lunes, abril 08, 2013

Apuntes sobre el proceso literario peruano actual

Arturo Bolívar Barreto / Lima

El humus cultural de las últimas décadas en el Perú se ve fundamentalmente marcado por las connotaciones y secuela que trajo la implantación del neoliberalismo económico, efecto del nuevo ciclo de recesión del capitalismo global acentuado desde los 80 del siglo pasado. En nuestro país fue impreso en los 90 tras un autogolpe de estado. Es decir, el “ajuste estructural”, la liberalización desbocada y sin regulación del capital privado - fundamentalismo del mercado-, implementado desde el estado cooptado y privatizado por el capital trasnacional y nacional monopólico. Promovió no sólo el desamparo social, la corrupción, la violencia cotidiana y la violencia oficial, sino la decadencia cultural y la entronización de la ideología del egoísmo lapidario como valor. Nada más que los nuevos tiempos de capitalismo unipolar y posmoderno en todo el mundo: con la caída del Muro de Berlín, la restricción de los Estados de Bienestar, el repliegue de los movimientos sociales, se derrumbaron también los paradigmas histórico-culturales. Acendrado además por la revolución tecnológica comunicacional (de magníficas potencialidades en un mundo menos autodestructivo) que bajo sujeción deshumanizante, uso operativista y automatizado para las necesidades del mercado, ahondó la conducta masificada de lo fugaz, banal y procaz. No es que el consumismo y la “cultura de masas” fuera novedosa en el capitalismo, sólo que ahora se presentaba totalizante y excluyente.

De manera que este signo de la época no ha excluido naturalmente al quehacer literario. Se ha manifestado, en general, en el mercado mundial, en una dictadura de los bestsellers y la literatura del bagaje esotérico y curativo del alma, promovido por el marketing como en las comidas rápidas. El individualismo no ha sido un antivalor. La producción literaria en nuestro medio estuvo jalonada además -por la peculiaridad interna- de desesperanza, escepticismo, iconoclastia.

Las últimas décadas

En los 80 se revela más cuajado el nuevo rostro del Perú, un país predominantemente urbano pero de influjo cultural andino tras las continuas olas migratorias –campesinas, provincianas- a las ciudades, que, como en Lima, van componiendo lapoblación mayoritaria. Las mixturas (y creaciones) culturales citadinas como en la música, el baile, así como la preservación de costumbres tradicionales y el aporte masivo y pujante de trabajadores independientes y empresarios, así lo manifiestan.

Es todavía una década heredera del ascenso revolucionario del periodo anterior (60-70).El crecimiento de la izquierda que se expresó en promisorios desempeños electorales, además de su penetración en las organizaciones sindicales y barriales fue una manifestación de ello. Pero también fue una manifestación de ello, o expresión de ese proceso político radical, los levantamientos armados, principalmente de un partido. La violencia política marcaría, entonces, también todo el periodo último, acentuando-por las características que había tomado-, la tendencia al ostracismo de las organizaciones sociales y populares. La circunstancia de que el levantamiento armado se había dado en el contexto de un régimen retrógrado pero electoralmente elegido y especialmente por las características autoritarias y excluyentes de la construcción ideológica y política del principal partido alzado en armas, hacía improbable su triunfo político militar. Pero esas características aislacionistas y no populares, contribuyeron a dar legitimidad social –con los sectores sociales más atrasados- a la dictadura civil neoliberal que se instauró en el 92. El cual había utilizado el fantasma y el miedo del terrorismo para su continuidad hasta su caída, la que se debió a la grandiosa e inocultable corrupción y al atropello a los derechos humanos. No obstante, y por todo lo anterior, la caída del gobierno que había instaurado el régimen neoliberal no significó el cambio de esa política en los sucesivos gobiernos siguientes. En otros países de América Latina el desprestigio y la caída de los regímenes neoliberales habían dado paso a gobiernos democráticos o revolucionarios, más o menos autónomos o de ruptura con tales políticas y sus influjos mundiales. Venezuela, Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia, dan cuenta de ello. Aquí la desmovilización social y la deslegitimación de las ideologías revolucionarias o progresistas fueron más significativas. El mundo posmoderno, y la dictadura neoliberal, se imponían mucho más redondamente que en otras latitudes.

De manera que en este clima de desánimo colectivo, la literatura comenzó a dar muestras de esteticismo y opciones individualizadoras, especialmente desde la década de los 90. En la literatura urbana se acentúa una literatura que se ha alejado ya de cualquier reflexión esencial del proceso social, algunos que denotan talento como las narrativas de Oscar Malca, Sergio Galarza u otros, pero que se ubican en eso que se ha llamado realismo sucio. Exploración de lo oscuro y grotesco sin mediación, donde los personajes expresan el embotamiento o hastío, las vivencias de la calle dura.

Con los autores mediáticamente mejor posicionados se difunde una literatura light.

En poesía urbana, sostiene Luis Fernando Chueca, la característica de la década, que se extiende al 2000, es, ningún planteamiento poético dominante, el espacio sub-urbano y el poeta maldito-urbano, coloquialismo y cotidianidad; veta culturalista; desrealización del lirismo extremo; lenguaje que tiende al barroquismo por su recargamiento o, en su defecto, la libertad total de la palabra (LFCH, Una lectura de la poesía peruana de los noventa).

No obstante, la manifestación literaria más promisoria ha provenido de las crecientes provincias costeñas, andinas y amazónicas de todo el país, en una suerte de proactivo y moderno regionalismo.(Las grandes ciudades, como Lima, se insertan también en este proceso literario emergente con la mencionada literatura urbano- marginal. En el caso de Lima aún como referente, tanto por su convergencia social cuanto por su intenso movimiento editorial y cultural). Ha constituido una irrupción literaria expresada en múltiples movimientos literarios, foros, encuentros, promoción cultural, que, acompañada por la autogestión de editoriales pequeñas y la nueva tecnología, han facilitado el acceso y la difusión de publicaciones que trasuntan una vitalidad social y humana, algunas de las cuales merecerían mayor atención. Visiones nuevas del mundo amazónico, los cambios del mundo andino, urbano y campesino, la violencia política, las nuevas situaciones en los conglomerados de las ciudades, etc. Todavía segmentados en sus propios universos, autores y obras que muchas veces quedan en el anonimato. Eclosión literaria que coloca en el protagonismo, más notoriamente que antes, a sectores medios y medios bajos (una gran cantidad de maestros de escuela). Por ello son el sustrato donde debiera germinar quizá la nueva literatura que demandan los tiempos y que represente toda la dinámica social del Perú emergente, del Perú integral, tarea que dejó planteada José María Arguedas.

Precisamente factor fundamental para la revitalización cultural y literaria, en este caso de raíz andina, ha sido el influjo de la obra, vigente, estudiada y difundida, de José María Arguedas, convertido en verdadero héroe cultural. Ha inspirado la temática andina en general cuanto la enriquecida por la implacable insurgencia armada de los 80.

Paralela a aquella emergencia de autores que en distintas regiones asumen las nuevas temáticas, en el 2000 se genera un boom de grandes editoriales que internacionalizan, a través de premios y la promoción debida, especialmente a autores de las clases medias y altas vinculados a ellas, que retoman temáticas explorables y explotables como el de la violencia armada pero, junto con la exigencia en lo técnico formal, hacen un tratamiento truculento o policial del tema, tanto por el sustrato de sus propias ideologías cuanto por la demanda del mercado editorial. Santiago Roncagliolo, Alonso Cueto son algunos de los exponentes de estas expresiones literarias que, quizá por la carencia todavía de una crítica literaria profunda, esencial, y polemista, que hace falta, no permite se desnude plenamente la limitación de esta literatura.

En la narrativa propiamente andina actual –que es parte de esa emergencia literaria de espectro nacional- podemos distinguir finamente a dos vertientes. Una popular, regional, caracterizada por la textura realista de los relatos, transida de elementos de la tradición cultural de las distintas regiones de las que provienen. Las de más directa connotación ideológica y política han trabajado el tema de la violencia armada, con esa misma textura realista y, a veces, preservando la oralidad y el sentimiento andino. Otras reflejando más la contemporaneidad mestiza y citadina. Y aunque restringidas al exclusivo ámbito del conflicto armado y, en general, con cierta desesperanza, dan un mensaje diáfano de la denuncia y condena política, contra las fuerzas del orden o las fuerzas subversivas, vistas como lapidarias e incompatibles con las necesidades campesinas.

La narrativa andina y la “ficcionalización del relato”

La otra vertiente de la narrativa andina ha sido la más visible –autores provincianos de sectores medios y medios altos, y del mundo universitario-, que ha sobresalido tanto por la estructura formal vanguardista de sus obras – incluso con influencia del boom latinoamericano anterior, Rulfo, García Márquez, Scorza-, cuanto por la atención académica que sus relatos o novelas, temáticamente centradas, en general, en la violencia armada, han deparado. (Oscar Colchado, Enrique Rosas, Zein Zorrilla, Dante Castro, son algunos representantes).

Atendemos especialmente a esta vertiente pues a pesar de la innegable cualificación técnico formal–o quizá por acendrar en ello como veremos- no sólo no ha alcanzado a representar una narrativa que se consustancie con el devenir histórico, que reclamamos, sino que ha tenido una mirada restrictiva del referente social o, en los peores casos, retrospectiva. Y esto a contrapelo de lo que sería la continuación del legado de Arguedas o Scorza. Continúan la exploración de la cosmovisión andina en la nueva situación y, prolijos en el recurso técnico de lo ficcional, facturan la realidad creada, ciertamente marcando distancia contra las dos fuerzas beligerantes invasivas, pero, ante la implacable situación vivida, el discurso narrativo se vuelca hacia el mundo mágico tradicional que es tratado con fuerte acento. Aunque la cosmovisión andina se presenta como factor de resistencia cultural y social, no hay, sin embargo, sobre aquellos fundamentos una prospectiva histórica alentadora (en algunos casos sólo de sesgo mesiánico). Esta carencia pareciera ser cubierta por los elementos literarios discursivos que se sobreponen a la historia. El compromiso parece restringirse a la construcción literaria y el hacerse un espacio en el mercado, reclamando inscribirse en el canon, en contrapunto con los escritores ya clientes de los medios y de las mayores editoriales. Por eso aquella sonada polémica con los escritores “criollos” tuvo una connotación de cierto halo etnicista, ya superado, más que de una aguerrida disputa ideológica de clase, en una época en donde la efervescencia popular en lo literario, viene de todas las regiones y por supuesto de la costa y de Lima, -de sus conos, de sus estratos bajos y de las clases medias-, y donde lo “criollo”, si la referencia es por los escritores mimados de las grandes editoriales, resulta una minoría que expresa el orden establecido y la ideología de la clase dominante en el Perú de hoy. Una verdadera altura de mira hubiera propendido a la lucha ideológica, cultural y política por un país y un mundo distinto que permita la verdadera vía a la liberación social y creadora. No únicamente, sobre el derecho del origen andino, a ser prohijados, por esos mismos medios y trasnacionales del libro.

La característica que hemos señalado de esta vertiente literaria andina tiene mayor acabado en los relatos de Oscar Colchado, uno de los autores más reconocidos y publicados de esta corriente: el eje que, en sus relatos, estructura el discurso narrativo es el milenarismo indígena, que remite a una guerra de castas (blancos-indios). La proyección social es mesiánica, apunta hacia una vuelta al Tahuantinsuyo como en el indigenismo más tradicionalista. Esta connotación tiene, naturalmente, desde la consustanciación histórica, un carácter retrógrado en el proceso literario peruano.

La representación de la conflagración armada y la subversión senderista, que está trayendo desolación al mundo andino, se ve, no obstante, como una manifestación del milenarismo indígena pero, paradójicamente, hecho por gente ajena, no por “netamente indios” o “naturales”. Y por eso devendría errática. “Estos tiempos –dice Liborio, personaje de dimensión mitológica en la novela Rosa Cuchillo- ya se estaba viviendo con el Pachacuti: el gran cambio, la revolución. Sólo que esta revolución era de mistis y no de los naturales. Era urgente hacerla de éstos entonces. Tal vez los dioses permitieran que tú pudieras conducirla, derivándola de este enfrentamiento de mistis pobres contra mistis ricos”.

La obra trasunta el mensaje de que el implacable autoritarismo senderista y su acción errática, estaría dado solamente por el hecho de que los levantados en armas son mestizos, (o “blancos”), “mistis” -en el sentido más extenso y racista de la comprensión de este término- y no auténticos“naturales”. Y aunque aquellos levantados en armas fueran “mistis” pobres eso no los unimisma necesariamente, con el mundo autóctono, para ningún proyecto social o histórico.

Aunque uno de los referentes literarios del autor es Arguedas, como en casi todos los narradores andinos, es evidente la vuelta muy hacia atrás con respecto al significado de la obra arguediana. Toda la revelación mágica indígena en Arguedas está transida por la tensión social concreta, es un esfuerzo por entroncar el sentimiento y la cosmovisión indígena como defensa y resistencia contra la opresión en la cotidianidad recurrente y en la proyección histórica: la música, la danza, el canto, el grito de un animal, el vuelo de un pájaro, el valor mítico de un río, son atributos de pervivencia y lucha en el mundo opresivo, o cargados de simbología en función de la tensión social relatados. A pesar que la primera etapa de la narrativa de JMA se da en el contexto social del todavía superviviente verticalismo oligárquico y del de una percepción dualista de la vida peruana– indio-blanco, un mundo indígena y otro costeño o criollo-y a pesar que su impronta emocional y doliente quechua, vivida desde la infancia, haga que acendre en esta intimidad, su discurso narrativo es siempre un esfuerzo, desde el inicio, por sustanciar la realidad indígena, en última instancia, como conflictividad de clase. Su recorrido literario no parte de aquel dualismo para retrotraerse finalmente hacia proyectos mesiánicos o milenaristas, al contrario, como ha dicho ya la crítica, su narrativa comienza con connotaciones de aquella interpretación y realidad de herencia colonial, pero en constante esfuerzo por superarlo, de manera que sigue un proceso de ensanchamiento del espacio geográfico y social consustanciada con la realidad y con los procesos de cambio que sufre ésta.

Así, con palabras del propio Arguedas, sus relatos que se inician con Agua están referidas a la vida en una aldea: “Allí no viven sino dos clases de gentes… el terrateniente, convencido hasta la médula por la acción de los siglos, de su superioridad humana sobre los indios… que han conservado con más ahínco la unidad de su cultura…”. En Yawar Fiesta ya la referencia es la capital de provincia, Puquio. Aquí la tensión se da entre los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio y los “principales” del pueblo; incluso el relato evoca el despojo de tierras que estuvo en el origen de la conformación de esta provincia, antes comunidad indígena. En Los ríos profundos, aunque es de un desarrollo intimista, que ahonda bellamente en la visión mítica indígena, el espacio de la acción se ensancha hasta cubrir capitales de departamento de la sierra sur y alcanzar la costa. Y siempre transida de los elementos del conflicto social concreto. Si bien Ernesto, el personaje principal, encarna aquella intimidad india y la nostalgia del pasado y el pesimismo ante un presente cambiante y desintegrador del mundo indígena adoptado como suyo, este factor es vivido de manera conflictiva y en la tensión por una opción que reclama el futuro, la propia cosmovisión india es presentada en función de la rebeldía , la defensa y la resistencia contra la implacable opresión sobre ese mundo y, en su expresión más global, en la lucha del pueblo de Abancay contra los gamonales y el estado represor, la rebelión se muestra ahora no como hecho individual sino como compromiso colectivo. En Todas las sangres y en El zorro de arriba y el zorro de abajo el ideal es representar un proceso totalizador del conflicto social, involucrando componentes que obedecen al cambio de las estructuras tradicionales, al proceso de urbanización y de “andinización” del Perú entero (expresión que el propio Arguedas utiliza). Si bien aun estos textos están jalonados de la nostalgia del pasado que Arguedas no llega desde su impronta subjetiva a superar, también es cierto, como hemos dicho -y aquí radica el factor progresivo fundamental de su obra literaria-, que toda su visión es, efectivamente, a entroncarla con la tensión universal y de clase.

Al contrario, en la obra de Colchado, dada las condiciones de la expansión actual del mundo andino-en la propia conflagración armada están involucrados naturalmente elementos sociales y culturales diversos-, se comienza de un referente contextual relativamente amplio, pero el discurso narrativo propende a enclaustrarse hacia el marco estrecho de la visión dualista y de la proposición utópica y mesiánica definitiva. ¿Por qué se da este fenómeno que nos retrotrae al indigenismo más protervo? Nos parece que es por la vocación formalista que es el leitmotiv de su hacer literario. En Colchado hay una relaboración de la cosmogonía andina tendiente a la construcción de un ultramundo, de dioses y monstruos, un “olimpo andino”, con fuerte mixtura e influjo católico medieval, trasmundo que corre paralelo al mundo narrativo de la tensión terrenal y cuyo vínculo con éste es principalmente desde la perspectiva mesiánica. No es que el muestrario de los dioses y demonios de ese trasmundo no se ajusten a la cosmogonía indígena –está en la tradición oral y en la recopilación de mitos y leyendas- o que sea arbitrario el fuerte componente católico, componente que viene fusionándose desde la Colonia, sino que están presentados en una totalidad abstracta, más en la cosmovisión idealista católico cristiano que en el animismo mágico materialista de la tradición indígena, veta que sí exploró Arguedas.

“En el caso de Rosa Cuchillo –dice Juan Carlos Galdo- la cosmogonía andina se presenta con un despliegue de seres extraídos de los relatos populares. En la antesala al infierno merodean los condenados. En los caminos de ultratumba se escuchan melodías andinas, los castigos se ajustan a aquellos que se encuentran en los relatos populares; la topografía refleja también a su referente andino: caudalosos ríos, árboles nativos. Pero por otro lado toda la secuencia no sólo se inspira, sino se ajusta a la estructura utilizada por Dante en La Divina Comedia. El limbo es el Tutayaq Ukhuman. El Ukhu Pacha –o Supayhuasi- pasa a ocupar literalmente el lugar del infierno; al purgatorio le corresponde el Auquimarca, el Janaq Pacha corresponde al paraíso donde moran las almas materiales”. (Juan Carlos Galdo, Algunos aspectos de la narrativa regional contemporánea).

La diferencia que hay entre la percepción mítica de Arguedas, que acendra en el animismo antropológico y en la consiguiente relación armónica y práctico vital con la naturaleza y con el entorno social, de la cosmovisión indígena, y la percepción mítica de autores andinos contemporáneos como Oscar Colchado, que privilegia un uso hiperbólico de la cosmogonía andina, en una esfera ultramundana, que se separa de la tensión terrenal para unirse sólo desde la retrospectiva utópica milenarista, es la diferencia que hay entre la vocación reveladora de la realidad en Arguedas y la vocación formalista de aquéllos.

En José María Arguedas este realismo le obliga a admitir que sólo es posible conocer al indio conociendo todo el contexto social que le rodea y finalmente insertándolo en el contexto universal humano, que, como hemos visto, lleva a su narrativa a explorar espacios geográficos paulatinamente más amplios y a la correspondiente complejidad de la problemática social. Realismo cuya concepción formal (su inventiva expresiva, lingüística) se funda en la pasión desveladora, la que está en el centro de su interés literario explícito. Realismo por consiguiente integral donde lo formal juega un papel fundamental pero ajustado al referente que revela.“Yo no acepto que a eso (a la ficción literaria) se llame mentira…” O refiriéndose a la importancia de la necesaria inventiva original de los recursos expresivos cuando la tensión por sintonizar con la realidad es auténtica: “Cuando un novelista es el continuador de una tradición literaria, probablemente no tiene grandes problemas técnicos, pero cuando tiene que revelar algo que no han dicho los demás, entonces tiene la necesidad de crearse una técnica y esa necesidad de crear la nueva técnica es una consecuencia de que no existe un instrumento ya hecho para revelar ese mundo. En mi caso, el problema de la técnica ha sido una pelea con el lenguaje” (Varios, Primer encuentro de narradores peruanos).

Es sintomático que el propio personaje mítico protagónico, Liborio –en Rosa Cuchillo-, sea distinto por ejemplo aun con un personaje indio, casi mítico, Rendón Wilka, de la novela de Arguedas, personaje mucho más terrenal. Ciertamente Wilka retorna a su identidad quechua, comunal, laque había dejado en su experiencia citadina, pero el relato quiere expresar, con la muerte de éste, que la colectividad indígena debe y puede manejarse por sí misma sin un caudillo; Liborio en cambio, es hijos de dioses, su repliegue de la tierra, una vez muerto, no es a la comunidad indígena como Rendón Wilka, es el retorno al ficcional antro paradisiaco andino donde se espera vuelva a dirigir, cual el mesías, ahora sí, una rebelión de “naturales netos”.

No obstante, nada de los recursos de la ficción serían sujeto de reclamo si éstas ahondaran en la complejidad del referente histórico social. No es este el caso, aquí la solución de continuidad histórica se remite con exclusividad a la utopía milenaria.

“Cuando el `realismo mágico´ –dice el maestro Cornejo Polar- corresponde a una actitud existencial, cuando tiene el poder de imponer el culto de fe que lo hace posible, cuando no es un recurso más o menos sofisticado tiene el rango y la aptitud suficiente para enfrentar con eficacia la tarea de decir, con pasión y verdad, cómo es nuestra América” (ACP, La novela peruana). O cómo es la realidad nacional y la realidad global hoy.

Pero, ¿qué está en el sustento de esa visión realista en Arguedas, que no es puramente intuitiva, o solamente honesta, con la realidad que quiere anunciar? Lo que da coherencia a su quehacer literario y propone la orientación principal, el norte a que apunta la prospectiva de su referente histórico social, y que lo salva inclusive de la limitación de la tradición indigenista del que es heredero, es la asunción de la doctrina socialista como avanzada ideológica y del pensamiento moderno contemporáneo.

“La interpretación desde dentro del mundo andino –dice Arguedas-, y no solamente del indio, no habría sido posible únicamente por el hecho de que quienes así lo hicimos tuvimos la suerte de vivir con los indios, como los indios, participando de sus dolores, de sus esperanzas, de su fe, de toda su vida, ése es solamente un elemento. Yo declaro con todo júbilo que sin Amauta, la revista dirigida por Mariátegui, no sería nada, que sin las doctrinas sociales difundidas después de la primera guerra mundial tampoco habría sido nada” (Varios, Primer encuentro de narradores peruanos).

Cuánto es decisiva la brújula ideológica para encaminarse hacia la verdad social, hacia la prospectiva histórica y el compromiso con esa verdad, lo demuestra la literatura honesta, progresiva de un autor, por eso mismo paradigmático, como Arguedas. Y cuánto evita -esta postura acendrada en la vida misma y en el compromiso con esa propulsión futura- que las fuentes profundas de nuestra realidad no sean tomadas como mero pretexto para hacer literatura, entendida como simple discurso ficcional, como se ha puesto de moda. “Será éste el andamiaje ideológico –agrega Antonio Cornejo Polar- de la obra de Arguedas. Funcionará no como canon artificial e impositivo que ejerce violencia sobre la realidad para adecuarla a sus esquemas… sino, mucho más sutil y creadoramente, como explicación última que, sin necesidad de explicitación constante, esclarece la índole y dinámica de los sucesos, cosas y personas y que, con fluidez y audacia, sin dogmatismos, y en consulta permanente con la identidad irrenunciable de sí mismo (`no mató en mí lo mágico´), permite que el caos de la realidad encuentre un sentido: el `orden permanente de las cosas´ ”. “(…) El aliento que Mariátegui brindó al movimiento indigenista, su abierta crítica a los escritores que `explotan temas indígenas por mero exotismo´ y su afirmación de la `consanguinidad íntima´ del indigenismo con la ideología propugnada por Amauta, son, también, aspectos que asocian la obra de Arguedas al movimiento dirigido por Mariátegui” (ACP, La novela peruana).

De manera que el carácter utópico arcaico que MVLl recusa en la narrativa de JMA y que, como hemos visto antes y ratificamos ahora, es injusta, sí se sustenta y justifica, lamentablemente, en cambio, en la narrativa de un escritor como Oscar Colchado cuya opción milenarista y pasatista es clara e inobjetable.

También es conveniente aclarar que esta vertiente de la narrativa andina actual, centrada en la conflagración armada reciente y acendrada en la “modernización del relato”, no es homogénea. Autores como Dante Castro proponen una narrativa de perspectiva social más progresiva en tanto develan no sólo la condición de víctimas de los componentes indígenas y campesinos, sino la potencialidad de respuesta propia, de resistencia y rebelión de éstos, ante la razzia destructiva de las dos fuerzas exógenas representadas por los militares y los insurrectos armados.

No obstante, una literatura consustanciada mejor con la situación conflictiva, de violencia política y social de las últimas décadas en el país, no se habría detenido solamente en representar los espacios -andinos o altoandinos- donde se dieron, efectivamente, los principales enfrentamientos armados y la secuela traumática (genocidios, desintegración social, éxodo campesino), y aun con mirada retrospectiva como algunos casos, sino que hubiera advertido que procesos activos han estado presentes en contextos más amplios: desde el origen, con el hervor ideológico de izquierda, que fue parte a su vez del ascenso revolucionario en todo el mundo y que fecundaron las pasiones revolucionarias en las universidades de las principales ciudades de provincia y de Lima, así como el crecimiento de las organizaciones sindicales en las urbes y el campo, tanto como la organizaciones barriales en las grandes ciudades. Que a su vez fortalecieron movimientos y partidos más o menos constituidos, unos de avance gremial y “legal” y otro (u otros) decidiendo el alzamiento armado. Ambas tendencias, el que acendraba su trabajo en organización gremial social, y electoral, como el que había decidido la vía armada, estaban compuestas de centenas de militantes jóvenes idealistas de izquierda, los mejores cuadros que con cierta abundancia dio el periodo, unos alimentando las organizaciones gremiales y barriales y otros alimentando al partido -y a otro movimiento armado que se alzó poco después- que habían decidido la lucha armada (muchos jóvenes de aquella valiosa generación, halló fatal fin en el genocidio de los penales del 86 que se dio en Lima, como en otros que se dieron después). De manera que el proceso de confrontación que se abrió a lo largo de todo el periodo en que se mantuvo en pie la insurrección armada, se dio integralmente en todo el país, entre los militantes de izquierda de las organizaciones gremiales y barriales, los militantes del grupo armado hegemonista –recuérdese la muerte de dirigentes sociales- y ambos enfrentados a las fuerzas represivas del estado –recuérdese la desaparición y muerte de dirigentes sindicales, periodistas, estudiantes etc. De manera que, paralelamente a los enfrentamientos armados en las serranías, se daban enfrentamientos por ganar posiciones gremiales, organizacionales, enfrentamientos de características violentistas y armadas, en que se tradujo la lucha política. Un periodo difícil que le cupo resistir a los sectores populares organizados, contrarios a las incursiones coercitivas y políticamente excluyentes que llevaba adelante el principal grupo armado.

¿Es posible entender la violencia vivida en la zona andina sin comprender la dinámica y dialéctica de fondo que estaba en el contexto político y social nacional? Quizá era demasiado pedir, en las condiciones del periodo pasado, una literatura (una narrativa) que represente el contexto completo de la violencia política y consustancie las perspectivas y las tendencias. O quizá sea bien indagar distintos relatos y expresiones literarias del periodo, de variados espacios y tiempos, que den una visión integral del proceso vivido. Una visión que es incompleta o no se ha dado en la literatura en la magnitud presupuesta.

***
El agotamiento del neoliberalismo global manifiesta los últimos años, con su expresión de ciclos de crisis económica cada vez más continua ha producido algunos efectos mundiales: ha traído abajo gobiernos de ese signo en América Latina, así como ha revivido movilizaciones radicales de protesta olvidadas hace décadas en países centrales (que ha alterado el modo de vida de “ciudadanos del primer mundo” que tenían), ha actualizado también el compromiso social de los intelectuales y de los escritores del mundo.

En nuestro país este fenómeno global se expresa en la resistencia contra la expansión del modelo extractivista, que, en su efecto inmediato, amenaza las condiciones de vida de amplios espacios geográficos y poblacionales. La respuesta ha dado como resultado un protagonismo de movimientos sociales de proyección nacional y, naturalmente, de interconexión y solidaridad externa, pues, como queda dicho, nuestra época es de la mundialización del conflicto social.

Y aquí, las consideraciones ideológicas que nos contaban la historia de que ni la conducta del escritor y menos su obra literaria debía contaminarse de los problemas políticos sociales -pues atentan contra la esencia artística-, está siendo respondida con la contundencia que enseña la vida: ya alzan la voz, como intelectuales, como ciudadanos, sumándose a la resistencia que reclama la existencia social, la resistencia de los pueblos, espontáneamente, muchos de nuestros escritores -tan igual como en el resto del mundo-, quizá para reactualizar una literatura de valor apreciable. 


Arturo Bolívar Barreto.- Escritor peruano. Autor de los relatos Gotita e Historia singular del profesor Rivasplata, así como de los ensayos Las políticas culturales de Fujimori a García y ¿Mayores logros artísticos? Literatura social versus literatura formalista en el Perú.

lunes, marzo 11, 2013

Isaac Goldemberg: La vida breve

Manuel J. Santayana
Academia Norteamericana de la Lengua Española

En año tan reciente como el 2009, el profesor y ensayista Rodrigo Cánovas, de la Universidad Católica de Chile, lamentaba en un estudio la escasez de investigaciones académicas sobre las letras judaicas in Iberoamérica. El aserto es parcialmente justo; sobre todo si se piensa en la atención que aún aguarda de la crítica especializada la obra de poetas judeo argentinos como Israel Zaitlin (que publicó su obra con el seudónimo «César Tiempo») y Carlos Grunberg, o la de un prosador de la talla de Alberto Gerchunoff, autor de Los gauchos judíos y Argentina, país de advenimiento.

En el último cuarto del siglo XX, sin embargo, nombres como los del chileno Ariel Dorfman y el argentino Isidoro Blaisten conquistaron un amplio círculo de lectores. Ana María Shua, autora de novelas, de cuentos infantiles en la tradición judaica y de formidables microrrelatos, ha sido desde entonces objeto de la crítica más elogiosa. No he querido extenderme en las citas antes de detenerme en la figura del autor cuya antología poética es el objeto de esta reseña: Isaac Goldemberg Bay (Perú 1945), cuya obra de polígrafo incluye la poesía, la novela y el teatro. A partir de su primera novela, La vida a plazos de don Jacobo Lerner (a la que seguirían otras cuatro), escritores eminentes de la generación anterior en diversas latitudes del continente (Vargas Llosa, Pacheco, Sarduy) reconocieron la aparición de un nuevo y alto valor de la narrativa hispanoamericana. Su peculiaridad, dejando aparte su excelencia literaria, consiste en que se trata del primer escritor judeoperuano de relieve continental y el que dio a conocer en escala internacional aspectos, por muchos ignorados, de las luchas cotidianas, de los tropiezos y logros de los judíos del Perú, y de su difícil inserción en la urdimbre social de aquel país sudamericano. Sin llegar a una carnavalización de la escritura, Goldemberg, cercano aún a las audacias del «Boom» y haciendo inteligente uso de aquel ejemplo, se sirvió de las diversas voces de sus personajes, de crónicas periodísticas y de otros textos alusivos a la realidad peruana del tercer decenio del siglo pasado para dar una imagen, matizada de humor sombrío, de imaginación creadora y de distancia crítica, de la presencia judía en el Perú. Hoy, 33 años después, Jacobo Lerner es una obra paradigmática, ejemplar de nuestra literatura, representativa de su universalidad y de su riqueza permanente.

No podía yo eludir la mención de obra tan importante al escribir sobre Goldemberg Bay. Pero el presente texto debe circunscribirse al poeta que, diez años antes de publicar su novela consagratoria, había despuntado en las letras hispanoamericanas con un delgado volumen de poemas: Tiempo de silencio (1969), impreso en España y precedido de un prólogo comprensivo y entusiasta del poeta Hugo Emilio Pedemonte. Es un libro que se articula en un discurso anhelante y cuyo módulo expresivo es el verso ancho, de ritmo premioso, que se extiende en oleadas sobre la página. Este libro es un temprano anuncio de la antología que me ocupa. En sus páginas encuentra angustiada expresión la búsqueda de la propia identidad, de la raíz humana que haga cicatrizar la herida abierta de su etnia doble, judía –con su carga de destierro y dolor– y peruana; marcada esta por la presencia del pasado indígena y por la educación católica, plagada de nociones populares sobre lo judaico, hechas de fabulación absurda y de rechazo. Sólo que en Tiempo de silencio antecede a la búsqueda a través de la historia y del arte que signará la obra futura, el sentimiento de una espera angustiosa a la que ni siquiera el amor da descanso. El punto de partida es el rechazo de «un mundo de leyenda»: todo expresado por modo indirecto. En el primer poema, afirma:

Me hice hombre al fin
                y contuve la pena entre los dientes hasta morderme la conciencia.


En un poema seleccionado de Peruvian Blues, el primer poemario representado en La vida breve, escribe, enfrentándose a la tradición milenaria que lleva en la sangre :

No necesitábamos exámenes de espermatozoides
               sino exámenes de conciencia.


La conciencia de la escisión, de la pugna de dos sangres, nacida de la historia y del discurso religioso, cae como una luz implacable sobre las palabras del poeta; una luz que baña con igual intensidad el enfrentamiento a lo fáctico y limitado y la proyección imaginativa y especulativa de sus monodiálogos (para usar el sustantivo que acuñó un angustiado de diversa índole: Miguel de Unamuno). Este conflicto que esclaviza la conciencia, encarna por la palabra en la imagen, hecha de sueño, de sus padres: son imágenes que hablan y a las cuales el poeta interroga, mientras viaja por la historia, se interna en los ritos y misterios ancestrales en busca de la respuesta que elude su inquietud, móvil de su destino de poeta y narrador.

En Los cementerios reales, del 2004, en cuyas páginas el poeta explora el dolor de vivir en una nueva modalidad expresiva, la gravedad desnuda se hombrea con ciertos momentos vallejianos: Rechina el diente en la punta del tenedor /Hoy probó la boca el hambre de Nadie. (No es el único momento en que recuerda el verbo de aquel maestro contemporáneo: en otro poema de extrañeza vital metafísicamente asumida, Goldemberg Bay escribe: He aquí que saludo la pena de los muebles,/ el único olor de la cocina). Hay en estas páginas del poeta un sabor expresionista que manchará con brochazos de pesadilla otros textos posteriores: los del Libro de las Transformaciones (2007), poemario continuador de aquel agónico discurso con nuevos matices de ironía y donde se traslada al ámbito del Cosmos, la desarmonía de la Historia. Aquí comienza Goldemberg a dialogar con el arte pictórico (Pisarro, Arshile Gorky); acaso otra manera de buscar su rostro entre las máscaras y los rostros que lo rodean y de abrazar un destino colectivo.

El «Arte poética» de Goldemberg está dedicada a Paul Celan, cuya obra poética nace de la entraña del dolor y del silencio, y a Gonzalo Rojas, otro nombre clave de la poesía moderna de nuestro idioma. Allí se lee: quien escribe es la red de los sueños/ jalados por la corriente.

Cuerpo del amor, del año 2012, tiene por eje central el encuentro pasional de la pareja: el gozo del hallazgo mutuo, la desconfianza, la plenitud. Este libro es, pese a que no simplifica sino resume la complejidad de la experiencia amorosa, un oasis dentro de la antología. Tras el violento, amargo episodio del «ángel de los celos», sorprenden al lector las reflexivas, intensas y exactas «Décimas de fino amor». Aquí el poeta muestra su hábil manejo de las formas tradicionales de la poesía española sin por ello insistir en una perfección, por demás elusiva, de aquellos moldes. Siguen a las décimas tres sonetos amorosos que exhiben parejas virtudes. En estos suele haber un ajuste formal mejor logrado en los tercetos que en los cuartetos. Pero insisto en que una adopción mimética de las formas clásicas no es el fin de esta lírica, heredera de las más fértiles conquistas de la Modernidad literaria; inmune, por fortuna para él y para sus lectores, a esa escritura de laboratorio verbal, payasa e intrascendente, que ejemplifican los escritos de un Oliverio Girondo, por ejemplo, a quien Enrique Anderson Imbert llamara “el Peter Pan de la poesía contemporánea”. En Cuerpo del amor, no obstante, el tono de celebración aligera la central gravedad del discurso. La presencia del baile, de los diversos ritmos populares de la América española, se diría que acompaña y define la vivencia erótica como danza: fiesta y compás, pausa de armonía en la ardua tarea de vivir.

Las Variaciones Goldemberg (con su alusión a la música de Johann Sebastian Bach: contrapunto del dolor y la esperanza) son inéditas y cierran La vida breve. En estos poemas finales de la antología, se hace palmaria la identificación del poeta con sus raíces judaicas; pero no desde la religión, sino desde la Historia. Goldemberg asume y exalta el valor de un pueblo fortalecido en la diáspora, aleccionado en el dolor, capaz de prodigar un tesoro de pensamiento y de creación frente a la hostilidad, y capaz de superar el horror del genocidio nazi y de dar testimonio de coraje y de resistencia. No ha encontrado el padre perdido; o, más exactamente, lo ha encontrado en el destino de una comunidad humana forjada a lo largo de muchos viajes, de muchos exilios y quebrantos. De ahí que el lector sienta –sentir mejor que comprender su discurso, que avanza, oblicuo, hacia una visión trascendente– este poemario último como obra de reconciliación, de avance hacia la paz consigo mismo y con los otros. El yo étnico, antes inseparable del yo poético, se convierte en voz de una vivencia universal.

La lectura de este volumen en su integridad –tan rico y denso de humanidad y de invención poética que es imposible resumirlo aun regresando muchas veces a sus páginas– permite constatar una observación afortunada del narrador y profesor Eduardo González Viaña, prologuista del libro: la amplia tesitura poética de esta selección antológica, donde se integran por modo orgánico –momentos de una búsqueda esencial– el sarcasmo, la anécdota autobiográfica, la alegoría histórica, la concisión epigramática y la efusión lírica, sin apartarse jamás de su realidad de búsqueda impostergable y tenaz. Con los poemas de La vida breve, Isaac Goldemberg reafirma su lugar eminente en las letras de nuestro idioma. Como reza el título de una de sus novelas: tiempo al tiempo.

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Manuel J. Santayana (Cuba, 1953), Doctor en Filosofía y Letras, es profesor en el Miami Dade College (Miami, Florida). Ha publicado dos volúmenes de poesía: De la luz sitiada (La Florida, 1980) y Las palabras y las sombras (México, 1992), así como ensayos, reseñas, poemas y traducciones en revistas (Linden Lane, Can mayor, México en la Cultura, Cuadernos Hispanoamericanos). En el año 2012 la editorial Pre-textos de España publicó su traducción e introducción de las Rimas selectas de Michelangelo Buonarroti. Es miembro colaborador de la ANLE (Academia Norteamericana de la Lengua Española).

sábado, febrero 09, 2013

La repatriación de los manuscritos de Gamaliel Churata


Juan Zevallos Aguilar / Ohio StateUniversity

Después de participar en el “Simposio Internacional sobre Estudios Transandinos” en la Ruhr-Universität Bochum que tuvo lugar entre el 31 de enero y 2 de febrero, en un suburbio de la ciudad alemana de Dusseldorf, un grupo de participantes nos dirigimos a Berlín. La mayoría tiene el plan de visitar la legendaria biblioteca del Instituto Iberoamericano que conserva incunables sobre y de Latinoamérica que solo se encuentran allí. La primera noche en Berlín cenamos en el restaurant pub “La batea” donde se juntaban los exiliados chilenos en tiempos de la dictadura de Pinochet. Entre varios, Antonio Skármeta, era un asiduo cliente. Los dueños, los Vergara, son chilenos y las meseras son guapísimas cubanas. La mayor parte de los clientes son alemanes que practican su castellano con interlocutores bilingües. El menú tiene los platos más conocidos de los países latinoamericanos.

Cuando los veo servir en las mesas, me doy cuenta que la fusión culinaria ha tenido lugar en todo el mundo. Noto que al momo saltado y a la papa a la huancaína le han añadido otros ingredientes, quizás sauerkraut. En una mesa charlamos Riccardo Badini, el editor de el libro La resurrección de los muertos de Gamaliel Churata, Marco Bosshard, crítico suizo de literatura latinoamericana, y quien escribe estas líneas. La mesera nos sirve con una cálida sonrisa y empezamos a comer empanadas de carne y queso, acompañadas de pico de gallo (salsa mexicana) y tomamos vino chileno, en un afán de encontrar un pedazo de Latinoamérica en la fría ciudad de Berlín.

Se prolongan las conversaciones del eventoen La batea. Marco Bosshard se despide y nos deja a Riccardo y a mí. Con canciones de Willy Colón y Luis Gatica de música de fondo, hablamos sobre Gamaliel Churata y pedimos una segunda jarra de vino. De pronto irrumpe el tema de los manuscritos del autor de El pez de oro. Le cuento a Riccardo que corre el persistente rumor en el Perú de que él posee los originales y, cuando le llegué la época de las vacas flacas, los peruanos piensan que él los venderá a alguna biblioteca europea o norteamericana para asegurar una holgada vejez. Riccardo se incomoda, enuncia un “porca madonna), pierde su humor italiano y me aclara, con voz alta, que el rumor es tan falso como la honradez de Alan García Pérez y sus secuaces. Me enfatiza que los herederos de Gamaliel Churata no fueron tontos. Saben quien fue su padre y atesoran sus manuscritos. Él solo posee fotocopias de ellos y que si no se apura en procesarlos los va a perder definitivamente. Añade que las copias fotostáticas se hacen cada vez más borrosas con el paso del tiempo y, al paso que va en su investigación, solo va a quedar una ruma de papeles amarillentos en pocos meses.

Luego de la aclaración Riccardo está más calmado. Ha recuperado el humor. Le hago más preguntas y me cuenta una larga historia de cómo tuvo acceso a los manuscritos. Yo ya sabía parte de la historia después de leer entrevistas que le hicieron a Riccardo. Le hago preguntas aclaratorias sobre los libros inéditos y los hijos de carne y hueso de Churata. Me da la primicia que con la ayuda de una colega sarda están organizando y haciendo la edición crítica de los poemas inéditos en la Universidad de Cagliari, Córcega. Me cuenta que Fedor Peralta, hijo mayor de Churata residente de la ciudad de Nueva York, ha fallecido el año pasado. Los dos hijos sobrevivientes están en base siete. Estrella Peralta y Amarat Peralta están todavía vivos y no son tan afluentes como otros rumores los pintan. Estrella trabaja en una empresa de limpieza en la ciudad de Nueva York y Amarat trabaja en una panadería en la ciudad de Miami.

Hablamos sobre el perdón que el congreso peruano le ha dado a la memoria de Gamaliel Churata a principios de febrero de este año. En este evento habló en nombre de la familia Estrella Peralta y leyó un emotivo discurso. Coincidimos en el comentario que fue un buen gesto del gobierno peruano, pero si se quiere hacer un verdadero reconocimiento al autor de El pez de oro, el congreso debería repatriar
los manuscritos para que sean depositados y procesados en la Biblioteca Nacional del Perú. Así estarán disponibles para los investigadores de todo el mundo.

Esta propuesta no es tan disparatada. El congreso y el gobierno peruanos ya están otorgando pensiones y premios a artistas y escritores. En una época de bonanza económica 100 mil dólares, por ejemplo, no son nada si contribuyen para la creación de un fondo el gobierno peruano y las corporaciones que están haciendo de las suyas en la exitosa economía neoliberal. Si los funcionarios de la Biblioteca Nacional no se apuran, una biblioteca europea o norteamericana va a comprar los manuscritos a sus herederos. Otra vez los ciudadanos peruanos residentes en su país se verán privados de la consulta de estos documentos que necesitan ser estudiados. Las novedades sobre nuestra cultura e historia vendrán desde afuera como siempre ha ocurrido. La repatriación de los manuscritos será el verdadero reconocimiento que se espera de parte del gobierno peruano.

(Tomado de http://hawansuyo.com/2013/02/09/la-repatriacion-de-los-manuscritos-de-gamaliel-churata-juan-zevallos-aguilar/)

lunes, enero 14, 2013

Epílogo traidor


Julio Ramón Ribeyro

Cuando hace cerca de un año el doctor Wolfgang A. Luchting me pidió que epilogara Pasos a desnivel, su libro de ensayos sobre literatura peruana, le respondí en forma muy vaga, con el propósito de eludir oportunamente ese compromiso. Me parecía en realidad poco delicado comentar un libro en el que había varios artículos sobre mí, más aun cuando muchas de las apreciaciones del autor me resultaban inadmisibles. Pero hace poco el doctor Luchting tuvo un gesto tan poco usual que todos mis escrúpulos desaparecieron: me autorizó a decir en el epílogo todo lo malo que pensaba de él y de su libro. En estas condiciones debo confesar que he aceptado el convite con gratitud y hasta con placer. Antes que nada me parece necesario decir algo acerca de mi amistad con el doctor Luchting (la que me autoriza, pienso, a omitir en adelante el tratamiento de doctor).

El origen fue una discusión que tuvimos en un restaurante de París en 1954. Luchting –a quien el arquitecto José García Bryce me acababa de presentar– sostenía que no había un escritor que ocupara un lugar equivalente en Francia al de Goethe en la literatura alemana. Por espíritu de contradicción aduje que ese escritor era Victor Hugo. Luchting encontró ridícula mi observación y sobrevino una áspera polémica que, como toda confrontación de este tipo, terminó tres horas más tarde por una vía completamente imprevista, con una desaforada disputa acerca de la hotelería suiza. Había olvidado decir que toda la querella se desarrolló en francés, lengua que ambos hablábamos entonces deplorablemente. Fue por ello que cuando al año siguiente nos encontramos en Múnich, Luchting me propuso que debíamos buscar otro terreno lingüístico para nuestro diálogo y no había nada mejor para ello que utilizar nuestras respectivas lenguas maternas.

De allí surgió la idea de intercambiar clases de español por clases de alemán, lo que en unos pocos meses nos permitiría usar ambos idiomas para dilucidar los temas en debate. Lo cierto es que, a los dos meses de clases combinadas, Luchting había aprendido suficiente español como para tenderme los sofismas más sutiles y yo andaba aún preguntándome, como hasta ahora, qué diferencia había entre un nominativo y un genitivo. Intervino aquí además un factor exógeno que no quiero perder la ocasión de mencionar. El doctor Alberto Escobar, a la sazón estudiante en Múnich, se enteró de que yo disponía de un profesor benévolo gracias al cual estaba haciendo, mal que bien, ciertos progresos. Resolvió entonces usurpármelo y para ello se valió del arte culinario de su esposa. En mis encuentros pedagógicos con Luchting yo no podía ofrecerle, soltero y mal becado como era, más que una modesta taza de café, pero Escobar apeló a todo su repertorio de la cocina peruana para atraerlo, y fue así como Luchting terminó por desertar para instalarse casi cotidianamente en el departamento de Escobar delante de suculentos platos de papa a la huancaína o ají de gallina. Escobar aprendió el alemán, Luchting mejoró su español y yo, por desquite, por aburrimiento, por decepción, me dediqué a conocer las cervecerías de Múnich y a escribir entre tanto mi novela Crónica de San Gabriel.

Me doy cuenta de que reseñar pormenorizadamente mi amistad con Luchting sería más bien un tema novelesco. Prefiero por eso renunciar a estas evocaciones para sacar una primera conclusión: el interés de Luchting por el Perú proviene de su amistad con García Bryce, Escobar y yo. Los tres, en diferente medida, le revelamos la existencia de un país, de una literatura, de una cultura tan diferente a lo que él había conocido a través de sus estudios y experiencias en Alemania y Estados Unidos, con la ventaja adicional de que ofrecía a su curiosidad de crítico un terreno poco hollado. Los tres, en consecuencia, somos corresponsables del “fenómeno cultural” Luchting y dejo esto bien sentado por si alguna vez tenemos que rendir cuentas por ello. Luchting es un extranjero al que le gusta el Perú. Prueba de ello es que todos los años, se encuentre en Europa o en Estados Unidos, va a pasar sus vacaciones en Lima. A los que como yo han elegido su residencia en Europa no debe extrañarles que un extranjero encuentre el Perú “vivible”. También nosotros nos radicamos a veces en países de los que huyen sus indígenas en desbandada. El extranjero soporta todos los defectos del país que elige porque sabe que no es su país. Su relación con el país elegido está viciada en su origen y eso mismo lo autoriza a no tomarlo muy en serio y muchas veces a no tomarse muy en serio, pues tiene la ilusión de estar llevando una vida condicional.

No sé hasta qué punto en el interés y en el gusto de Luchting por el Perú entra un poco de folclor. Pero sé positivamente que encuentra a los peruanos sumamente divertidos. Eso se debe no solo a que el forastero percibe mejor lo cómico inmanente peculiar de cada pueblo sino también a que, por ser un país culturalmente indigente, las posturas mentales adoptan entre nosotros un cariz marcadamente caricaturesco. De todos modos, el que encuentre al Perú divertido no le resta seriedad a su función. Le da por el contrario ese saludable distanciamiento que proviene del humor y le permite no tomar en consideración los estándares que los nativos han erigido y que respetan por pereza, conveniencia o temor.

Veo que me he salido del terreno puramente anecdótico para entrar en el menos probable aún de las generalidades. Para dejar al fin ambos lugares diré una última palabra acerca de mis relaciones con Luchting: se pueden definir, en los últimos años, como una discusión permanente. Nos es difícil ponernos de acuerdo a veces hasta sobre el sentido de las palabras. Nuestras cartas son a menudo verdaderas requisitorias. Me sucede pensar que seguimos dialogando en lenguas que no conocemos. Todo lo cual no disminuye nuestro aprecio recíproco, pues, como dice muy bien un moralista, la amistad no se basa en una identidad de opiniones sino en la compatibilidad de caracteres. ¿Qué decir de Luchting como crítico?

Antes de responder abriré un nuevo paréntesis que espero sea el último. La crítica literaria es un género ante el que siento cada vez más perplejidad e incluso irritación. Lo que más me sorprende en ella es su carácter parasitario, el hecho de que no pueda existir independientemente de textos ajenos. “Literatura sobre literatura” se le llamó una treintena de años. Ahora los estructuralistas le han dado el nombre más imponente de “metaliteratura”. Al apelativo de parasitario habría que añadirle el de canceroso, por su tendencia a reproducirse ilimitadamente a partir de un texto original que se critica. Es deprimente pensar que si alguien quisiera hacer un estudio sobre Balzac sin olvidar una sola línea escrita sobre él, tendría que consultar, de acuerdo con las estimaciones bibliográficas más modestas, mil ochocientas obras entre bibliografías, estudios generales, interpretaciones, monografías y artículos. La crítica termina por cercar así, a las obras literarias, de una muralla de obras adventicias que dificultan y muchas veces impiden el acceso a la obra original. Y esta actividad está tarada por el signo de lo efímero, en la medida en que, como toda actividad que trabaja con nociones, está siempre amenazada de refutación. La gran ventaja del creador sobre el crítico es que trabaja con formas y no con conceptos, gracias a lo cual engendra organismos autónomos que se sitúan no solo fuera del tiempo y en consecuencia del olvido sino también fuera del espacio de batalla de la razón especulativa, en el cual los críticos se combaten, se debaten y se rebaten.

Los críticos son no obstante intrépidos, pues persisten en una actividad que ellos saben mejor que nadie dependiente, precaria y pasajera. Admiro que descarten de hecho la ilusión de pasar a la posteridad. Todo el mundo letrado conoce a Homero, pero no todos a Victor Bérard, que pasó cuarenta años estudiándolo. Étiemble dedicó veinte años a escribir un libro sobre Rimbaud. En el siglo xxi seguiremos leyendo a Rimbaud, pero nadie leerá a Étiemble. ¿Y qué decir de aquellos otros críticos que se aferran a un autor subalterno y dedican lo mejor de sí a comentar lo incomentable? Tal el caso de A. E. Housman, que pasó veintisiete años traduciendo y glosando al poeta latino Manilio, al que él mismo consideraba como “un poeta fácil y festivo” de tercer orden. Mi opinión sobre la crítica posterga pero no me libera de pronunciarme sobre el libro de Luchting. La razón es sencilla: la crítica es una institución, que podemos censurar, pero que existe, que está allí, digamos, como está la Corte Internacional de Justicia de La Haya.

Desde esta perspectiva, considero que el libro de Luchting es de gran utilidad. En un país como el Perú, donde la crítica –con pocas excepciones– ha sido siempre ejercida por profesores pesados o periodistas ligeros, es saludable ver un grupo de ensayos que no son obra de un erudito ni de un gacetillero sino de un hombre de formación literaria seria, un hombre perspicaz, inteligente, independiente, que ama su oficio y posee una punta de humor y agresividad que les da a sus comentarios un sabroso tono polémico. La imagen que uno tiene del Perú desde el extranjero es la de un pozo de agua estancada. Los ensayos de Luchting son como la piedra que removerá el pozo y dará origen a una serie de ondas concéntricas que ventilarán un poco el ambiente. Esta metáfora acuática y pedestre, no muy original, me permitirá seguir en el mismo orden de imágenes y decir que yo seré uno de los primeros en lanzar una piedra contra la obra luchtingiana.

La objeción final que le hago a sus ensayos es que no están sustentados en una “estética coherente”. Por estética coherente entiendo ese conjunto de principios, convicciones o certezas sobre lo que es la literatura, que debe formularse de manera explícita o implícita, pero permanente, por todo el que ejerce la función de crítico, de modo que sus evaluaciones puedan remitirse a dicho centro de gravedad y encontrar en él su justificación. Esta definición es muy larga y podría haberla evitado recurriendo a la palabra “ideología”, pero sé que Luchting pertenece a esa clase de personas que creen en el fin de las ideologías y a quienes la sola enunciación de este vocablo irrita.
La ausencia, pues, de lo que llamo estética coherente es lo que contribuye a darle al libro de Luchting un aspecto de dispersión, de falta de organización interna. Diríase que es una tentativa de aproximarse a ciertos escritores peruanos desde diversos ángulos y con diversos métodos, como si quisiera forjarse en la acción un instrumento de aprehensión más riguroso. Luchting es, con respecto a la metodología de la crítica literaria, un escéptico y, por ello mismo, un ecléctico. Desconfiando de la crítica marxista, freudiana, estilística, genética, estructuralista, etcétera, recurre sin embargo a nociones de las mismas, lo que demuestra su largeur de vues, pero resalta también el carácter asistemático de sus planteamientos.

Otro reparo que le hago a Luchting es su resistencia a comprender ciertos fenómenos literarios peruanos, como son las novelas de Ciro Alegría o José María Arguedas. Siempre me ha dado la impresión de que el primero de estos autores no le ha interesado, que catalogaba sus obras en la categoría de novelas pastorales. Sobre Arguedas su posición es ambigua: lo menciona varias veces pero no le dedica un solo estudio, mereciéndolo más que otros autores. Por conversaciones sé que reprocha a Arguedas su maniqueísmo y su candor en el tratamiento de aquellas escenas de las que no tiene una experiencia directa. Pero creo que esto no es suficiente como para pasar con desenvoltura sobre el resto de sus méritos. Luchting parece insensible al mundo arguediano, quizá porque este mundo exige en el lector una participación afectiva, que en los peruanos es espontánea, pero que en los extranjeros presupone un acto de voluntad.

Pienso que no vale la pena referirme aquí en detalle acerca de lo que Luchting escribe sobre mí. Como todo crítico, es enteramente libre de escoger una obra como una partitura y proceder a su ejecución. Un crítico es un mediador, un intérprete, y la audición que propone de una obra será siempre subjetiva y estará marcada por su personalidad. Más aún en un caso como el de Luchting, en el cual el crítico es al mismo tiempo un temperamental. Debo sin embargo reconocer que, a pesar de todas las reservas que me hace, su crítica es una predicación a mi favor y agradezco su empeño en dotarme de un público que él considera exiguo en proporción a mis méritos. Luchting es en realidad el único crítico que tiene de mí una idea mejor de la que yo mismo tengo y que ha propuesto con perseverancia una lectura razonada de mis libros. Dije enantes una “idea mejor” y tal vez debía haber dicho una idea diferente.

Me doy cuenta ahora de que entre Luchting y yo ha habido un malentendido radical, responsable tanto de nuestras discrepancias como de nuestras coincidencias. Y ese malentendido consiste en que Luchting tiende a considerarme como un escritor profesional, siendo así que yo no he logrado, por incapacidad o negligencia, organizar profesionalmente mi vida de escritor. Escribir sigue siendo mi ocupación favorita, pero no mi ocupación primordial. Mi ocupación primordial es, como la del 99,99 por ciento de la gente del planeta, realizar durante la mitad del día un trabajo estúpido y enajenante, con el objeto de disponer en la otra mitad de ese mínimo de comodidad y libertad que me permita escribir, si me place. Yo no vivo pues de la literatura ni para la literatura, sino más bien con la literatura de una manera incompleta, ilícita. Será por ello que al escribir tengo a menudo la impresión de estar realizando una actividad clandestina o estar practicando un juego, lo que es un acto serísimo, como todos los juegos. Por ello, igualmente, leyendo y admirando a los escritores profesionales, no reconozco en ellos a mis pares, no solicito su atención ni su reconocimiento, no me intereso mayormente por las reputaciones, no acepto las declaraciones magníficas y curales, y no excluyo, en mi caso, la hipótesis de un fracaso en toda la línea. Con estas explicaciones, naturalmente, no estoy implorando que, al juzgarme, se me aplique un estatuto privilegiado, ni amparándome en un amateurismo pasado de moda para solicitar indulgencia. Por el contrario, descubro mi juego sin complejos para que se me juzgue sin remisión.

Las relaciones entre Luchting y la literatura peruana no se limitan a las del crítico que aporta –para emplear una fórmula suya– “nuevos puntos de vista”. Hay otros dos aspectos que quisiera subrayar: su labor como profesor y como traductor. Como profesor, siempre se ha esforzado en fomentar el conocimiento de la literatura peruana en los diversos establecimientos de Estados Unidos donde ha enseñado. Este conocimiento lo inculca no solo al nivel de la lectura sino también del estudio de la redacción de trabajos prácticos. Por su iniciativa, una alumna suya se ocupa en la actualidad de disecar parsimoniosamente algunos de mis cuentos, por lo cual no sé si debo compadecer a la alumna o a mis cuentos. En todo caso, gracias a su labor pedagógica, hay muchos autores peruanos que están siendo conocidos antes de que lo merezcan o más de lo que lo merecen.

Como traductor al alemán, Luchting es implacable. Los dos libros míos que tradujo fueron precedidos de una correspondencia agobiadora, en la que me sometía listas de palabras sobre las que pedía explicaciones. Como un traductor termina por conocer una obra mejor que su mismo autor, debo confesar que muchas de sus preguntas me dejaban perplejo, pues a la escala de la palabra y de la propiedad de su empleo una obra aceptable puede estar constituida por una suma de palabras inapropiadas. Sé que Vargas Llosa estuvo a punto de volverse loco cuando Luchting empezó a traducir La Casa Verde y abrió con él el capítulo de las cartas indagatorias. Gracias a este rigor es que sus traducciones han sido tan bien acogidas en Alemania, al punto que han merecido elogios que excepcionalmente se dirigen a un traductor. El epílogo termina y no he dicho sobre el libro de Luchting todo lo malo que me había propuesto. Admito que, como corrientemente se dice, me he ido por las ramas. Espero que cuando publique su segundo tomo de ensayos y me invite nuevamente a epilogarlo podré cumplir mejor mi palabra.

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Por estos días empieza a circular La caza sutil, del peruano Julio Ramón Ribeyro, en una elegante edición de la universidad chilena Diego Portales. Publicamos como abrebocas un ensayo que recoge esa vieja y fecunda tradición borgeana de convertir un prefacio –o un posfacio, como en este caso– en una pequeña obra maestra de ironía. (Tomado de internet)

jueves, diciembre 13, 2012

Homicidas cotidianos

Haydith Vásquez Del Aguila / Tarapoto

Leer Homicidas cotidianos de Ronald Arquíñigo Vidal ha sido un suceso formidable, por lo emocionante que resulta recorrer cada página, a la espera de encontrarme con esa fuerza narrativa que imprime el autor a sus historias. Ronald nos invita en cada cuento a ser parte de ese universo intenso y por momentos caricaturesco que nos atrapa y nos devuelve al mundo real: distintos.

Homicidas cotidianos es un libro de cuentos compacto y uniforme. No se siente en la prosa de Ronald algún atisbo de inseguridad que emerja para distraernos del claro objetivo que tienen sus palabras de invadirnos de angustia e incluso incitarnos al desvelo justificado. La quietud de las historias puede pecar de aparente humildad y hacernos creer que son menos ambiciosas si estamos desatentos, no siendo este el caso, pues detrás de cada relato se esconde una ambición que es característica de la mejor literatura. Estamos frente a un escritor que, con cada trazo de su pluma, aguza la compleja mirada que tiene del mundo contemporáneo. Su universo narrativo lleno de seres decadentes no hace sino confirmar su alta sensibilidad para retratar submundos. Ejemplificar con personajes asimétricos la confirmación largamente postergada de que nada es lo que parece.

Hay una frase que cita uno de los personajes del cuento “Una guerra absurda” y que describe la esencia del libro: la fotografía de un funeral en blanco y negro. Es exactamente como siento los cuentos de Ronald, como una pintura por momentos blanca, por momentos esperanzadora y en otros totalmente oscura y que retrata con color fuliginoso lo cotidiano. En sus palabras no encontramos lugar para matices ni medias tintas, el todo y la nada se conjugan, el blanco y el negro se toleran pero no se mezclan. Al final nos queda la sensación de estar frente a un espectáculo en blanco y negro que todos alguna vez hemos visto y que no deseamos que se llene de color, porque en su atmósfera lúgubre radica el mayor de sus encantos. 

En el cuento “El espejo del fotógrafo” nos dice que la fotografía es un engaño ataviado de una atemporalidad ansiada; una extensión anodina de la realidad que fantasea con nuestra mente hasta convertirnos en lunáticos tras la búsqueda de la simulación de un efecto armonioso. Con esta reflexión trata de quitarnos la venda de los ojos y sacude nuestra comodidad de lectores pasivos, él está comprometido a mostrarnos sin un ápice de cinismo que habitamos un lugar irreconocible y que somos parte de un género humano sumido en la derrota.

En el cuento “No es solo un objeto” nos habla como a un cómplice: me entregué a mi libro perdido como quien se entrega a un amor que regresa; como nunca me entregaré a C, ni tampoco a K; la primera porque no la amo, la segunda porque no la tengo. Hasta en la búsqueda insaciable del amor Ronald es certero al afirmar que hay pasiones que pueden ser más sublimes que incluso un amor real. En este caso el personaje prefiere entregarse a los brazos de un libro antes que sucumbir a un amor que no anhela y porque se resigna a soñar con un amor que nunca llegará.

Finalmente reflexiona que los sujetos con los que nos cruzamos en las calles, es decir todo nosotros, somos potenciales asesinos de pensamientos lúdicos, matamos con honesta convicción y que hipócritamente condena el código penal. Ronald, sin endulzar las palabras, nos invita a que busquemos en nuestro interior esa cuota de culpabilidad que nos acecha, que tratamos embusteramente de ocultar con convencionalismos sociales y que se revela al mínimo descuido, mostrando sin piedad nuestra verdadera naturaleza.

Auguro para Ronald un futuro brillante en el mundo de las letras y sobre todo aplaudo el aplomo para embarcarse en esta aventura literaria que encierra una tormentosa y a la vez maravillosa representación de nuestro mundo contemporáneo 

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Homicidas cotidianos. Ronald Arquíñigo Vidal. Lima: Pasacalle, 2012.

domingo, diciembre 09, 2012

Las historias de Gavino




Juan Rodríguez Pérez / Sauce

Hace poco en el I Coloquio de Literaturas Amazónicas se hizo alusión a la guerra que se vivió en San Martín y que no se refleja en su literatura, a pesar de la violencia con que se desencadenó. En este sentido habría que tener en cuenta que los protagonistas involucrados, de alguna manera se vieron favorecidos con el advenimiento de esta guerra que englobaba a dos frentes claramente definidos: narcotráfico y la subversión. Ambos, tomados de la mano, involucraron a la población que despertó y sin saber qué partido tomar optaban por el que les favorecía más a nivel personal como regional. 

A pesar de la desgracia que les acogía, el poblador de la selva no perdía su alegría; es así, como afirma Marticorena, que esa alegría amazónica no le permite reflexionar en profundidad sobre la realidad vivida. A pesar de la existencia de material para la elaboración de una narrativa que traspase las fronteras no solo de la región, sino del país, esta no se da, y lo poco publicado no alcanza niveles de repercusión que permitan la reflexión. 

Gavino Quinde Pintado, un autor conocido en la región, pero desconocido para la mayoría, en su libro Historias que conmueven (2012) a través de su cuento “Andanzas peligrosas” nos retrata parte de la violencia vivida en la zona de Tocache llegando hasta Campanilla, donde, aprovechando la fuga que se da en medio de la selva y la persecución de parte del grupo sedicioso, le sirve de pretexto para dibujar personajes que ven de diferentes maneras el sistema de vida de algunos pobladores.

 No es el único autor, pero me he detenido en él y en este cuento particularmente porque considero que la violencia que describe, especialmente al navegar el río Huallaga, se acerca más a la realidad observada durante mis viajes a esta zona.

Los demás cuentos y relatos que integran el volumen, en su mayoría anécdotas enriquecidas, sutilmente trazadas, con la visión y la calidad de Gavino, tocan diferentes puntos cotidianos, bastante personales, y con el ánimo didáctico. Los cuentos empiezan con una descripción del escenario donde arranca la historia para trasladarnos, poco a poco, a otros escenarios y rematar con un tono de nostalgia.

Punto aparte merecen los cuentos “Abnegada” y “La piedrecilla azul”, la primera por la ternura que nos transmite el autor a través de las aves sobrevivientes al incendio, y el segundo cuento, lleno de imágenes que juega con el surrealismo y la imaginación del lector.

En suma, una colección bastante lograda, con un estilo sencillo, donde se conjuga el humor y la violencia. Sin duda, un autor a tomarse en cuenta.

El árbol del chuncho n° 25

Alvaro Ique Ramírez.

Álvaro Ique Ramírez / Iquitos - Fort Myers EEUU


NO QUIERO QUE ME QUIERAS

           «Atendiendo al anhelo de fuga y sin dar mayor relieve al amor iba a pasar las horas en El Gallo, una pequeña cantina a donde iban por la última caña los noctámbulos más acariñados con el alcohol, los folk-hero de la noche».

Elvira se sentía en la gloria porque el destino o lo que fuere se había portado bien con ella halagándola con el amor, desde entonces vive como una gata maullando en el tejado. El causante de semejante desbarajuste se llamaba Marcelo, un futre de buenas maneras que no fumaba y que siempre estaba arrimando una silla cómoda a los demás como si fuera un objeto artístico para que entendiéramos el oficio del carpintero. Era pintor de mundologías casi increíbles que haría correr de espanto a la Virgen. Uno de esos artistas locos que un día va a arder en el averno. Pero  lo que le hacía más valioso salía de los ojos de Elvira que lo veía como un galán extraído de un guión cinematográfico. Ella lo quería con loco frenesí y juraba sentirse amada por los cuatro costados  como ama un condenado a muerte: robándole oxígeno a la vida y sí; su Marcelo, sin importarle que se embadurne con pintura, era un tipo gentil y cariñoso, y sobre todo sincero; y no como un turro de esos que engañan a las mujeres con el cuento de los buenos sentimientos. Se habían puesto al lado del amor como dos seres que sabían comer con las manos: ella, velozmente, él, con monotonía. Ella, dando. Èl, poniendo y quitando. La una, entregando su flor oscura, húmeda; el otro, otorgando su espiga tónica. O eso creía ella. No eran  gente hermosa y exuberante. Ellos  eran seres normales «algo oscuros» derrotados un poco por el desarraigo y que no les quedó otra cosa que entreverarse en un país ajeno y extraño pero que Elvira llamaba «verídico y perfecto». Era tal su convencimiento que aseguraba «esto es una locura del cielo: estoy viviendo en el paraíso de los sueños donde todas las ilusiones son posibles, incluso, tener una cartera Louis Vuitton». Al mirarse en un espejito ambos sabían de rebote que eran un hombre y una mujer sin roles melodramáticos que no necesitaban vivir alabando espectacularidades del idilio como si fuesen pinturas vivientes en pro del repertorio amoroso. Èl no era Romeo Montesco ni ella Julieta Capuleto, no eran esas vidas dolorosas conectadas con la muerte que no pudieron vanagloriarse con el amor, el erotismo y la lujuria. Y sabían que ni tocando la teta izquierda de la estatua de Julieta en Verona, tendrían suerte en el amor. (El amor no consiste en la «creencia» de la suerte). En oposición al temperamento shakesperiano el amor es un desajuste sin medida de los sentidos y del espíritu, y no esa cosa fenomenal que llaman el arquetipo idílico del amor sobre la tierra; lo digo yo que vivo en la península del amor trágico.

Marcelo y Elvira eran gente contemporánea, liberales, gozadores de los placeres de la vida y del amor que les daba escalofríos las uniones arregladas en India donde igual da la clase baja que la alta, y que no es raro que las mujeres casadas amanezcan muertas en sus camas pero lo más seguro es que sus maridos las quemen en sus cocinas. Se horrorizaban con esta pregunta: ¿de qué sirven el cortejo y tanta pompa si «todo» de antemano está arreglado por una sociedad de castas, reduccionista, cínica y brutal, déspota y violenta? Recuerdo vagamente que Marcelo en una oportunidad me habló de los escándalos monárquicos como un gran hallazgo, y finalizó diciéndome: «en Francia, en tiempos del cardenal Richelieu, duque de Fronsac, el amor era indulgencia de los nobles, la plebe se arreglaba con cualquier cosa y así seguía su soterrada vida la miserable chusma, ¡figúrese usted!»

Elvira y Marcelo no eran víctimas discretas o prominentes del pecado mortal del amor y los desafueros de la razón ─las víctimas son tan mentirosas como persuasivas─, pero se notaba que vivían al borde, alelados, como pichones apachurrados sobreviviendo al pelotón de fusilamiento. Ella más que nadie. Así lo percibía él.

Elvira era una trigueña coqueta que no podía negar su presencia. En cuanto sentía que la miraban trataba de parecer más bonita. Andaba siempre con una taza de café. Cocinaba regiamente y se codeaba con muchas cosas: el salón de belleza, las tiendas que le pasmaban, los novelones y paparruchadas de la televisión basura, no le faltaban crisis y fobias en su oficio y las jugadas sucias de la vida a prueba de balas.
Pero todo eso era lo de menos. O eso creíamos porque el amor que andaba en mangas de camisa había quemado el pastizal de su piel y le hacía cosquillitas todo el tiempo en el corazón. No se le podía ver la cara porque estaba inundada de arrebol y ni echándole agua helada su boca rosada se enfriaba. Elvira no se defendía del amor; ni falta que le hacía. Si supiera usted que de atrás para adelante y viceversa un torbellino de pasión había acentuado su figura. Se estaba volviendo un cuerpo de rechupete con 50 grados a la sombra pero también en cráneo nervioso  que  anoche a las 9:45 de improviso le increpó a su galancete: «¿Tienes algún problema sentimental, amorcito?»; a Marcelo la pregunta lo agarró como si estaría cayéndose al río pero enseguida se repuso y dijo: «¿y eso?»; muy linda ella respondió, «eres enormemente increíble… vas por la vida como si el mundo y yo no existiéramos, siempre estás con el ánimo seco y con la pavada ésa de pintar en trance; en cambio yo para no meter la pata te soporto y comprendo…y como una huevona me pongo a crear mundos paralelos. No es que hable por hablar ni empiece a bordarte un pleito, Marcelo, en dos, tres ocasiones estuve pensando en tu falta de entusiasmo y en mi debilidad por ti que reprochan mis amistades; dime, ¿tú crees que algún momento esto funcionará como un tren yendo rápido y parejo?» No le cayó nada bien lo último que escuchó, por lo mismo, pensó muy en el fondo, «puta me quiere atarantar».  Elvira siguió con su taco de preguntas, «¿por qué no vamos de parranda de vez en cuándo? Llévame al Meneíto o al Maringo Club, ese antro en Palm Beach Boulevard. Bailemos apapachados o simplemente vayamos a mover el culo y las patas con algo de tribal, tex-mex y quebraditas, y si por ahí sale un tango bailaría como una señorita de Buenos Aires y no como una atorranta endiosada como son las de Córdoba. (Que nunca pongan un valsecito peruano, dicen que esa música es más peligrosa que el vómito negro; alma en pena o peruano que lo oye en el extranjero se pega un tiro o se corta las venas; cosas de la nostalgia y del terruño, le llaman). ¡Vamos a bailar! Anímate, pichón, antes que te lleve el huracán. Y si a ti te da igual comer en la cama, a mi, no; para mi la calle es importante. Ahí está la vida y en las tiendas. ¡Ah!, qué lindas las tiendas. Los ojos se me van en las tiendas con tanta ropa bonita y a la moda. Ando maravillada con el bendito botox y con el auténtico kleenex (¡qué delicado que es!), ¡estoy contenta, contenta!, ¡am glad, am glad!; me encantan los anuncios de neón y los restaurantes, aunque sea sólo para comer papas fritas con kétchup, me gusta el panqueque (¿y la tortilla, ricura, dónde quedó? Am sorry, men);  y me enloquece rodar el Chevy aunque sea con el tanque casi seco. ¿No te importa ─preguntó con el mentón temblándole─ ir conmigo a la calle atendiendo mis deseos? No. No te importa ─se respondió, retorciendo su boca─. Nunca me festejas ni salimos juntos. Esas escapadas donde tus amigotes, ni los cuentes: no tienen nada de chévere, son puras engañifas, borracheras con babas, mucho vidrio roto y nada de merengue. Y por si fuera poco ni cayéndose tu pelo tienes una frase cariñosa pasada por agua tibia». Marcelo no contestó, qué va contestar. De pocas palabras como su papá él opta por el silencio como una fórmula evasiva sin consuelo y esperanza que consiste en «hágame el favor, con su permiso»; y no la palabra que aclara o aniquila: «boca ¡sálvame!, antes que me coman con los ojos». Por eso, callado se defiende mejor aunque los demás piensen lo que les parezca. Pero ella siguió soltándole los perros, «Marcelito» ─lo decía con ese tonito de malandrina cuando intuía que había tocado carne─. «Marcelito, una no se va a afinar por gusto y deseo solamente, una se afana por alguien porque tiene cama y agua que compartir pero no vayas por el mundo ignorándome  como un querubín despeinado por las meseras que te huelen el pedo y que no son más que putillas de restorán, y no  me dejes hablando sola; no seas pendejo que sonsa no soy».

 Como salido de un folletín rosa él la miraba como a un pavorreal enojado picoteando hígado de bacalao y la remiraba con los ojos bien abiertos y veía que era una gardenia cubierta de veneno. Los nervios le rozaron la cara y tuvo vértigo y no sabe cómo pero en ese instante fue un hombre malo: deseó que algún sistema mágico y esotérico la convirtiera en un axolotl dentro de un acuario. «Sé lo que estás pensando ─dijo entradora, pillando sus malas intenciones─,  no soy el monstruo que te va a comer vivo ni la domadora de leones que te va a chicotear las canillas y tu pija arrugada. ¿Quién soy yo para acarrearte desgracias? El asunto es que no te defines; o eres un voluble que por ahí tienes un calentado con alguna tramposa. Marcelito, mírame de cuerpo entero: Soy una mujer enamorada que no ha perdido la visión, y te consta». «Sí. Basta mirar el resplandor en tu cara ─pensó inmediatamente Marcelo─, y eso me jode, mujer. En este mundo de hombres, así como eres una mujer orgásmica eres una mujer agresiva, dominante, que valora su maquillaje como pintura de guerra y está bien que seas así: fuerte, decidida, batalladora; sólo espero que no seas una asesina psicológica». Eso fue todo lo que resonó en su mente. No es que le falte pólvora para estallar o lengua que sepa jugar con las palabras. El no es un vencedor ni mucho menos tiene la «desgracia» de ser perseverante para explicar sus pensamientos y pesimismos; pero algo salió de sus labios debajo de un bigote negro, parejo como una línea política radical: «lo menos que quiero es causarte daño y verte sufrir y dejarte mal parada. No voy a hacer lo que hacen todos: fingir como un malvado. No tengo nada que dar. No me enloquezcas, por favor. Discúlpame, pero yo te dije: Elvira, no quiero que me quieras, pero tú…». 

