martes, diciembre 28, 2010

ENTRE EL HUMOR Y EL ESPANTO


Por Ricardo Vírhuez Villafane

Walter Lingán (San Miguel de Pallaques - Cajamarca) es médico y radica desde 1982 en Colonia, Alemania. Pese a su profesión y a la distancia, ha construido una de las obras más abundantes y sólidas de los últimos años para la narrativa peruana. Hasta la fecha ha publicado Por un puñadito de sal (novela, 1993), El lado oscuro de Magdalena (novela, 1996), Los tocadores de la pocaelipsis (cuentos, 1999), La danza de la viuda negra (cuentos, 2001 y 2008), Oigo bajo tupie el humo de la locomotora / Ich höre unter deinem Fuß den Rauch der Lokomotive (cuentos, en alemán y castellano, 2005), La ingeniosa muerte de Malena (cuentos, 2009), Un pez en el ojo de la noche (novela, 2009), y ahora El espanto enmudeció los sueños (Lima: Arteidea, 2010), una especie de crónica novelada sobre los años de la guerra de fines del siglo XX en el Perú.

Hace un tiempo, en su artículo “Soy maoísta, soy escritor, ¡y qué!” escribió una frase lapidaria sobre la izquierda peruana: “Porque ahora la izquierda es electoralmente cero a la izquierda y alguna izquierda está sentada a la diestra de la derecha”. Con una mirada así, no es difícil imaginar un libro azaroso que parece entrampar con su crítica a la sociedad fujimorista, es decir a la sociedad peruana, corrupta por todos los pliegues y suspiros, y abrir ventanas de optimismo en el personaje principal del libro, castigado injustamente con una carcelería solo merecedora para los terroristas.

El personaje principal, que a su vez es el narrador de la novela, es un hombre de izquierda que vive en una barriada de Lima Norte y, al igual que el autor durante su juventud, funda un periódico en su barrio. Lima ha sido dividida en la Ciudad y el Barrio, y a este último lugar llegan las fuerzas del orden y se llevan sin más a nuestro personaje, que solo por ser contestón se gana sus buenos años en la cárcel. Ahí conoce a Fujimori, que ha sido sentenciado a 25 años de prisión por robo y asesinatos, entre otras naderías.

A partir de este encuentro, surge el motor desencadenante del libro. Nuestro personaje narrador le “habla” a Fujimori, le dice sus verdades, le encara sus crímenes, le habla con odio y con ternura, con rabia y burla. Fujimori es para el narrador “mi aborrecido y querido Albertillo” (p.66), “mi chinito bailarín” (p.66), “mi querido moncherí” (p.67), etc. Esta relación de amor-odio entre este personaje izquierdista tiene una lúcida explicación: “Me hubiera gustado cogerlo por las solapas, meterle un par de mochazos y sacarle la mugre, pero me agüevé, me dio pena, una cierta lástima” (p.47). La relación entre el izquierdista y el mafioso empieza por la lástima y se convierte en una extraña complicidad: no hay diálogo, pues Fujimori nunca le responde en la cárcel, pero sí hay intercambios de miradas y gestos, ante el monólogo conminativo del narrador.

Walter Lingán construye a su personaje, el izquierdista preso, paso a paso, sin prisas, a partir del monólogo que se convierte en crónica de los años de la guerra. De este modo, el personaje va narrando su vida que cree honesta y consecuente, pero en realidad está pintando uno de los cuadros más crueles y satíricos de un personaje de izquierda desde Historia de Mayta, de Mario Vargas Llosa.

