lunes, mayo 16, 2011

La invención de un paraíso en la poesía de Patricia Colchado


Gustavo Tapia Reyes / Chimbote

En la poesía peruana de las últimas décadas, muchas son las mujeres que han incursionado con su indudable frescor en la expresión de una lírica que, siendo cada vez más menos feminista o de un carácter reivindicativo, en su condición de género, paradójicamente no ha renunciado a su femineidad. Muchas son las bellas hijas de Eva generacionales, ingresando de plano en la búsqueda de una voz propia, alineándolas o, acaso, separándolas, de ese conglomerado en que todas se hallan encuadradas, desde hace bastante tiempo, bajo una misma etiqueta. De entre estas voces, sin embargo, alzándose con un creciente desarrollo individual, rescatamos ahora a Patricia Colchado Mejía (Chimbote, 1981) para ubicarla en un panorama distinto donde, concibiendo en otra dimensión al más excelso de los géneros literarios, a partir de un lenguaje depurado, selecto, de orientación etérea, hecho con las palabras estrictamente indispensables quiere, al mismo tiempo, fundamentar la existencia de un paraíso.

Radicada en la ciudad de Múnich (Alemania), sigue cursos de perfeccionamiento del idioma germano -tan enrevesado en la concepción de Vargas Llosa, padre- y se dedica tanto a la práctica de la danza clásica como de la contemporánea, después de haber estudiado Bibliotecología y Ciencias de la Información en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, aparte de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega y, aunque no hemos logrado tener acceso a su plaqueta Hypercubus (2000), con la cual propiamente diera inicio a su carrera literaria, podemos decir es con el poemario Blumen (2005)(1) -Flores en la lengua de Goethe- conformado de un solo bloque de 31 poemas, encabezado por un epígrafe de Amy Lowell, que Colchado Mejía empieza a develar, al amparo de una intensa vocación, una verdadera poesía hecha de susurros y discreciones, de habladurías al oído y calenturas en la sangre, expresando desde ya un mundo donde la palabra se transforma en el combustible necesario a usarse en la invención de todo un Edén. No se ha contentado con apelar a la subjetividad que, en estricto sentido, suele marcar a cada creador de poesía, se ha planteado un proyecto de representar, en forma sui géneris, esos deseos tan innatamente humanos de no solo hay que vivir o sobrevivir en este planeta llamado Tierra, también debemos buscarle una viable, aunque mágica alternativa.

Para alcanzar tal objetivo, no tan sencillo como podría parecer, se ha internado en la adopción de una voz que lo encarne, de una voz enteramente suya o, tal vez, ajena, aunque integrándola a sus necesidades expresivas, dando así origen a una especie de ninfa-hablante o hablante-ninfa, a través de cuya presencia va recorriendo con soltura una serie de distintos ámbitos. De este modo, se inclina por ser enteramente libre, en tanto es ella en unos versos afirmando la certeza, en otros, prefiere la transmigración repleta de incertidumbre que como ha escrito Carmen Ollé “adopta el susurro, la voz trémula, el aleteo de la mariposa para sembrar aún más la duda” (2). Quien formara parte de los comités editoriales de las Revistas “Ajos y Zafiros” de Lima y “Los Zorros” de Chimbote y es también Directora de la Colección de Narrativa Peruana “Diamantes y Perlas” no se queda solo en la absorción del mundo exterior con miras a, pasándolo por el filtro de su naturaleza, hacer brotar una poesía que irremediablemente nos lleva hacia el estremecimiento, también se embarca en ir otorgándole consistencia a un espacio de vaporosa geografía y exótica raigambre, con aires ciertamente bíblicos: sobre el monte Latmus/ te amó Zeyna/ (p.27), adquiriendo otro matiz en consonancia a lo anterior: el viento desfila/ entre silencios y olvido/ he dejado el desierto/ para verte dormir/ (p.29) y el placer se transforma en el máximo ideal, nunca llegando al desenfreno, ni tampoco negando la fuerza ambivalente del pecado, un extremo al cual prefiere darle una salida: miro tu espalda/ magullada por el deseo/ (p.9).

