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| En la foto, el escritor Arturo D. Hernández. |
Ernesto
More / 1957
EL HOMBRE
Arturo. D. Hernández es, en su aspecto
físico y en su manera de ser, el menos literato de nuestros escritores porque
hasta sus anteojos carecen de esa aureola de pretensión y de suficiencia que
suelen tener las gafas de los hombres dedicados al arte de pensar y de
escribir. Nada hay en él que proc1ame él monopolio del pensar y del decir.
Hernández es un hombre de la calle, con más aspecto de oficinista que de gente
de letras.
De regular estatura, fornido (se
adivina debajo de su camisa blanca un tórax atlético con una expresión poco
menos que borrosa en el rostro y cuya mirada tiene cierta vaguedad, Hernández,
tímido en el hablar, o mejor dicho, parco en palabras, vacilante casi, no es la
mejor figura para la tapa de “Zangala” ni para
ex ¬libris de “Selva Trágica”, libros
que, en varios idiomas, están dando la vuelta al mundo. Hasta da la sensación
de que este hombre ha debido escribir tan valiosas novelas por algo así como
por carambola o por chiripa.
Pero, en cambio, uno se siente muy
tranquilamente a su lado, porque en él se advierte la naturaleza de un hombre
que cree que la labor de escribir un libro no es mayor que la de recorrer,
solo, una senda en él bosque. Esta es la particularidad de todos aquellos
-artistas, sabios o escritores- que habiéndose identificado alguna vez (y mejor
todavía si es en la infancia), con la naturaleza, .no sienten inclinación a
envanecerse ni a jactarse por la senda que han recorrido, sencillamente poque
saben que la que tienen por delante es todavía mucho más áspera y difícil.
La presencia de Hernández sirve de
sosiego y de equilibrio. No invita él, como tantos otros, a la esgrima
intelectual y a la justa de ingenio y a la confrontación de conocimientos. Uno
se siente a su lado como cuando va en el camino con un buen compañero de viaje,
discreto y diligente. La selva le ha enseñado a ser así y le ha formado una
disciplina. Ya que no es bueno detenerse en la selva para contemplarse. Hay que
mirar afuera, hay que tener el oído alerta y las manos y los pies prestos. Hay
que pensar en el bosque y no en sí mismo. Tales son las enseñanzas que nos
sugiere, silenciosamente, este hombre borroso, pero no exento de cordialidad y
de calor humano.
Y la casa que Hernández es como él;
una casa sencilla, casi una oficina, con lo necesario para el trabajo y para
obtener la más elemental comodidad. Ni grandes anaqueles llenos de libros ni
otros objetos que denoten en él el hombre entregado a la literatura.
Siendo Coronel en el Cuerpo Jurídico
Militar -Coronel en ‘efectivo-, Hernández tampoco tiene un aire militar, el
ademán, el acento y el vocabulario que da el cuartel. Tampoco tiene la
apariencia de los hombres del Foro y del papeleo. Hernández carece de placa
profesional. Es, apenas, un conocedor del bosque.
Tampoco se podría señalar con el
dedo, en el mapa, el exacto lugar en que nació, que se llama “Sintico” (un
poblado indígena), porque alguna vez creció de aguas el Ucayali, en cuya orilla
se encontraba el poblado, y lo cubrió paternalmente con sus aguas. Hernández
sabe que los poblados y las ciudades desaparecen tranquilamente, y esta debe
ser, también, una de las razones de su idiosincrasia. Hay quienes dicen con
orgullo: aquí nací, aquí está la placa que lo acredita; mi calle se llama de
esta manera… En cambio, el lugar en que nació Hernández ya no existe en el
mundo. Y no es menos bello por eso, pues por ese mismo lugar discurren ahora
las magníficas aguas de un gran río, un verdadero dios.
SU NIÑEZ
Cuando escuchamos esta revelación de
sus labios, comprendimos la razón de su manera de ser. No es la suya la
psicología del hombre cuya niñez fue mecida en la abundancia y en la facilidad,
ni la del que ha formado y enriquecido en su mentalidad con conocimientos que
le han llovido del cielo. Hernández ha adquirido sus conocimientos mediante el
trabajo. No son conocimientos que pueden generar en él vanidad y orgullo vano.
Tiene él más bien la conciencia del proletario para quien el conocimiento sin
su necesaria aplicación humana, vale tanto como el viento que pasa.
—Cuando la revolución de Cervantes, el
año 21, fui tomado conscripto, habiendo ascendido al grado de sargento.
Fracasado el movimiento, y tomado yo preso entre otros, me trajeron a Lima.
