Escribe Luis
Alberto Medina Huamaní
1. Lo público, lo privado y el espacio
social
Si observamos nuestra historia durante
las dos últimas décadas del siglo XX, veremos que 1980 fue un año marcado por
dos acontecimientos de crucial importancia: por un lado, se recupera la
democracia con la elección de Fernando Belaunde Terry (1980-1985), luego de una
sucesión de gobiernos militares por poco más de una década; y, por el otro,
Sendero Luminoso inicia sus acciones armadas con la quema de las ánforas
electorales en Chuschi (Ayacucho), cuyas consecuencias fueron catastróficas a
partir de entonces.
Nos interesa particularmente
la literatura de violencia generada a partir de este contexto sociopolítico.
Por ejemplo, dentro del marco de la narrativa literaria peruana última con
referente andino (entiéndase entre las décadas del 80 y 90), se ha generado una
especie de “miniboom” en cuanto concierne a la época del terrorismo en el Perú,
en la medida en que surgen numerosas producciones narrativas (novelas, cuentos
y relatos breves) que escogen como referente o eje central de su discurso la
violencia política (o llámese conflicto armado interno, guerra sucia o
terrorismo)[1], como una forma de
protesta y cuestionamiento a los problemas generados por militantes del Partido
Comunista del Perú Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas y Policiales del
Estado, principalmente. Retablo[2], la novela que nos
interesa, está ambientada, precisamente, en este contexto de violencia.
Para analizar y entender cuáles
fueron los móviles y bajo qué presupuestos son creadas las narrativas de la
violencia política, es necesario tener en cuenta dos aspectos muy importantes.
Primero: la obra literaria es un discurso social; y, como todo discurso,
resulta ser una interpretación de la realidad a la que representa; es decir,
una interpretación del referente real. Además, la obra literaria en cuanto
discurso, busca un efecto pragmático y de este modo cumple un determinado rol
en la sociedad. Compartimos, entonces,
lo siguiente:
Los
discursos […] no son sólo formas de organizar las historias, no son sólo
palabras que quedan en palabras. Los discursos no son inocentes y, es más, son
instancias que luchan no sólo por el espacio de la palabra, sino por el espacio
del poder. En este sentido, lo que existe detrás de todo discurso es un autor implícito, un
constructor de lo textual destinado a mover los hilos del relato para conseguir
un efecto, una persuasión […], una manipulación perlocutiva (Terán, 2005: 111).
Y, como las representaciones
discursivas sobre el fenómeno de la violencia política son heterogéneas social,
política y culturalmente, hay que
ubicar el lugar desde dónde se enuncia el discurso, quién lo hace y qué actitud
toma el enunciador frente a este problema; porque, como dice Víctor Vich:
“…cada lugar de enunciación, cada práctica simbólica, construyó una determinada
imagen de lo que creía –o cree– que es el país y cada una de ellas se ha
esforzado por intentar persuadirnos de sus fundamentos y de su ‘verdad’” (Vich,
2002: 12).
Las representaciones sobre la violencia
política son, entonces, diversas y hasta
contradictorias. El mismo presupuesto podría aplicárseles a las diversas
representaciones de la novela andina peruana contemporánea. Puesto que los
autores focalizan sus discursos desde diversas perspectivas y sus juicios,
actitudes valorativas e interpelaciones en cuanto agentes sociales serán según la posición social donde
se ubiquen. Por ejemplo, en Rosa Cuchillo
(1997) de Óscar Colchado, el autor implícito se ubica en la posición de las
víctimas, y su focalización está destinada a demarcar las diferencias y el
total hermetismo que conlleva a la total exclusión mutua entre lo
andino-hermético y lo occidental[3].
Lo mismo ocurre con Candela quema luceros
(1987) de Félix Huamán Cabrera, este se ubica también en la posición de las
víctimas e interpela al Estado-Nación criticando la actitud racista, genocida y
totalmente excluyente; dicha actitud se manifiesta a partir de los
representantes del orden y la seguridad, las Fuerzas Armadas, quienes están al
servicio de los opresores antes que del pueblo desposeído y victimado. En
cuanto a Retablo, el autor se ubica en una posición marginal, límite, entre la
comunidad andina y el mundo occidental, entre la tradición y el mundo moderno.
