
Ricardo Vírhuez Villafane / Lima
El problema de la lectura en el Perú se ha complicado un poco.
Primero fue la ausencia de libros destinados a niños y jóvenes que satisfaciera la necesidad de lectura en todos los colegios.
Con el Plan Lector se abrieron las puertas a lo más insospechado. Lo que parecía una buena idea para promover la lectura, se convirtió en un monstruo de mil cabezas.
Primero, surgieron las transnacionales que desempolvaron su mohoso stock de libros que ya nadie quería comprar en sus respectivos países y los presentaron como novedades editoriales a los colegios, principalmente particulares. No fue difícil convencer a propietarios, directores y profesores de estos colegios de que el negocio era seguro: los padres pagaban un sobreprecio y ellos recibían un porcentaje por la venta de cada libro. Así, se creó un círculo vicioso que crece cada día y no parece terminar nunca.
Educación y negocio privado nunca fueron de la mano.
Luego surgieron editoriales peruanas, pequeñas y empeñosas, que empezaron a publicar libros de autores peruanos y que difundían en colegios como parte del Plan Lector. Al comienzo, quisieron hacer la diferencia y ofrecer algo mejor que las transnacionales. Pero negocios son negocios, y ahora participan del mismo sistema de chantaje hacia los padres de familia y publican libros que son una lástima en calidad editorial y literaria.
Incluso los periódicos han advertido de las ventajas del negocio y publican libritos a precios módicos y con gran tiraje. Han construido un impresionante basurero que, sin duda, dará sus frutos en los estudiantes que creerán que escribir muy mal es algo bueno.
Desgraciadamente, no tenemos aún la Asociación de Escritores del Perú que pueda proponer buenas lecturas en lugar de libros-basura, y ese trabajo no quieren hacerlo ni la Academia Peruana de la Lengua ni el Ministerio de Educación, ni las universidades que enseñan Literatura.
Mientras tanto, observamos con pena que la buena idea del Plan Lector no es otra cosa que un festín de mercenarios y una corrupción sin límites.
No se trata simplemente de ofrecer libros a los estudiantes para promover la lectura. Hay que darles buenos libros, para lograr una buena lectura. Esa diferencia es la clave para un cambio necesario en cualquier proyecto de animación a la lectura que queramos emprender.
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