Es decir, resulta contenida en la medida que cada una de las flores invocadas sirven para representar a los “amantes invisibles”, girando de continuo por alrededor suyo. Cada una de éstas prevalece entre las páginas de Blumen, siendo el motivo básico, mediante una orientación que, distinguiéndolas en sumo grado, las torna en depositarias de una oscilante condición que va desde el erotismo más sutil con referencias a elementos cotidianos: abriéndose sin temor/ mis labios sienten la pulpa/ (p.39) o cuando se desborda arrojando hacia el vacío el temor a la nada: solo necesito extraviarme/ en la dimensión/ de tu amantísimo clítoris/ pintado de fuego/ (p.17) hasta el abandono de todo lo material, sin arribar a ninguna disolución de corte nihilista: dejaré mi cuerpo/ como una señal/ bajo el agua/ (p.45). Empero, la ninfa-hablante, teniendo un origen mágico, en paralelo, se hace visible en su reciedumbre humana y quiere alcanzar una consistencia propia que le facilite ser quien ansía: la llovizna ya no nutre mi angustia/ apareciste infiel en el puerto/ (p.23), reclamando pronto un regreso de aquel otro, acaso inmaterial, acaso físico, en el instante cuando es más preciso todavía de tenerlo consigo: para que tu rostro/ asome/ húmedo y bello/ en la penumbra/ (p.45). Poco después, herida en su vano orgullo, de mujer a fin de cuentas, a la ninfa-hablante le vendrá el despecho desintegrador: lejos de mí/ enrojeces/ he pasado horas dibujando tus gestos/, propiciando que la pureza y la virginidad sean transformadas en patrimonio de la existencia, reluciendo a modo de prueba: cuando desdoble mi prenda/ bordada de sangre/ (p.53).

Por lo tanto, a diferencia de los llamados “poetas metafísicos”, entre ellos John Donne o de quienes consideran la salvación bíblica como una tendencia necesaria desechando lo corpóreo, Patricia Colchado asume ser quien es y permite fluir a una ninfa-hablante, extendiéndose a través de la agilidad de unos versos breves y sugerentes, de unos versos donde se amalgaman la dulzura con la tristeza, donde la angustia con la melancolía forman un único emblema. No está explayándose en una poesía, mal entendida como autónoma o propia de la decimonónica torre de marfil, solo quiere expresar en ese paraíso, que inclusive tiene un nombre propio, ha sido de alguna manera olvidado todo aquello implicando dolor y sufrimiento: los forasteros los desterrados/ ya no tienen sed/ las cruces en Magdala no pesan/ (p.15), dando paso a la hilaridad de un jolgorio, de una fiesta mediante la exaltación de los sentidos, el desdoblamiento de las ansias, careciendo de cualquier límite probable. Todo es aceptado, hasta la misma reproducción, tan denostada por Émile Cioran en uno de sus terribles aforismos: tu cuerpo arde danza arde canta/ dejándose llevar por la ilusión del vino/ por el amor profano de las mariposas/ que esparcen tu polen/ (p.25) o si se persiste en lo mismo de gozar: la brisa se refugia en tu piel/ y yo continuo bailando/ en la tornasolada espuma/ (p.71), arribando al sosiego que otorga la consecución del placer, el aletargamiento del ser en dicha circunstancia. La ninfa-hablante lo dice todo con rotundidad: mutilando tu encanto/ ávidamente/ después de amarte/ (p.51), antes de entregarse al asomo de la distancia, en extraña dualidad con la cercanía, ambos extremos, en este caso, se juntan formidablemente: apártalos con tu espesura/ solo necesito/ hallar tranquilidad/ lejos de ti/ (p.69) y acabar haciendo mención a una salida, en medio del éxtasis por la cordura: lleno mis bolsillos de piedras/ y me sumerjo en el lago/ (p.75). El lago siempre, aquel elemento simbólico que ha jugado un rol particular tanto en la literatura como en el cine.

