Álvaro Ique Ramírez / Fort Myers
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PRESIENTO QUE UNA BALA ALGÚN DÍA…
Escribo. Y de repente
tengo la sensación
de estar herido de bala.
Es como si un balazo
atravesara mi alma
dejándome el cuerpo tumbado,
inservible por los cuatro costados
y con la sangre desparramada
en mis papeles y en el piso. ¡Qué feo espectáculo!
Sin nadie que me ayude y consuele
ni Dios que me cure.
Presiento que una bala
algún día
va a interrumpir el poema
y esta vida (de mierda) que me tiene harto.
Del libro en proceso de escritura: «EL VENENO DE LOS CREYENTES» (Vida, arráncame todo pero no me quites el concho de poeta ni el veneno de la poesía).
OJERIZAS DEL INSOPORTABLE LECTOR QUE ENTONA Y DESENTONA
Cuando el sátiro topa el pellejo de alguien, estruja y destruye la vida. Y si es el escritor quien toca y retoca las muchas pieles de la vida ─el artista ese que dibuja y desdibuja pensamientos─, la existencia real y lo que queda de ella, su «objetividad» mal parada, es un verdadero complot para las almas inflexibles, y aquellas inadvertidas y menos suspicaces. Captar lo que está en el papel no es un asunto para machacarnos la cabeza, solo se trata de hilar las ideas que expone el autor y compaginar la imaginación nuestra que de alguna manera está atizándonos la lectura.
El lector instalado en la ciudad o en el paraje tal como es busca y rebusca historias para focalizar su vida o hacer cinco minutos de su existencia algo que valga la pena o lee solo por divertimiento. No hay lector comprometido. Hay lector inaudito y engañoso. Pero su paso por la librería y la biblioteca, o el libro que tenga en sus manos son hechos concluyentes que nos demuestran que la lectura encierra un tesoro que vindica al hombre en su esperanza por un mundo mejor a pesar de los corredores estrechos de la vida. Es voluble a expensas de sus necesidades y su frivolidad no proviene de sus sentimientos, sino de la ilusión de leer. Por eso es bueno que el lector sea hipócrita: no vive subyugado a ninguna personalidad literaria por más que diga lo contrario o por un fanatismo aparente o por naufragios de propia cuenta.
El lector lee cuando tiene que salvarse o se percata que al fin encontró una aventura que llena su vida.
No hay lector que lea por aburrimiento. El aburrido se pudre frente al televisor o está muerto. Y en ningún caso sirve la hipocondría.
El lector no es tonto.
Es mordaz a voluntad y selectivo a su antojo. Tiene la supremacía de elegir y calificar. Es imperdonable. A veces, flexible (el lector no es detective pero sabe que el autor es el asesino, el cómplice y el soplón, todo en uno; sino de dónde la historia). No se parece en nada al crítico (profesional) de literatura, ese ser íntegramente desnaturalizado de ilusión y fantasía, embrollado en sus limitaciones, ganándose el pretexto del oficio con verbosidades y combinaciones retóricas elaboradas que no son más que ataduras académicas y recursos parasitarios.
Un escritor en la adversidad y en la pobreza sufre y escribe… se rebela y escribe desesperadamente. Y escribe y escribe como si se iría a morir en el acto.
Un lector en la adversidad y en la pobreza se lamenta y aterroriza. Maldice. Se encoge. Deja de soñar y pasa de largo sin mirar bibliotecas y librerías. Reniega del libro.
Y no es su culpa.
Son las (otras) ojerizas de la vida que le llaman.
8 de junio del 2013

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