lunes, mayo 16, 2011

Pasado y presente en la novela LA ILUMINACIÓN DE KATZUO NAKAMATSU de Augusto Higa


Gustavo Tapia Reyes / Chimbote


De entre los miembros del no menos célebre grupo Narración, reunido en torno a la efímera revista del mismo nombre, en realidad, salvo honrosas excepciones, todas las revistas del mismo género ostentan una vida breve, sobre cuyos aportes dados a la literatura peruana todavía falta mucho por indagar, es Augusto Higa Oshiro (Lima, 1946), acaso el más parco a la hora de publicar, quien en el 2008 dio a conocer su novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu (1). Es decir, asumiendo sin complejos su condición de niséi, después de haber optado en retratar otro tipo de personajes en sus anteriores volúmenes, nos entrega una especie de ajuste de cuentas, en clave de ficción, con su pasado familiar integrado por migrantes japoneses venidos al Perú, a fines de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), repletándola para ello de hondo lirismo, de suave magia, de encanto narrativo y donde la memoria juega un importante papel en el engarzamiento de los diferentes episodios, a lo largo de los IX capítulos de relativa extensión, dentro de las 127 páginas conformantes de la novela que, “representa -ha dicho Gabriel Espinoza- la pasión del artista que encara a sus demonios y, ante la adversidad, busca un punto de equilibrio para iluminar humanamente al lector”(2).

El protagonista, Katzuo Nakamatsu, es un hombre de estado civil viudo, por lo consiguiente, un infeliz, sin hijos, docente universitario de ocupación, residente en la populosa zona de El Porvenir, distrito de La Victoria, por lo mismo, un completo marginado, probable participante del “baile de los que sobran” quien, durante un paseo rutinario, mientras se halla admirando los sakuras (cerezos) del Parque de la Exposición, en medio de la aparente tranquilidad, debido al cálido ambiente rodeándolo, viene a sucederle lo inesperado. No se siente bien, de pronto, percibe un soplo de extravío en su existencia, algo imposible de explicar, conduciéndolo a la nada y, por tanto, se regurgita con las pulsiones hacia la muerte: sintió el agobio, el peso de la conciencia. La aflicción ciega (p.10). A partir de ese momento, su vida se trastorna, ya no será ni volverá a ser la misma. Irá internándose en aquel pasado remoto que tal vez pretendió olvidar, descubriendo que no estaba a salvo de nada, menos de culminar comprobando estupefacto: era un hijo de japoneses, un niséi, casi un extranjero, y todos aquellos lugares, sus gentes, le eran ajenos (p. 15).

Viene a ser la desesperanza llevándolo al plano de lo lastimero, impulsándolo a pensar en el suicidio, en la muerte como única salida frente a la indignidad. La providencial aparición, en dicho lapso, de Juanita Terukina, le recuerda a los variopintos personajes viviendo cerca a su casa, irrumpiendo de esta manera otra vez en su conciencia la realidad brutal, extrayéndolo del marasmo en que se hallaba inmerso, haciéndolo testigo del enfrentamiento donde un comerciante de Gamarra defendiéndose de un asalto mata con su pistola a uno de los jóvenes pandilleros. Sin embargo, Nakamatsu es indiferente a todo, en suma, se mantiene ajeno y continúa de largo su periplo, encontrándose con su amigo Paco Mármol, a quien le pregunta sobre la forma más rápida de matarse, sin dolor –acaso como esperaba hacerlo el trágico narrador indigenista José María Arguedas, otro desarraigado- y éste le contesta con un tiro en la sien, después encuentra a Masao Uchida, quien le acabará comprando una pistola, después de jugar unas partidas de ajedrez.