En primer lugar, la visión de la guerra del izquierdista es en realidad el discurso oficial del gobierno fujimorista, que a su vez es la copia obsecuente de los manuales contrasubversivos surgidos de la experiencia de numerosos militares peruanos en la tristemente célebre Escuela de las Américas y la CIA. Es decir, para el izquierdista no se trata de guerra revolucionaria ni insurrección, ni siquiera una guerra errónea de algún partido de izquierda equivocado. Se trata de terrorismo y tiene todos los agravantes de la versión oficial: son los Paladines de la Cuarta Espada, quienes “como discos rayados repetían las estruendosas palabras de su máximo jefe. Como tambores apocalípticos tronando en cielos y montañas anunciando la guerra purificadora” (p.110). Esta visión es expresamente clara: los terroristas no son seres humanos, sino monigotes que repiten lo que dice el jefe; no piensan, no planifican, no tienen ideas, no hablan por sí mismos. Y la guerra no es revolucionaria, sino “purificadora”, “apocalíptica”, es decir religiosa. En aquellos años la izquierda oficial decía también “milenarista”.

Otras citas nos ayudan a completar la idea de la versión oficial subyacente en el discurso del personaje narrador: “Ya no solo se colgaban perros en los postes de electricidad, sino se mataba a cualquier hijo de vecino sospechoso de ir con el cuento a la policía” (p.123). Las muertes son irracionales. Los terroristas matan por placer. Además, “cualquier esquina era buena para acribillar a un policía o soplón, a líderes de barriadas y diversas autoridades. El miedo se hizo cotidiano. Coche bombas explotaban hasta en la sopa. No quedaba casi ningún lugar seguro”. Esto último ensambla perfectamente con el discurso que en estos días Keiko Fujimori (la hija del genocida) repite en su campaña electoral para convencer a los peruanos de que su padre fue el héroe que derrotó al terrorismo: “Antes no se podía salir a las calles”.

Por otro lado, este personaje es pintado, además, como un acólito sufriente de la iglesia católica, que en el Perú no solo ha producido el pensamiento progresista de Gustavo Gutiérrez y la teología de la liberación, sino además las hordas ultra conservadoras del Opus Dei y del Sodalitium Christianae Vitae, fundado por Luis Fernando Figari en 1972 y que actualmente domina todo el panorama católico en el Perú. “Los curas habían mostrado siempre, sin aspavientos, pero seguros, solidaridad con los pobres que sufren injusticias” (p.81), dice el izquierdista. A diferencia del indigenismo, el movimiento cultural más importante surgido en el Perú, que denunciaba a los curas por practicar el asesinato, el robo, la explotación y la violación de las mujeres, nuestro personaje “limpia” a los curas y los santifica, no sin intención política: en determinado momento, la madre de nuestro personaje, una mujer de armas tomar y que defiende el concepto de lucha de clases, dice sin embargo que “la aureola de un curita ha empezado a iluminar la esperanza de los pobres” y que “votar por el curita no estaría mal” (p.93). Se refiere al cura Marco Arana, defensor de causas ecologistas en Cajamarca y voceado candidato presidencial o regional, cuya escasa aprobación electoral parece haberle hecho desistir de participar en elecciones. A estas alturas, tenemos ya un personaje izquierdista pintado a la medida de una caricatura: eco de resonancia de la versión oficial, y propagandista gratuito de la iglesia católica. Pero no son las únicas características de este personaje.

Nuestro izquierdista, hasta cierto punto, es el típico izquierdista peruano de nuestros días: no es marxista ni comunista, y no es ateo. Es un izquierdista católico y anticomunista por excelencia. “Fuimos los primeros en llamar terroristas a los Paladines de la Cuarta Espada” (p.35), dice refiriéndose a los maoístas iniciadores de la guerra, o senderistas. Rechaza la “demencia maoísta” (p.125). Y tampoco gusta de las revoluciones, como se podría esperar de un izquierdista revolucionario: “Queríamos paz y tranquilidad. Pero nos impusieron la paz de los cementerios, el silencio de las fosas comunes y la ausencia de los desaparecidos” (p.35) dice nuestro izquierdista, feliz con la etapa anterior a la guerra, ya que solo ansiaba “paz y tranquilidad”.

