miércoles, agosto 04, 2010

JULIAN HUANAY: El retoño


Luis A. Abanto
(Universidad de Ottawa)


(Publicado en la Revista Peruana de Literatura nº 6, pp. 42-46)

El año 2007 se cumplió el centenario del nacimiento de Julián Huanay (Jauja, 1907 – Lima, 1969), autor de El retoño (1950) y de diversos cuentos reunidos bajo el título de Suburbios (1968). Hablar de Huanay es evocar una cita trunca entre uno de los pilares de la narrativa peruana del siglo XX y una discreta crítica literaria que no logró calarlo en el imaginario literario peruano. Recientemente afirmaba Abelardo Oquendo que «la mayoría de los libros editados entre nosotros se recibe en silencio (…) y no es la recepción inmediata a su salida a la luz lo que determina el destino de un libro»(1). En el caso de El retoño, esta lógica también se aplica puesto que la novela prescindió de una meritoria acogida y, peor aún, se convertiría en «prueba del delito» que pondría a Huanay en la cárcel por infringir la tristemente célebre Ley de seguridad interior del régimen de Odría. Aunque cierto es que con los años la discreción crítica iría hilvanando breves menciones elogiosas, el estatus de Julián Huanay quedó fraguado en una posición ambivalante, fruto a veces de lecturas parciales o, simplemente, de una carencia de estudios pormenorizados sobre su obra. Este estado de cuentas me condujo a explorar los ejes semánticos que irradian el proyecto narrativo de Huanay(2). En el espacio que se me permite, presento un fragmento de tal investigación en el que, por un lado, trastreo algunos (des)encuentros entre Huanay y la crítica —lo cual habría moldeado su estatus actual— y segundo, intento dar luz a uno de los aspectos centrales de El retoño: el fenómeno de la desterritorialización y el discurso migrante.

Vista en su conjunto, y desde una posición social y cultural periférica, la propuesta narrativa de Huanay se circunscribe dentro de la problemática de la migración masiva del campo a la ciudad, el consecuente surgimiento de nuevas identidades marginales urbanas, y las luchas cotidianas en los suburbios capitalinos. Como evocación de fenómenos sociales que afectarían profundamente en el devenir del Perú actual, es imprescindible destacar que esta visión se enraíza en la marginalidad socio-económica y el origen serrano del autor, a los cuales se agregan sus vivencias y residencias en los suburbios de la época, y su activa participación en reivindicaciones populares y sindicales, praxis que se revela vivamente en los cuentos reunidos bajo el simbólico título de Suburbios. Aún cuando en vida algunas de sus narraciones fueran reconocidas en alguns textos críticas y antologías, su relación ausente con el establishment literario criollo-letrado de los cincuenta(3) puede considerarse también como otro rasgo marginal más que caracteriza a Huanay.

Así, pues, El retoño constituye una ejemplar visión del otro desde el margen, desde la periferia social y cultural. Sirviéndose de una estructura rígida a la que se ajusta todo el proceso semiósico de la historia, Huanay opta por la trama del viaje de un niño provinciano hacia Lima. A la luz de este leitmotif, el autor explora e interpreta diferentes sistemas de explotación socio-económica y efectos nefastos de la modernidad industrial en los Andes, emprende una denuncia social a favor de las comunidades campesinas y, en menor grado, de las comunidades negras explotadas en las haciendas de la costa, a la vez que evoca el contacto interétnico y la reterritorialización fallida en la ciudad. En el plano de la enunciación, la historia es narrada por una voz autodiegética cuya autoridad de tipo vivencial otorga al texto un efecto de testimonio cuyo carácter mimético armonizado con la técnica de la focalización interna, hace patente los diferentes aspectos implícitos en el fenómeno de la desterritorialización. De esta manera, Huanay construye al otro migrante andino en su relación con la utopía urbana, la idealización de su espacio original y el descubrimiento de su otredad identitaria. Para este último aspecto, proyecta primero la imagen de bon sauvage para luego desmitificarla mediante la oposición sarmientina civilización-barbarie que surge de la dinámica del reconocimiento entre el serrano (el personaje) y el costeño, principalmente, y el negro. Para el narrador, Juanito adulto, el resultado de su mutación es el descubrimiento de una identidad que se le atribuye, la cual se erige en el texto a partir de criterios estereotípicos entre los que predominan significados como, animalización, cosificación, servidumbre, ineptitud al trabajo, miseria, etc.

