jueves, diciembre 13, 2012

Homicidas cotidianos

Haydith Vásquez Del Aguila / Tarapoto

Leer Homicidas cotidianos de Ronald Arquíñigo Vidal ha sido un suceso formidable, por lo emocionante que resulta recorrer cada página, a la espera de encontrarme con esa fuerza narrativa que imprime el autor a sus historias. Ronald nos invita en cada cuento a ser parte de ese universo intenso y por momentos caricaturesco que nos atrapa y nos devuelve al mundo real: distintos.

Homicidas cotidianos es un libro de cuentos compacto y uniforme. No se siente en la prosa de Ronald algún atisbo de inseguridad que emerja para distraernos del claro objetivo que tienen sus palabras de invadirnos de angustia e incluso incitarnos al desvelo justificado. La quietud de las historias puede pecar de aparente humildad y hacernos creer que son menos ambiciosas si estamos desatentos, no siendo este el caso, pues detrás de cada relato se esconde una ambición que es característica de la mejor literatura. Estamos frente a un escritor que, con cada trazo de su pluma, aguza la compleja mirada que tiene del mundo contemporáneo. Su universo narrativo lleno de seres decadentes no hace sino confirmar su alta sensibilidad para retratar submundos. Ejemplificar con personajes asimétricos la confirmación largamente postergada de que nada es lo que parece.

Hay una frase que cita uno de los personajes del cuento “Una guerra absurda” y que describe la esencia del libro: la fotografía de un funeral en blanco y negro. Es exactamente como siento los cuentos de Ronald, como una pintura por momentos blanca, por momentos esperanzadora y en otros totalmente oscura y que retrata con color fuliginoso lo cotidiano. En sus palabras no encontramos lugar para matices ni medias tintas, el todo y la nada se conjugan, el blanco y el negro se toleran pero no se mezclan. Al final nos queda la sensación de estar frente a un espectáculo en blanco y negro que todos alguna vez hemos visto y que no deseamos que se llene de color, porque en su atmósfera lúgubre radica el mayor de sus encantos. 

En el cuento “El espejo del fotógrafo” nos dice que la fotografía es un engaño ataviado de una atemporalidad ansiada; una extensión anodina de la realidad que fantasea con nuestra mente hasta convertirnos en lunáticos tras la búsqueda de la simulación de un efecto armonioso. Con esta reflexión trata de quitarnos la venda de los ojos y sacude nuestra comodidad de lectores pasivos, él está comprometido a mostrarnos sin un ápice de cinismo que habitamos un lugar irreconocible y que somos parte de un género humano sumido en la derrota.

En el cuento “No es solo un objeto” nos habla como a un cómplice: me entregué a mi libro perdido como quien se entrega a un amor que regresa; como nunca me entregaré a C, ni tampoco a K; la primera porque no la amo, la segunda porque no la tengo. Hasta en la búsqueda insaciable del amor Ronald es certero al afirmar que hay pasiones que pueden ser más sublimes que incluso un amor real. En este caso el personaje prefiere entregarse a los brazos de un libro antes que sucumbir a un amor que no anhela y porque se resigna a soñar con un amor que nunca llegará.

Finalmente reflexiona que los sujetos con los que nos cruzamos en las calles, es decir todo nosotros, somos potenciales asesinos de pensamientos lúdicos, matamos con honesta convicción y que hipócritamente condena el código penal. Ronald, sin endulzar las palabras, nos invita a que busquemos en nuestro interior esa cuota de culpabilidad que nos acecha, que tratamos embusteramente de ocultar con convencionalismos sociales y que se revela al mínimo descuido, mostrando sin piedad nuestra verdadera naturaleza.

Auguro para Ronald un futuro brillante en el mundo de las letras y sobre todo aplaudo el aplomo para embarcarse en esta aventura literaria que encierra una tormentosa y a la vez maravillosa representación de nuestro mundo contemporáneo 

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Homicidas cotidianos. Ronald Arquíñigo Vidal. Lima: Pasacalle, 2012.

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