En el capítulo III, Higa Oshiro contextualiza histórica y literariamente su novela. Aparece, en calidad de personaje, el ilustre como extraviado poeta de los años 30, Martín Adán, todo desaliñado en el vestir, de apariencia taciturna, caminante empedernido, bastante pegado a la bebida, bordeando el alcoholismo y con quien Katzuo Nakamatsu, tratándose de un contemporáneo suyo, se identifica plenamente. De este modo, no se siente tan solo en la sociedad y, asumiéndose un escritor en busca de materiales para crear, visita los populosos distritos de Jesús María, La Victoria y Breña, pero que a él no le significará encontrar alguna otra cosa rescatable, excepto el desconcierto permitiéndole arribar a evaluarse, vislumbrando siempre su irremediable origen japonés, convertido en un lastre que cargará de por vida. La novela corta –o nouvelle como también la llaman- es profundamente reflexiva en todos sus extremos. No trata de narrar en el sentido lato o lineal del término sino de recordar, de evocar los pormenores manteniéndose intactos en la memoria de Nakamatsu, introduciendo entonces las vueltas atrás en el tiempo.

Para ello, empieza de acuerdo a las promesas que en algún momento realizó, por visitar la tumba de su esposa Keiko, muerta hacía unos veinte años, forjándose un contraste entre el presente sentido y el pasado constante, yendo también a las tumbas de su madre Tamae y de su padre Zentaró, quien encabezara el primer advenimiento de la colonia japonesa en 1918: partiendo de Yokohama, inmigrante pobre, en el carguero Anju Maru con otros doscientos cuarenta compañeros, rumbo a las haciendas de Cañete (p. 47), de pasada ve un entierro y compara su vida miserable, completamente nula para destacar en los negocios, respecto a las de sus hermanos y hermanas tan brillantes, económicamente mejor establecidos, ahondándose en la incertidumbre de no saber, en verdad, quien es, intentando rebelarse contra su misma condición y, tras ser repentinamente jubilado en la universidad, donde hasta entonces trabajaba, termina por adherirse, inclinarse, resignarse a la proximidad del fin: por qué no era nadie, por qué siempre la carencia, el desamparo, un desgarrón, un vacío: ¿por qué la muerte? (p.53).

En el capítulo V aparece Etzuko Untén, el otro personaje desencadenante en la novela, amigo del padre de Nakamatsu y con quien igualmente éste se sentirá identificado, tornándolo en el centro de las evocaciones gloriosas, en tanto, dentro de su cabeza se incrementan atormentándolo de manera horrorosa como incesante las voces narrándole los sufrimientos de sus antepasados, los murmullos sugiriéndole vivencias, los ruidos sacándolo de una continua y aparente tranquilidad, para llevarlo hacia un estado particular donde descuidándose de sí mismo, piensa en volver a la universidad, mediante la presentación de algún reclamo por escrito, cayendo en la peligrosa conjunción de que locura y muerte forman en resumen una sola amalgama, de carácter volátil, así como en la certeza de ser él apenas un hombre venido a menos, sin la grandiosidad, por ejemplo, de un héroe acaso mitológico. Tal condición le vuelve a originar otro desbalance mental, manifestado en un sueño obsesivo que lo impulsa a cambiar su indumentaria por una más antigua, conforme se hubieran vestido su idolatrado Martín Adán y su próximo Etzuko Untén: sacón de paño oscuro que le llegaba por debajo de las rodillas. También adquirió gafas de carey antiguo, y seleccionó una corbata azul con rayas blancas, y reacondicionó pantalones de angosta basta, y optó por un bastón de madera con mango reforzado (p.66-67).

Con ambos personajes se mantiene contento y se identifica, sintiendo que los reencarna en relación a su pasado de hombres odiados por muchos, vistos como invasores de una realidad extrañamente dura, aunque, no obstante, ellos aprendieron a sobrevivir, a sacarse el alma para salir adelante, a mostrar esa garra que décadas más tarde les granjearía la admiración por ser unos hombres prácticos que, pese a haber soportado los estragos de la bomba nuclear en las ciudades de Nakazaki e Hiroshima, quedando económicamente débiles, tras la Segunda Guerra Mundial, supieron apelar al sacrificio con tal de emerger como el ave fénix de entre sus cenizas. A Nakamatsu, poco le interesa transformarse en el hazmerreír de los vecinos, observándolo dubitativos durante los paseos cotidianos que hace, internándose en bares y en prostíbulos, buscando resarcirse a cualquier precio en busca de la iluminación, hablando con los pocos amigos, dedicándose en algunas noches a tejer, sin ningún objetivo específico, por cuanto su vida no tiene ningún horizonte válido. Katzuo Nakamatsu, a pesar suyo, no quiere ser del presente tan temido sino acercarse al ayer, incluso anterior a 1940, al mismo tiempo de continuar escribiendo la novela que se había propuesto teniendo como protagonista a Untén.