Pero esta posición no le impide
cuestionar, criticar e interpelar al Estado-Nación por sus constantes fallas
estructurales.
En segundo lugar, es necesario
conocer cómo incursionan los subversivos en las
comunidades campesinas y para ello hay que estudiar antes los diversos espacios
en los que se mueven los actantes del mundo representado en la novela. Con este objeto, usaremos como marco teórico la noción de “espacio
social” estudiada por Fiona Wilson (1999) quien toma los planteamientos
teóricos sobre diversos tipos de espacios de Henri Lefebvre (The production
of space, 1991) para analizar la naturaleza de la violencia política en
Perú y Guatemala.
A
nosotros nos interesa, en particular, lo referente al espacio social y al
espacio dicotomizado [o los espacios dicotomizados]. Veamos: la noción de
espacio, en primer término, está ligada estrictamente a otra noción: el
territorio. A partir de esta relación conceptual se ha venido estructurando
nuevos significados con connotaciones políticas, sociales y culturales.
Entonces, ya no hablamos de espacio geográfico y espacio territorial, sino de
constructos sociales de carácter dinámico y productivo: cuando un grupo de
personas se organizan dentro de un determinado espacio geográfico, automáticamente
se ha creado otro espacio: el espacio social; cada sociedad, cada organización
social crea su propio espacio, con sus propias ideas, costumbres y culturas; su
propia configuración y dominio de escenarios naturales y sociales. He aquí lo
que es el espacio social (véase Wilson, 1999: 12).
Cuando un espacio social entra
en contacto con otro, esta relación es por lo general tensiva y hasta violenta.
Por ello, cuando el Estado-Nación, que tiene su propio espacio social, trata de
imponer su soberanía en todo el territorio nacional, se genera una
“superposición de espacios sociales”
(Wilson, 12), porque es incapaz de destruir y aniquilar “formas y
representaciones preexistentes del espacio social”.
Además, cuando el
Estado-Nación crea su propio espacio, este tiene que ser de acuerdo a sus
propios requerimientos e intereses. De este modo, el Estado genera espacios de
“represión” cuando lo juzga pertinente. Wilson dice al respecto: “De acuerdo a
la visión de Lefebvre sobre la historia […] la imposición de soberanía de parte
del Estado es siempre violenta” (13). Cuando esto ocurre, cuando el Estado
finalmente impone su soberanía, se produce un nuevo espacio, un ‘espacio
abstracto’, cuya meta final es tan obvia como utópica: la homogeneidad. Para
lograrlo, el Estado se apoya en todo tipo de recursos que al final resultan
violentos; y, esta violencia será encubierta por construcciones discursivas
como la democracia, el consenso nacional, la hegemonía, el desarrollo, etc.;
pero, lo sabemos, el espacio social del Estado no es nada homogéneo, y sabemos
también que la idea de espacio nacional uniforme e igualitario no es más que
una construcción discursiva política que ha creado el Estado para ejercer mejor
su soberanía.
Es precisamente en este
espacio abstracto donde surgen grupos subversivos que se resisten y pretenden
romper las viejas relaciones políticas y sociales para imponer su propio
sistema, puesto que el Estado-Nación ha fracasado en su proyecto de homogenizar
el espacio social que autoproclama soberanía suya:
En
este espacio, emergieron los desafíos revolucionarios organizados contra el
orden estatal, ganando simpatía y apoyo popular […]. En Perú y Guatemala, se
puede argumentar que fue el racismo de la sociedad post-colonial junto con la
negligencia del Estado con respecto a sus provincias indígenas, las que
permitieron que la subversión localizada se transforme en guerra civil (Wilson,
15).
Nadie más cerca de la verdad que Fiona
Wilson. Efectivamente, el gran ausente en las comunidades campesinas de los
Andes y de la amazonía peruana es precisamente el Estado-Nación. Los
senderistas supieron aprovechar esta ausencia para buscar simpatía y conseguir
adeptos ansiosos de cambiar el orden, la jerarquía del sistema Estatal y
aniquilar la desigualdad social. Diacrónicamante, esto resulta también otra
utopía, un imposible, puesto que el espacio social que se pretende instaurar
está tan contaminado como el que se quiere eliminar.