EL (DES)ENCUENTRO CON LA CRÍTICA
El primer intento de canonización de Huanay la hace Alberto Escobar cuando en 1956 incluye el cuento «El negro Perico» en su minuciosa y capital antología La narración en el Perú(4) —una de las pocas de los años cincuenta. Que Huanay figurara en una obra canónica, que por cierto congregaba a autores ya entonces consagrados como Alegría, Arguedas, Salazar Bondy, Congrains, Ribeyro, conllevaba, sin duda, un mérito excepcional tratándose de su condición de escritor obrero, a quien Escobar le otorga la siguiente carta de presentación:

Chofer de taxi y antiguo dirigente obrero, en sus obras muestra un conocimiento directo de los temas y un profundo sentimiento de ternura. Ha publicado además de El retoño, relatos y estampas en revistas de organizaciones gremiales. Huanay ha sufrido prisión en varias ocasiones a causa de su actividad sindical. (297)

Pero si Escobar le reconoce su valor literario, Mario Castro Arenas, al contrario, en su estudio crítico La novela peruana y la evolución social (1964), le quita importancia catalogándolo de representante menor de la literatura indigenista (241). Inspirado en las bases que Luis Alberto Sánchez asentara en La literatura peruana, pero haciendo caso omiso de los principios del maestro—»examinar al propio tiempo la obra narrativa y las circunstancias externas [para dar] mayores luces acerca de la relación entre la forma artística y la realidad social» (4)5—, Castro Arenas describe a Huanay como un escritor proletario que «carece de recursos auténticamente novelísticos» (242).

Obviamente, el comentario axiomático —y, sobre todo, paradójico, si recordamos que su libro fuera auspiciado por el Congreso por la Libertad de la Cultura—, contribuía entonces a la marginación de un narrador andino-migrante que justamente proponía un vivo testimonio de una de las experiencias socio-culturales más efervescentes de ese momento. Un breve análisis del paratexto del libro de Castro Arenas pone al descubierto cómo el crítico evade completamente la problemática explícita en El retoño. La mayor contradicción se evidencia en las tapas del libro. Ahí figuran ocho fotos en blanco y negro (cuatro en cada tapa) de rostros de niños y adultos indígenas superpuestos sobre la silueta de casas de arquitectura colonial, como si el espacio urbano estuviera ocupado (o transformado) por la presencia del otro. A simple vista, la dimensión pictográfica invita a la lectura de una realidad (el texto) poblada por una otredad cultural (los indígenas fotografiados). Esta idea se refuerza con el título: se anuncia el estudio de un proceso letrado (la novela peruana) en relación con su evolución social. Pese a que tanto las imágenes como el título sugieren ser el objeto de estudio del texto crítico —o, al menos, una parte de él—, al llegar al breve comentario sobre Huanay el lector se encuentra con una negación categórica del potencial ilustrativo de esa temática. En breve, la presencia de Huanay en la investigación de Castro Arenas constituye una especie de inclusión contradictoria o, por decirlo de otro modo, se trata de una invitación a la no-lectura de Huanay.

Al margen de la crítica nacional de aquel entonces, El retoño tomaría rumbos inesperados tras ser traducida al ruso por Dimitri Voranin en 1964. Según Enrique Turover, traductor de una de las delegaciones soviéticas en los años sesenta en Lima, al ser entrevistado por Winston Orrillo, la novela fue editada en la Unión Soviética por la Casa del Libro Infantil y tuvo tanto éxito que debió ser reimpresa repetidas veces con tiradas de aproximadamente un millón de ejemplares. Carlos Villanes afirma que El retoño fue integrada dentro del programa de la enseñanza primaria de ese país (16). No obstante, en 1968, al contemplar las condiciones modestas en que vivía su autor, Orrillo le pregunta:
Y ¿te pagaron tus derechos de autor, Julián?
Él se queda sonriente.
—Ma han dicho que están allá. Pero cómo ir.