Pese a ello, no se crea que estamos ante una poetisa de clara orientación religiosa. Nada más lejano a la verdad de quien, con un segundo poemario, dedicado nada menos a su esposo y con epígrafe sacado precisamente de “La Biblia”, titulado Las pieles del Edén(2007)(3), pulcramente editado como el anterior, ha proseguido en el trabajo de dar pie a una poesía divergente respecto a otras voces que la antecedieron, por ejemplo, a la prematuramente desaparecida María Emilia Cornejo con En la mitad del camino recorrido (1989), a Rocío Silva Santisteban en Ese oficio no me gusta (1987) o Carmen Ollé en Noches de adrenalina (1981). Si, con el volumen del 2005, Colchado Mejía empezó la ambientación del paraíso, instalando esas flores, esos sentimientos, esas veladuras, dos años después, con este libro, va a ir poblándolo de mujeres, va a ir colocando a cada quien en su lugar correspondiente, va a desatar, por medio de la ninfa-hablante, una amplia variedad de resonancias donde, pese a nunca señalarse específicamente un rechazo, tal vez los varones quedamos al margen, inhabilitados para comprender semejante mundo ideal. No obstante, la duda transmutó en jolgorio, al leer los versos donde nuestro género resulta, en ella, produciendo emociones y, por ende, también poesía. Lo aborda todo de modo sutil y, en un afán de alcanzar esto, ha recurrido de nuevo a la tradición bíblica, extrayendo a tres personajes, cuyos nombres sirven para subtitular cada parte, constituida de once poemas breves, designados por números romanos.

Pero, en sentido contrario a lo que pudiera pensarse, Patricia Colchado no ha efectuado ninguna ruptura en su poética, solamente ha ido ampliando las fronteras de su visión, mediante poemas también breves, algunos son pareados, tercetos y cuartetos, siempre escritos en versos de arte menor. No ha pretendido ni querido negar nada de lo hecho, dentro de una evolución llevándola hacia un numen mejor valorado, según lo hicieran José Santos Chocano y Juan Cristóbal, en relación a su poesía anterior a Alma América (1906) y El osario de los inocentes (1976) respectivamente, sino se ha tendido con lentitud, ninfa-hablante segura y pensante, incorporando otros elementos sobre el mismo espacio de Magdala, colocando otras esencialidades, añadiendo clarísimas esferas, cuán si estuviera queriendo borrar todo vestigio de rutina, de desasosiego, del temor que inunda por doquiera nuestra época contemporánea; esto es, volver al principio, donde el hombre estaba recién conociendo el entorno y todo se hallaba plagado de inocencia, conforme se relata en el Génesis bíblico. Sin duda, la ninfa-hablante o hablante-ninfa recurre a ese libro sagrado, escrito por autores con inspiración divina, para desde ahí otorgar el debido fundamento a una poética que, aparte de la degustación verbal y la traslación a esos mundos semánticos y fonéticos, busca crear un nuevo refugio para tantas incertidumbres nuestras. Colchado Mejía nunca da respuestas, permite broten las alternativas, convirtiéndose de esta manera en la voz opuesta a un tiempo siempre caótico, siempre más difuso respecto al mañana, a pesar de tanto avance científico y tecnológico de los cuales con frecuencia solemos hacer gala.