Aquí conocí todos los trabajos. Fui salonero en un buque, trabajé de peón en
una chacra, recortando caña; fui, asimismo, peón en una urbanización, donde
todo el día me pasaba tirando carretilla. Por último, fui conductor de
tranvías. Mis estudios universitarios los hice también trabajando. Durante
algún tiempo he sido empleado de estadística en el Hospital Dos de Mayo.
En este punto, advertimos que Hernández sintió una vacilación y casi un
remordimiento de hacer confiado estos secretos.
—¿Le parece a Ud. que se deben decir
esas cosas?
—Cuando uno da la vuelta al mundo— le
respondemos— nada es tan interesante como reparar en el punto de partida.
EL QUIROMÁNTICO
—Nadie sabe —nos dice— quiénes son los
que constantemente pasan por la selva. Hay cuántos personajes famosos,
exploradores, investigadores, científicos, escritores y artistas, negociantes y
aventureros!... Cierta vez llegó a nuestro poblado, muerto ya mi padre, y
cuando yo trabajaba como empleado de un tal Vargas, un hombre de extraña
figura, quien dijo ser experto en adivinar el porvenir de los hombres,
viéndoles las líneas de las manos. Era un quiromántico. Y comenzó a verles las
manos a cuanto títere estaba presente, pero como yo era todavía un muchacho, creo que ni siquiera
reparó en mí.
A cada cual le decía lo suyo, sin despegar los
ojos de las manos en cuyas líneas se hallaba escrito su destino. Cuando ya
estaba para retirarse, Vargas, en un gesto de humor, le dijo: “¿y por qué no ve
Ud. las manos a este joven?”. No tuvo inconveniente el hombre aquél en
predecirme mi futuro. Cogió una de mis manos, la miró atentamente, y no sin
mostrar sorpresa, exclamó: ¡Caramba! Este muchacho va a ser un gran diplomático
y va también a distinguirse en el ejército...”.Al Oír esto Vargas, sonríe un
poco burlonamente y exclama: “¡Si este muchacho va a ser un diplomático, yo
llegaré a ser Papa!”, todo fue uno.
—¿y qué diría Vargas; amigo Hernández,
si todavía viviera?
—Vive todavía el buen Vargas, y sigue
allá en la selva. Cuando estuve por esos lugares de mi infancia, lo busqué y
encontré. Me nombró padrino de su matrimonio. Extrañas cosas de la selva,
pensamos nosotros pues si bien Hernández no ha llegado a ser un diplomático ni
a distinguirse especialmente en el ejército, no obstante ser coronel y haber
prestado servicios en las armas durante 27 años, su nombre y sobre todo el del Perú, ha recorrido
ya medio mundo, haciendo algo más por nuestro país que todas las embajadas
juntas; y en cuanto a lo de militar, ¡bueno!, Hernández ha logrado incorporar
nuestra selva en la conciencia internacional, mejor que lo pudieran hacer,
muchos escuadrones y flotillas juntos.
—No lo crea Ud., pues más bien me
cuesta mucho escribir. En realidad, escribo poco y me gusta mucho pulir mis
obras.
—¿Escribe Ud. de recuerdos o de pura
fantasía?
—La novela Sangama es obra neta del
recuerdo. Es el mundo de mi infancia. Todos sus personajes son reales, con
excepción del propio Sangama. Para mí, escribir es recordar, es una manera de
ponerme en contacto nuevamente con mi niñez. Escribo muy lentamente, poco a
poco, y de noche.
—¿Y en medio de qué tribus discurrió
especialmente su infancia?
—Nací en medio de los chamas y de los
conibos. ¿Sabe Ud. alguno de los idiomas selváticos? -Sólo
conozco el quechua de aquellos lugares, el cual es diferente del quechua de la sierra
del sur. Es” un quechua suavizado por la selva, un poco sibilante.
En efecto, Hernández no es un autor
tropical, en el sentido de la fecundidad. Tiene publicadas dos novelas: Sangama
y Selva Trágica, estando .ya casi lista una tercera, que aunque todavía no
tiene nombre, su autor la considera como la mejor de sus obras. Ha escrito
pocos cuentos, que han sido disputados, casi tanto como sus novelas, por las
grandes editoriales y revistas europeas. Nos recitó un soneto suyo, magnífico,
inspirado en la selva, pero Hernández nos dice que él no escribe ya versos y que no se considera un poeta.
—¿Y cuál es el hobby de Ud., don Arturo?
Hernández sonríe y piensa, Parece que no lo tiene muy a la mano. De repente
murmura:
—Mi gran entretenimiento es la pesca,
la pesca con anzuelo. Sosiega mucho el espíritu.
—¿Y ha salido Ud. alguna vez de viaje
por el ex¬tranjero?
—He estado en Panamá, Ecuador, Colombia
y Venezuela, pero no puede llamarse a eso haber estado en el extranjero. Me
gustaría viajar a Europa, donde ya tengo algunas relaciones.
DIFUSION
Con la misma rapidez, su novela “Selva Trágica”, editada en Lima por Mejía Baca, conoce el éxito en
Europa, apareciendo en su traducción en francés, hecha también por Jean Viet,
en 1956. Revistas europeas publican sus cuentos. En “Atlantic”, revista alemana
de gran importancia, hemos visto un cuento suyo intitulado “Stadt, Landstrasse und
Pongo” (Ciudad, Carretera y Pongo).
Como se comprenderá, esta difusión le
asegura al escritor una renta no despreciable.
—Todo lo que tengo lo debo a mis libros, nos dice, no sin cierta
satisfacción, el autor de “Sangama”.
Hernández nos muestra una carta de Alin
Michel .en que le manifiesta” que el monto de los derechos pagados por
“París-Presse”, uno de los diarios de mayor circulación en Francia, por
publicar en folletín la novela “Sangama”, asciende a 350,000.00 francos, de la
cual suma el autor ha percibido la mitad, o sea 175,000 francos. Además, por
concepto de derechos para la traducción al francés, la misma Editorial le pagó
300,000 francos adquiriendo la Casa la propiedad de la traducción en francés.
De cualquier operación que se- realice, el autor percibe siempre la mitad, con
lo que Hernández es uno de los pocos escritores peruanos que gana importantes
sumas por sus obras difundidas en gran parte del mundo.
SOLITARIO
El escritor parece ufanarse más de sus
virtudes pedestres en la selva que de sus admirables condiciones de narrador
veraz.
SU MEJOR LIBRO
Hernández se queda pensativo como buen
padre de sus obras. A todos los hijos debe querer un padre por igual.
Adivinamos que tiene él cierta predilección sentimental por “Sangama” por el
hecho de ser este libro, como hemos
dicho, el recuerdo de su niñez y adolescencia.
—Todos me dicen que “Selva Trágica”
está escrita con más técnica que “Sangama”. Este nació con más naturalidad, si
se quiere; y hasta se puede decir que se formó solo, por sucesivas
cristalizaciones del recuerdo. En cambio, “Selva Trágica” fue escrita a raíz de
un viaje que realicé a la selva en 1943,
habiendo permane¬cido allí hasta 1952.
—¿Es Ud. un escritor esencialmente
selvático?
—Hasta ahora no se me ha ocurrido hacer
otra cosa. Escribo sobre aquello que conozco y que he vivido.
—¿Y nunca ha sido Ud. atraído por el
tema histórico? .
—No, a pesar de que es algo que me
encanta. Soy un gran aficionado a la
lectura de biografías noveladas, tales como las de Maurois y Stefan Zweig. Me
gusta Thomas Mann y leo con pasión a los escritores rusos. No desdeño de
ninguna manera la literatura nacional, en la que, como le he dicho, hay valores
muy superiores al que yo pudiera tener.
—¿No tiene Ud. algún libro en
preparación?
—Lo tengo casi concluido, pero todavía
carece de título. Tengo para mí que ese libro es el mejor de los que he
escrito.
Mientras conversamos, vamos sorbiendo
una excelente limonada, bien helada, apropiada para la selva calurosa. Es
cierto que Hernández nos ofreció servirnos un whisky, pero como comprendimos
que no estaba en su costumbre y en su temperamento tomar bebidas alcohólicas,
preferimos beber lo que le apetecía a él. Desde luego no hicimos tampoco ningún
sacrificio, porque no hay nada más agradable
en ciertos casos que seguir el curso de la costumbre y proporcionar
placer a quien se muestra solícito con
uno.
Nada infunde tanto bienestar como la
presencia de un hombre que no se envanece con sus triunfos y que por el
contrario, da la sensación de ser más
humilde a medida que sube más en la montaña. Tal es el caso típico de Arturo D. Hernández, quien al decir
de él sigue siendo el trochero solitario, no porque me lo imponga un
temperamento misantrópico que no lo tengo, sino porque vislumbro la existencia
de círculos intelectuales poco acogedores, excluyentes, a cuyas puertas no me parece prudente tocar”. .
30
de junio de 1957.
Reportaje de Ernesto More publicado en su libro Reportajes
con Radar—Ediciones Pacha 1960 Lima—Perú

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