Ella tuvo ganas de contestarle con palabrotas tal como se hace con un fifiriche: «óyeme, gran huevón, ¿por qué no te vas un poco a la concha de tu  madre?» Prefirió decir: «¿eso es todo? Sería genial que me dijeras algo más, me sacas de quicio y, ¿sabes?, tus silencios grandes y chicos me atosigan, así es que te los vas metiendo con una enema por donde tú ya sabes, a ver si así desembuchas algo más si no quieres una próxima requintada de madre». Si hubiese querido ser un poquito más faltona pudo rematar con esto: «…y tu disculpa me la paso por la cuca». Pero no lo hizo; esa cochinada sólo lo diría una ramera de cinco lucas. Un poco que la jodió, Elvira. Perdió los papeles, es decir, como si fuese una negra energúmena, el ímpetu le ganó. Ella era como las espías: nunca decía que era culpable y espía. Le daba pena pero qué se le iba a hacer. No se armó un  bochinche pero el ambiente estaba tenso. La mujer siguió jodiendo y el otro, chitón, nomás. «Tienes que decirme algo, Marcelo. Decirme que me quieres. Decirme que éste es el lugar. Decirme que vamos a organizar nuestras vidas. Decirme que aquí, aquí vamos a vivir y que no te vas a ir. Ya no vayas a la 41… pierdes tu tiempo paradote esperando que te caiga una que otra chamba de jornalero. Búscate algo de acorde a tu rol, no seas guache, mira que aquí hay tanta prosperidad tirada. Piensa: aquí puedes ser el artista que vive en tus sueños. ¡Vamos, dime! ¡Habla! ¡Dime aunque sea mentiras!... dime algo, cabrón, ¿o es que los gusanos te comieron la lengua? ¡Vomita algo, aunque sea mierda!»; terminó diciendo con furor cachaciento. Pero ahí no acabó su bronca. Al más puro estilo crapuloso, vociferó: «¡Qué horrible es vivir contigo en este puto mundo de Dios!»; a Elvira todo le sirve, incluso las imprecaciones divinas con tal de dejar constancia de su furia. Casi en su cara le dijo una diatriba más: «¡que pena!, con nada reaccionas. ¡Tarado!». A través de una lluvia fina de saliva que le cayó en la cara pudo ver que le estaba mostrando el dedo medio de la mano derecha y que se alejaba ligerita; en dos trancos estuvo en el comedor y su cólera lo desquitó con un plato de higos. Marcelo se quedó sólo enhebrando un collar de pensamientos: «Yo te dije Marcelo, “si no amas no sigas, el reproche te hará añicos”, Marcelo tienes el eje quebrado, así es que entre la idea del hartazgo y la atmósfera del vacío, elije el vacío ya que te va a dar una sensación que no se equipara con nada. Además, hace rato que perdiste el interés: ya no quieres evolucionar en el amor. Te pregunto: «¿Qué se habrá creído Elvira que se atribuye el don de la adivinación al decirte graciosamente “aquí puedes ser el artista que vive en tus sueños”? ¿Y qué es eso de “búscate algo de acuerdo a tu rol…?”; ¿tú, de fertilizante en éstas tierras, con papeles y todo?, por favor, Marcelo, no me hagas reír, mira que el agave no crece en cualquier lugar. Ahora mismo anda  a decirle clarito: Elvira, ¿por qué voy a cotejar tus ilusiones con mis frustraciones? ¿Y medir tu vigor con mi parálisis, como si fuesen reales? ¿Por qué voy a anillar mi vida con la tuya? ¿Y por qué el lastre que es mi vida tiene que ser un plagio de tu desmedido amor a estas tierras? Por último, antes que te desaparezca del mapa, lánzale esta pregunta, ¿por qué demonios no ayudas a terminar el muro en la pinche frontera y así dejas de joder? Anda muchacho, anda, y plántate en su cara, sacúdele la mata y luego dile: sin reproches, chao, nena».

El gusano de la conciencia se le resbaló por los hombros y se convirtió en el asqueroso bicho de la insidia o en todo caso era el demonio atizando los ánimos.

La encontró tal como se imaginó, devorando higos (siempre lo hace cuando está irritada y se ensucia la cara pero todo lo que es cara, como si fuese una pipiola).

─¿Y ahora, qué?
─Quiero que hablemos pero sin tantas ofensas.
─¡Vaya!, que el señorito hable, eso si es algo que me deja idiota, pero bueno, te escucho y si quieres te ayudo a pilotear tu vida.
─Me has caído encima con un montón de ataques que no he contestado pero no creas que tengo el culo repleto de cortesías…
─¡¿Qué cosa?!, aguanta tu carcacha, zonzo, y háblame bonito. Conmigo no te hagas el pendejo.
─¡Apágate, nena!, y aprende a escuchar ─le salió en una. En el sentido cómico, ambos parecían enfrentados en medio de un taller sexual, ella, con la paloma cuculí aleteando y él, con las pelotas al aire─ déjame hablar…
─Adelante, artista de vida ordinaria.
─Elvirita, si no enganchamos emocionalmente, menos todavía vamos a acoplar nuestros sentimientos; no tiene lógica…
─¿Y de cuándo acá el amor está embarrado con la mierda de la lógica?, a ver, dime.
─No empieces a rezongar, acaparadora de insultos…
─Mira trucho, yo empiezo cuando me da la gana, y digo lo que me da la gana y no jodas. ¡Enciéndeme nene y verás! ─tal como suena, de esa manera lo arrolló con su lengua de pesadas orugas, idéntica a la que se maneja Olinda “Piojosa”, la barriobajera esa que anda con la cartera llena de condones.

Qué boquifloja la Elvira. Qué cuajarón el Marcelo. ¿Cascabel y pericote? ¡Qué va! Son voluntades asustadas, errantes y desgastadas atenuando la carga existencialista que les tocó sin pedirlo. Obsesivos y solitarios, fugitivos disparejos atenazados por la psicosis defendiéndose rumiando soledades. Ahí nomás se acabó todo. Marcelo se quedó con los genitales fríos y sin poder abrir la boca. ¡Ah!, qué Elvira ésta, chabacana como siempre, y el Marcelo que era una melcocha de carácter se estaba convirtiendo en una plancha de hielo pero que no era un impedimento para  recordar vagamente que  sólo quería decirte, «no quiero que me quieras», gata melosa, no quiero. El amor que no prende no se exige. No quiero joderte con mi novela de trampas y de vagabundo de mal vivir. No quiero que te acerques más mostrándome la cima ovalada de tu cucarda ─juntó los índices como apareándose─, conmigo las dudas van por los aires, es decir, voy a seguir como un hijueputa destruyendo el amor no por un guiso de lentejas, sino, por tres hectáreas de uva, un pomo de vodka, tal vez, o por gusto y por nada; antes que una asesina de hombres acabe conmigo…». Estaba de lo mejor recordando qué iba a decirle a Elvira, cuando empezó a ver visiones o eso parecía y sus pensamientos cambiaron: «¿de dónde apareció María Félix que mató a Agustín Lara con el puñal del olvido? Está hablando, Elvira, la doña te está diciendo, “hoy día estás enamorada de un chambón y mañana, ¿quién sabe?”, respóndele algo. El maestro Agustín, pobrecito, está debajo de esta hechicera completamente desnudo de existencia y lleno de soledad. ¡Ay, vida! ¡Ay, maldita muerte!, ¿acaso no saben que Agustín Lara fue un activista del amor y el cargador de los anhelos mal correspondidos y el esqueleto con más fracturas en el alma? ¡Aléjate, María Félix! ¡Regresa al paraíso de tus infiernos! No quiero verte María Félix o Elvira, o como te llames. Felicidad nociva. Opio tónico. Pájara endemoniada. Baraja y encontronazo furibundo contra la exquisita educación y las buenas costumbres. Epifanía robada a los cristianos para adorar a una tal María Bonita, arpía con garras de acero y un corazón como una mancha confusa..»; «¡hey, ¿estás ahí?, ¡contéstame, turro!»; escuchó a lo lejos a Elvira ya que él estaba ensimismado en sus ideas, casi flotando en estado cataléptico.  Elvira volvió a la carga. Esta vez con la indignación encimándole el rostro dijo con toda su bocaza: «¡Cuando Dios te ponga lengua, hablamos. Sino, no, zoquete». Levantó el culo, retiró la silla y se fue al váter a hacer pipí. Toda ella preciosa hasta el copete entre las preciosas más indignadas. ¡Já!

Como se quedó solo y sin saber qué hacer dentro de las cuatro paredes del pequeño departamento, Marcelo abrió la puerta y salió.

Atendiendo al anhelo de fuga y sin dar mayor relieve al amor iba a pasar las horas en El Gallo, una pequeña cantina a donde iban por la última caña los noctámbulos más acariñados con el alcohol, los folk-hero de la noche.

Marcelo no estaba a la búsqueda de un premio que provenga del estanco del amor. Tampoco para enjabonar la palangana ni queriendo averiguar sobre la eterna durabilidad de los prostíbulos. Nunca fue putañero. Y nunca se preguntaba, ¿cuántos amigos tengo? El estaba listo para irse en cualquier momento. A él le daba igual la playa que el páramo. «En este arrabal ─decía sin ningún reproche─ la vida que has de vivir, es la fama que has de tocar». A él el amor lo denigró y le hizo trizas, y para que las culpas pesen menos en su billetera sólo carga fotos de sus hijos.

En dos días organizó su huída. Así como llegó a estas tierras, cruzando el río, así se va a largar y a donde quiera que vaya seguirá siendo un fugitivo de la vida y de la ley del amor. Pero antes va a dejar cortando la alambrada. Y antes de eso va a participar en una exposición colectiva titulada «IN MEMORIAM ÓSCAR DOMÍNGUEZ». Sus cuadros (9) ya entregó al galerista y con él arregló lo siguiente: el dinero que le corresponda por la venta de sus obras debe entregarle a Elvira y aquellos que no se vendan, donarlos al manicomio, «yo no voy a estar aquí para recogerlos y ése es el mejor lugar para preservar la salud del arte», dijo con toda seguridad. Quien estaba segura de lo que iba a pasar era Elvira. No era por despecho; era un asunto de arte y de prestigio: a ella nadie, nadie, pero lo que es nadie, le gana con los pinceles, y nadie, juraba, lo que es nadie, opaca sus obras. «Además ─decía, convencidísima─, todavía no ha nacido el hijo de puta que me gane en el arte de la pintura»; diciendo esto cargó en su cartera imitación cuero una tijera filuda que venía en un primoroso estuche cubierto de seda negra, y dijo amorosamente a sus hijas, dos linduras adolescentes que no se cansaban nunca de parlotear desde esos endemoniados inventos llamados móviles: «tesoros, acompáñenme a la exposición que esta noche mami va a brillar. Esta noche, es la noche de mamá».