En la primera parte, la ninfa-hablante se expresa por medio de Eva, la madre de nuestra especie, sinónimo de creación y de inicio para, retomando la tónica general plasmada en Blumen, en dos versos que bastando y sobrando por sí solos, grafican la prístina intención impulsando cada vez más su estro lírico: La piel cuando no solo es piel/ es un Edén/ (p.11). No se queda únicamente en sugerirla, a modo de una resonancia encarnadora, se aúna a transformarla en una habitante de tal paraíso, estando presente el natural candor de los años seculares: seguía sin conocer/ los nombres de los pájaros/ y las flores/ (p.12), que lo lleva a culminar formando parte de ese otro ser, quizás de un fauno o un macho cabrío, alcanzando a pluralizarse con su naturaleza insoslayable de mujer: Corríamos entre espinos/ cardos/ buscando un lugar para el amor/ (p.14) y aguarda la llegada de ese momento, de ese instante de sosiego y dicha, cuando el infinito es más infinito todavía: te espero a diario/callada y fértil/ (p.15). Es una Eva pululando en procura de hallarse con un Adán sin rostro, decididamente invisible y, sin decirlo con la expresividad de las palabras comunes y corrientes, opta en susurrarle que la soledad le es inherente junto al desasosiego, pese a la misma maternidad siendo parte esencial de ella: Estaba escrito que en mi dolor/ seguiría besando/ la frente de mi primogénito/ (p.17), arribando a la estación, apenas perceptible, dentro de un periplo siempre más prolongado y absorbente. Nótese en estos versos otra vez la irrupción del Edén: Hemos llegado/ al último rincón del paraíso/ (p.21).

En la segunda parte, especie de bisagra que implica un enlace para la siguiente sección, aparece Salomé, la dulce Salomé, la bella princesa de origen judío, depositaria del pecado y, por consiguiente, del mal. La ninfa-hablante no rehúye a este lado (proscrito por el fanatismo religioso hasta niveles intolerables, aunque inevitablemente resulta siendo humano) describiéndose pura e inmaculada y, a través de las pieles que va hallando o dejando en el camino, se eleva para hacernos evocar el pasaje bíblico aquel, sustento de su fama como sensual bailarina frente a su padrastro Herodes Antipas: entonces/ empiezo a danzar para él/ para el único que eterniza mi baile/ (p.27). Es mujer, por esencia hembra y, acaso a semejanza o diferencia del varón, igualmente quiere ostentar el dominio, quiere mostrar la precisión de sus pasos, jamás obviando la permanente proximidad al otro (o de la otra, por qué no decirlo), con quien busca mimetizarse: No temas/ ya mi baile dejó hace mucho/ de ser un maleficio/ (p.32), a la vez de invocar su carencia existencial de la cual tampoco se halla inmune: mi cabeza cerca a la tuya/ como una piedra negra/que necesita amor/ (p.31), que lo inclina hacia la pasión sustentada en el deseo, hacia la pasión nunca abominada, desoyendo todas las advertencias: y frente a frente/ ablucionamos nuestros cuerpos/ (p.28). Empero, se trata una voz que ansía asumir otro matiz, la ninfa-hablante de la poesía escrita por Patricia Colchado se inclina hacia la redención dentro de un espacio distinto. No condena a ninguno de los mortales. No señala a nadie con el índice, a la manera del Supremo Hacedor en la Creación de Adán (1536), bella pintura de Michelangelo Buonarroti, más bien dándoles una nueva posibilidad, dice: ahora prométeme/ que escucharás al nuevo profeta/ (p.33) y aconseja de soslayo: Devuélvele al mar/ las garzas que agonizan en tu pecho/ y mañana sus aguas/ guardarán tus cenizas/ (p.35).

En la tercera parte de Las pieles del Edén, poemario conectado con todo Blumen, por medio del poema “azucena”, que hace referencia a Magdala, ciudad cercana a la costa occidental del lago Tiberiades (hoy perteneciente al belicoso estado de Israel), donde naciera María Magdalena, el último personaje entre los mencionados, cuya voz también asume la ninfa-hablante. Ésta se interna en la psiquis de la mujer que fuera redimida de sus pecados por Jesús de Nazareth para, en un principio, describirla desde fuera, como una testigo clave en el tiempo, indicando sin pudor que se dedicó al oficio más antiguo del mundo: encontraba siempre/ algún hombre esperándola/ y colocaba sobre la piel del visitante/ las piedras que esa tarde había recogido/ (p.30), después, con la esperanza de obtener una imposible eterna juventud –se ha diluido para siempre el mito aquel- la hará invocar, adquiriendo otra óptica: No permitas que me quede/ sin los cabellos untados de aceite/ ahora que conoces/ cada lunar/ que alumbra en mi cuerpo/ (p.14). En esta parte del volumen se entabla una especie de diálogo entre la hablante-ninfa con María Magdalena, fluyendo en cuatro estancias sucesivas. Se arriba a la búsqueda de la absoluta comunión con la susodicha: Después de rasgar nuestras ropas/ regresamos al monte/ (p.46), luego, se acrecienta la vida arribando a un determinado grado de intensidad, desapareciendo todo lo negativo: La tristeza es una rosa amarilla/ hundida en una copa de vino/ (p.45), donde se tiene la certeza que la soledad puede ser disipada: no estaré sola/ el viento será mi amante/ (p.49), como preámbulo a que la pureza de aquella ninfa-hablante, la imaginamos de cabellos largos, ondulados, rostro ovalado y mirada dulce, termine absorbiendo a la impureza (por así decirlo) de María Magdalena: Seguiré tu consejo/ otras pieles/ ya no vendrán a abrigarme/ (p.43). Ahí culmina el periplo y suscribe la opción interminable del gozo en lo tangencialmente venidero.

Una característica por demás resaltante en la poesía de Patricia Colchado Mejía es que, entre los dos poemarios, hallamos una fabulosa continuidad temática tan difícil de alcanzar. A diferencia de cuantos poetas consiguen enviar a la imprenta solo reuniones de poemas, bajo un título común que intenta compactarlos, la autora de Blumen y Las pieles del Edén consigue una amalgama de libro a libro, donde no habiendo vacíos, se encuentra una trabazón que deriva en la contundente unidad. Si en el primero hay un despojamiento de lo meramente descriptivo, mediante la anulación de los detalles, evitando los ripios, quedándose con los inevitablemente indispensable; en el segundo, ésta se mantiene aunada a la humanización de cada una de las imágenes, captando el instante previo a que se desvanezcan, sin caer en absoluto dentro del plano de la narratividad ni tampoco inclinándose por un coloquialismo desmesurado, tan nocivas en casos diversos cuando de poesía se trata. Colchado Mejía se cuida mucho de esto que tanto afectó y perdió a los estridentes vates de los años 70, a los continuadores de los 80 y 90 e inclusive a cuantos epigonales sobrevivientes, no sin ciertas burbujas, se considera surgieron a inicios del milenio y permite, con ambos volúmenes, acabe por definirse una tendencia zanjada dentro de la “poesía pura”, exenta de todo artificio u ornamento, abordada desde un punto de vista personal.

A todo esto, de acertada manera contribuye la radical eliminación de cualquier forma de puntuación que, en esencia, suele acabar instituyendo un cortapisas limitante al propio discurso. La ninfa-hablante, cancelando las ataduras de lo escrito, se ha orientado por la fluidez de los versos completamente libres, en algunos casos concatenados, en otros proseguidos, dejando constancia de permitir, a quien se sumergiera en sus arrulladoras páginas, pueda otorgarle una propia interpretación, distante de cualquier forma de teorización, más acorde a su sensibilidad y a su conocimiento vital que como sabemos no requiere de un mayor estudio, pero, sí de un previo adiestramiento (hace tiempo hemos dejado de creer en los lectores instintivos, se supone, nacidos desde el vientre materno con la debida experiencia). Igualmente emerge a la vista el uso de las grafías, todas en minúsculas, excepto al principio de cada poema en el segundo libro; mientras en el primero las mayúsculas han desaparecido, dándole una susurrante salida a la observación de las ilustraciones, ejecutadas con pluma fuente por la misma Patricia Colchado, conformadas de limpias líneas, sin sombras, bastante sugerentes, además de perfiladas, harto complementarias a cada poemario de manera global.

