí, muelas por allá, comisuras
estiradas, elásticas, qué maravillosa es la risa, qué feliz es la felicidad,
qué dichosa es la dicha, y el sol en las ventanas, en el patio también, y los
amigos, y la poesía en vivo y en directo sin el menor asomo de la horrible
vieja esa, vieja decrépita, vieja medio hipocritona, la solemnidad a quien le
deseo la muerte y nada más. Yo estoy medio
groggy o mejor dicho cocinao luego
de las gargantuescas celebraciones de la víspera y del día de hoy, con los
poetas de Lima, pero totalmente feliz. Y preocupado y medio estresado como
cierto tipo de francés –que abunda, por cierto. Y después, y después, y
después, maldita sea, ¿después qué? Después veremos porque siempre pasa algo,
no perdamos de vista la magia movediza de los instantes en el instante, de modo
que nada de después, salud padrinos y maestros. Después de la felicidad de hoy,
pues la muerte. Hoy por hoy. Hoy por siempre. Hoy es nuestro, tío Washington.
Pero yo con el estrés ya parezco francés. Y después, y después, y después.
–Después que duerman –le digo a Jaime–,
que descansen, hay que dejarlos que descansen bien, después que vengan
directamente a La Cochera, ya son tíos los tigres.
Sin embargo, los tigres no estaban
cansados para nada, al contrario, estaban con ganas de fiesta. Sólo fueron al
hotel para ducharse y cambiarse de ropa, para luego venir al increíble desfile
por las calles del puerto. Todo fue como un sueño hermoso. Todo fue fiesta,
comida, trago, música y bulla, mujeres y placer en Buenos Aires al amanecer.
Habíamos despedido en el Venecia a mis padrinos. Brisa leve. Olor de puerto. Mi
tío Washington estaba muy contento.

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