Nunca sabría Huanay de esos derechos ni de la suerte de su novela, pues la muerte le alcanzaría en 1969, año en que como reconocimiento póstumo, se reedita por encargo del entonces director de la Casa de la Cultura del Perú, Antonio Cornejo Polar. Recuérdese que esta publicación coicide con los primeros años de la dictadura militar de Velasco Alvarado (1968-1975) cuya agenda populista promovía la creación y el fortalecimiento de aparatos institucionales para difundir e inculcar un programa educativo basado en el rescate del patrimonio nacional autóctono. En este período de reinvención y reestructuración de los símbolos oficiales de la nación peruana, El retoño es redescubierta y saludada en su contratapa como «[n]ovela de raigambre proletaria», y considerada como «auténtica expresión de un aspecto de la realidad del país» (contratapa). En 1973, Francisco Carrillo incluye otro de sus cuentos, «Maruja», aparecido antes en Suburbios, en su antología 11 cuentos clásicos peruanos donde describe a Huanay como un sujeto que «se ha hecho solo, fuera de las aulas» y cuyas «armas literarias son su experiencia y su calor humano» (98).

También el Grupo Narración le rinde homenaje en 1974 al publicar un fragmento de El retoño en el tercer número de la revista del mismo nombre6, respondiendo a uno de sus principios que consistía en someter «al análisis de clase las nuevas creaciones y revalorando las obras y actitudes de los principales representantes de la narración en el Perú» (veáse la primera página del segundo número de 1971). Para Narración, que seguía una deliberada línea marxista, la creación literaria debía ser elaborada desde la perspectiva de los sectores populares y tenía que cristalizarse en una expresión y reflexión sobre la realidad nacional. El retoño, por lo tanto, era la ejemplificación de esos criterios y se erigía, según señala Sara Rondinel, como uno de los antecedentes narrativos del grupo, junto a novelas entonces poco conocidas como El Tungsteno y Paco Yunque de César Vallejo (Rondinel, 209).

En 1981, la Universidad Nacional del Centro (Huancayo) reeditó El retoño, aunque sólo saldría en 1987, según aclara Villanes (21-22), quien participó en tal empresa. Sin embargo, esta versión pasaría desapercibida y poco contribuiría a despertar el interés de la crítica especializada concentrada mayoritariamente en la capital. Dos años más tarde, la editorial española De la Torre saca una nueva edición de El retoño preparada nada menos que por el mismo Villanes. Desde España, esta edición poco conocida en el Perú —aunque me consta que ha transitado por diferentes ferias del libro en los últimos años—, entraría más tarde en un nuevo sistema de circulación y consumo entre los que figuran su inclusión dentro la bibliografía sugerida como parte de la enseñanza del español lengua extranjera del Ministerio de Educación y Ciencia de España, y su distribución internacional a través del Internet. Indico aquí los sitios donde puede encontrarse esta información:

. Unos últimos detalles bibliográficos: el cuento «El negro Perico» fue recogido en la antología Cuentos limeños. (1950-1980) de Luis Fernando Vidal, mientras que Roberto Reyes Tarazona hace un breve comentario de El retoño en su reciente artículo «Lima: de Gran Aldea a Ciudad Moderna» —a la hora en que doy los últimos toques a este artículo descubro a través del Internet la inclusión de Huanay en The Cambridge Companion to the Latin American Novel, editado por Efraín Kristal.

Pese a las mencionadas ediciones y reediciones de su novela y de sus cuentos, y a los intentos sinceros de darle un lugar merecido en la narrativa peruana, Huanay sigue siendo hoy un autor desconocido dentro de nuestro imaginario colectivo. Es posible explicar esta ignorancia en el reducido número de su haber creativo que se añade a la falta de ejemplares en circulación y a la carencia de aparatos e instituciones que fomenten su lectura. Pero un factor que considero menos visible ha sido la tendencia crítica de reducir El retoño al contenido superficial de la historia. Así, pues, entre quienes promueven a Huanay, prevalece un discurso que simplifica la novela en las vicisitudes de un niño provinciano para llegar a la capital. Paradójicamente, lo que parece ser aquí una intención de incorporar a Huanay dentro del canon narrativo ha derivado en un atajo que lo ha conducido al aislamiento y, cuando no, al simple olvido. Un novedoso y acertado intento de comprender El retoño constituyen las pistas de lectura que propopone Mirko Lauer en El sitio de la literatura (1989), en donde considera la novela y el cuento «Añoranza» como parte del cenceño grupo de relatos que «han intentado introducirse en el proceso del desplazamiento físico, social y psicológico mismo, y en sus orígenes existenciales» (78). Son éstas algunas de las pistas que me han conducido a explorar el fenómeno de la deterritorialización y el discurso migrante en El retoño.