Otro elemento de este personaje es su relación nostálgica con el Apra y su admiración por el MRTA. Como sabemos, el Apra no solo es el partido político más antiguo del país, sino también –desde su fundación por Víctor Raúl Haya de la Torre– una de las organizaciones mafiosas de mayor poder e influencia en todos los aparatos del Estado. Los niveles de corrupción de este partido abarcan absolutamente todas las áreas de la arena política, por lo que han instaurado un sistema de gobierno a la medida de sus intereses: no les importa la ideología ni el programa, solo el enriquecimiento ilícito y el saqueo del Estado, la estrecha relación con el narcotráfico (aun antes que Fujimori y Montesinos) y el remate a empresas extranjeras de un país al que consideran quebrado e inviable, y al que desprecian.

¿Por qué nuestro personaje siente una lejana nostalgia y admiración por este partido? En parte, por la propaganda aprista. Como hemos visto hasta ahora, al ser eco de la propaganda oficial, el “pensamiento” de nuestro personaje es un pensamiento prestado, enajenado, aplastado por la publicidad. Desde sus inicios, el Apra ha construido una leyenda: los mártires de Chan Chan, la disciplina, los búfalos, etc. Una leyenda totalmente falsa, por supuesto. De ahí que muchos izquierdistas, antes de serlo, hayan sido militantes o simpatizantes apristas, o lo que es más actual, hayan pasado a las filas del gobierno aprista sin pena ni gloria. Nuestro personaje, sin embargo, se rebela. Grita su crítica a Alan García, al que llama “Alan Babá y sus cuarenta ladrones”, aludiendo a los personajes de Las mil y una noches en la historia de Aladino. Pero eso es todo. Apenas esas palabras de “crítica” divertida.

Y la admiración de nuestro personaje por el MRTA es precisamente consecuencia de su admiración aprista. Como sabemos, el MRTA fue un movimiento político y militar surgido de las filas apristas (como en los años 60 lo fue el MIR, integrado por ex apristas) con dos objetivos claros: neutralizar o hacer frente a la guerra senderista, y actuar en los enclaves del narcotráfico para facilitar los negociados del Apra, tanto en la selva alta de San Martín y Huánuco, como en las zonas cocaleras del Alto Huallaga y el Ucayali, a las que llamaban frente Oriental y frente Central. El MRTA devino en una organización guerrillera de tipo foquista, al estilo del Che Guevara, y su relación con el Apra fue intensa, contradictoria y de mutua satisfacción (el “escape” del penal Castro Castro mediante un túnel que nadie vio ni oyó, en 1990, fue el último favor que Alan García pagó por los beneficios del narcotráfico).

“No quedó claro cómo murieron Néstor Cerpa y sus combatientes” (p.162), dice nuestro izquierdista, refiriéndose al líder que dirigió la toma de la residencia del embajador japonés en Lima para salir en la Tv durante cuatro meses, en 1997, y luego morir asesinado junto a otros 13 jovencitos por los comandos del ejército. Nuestro personaje le espeta a Fujimori: “Te detuviste frente al cuerpo inerte de tu enemigo, de Néstor Cerpa, el obrero que ascendió a Comandante y te puso contra las cuerdas” (p.163). La mirada es clara. Ha abandonado la visión oficial y ahora muestra sin tapujos sus preferencias y simpatías.

A estas alturas, ya tenemos un personaje izquierdista cuyas características nos remiten inevitablemente a la izquierda peruana: anticomunista y vocero de la versión oficial sobre la guerra, católico y antimarxista (o no marxista), además de admirador nostálgico del Apra y simpatizante del MRTA. A diferencia de Vargas Llosa, sin embargo, que hace de Mayta un personaje con todo los vicios y lo muestra incluso homosexual, Walter Lingán simplemente pinta a un personaje de nuestro tiempo, a un izquierdista enredado en sus propias carencias, confuso o confundido, aletargado por la inacción, alejado de los sinsabores de las batallas callejeras, aplastado por los largos años en la cárcel, pero optimista al fin y al cabo. De ahí lo interesante de este personaje: es contradictorio.