En el mundo o universo representado de Retablo, en el marco de
referencia interno, diferenciamos entonces dos tipos de espacios: el espacio
social, en el que se mueven los comuneros y campesinos de las comunidades de
Urankancha, Pumaranra y Paras, por un lado; por otro lado, el espacio
abstracto, el espacio producto de la imposición de soberanía nacional. El
espacio social, el primero, está directamente en relación con lo privado; es
decir, con la esfera de la vida privada; y el espacio abstracto con la esfera
de la vida pública, puesto que representa al Estado-Nación. Jefrey Gamarra, tomando
los planteamientos de Habermas dice: “La esfera de la vida privada está
constituida por la familia, mientras que la esfera de la vida pública están
constituida por las redes de comunicación…” (Gamarra: 1999) –por la opinión
pública y la participación ciudadana, en otros términos.
En la novela, Sendero Luminoso y su incursión en la vida de
los campesinos y comuneros está representado por Antonio Fernández, un profesor
de la universidad San Cristóbal de Huamanga. Este se viste –se disfraza– de
hombre “común” y asciende a la comunidad de Pumaranra, presentándose a sus
pobladores, ocasionalmente, como alfabetizador y veterinario. Su misión es
simple pero contundente: infiltrarse entre los poblanos e inspeccionar el campo
de acción para comenzar a instruir sobre
la lucha armada y el fin de los ricos y poderosos. Luego de un consenso a causa de su
llegada, Antonio Fernández será expulsado por los poblanos, puesto que
estos sienten que están invadiendo su esfera privada, porque –reiteramos– esta esfera está constituida por
la familia, y la familia, en el mundo andino, la constituye la comunidad
entera como una colectividad individual.
Sin embargo, Antonio Fernández retornará en el momento menos pensado y se
infiltrará tanto en la vida comunal que no sabrán ya cómo hacerlo a un lado:
“Allí estaba él, no sólo como asistente sino como invitado especial para ocupar
la mesa directiva del barrio […] Había empleado el tino adecuado para
disimularse convenientemente preocupándose en lo que más necesitaba Pumaranra y
todos sus barrios, de modo que nadie me prestó oídos ni nadie me entendió nada”
(138-149).
Como se ve, el
narrador-personaje, Manuel Jesús Medina, se lamenta porque nadie pudo adivinar
las intenciones verdaderas del intrépido Antonio Fernández: “de saber que años
más tarde sembraría cataclismos en Pumaranra hubiese convencido a mi padre […]
para dejarlo allí donde agonizaba, luego que el animal cimarrón al que lo
montaron lo coceara y lo tumbara hasta desmantelarle las mandíbulas[…]” (36). Y
más adelante leemos:
Un
forastero no debe comerse la cabeza de nuestros jóvenes como gatos de monte que
se chupan los sesos de las aves de corral… es que desde que el lamberto
[Antonio Fernández] se reúne de domingo en domingo con los más jóvenes […] mis hijos ya no quieren ni vivir en mi casa,
todo lo ven seguir sus consejos, como si de pronto hubiesen comprendido que ese
hombre es su verdadero padre […]. Me asusta que enseñe a los muchachos
costumbres y hábitos tan raros como si se preparan para soportar aluviones por
venir […] (143).
De este modo, el narrador nos permite conocer
los movimientos y las estrategias tomadas por los senderistas para engatusar y
concientizar a la juventud. Además de los senderistas, hay otro grupo social
que causa el desequilibrio, que viola constantemente los espacios sociales de
los campesinos y comuneros; los notables; los gamonales poderosos con quienes
se enfrentan constantemente, para lograr su propia supervivencia y la de su
familia. De este tipo de conflictos nos ocuparemos en otra oportunidad; sin
embargo, vale recalcar que, es un factor fundamental que genera el otro tipo de
espacio que nos interesa.