DESTERRITORIALIZACIÓN Y DISCURSO MIGRANTE
Según Antonio Cornejo Polar (1995), «migrante» no es una categoría que desplaza a otras como indio, mestizo, campesino, provinciano, etc. Ésta puede remitir a sujetos de las más variadas procedencias geográficas y condiciones sociales puesto que más bien se trata de un locus enunciativo que pone al movimiento en un primer plano (Cornejo Polar 1995: 102). El movimiento, el rasgo central de la condición migrante, refiere aquí a un desarraigo no sólo físico, sino también simbólico, y está íntimamente ligado al concepto de «desterritorialización», propuesto por Deleuze y Guattari, puesto que alude efectivamente a la pérdida del lazo con un territorio, y, por extensión, con un espacio simbólico estable (Angenot, 57). Una distinción que debe tenerse en cuenta es que mientras el concepto desterritorialización remite al fenómeno del movimiento en sí (el significado), el discurso migrante remite al significante, es decir, a la manera cómo se enuncia dicho fenómeno. En otras palabras, la condición migrante es el discurso que evoca el fenómeno de la desterritorialización.

Una concreción de la desterritorialización en El retoño se observa en la experiencia del protagonista: Juanito pasa de campesino (en Ayla) a minero (en Morococha) y, finalmente, a peón (en la hacienda costeña). Su viaje hacia Lima, en este contexto, deviene un tránsito más que geográfico; se trata, en realidad, de una degradación física y psíquica que termina en el abandono del protagonista enfermo delante de un hospital. Esta mutación es procesada por el discurso migrante a través de una voz narrativa hondamente intimista, instalada en el presente, que insiste en dar testimonio de su metamorfosis, de su paso conflictivo de una condición a otra en la que yace un claro sentimiento de pérdida.

Obviamente, la pérdida es un aspecto central de la novela, pero es también —y ésta sería parte de mi hipótesis— un generador del mismo acto de escribir. Huanay no se limita a trazar el itinerario del desarraigo. Lo que observo en su escritura es un intento de permitir al lector un acceso a la intimidad del migrante, es decir, un afán de hacerle comprender las reacciones inmediatas del sujeto frente a la experiencia de la desterritorialización. Para tal efecto, el autor elige dispositivos textuales estratégicos que vehiculan el aspecto mental; éstos son, principalmente, la voz autodiegética y el uso constante de la focalización interna. A través de estas estrategias se proyectan las reacciones del sujeto ante el fenómeno del desarraigo. Siguiendo a Cornejo Polar al definir el sujeto migrante (1995: 104), se observa que esta voz estratifica sus experiencias, evitando fundirlas, y, al contrario, enfatizando los diversos tiempos y lugares de su itinerario, ya sea valorándolos o desaprobándolos.

Este aspecto mental de la desterritorialización ha sido señalado por Mirko Lauer (1989), para quien es necesario comprender la dimensión psíquica de la experiencia del movimiento puesto que «la migración puede concluir en uno de los aspectos (en el físico, hasta en menos de una hora) [esto sería la reterritorialización], pero continuar un tiempo indefinido en el otro. Que uno puede partir y nunca llegar» (73-4). Para comprender este fenómeno, Lauer propone el concepto de proceso interno de migración (sin desarrollarlo ampliamente), que implica la exploración de la parte menos perceptible de la experiencia del sujeto migrante.

