miércoles, agosto 15, 2012

A propósito de "El cárcamo del duende"

Walter Lingán / Colonia

Poniéndole música a las tiernas caricias... A propósito de la novela "El cárcamo del duende" de Luis Flores Prado.

Desde Huamachuco (La Libertad) y, más precisamente, desde un café llamado La Nonna, donde sigilosamente suele vigilar como crecen raras orquídeas en el patio de su casa y deambulan las voces de los duendes por los troncos musgosos del huerto, me escribe Luis Flores Prado. Me cuenta que a veces se queda quieto, como viejo saurio, a la espera de una muchacha delgada, trigueña, y cuando ella se va, se queda tomando bocanadas de aire, olfateando las sábanas en busca de su olor. Otras veces lacerado por guijarros y espinas, participa en la marchas y contramarchas de un pueblo cada vez más desconocido, y eso, un día, lo llevó a transitar por los siniestros calabozos de la dictadura fujimorista acusado injustamente de terrorismo.

Con estudios truncados de Arte y de Historia en las universidades de San Marcos y La Cantuta respectivamente, optó por regentar en su tierra el café La Nonna y lanzarse por los caminos de la escritura. Entre sus escritos publicados en internet encontramos Chuyugual, memoria de uno de los ahijaderos de Florencia de Mora y Escobar para los indios de Huamachuco, El Quishpi Cóndor, danza milenaria, La Capilla de San José, El Campanario y Los Indios Fieles, además de una serie de diversas narraciones y poemas.

Pero yo debo decirles algo acerca de su libro 'El cármamo del duende'. Al terminar de leerlo asistí a la sensación de escuchar “la noche herida de gemidos”, algunas ráfagas como si fueran páginas arrancadas de Arguedas o de Vallejo, las tempestuosas lluvias invernales poniéndole música a las tiernas caricias, a los desenfrenos de un amor sin compromisos, y es que el amor sin condiciones y la ternura de los juegos infantiles, los recuerdos, junto a la convulsa historia por la justicia, dibujan y trastocan con suma facilidad la naturaleza de los viejos paisajes atravesados por saúcos, alisos, higueras, cárcamos, tapiales donde relumbra el sol en los veranos.

Es un libro compuesto por textos de una extraña y profunda belleza, una prosa que debe leerse con calma, disfrutando esos idílicos espacios retratados con un lenguaje preciso y precioso, metafórico hasta rayar con lo sombrío, con la melancolía y, al mismo tiempo, con la alegría. Desde un inicio la plasticidad de la palabra se conjuga con momentos brillantes y con una agilidad que nos descubre a un artista en el dominio de una amplia gama de registros literarios, hay escenas de hermosos lirismo y momentos en que la prosa nos arrulla como si a nuestro lado estuviera sentado, “alumbrada por su candelilla, inmisericorde”, el “ángel de la guarda”. En resumen un libro que al leerse con facilidad y hasta con devoción, es bestial, chévere, bacán...

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