Hasta aquí todo se ha desenvuelto en medio de un atroz pesimismo. El protagonista deja entrever su desazón frente al sacrificio de haber emigrado y continua absorbido por el ambiente sórdido, poblado de ladrones, prostitutas y homosexuales que pululan por la Plaza Manco Cápac, a quienes se dedica a otear, sin atreverse a más, incluso se mantiene así cuando visita Tacora y San Jacinto, los conocidísimos lugares donde gran parte de cuanto se vende tiene procedencia robada. Aunque sin mayor horizonte, envejecido por los años, durante sus paseos nocturnos, solo Etzuko Untén y Martín Adán representan su esperanza última frente a la soledad que de continuo lo envuelve, mientras va precipitándose hacia el abismo de la autodestrucción y, abandonando sus proyectos de escritor, se pierde ante los ojos de su incondicional amigo Benito Gutti, profesor universitario como él. Según le pasara a Friedrich Nietzsche antes de morir, cuando parecía ser éste el colapso del cual nunca se recuperaría, es Gutti quien no dándose por vencido decide buscarlo y lo encuentra sucio, maloliente, completamente desaliñado de arriba hasta abajo. Desde ahí, poniendo todo su empeño, consigue hacerlo volver, recuperarlo, orientarlo a que retome conciencia sobre sí mismo hasta que, paseando por el Mercado Virgen de la Asunción, ingresado entre verduras y hortalizas, a las doce o una de la tarde, quedándose frente a la visión de un bello adolescente, alcanza la iluminación tan anunciada en el título de la novela, ante la cual, como Dante acompañado de Beatriz, contemplando a Dios en La divina comedia (1307-1321), se desnuda y queda, en absoluto, perplejo: Entonces, llorando, arrodillado, clamando al cielo y al infierno, solamente susurraba para sí mismo: “¡La belleza existe! ¡La belleza existe!” (p.107).

Pese a ello, Katzuo Nakamatsu continuará presentando unas severas crisis emocionales y repentinas caídas del mismo tipo, siendo, con la autorización de sus familiares, internando en el Instituto Psiquiátrico de la Seguridad Social. Ahí, después de un largo periodo en que se insertó sin tropiezos a la comunidad del hospital, los enfermeros pasarán muchas veces por serios problemas para conseguir calmarlo en sus delirios, viéndose obligados de tiempo en tiempo a suministrarle ciertas dosis de tranquilizantes y, en última instancia, colocarle una camisa de fuerza. Solo la visita de Juan Miyasaki, su otro amigo incondicional, logrará que Nakamatsu vuelva a recuperarse un poco, pueda hablar lúcidamente con él, recomendando sea sometido a los conjuros de la yutá Miyagui, una médium profesional encargándose de hacerle un análisis detallado respecto a sus desequilibrios emocionales, llegando al tercer día a la conclusión que las voces repitiéndose dentro de sí pertenecen a una mujer queriendo ser reivindicada de su pasado atroz, donde aparece el orgulloso Etzuko Untén, quien se casó, tuvo hijos, fundó un barrio, hizo protestas defendiendo a su familia y al resto de las familias, nunca desprendiéndose de la idea de que alguna vez arribaría un barco fletado por el emperador Nihón llevándolos de regreso al país de sus orígenes y, a pesar de todo lo sufrido, dentro de una realidad hostil hacia lo extranjero, jamás se inclinará por negar o abdicar de su genealogía nipona. Luego, Nakamatsu se sumerge de nuevo en la escasa tranquilidad de otros tiempos: se mostraba sosegado, inalterable en el rostro, paciente en su conversación, cortés en sus ademanes, siempre en voz baja, risueño y exquisito (p. 126-127), entonces recuperando la conciencia como Alonso Quijano, el célebre personaje cervantino, vuelve a su casa en El Porvenir, donde dos meses más tarde morirá víctima de un aneurisma cerebral.