En el plano textual ese proceso interno de migración empieza en el momento en que el aldeano peregrino, después de regresar a Ayla, describe a Juanito y a otros niños el «mundo fabuloso» de la ciudad. Segmentos como «nos asombró» o «nos deslumbró» son reacciones emotivas del narrador que evidencian el cambio de interés de los interlocutores. Se produce, pues, una mutación afectiva hacia la urbe, generada, según el propio yo-narrante, por la turbación y pérdida de su orden inicial («un día regresó de Lima, a turbar la paz de mi aldea, el hijo de un viejo labrador») puesto que luego confiesa que desde ese momento muchos jóvenes ansiaban fugar a Lima. En este caso, se constata que el desarraigo psíquico precede al desarraigo físico.
Este desarraigo psíquico —y aquí el dato biográfico del autor es pertinente— modela, sin duda, el proceso de la escritura. En la ficción, la trama se inicia con la pérdida del lazo, que es emotivamente destacada, pero nada sustancial se dice sobre la vida anterior al discurso turbador del aldeano peregrino. El yo-narrante, aparece, así, desde el principio, como un sujeto que intenta volver a ese momento congelado en el tiempo y la memoria ya que se trata de su último vínculo materialmente sostenido con el espacio original. En otras palabras, tendríamos a un yo-narrante que, a primera vista, estaría físicamente reterritorializado en algún lugar de la ciudad, que es el lugar de la enunciación, dando testimonio de su aventura migrante. Pero, en el fondo, se trataría de un enunciador cuyo discurso trata de efectuar un proceso de reterritorialización imaginativa (una vuelta simbólica) recuperando la memoria a través de la novela. Éste es, pues, un rasgo psíquico que Lauer propone y nos sirve para ver una dimensión aún más profunda de El retoño: el narrador pudo haber llegado físicamente a su destino, pero psíquicamente se mantendría todavía en camino, aterritorializado. Esta lógica inconclusa, desgarrada, y hasta híbrida, constituye la base de la condición migrante sobre la que se edifica la escritura de Huanay.

Aunque aterritorializado en el presente, el sujeto migrante conservaría íntegramente su patrimonio génetico (físico y simbólico) localizado vivamente en el momento de la partida. De hecho, como escena primordial, el momento de la partida no sólo ha sido poetizada por Huanay, sino también, por un grueso número de cantantes populares que dieron vínculos comunes a millares de migrantes andinos en la capital. Este aspecto se evoca en un momento en que los migrantes explotados como animales en la hacienda algodonera, interrumpen sus labores para escuchar una canción:
Lentamente, con suavidad de arrullo, las tristes notas de un huayno fueron dispersándose por el inmenso galpón. Una voz varonil cantó, triste y quejumbrosa:
Hijo de la malva soy,
De la malva yo nací,
no tengo padre ni madre,
quien se conduela de mí.
Solito he vivido,
Solito voy a morir,
En tierras extrañas me encuentro
Sin poder volver a ver. (91-2)


Mientras la escena y la letra sintetizan la marca semántica de la desterritorialización, la voz poética activa obvios significados de desgarro físico, nostalgia y orfandad que hacen experimentar a los receptores una nueva sensación colectiva: el forasterismo, tan evocado por Arguedas. Sin embargo, pese a sus diferentes orígenes geográficos y culturales, los peones descubren que su sobrevivencia en ese espacio hostil es compensada por la generación de una comunidad afectiva. Pero ésta no significa la desaparición de esa sensación de nostalgia y orfandad que se manifiesta en el momento posterior a la canción, en el que el personaje confiesa su conmoción y llanto, que es un sentimiento colectivo cristalizado en el silencio de los peones. La emotividad del episodio ejemplifica, pues, la dimensión introspectiva (el proceso interno de migración) de la desterritorialización, la cual se activa permanentemente en la novela ante momentos simbólicos como, en este caso, la ejecución de una canción.

Lo dicho me lleva a sostener que en cuanto al proceso de la escritura, El retoño puede leerse como un intento de subsanar a través de la creación estética el sentimiento de pérdida implícito en la condición migrante. Al escribir Huanay «recupera» el espacio original haciendo del viaje (la historia) un traslado simbólico hacia la infancia, hacia el momento decisivo en que se produce la fisura territorial que genera la desintegración y vaciamiento de su comunidad de origen. Si la novela explora las raíces de la pérdida territorial, ella se aproxima también a la metamorfosis cultural e identitaria que se produce en el paso de sujeto andino a sujeto migrante, y finalmente a un sujeto suburbano que tendrá de sobrevivir en las miserias de la ciudad idealizada. Este complejo proceso de desterritorialización es también una constante en la escritura posterior de Huanay. Los cuentos «Champi» y «Añoranzas» permiten comprender el destino del migrante en la ciudad (su condición suburbana, en el primero) y su ambigua nostalgia hacia la aldea a través de un viaje de regreso (en el segundo). Por último, por ser de origen rural, migrante andino, obrero y autodidacta, Julián Huanay representa la visión del otro marginal desde el propio margen, desde la propia otredad. Ahora, esa postura enunciativa no debe entenderse en la marginalidad de sus protagonistas (el cholo, el negro, el huérfano, el preso, etc.), sino en el proyecto de un sujeto andino y, posteriormente, suburbano (el propio Huanay), de subirse al escenario del epistema letrado para desde ahí conceder la palabra al otro marginal.