Otro aspecto a evidenciar, tanto en Blumen como en Las pieles del Edén, es el empleo de los símbolos. Por eso, poemas como “genciana”, “anagallis”, “camelia”, “buganvilla”, “clavel”, “adelfa”, “cala”, entre otros, fungen de pretextos o motivos y nunca las flores son descritas ni aludidas, directa o indirectamente. Es lo que Alex Murillo ha denominado “giros” para referirse a esos cambios semánticos donde “las imágenes acerca de las superficies, o, en otras palabras, entre la apariencia externa y la dimensión interior de las flores-amantes: la epidermis –tanto la piel humana como la superficie de las flores- se trastoca en el mundo interior, es decir, las sensaciones adquieren cuerpo, se materializan” (4). Terminan siendo las aproximaciones hacia un buscado ideal, en cuanto alcanzan a tener significados distintos al contexto, dando la impresión de haber sido puestos para aligerar nuestra carga de seres humanos, activos y pensantes, golpeados por la vida.

También se hallan, en esta misma categoría, Eva, Salomé y María Magdalena, símbolos de tantas otras mujeres ambulando en la tierra que habitamos, tantas otras más respirándonos en la propia cara, tantas más apareciendo de pronto o desapareciendo por igual de nuestras vidas, más allá de haber sido la madre, la hermana, la amiga, tal vez la compañera o la amante, aunque, sobre todo, se impone Magdala, nombre del mentado paraíso, bíblico y de cuantas religiones o sectas en el mundo son o han sido, que la ninfa-hablante o la hablante-ninfa inventa usando el poder de la palabra, verdadero puente para el traslado desde unas páginas hacia las otras, sin percibir el temblor propio de estar ingresando en una órbita extraña. Se descubre en la poesía de Colchado Mejía la sólida creación de un escenario al cual, en carne, todos quisiéramos ir (ficticio si volvemos a lo prosaico de la realidad), donde la hablante-ninfa ha ido sembrando una serie de flores, encarnación de sentimientos y de susurros, después, apareciendo las pieles, ha otorgado consistencia a cada una de las mujeres, puras o impuras, su condición es lo de menos, debido a que la poesía va a encargarse de cuánto falte añadir.

Por lo expresado, estamos frente al surgimiento de una voz poética con ribetes ahora imposibles de vislumbrar. No decimos se trate de una obra culminada, cerrada, difícil de ampliar, en la concepción tan próxima al enloquecido Arthur Rimbaud, quien abandonó a la escritura a los veinte años de edad sino, en medio de todo, surge la poesía como un límpido manantial, aquella distante de las estridencias, alejada de los espectáculos y que, dirigida hacia el mundo de la interioridad personal, se refugia concienzudamente en ésta. La ninfa-hablante o la hablante-ninfa, al respecto mantenemos nuestras dudas –en lo primero es un alter ego encarnando una voz, en lo segundo es una voz encarnando a ese alter ego-, no quiere, ni en lo más mínimo, reivindicar nada ni defender nada ni tampoco adopta una ideología feminista, negando su femineidad. Tal vez se alinee a lo afirmado por la novelista inglesa Virginia Woolf en el sentido que las escritoras serán verdaderamente libres cuando, al momento de sentarse a escribir, jamás reflexionen en torno a si lo están haciendo o no como mujeres. Suscribo convencido que solo quien o quienes acostumbren engolosinarse con el lenguaje y, de hecho, aprecien la belleza sustentada por aquel, a lo largo de estos dos poemarios, se hallarán, de extremo a extremo, capacitados o capacitadas para encontrarle lógica a la enorme racionalidad verbal propuesta por Patricia Colchado Mejía.

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Notas:

(1) COLCHADO, Patricia Blumen, Pájaro de Fuego Ediciones, Lima 2005, 75 páginas numeradas. En esta edición nos hemos amparado para las citas de este ensayo.

(2) Solapa derecha del volumen Blumen, Pájaro de Fuego Ediciones, Lima 2005.

(3)COLCHADO, Patricia Las pieles del Edén, Ediciones El Santo Oficio, Lima 2007, 49 páginas numeradas. En esta edición nos hemos amparado para las citas de este ensayo.

(4) MURILLO, Alex Comentario a Blumen. En: http://tierradepromision.blogspot.com/2006/11/blumen-de-patricia-colchado-mejía.html, mediante consulta del día 03 de noviembre del 2009.

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