Un indudable logro a destacar en la novela de Augusto Higa -en estos tiempos en que se habla de la inutilidad de las términos bien colocados en la narrativa-, es el magnífico empleo de un lenguaje esencialmente poético, de expresiones construidas adrede, de palabras escogidas con sumo cuidado, plagándolo de una precisión no exenta de retórica, de una elegante retórica precisaríamos, haciéndonos recordar a Thomas Mann en La muerte en Venecia (1912) o más cercanamente con El goce de la piel (2005) de Oswaldo Reynoso. Cierto es, no hay ninguna influencia literaria por parte del narrador alemán, nacido en Lübeck, Premio Nobel de Literatura en 1929 sino, en todo caso, una proximidad en el manejo de las palabras acordes a lo descrito de frase a frase, de párrafo a párrafo, de capítulo a capítulo. En cambio, es evidente el hilo común respecto al relato largo o novela corta de Reynoso, no solo en cuanto al uso del lenguaje, hecho también de candentes evocaciones líricas, soñadas o inventadas, sino en el personaje central, donde Katzuo Nakamatsu equivale a Malte: el primero es el fundamento básico del narrador Benito Gutti, pues, encargado por éste, elaborará el informe que constituye en sí el contenido de toda la novela, mientras el segundo representa el infinito anhelo carnal, voluptuoso, hecho realidad, de un hombre entrado en años respecto a uno mucho más joven.

Para darle una mayor verosimilitud al tema enfocado, menguando “su carácter más bien libresco, tan distante de la oralidad dominante en la narrativa de Higa en la época en que integraba el grupo Narración”(3), en relación a una cultura que nos parece hasta cierto punto exótica, quien también fuera editor de las publicaciones del Instituto Nacional del Desarrollo (INIDE) y autor del volumen de corte testimonial Japón no da dos oportunidades (1994), que narra las experiencias de los peruanos de origen nipón inmigrando a la tierra de sus ancestros, intercala en el corpus narrativo una serie de términos, originarios de la lengua de Ryunosuke Akutagawa o Yukio Mishima como “sakura”, “yutá”, “kachigumi”, “senkó”, “butsudan”, “ochogatsu”, entre otras, que le otorgan a la novela La iluminación de Katzuo Nakamatsu un sabor natural, una naturaleza más acorde y más próxima a la materia narrada, resultando “satori”, o sea, iluminación (conforme al budismo, en su variante zen), la palabra clave para comprender el estado definitivo, al cual arribará finalmente el atormentado protagonista que, según ha declarado el propio autor de la novela -breve, pero, intensa- se alimenta de él, ha sido formado con retazos de él, por cuanto representa “una especie de alter ego mío, un vicario de mí mismo” (4).

En este sentido, Higa Oshiro, graduado en literatura peruana y latinoamericana por la decana Universidad Nacional Mayor de San Marcos y profesor de dicha especialidad en distintas entidades de educación superior, hace de su héroe un prototipo de la lucha incansable del hombre contra el destino, dentro del que -dicen muchos, yo no creo- estamos enmarcados de antemano. No se ha contentado con haberlo puesto a vivir, transformarlo en alguien encarnando los sufrimientos acumulados por sus compatriotas, dándole su aliento como descendiente de emigrantes, quiere enfrentarlo también y lo enfrenta a su pasado, en parte glorioso, en parte de ignominia (imposible olvidar el odio desatado en nuestro país hacia los japoneses recién llegados o, a sus respectivos descendientes, después del ataque a la base de Pearl Harbor en 1941, que causó la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial). Inclusive lo va dejando vivir por su cuenta y riesgo dentro de un contexto oscilante entre ese torrente formado por los canturreos de pájaros, el coro de voces asediándolo de continuo y, cómo no, el innegable pasado familiar, descubriéndolo todo un emigrante, obligado a sobrevivir, incluso tragándose las salivas. Para eso, se amparó en la evocación de Martín Adán y Etzuko Untén quienes, semejantes a él, debieron enfrentar la condición de desarraigados, siéndoles inherente a su propia naturaleza, en suma, aparte de “perfilar un personaje intenso, desquiciado y, al mismo tiempo, luminoso, –anota Pedro Escribano- expone, en una suerte de dos radiografías, lo que es una historia personal y lo que es la historia social” (5).