2. Los espacios
dicotomizados
Visto ya la naturaleza y constitución
de los espacios sociales y la superposición de los mismos, pasamos en seguida a
observar los espacios de acción –es decir, las llamadas “zonas liberadas”–
creados por los movimientos subversivos. En este caso ocurre un hecho muy
singular: los insurgentes tratan de arrebatarle al Estado-Nación territorios
que se llamarán luego ‘zonas liberadas’;
sin embargo, le arrebatan a las comunidades su derecho a organizarse, su
derecho de producción y de desarrollo, en fin: su libertad; se autoproclaman
sus protectores e imponen sus propias reglas. Los pobladores deberán someterse
a las mismas; de lo contrario, serán condenados a muerte por ser “inconsecuentes” con una causa
revolucionaria que no es suya. Por su lado, el Estado-Nación trata de recuperar
su soberanía “usurpada”; para esto declara “zonas de emergencia” a aquellos
espacios que pretende “recuperar”; aquí, los derechos humanos ya no tienen
ninguna vigencia y todos se convierten en sospechosos. De este modo, el
Estado-Nación, a través de sus instituciones, ha fomentado a la creación de
otros espacios opuestos: los espacios dicotomizados (Wilson: 19).
El Estado, en este caso,
construye un discurso para cada espacio: un espacio será el civilizado y
patriótico; el otro, el espacio salvaje y subversivo. Los hombres de acción se
agrupan en dos bandos: los patriotas y los guerrilleros. Este nuevo conflicto
entre espacios genera malestar entre los comuneros afectados: ellos se ven
obligados a tomar parte de uno u otro partido; y no hay una posición intermedia
entre ambos frentes, puesto que de ser así, en uno u otro bando la víctima
siempre será victimada; es decir, en cualquier caso, será tomada por sospechosa
y traidora; y en el Perú de los años de la violencia política, cualquier
ciudadano común tomado por sospechoso
fue sistemáticamente torturado y,
en el peor de los casos, hasta desaparecido (Wilson, 1999; Vich, 2002). A causa
de esta nueva disputa de espacios entre los subversivos y el Estado, se
producen desplazamientos masivos de comunidades enteras hacia otros espacios,
sean a ciudades capitalinas o a vecinas comunidades. Por esta razón, el
narrador-personaje se verá obligado a huir, a desaparecer de Ayacucho, puesto
que sus parientes se ven implicados directa o indirectamente con los
subversivos. Por un lado, su hermano mayor Grimaldo Medina, se convierte en un
senderista; lo cual trae consecuencias nefastas, porque el espacio privado, la
familia, se verá afectada y vulnerable, correrá peligro en todo momento:
Alguna
vez hasta quisimos cambiarnos de nombre o de apellido, sólo por evadir los
riesgos que nos cercaron por más de una oportunidad, pero eso es sencillamente
imposible. Otras veces, reflexioné en lo que hizo de su vida mi par, y no le
concedo razón alguna; pero hay instantes en que le doy toda la razón del mundo
(260).
El narrador-personaje le concede razón
al hermano perdido por una causa muy justificada, la violencia estructural de
los espacios sociales, los constantes enfrentamientos, las luchas desiguales
con los gamonales y principales. Por otro lado, Néstor Medina, el padre del
personaje, ha heredado de su padre, Gegrorio Medina, el carácter de luchador
insaciable en favor de su comunidad. De tal modo que los Medina serán acusados
e indicados por sus poderosos enemigos como
revoltosos, y esto funciona como un ajuste tardío de cuentas –porque los
gamonales se aprovechan de la coyuntura violenta entre los senderistas y los
agentes contrasubversivos. Por eso, Néstor Medina tendrá que enfrentar la
persecución injusta de los militares y soportar la traición de un pueblo que antes lo
respetó y admiró por sus hazañas contra los gamonales. Al final morirá en el abandono, sin pisar su casa en Ayacucho
o Pumaranra, aún huyendo de la persecución infundada de los militares. Estos
acontecimientos han generado desconfianza y desconcierto en todas las
comunidades. Por ello, cuando el personaje asiste a los funerales de su padre,
mucho tiempo después –ya en tiempos de paz: 1999, según se deduce del texto)–
todavía hay recelos y resentimientos: “Abracé a los pocos compadres y ahijados
de mi padre que con valentía lo acompañaban […] luego del entierro, hecho más o
menos disimuladamente porque entonces se podía notar ojos furtivos y oídos muy
abiertos, casi con las mismas retorné a Lima […]” (347).