OBRAS CITADAS

Angenot, Marc. Glossaire pratique de la critique contemporaine. Ville La Salle: Hutubise, 1977.
Carrillo, Francisco, ed. 11 cuentos clásicos peruanos. Lima: Biblioteca Universitaria, 1973.
Castro Arenas, Mario. La novela peruana y la evolución social. Lima: Cultura y Libertad, 1964.
Cornejo Polar, Antonio. «Condición migrante e intertextualidad multicultural: el caso de Arguedas.» Revista de Crítica Literaria Latinoamericana. XXI, 42 (1995): 101-109.
———. «Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno.» Revista Iberoamericana LXII, 176-177 (1996): 837-844.
Escobar, Alberto. La narración en el Perú. Lima: Letras Peruanas, 1956.
Huanay, Julián. El retoño. 1950. Lima: Casa de la Cultura del Perú, 1969.
———. Suburbios. Lima: Gráfica Labor, 1968.
———. El retoño. 1950. Carlos Villanes, ed. Madrid: Ediciones de la Torre, 1989.
Lauer, Mirko. El sitio de la literatura. Escritores y política en el Perú del siglo XX. Lima: Mosca Azul, 1989.
Narración 2. Revista Literaria Peruana. Lima, 1971.
Orrillo, Winston. «Julián Huanay: literatura y sindicalismo». Oiga. Revista de actualidades 297 (Nov. 4) 1968.
Rondinel Pineda, Sara. «El proyecto literario de Narración.» Márgenes. Encuentro y debate VIII, 13-14: 207-26.
Vidal, Luis Fernando. Cuentos limeños. (1950-1980) Antología y estudio preliminar. Lima: Peisa, 1982.

(Footnotes)
1 La cita proviene de «Un hegemónico excluido», La República On line, martes 16 de enero de 2007.
2 Este artículo es una adaptación de una parte de mi tesis doctoral presentada en 2004 en la Universidad de Ottawa, Canadá. Ahí dedico un capítulo de unas cincuenta páginas al estudio de Huanay y se forja, además, mi proyecto de publicar las obras completas de Huanay, que espero aparecerán en 2008. Aprovecho el espacio para agradecer al profesor Juan Zevallos (Ohio State University), quien fue uno de los examinadores y contribuyó con muy valiosas sugerencias respecto al estudio de Huanay.
3 Aquí me refiero a la actividad intelectual auspiciada e integrada por jóvenes de la burguesía limeña y provinciana ligada al medio universitario, quienes se reunían, leían y discutían en los recintos de la Católica y San Marcos, y cuando no, en el legendario bar Palermo.
4 No obstante lo dicho acerca de la obra de Escobar, debemos advertir que no todas las fechas de la publicación de los textos incluidos constan en ella, tal es el caso del cuento mencionado.
5 Recordemos que Castro Arenas insiste en que «Sánchez es quien más fervorosamente ha asediado el análisis de la novela nacional: ha discutido su existencia a la par que la latinoamericana; ha revisado su ‘proceso y contenido; ha sido él quien ha puesto mayor énfasis en la proyección social y revolucionaria de la prosa de ficción. A despecho de la posición de los críticos sólo atentos al lado estilístico, Sánchez se ha pronunciado a favor de los críticos de tipo social» (4).
6 Al respecto, remito a mi artículo «Narración y Julián Huanay», publicado en la revista Intermezzo tropical, n. 2, 2004, p.35-39. http://www.sgci.mec.es/it/Consejeria/lecturas.htm
http://www.edicionesdela torre.com/cgi-local/libro.pl?AMN09

2 comentarios:

YunDoSiso dijo...

Nunca olvidare la primera ves que leí El Retoño, una gran aventura en mi niñez, la imaginación que experimente en esa obra fue hermosa… solo me basta decir, gracias Julian Huanay…
DE: YunDoSiso

Anónimo dijo...

esa obra lo leo siempre me gusta que linda no me cansare de leerla me gusta :)