Son tres los planos desplegados en los capítulos de esta novela. A su vez, estos capítulos se desintegran en diversos fragmentos, bajo un ritmo creciente en intensidad, en precisión y en lirismo, mediante la narración al inicio en la voz de una tercera persona, pero que, tras la identificación de Benito Gutti, en realidad, un bibliotecario, de origen italiano, que trabajaba en la sala de investigaciones de la Biblioteca Nacional, encontramos a éste cumpliendo el rol de narrador en la primera persona y después en varios párrafos más está la segunda persona dándose a conocer, dirigiéndose a la conciencia del protagonista, Katzuo Nakamatsu, amigo de Gutti para más señas, viviendo en los estertores de la existencia, en los mismos extremos de la locura y el desencanto, entregándole sus papeles, como Franz Kafka a su amigo y posterior editor Max Brod, conteniendo sus bosquejos de escritor nunca realizado, habiendo entre los mismos, novelas, relatos, ensayos truncos así como un recuento biográfico –siempre el pasado irrumpiendo en el presente, siempre aquellos recuerdos volviendo cada vez más terribles- de familias japonesas afincadas en localidades de Huaral y en la propia Lima, que más tarde serán usados por Gutti como material disponible para la definitiva escritura-creación de la novela. Aquí se emplea el recurso tantas veces usado del autor convirtiéndose en transcriptor del manuscrito de un tercer personaje, receptor al mismo tiempo de un segundo individuo, que viene a ser el protagonista, hombre desgarrado, nunca feliz.

Con esta obra, bastante lejos ha quedado ubicado Augusto Higa respecto a sus primeros libros, principalmente de los cuentos incluidos en Que te coma el tigre (1977) o La casa de Albaceleste (1987) o su anterior novela Final del porvenir (1992), por ejemplo, donde encontramos a un narrador plagado de una densidad, casi naturalista, para mostrar una realidad demasiado trágica ante los ojos de quienes, en otros ámbitos, también la vivimos y, hasta cierto punto, nos resultaba repetitivo encontrarlo a través de los primeros escarceos de Miguel Gutiérrez, Antonio Gálvez Ronceros, Gregorio Martínez, Roberto Reyes Tarazona, Oswaldo Reynoso, Juan Morillo Ganoza, por mencionar solo a integrantes o ex integrantes del grupo Narración, mientras que en La iluminación de Katzuo Nakamatsu se ha despercudido por completo de ese lenguaje seco, escueto, lacónico, casi de informe científico, para orientarse por uno más propio, con la palabra echándose a desarrollar su laborioso como subyugante festín. De ahí proviene el secreto en la fluidez narrativa que evidencia la novela de principio a fin, acercándolo de esta manera mucho más a la poesía y, para bien de nuestras letras (en idioma español cuando menos), lo distancia del crudo realismo de otrora.

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Notas:

(1) HIGA OSHIRO, Augusto La iluminación de Katzuo Nakamatsu Colección Súmmum, Editorial San Marcos, Lima 2008. En esta edición nos hemos basado para obtener las citas de este ensayo.

(2) ESPINOZA, Gabriel Desgarradoras luces. Una historia de migración y de locura, en: http://www.augustohiga.blogspot.com tomado a su vez de http://www.elcomercio.com.pe/edicionimpresa/html/2008-05-25-desgarradoras-luces.html, consulta del día 09 de julio del 2010.

(3) ÁGREDA, Javier Comentario a La iluminación de Katzuo Nakamatsu, en: http://www.augustohiga.blogspot.com tomado a su vez de http://zonadenoticias.blogspot.com/2008/05/javier-greda-sobre-la-iluminacion-de.html, consulta del día 09 de julio del 2010.

(4) DE PAZ, Maribel Entrevista a Augusto Higa. En: http://zonadenoticias.blogspot.com/2008/05/higa-iluminado.html, consulta del día 09 de julio del 2010.

(5) ESCRIBANO, Pedro Las visiones de Augusto Higa Oshiro, en: http://www.augustohiga.blogspot.com tomado a su vez de http://larepublica.com.pe/content/view/220032, consulta del día 09 de julio del 2010.

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