miércoles, septiembre 14, 2011

Oralidad en literatura


Ricardo Virhuez Villafane / Lima

La oralidad en literatura a menudo depende de factores literarios más que de cuestiones antropológicas o lingüísticas.

Advertimos la intensidad lírica de la oralidad, por ejemplo, en la obra de José María Arguedas; la belleza de la oralidad en los neologismos, aliteraciones y metáforas sorprendentes en Gran sertón: veredas de Joao Guimares Rosa; el magma lingüístico impresionante capaz de surgir del castellano quechuizado, al que llaman regionalismo amazónico, en la novela Paiche de César Calvo de Araujo.

Y para seguir citando, la obra abracadabrante de Goyo Martínez, que sacude con su intensidad y desparpajo, casi otro idioma; o la ternura del español quechuizado de Oscar Colchado, que comenzó incluso antes que Arguedas mediante la aplicación de la sintaxis quechua al castellano, trajinó con destreza en las obras teatrales de Zavala Cataño y ahora se regodea tanto en obras de Colchado como en los cuentos de Edgar Norabuena.

Pero la aplicación de la oralidad a la narrativa también ha dejado un inmenso museo naturalista, absurdo, donde se unen la intención de copiar el habla tal cual con la ausencia de ambiciones literarias. La cita de estas obras sería un verdadero abuso.

En otras palabras, la oralidad es una bestia a la que hay que domar. Es decir, el uso de la oralidad en la narrativa tiene como único requisito pasarla por el tamiz literario, reinventarla, rehacerla, para que emerja como un aporte necesario y hermoso.

No hay comentarios.: