martes, diciembre 13, 2011

Recuerdo y testimonio en 'Leyenda del padre' de Miguel Rodríguez Liñán


Gustavo Tapia Reyes / Chimbote

Mediante el empleo de una imagen deslumbrante, presentando la motivación esencial como trágica ante la irreparable pérdida, mezclando una serie variopinta de personas reunidas en torno a las exequias de un ciudadano, a pesar de todo, de rasgos notables: He vuelto a la desertada casa familiar de Puerto Perdido para los funerales de mi pata (p.13), en un comienzo, salvando las distancias inevitables, haciéndonos recordar aquel de Juan Preciado regresando a Comala en la memorable Pedro Páramo (1954) de Juan Rulfo, el narrador Miguel Rodríguez Liñán (Trujillo, 1961) inicia ubicando el contexto de su novela Leyenda del padre (1991)(1) que, contrariamente al título, no es una leyenda, según el concepto manejado desde antaño sobre esta especie narrativa sino la amalgama, en forma de novela, del fluir de un cúmulo de recuerdos pretendiendo dejar sustentado el testimonio acerca de la peripecia existencial de aquel ser que, al engendrarnos, nos dio la vida: nuestro padre terrenal.

Precedida de un epígrafe en inglés del poeta norteamericano, miembro de la generación Beat, Allen Ginsberg, dipsómano por antonomasia y cerrada con la traducción al español de los mismos versos, dividida en siete partes, no siendo los mismos capítulos propiamente dichos, conforme a la tradición narrativa de larga data, tituladas: “Primer día”, “Trujillo”, “Segundo día”, “Puerto Santa”, “Tercer día”, “Tortugas”, “El entierro” respectivamente, más bien, solo partes al mismo tiempo integradas de una serie de fragmentos de distinta extensión, colocados de una manera aparentemente desordenada, sin un argumento en el sentido lato del término donde, en un afán por mantener vivo el retrato pormenorizado, anecdótico, a ratos divagante del personaje central, se entremezclan los planos del tiempo presente, encarnado por el narrador-personaje involucrado, llamándolo “pata” o “patita”, o sea, amigo en la jerga peruana y el tiempo pasado de la tercera persona, a cargo de quien fuera uno de los primeros poetas, digamos, más “profesionales” que se conocen en la ciudad de Chimbote, presentado en plena extensión a través de sus barriadas, ergo, en “Puerto Perdido”, conforme es patronímicamente indicado en la novela, pero, del cual, nadie puede dudar se trata del otrora denominado primer puerto pesquero del mundo y capital siderúrgica del Perú (2).

Esto es, como el título mismo lo deja entrever Leyenda del padre viene a ser el testimonio emocionado de un hijo por su padre, de un joven que, habiendo llegado a una determinada edad, con estudios superiores realizados en la Universidad Central de Caracas (Venezuela) y en la Universidad de Provenza (Francia), después de haber sido ayudante de albañilería, vendedor de helados, distribuidor de periódicos, hasta llegar a convertirse en traductor, en cuya ciudad luz, París, vivió desde 1984, posteriormente trasladado a Marsella, decide hacer un balance de su existencia familiar ante la muerte de ese hombre que, habiendo obtenido el grado de doctor en Derecho Penal por la Universidad Nacional de Trujillo (UNT), en el estricto sentido exigido por la profesión, nunca ejerció como tal, acabando absorbido dentro de una vida bohemia, desordenada, sin horizonte, empezada cuando era joven, estudiante universitario que “participó y obtuvo mención o ganó uno a dos Juegos Florales de Poesía en la misma universidad” (3) o, según el estudioso Saniel Lozano “en 1957 ganó los Juegos Florales de la UNT con el cuento Hombres, mar y puerto” (4), fundó después la Casa de la Cultura de Chimbote y el Frente de Unificación y Desarrollo de la misma ciudad, cobrando además por sus servicios profesionales a la gente de origen humilde, imitando al médico Anton Chéjov, mediante animales y otras formas de pago, menos dinero, en medio de los avatares orientados a convertirse en el poeta, autor del antologable Hay un puerto que se llama Absurdo, los inéditos a la fecha Huertos ondinos y Mares sin puerto y acaso el frustrado narrador de Náufragos de la vida y la inconclusa novela Los buitres.

Por eso, en “Primer día” encontramos mencionados o dialogando a personajes que poblaron o tal vez pueblan todavía los ámbitos del cotarro porteño. Aparecen los tíos y las tías del narrador, a quien llaman con un peruanísimo Miguelito, indudable alter ego del autor, sintiéndose incómodo ante las condolencias que recibe así como libre del yugo paterno, al año y medio, tras haberse alejado de la casa familiar, pensando: lo primero que haría de regreso a Lima, sería mandar al cuerno los abominables estudios, buscar trabajo en lo que fuera, y largarme para siempre al extranjero (p.16), paseándose entre la aglomeración, fluyendo las variadas evocaciones hacia adelante, hacia atrás, describiendo con cierto sarcasmo las pompas fúnebres y ubicando a la pléyade de los grandes amigos de aquel: Delfín Morales, el Flaco Montoya, don Pocho Longobardi, entre otros. Aparece también Adriana Duarte, un amor de juventud del fallecido, las constantes reconciliaciones-separaciones de su esposa Rosalba, incansable trabajadora, quien suele acusarlo de infiel, acompañado de sus terribles inclinaciones autodestructivas y las muestras de ser un hombre político -de gabinete- que, agobiado entre los paroxismos de la borrachera, repetía: Mi único compromiso, si se puede hablar así considerando mi perfecto egoísmo, es con los pobres (p.46), los problemas de salud atribuidos a los embrujos de sus enemigos invisibles, no queriendo verlo nunca feliz junto a María Angélica y el doctor Elías Salvatierra, su gran amigo.

De esta manera, Rodríguez Paz es presentado como un individuo de carácter inestable, mujeriego, alcohólico, un completo irresponsable, tornando un acierto absoluto la inclusión de Paúl Verlaine, el poeta francés del movimiento simbolista, quien tenía la misma personalidad, sometido a las reprimendas de la madre Matilde, abuela del narrador, siempre aspirando a disciplinar o modificar su carácter díscolo, al extremo de que: era ateo, marxista leninista a ultranza, procastrista (p.30), arrepintiéndose en el estado agónico del último aliento, víctima de una taquicardia hereditaria, hace llamar a un sacerdote, sorprendiendo mucho al narrador. Después, en “Trujillo”, nada más predicativo que este título, se refiere a la época como estudiante del catalogado como “el mecenas de Alborada en una de las etapas más difíciles de la revista” (5). Estando joven se desplaza por doquiera, bebe de manera consuetudinaria, se enamora con mucha facilidad, es detenido por la policía durante un toque de queda: Dejó caer su maletín atiborrado de papeles. De un brusco empellón, lo pusieron contra la pared y lo registraron (p.65), reconoce a la bella Adriana, se pelea con los amigos de la facultad, frecuenta diversos lugares, entre éstos la casa donde habían organizado sus tertulias los integrantes del denominado Grupo Norte (6) y vive otras experiencias, no del todo precisadas por el narrador.

En “Segundo día”, al poeta Miguel Rodríguez Paz se le muestra como un personaje cuyas tendencias autodestructivas iban cada vez más en aumento, a pesar que juraba en sentido contrario. Alguna inquietud existencial lo llevaba a transitar esos caminos tan peligrosos, quizás la decepción percibida respecto a la certeza de ya no poder convertirse en un gran escritor -“gran écrivain” en la lengua de Bauldelaire-, cuánto hacía iba a quedarse en meros intentos o simples borradores de poemarios, relatos, novelas, su posterior participación en la fundación del grupo literario “Isla Blanca”, también en otra organización de carácter político y reivindicativo, discursos pronunciados como manotazos de ahogado, incansable en salirse de los protocolos, nuevamente la mención de Verlaine (oscilando entre dos mujeres y la relación homosexual con Arthur Rimbaud), pese a lo cual llegó formalizarse por un tiempo cuando, gracias a la recomendación de don Ángel, ocupó el puesto de asistente jurídico del Banco Agropecuario en 1969. De la noche a la mañana se volvió responsable, se transformó en alguien vistiendo terno, cumpliendo un horario hasta que, tras ganar un juicio, le pagaron en efectivo la fortuna –para la época- de diecisiete mil soles. Entonces, dejando un dinero para los gastos de la casa y tras sobornar al hijo: se fue de gira una semana. Regresó temblando, con fiebre, sucio, con la camisa afuera y la barba crecida (p.101).

Como en otros párrafos, también interviene directamente el narrador, observándolo dentro del ataúd, aseverando: a las siete llegan los artistas en bloque, entran graves al estadio doloroso: los pintores Luis Arias Vera y Julio César Salamandra, Julio Bernabé Orbegoso el Poeta Tullido, y los escritores Maynor Freyre y Oscar Colchado Lucio (p.102) o cuando hace la evaluación de los integrantes del grupo Nueva Bohemia: El Gran Roberto era un joven rentista; Loayza, médico; mi padrino Horacio, catedrático; Marcial, mi pata, Valladares y Pancho Pozo, jóvenes abogados; solo Aguinaga Romero era poeta poeta “Poeta al cubo” como él decía (p.128) quien, a los cuatro años de edad, ya deseaba convertirse en un escritor, viajando a Francia, aunque, no sabiendo cómo, opta por dedicarse a la práctica del fútbol –algo que su padre rechazaba con dureza- y a relacionarse con su tío Chevo, un asiduo de este deporte. En “Puerto Santa”, la cuarta sección de Leyenda del padre, se narra la historia de un verano en la localidad aledaña a Puerto Perdido, donde se habla de una tal Yolanda de Armendáriz, a quien llamaban la Viuda Negra, apareciendo después misteriosamente ahogada, Perico Zegarra, el señor Longobardi, la familia Aguilera, Nacho y Amanda, cuyos perfiles individuales se difuminan por completo, en medio de la fluidez constante de los recuerdos, mediante la técnica narrativa del flashback que entorpece la claridad, debido a la poca destreza mostrada por Miguel Rodríguez Liñán en el manejo de la misma.

En “Tercer día” desfilan personajes como la humilde empleada a quien llamaban Afrodita, hermosa mujer, según se le describe, otra de las conquistas de aquel, motivando, por vez enésima, la separación de su esposa, a quien iba a ver en Trujillo, terminando por embarazarla. Están presentes las incursiones a Lupahuari para la práctica del arte de la cacería, una serie de historias narradas con desenfado, sin llegar a la procacidad y el frustrado poeta (siempre le dolía no haber llegado a serlo) Rodríguez Paz es colocado al nivel de un soñador empedernido, de acuerdo a la concepción del romanticismo decimonónico y un excelente abogado que, mediante argucias jurídicas, salvó la vida del Loco Cárdenas y puso en libertad condicional al Cholo Rogelio, ambos prontuariados delincuentes, indignando a muchos: Tú sabes que nosotros no nos juntamos con esa gente, dijo mi abuela furibunda, ocasionando inmediatamente la molestia de él: Te recuerdo que son nuestros prójimos, sin más ni menos (p. 156). También se incluye la depuración que hace el narrador en el estudio-biblioteca en relación a la gran cantidad de papeles dejados por su padre, acomodándolos, valorándolos, organizándolos, evocando la fundación del grupo Nueva Bohemia en Trujillo, cuyos miembros lo admiraban tanto que quisieron ayudarlo a publicar sus libros, luego, retorna al presente tan doloroso: Veo el rostro amoratado, las fosas nasales y la boca taponadas con algodón, de mi pata exánime (p.210).

En “Tortugas”, la parte más breve de la novela, se narra una visita al balneario del mismo nombre, en el taxi marca Ford Escort de don Ruperto, aparecen otros primos y algunos amigos del narrador, quien además recibe lecciones de cómo seducir a una dama: procura no ser pegajoso. Ignórala un poquito también, pero no mucho. Y has el esfuerzo sobrehumano de no decir tonterías (p.218), sin olvidar el toque de nostalgia, un tanto estremecedor, como cierre: Esa fue quizás la penúltima vez que lo vi en este mundo (p.220). Ya en “El entierro”, la última parte de Leyenda del padre, nuevamente se emplea el corsi y recorsi en una sucesión de diez años transcurridos desde la muerte del personaje central hasta el día de los funerales. El narrador recibe una carta de su primo Tiberio, se encuentra con amigos de la infancia, igualmente están las andanzas de aquel con una mujer casada, el responso de cuerpo presente a cargo del padre Ciro, la lúcida como inquietante reflexión en torno a su alcoholismo: Yo no deseo por nada del mundo eliminar el placer inigualable que me procura la embriaguez, dijo para, líneas después, precisar un deseo nunca llevado a la práctica: pero quisiera disminuir las ingentes cantidades que necesito para estar bien (p.242), otras aventuras recordadas, pertenecientes a tiempos tan distintos, el desencanto ante una sociedad inmune a prodigar el reconocimiento a sus artistas, donde antes ellos llegaron a reconocerse como: epicúreos, estoicos y anacreónticos (p.71), la mención biográfica a un enloquecido Antonin Artaud y la brutal realidad irrumpiendo como un inesperado corolario: Para ser poeta se requieren huevos de verdad. Es una apuesta a ciegas. Es un asunto de vida o muerte (p.266).

Por una cuestión de la ineludible cronología, afectando, como es natural, la memoria de todo individuo, es obvio que en las partes de “Trujillo” (el narrador-personaje aún no había nacido), “Puerto Santa” y “Tortugas”, agregándole otros episodios más del “Primer día”, “Segundo día” (era un niño con cuatro años de edad), “Tercer día” y “El entierro” (algunos detalles le fueron contados), Miguel Rodríguez Liñán debió recurrir a la imaginación, solventándola en el plano de la ficción, el propio Maynor Freyre, uno de los personajes mencionados, ha declarado que él no sabe manejar ningún vehículo (7), para, solo de este modo, reconstruir esos tramos que le eran desconocidos o apenas recordados en la biografía de su padre. No bastando la memoria, debió ampararse en tal recurso narrativo, perfectamente legítimo y funcional, quedando bien distante de lo meramente testimonial, sobre todo cuando se quiere presentar a una persona de carne y hueso. De allí deriva el equívoco que le mengua el peso realista a Leyenda del padre, lo disminuye para dejarla como una novela donde se entremezclan pasajes supuestos con otros de apariencia fidedigna, usando las correspondientes cláusulas de justificación: Supongamos fragmentos de conversación con el Gran Roberto (p.54) o La siguiente escena en blanco y negro de cine de comienzos de siglo (p.26) e incluso dice: La reunión que voy a evocar ocurrió aquí mismo (p.116), salvo por el antecedente que tenemos de Jorge Edwards, quien se toma muchas libertades con la persona de Pablo Neruda en su conocido volumen Adiós poeta (1990).

Y esto, porque al mismo tiempo de apelar a la imaginación, en muchos fragmentos, quien también fuera periodista en un diario de Mérida (Venezuela), a través del narrador-personaje, se muestra con el prurito de acudir al plano de lo documental. Entonces no procede, por ejemplo, como el narrador, diplomático y periodista chileno, arriba indicado, sino que se apodera del Diario íntimo que mi pata me había autorizado leer solo post mortem (p.125) para utilizarlo como fundamento copiando –literalmente se supone- extensos fragmentos del mismo (pp.107-108 ó 129-131), aparte de haber empleado los paréntesis en algunos diálogos para indicar a quienes lo dijeron (p.228) y no conforme se hace en la narrativa contemporánea: dejándolos sin identificar, abriendo un enriquecedor concierto de voces. Otros aspectos observables son que, a semejanza de cuánto pasa con Rayuela (1963), si seguimos el tablero de lectura propuesto por Cortázar, a esta novela de Rodríguez Liñán le sobran las palabras: Yo vivía en Lima, donde el circunstancial “en Breña” (p.13) está demás y hasta se agregan muchas páginas, algunas prescindibles (páginas 150-152), en tanto, no aportan nada ni directa ni indirectamente a los funerales y a las escenas de la vida del personaje central, extremos por los cuales discurre la novela, así como el descuido en el uso de los términos: sus aventuras me fascinaban, me dejaban admirativo, boquiabierto (p.94), donde el adjetivo resaltado contextualmente es “admirado” o en la relación culinaria: ají panca, kión, zanahoria, alverjitas (p.187), lo correcto de este último es “arvejitas”, aparte por supuesto de otros más (8).

En cuanto a la clasificación de Leyenda del padre, no puede ser considerada como una novela-documento, perteneciente a la literatura de no ficción, conforme a lo realizado por Truman Capote en A sangre fría (1966), menos una novela-verdad de acuerdo a lo hecho por Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades (1987) ni tampoco ubicársele en la línea de la novela-reportaje Noticia de un secuestro (1996) de García Márquez. Y aunque Rodríguez Liñán, despojándose de su calidad de narrador-personaje, ha tratado de justificarse diciendo que: a pesar de mi afán exhaustivo solo he logrado narrar ciertos aspectos de su prismática personalidad, añadiendo líneas después: Para mí es suficiente (p.267), se encuadra más, con ciertos reparos, hasta casi llegar a lo forzado, en la categoría de una biografía novelada, una biografía donde si bien el autor parte de datos reales, consignados, definidos, utiliza los fragmentos de un diario –por tanto, lo ajeno-, igual desciende cuando reconstruye escenas a partir de cartas o apela a los recuerdos, no siempre claros, anotando: Si la memoria no me traiciona, eso fue a mediados del 74 (p.111), terminando por dejarse sumergir en las reverberaciones de la pura ficción. Es decir, a la novela Leyenda del padre, lamentablemente, debemos hacerlo saber, le absorbe mucho más la imaginación, en desmedro de un intento por reflejar la realidad tal cual fue (o es).

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(1) RODRIGUEZ LIÑÁN, Miguel Leyenda del padre, Río Santa Editores, Chimbote, 1991, 271 páginas. En esta edición nos hemos fundamentado para obtener las citas de nuestro ensayo.

(2) Léase al respecto mi ensayo “Existencialismo y significación en la poesía de Miguel Rodríguez Paz”, en el blog: www.tierradepromision.blogspot.com.

(3) En la solapa derecha de Leyenda del padre, Río Santa Editores, Chimbote, 1991.

(4) LOZANO, Saniel El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura, prólogo de Gonzalo Pantigoso, Editorial La Libertad EIRL, Trujillo, junio de 1992, p.71.

(5) LOZANO, Saniel El rostro de la brisa. Chimbote en su literatura, p.71.

(6) Antenor Orrego, Juan Espejo Azturrizaga, Víctor Raúl Haya de la Torre, Carlos Manuel Cox, el mismo César Vallejo, entre otros.

(7) AYLLÓN, Ricardo Las preguntas del ornitorrinco. Diálogos con la literatura peruana, Ediciones OREM, junio del 2010, p.53.

(8)Salvo que estos errores tipográficos se deban únicamente a los serios descuidos cometidos por el (la) corrector(a).

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