Para finalizar, diremos que el
espacio dicotomizado ha generado enfrentamientos en el interior del espacio
social privado y, en el caso de las migraciones, ha generado problemas de
identidad y conflictos entre lo público y lo privado, entre la tradición y la
modernidad. En la diégesis, el narrador-personaje será la representación de lo
moderno, porque como afirmamos en la parte introductoria, este será empujado a
la modernidad a través de la educación y la cultura, porque sus padres
consideran que será el único medio de
enfrentarse al poder y frenarlo. Pero al final se ha producido un conflicto
interno, un conflicto identitario. “De tanto rodar por el mundo, siento haberme
convertido en una suerte de burro cimarrón que huye de la manada […]. Estoy
convencido hoy más que ayer que soy un impenitente desarraigado que no puede
hallar paz y consuelo si no es con su fin corporal” (338) y “Transitando días
de desarraigo, una y muchas veces, he perdido la identidad, a no ser que la
identidad sea un péndulo, una fugaz instancia como la existencia misma” (348).
Su contraparte, la
representación metafórica de la cultura andina, de la tradición y el espacio
social privado del que se dejó auto exiliar el narrador, es Adelaida, una mujer
ya madura, viuda a causa del conflicto,
víctima del espacio dicotomizado; con quien el narrador-personaje ha vivido tórrido romance en sus días de mocedad y esta vez lo han
revivido con una pasión frenética. Adelaida hará todo lo posible para hacer que
Manuel Jesús se quede a vivir por el resto de sus vidas junto a ella, pero será
en vano cualquier tentativa. Éste ha perdido su identidad, ha tocado las
puertas de la modernidad y se ha aniquilado como ente poseedor de una cultura y
una tradición que pertenece al mundo occidental: “Adelaida ha derramado
lágrimas salobres pretendiendo convencerme para que me quede […] ni ella ni
nadie podrá ya domar al animal mostrenco que hay en mí. […] (348)”.
Para concluir, diremos que los
autores mencionados líneas arriba –y todos aquellos que pertenecen a esta
generación– merecen un espacio propio como
representantes de la narrativa
andina, y ya no neoindigenista. Y, Retablo no es sólo una muestra más de toda
la saga que sin duda ya se viene imponiendo; es, ante todo, una novela
fundacional que finalmente llena los vacíos y las carencias de sus antecesoras,
y trasciende a toda expectativa por sí misma. El autor presenta en ella la
realidad del mundo andino, con una clara intención desindigenizadora; nos
permite conocer la vida del hombre que lo habita, sus peripecias e infortunios
provocados por la desigualdad de la
estructura socioeconómica y las diferencias culturales, su cosmovisión y su relación con el campo y la naturaleza,
los atropellos de las clases políticas y terratenientes, y su continua interrelación
con el mundo urbano. En otros términos, para Julián Pérez, ya no se puede
hablar de lo que en su momento fueron para Arguedas y Alegría las comunidades
indígenas, donde se denunciaba, desde
afuera, los principales problemas causados a los indios. Se trata, más bien, de lo que acontece al hombre andino, a los
runas, desde sus comunidades y pequeñas aldeas andinas; es decir, a través de
diversos medios de representación, como
la narrativa en este caso, se enfoca el
problema del hombre andino actual, desde adentro, desde su propia comunidad.
[1] Algunos
científicos sociales usan indistintamente cualquiera de estos términos.
Nosotros usaremos solo el término de violencia política, remitiéndonos al
trabajo de Nelson Manrique: El tiempo del miedo, la violencia política en el Perú. 1980-1996.Lima:
Fondo Editorial del Congreso, 2002.
[3] Terán
Morveli, Jorge. “Grupos socio-culturales en la narrativa peruana contemporánea:
del hermetismo resistente a la orgía universal”. En: Lhymen 3, año IV, 2005.
pág. 111-136.
Julián Pérez (Ayacucho, 1954) es un escritor de reconocida trayectoria narrativa en nuestro país; específicamente dentro del marco de la narrativa con referente andino. Sus obras gozan de cierto prestigio entre los estudios de la literatura peruana actual[1]. Ha publicado las siguientes obras: Transeúntes (1984), Tintanka (1989) y Papel de viento (1998), en cuento; Fuego y ocaso (1998), Retablo (2004) y El fantasma que te desgarra (2007) , en novela; Retablo es el texto del que nos ocuparemos en las próximas líneas. Además, tiene una novela inédita: Enseñarte el secreto.

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