Pese a todo lo que hemos venido describiendo, al final nuestro personaje se inflama con el verbo de las viejas glorias, más cercano a un iluminado que a la visión de un marxista enojado: “Yo creo, chinito, que la próxima vez sí estaremos maduros para armar una revolución… Como está escrito en la biblia, resucitaremos, haremos la revolución y el amor y de nosotros será el reino de la tierra” (p.155). La ironía de esta frase es devastadora. Pero completemos la imagen: “Llegará el día, no está lejano, cuando un pueblo que ha perdido la fe en la justicia formal sea implacable con todos los chupasangre. Pobre de ustedes pecadores, corruptos… y aunque no nos guste, aunque nos dé miedo, otra vez correrá la sangre de mucha gente, pero esta vez, ojalá, no sea en vano, nueva vida surgirá. Eso creo” (p.167). La sensación de misticismo es absolutamente delirante.

Debemos agregar, por otra parte, que se trata de un libro de lectura rápida, ágil y provocativa. Y no hemos aludido todavía al profundo humor que atraviesa todo el libro, la ironía latente en la descripción fría de los hechos como si el autor hubiese reunido todo el material periodístico de la prensa fujimorista para darle cuerpo en el pensamiento de Gustavo William Hernán Ricardo de la Hoz Díaz del Castillo, desternillante nombre de nuestro protagonista. Se trata, por ello, del material oficial, de hechos públicos y no de historias inéditas.

El libro es un conjunto de crónicas periodísticas noveladas a partir del discurso de nuestro personaje izquierdista. Es una novela que carece de trama, excepto el resumen que podríamos hacer de un hombre que es detenido injustamente, monologa largamente ante Fujimori en la prisión y finalmente desaparece en extrañas circunstancias. Todo lo demás es el acopio de datos periodísticos sobre la guerra, principalmente, y los actos de corrupción de Fujimori y Alan García.

Walter Lingán ha logrado construir una obra coherente, una sátira feroz del “izquierdista de nuestro tiempo”. Pero no lo hace a la manera de Vargas Llosa en ese sonsonete aburrido que es Historia de Mayta, sino con picardía y mucho humor, burlándose de los personajes y de sus propias palabras. Más allá de las intenciones reales del autor, este libro no deja de ser un documento valioso sobre los vaivenes de la guerra, sobre la personalidad de algunos de sus protagonistas y sobre el profundo daño que el fujimorismo (de Fujimori, de Toledo y de Alan García) ha hecho al país. ¿El siguiente gobierno será también fujimorista? No lo sabemos. El libro es una muestra de la lumpenización del Perú, en todos sus niveles. Resulta irónico, por ello, que el grito final citado arriba no surja de las gargantas callejeras, sino de la prisión, donde el personaje desaparece finalmente para servir de instrumento para la desaparición de Fujimori. Es decir, la visión del libro es pesimista después de todo, ya que se plantea la continuidad de la corrupción y de la impunidad.

Dentro de las narraciones que tratan el tema de la guerra maoísta, o conflicto armado interno, se ha priorizado la victimización del pueblo sufrido e inocente. Se ha abundado, también, en mostrar el dolor, el sufrimiento y la muerte de este pueblo humillado y ofendido. Y se ha mostrado a los autores de masacres como seres inhumanos, despreciables, malos, locos, salvajes, etc. El libro de Walter Lingán le añade un elemento valioso: además de resumir una época, pinta a un personaje que ha huido de sus manos y de sus intenciones para surgir en toda su contradicción y crudeza, en su orfandad y confusión: el izquierdista peruano.

Un mérito que estoy seguro el autor rechazará, pero quedará como un aporte personal para enriquecer las visiones sobre la guerra que a fines del siglo pasado sacudiera nuestro país, para tenernos en vilo intentando comprender, hasta nuestros días, sus formas y consecuencias, sus razones e ideas, como una marca indeleble para nuestra generación y las generaciones futuras.

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